Rojo

Como mi mochila.
Como el ají que le ponen a todas las comidas en Indonesia.
Como el “chili sauce” que le ponen a todas las comidas en Indonesia, a falta de ají real.
Como el ají y el chili sauce que le ponen a las comidas para darle un toque “extra picante”.
Como el ají y chili sauce que ruego que no le pongan a ninguna de mis comidas en Indonesia.
Como las zapatillas de Journey que son como zapatos náuticos pero en versión zapatillas y tienen toda la onda.
Como mis All Star preferidas que dejé en Buenos Aires.
Como la insignia de los Red Shirts, el Frente Unido por la Democracia y Contra la Dictadura de Tailandia que hace unos meses salió en todos los medios del mundo (y yo me los crucé en Bangkok antes del estado de sitio).
Como el logo de McDonald’s que aparece en todas las ciudades asiáticas.
Como el logo, también, de Pizza Hut, ese fast-food de pizza que en Argentina fracasó pero que acá me parece la gloria.
Como mi bolsito de tela corderoy que compré en Copán, Honduras, y se vino hasta acá conmigo.
Como ese mismo bolsito que cada día se rompe por algún lado y ya no quiere vivir pero que me niego a dejar por ahí.
Como el color de la ropa de los Sikh en el festival de baile que ofrecieron en Penang.
Como el ají.
Como todas las verduras que no me atrevo a probar porque me suena que son picantes.
Como el color de cualquier barrio chino en cualquier ciudad de Asia.
Como China (digo yo).
Como los carteles de Berhenti que en indonesio y malayo significa Pare.
Como las puertas de los templos chinos.
Como los semáforos inexistentes.
Como los semáforos que existen pero no se respetan demasiado.
Como el Libro Rojo de Mao que encontré a la venta en la calle de anticuarios de Hong Kong.
Como todos los carteles de Prohibido que encontré en Malasia y Singapur.
Como las flores exóticas más lindas que vi pero como no sé de botánica jamás sabré el nombre.
Como las miles de millones de frutillas de todo color, forma, tamaño y material que encontré en Cameron Higlands.
Como la iglesia de Melaka (primera iglesia que vi en este viaje).
Como mi bicicleta de Buenos Aires que tanto extraño.
Como el color de los taxis en Hong Kong.
Como un stencil de Jimi Hendrix que encontré en una pared de Singapur.
Como la remera que se pone uno de mis amigos indonesios para hacer snorkel porque dice que de esa manera pueden verlo desde cualquier lado y ningún barco lo va a dejar abandonado en medio del mar.
Como el corazón de las remeras que dicen I Love Hong Kong.
Como la manzana Dole importada de Chile que comí en las Filipinas.
Como los cangrejos que comí hasta reventar en Bolinao.
Como el camión de bomberos que apagó el incendio de mi vecino en Manila.
Como el ukelele que casi casi me compro en Hong Kong.
Como el jugo de tomate frío que en las venas, en las venas deberás tener.
Como la vela con el número 25 que le pusieron a mi torta de cumpleaños.
Como uno de los colores de la bandera de Indonesia.
Y de la bandera de Malasia.
Y de la bandera de Tailandia.
Y de la bandera de Singapur.
Y de la bandera de Hong Kong.
Y de la bandera de las Filipinas.
Mejor dicho: como uno de los colores de la bandera de todos los países asiáticos que visté hasta ahora excepto Macau.
Como el futón de mi casa donde duermen mis amigas cuando van a visitarme.
Como mi color preferido.

Y como estos tomates cherry que compramos en Cameron Highlands con Journey y que me parecieron extremadamente fotografiables por su color tan… rojo.