Madrid me retiene. Doce días y contando. ¿Qué escribir cuando uno está de viaje pero se siente como en casa? Tal vez de eso: la sensación de casa que encuentro en distintas partes del mundo, la certeza de que los viajeros no tenemos una casa sino varias. Muchas veces me preguntan si no extraño mi casa, mi baño, mi cama. Siempre digo que no. Lo que extraño de Buenos Aires es a mi gente, mis amigos, mi familia, mis caminatas, San Telmo, la primavera, los diálogos que se escuchan en los bondis. No mi baño, ni mi cama, ni mis sábanas, ni nada de eso. Cuando uno vive viajando pasa que muchos lugares se convierten en eso que llamamos “casa”, y la casa que dejamos atrás, en mi caso Buenos Aires, pasa a ser una casa más y no la única. Y al final es peor porque no se extraña una sola casa sino unas diez o veinte y uno queda como con el extrañamiento (¿existe?) dividido.

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España es uno de esos lugares donde me siento (demasiado) en casa. Desde la primera vez que pisé Madrid sentí que estaba llegando a un país que no conocía pero que ya me era muy familiar y cercano. Es verdad que argentinos y españoles estamos muy ligados por la historia y que nuestra cultura es similar en muchas cosas, pero esas no son las únicas razones: lo que me hace sentirme como en casa son los amigos que siempre me esperan acá, la familia que me recibe los domingos, el parecido como de realidad paralela entre Buenos Aires y Madrid, el acento argentino que se escucha bastante, el acento español que tanto me gusta, esas calles tan aptas para caminar, los personajes bizarros que siempre se renuevan (esta vez me encontré con un Spiderman panzón en la Plaza Mayor y un Bart Simpson en el Bernabéu), esas letras de Sabina que cada vez entiendo mejor.

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Madrid está lluviosa y fría, por momentos con mucho viento. Voy abrigada y, si bien no me gusta el frío (corrección: cada vez me gusta un poquito más el frío, siempre y cuando se mantenga sobre cero grados), estoy disfrutando este invierno. Cuando me bajé del avión y sentí el aire fresco me dije: pero esto no es tan terrible, pensé que el choque iba a ser peor. En el vuelo desde Lima no dormí nada: uno porque despegamos de día y no tenía sueño y dos porque cada vez que cerraba los ojos y el avión hacía un mínimo temblor me agarraba pánico y me decía secae-secae-secae-secae (confirmado que cada vez me gusta menos volar). Lo bueno fue que en la lotería de los asientos me tocó estar al lado de una mujer peruana que me charló casi todo el viaje y me ayudó a distraerme. Hablamos de la vida (¿de qué más, sino?), de sus cinco años en Buenos Aires, de sus hijos, de sus historias, de mis historias, de nuestros miedos, de nuestros hogares originales y adquiridos. Lloramos y nos reímos, y en Barajas nos despedimos con un abrazo. Con un preludio así, era claro que estaba llegando a donde tenía que estar. 

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Durante estos doce días me la pasé de reencuentro en reencuentro, no sólo con otros sino conmigo y con mis ganas de caminar. Gracias Madrid por ser tan caminable, espero que todas las ciudades europeas sean así porque necesito mi meditación diaria y quiero volver a la fotografía callejera y al arte de estar en la calle. Viajar para mí es estar (o ser) en las calles de cada lugar. Cuando camino pienso tantas cosas que un día de estos voy a prender un grabador y hablar sola durante todo el recorrido para no perder el hilo de mi conversación. Si pudiera dibujarme creo que me haría caminando y dejando atrás un sendero de palabras sueltas.

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Hace unos días me reencontré con Samy, una amiga de la facultad (que cursó conmigo un año y se cambió a Periodismo) con la que no me veía hacía 10 (D-I-E-Z) años. Cuando me lo dijo la traté de exagerada: ¡qué van a ser diez años! Pero sí, empezamos la carrera en el 2004, o sea que llegué a esa edad donde puedo decir que tal cosa me pasó hace diez o quince años y acordarme del hecho como si hubiese sido antes de ayer (cosa que a los 22 no me pasaba). Y así como hace diez años empecé a estudiar en la universidad, hace seis años que empecé en la universidad de los viajes (y sigo en preescolar). Seis años no es nada (me encanta escuchar o leer a gente que cuenta que viaja hace treinta o cincuenta años, porque espero algún día poder decir lo mismo), pero es suficiente para empezar a sentir que esta es mi vida normal, que no me veo haciendo otra cosa y que espero poder dedicarme a esto hasta el último día de mi existencia.

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(yo también)

Ayer, Samy me entrevistó. Casi al final me preguntó cuáles fueron los mejores y peores momentos de estos seis años de vida viajera y le dije que era una pregunta tan difícil como responder qué país me gustó más. Creo que es como la vida misma: los viajes (por lo menos mis viajes) tienen algunos (pocos) momentos recontra-mega-híper felices y muchos (un montón) de momentitos (por llamarlos así) felices: cuando me quedo en una casa de familia, cuando viajo en un bus local y la gente me mira con curiosidad y me sonríe, cuando alguien me ayuda en la calle, cuando estoy frente a un paisaje que me gusta, cuando me reencuentro con un amigo, cuando me hago amigos nuevos, cuando pruebo una comida rica, cuando me llevan a hacer algo bien local, cuando salgo a sacar fotos, cuando estoy en una situación en la que jamás imaginé que iba a estar, cuando un lugar me sorprende… Después me puse a pensar en los momentos feos y lo primero que me salió fue mencionar los dos robos que viví, pero enseguida me retracté y le dije que no, que los robos son feos pero lo que se van son cosas, y que lo peor para mí son que se vayan las personas, conocer a alguien, despedirme y no saber cuándo ni dónde nos volveremos a ver. Lo más duro de viajar es estar emocionalmente preparada para despedirme de personas y lugares todo el tiempo y soñar con volver  (o será que soy demasiado sensible).

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Mucha gente me escribe diciéndome que si él o ella viviera viajando como yo, su vida sería “perfecta”. Y desde ya les digo que no: no es una vida perfecta. Es un estilo de vida extraordinario y muy enriquecedor, eso seguro, y que a muchos (no a todos) puede hacer muy feliz, pero está lejos de ser perfecto. Cuando uno viaja puede despojarse de todo menos de algo: uno mismo. Nuestros problemas, emociones, tristezas, miedos, inseguridades, todo se va de viaje con nosotros. Estando de viaje también se genera una rutina y hay días de todo tipo: alegres, de mal humor, de pereza, llenos de energía, vacíos, completos, aburridos, sorprendentes. Cada día es distinto, pero uno (o por lo menos yo) no puede estar cien por ciento feliz todo el tiempo. Y sé por experiencia que no es fácil pasar por una etapa de tristeza estando lejos de casa (de la casa que sea). Por eso me hace tan bien saber que mi casa (me gusta mucho la palabra en inglés: home) es algo que existe en muchos lugares del mundo y no sólo en la ciudad donde nací. Hay una canción muy linda que dice “Home is wherever I’m with you” (mi hogar es cualquier lugar donde esté con vos) que también podría decir algo así como “Home is wherever I feel good” (mi hogar es donde me siento bien).

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Cuando uno llega a casa se da cuenta enseguida. Puede pasar en cualquier lugar del mundo y se siente de manera instantánea: es pisar la ciudad, percibir como un calorcito (interior, supongo), sonreír y ver cómo muchas cosas adentro nuestro se alinean, es como dar un suspiro de “ahhh llegué” y sentirse bien. Y, en mi caso, es llegar sabiendo que en algún momento me iré en busca de lugares nuevos (porque es imposible querer dejar de viajar) y que siempre tendré un hogar más al cual volver. Gracias Madrid, si pudiera darte un abrazo y meter ahí adentro tus calles, barrios y personas, lo haría. Pero ahora sí, dejame ir, que quiero seguir camino.

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Justo cuando terminé de escribir este post recibí un mail de mi amigo Jaume (un asturiano que se pasó cinco años viajando y a quien conocí en Laos y volví a ver hace unos días en Madrid) con el enlace a este video. Mientras lo miraba asentía con la cabeza y sonreía sola: ¡sí! ¡tal cual! ¡me pasa también! Esta chica podría ser mi doble española. Se los dejo para que lo vean y entiendan un poquito más a quienes nacimos con el síndrome del eterno viajero.


 Info útil para viajar por Madrid:

  • Transporte urbano: lo mejor para ir de un lugar a otro es caminar o usar el metro (tiene estaciones por toda la ciudad y es muy eficiente). El viaje cuesta € 1,50, pero lo mejor es comprar el abono de a diez viajes (cuesta € 12,20 y se puede usar en el metro y buses). Hay un metro que va de Barajas (el aeropuerto) al centro de la ciudad.
  • Si necesitás un mapa de la ciudad podés pedir uno en cualquier sucursal del Corte Inglés (hay por todos lados).
  • Alojamiento: me quedé en casas de amigos, pero según lo que vi en internet, la cama en un dormitorio compartido de un hostel empieza en € 10.
  • Comida: los menúes más económicos (entrada, plato principal, postre y bebida) cuestan entre € 6 y 10. Hay lugares más baratos como Los 100 montaditos (tiene más de 100 tipos de sandwiches y hay un día a la semana que cuestan € 0,50) o El museo del jamón (ambos tienen varias sucursales) pero son más para picar. Otra opción son las tapas. Si tenés cocina, lo más económico es comprar en el super y cocinar. Un café te cuesta alrededor de € 1, una caña (vaso de cerveza) desde € 1, un desayuno (café + bollería) € 2, una botella de 1/2 litro de agua unos € 0,60.
  • Durante febrero, casi todas las grandes tiendas de ropa están con rebajas (en algunas hasta del 80%), así que si venís sin ropa adecuada te recomiendo que la compres acá. Un lugar con precios más baratos es el Factory, un centro de outlets en San Sebastián de los Reyes. Y para ropa deportiva o de viaje, reconozco que el Decathlon tiene de todo.
  • En Madrid hay dos librerías de viajes (con guías de todas partes del mundo, libros de fotografía y literatura): Altair y De viaje. Si les gusta leer, les recomiendo que se den una vuelta y se reserven una tarde para estar metidos ahí adentro.
  • En Madrid están tres de los museos de arte más importantes del mundo (y todos tienen días y horarios de acceso gratuito): el Reina Sofía (la entrada cuesta € 8; se entra gratis lunes, miércoles, jueves, viernes y sábados de 19 a 21 h y domingos de 15 a 19 h), el Thyssen – Bornemisza (entrada € 10; se entra gratis los lunes de 12 a 16 h) y el Museo del Prado (entrada € 14; se entra gratis de lunes a sábado de 18 a 20 h y los domingos de 17 a 19 h). 
  • Una muy buena opción para seguir viaje por España (y pagar menos que trasladándose en bus de larga distancia) es usar blablacar.es, una web de carpooling para compartir coche (y pagar los gastos entre todos). Ya les contaré cómo me va con eso.