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Para alguien de Buenos Aires, encontrarse con una bici sin atar en plena ciudad es casi como ser testigo de la invitación a un robo. Hace unos años hicieron una cámara oculta para ver cuánto duraba una bici sin atar en distintas esquinas de la ciudad. Yo no la vi, pero no me cuesta imaginarme el resultado. La primera fue robada al minuto y medio… aunque hubo otras que quedaron en la esquina durante horas.

Cada vez que viajo a un pueblo o a una ciudad más chica, una de las cosas que más me llaman la atención son las bicis apoyadas contra las paredes de las casas, contra los árboles, contra la entrada de algún mercado, sin candado alguno que la sujete a algo. Sueltas, las bicis están sueltas. ¿Todavía existen lugares donde se pueda vivir con las bicis sin atar? Al parecer sí, es algo común, pero haber vivido toda mi vida en Buenos Aires me hace creer que es una especie de milagro.

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Cuando fui a visitar los templos de Angkor en Camboya me alquilé una bici (por la módica suma de un dólar el día) para recorrer por mi cuenta. Cuando bajaba el sol subí una cuesta para ver el atardecer y, como no podía ir con la bici, la dejé abajo. No me habían dado cadena ni candado, así que la dejé paradita al lado de decenas de bicis que también se habían quedado ahí esperando a sus dueños. Pensé: que sea lo que dios quiera, si la roban tendré que pagarla. Cuando volví, ya de noche, mi bici estaba ahí, solita, parada igual que como la había dejado unas horas antes.

bicicleta-aniko-villalba-1-3 Bicis en Angkor

bicicleta-aniko-villalba-1-4 Camboya

No puedo no sentir envidia ante las personas que me dicen: “En mi ciudad/pueblo voy al súper y dejo la bici apoyada afuera sin problema, no pasa nada”. Sí pasa, ¡pasa que no lo puedo creer! Pasa que yo sueño con poder dejar la bici en alguna esquina sin pensar que cuando vuelva va a estar desarmada y vendida. Caminando por Pitea, una ciudad de Laponia Sueca, también las vi: bicis sin atar por todos lados, mirándome con sorna (“Acá no nos roban”). Mi amigo Andy Trancarola me contó una vez que, cuando estaba en Nueva Zelanda, una amiga de él se olvidó una bici afuera de un supermercado y cuando volvió a buscarla, varios días después, la bici seguía ahí, sin haberse movido ni un milímetro. ¿Cómo puede ser?

bicicleta-aniko-villalba-1-2 En Laponia Sueca

bicicleta-aniko-villalba-6 En San Juan

Con esto no quiero decir que “en Buenos Aires todo se roba” y “en los pueblos no hay robos” porque no es así, pero lo cierto es que en algunos lugares del mundo se vive con más tranquilidad, con más lentitud… y yo cada vez necesito más un lugar así. A medida que viajo voy armando, en mi cabeza, “El lugar en el que quiero vivir”, y si siempre dije que quiero vivir en un lugar frente al mar, ahora digo que también quiero que en ese lugar la bici sea mi medio de transporte principal y que pueda dejarla por ahí sin atar, o por lo menos sin tantas preocupaciones cuando la ato.

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Hay un momento en la vida de toda porteña en el que se satura de la gran ciudad.

Hay un momento en la vida de toda blogger en el que se satura de internet.

Hay un momento en la vida de toda viajera solitaria en la que conoce a un chico y decide empezar a viajar de a dos.

Hay un momento en la vida de toda viajera (que ahora va con viajero) en el que quiere empezar a viajar a dedo (autostop).

Porque para mí (siguiendo el ejemplo de Los Acróbatas del Camino, expertos en esto) viajar a dedo implica una evolución en la forma de viajar, implica volver a lo simple, a la búsqueda del contacto pleno con la persona local, al camino como parte principal del viaje. Por todo esto, porque estoy saturada, porque quiero lugares donde las bicis no se aten, porque no quiero estar enchufada a internet todo el día, porque necesito naturaleza (“Menos compu más natura”, como dice Proyecto Calco), me voy a Córdoba (la provincia argentina) a dedo con Damián, mi novio. Vamos en carpa y no llevo la compu. ¿Sentiré la necesidad de postear? Si me muero de ganas, lo haré, sino nos vemos a la vuelta, en una semana. Cuando ustedes lean esto, nosotros estaremos haciendo dedo por ahí. ¿Qué nos deparará la ruta?

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