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Crónica de una terraza presidencial
(o de una inauguración de arroz)

(Elegí un color y leé. O mezclá los dos.)

“Tomá, este es tu pasaje, el colectivo sale a las nueve y media, pero mirá que es un colectivo normal, no tiene aire acondicionado”, me dice Junie mientras me da el papel y yo le doy los 300 pesos filipinos (6 dólares) correspondientes. Si supiera que viajé en cada cacharro y que no soy fan del aire acondicionado. Acabamos de conocernos en SM, un shopping de Baguio, pueblo en las montañas del norte de Filipinas. Así es la cosa mientras uno viaja: a cada momento se conoce gente nueva amiga-de, conocida-de, pariente-de, socio-de. En este caso, fue Judy (el Padre amigo de mi amigo Nico que me recibió en Filipinas) quien me pasó el contacto de Junie, un chico que fue seminarista y alumno de él, para que lo conociera en las dos horas de espera que iba a tener en Baguio antes de partir hacia Banaue, lugar famoso por sus terrazas de arroz. Junie y yo nos mensajeamos, ponemos un punto de encuentro y, sin habernos visto las caras nunca, nos conocemos en el shopping. No creo que sea tan difícil ubicarme: no se ven muchas “gringas” en este pueblo, acá los visitantes son más que nada koreanos y chinos. Nos damos la mano, qué lejos quedó el famoso beso en el cachete argentino, espero no perder la costumbre. Caminamos un rato por el shopping, el pobre chico se banca mientras me pruebo veinte gorras distintas y me miro al espejo desde todos los ángulos posibles con mi indecisión de siempre. A las 9 me lleva a la parada del colectivo, me acompaña arriba —acá la gente siempre tiene miedo de que me pierda si voy sola—, me deposita en mi asiento y me dice que su familia me va a estar esperando en Banaue. Es sábado a la noche. Pero, claro, al viajar, qué día de la semana es ya no importa demasiado. Es sábado, pero bien podría ser lunes, martes, miércoles.

Terrazas de arroz de Banaue

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Me subo a la limusina y me siento al lado de “Attourney” (Abogado) Gonzalo. Acabamos de salir de una reunión del Rotary Club de Dagupan en la que caí también gracias a esta cadena de contactos que se forma en cada lugar al que voy. El eslabón que nos conectó fue, una vez más, Judy. Todo empezó cuando Judy me llevó a desayunar a un restaurante mexicano para que conociera a sus compañeros de tenis. Entre ellos estaba el Abogado —ex vicegobernador de Dagupan— a quien le caí bien y a quien se me ocurrió comentarle que tenía muchas ganas de asistir a la inauguración de Noynoy, el nuevo presidente de Filipinas, en Manila. “Estamos organizando un colectivo privado para mandar al grupo oficial de Dagupan a la inauguración, así que ya mismo te anoto para que viajes con ellos”. Ahora es martes, estamos dentro de la limusina —primera vez en mi vida que me subo a una— y el abogado me está llevando al restaurante de donde saldrá el colectivo para que conozca a los dueños. Después de la presentación en sociedad, vuelvo a la parroquia a descansar. A las 3 y media de la mañana, Judy me lleva en la camioneta a la puerta del restaurante donde ya está estacionado el colectivo. Nos despedimos: también es su último día en Dagupan ya que en pocas horas será transferido a la parroquia de otro pueblo. El colectivo sale a las 4 de la mañana del miércoles 30, el mismo día que Noynoy asumirá la presidencia del país. En este caso, el día sí importa.

En el colectivo rumbo a la inauguración presidencial

La L

La L

Después de casi 11 horas de viaje entre las montañas con una inexplicable parada de dos horas en medio de la ruta, los chillidos de un bebé que no para de llorar en toda la noche, un compañero de asiento que casi se duerme sobre mi hombro, todas las luces prendidas y un chiflido de aire frío que me da en la nuca, llego a Banaue. Escucho que alguien me dice “Good morning, Ms. Aniko?”, abro los ojos, cierro la boca (estaba dormida en la clásica pose despatarrada sobre el asiento, abrazada a mi mochila y con la boca abierta) y pienso Este debe ser Uncle Dixon. Dixon es el padre de Junie y amigo de Father Judy, un hombre que vive con su mujer y algunos de sus siete hijos en el pequeño pueblo de Banaue. Entramos a su casa, ubicada en la ladera de la montaña y con una vista envidiable, me presenta a su mujer y a dos de sus hijos (Steve y Davidson), quienes serán “mis guías” durante mi estadía en el pueblo. Desayunamos en la cocina. En la mesa hay huevos fritos, huevos revueltos, banana frita, pan, café, té, verduras hervidas, salchichas, pescado, pollo y arroz, siempre arroz. Pero déjenme decirles que ya me acostumbré e incluso me gustan estos desayunos energéticos. Lo único que todavía me cuesta comer a la mañana es cualquier tipo de carne. Después de alimentarnos, Steve, Davidson y yo nos subimos a una de esas motos con carrito al costado y nos vamos a recorrer el lugar. Son chicos bastante callados, tímidos tal vez, o con personalidades a tono con el silencio del lugar, pero igualmente me hacen preguntas. “¿Cuánto tiempo llevás en Filipinas? ¿Cuándo volvés a tu país? ¿Cómo es el clima en Argentina? ¿Qué países de Asia conociste? ¿A dónde vas después?”. En Filipinas todos hablan inglés, así que la comunicación es fácil. En Banaue el sol pega fuerte, pero el aire es un poco más frío, más seco, no se siente esa humedad aplastante.

Por el pueblo…

Chicos que me espían…

Davidson y Steve mirando el paisaje

Davidson y Steve mirando el paisaje

Quiosquito

Quiosquito

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Siento que el colectivo frena de golpe y me despierto. ¡¿Qué?! ¿Ya llegamos a Manila? ¿Tan rápido? Pero si son como seis horas de viaje y acabamos de salir… Estoy hecha una bolita en dos asientos en el fondo del colectivo, tapada hasta la cabeza para evitar cualquier tipo de filtración del aire acondicionado. Me incorporo y le pregunto a los chicos de al lado si ya llegamos. No no, es sólo una parada para ir al baño, pero ya casi estamos… El colectivo se alborota, todos suben y bajan corriendo, apurados, excitados. La mayoría de los pasajeros son chicos de veintipico o menos y al parecer la consigna es usar algo amarillo, el color que caracteriza a Noynoy Aquino. Todos tienen remeras amarillas con leyendas en filipino, algunos se ponen pañuelos amarillos en la cabeza, otros andan con anteojos de marco amarillo. Pegan stickers y pósters en las ventanas, hacen la señal de la L con el dedo índice y pulgar a la gente que está en la calle con banderas de Noynoy. La emoción se siente, parece que este presidente tiene bastante apoyo de la gente joven (y de la población en general). Finalmente llegamos a Luneta a las 8 de la mañana, el lugar donde se llevará a cabo el cambio de mando a las 11. Nos bajamos del colectivo. No conozco a nadie y siento que estoy en la entrada de un recital de rock en River. Lourdes, una mujer del grupo, se me acerca, preocupada porque me ve sola (extranjera y sola) y me dice que me quede con ella y su hija. Me hacen preguntas: “¿Venís como periodista de un medio argentino? ¿Vas a entrevistar a Noynoy? ¿Sos embajadora de tu país?”. No, no, soy una curiosa nomás… Nunca fui a una inauguración presidencial. Caminamos por la avenida que nos llevará al predio. El lugar está cerrado al tráfico y atestado de gente, banderas, paraguas con la cara de Noynoy, hombres vendiendo pulseritas y pins, mujeres cocinando en medio de la calle, filipinos ofreciendo todo tipo de merchandising y memorabilia amarilla con la cara de quien será el decimoquinto presidente de estas islas. Y el calor, ese calor agobiante otra vez.

Pins de Noynoy

Durmiendo por el calor, a la espera del nuevo presidente

Durmiendo por el calor, a la espera del nuevo presidente

P-Noy

P-Noy

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En Banaue casi todas las calles son de tierra, así que la motito va saltando por el camino de ripio que rodea las montañas. Steve y Davidson me llevan por todos lados. Cada vez que pasamos frente a una casa, la gente que está sentada en la vereda me mira con curiosidad. ¿Qué hará esta gringa por acá? Los chicos juegan en la calle, las mujeres se sientan con sus bebés al costado de la ruta mientras realizan algún trabajo artesanal, los hombres mastican una fruta llamada moma y escupen el jugo rojo constantemente. Después de algunas subidas y bajadas, finalmente las veo. Las terrazas de arroz. Un paisaje que es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Una de las vistas más impresionantes de mi vida. Nunca vi campos tan verdes, nunca sentí tanto silencio, nunca tuve tanta admiración por la naturaleza como cuando me senté a mirar las terrazas de arroz de Banaue. Fueron fabricadas hace más de dos mil años y siguen intactas, una muestra de que si el hombre quiere, puede preservar la naturaleza perfectamente. Dejamos la moto estacionada, descendemos por un sendero de cemento y entramos a las plantaciones de arroz. Los nativos viven en casitas en medio de los cultivos y su vida consiste en trabajar sembrando, regando y juntando el arroz. Caminando por las terrazas nos cruzamos con un grupo de mujeres que están juntando arroz. Les saco fotos y una de ellas se enoja, me dice “No picture, no picture” y empieza a decirme cosas en filipino. Curioso, están en medio de la nada y no quieren que su imagen viaje más allá de los límites de este pueblo, tal vez no sienten ansias de mostrarse sino de preservarse. Al día siguiente caminamos dos horas cuesta arriba y cuesta abajo hacia Batad, un pueblo inmerso en una ladera al que no se puede acceder más que a pie. Me quedo mirando el lugar durante horas, y a pesar de que la vista es siempre la misma, no me aburro nunca. Cuando volvemos a Banaue, nos encontramos con que hubo un derrumbe y el paso está cortado. Hay jeepneys, motos y camiones estacionados a ambos lados de la montaña de tierra. Pero el ser humano tiene imaginación y un poco de tierra jamás frenó a nadie. A la mañana siguiente tengo que volver a Dagupan, así que me despido de uno de los lugares más lindos que conocí en mi vida y sigo mi camino.

Batad

Batad

La iglesia en medio de las plantaciones

La iglesia en medio de las plantaciones

Caminando entre medio de las terrazas de arroz

El derrumbe en la ruta

El derrumbe en la ruta

Mira, la hija de Lourdes, y yo nos abrimos paso entre la gente, esquivamos banderazos, codazos y paraguas. Estamos lejos de lo que sería “el escenario”, así que nos acercamos de a poco para poder ver mejor. En el camino me cruzo con gente de todas las edades: padres con sus hijas en hombros, parejas sentadas en el pasto, grupos de mujeres comiendo de recipientes de cartón, colegialas posando para las fotos, chicos sosteniendo banderas y pancartas. Veo a un grupo de hombres y mujeres casi sin ropa, son lo que en Filipinas llaman “habitantes nativos u originarios”, comunidades que aún conservan su cultura ancestral, a pesar de que muchos perdieron sus hogares a causa de las inundaciones que sufrió el país y debieron mudarse a Manila. Uno de ellos está sosteniendo una guitarra. Lo miro y me mira. Mantenemos la mirada. Me sonríe con mucha calidez, levanta la mano, forma la señal de la L y se queda quieto para que le saque una foto. Le sonrío en agradecimiento. Curioso, están en medio de una multitud y quieren destacarse, diferenciarse, darse a conocer al mundo. Después de unos minutos, Mira y yo volvemos a donde está su mamá. Los helicópteros sobrevuelan el predio. La gente canta a coro con los músicos que se suben al escenario al mejor estilo León Gieco. Los presentadores anuncian que en la ceremonia están presentes los líderes de Dubai y Timor Oriental. En la pantalla aparece Gloria, quien en pocos minutos será ex presidente de Filipinas, y los aplausos se mezclan con los abucheos. Todos están ansiosos por ver a su nuevo líder. Finalmente aparece Noynoy en escena y esta vez solamente se escuchan hurras. Hay varios discursos en filipino, más números musicales y coros. Bueno listo, ya vi lo que quería ver, así que me despido, agarro mis cosas y me voy caminando por medio de la marea amarilla hacia algún lugar de Manila.

Chicos que descansan

Lourdes and company

Muchedumbre amarilla

La pantalla

Las mujeres que no querían ser fotografiadas…

… y el hombre que quería ser visto por el mundo.

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Comentarios acerca de Crónica de una terraza presidencial
(o de una inauguración de arroz)

  1. Alejandra 10/10/2010 at 02:01 #

    Hace algunos dias conoci tu blog. Me encanta! me divierte la forma en que escribis! me encantan las fotos!!
Suerte donde quiera que estes! y haciendome eco del mundial… vamos argentina!!

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