Este post forma parte de la serie Bali: destino bestseller

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Hay que leer El Código Da Vinci porque TODOS leen El Código Da Vinci.

Hay que venir a Bali porque TODOS vienen a Bali.

Bali…

Seguramente muchos de ustedes ya está pensando, Ohh Bali, tierra mágica de hinduismo, playas coralinas y templos sagrados. Confío en sus conocimientos de geografía, probablemente saben de qué país forma parte esta isla… ¿no? Porque mucha gente que me crucé se refiere a Bali como “un país” y no como una pequeña porción del archipiélago más grande del mundo, también conocido como Indonesia. Pero es un error perdonable, la culpa es de Bali por ser uno de los destinos turísticos más famosos del planeta, uno de esos lugares que perdió su status de pueblo/isla/ciudad y pasó a ser simplemente Un Lugar Que Hay Que Conocer Antes De Morir.

Bali genera expectativas, pone en funcionamiento la imaginación y los deseos: es imposible no esperar nada de Bali, es imposible no esperar algo sublime de un lugar que tiene tanta prensa. En mi caso, después de haber pasado dos semanas viajando por lugares no-turísticos de la isla de Java, después de haber vivido en casas de familia, después de haberme juntado casi únicamente con gente local, después de haber comido en los mercados por dos pesos y de haber viajado en colectivo por aún menos, llegar a Bali fue como caer en el boliche porteño top del momento. Un estrés.

Miss miss, taxi! Miss miss, I take you, where you want to go? Special price for you! Llegué a la terminal de Denpasar, capital de Bali, después de seis horas de viaje en barco, veinte horas de viaje en colectivo, cuarenta minutos de ferry y tres horas de colectivo más (datos cien por ciento reales, no exagero). Apenas me bajé noté dos fenómenos económicos bastante curiosos: por un lado, una inflación galopante y, por otro, una constante e ilógica fluctuación de precios. Me explico: necesitaba ir de la terminal de Denpasar hasta Ubud, el pueblo “turístico-menos-turístico” de Bali, a menos de 20 kilómetros de distancia. ¿Saben cuánto me pidió un taxista por llevarme? 100.000 rupias (10 dólares). ¿Saben cuánto pagué por el periplo de barco-colectivo-ferry-colectivo? 200.000 rupias (20 dólares) (ahí tienen la inflación: en Bali el minuto de viaje cuesta mucho más). Obviamente lo mandé a freir bananas (qué rico). Cuando vio que me iba, me gritó de lejos con desesperación: “Miss miss, 60.000, 60.000 rp!” (segundo fenómeno: fluctuación ilógica de precios). Me subí al transporte local, en el que por supuesto también me cobraron de más, aunque a una escala mucho menor, por más de que me perjuraron que estaba pagando “local price” (dos dólares) y llegué a Ubud dos horas después. Sí, DOS HORAS para hacer 20 kilómetros. Primero porque tuve que esperar a que la combi se llenara, segundo porque frenamos en cada esquina, tercero porque en el camino tuvimos que esquivar motos y peatones por doquier y cuarto porque tuve que hacer “trasbordo” a otra combi y pasar por el mismo operativo. Pero es el precio de llegar a un lugar tan turístico: si pagás más, viajás bien, sino, bancatela y no te quejes.

Señoras y señores, llegué a un lugar Best-Seller. Un lugar que, además de generarme enojo me genera muchas reflexiones. No estoy enojada con Bali, estoy enojada con Bali El Destino Turístico. Siento que, por más que quiera, me va a ser imposible conocer esta isla a fondo, ver el lado más genuino y real de la gente y de su riquísima cultura. Porque la cultura está, Bali no es un mito, es un lugar con tradiciones milenarias y fascinantes, una isla hinduista en medio de un país de mayoría musulmana, un lugar que desborda arte, música y rituales. Pero me pregunto cuánto de lo que se muestra al turista es real y cuánto es solamente un espectáculo pre-armado que se repite incesantemente sin ningún tipo de significado profundo más que darle a la gente lo que vino a ver. Quisiera atravesar la máscara de los balineses, dejar de ser vista como “un cajero automático andante” y entrar en verdadero contacto con la cultura local. Pero es muy difícil: no voy a lograrlo en estos seis días y creo que tampoco lo lograría en dos semanas, tal vez ni siquiera en un mes. Me da bronca que el turismo prostituya tanto un lugar, que por ser turista/viajero todo cueste cinco veces más (y que no exista diferenciación entre turista y viajero), que los grandes negocios y restaurantes estén manejados por extranjeros, que respirar cueste tan caro, que el regateo sea una mentira, que los tours por “The Real Bali” sean también un espectáculo pre-armado, sólo que un poco más caros.

Pero estar en un lugar tan turístico (que justo resulta ser Bali, pero que bien podría ser Cancún o Hawai o Aspen o…), me hace pensar otra vez en que existen diferentes maneras de viajar y que si bien todas son más que respetables, yo ya sé cuál elegí y con cuál me siento más cómoda. Se puede viajar como un verdadero turista, ir a resorts all-inclusive, comer platos típicos por cincuenta dólares y ver el lugar a través de la ventana de un colectivo, o se puede salir del circuito y viajar como un local. Y todo entremedio de estos dos extremos, obviamente existen los matices, pero se entiende ¿no?

Estar acá también me ayuda a darle forma a la respuesta a una de las preguntas más recurrentes que recibo (y que me hago a mí misma): ¿por qué viajás? ¿qué buscás en tus viajes? Sé lo que NO busco: no viajo en busca de fiesta, no viajo en busca de playa (solamente de vez en cuando, cuando tengo calor), no viajo en busca de deportes extremos, no viajo en busca de destinos populares, no viajo en busca de turistas. Viajo en busca de cultura, viajo en busca de arte (de todo tipo), viajo en busca de paisajes que me atrapen, viajo en busca de lugares mágicos (subjetivamente mágicos) y viajo en busca de un contacto con personas que viven muy lejos de mi realidad cotidiana. Viajo para ver el mundo con mis propios ojos.

Y pobre Bali, no tiene la culpa de estar tan promocionado… Para hacer justicia, en la parte dos hablaré de Bali desde otro punto de vista, daré la otra cara de la moneda. Porque si existe un circuito turístico, eso quiere decir que también existe un “no-circuito turístico”, y aunque acá sea más difícil encontrarlo, trataré aunque sea de espiarlo por un rato. Es que estar en Bali es como enamorarte de alguien que no te da bola: podés mirarlo todo lo que quieras, podés hablarle, podés interactuar, pero siempre habrá una pared que te impedirá conocer lo más profundo de esa otra persona. Y lo peor es cuando sabés que debajo de la superficie hay mucho más de lo que podés ver.