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Hay lugares que son especiales por algo: por sus templos (por ejemplo), por su comida, por su arquitectura, por su historia, por sus celebraciones, por su naturaleza. Y después está Chefchaouen, que es un pueblito de Marruecos famoso por su color: el azul.

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Chefchaouen tiene unos 45 mil habitantes, está ubicado en la ladera de una montaña y está dividido en dos: la parte “moderna” y la medina. Pero la magia, como en todas las ciudades marroquíes que conocí hasta ahora, está en la medina. Aunque esta, a diferencia de la de Tanger, Tetouan y Fes (de la cual escribiré próximamente) es extremadamente silenciosa, inmóvil y tranquila. Podría decirse que es una medina tímida y relajada.

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Chefchaouen (que significa “mira los picos”, por su cercanía a dos montañas) nació como base de las tribus berber en el siglo 15. A fines del 1400, el asentamiento creció gracias a la llegada de refugiados judíos y musulmanes de Granada. Ellos construyeron las casitas blancas de techos rojos, pero fueron los judíos quienes le dieron el toque azul a las paredes, allá por 1930.

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No les voy a mentir: Chefchaouen es bastante turístico. Viendo lo encantador que es el lugar, es imposible que no lo sea, pero el acoso de los marroquíes que te ofrecen menúes, tatuajes de henna, artesanías y kif a casa paso, cansa. El sector más comercial es la plaza Uta el-Hammam, donde están concentrados los restaurantes “tradicionales” y los hombres que descansan al sol con su dejllabas. En las paredes de las calles aledañas hay filas de carteras, bolsos y zapatitos colgados en exposición, así como personas que intentarán venderte a todo momento.

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Mi consejo: aléjense de las calles principales, caminen, suban y bajen escaleras, piérdanse entre las casitas azules y van a encontrar lo que realmente vale la pena: a los habitantes viviendo su rutina normalmente, sin poses ni intenciones de vender, vestidos (especialmente las mujeres) con ropas brillantes que contrastan con el azul lavado que los rodea. Van a ver a los nenes jugando a la pelota, a las mujeres charlando en las puertas, a las nenas reunidas en alguna escalera.

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Varias personas me preguntaron cómo es la experiencia de viajar como mujer en Marruecos. Yo voy a todos lados con Andi (compañero de viajes y guardaespaldas), así que probablemente no se me acercan tanto como lo harían si estuviera sola. Hay muchos hombres que me miran y, cuando me pasan al lado, me susurran en árabe (no sé si el equivalente de ese susurro será “Se te cayó un pétalo, flor de las praderas” o “Ay mamita las cosas que te haría”, pero tampoco quiero saberlo). Conocimos a dos chicas que viajaban solas y nos dijeron que los marroquíes se les pegaban constantemente para ofrecerles, además de alojamiento, menúes, kif y demás productos, una que otra noche de amor (o, incluso, matrimonio). 

Sin embargo, ser mujer viajera tiene sus ventajas. Cada vez que hago contacto visual con alguna marroquí, le sonrío. Y ella, a cambio, también me sonríe. Por unos segundos, hay una conexión en la que no se intercambian más que sonrisas, ese lenguaje que traspasa fronteras y no sabe de idiomas. Y cuando dos mujeres de dos culturas distintas se sonríen, no hay doble mensaje ni malentendidos de por medio (como sí podría ocurrir si le andara sonriendo a todos los hombres marroquíes que me cruzo). Hay, más bien, una complicidad. Un “podremos hablar idiomas diferentes y usar ropa distinta, pero en el fondo las dos somos mujeres y nos entendemos sin palabras”. 

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Foto backstage: Andi

Una tarde, Andi me dejó sola y se fue a trancarolear (ver “El trancarolear y la santa doctrina trancarolense” para comprender de qué se trata esa acción, o más bien inacción, creada por mi co-equiper), así que me fui a caminar sola por la medina azul. Me crucé a un grupo de nenas que estaban jugando con una soga y me pidieron que les sacara una foto. Mientras estaba ahí, aparecieron tres chicas de mi edad, me saludaron y me preguntaron mi nombre. Una de ellas hablaba un poquito de inglés, otra hablaba algo de francés y la tercera solamente árabe. Enseguida me agarraron del brazo y me llevaron a caminar con ellas. Me sentí como en China, cuando tres chicas con las que casi no pude intercambiar palabra me adoptaron de compañera de viaje por dos días. Así que nos fuimos las cuatro cual buenas amigas y terminamos, como siempre, teniendo conversaciones en árabe y en español, sin entender lo que la otra decía, pero felices de estar compartiendo un trayecto del camino juntas.

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 Información útil para visitar Chefchaouen:

  • Cambio (febrero 2011): 1 euro = 11 dirham
  • Bus de Tetouan: 15 dirham (una hora y media de viaje)
  • Alójense en la medina. Hay hostels por 50 dirham por persona en dormitorio compartido o habitaciones privadas para dos por 100-150 dirham en total.
  • Los menúes en los restaurantes turísticos están alrededor de 50 dirham (entrada, plato principal, postre). Un desayuno, entre 20 y 25 dirham.
  • Botella de agua de 1.5 L: 6 dirham
  • Hamburguesa: 13 dirham
  • Kebab: 18 dirham