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Desafío Islandia (10): Dar la vuelta a la isla a dedo

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Empezamos con timidez. Cuando Lau me desafió a dar toda la vuelta a Islandia a dedo tuve mis dudas. Era la primera vez que iba a recorrer un país entero solamente haciendo autostop y si bien estaba dispuesta a cumplir el desafío, sabía (o creía saber) que había algunos transportes pagos de los que no podríamos escapar: por ejemplo, el consabido bus que va del aeropuerto (que en el caso de Islandia está en Keflavík, a 45 minutos de la capital) al centro de la ciudad. “Bueno, que el viaje a dedo empiece desde Reykjavík”, dijimos como para no ponernos tanta presión. Pero oh sorpresa.

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Aterrizamos en Islandia como a las 11 de la noche y el cielo seguía claro (no lo sabíamos aún, pero esa falta de oscuridad nos daría un coraje y una sensación de inmunidad únicas) (por no decir que nos desquiciaríamos por completo). Fuimos en busca del bus barato (en Islandia nada es barato, pero nos habíamos enterado de que había uno que costaba €12 en vez de €16) y cuando llegamos a la oficina, del otro lado del aeropuerto, vimos que estaba cerrada. Volvimos en busca del bus normal pero el último ya se había ido. No queríamos pagar €100 por un taxi así que nos acercamos a una combi y le explicamos lo que nos había pasado. Nos dijo que nos subamos y quedamos un poco perplejas: ¿podía ser tan fácil? Sin haberlo planeado terminamos viajando a dedo hasta el centro de Reykjavík junto con el piloto y las azafatas del vuelo.

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Fotocharco del cielo a las 12 de la noche

El día siguiente pasamos por una oficina de turismo en Reykjavík para pedir un poco de asesoramiento en cuanto a qué ruta tomar. Las palabras del chico que trabajaba ahí fueron las siguientes: “¿Cómo piensan moverse? ¿Tienen transporte propio o van a dedo? Vayan a dedo, es muy fácil y seguro. Planeen los dos primeros días y después improvisen”. Ajá. Nada de “es muy peligroso chicas, están locas, paguen un bus, alquilen un coche, tengan un itinerario”, no. Vayan a dedo, nos dijo con frescura. Y a otra cosa. Así que lo más importante ahora era decidir hacia qué lado empezar: ¿norte o sur? A las dos nos pintó el norte, y arrancamos. 

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La ventana pasó a ser una tele

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Y la ruta, nuestro hábitat

El ritmo del viaje quedó marcado desde el primer día: como estábamos en plan relax y nunca se hacía de noche, siempre salimos a la ruta después del mediodía (a veces, incluso a las seis o siete de la tarde). No había por qué madrugar. En toda la vuelta a dedo pagamos por dos transportes, y ambos fueron buses urbanos para alejarnos algunos kilómetros de Reykjavík y empezar directamente en la ruta. Así que salimos de la capital en bus, nos paramos después de una rotonda y en cuatro minutos frenaron tres autos: al primero le dijimos que no gracias (fue solo una intuición: el señor no nos generó confianza), el segundo iba para otro lado y en el tercero nos subimos. Era una pareja española-rumana que también estaba de viaje. Lo bueno de ir con otros viajeros es que ellos también están conociendo y dispuestos a parar en cualquier lugar para sacar fotos.

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Selfie grupal con los primeros chicos que nos levantaron

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Frenamos un montón de veces a sacar fotos

La primera dificultad del viaje se presentó en Olafsvík, un pueblo que se empeñaba en no dejarnos seguir avanzando. Llegamos tarde y con lluvia, nos paramos al costado de la ruta y no pudimos salir. No frenaba nadie. Pero todo pasa por algo: un rato después de resignarnos, mientras buscábamos dónde poner la carpa, una pareja islandesa nos invitó a quedarnos en su casa con ellos y su hijo. Nos conocimos en la calle, nos quedamos dos noches, no quisimos irnos nunca más. Pero seguimos. Cuando vimos que salir de Olafsvík seguía siendo difícil, apelamos a un recurso nuevo: las canciones y bailes.

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La tía de uno de los chicos nos invitó a cenar a su casa y pudimos compartir una comida con una familia islandesa

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Cuando nos fuimos, este nene se nos colgó, nos abrazó y nos quiso bloquear el paso de la puerta para que nos quedáramos.

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Esta es la ruta de Olafsvík de la cual no podíamos salir

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Creo que fue uno de los lugares de los que más costó salir

Estábamos paradas en la ruta, aburridas, así que agarré mi teléfono y puse la canción más energizante que encontré. Hace poco perdí toda mi música (la tecnología se vuelve loca a veces), así que lo más movido que tenía eran tres temas de David Guetta. Puse Titanium y se armó la rave. No solo saltamos como dos desquiciadas sino que le cambiamos la letra y encajamos la palabra “Borgarnés” (el nombre del pueblo al que queríamos llegar) cada vez que Sia cantaba “fire away fire away” (inténtenlo: “Boooorgarneees, Boooorgarneees”). Tuvo éxito: nos levantó un señor (para mí, el doble de David Lynch) que iba directo a Borgarnes. La canción se convirtió en nuestro mantra por el resto del viaje. Aunque no fue el único.

Nos empezamos a dar cuenta de que hacer dedo en Islandia no solo era muy fácil, sino también muy divertido. Era extender el brazo y dejar que la gente fuese armando nuestra ruta. Así fue como llegamos a Siglufjörður, un pueblito a 40 km del Círculo Polar Ártico, gracias a una señora que vivía ahí; así fue como conocimos a un guatemalteco (el único de su pueblo) que vivía en Islandia hacía 17 años y estaba feliz de hablar en castellano con alguien; así fue como fuimos y volvimos en el día al lago Myvatn (hicimos un day trip a dedo) y nos sentimos victoriosas cuando nos dejaron en la puerta de la casa de nuestro couch, en un pueblo de 35 habitantes.

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Caímos acá sin planearlo, gracias a la señora que nos levantó

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El pueblo se llama Siglufjörður y terminó siendo uno de nuestros preferidos

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Muy fotogénico

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Ella fue la señora que nos llevó a ese pueblo

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El guatemalteco de Islandia

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Al lado del lago Myvatn

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Volver de lago fue difícil porque casi no pasaban autos

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Pero este señor (que no hablaba una pepa de inglés) nos llevó

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Hasta este pueblito, donde nos estábamos quedando

Cuando llegamos a Akureyri, la ciudad más importante del norte de Islandia, nos empezamos a envalentonar. Las reglas del buen autoestopista dicen que uno debería irse a la salida de las ciudades para hacer dedo. Nosotras no teníamos ganas de caminar así que empezamos a hacer dedo en pleno centro (ojo: las ciudades islandesas son muuuuy tranquilas y no tienen hora pico ni demasiado tráfico, así que no estábamos haciendo algo muy loco). Era cuestión de probar lo imposible: y sí, frenaron autos en medio de la ciudad. Lau tenía razón: viajar a dedo se hace vicio muy rápido. Ahí mismo, en Akureyri, decidimos inaugurar otro recurso: los carteles. Teníamos ganas de que Maradona, Messi y el Papa (los íconos argentinos del siglo 21) estuviesen presentes en nuestro viaje. Y eso hicimos.

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Muchos pensaron que estábamos haciendo dedo “a” Argentina (en vez de “desde” Argentina), pero nos levantaron igual.

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Y la contracara del cartel no podía generar otra cosa que risas

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El centro de Akureyri, donde nos paramos a hacer dedo

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No tuvimos que esperar mucho.

A medida que íbamos avanzando hacia el este, la sensación de no nos frena nadie iba aumentando. Era pararse en la ruta y extender el pulgar para que, unos minutos después, alguien nos subiera a su auto. Nos sentíamos todopoderosas. Viajamos con franceses, con una islandesa de 18 años, con una pareja embarazada, con una pareja y su nena, con dos polacos, con una geóloga, con islandeses que no hablaban inglés, con alemanas, con canadienses. Todo iba muy bien hasta que, por primera vez en mi corta carrera autoestopística (debo haberme subido, hasta ahora, a unos 80/100 autos en siete países), tuve miedo. Puede que haya sido irracional, pero lo sentí. Y estas cosas también hay que contarlas.

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En nuestra odisea para llegar a la fábrica de artistas nos levantó una pareja islandesa de nuestra edad: él, lleno de tatuajes de Thor (el dios mitológico); ella, una chica que decía creer en fantasmas y tener un demonio adentro de su cuerpo. Lo primero que dijeron fue que en Islandia la gente veía muchas películas y les daba miedo levantar autoestopistas (lo cual nos pareció raro, porque todos nos decían lo contrario y ya habíamos comprobado lo fácil que era hacer dedo). “No se preocupen, no las vamos a secuestrar”, dijo él, y empezaron a sacar temas de conversación: “En Islandia no hay crimen organizado”, “acá es muy difícil conseguir drogas duras, casi no hay heroína”, “creo en Thor, Jesús me aburre”, “tengo un demonio que vive adentro mío y se hace más fuerte cuando tengo miedo”, “se me apareció el tío de él, que había muerto hacía muchos años”. No eran los temas más comunes para hablar en un auto, pero tampoco incomodaban. 

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Vamos mechando con fotos de paisajes, así esto no se pone tenso

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Se hizo un silencio, ellos intercambiaron algunas palabras en islandés y nos dijeron que habían decidido ir a visitar a un amigo y que nos llevarían un pueblo más lejos: “No tenemos nada mejor que hacer un domingo que pasear turistas”. Ok. Las rutas del este de Islandia están bastante desiertas, así que aceptamos seguir viaje. Acto seguido, él (que manejaba el auto) le dio un pedacito de papel a ella, ella puso algún tipo de polvo oscuro en el papel (desde mi lugar no pude ver qué era) y lo dobló chiquito, se lo devolvió y él se lo puso en la boca. Podría haber sido cualquier cosa, no lo sé, pero mi intuición (o paranoia) me dijo que se estaba drogando con algo. Inmediatamente después entramos a un túnel de seis kilómetros de largo (cruzaba por el medio de una montaña) y me puse muy nerviosa. Había algo de estos chicos que me daba muy mala vibra.

Los túneles de Islandia tienen carriles muy angostos, por eso no se puede ir a más de 60 y, cuando viene otro vehículo de frente, uno de los dos tiene que estacionar al costado (hay zonas para eso) y dejar que el otro pase. Cuando pasamos al lado del primer hueco sentimos un leve volanteo, como si el chico hubiese amagado con estacionar y se hubiese arrepentido enseguida. Ahí me subió el terror por el cuerpo. Un túnel así (vacío, completamente vacío, e interminable) era el escenario perfecto para cualquier cosa (¿quién nos iba a ver?). Le dije a Lau que estaba asustada y ella también me miró con cara de miedo. Sin decirlo, ambas nos pusimos a pensar en qué hacer si se les ocurría frenar, cómo actuar, cómo defendernos (no hay mejor arma que estar mentalizada). Yo, que no soy de hablar mucho, tuve el impulso de hacer conversación, mucha conversación, de lo que sea, para no dejar huecos de silencio. Así que hablamos sin parar hasta que salimos del túnel y ahí les pedimos que nos dejen en la próxima estación de servicio con la excusa de que yo estaba descompuesta. Puede que me haya imaginado cualquier cosa, pero confío en mi intuición y hubo algo de ese auto que me hizo sentir muy pero muy mal.

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Todas las estaciones de servicio tienen un paisaje postal de fondo

En fin. La ruta siempre logra su balance y todo lo que vino después fue espectacular. Llegamos a la fábrica de artistas. Nos levantó un tractor (el conductor no hablaba inglés pero se mataba de risa de cómo le copamos el tractor) y fuimos hasta una granja. En medio de la ruta se nos acercaron dos caballos Bon Jovi (de pelo largo y ochentoso) para que los acariciemos. Nos hicimos amigas de un patito que estaba perdido en un arroyo. Una pareja francesa nos vio en la ruta bajo la lluvia, se arrepintió y dio la vuelta para pasar a buscarnos (nuestras plegarias y gestos de “porfa porfa” funcionaron). Nos levantó el mismo auto dos veces, de casualidad. Se nos sumó un chino por un trayecto y se ve que nos trajo suerte porque en el camino vimos un arco iris completo. Cuando llegamos al sur de la isla ya nos sentíamos invencibles. Ni qué decir cuando terminamos de dar la vuelta y volvimos a pisar Reykjavík. Pero todavía nos faltaba un último desafío: llegar al aeropuerto a dedo. A la una de la mañana.

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El señor y su tractor

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Vimos a estos caballos de lejos y nos acercamos pensando que se iban a alejar.

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Y pasó esto.

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Quisimos ayudar a este patito que estaba perdido en la ruta

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Llegamos a lugares así

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Vimos un montón de tonos de verde

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El chino nos trajo suerte

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Una chica alemana nos sacó una foto analógica

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Esta chica era geóloga y nos explicó muchas de las cosas que íbamos viendo por la ventana

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Esta parejita nos enseñó a decir cosas en islandés

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Este chico estuvo haciendo dedo como dos horas con sus esquíes, sin suerte. Le propusimos hacer autostop juntos y nos levantaron en cinco minutos. Girl power.

Nuestro vuelo de vuelta salía a las 6 de la mañana, lo que quería decir que tendríamos que estar en el aeropuerto a las 4, y para eso teníamos que salir a las 3 o antes. Nos fuimos a la ruta a las 12 de la noche, con luz de noche (o luz de día, da igual, no había oscurecido nada) y en ese momento, cuando nos paramos frente a una ruta desolada a medianoche, sentí que estábamos del tomate. “Lau, ¿vos te das cuenta de lo que estamos haciendo? Son las 12 de la noche y tenemos que llegar al aeropuerto sí o sí. Si fallamos el taxi nos va a costar carísimo. Me animo a hacer esto solamente acá porque es Islandia y este país da para todo, pero tengo miedo de que no nos levante nadie”. No pasaron ni dos minutos: enseguida nos levantaron dos chicos (un plomero y un electricista) que estaban volviendo a su casa. Nos dejaron en una intersección, a 10 km de Keflavík. Todavía faltaba un tramo.

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Salimos de Reykjavík poco después de ver esta imagen (esa foto es de las 11 de la noche)

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Esta fue la luz que nos acompañó durante el trayecto

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La ruta estaba tan vacía que podríamos habernos sentado a hacer un picnic en el medio. A los pocos minutos vimos a lo lejos un auto que se acercaba y le hicimos dedo y señal de “porfa porfa”. Frenó. Apenas lo vimos nos dimos cuenta de que era un taxi y que estaba en horario de trabajo. Lau se acercó, le abrió la puerta y le dijo, en medio de nuestra caradurez provocada por el sol de medianoche: “We don’t have money”. Ambas creímos que el tipo se iba a ir, pero no: nos dijo que subiéramos igual porque estaba yendo para el aeropuerto y se ve que le dio pena dejarnos ahí. Así que cerramos el círculo del desafío haciéndole dedo a un taxi. Llegamos al aeropuerto más rápido que si hubiésemos ido en bus. Terminamos el viaje a lo grande.

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Estadísticas y conclusiones finales:

  • Durante los 16 días de viaje nos levantaron 38 vehículos (y frenaron muchos más, pero varios no iban a donde queríamos).
  • Esperamos entre 5 segundos y una hora (el promedio de espera debe haber sido de 10 minutos).
  • Recorrimos más de 1500 kilómetros por la ruta 1 (circular) y rutas adyacentes.
  • Pagamos solamente dos transportes (ambos buses urbanos para salir de Reykjavík hasta la ruta), así que tuvimos un gasto total de 700K (€ 4,50) .
  • En esos 38 vehículos viajamos con 32 hombres y 23 mujeres (contando acompañantes).
  • Nos frenó una sola casa rodante (había cientos por la ruta) pero iba para el otro lado. ¡Ufa!
  • Nacionalidades de esos 38 vehículos: 22 islandeses, 16 extranjeros (franceses, polacos, estadounidenses, canadienses, alemanes, españoles, rumanos, guatemaltecos, italianos).
  • Hicimos dedo bajo la lluvia y con viento, quedamos varadas en intersecciones por las que pasaron cinco autos en una hora, nos costó salir de ciertas ciudades, bailamos, mostramos carteles y superamos el desafío con éxito.

Nunca me olvidaré de cómo me impresionaron las palabras de Juan Villarino, santo patrono del autostop, tiempo antes de que yo empezara a hacer dedo: “Todos nacemos con un boleto gratis a cualquier lugar del mundo”. Está pegado en nuestro pulgar.

Bonus track: estos son algunos de los gestos que nos hicieron desde adentro de los autos (como excusa para no levantarnos). La interpretación es libre.

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Este es un clásico: “me encantaría chicas, pero por alguna razón tengo el auto vacío y no puedo llevarlas”

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Saludo acompañado de sonrisa: ¡que les vaya bien!

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Este lo vimos por primera vez en Islandia: cola de ballena.

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Probablemente quiso decir que iba acá nomás.

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Esta también fue exclusiva de Islandia: “Perdonen chicas, voy al almacén a comprar leche y vuelvo” (lo del cartón de leche es real).

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Este post pertenece a la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El Desafío Islandia 9: No pagar ni una noche de alojamiento ya está en el blog de Lau. Ella publica los desafíos impares y yo los pares. 

Agradecimientos: muchas gracias a Harbour Hostel (Stykkishólmur), Gerdi Guesthouse (Vatnajökull), Hafaldan HI Hostel (Seydisfjordur) y Arsalir Gistihús B&B (Vik) por alojarnos durante nuestro periplo! 

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