La estoy escuchando ahora mismo de fondo, mientras escribo encerrada en el cuarto de un hotel de cinco dólares la noche con el ventilador al máximo para que se me sequen las zapatillas. Ya no escucho otra cosa. La Maldita Lluvia. Cuatro días sin parar y dudo que afloje. Y ojo que me encanta caminar con mi paraguas transparente por Buenos Aires mientras todos corren desesperados para no mojarse. Pero acá, la estoy odiando. En Buenos Aires, lluvia significa que puedo quedarme todo el día en la cama mirando películas o leyendo sin tener que poner ninguna excusa (si resulta ser fin de semana); significa también que puedo trabajar desde mi cama (si estoy en períodos de trabajo freelance) y mirar las gotitas desde adentro con felicidad sabiendo que no tengo ninguna razón para salir a la calle. En Vietnam, lluvia significa que no puedo salir a caminar ni sacar fotos (y acá no importa si es lunes, miércoles o domingo, todos los días valen lo mismo en esta rutina del viajar), significa que todo lo que puedo hacer es “adivinar” qué día dejará de llover y decidir si me quedo un día más o no en tal lado mientras ruego que el agua deje de enlentecerme el itinerario (especialmente cuando estoy con los días contados por la visa).

La lluvia (que al parecer avanza de sur a norte del país) me alcanzó en Hoi An, pueblito colonial en el centro del país, y me siguió hasta Hue, ciudad imperial de Vietnam, 150 km al norte. Si Hoi An ya me pareció melancólica sin lluvia, imagínense con. El primer día caminé por el centro histórico de este pueblito con Guillermo, un argentino que conocí en el colectivo y que me hizo recordar y extrañar los asados, el dulce de leche, las medialunas, las milanesas con puré, los alfajores… y el lenguaje argentino (hace cuánto no decía un “che” en Asia). Por eso lo de melancólica. El resto de los días… no paró de llover y llover y llover. Justo en el lugar más fotogénico.

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Hoi An vendría a ser (comparando burdamente) lo que Colonia del Sacramento es a Uruguay, lo que Antigua es a Guatemala, lo que Cuenca es a Ecuador: ciudad colonial, casitas bajas, mucho amarillo, mucho marrón, muchas lámparas de colores que se iluminan de noche, muchos puentecitos, callecitas, templos/iglesias, muchos barcitos, restaurantes mirando al río, vendedores ambulantes, negocios de souvenirs, mercados callejeros… y muchos muchísimos turistas: rusos (¡cuantos rusos que hay en Vietnam!), franceses (ídem), españoles, alemanes, ingleses, suizos, holandeses, estadounidenses, chinos. Y ahí es donde Hoi An se diferencia de otras ciudades coloniales que visité: si sos turista (y acá todos los no-vietnamitas son turistas sin diferenciación), no podés hacer dos pasos sin que te ofrezcan comida, ropa a medida, “motorbike miss”, “tour mister”, “money please”. Si un local ve que le estás sacando una foto, probablemente extienda la mano para pedirte plata a cambio. Y esto me hace pensar que alguna vez, cuando Vietnam recién se abría al turismo, esta ciudad tan linda fue más auténtica. Alguna vez habrá sido como Colonia quizá, donde podés caminar entre casitas sin que te acosen con ofertas, o como Antigua, donde la gente local te saluda muy cálidamente sin esperar nada a cambio, o como Cuenca donde todavía podés sentarte en la vereda sin que nadie te interrumpa para venderte lo invendible. Por eso también lo de melancólica: porque me hizo pensar en lo que fue y sentir nostalgia por algo que jamás conocí ni voy a conocer (lo que daría por un disfraz de vietnamita para que dejen de mirarme como turista).

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Pero así es Vietnam: lleno de turistas (de los países que visité hasta ahora, acá es donde vi mayor cantidad de turistas de todas las edades, desde familias con chicos hasta parejas jubiladas), con mucha infraestructura turística (hoteles cinco estrellas, tours armados, agencias de viaje, empresas de transporte de todo tipo), pero con un trato hacia el turista que resulta un poco agobiante (el acoso). La ruta a seguir está totalmente predeterminada: las empresas de colectivo venden lo que llaman “open ticket” para viajar de Saigón (en el sur) a Hanoi (en el norte) parando en cuatro o cinco ciudades en el medio por unos USD 30-40 (pagás este pasaje “grande” que vale como por seis pasajes y te organizás tus propios tiempos). Pero la ruta ya está hecha: no hay muchas posibilidades de salirse del circuito, a menos que contrates un tour de esos all-inclusive para que te lleve a las áreas “remotas” del país (por remotas me refiero a no tan turísticas).

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Sin embargo Hoi An vale la pena, por más turística y llena de gente que esté, es un lugar agradable para pasar dos o tres días. Y si justo llueve… habrá que sacar lo positivo de la situación. La gente local no se da por aludida: la mayoría sale con sus impermeables de colores o a lunares y se sube a sus motos y bicicletas como si nada, otros improvisan techos con lonas en sus puestos de comida, muchos se quedan sentados bajo techo mirando hacia la vereda, otros barren el agua y la alejan de la entrada de su negocio: hay que seguir con la rutina. El primer día de lluvia me quedé adentro medio deprimida y sintiéndome poco útil. El segundo día decidí salir así que me compré un impermeable vietnamita por USD 2.50: transparente, me llega casi hasta los pies y tiene ese olor a plástico nuevo que me gusta. Subí de categoría: hasta ahora venía usando uno que había comprado en Hong Kong por un dólar y que me llegaba por arriba de las rodillas, pero ya no daba para más así que lo dejé por ahí. Y el tercer día decidí despertarme temprano (6 am) para caminar dos horas antes de tomar el colectivo a Hue a las 8 am. Y se me cumplió lo de que al que madruga Dios (o quien sea) lo ayuda: de 6 a 7.45 am no llovió, pude sacar fotos sin turistas de por medio y con una luz buenísima, la gente local me saludó y me hizo comentarios acerca del clima sin ofrecerme ningún tipo de servicio a cambio (se ve que tan temprano no hacen negocio) y pude capturar imágenes de la inundación. Y todo gracias a la lluvia.

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Datos útiles para visitar Hoi An:

  • Alojamiento: cuartos compartidos desde USD 4 la noche en Hop Yen Hostel (con baño afuera) o 5 dólares la noche con baño adentro. De ahí para arriba encuentran de todo.
  • Transporte: Nha Trang – Hoi An en colectivo (“sleeping bus” comodísimo): 12 horas, USD 10. Hoi An – Hue en colectivo: 4 horas, USD 2.50.
  • Comida: desde 20.000 dong (USD 1) por plato y 3000 dong el vaso de cerveza tirada. Licuados desde 10.000 dong (USD 0.50), café desde 6000 dong (USD 0.30), té desde 7000 dong (USD 0.35), omelette con baguette desde 20.000 (USD 1).