Debo haber roto el récord de mayor cantidad de horas del día pasadas sobre algún tipo de transporte: de tres días, es decir de 72 horas, estuve 50 (sí, CINCUENTA) horas en movimiento.  Algo que no recomiendo por más divertido que parezca ya que puede traer consecuencias de lo más ridículas y encuentros con personajes bizarros. ¿Por qué me sometí a esto? En pocos días tomo mi vuelo a Indonesia desde Kuala Lumpur, así que de alguna manera tenía que teletransportarme desde Laos hasta Malasia, y como por aire es bastante salado, decidí hacer todo el trayecto por tierra. Y no me arrepiento.

La última ciudad que visité de Laos fue Pakse, lugar que no me gustó demasiado y que solamente recordaré por mi feliz reencuentro con Kate y Nicky, dos británicos con quienes hice “La ruta de la muerte” de Vietnam a Laos, y por mi reencuentro con la tan deliciosa comida india (me estoy poniendo en forma para mi futuro viaje…). Nota al margen, esto de que la comida asiática sea tan rica me genera pensamientos como el siguiente: No me importa viajar ochenta horas con tal de volver a probar los platos malayos, la comida india, la comida de Chinatown en Kuala Lumpur, el cheese nan, el mango-lo…

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Últimas fotos de Pakse (Laos)

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Laos es uno de los países que más me gustó hasta ahora, como habrán notado por los posts anteriores, aunque Pakse fue la excepción. Es una ciudad-pueblo muy turística ya que se usa como punto de salida hacia varios “atractivos turísticos” del sur del país y por ende (tristemente) el trato hacia el viajero es muy distinto al de los lugares no turísticos. Otra vez el acoso de los taxistas, otra vez eso de subirte el precio porque te ven extranjero y piensan que sos millonario, otra vez el maltrato y la escasez de sonrisas. Por suerte visité lugares como Muang Ngoi y Savannakhet que me quedan como lo mejor de mi paso por Laos, donde la gente local me saludó y me recibió con muchísima alegría gratuita.

Empecé mi odisea terrestre de Laos a Malasia el martes pasado después de almorzar. Inauguré con un tuk-tuk a la terminal “VIP” (lo de VIP sigue siendo un misterio, pareciera que cuanto más “VIP” son los pasajeros, peor es el trato) de Pakse donde me acerqué al mostrador correspondiente para comprar el pasaje a Ubon (ciudad de Tailandia a unas tres horas) con cruce de frontera incluido. No more tickets for Ubon, me dijo un laosiano con abuso de autoridad. Le dije que no me importaba, que viajaba parada pero que necesitaba irme ese día. Me vendió el pasaje por el mismo precio pero para viajar parada y oh sorpresa, cuando me subí al colectivo era mentira que se habían agotado. Sospecho que este hombre quería guardar espacios para quienes compraban el pasaje por medio de las agencias de viaje (un 20 por ciento más caros).

Llegué a las terminal de Ubón, en Tailandia, a las 6 y media de la tarde y enseguida se me abalanzaron para ofrecerme pasajes a todos los rincones de Tailandia. Para ir a Bangkok querían cobrarme “440 baht” (USD 14), “560 baht” (18 USD), lo que se les ocurriera al verme la cara. Me negué, como siempre, a pagar más de lo que corresponde por un viaje de 10 horas. Uno de los vendedores me dijo en voz baja You want cheap ticket? Ok, come, you pay directly to the driver. Y así como quien no quiere la cosa le di los 10 dólares por lo bajo, me dio un papelito con una firma que ofició de ticket, le hizo una seña al conductor y subí de incógnito. Mientras esperaba hasta las 7.30 pm para que saliera mi bus comí uno de los mejores Pad Thai de mi vida preparado por un ladyboy tailandés (como se le dice a los travestis acá) en un puestito de la estación. Precio: 20 baht (70 centavos de dólar).

Llegué a Bangkok a las 5 de la mañana, después de haber dormido bastante poco. Me tomé el transporte público a la estación de tren y tardé casi dos horas en llegar, ya que debo haber cruzado la ciudad entera en hora pico, pero para mí fue como hacer un city tour barato. Me había olvidado del calor que hace en Bangkok (que al parecer no es solamente en abril sino todo el año). Bajé del colectivo y oh la transpiración una vez más, como en los viejos tiempos.

El tren a Hat Yai, ciudad al sur de Tailandia (a 941 kilómetros de Bangkok) salía a la 1 del mediodía, así que salí a caminar un rato para hacer tiempo. Me gusta pasear por una ciudad bien temprano y ver cómo se despierta, qué rutinas siguen sus habitantes. No me fui muy lejos, pero me crucé con muchísimos puestitos de comida en la calle (me atrevo a decir que si en Vietnam lo que más se ve en las veredas son las motos, en Tailandia lo que abunda son los puestos de comida al paso), gente desayunando en los mercados, hombres empujando carros con frutas, mujeres comprando la carne del día, gente leyendo el diario, personas preparando jugos de fruta y los tuk-tuk, como siempre, con su amistoso e irritante Hey lady, tuk-tuk! Where you go?

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La estación de tren en Bangkok

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El tren salió a las 13.30 del miércoles, día dos de mi periplo. ¿Cómo puedo resumir esas 19 horas de viaje por las vías? Miré el paisaje – escuché música – leí un libro – escuché más música – fui la persona más feliz del mundo cuando los asientos se convirtieron en camas (verdaderas camas horizontales con sábanas y almohadas) – dormí dormí dormí durante 12 horas sin importar si me pasaba de estación – miré el paisaje otra vez y por fin me bajé en Hat Yai a las 8 de la mañana. De la estación de tren, tuk-tuk a la terminal de colectivos, pasaje a Kuala Lumpur sin escalas y otra vez a la ruta.

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Llegué, POR FIN, a Kuala Lumpur a las 7 de la tarde del día tres. Me bajé del colectivo, no vi un mini escalón y caí de frente al piso, pero alcochonada por las mochilas, así que no fue nada. Hace mucho que no tenía algún tipo de torpeza como esa así que era hora. Me tomé el Rapid KL (el lujoso transporte público con aire acondicionado y televisión por 2 ringgits o 66 centavos de dólar) hasta Chinatown, pero me hice la viva y pensando que sabía perfectamente dónde estaba me bajé como tres paradas antes, en Little India (me equivoqué de comunidad). Así que tuve que tomarme el subte hasta la estación correspondiente.

A esa altura mi agotamiento era indescriptible. Pero el día no había terminado. Subiendo por la escalera mecánica escucho que alguien me dice Hello! Where are you from? Lo que me faltaba, chamuyos en el subte. Miro y veo a un malayo estereotipo perfecto de hombre de negocios: pelo con gel, camisa adentro del pantalón, cinturón, zapatos náuticos.

—Argentina.

—Oh! Under Mexico.

Sí, bastante under Mexico, pero lo perdono porque la verdad es que antes de viajar a Asia no sé si podría haber ubicado Malasia en el mapa.

—No, no, South America.

—Oh… And you are studying in Malaysia?

Sí, por eso ando caminando con dos mochilas y aspecto de estudiante.

—No, I’m traveling around Asia for one year or more.

—What??? One year!

—Yeah…

—And which is your favorite country in Asia?

—I like all the countries… I really like Laos.

—LAOS??? (no lo puede creer) But what do you have in Laos? It’s so small!

—The people, the culture, the history…

—And how long did you stay there?

—About three weeks.

—Three weeks???!! (al pibe le sorprendía todo lo que le decía)

—Yes…

Caminó conmigo por la calle para “ayudarme a buscar el hostel”, pero tenía menos idea que yo de dónde estaba parado. Me preguntó cuántos años tenía y le respondí en indonesio (que es casi igual al malayo): dua puluh lima (veinticinco). Se quedó mudo y me miró. Why do you speak with an Indonesian accent??? jaja! Nunca jamás pensé que alguien iba a decirme que hablo indonesio (o malayo) con acento indonesio. Finalmente lo fleté: I can walk alone thank you! Y me dijo algo así como Don’t be scared of me. No, no estoy scared, me da muchísima fiaca socializar en este momento de mi existencia en Kuala Lumpur, cuando no puedo poner en orden dos ideas por el sueño que tengo.

Después de una noche me recuperé y al día siguiente salí a caminar.

Kuala Lumpur sigue tan llena de vida y calurosa como la recordaba. Otra ciudad que amo. Pero lo que más me sorprendió es el frenesí, la locura, el acelere con el que se prepara para festejar Navidad (en un país donde el 60 por ciento es musulmán, el resto es hindú, budista, confucionista y hay una pequeña comunidad católica). Las calles están decoradas con luces blancas, los shoppings desbordan de árboles de navidad, gorros de Papá Noel, grupos de chicos cantando Villancicos, ofertas navideñas y gente comprando a lo loco. Me siento dentro de Mi Pobre Angelito (Home Alone) o alguna película yanqui.

Y de repente, después del villancico número 20 (que no sé si fue Jingle Bell Rock o Joy to the world) me acordé que dentro de muy poco va a ser Navidad y es la primera vez que no voy a pasarlo con mi familia. No sólo eso: voy a pasar las fiestas en el otro lado del mundo.

Y me puse un poco melancólica.

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