La pizza me parece un alimento glorioso. Me encanta en todos sus formatos: la pizza a la piedra, la de molde, amasada en casa, a la parrilla, la de ayer, la recién hecha y la de Güerrín (una pizzería muy famosa de Buenos Aires), que chorrea muzzarella por los costados. Y si no hay otra cosa, también acepto pizza congelada o de cadenas de fast-food, esas que vienen con los bordes todos blandos y rellenos de queso gomoso. La pizza es infalible: sirve de cena o de snack, se puede comer al paso o en reuniones, con la mano o con cubiertos (aunque no lo recomiendo, la pizza se come con la mano).

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Mis preferidas son la de muzzarella y fugazzeta, pero acepto la que venga —excepto la pizza con pedazos de albóndiga o con sardinas, eso ya me parece mucho—. Lo que sí, soy fan de una pizza tan polémica como el mazapán: la hawaiana, pizza con jamón, muzzarella y ananá (y si tiene palmitos y salsa golf mejor). Todavía no conozco el paraíso de la pizza (léase: Italia) pero creo que en Argentina estamos bastante bien.

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¿Por qué no comer pizza en este viaje, entonces? Porque sabíamos que tanto en Serbia como en Croacia la pizza estaría por todos lados y sería la salida fácil y económica al hambre, y no es que quisiémos gastar mucho en comida, sino que estábamos dispuestas a probar otras cosas. Qué curioso: cuando estaba viajando por Asia y quería darme un gusto occidental, pedía pizza. Allá no había mucho queso ni pan así que la pizza era un lujo caro —en comparación con los precios de los platos locales—. Esta vez, el objetivo no sería encontrarla sino evitarla.

Antes de viajar me armé una lista de todos los platos que quería probar. Decía algo así:

Serbia:

Plescavika: varios tipos de carne (al menos dos de los siguientes: cerdo, vaca, cordero) hechos hamburguesa, a la parrilla y con acompañamientos. Uno de los platos típicos de Serbia.

Cevapi: otro plato nacional que llegó a los Balcanes durante el período otomano. Es similar al kofte kebab turco, a base de carne picada (de vaca, cordero o cerdo), servido con cebolla, crema, queso cottage, kajmak (producto lácteo hecho de leche de búfalo, vaca, oveja o cabra), ajvar (pasta de pimientos rojos) y sal.

Burek: empanada o pastel elaborado con yufka (masa filo) y relleno con queso, carne picada o verduras.

Gibanica: pastel tradicional hecho con queso blanco y huevos. Se sirve de desayuno con yogur natural, también se come durante eventos tradicionales o celebraciones.

Punjena paprika (tradicional de Serbia y de Croacia): pimientos rellenos con carne, arroz y salsa de tomate.

Corbast pasulj: sopa o guiso de habas, cocinado lento, con cebolla y paprika.

Proja: un tipo de pan de maíz con queso blanco.

Riblja corba o fiš paprikaš (plato típico de Serbia y Croacia, aunque originario de Hungría): sopa picante de pescado de río.

Café turco: leer esta frase ya me emocionó: “In Serbia, for some, drinking coffee is a full-time job”. Para mí también debería serlo.

Croacia:

En esta lista fui más general, porque Croacia tiene todas las comidas que me gustan:

Comida de mar (lo que sea, algunas ideas: pulpo, calamar, camarones, atún, salmón)

Comida mediterránea: aceitunas, quesos, verduras frescas, fruta, platos fríos

Pastas. Muchas.

Helado.

Café.

Pero antes de que empiecen a salivar tengo que advertirles varias cosas: uno, así como soy barrilete y termino yendo a todos los lugares que no planeaba ir —y no voy a los que sí quería— soy igual con la comida. Me sería imposible hacerme un cronograma gastronómico y probar todo ya que casi siempre terminan decidiendo mi estómago, el azar y los precios. Dos, no me gusta tanto la carne, prefiero todo lo que provenga del mar, así que si tengo opción elijo eso, por eso no suelo comer muchos platos con carne. Tres, en los viajes donde la hospitalidad de la gente está presente, la comida lo elige a uno, más que al revés.

Esta fue nuestra ruta y así nos alimentamos en este #DesafíoSerbiaCroacia:

* Zagreb: café, dulce de leche, ñoquis y empanadas argentinas

Fue casualidad. En general no ando buscando comida argentina en otras partes del mundo ya que prefiero probar lo local y tengo la convicción de que nada se prepara tan bien como en su lugar de origen, pero si la comida argentina me encuentra, tampoco voy a decirle que no. Además, Croacia tiene mucha influencia italiana, al igual que Argentina, así que era lógico que estas cosas pasaran. En Zagreb solo faltaron las milanesas.

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Les voy a dar ideas de precios, por si vienen por estos lados. Un café como este, alrededor de €1,50 (con decoración y todo)

Los croatas son grandes bebedores de café. Yo también. De esa combinación solo podían salir cosas buenas.

En Croacia se consumen cinco kilos de café por persona por año. Allá las cafeterías no son lugares de paso sino puntos de encuentro, lugares de reunión donde se socializa frente a un café que se enfría tras tanta conversación. Esto es herencia del Imperio Austro-Húngaro y del Imperio Otomano, dos culturas muy tomadoras de café que tuvieron mucha influencia en Croacia. Yo feliz, porque una de mis actividades preferidas cuando estoy de viaje es hacer una pausa en un café y, si estoy sola, sentarme a escribir en mi cuaderno. En Europa, en general, una taza de café cuesta alrededor de un euro (depende del lugar).

Un croata me preguntó cuánto tiempo tardaba en tomarme un café:

—No sé, un rato… Me gusta tomarlo despacio.

—Yo puedo estar tres horas con una misma taza. Hace poco fui a tomar café con unos huéspedes de Estados Unidos y se lo tomaron enseguida.

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Si andan con nostalgia, el dulce de leche lo consiguen en el restaurante Mundoaka Street Food, en Zagreb. Como catadora de dulce de leche que soy (lo amo), me di cuenta de que la versión europea es un poco menos dulce y menos espesa que la argentina (allá somos muy exagerados con el azúcar). Este pote fue cortesía de Tom, el dueño del restaurante, y nos lo comimos a cucharadas, así que si pasan por ahí denle saludos de nuestra parte!

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Las empanadas son caseras y fueron cortesía de Dalma, nuestra guía en Zagreb, una croata nacida y criada en Argentina. Nos hizo de pollo y de carne y estaban buenísimas.

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Estos ñoquis estaban tan buenos como parecen. Este plato costó 44 kunas (€5,80) en un restaurante bastante turístico, así que seguro se consigue por menos.

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También pedimos estos ravioles con muzzarella gratinada al horno. No estaban tan buenos como en la foto. El precio fue el mismo que el plato de ñoquis.

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Dimos una vuelta por el mercado. La señora de la foto nos ofreció un pedacito de kukuruzni kruh (pan de maíz) para probar. Los mercados siempre son buenos lugares para comprar productos bien frescos y típicos de la región.

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Y otra de las vendedores nos ofreció unas fetas de fiambre picante.

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Este fue uno de nuestros desayunos en Zagreb, la capital de Croacia, en el Swanky Mint Hostel.

* Belgrado: ¿alguien dijo panaderías?

Belgrado me hizo acordar mucho a Buenos Aires —ya escribiré un post de la capital serbia y de todos los sentimientos de homesickness que me generó—. Ya sabía que en Serbia también hay mucha cultura del café, pero no esperaba encontrar tantas panaderías con tantas cosas ricas.

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Esta es la sección salada de la panadería

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Los pancitos de arriba son dulces, están rellenos de mermelada de durazno (Lau se hizo adicta)

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Si no me equivoco, esto es “beigli”, una torta húngara rellena de semillas de amapola

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Comida al paso: sandwiches por €1,50 o menos. La comida en Serbia es muy barata.

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Pancito relleno de queso fresco.

El pan es una de las bases de la comida serbia: al igual que en Argentina (donde comemos todo con pan), los platos que contienen arroz, pasta y papas también se acompañan con pan. Debe haber una panadería por cuadra, y la verdad que todo lo que probamos fue delicioso y muy barato.

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Un tipo de burek

Un tipo de burek

La comida serbia tiene raíces comunes con la gastronomía griega y turca, también tiene influencias Austro-Húngaras —sobre todo en los postres— y mantiene elementos de la antigua Yugoslavia. Uno de los platos más conocidos —y presente en toda la ex Yugoslavia— proviene del antiguo Imperio otomano: el burek o börek. Es una empanada o pastel hecha con masa filo y rellena con queso blanco, carne picada o verduras. Hay de varias formas, tamaños y presentaciones: en Serbia, por ejemplo, suele hornearse en una cacerola redonda y quedar con esa forma, mientras que en Bosnia la masa se enrolla. Hay bureks alargados, rectangulares, triangulares. cuadrados. Algunas panaderías modernas lo ofrecen relleno de papa, manzana o setas.

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Las kavanas (coffee houses, cafeterías) están por todo Belgrado. En realidad, esta costumbre está presente en toda la antigua Yugoslavia. Como dije, me encanta el café y me encanta el ritual del café, sola o acompañada. Pasamos varias horas en kavanas de Belgrado, descansando y escribiendo, y vimos cómo las mesas se iban llenando de grupos de amigos y conversaciones. Lo más común es tomar café turcopropio de Turquía y declarado Patrimonio de la Humanidad. Se prepara con café arábigo y tiene una consistencia mucho más espesa, casi como harina.

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Me quedó un corazón en la borra del café (este no es café turco, era un café con leche)

Esta fue una de las pocas veces que comí carne durante el viaje. Estábamos apuradas —creo que íbamos a algún walking tour— y teníamos hambre, así que buscamos algo rápido. Pedimos estas hamburguesas y nos gustaron tanto que volvimos al día siguiente por más.

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Precio: menos de 3 euros

Cuando me enteré de que en Belgrado había un bar de hummus me emocioné. En Budapest me la pasé comiendo falafel y nunca volví a encontrar uno tan rico, hasta Belgrado. Me encanta la comida de Medio Oriente, amo el hummus (pasta de garbanzos), el falafel (albóndigas de garbanzo), el pan pita y todo lo que se pueda combinar con esos ingredientes. En Belgrado comimos este pita relleno por solo 200 dinares (menos de 2 euros).

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Los chicos del Hedonist Hostel Belgrado nos regalaron dos de estas Krem Banana, la versión serbia de la Bananita Dolca.

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Y antes de irme de Belgrado recibí una sorpresa: ¡tengo una lectora serbia! Jelena me mandó un mail y me invitó a tomar algo con ella. Yo propuse café, pero ella sugirió algo más original y muy local: un Plazma Shake. Las Plazma son unas galletitas similares a las Okebon de leche, y para este trago/postre se las licúa junto con leche, helado, chips de chocolate, siropo de caramelo o chocolate y crema batida.

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* Subotica: nunca me voy a cansar de estas ensaladas

Otra cosa que amo son las ensaladas, ideales para los días de calor.

No sé cómo descubrimos la Šopska salata (quizá fue el azar del día S) pero pasó a liderar el ranking de platos que más veces comimos en este viaje. La shopska es originaria de Bulgaria (también se llama Ensalada Búlgara), pero se sirve en todos los Balcanes y Europa Central. Se prepara con tomate, pepino, cebolla, pimientos y queso blanco (llamado sirene). Se acompaña con sal y un poco de aceite de oliva o de girasol.

La shopska se inventó en 1960 como parte de una acción de promoción turística. Durante la época del socialismo en Bulgaria, varios chefs de Balkanturist —el operador turístico más antiguo de Bulgaria, al principio al mando del estado— crearon ensaladas asociadas a diferentes regiones: la Macedonian, Dobrujan y Thracian Salad, entre otras, pero solo la Shopska Salada —originaria de la región de Shopluk— sobrevivió. De Bulgaria se extendió a otros países y hoy es el plato más reconocido del país.

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La shopska salad. En Serbia la comimos por menos de €2, en Croacia costaba de €2,50 para arriba.

La ensalada griega es otro clásico de esta región. Tiene tomate, pepino, pimiento, cebolla roja, aceitunas negras, sal, pimienta negra, orégano, aceite de oliva y queso feta. Muy refrescante.

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Esta ensalada costó 230 dinares (menos de €2)

Podría vivir a base de entradas: la sopa es otra de mis comidas preferidas. En este caso, sopa crema de champignones, aunque un poco líquida para mi gusto (la sopa crema me gusta más espesa).

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Precio: 180 dinares (€1,50)

Habíamos ido a Subotica —la ciudad más húngara de Serbia— con idea de probar platos húngaros, pero terminamos comiendo ensaladas.

* Mokra Gora: larga vida a los buffets baratos

Los buffets son un buen invento para quienes comen mucho. Si bien soy de buen comer, en general no me rinde ir a estos tenedores libres porque: a) como tanto que después no me puedo mover y me siento mal, b) gasto de más y al tercer plato ya me llené.

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El día que visitamos Drvengrad —el pueblo construido por Kusturica— se nos hizo tarde y cuando quisimos ir a cenar nos dimos cuenta de que estábamos en un pueblo donde todo cerraba temprano. Un poco resignadas, dimos una vuelta por los restaurantes de Drvengrad creyendo que todo iba a ser muy caro, pero tuvimos una sorpresa: buffet por 600 dinares (€4). Así que entramos a llenar los platos: ensalada, guiso, carne, pescado, pasta de pimiento, aceitunas, queso fresco. Esa noche dormimos como bebés.

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* Zlatibor: debería haber puestos callejeros de panqueques en todo el mundo

Hay comidas que se venden solas. Si voy caminando por la calle y siento olor a panqueques con dulce de leche, yo freno. En varios países de Europa encontré puestos de crepes y de palacsinta (panqueques húngaros) en la calle, y la verdad que me parece un gran invento vender esto en las veredas, sobre todo los domingos (los domingos son días de panqueques).

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Este panqueque doble con Nutella nos costo 260 dinares (€2,10)

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Gentilmente preparados por esta señora que tenía una máquina fantabulosa para estirar la masa sin esfuerzo y hacer el panqueque. Otra que la trenmetrocicleta (o no sé cómo es que se llama eso, pero para mí tiene nombre de máquina para hacer panqueques).

Caímos en Zlatibor haciendo autostop desde Mokra Gora. No sé si es porque era domingo, pero nos pareció una ciudad rara. Zlatibor está a 1000 metros de altura y es un resort de invierno. En primavera, que es cuando fuimos, había nenas montando unos unicornios con ruedas —lo juro, va en un próximo post de fotos—, souvenirs que no sabemos quién compra —pelucas violetas y guantes (?) para partes del cuerpo que no ven el sol—, castillos inflables y puestos de pochoclos. Todo muy de feria.

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Le pregunté a este señor si podía sacarle una foto y quise comprarle una manzana, pero cuando se la iba a pagar me dijo que no y me la regaló.

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Otra cosa que vimos por todas partes durante este viaje: los puestos callejeros de frutas. Acá es época de cerezas y están buenísimas.

* En el tren: pedimos algo para comer y nos trajeron esto

Fue en el último tren que tomamos en Serbia. Llegamos con el tiempo justo y no desayunamos pensando que en el tren habría un vagón comedor, pero no. Tampoco nos daba el tiempo para bajarnos y comprar comida porque el tren ya se iba. A mitad de camino, Lau habló con el señor que pasaba vendiendo café y lo convenció de contrabandear comida para nosotras. Le dimos los últimos dinares que nos quedaban y le pedimos algo que nos comprara algo para poder hacernos sandwiches. Recibimos un pedazo de pan, tres yogures y una bandeja de salame. La intención es lo que vale, así que igual lo comimos contentas, pero nos quedamos con un poco de hambre.

* Kastav: la comida de mamá

Creo que todos estamos de acuerdo en que no hay mejor comida que la que prepara una madre —que no tiene por qué ser la propia, con que sea madre alcanza—. Podés ir al mejor restaurante de la zona, pero la comida hecha en casa tiene otro sabor. Sin miedo de caer en cursilerías —aunque voy a caer— me animo a decir que la comida materna es tan rica porque está hecha con amor.

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En Kastav, un pueblo croata muy cerca de la costa, decidimos hacer Couchsurfing. La que nos recibió en su casa fue G., madre de dos chicos. El perfil estaba a nombre de uno de sus hijos, de 16 años, pero la verdadera couchsurfer era ella, la mamá. “Me encanta viajar y sueño hacerlo así como ustedes, pero ahora con mis hijos no puedo, por eso quiero recibir gente en casa, porque es un poco como viajar. Le pedí a mi hijo que se abriera el perfil porque yo no hablo bien inglés y, además, ¿quién va a querer quedarse con una mujer de 40?”. ¡Nosotras! Estar unos días con ella fue como estar en casa.

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Pasamos largas horas sentadas en la mesa de su jardín, rodeadas de flores, comiendo y charlando. Nos contó que la casa en la que vive la construyó con su marido, e incluso nos mostró el álbum de fotos en el que se veía cómo el terreno pasó de ser un bosque a ser un hogar.

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Todos los días nos cocinó algo distinto y, si bien le pedimos que por favor no trabajara para nosotras y le dijimos que podíamos cocinar, ella insistió: “Ustedes son mis huéspedes y a mí me hace feliz prepararles comida”. La hospitalidad es bidireccional: también hace feliz a quien la da.

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Fue difícil irse de su casa. Más allá de la comida, fue lindo tener los cuidados de una madre por unos días.

* Autostop y chipirones

Durante este viaje nos movimos mucho en tren pero también hicimos bastante autostop, sobre todo para tramos más cortos. Hubo un día que fue bastante agotador: esperamos horas bajo el sol a que nos levantaran, todos los conductores del día se pusieron de acuerdo en decirnos que lo que estábamos haciendo era muy peligroso y que que cada tantos años había noticias de chicas asesinadas en la ruta, después nos levantó un camionero que me puso muy incómoda porque me miraba las piernas así que le pedimos que nos dejara antes, tuvimos que esperar el tren como cinco horas en una estación vacía de madrugada, y así.

Y como soy de las que usan la comida de consuelo, esa noche sentí que me debía algo rico y me pedí un plato de algo que me enloquece: chipirones (calamares) a la plancha.

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Precio de este plato: 47 kunas (€6). Mucho más barato y abundante que en Francia, que es mi parámetro en este momento (en Biarritz y todo el País Vasco se sirven mucho los chipirones, pero un plato cuesta arriba de €10)

* Split: un tour gastronómico fallido que terminó mejor de lo que esperábamos

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Cuando llegamos a Split hacía 38 grados a la sombra. Lo bueno es que estábamos al lado del mar, lo malo es que la costa mediterránea de Croacia es muy turística y bastante cara. Una de las primeras cosas que hicimos fue tomarnos un batido de frutas. Después, mientras buscábamos alojamiento, hicimos una pausa para tomar un café y usar el wifi.

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El café era orgánico y delicioso, y como a las chicas del local les caímos bien nos regalaron dos vasitos con helado artesanal.

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Conseguimos un USE-it map de Split (me encantan porque están hechos por gente local, con recomendaciones y lugares por fuera del circuito turístico tradicional) e hice una lista de los lugares por los que quería pasar. Entre ellos anoté una cantina que al parecer preparaba la mejor ensalada de pulpo y un local de degustación de aceitunas. Así que la primera noche salimos en busca de ambos en plan tour gastronómico. El lugar del pulpo estaba cerrado y el de aceitunas en realidad no era de aceitunas sino de aceites de oliva (en mi emoción solo leí olive y no leí la parte de oil, y enseguida le dije a Lau ¡hayunlugardeaceitunastenemosqueir!).

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Yo me esperaba algo así pero con cincuenta tipos de aceitunas.

Me desilusioné un poco y me agarró una pereza que suele aparecer cuando como afuera muy seguido: me cuesta elegir dónde sentarme a comer porque un lugar me parece caro, el otro no me tienta, acá no hay lugar, allá está muy vacío, este no tiene el plato que quiero, este no me gusta y un largo etcétera. Cuando estoy cansada, sobre todo, me pongo quisquillosa.

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Este plato costó 50 kunas (€6.60).

Pero al final el falso tour gastronómico terminó bien. Encontramos un lugar que parecía bastante local —Split es muy turístico— y comimos estos riquísimos pimientos rellenos con puré de papas y una ensalada de pulpo. Viva el puré de papas, cómo me gusta.

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Ensalada de pulpo: 60 kunas (casi €8). Compartimos ambos platos.

Gracias al mapa también encontramos un lugar de comida vegana así que al día siguiente almorzamos ahí.

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* Milna: los sandwiches de jamón y queso también son gastronomía viajera

Creo que no hay comida más viajera que los sandwiches preparados en la vereda o en el pasto. A veces suelen ser la opción más barata y la verdad es que siempre te salvan, pero después de vivir cinco días a base de sandwich me termino cansando. En este viaje no apelamos tanto al sandwich salvador porque la comida en general era barata, pero hubo un día que nos la pasamos de picnic.

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Fue en la isla de Brac, en Croacia, donde hicimos Couchsurfing en un velero estacionado sobre tierra. Nos dijeron que a media hora de caminata había una playa de agua turquesa así que ni lo dudamos: salió picnic a orillas del mar. Fue un picnic medio caro, eso sí, porque el único mercado que había cerca era el de la Marina y la verdad que se emocionaron un poco con el monopolio (más tarde, cuando fuimos a otro super, nos dimos cuenta de que habíamos pagado casi el doble por todo). Compramos lo mínimo indispensable: pan, jamón, queso y un pepino. Armamos sandwichitos, nadamos en el mar turquesa y dormimos una siesta épica sobre las rocas.

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A la noche encontramos el otro super, agregamos un par de cosas más e hicimos el picnic de cena: pan, jamón, queso, tomate, mozzarella, pickles, tomate, pepino, choclo, queso untable, banana, yogur. Entre las dos compras, gastamos unos €12 entre las dos. Caro, comparado con los precios anteriores. Pero hay que tener en cuenta que estábamos en una isla, donde las cosas siempre son un poco más caras, y que cuanto más te acercás a Split y Dubrovnik, más se empieza a encarecer todo.

* Dubrovnik: listo, me terminé el atún, apagame la música

Dubrovnik fue nuestra última parada, así que decidimos pasar tres noches ahí para relajarnos un poco y poder conocer la ciudad, las playas y los alrededores con más tranquilidad. Nunca nos imaginamos la horda de turistas que nos encontraríamos dentro de la ciudad amurallada. Ya sé, es uno de los lugares más lindos de Croacia, es el escenario de Game of Thrones, tiene buena comida y playas turquesas, pero ohdiosmío, cuánta gente. Hace mucho que no estaba en una ciudad tan visitada.

Una foto-adelanto de Dubrovnik (se viene un post fotográfico del viaje, pero no ahora porque este ya está demasiado repleto)

Una foto-adelanto de Dubrovnik (se viene un post fotográfico del viaje, pero no ahora porque este ya está demasiado repleto)

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En una de las tantas panaderías compramos burek relleno de papa.

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Una mañana salí a caminar temprano (antes de las 7 am) y pude ver los preparativos del mercado de frutas, verduras y flores.

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La comida mediterránea estaba por todas partes. Y la pizza también.

El último día tuvimos una invitación muy especial: ExperienceDubrovnik, la oficina de turismo de la ciudad, nos dio la bienvenida con una visita guiada por el centro histórico y un almuerzo de cortesía. Dejamos que nuestra anfitriona eligiera los platos, así que probamos varias cosas típicas de la región.

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Este jamón que estaba espectacular.

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Una tabla con varios tipos de quesos. Delicioso. Ya dije que me encanta el queso.

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Carpaccio de pulpo

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Ensalada capresse

Esta ensalada que me encantó: manzana verde, nueces,

Esta ensalada que me encantó: manzana verde, nueces, lechuga y pasas de frutos rojos.

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Y filet de atún con semillas de sésamo.

Listo, era lo que me faltaba para dar por terminado el tour gastronómico. Me fui con la panza llena.

* Para todo lo demás, existe el rakija

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“El rakija sirve para todo: si te duele la cabeza, si estás mal de la panza, incluso si tenés fiebre te ponés un pañuelo con rakija en la frente…”, nos dijo un croata.

El rakia es un brandy de frutas que suele tener 40 por ciento de graduación alcohólica, pero que hecho en casa tiene de 50 a 90 por ciento. Es la bebida nacional de Albania, Bosnia y Herzegovina, Bulgaria, Croacia, Macedonia, Montenegro y Serbia, aunque cada país tiene sus variantes y costumbres para tomarlo. En general se produce a base de ciruela, damasco o uvas. En Croacia es la bebida espirituosa más popular, y cada región tiene su variedad: con mrtina, con nueces, con miel. Serbia es la nación que más rakia produce y consume en el mundo.

Se toma en vasos pequeños y también se puede servir caliente, con miel o azúcar y especias, sobre todo en invierno. Es la bebida más popular de la región y les aseguro que no se van a ir sin probarlo. El problema es que es muy rico… Al principio me recordó al palinka, el brandy húngaro, no tanto por su sabor sino por eso de que cura todo. Una vez estaba en Budapest, en lo de mi familia, y les dije que me dolía la panza. Me dieron un vaso de palinka y se me pasó. El rakia tiene el mismo efecto.

* Posdata: sí, comí pizza y no me arrepiento

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Eso. Comí pizza. Varias veces. Enteras y en porciones. Con jamón, con ananá, hasta con pedazos de maíz. Y lo volvería a hacer.

Este post forma parte de la serie Desafío Serbia Croacia, un viaje en conjunto con Lau de Los Viajes de Nena. Nos fuimos tres semanas a Serbia y Croacia con diez desafíos por cumplir, y los relatamos en nuestros blogs, yo los impares y ella los pares. Pueden leer el Desafío #10: Poder gritar a los cuatro vientos “This is Croacia” en el blog de Lau. Con estos posts terminamos la serie, aunque aún quedan cosas por compartir. Estamos preparando una guía práctica por si quieren hacer un viaje por la región, así como fotoposts y mini-desafíos. Agradecemos el apoyo de Eurail en este viaje de desafíos.