Hong Kong está llena de gente. Sin embargo, a mí me pareció una ciudad silenciosa y solitaria.

Viajé en subtes de última generación, sin conductores humanos y con una precisión horaria impecable y envidiable (ojalá nuestros subtes fuesen así de eficientes). Pero durante el viaje casi no vi caras de frente, ya que todas estaban mirando hacia abajo, pegadas a la pantalla de los celulares último modelo que sostenían en las manos. Nadie me cedió el asiento (obviamente no habría por qué hacerlo, pero tampoco vi que nadie le cediera el asiento a un mayor), nadie me miró con curiosidad ni me preguntó si necesitaba ayuda para encontrar la estación en la que debía bajarme, nadie me alertó que en el subte te morís de frío y que cuando bajás te morís de calor, nadie me avisó que cada estación tiene como ocho salidas y que si te equivocás, fuiste, tenés que dar la vuelta al mundo para encontrar la correcta.

Caminé por las calles atestadas de carteles, negocios y personas. Sin embargo, nadie me frenó para preguntarme si necesitaba ayuda para encontrar alguna calle (y, hola, es obvio que no soy local acá y es obvio que me voy a perder en este laberinto de asfalto), nadie se ofreció a acompañarme cuando me vieron perdida y con el mapa en mano, nadie me alertó que para llegar de un punto a otro de la ciudad iba a tener que atravesar —obligatoriamente— por lo menos cinco shoppings. Podría decir que me debo haber recorrido toda la isla a pie y nadie me prestó demasiada atención.

Tomé colectivos y mini-colectivos de lo más organizados. Pero nadie ma avisó que se necesita pagar con cambio exacto ya que ni el conductor ni la máquina devuelven plata, nadie ofreció ayudarme con las monedas que me faltaban para completar mi boleto, nadie me avisó que no podía bajarme en cualquier lado sino solamente en las paradas “obligatorias” y predefinidas del transporte, a nadie le importó que tuviera que caminar 20 minutos extra porque me pasé de parada y no sabía qué transporte tomarme para volver hacia atrás (no existe eso de “cruzá la calle y tomá el que va para el otro lado”).

Viví (de arriba, de casualidad y de prestado) en la casa de un súper empresario alemán (que estaba de vacaciones con su familia en Suiza y por ende nunca se enteró de mi estadía). Viví en lo que debe ser una de las casas más caras y lujosas de Hong Kong (en HK, el solo hecho de tener una casa y no un departamento ya implica un lujo, allí donde el metro cuadrado es el segundo más caro del mundo después de Nueva York; y en HK, cuanto más “arriba” de la montaña vivís, más lujoso, caro y exclusivo aún). Viví en una casa de cuatro pisos (o más, no lo sé) arriba de la montaña desde donde veía todo Hong Kong desde mi cama. De noche, se iluminaba para mí. De día, me despertaba con su silencio (desde allá arriba no se escuchaba ni un solo ruido). Y a pesar de que fue una de las mejores casas donde me alojé en mi vida, le faltó esa calidez de hogar chiquito.

No me quejo, amé Hong Kong y pienso volver, es una de mis ciudades preferidas. Pero qué ciudad solitaria.