Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.

Son casi las 12 de la noche de un miércoles. El 126 avanza por Alem y yo miro Microcentro desde la ventana. No hay ni un fantasma. Si no conociera Buenos Aires pensaría que el colectivo se equivocó de ruta y se perdió entre las ruinas de una ciudad abandonada. Los edificios están cerrados y sin luz, los papeles y volantes que cubren el piso indican que, pocas horas antes, en esas calles hubo gente. Pero a medianoche ya no quedan autos, bicicletas ni peatones. Los pocos colectivos que circulan por ahí avanzan rápido: el asfalto les pertenece. A esa hora no hace falta tocar bocina ni estresarse.

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El 126 se mete por una calle angosta. Nunca me di cuenta de lo estrechas que son algunas calles de Buenos Aires, siento que si sacara un brazo por la ventana, podría rozar la fachada de los edificios con mis dedos. Y ahora que todo está vacío, esa cercanía entre las construcciones se nota mucho más. El colectivo parece ir dentro de un túnel formado por balcones. ¿Cómo es posible que esta zona que para los porteños es sinónimo de “caos” —o para decirlo en argentino: de quilombo— durante el día sea tan silenciosa durante la noche? Pensar que hacía unas horas había estado caminando por ahí con mi cámara, esquivando gente, motos y palomas…

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Si bien Microcentro no es oficialmente un barrio, sino el downtown de la ciudad, es una zona polémica: no creo que haya nadie “indiferente” a Microcentro, seguramente lo aman o lo odian. Lo cierto es que nadie que viva en Buenos Aires escapa de pisar esta zona, aunque sea una vez al día/al mes/en la vida. Algunos trabajan ahí —hay cifras que aseguran que cada día, en las oficinas, puestos, restaurantes, negocios y calles de Microcentro trabajan más de 4 millones de personas—, otros van a hacer trámites, a manifestarse, a reunirse, a almorzar, a dormir la siesta en algún banquito, hay quienes van de shopping o simplemente pasan por ahí para ir hacia otro lado.

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En mi caso, crucé Microcentro todos los días durante cuatro años para llegar a la facultad. Lo odié a la mañana por su tráfico lento y estancado. Lo quise un poco más al mediodía y a la tarde, por su energía. Y ahora diría que casi lo amo los fines de semana, cuando salgo con mi bici y no pasa ni auto. Es una zona que tal vez sea difícil de querer, pero a mí me gusta por sus construcciones antiguas y su coro de conversaciones. La calle Florida concentra lo típicamente porteño y lo vende a gritos: “Parrilla libre, no se cobra cubierto, parrilla parrilla…”, “Show de tango exclusivo, shoooow…”, “Excursiones por La Boca”, “Cambiooo, cambiooo”.

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Microcentro es una zona que me abruma y me revitaliza: esa masa de gente que va de un lado a otro por momentos me agobia y por momentos me hace sentir con energía. Y al ver la zona de noche, tan vacía, me doy cuenta de que lo que le otorga personalidad son todas y cada una de las personas que pasan todos los días por ahí.

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