Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. 

Hace más de 2 mil años,

a falta de terreno llano para cosechar arroz,

las comunidades indígenas de Ifugao (Filipinas) tallaron escalones de tierra y barro en la ladera de las montañas.

No utilizaron máquinas.

Crearon un complejo sistema de irrigación para traer agua desde la cima de las montañas y permitir que los cultivos crecieran.

Pasaron esta técnica de generación en generación y lograron que las terrazas de cultivo sobrevivieran hasta hoy.

En China, el 50 por ciento de la población vive en áreas rurales y trabaja en las plantaciones de arroz:

esto quiere decir que más de 600 millones de personas trabaja para proveer a gran parte de Asia de uno de sus alimentos básicos.

Lo mismo en Indonesia, en India, en Bangladesh, en Vietnam, en Tailandia, en Myanmar.

Por eso, cada vez que como arroz en Asia,

no puedo evitar sentir

que más que un puñado de granos blancos,

lo que estoy comiendo es un plato de historia,

un pedazo de cultura,

y una ración del trabajo de otros seres humanos.