“Mirá”. La chica que estaba parada en el pasillo del tren me tocó el hombro y me señaló la ventana. Parecía holandesa y viajaba con sus dos hijos rubios de cachetes muy rosas; yo iba distraída, leyendo, y si no hubiese sido por ella me lo perdía: el tren avanzaba a más de 300 kilómetros por hora y en mi ventana apareció el Monte Fuji completo. Era la primera vez que lo veíamos en dos meses y medio de viaje por Japón, pocos días antes de volar de Tokio a Kuala Lumpur. Tenía algunas nubes en la cima pero su forma simétrica era reconocible. El Monte Fuji debe ser una de las montañas más identificables del mundo, y por fin se dejó ver en el mismo horizonte que siempre estuvo tapado de bruma. Era mucho más grande de lo que me imaginaba y estaba más cerca de lo que pensé. Unos minutos después, desapareció.

Esta fue una de las fotos que le pude sacar mientras avanzábamos a toda velocidad.

Habíamos dudado si visitar la región del Monte Fuji o no. Nuestro plan original era quedarnos los tres meses trabajando a distancia desde Tokio, pero una vez que llegamos a Japón fue difícil no querer viajar. La excusa siempre era la misma: ya que estamos en ______, ¿por qué no vamos a _______? Total queda cerca. Lo que casi siempre nos terminaba frenando o limitando eran los precios: viajar por Japón es fácil y caro. Si vas con mucho presupuesto es ideal, si querés ahorrar te estresa. Al final llegamos hasta Hiroshima y en el camino de vuelta de Kansai a Tokio decidimos frenar en Kawaguchiko, uno de los cinco lagos ubicados cerca de la base del monte. Total nos queda de paso.

Segunda vista del Monte Fuji, esta vez desde el colectivo.

El tren nos dejó en la ciudad de Mishima, donde nos subimos al colectivo que iba a Kawaguchi. El Monte Fuji nos siguió durante las casi dos horas de trayecto, como la Mona Lisa que siempre te mira o la luna que parece moverse en la misma dirección que uno. Nos bajamos en la estación del pueblo, cruzamos la calle, nos apoyamos contra la pared de un restaurante y nos quedamos mirando hacia arriba durante varios minutos. Hacía 1°C pero no sentíamos el frío. Ahí estaba Fuji-san, más cerca que nunca, con la cima blanca y despejada, cubriendo la mitad del cielo. Durante los días siguientes, lo único que hice fue mirarlo desde distintos ángulos. Lo primero que aprendí del Monte Fuji: hay cosas que nunca voy a cansar de contemplar.

La estación de Kawaguchiko con el Monte de fondo

Mismo lugar, al día siguiente.

“La gran ola de Kanagawa”, de Hokusai

Durante muchos años tuve este dibujo de fondo de pantalla en mi computadora. Era mi obra preferida de Hokusai, un artista japonés que conocía poco pero me atraía mucho. Ahora me doy cuenta de que nunca miré el dibujo con atención, porque recién descubrí que lo del fondo no es una ola más, sino el Monte Fuji. El dibujo pertenece a las “36 vistas del Monte Fuji”, una serie de estampas hechas por el artista a sus 70 años, entre 1830 y 1833. El Monte Fuji es un símbolo cultural, geográfico y religioso de Japón y es considerado sagrado hace siglos. Los japoneses lo relacionan con la inmortalidad y hay una creencia, surgida del cuento del cortador de bambú, que dice que en la cima de la montaña está escondido el elixir de la vida eterna. Hokusai, como muchos otros artistas y poetas, tenía una obsesión con la montaña y durante varios años se dedicó a observarla y retratarla. Cuando pintó la ola, ya llevaba 64 años dibujando. Hokusai empezó su actividad artística a los 6 años y produjo más de 30.000 obras.

En el prólogo de la publicación de “Cien vistas del Monte Fuji”, otra serie de estampas, Hokusai escribió:

“A la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos poseerán vida propia”.

Murió a los 89 años. Ver el Monte Fuji a través de mi ventana, y ya no desde una pantalla, me hizo sentir conectada a la obra de un artista que admiro. Segundo aprendizaje del Monte Fuji: se necesita casi toda una vida para aprender a mirar un mismo elemento.

Tapa de alcantarilla vista en Kawaguchiko

Pasé los dos días siguientes yendo en colectivo por los cinco lagos. Hay un sistema de transporte hop-on hop-off que te permite bordear los lagos e ir subiendo y bajando en cada parada sin tener que volver a pagar el boleto. Cuando comprás el pase te dan un mapa con los puntos desde donde se ve el Monte. Fui a casi todos y cada vez que me lo encontré de frente fue como verlo por primera vez. Hasta me daban ganas de hacerle reverencias, de tirarle besos o de demostrarle, de alguna forma, lo imponente que era verlo en vivo.

Esta fue una de las primeras vistas, desde el Oishi Park

Vista con hojas de otoño

Estuvo despejado todos los días y aunque era diciembre, la temperatura llegó a los 20 grados

Al Monte Fuji le falta hablar, y si lo hiciera me hubiese dicho que me calle. Esos días andaba con la cabeza demasiado llena de pensamientos, preguntas y preocupaciones acerca del pasado y el futuro. Estaba dispersa, con la memoria a corto plazo de un mosquito, con la mente en otro lado, siempre pensando en lo que tenía que hacer después. Tenía un monólogo interno que parecía una ventana de Chrome en la que abría pestañas nuevas cada cinco segundos. Ahora que lo veo con un poco de perspectiva creo que estaba al borde del burnout. Me estaba costando mucho combinar el viaje con el trabajo, sentía que nos estábamos moviendo demasiado, salía a caminar pensando en que tenía que volver a trabajar y me sentaba a trabajar pensando en que me estaba perdiendo de muchas cosas. No terminaba de disfrutar por completo de una cosa ni de la otra. Tercer aprendizaje que me llevo de esos días de contemplación del Monte Fuji: estar quieto también es estar vivo. (Pero andá a decirle eso a mi yo-viajero que cree que el movimiento es lo único que vale).

Me compré estas tarjetitas en Nueva York y me voy anotando recordatorios.

Escribo todo esto desde Bali, donde vinimos a quedarnos quietos por un mes y medio, y me doy cuenta de que Japón fue un lugar de transición: de viajar sola a viajar en pareja, de viajar con mochila a sumar una valijita (para llevar cuadernos, acuarelas, lápices y cosas de papelería), de hacer Couchsurfing a hacer Airbnb, de viajar por lugares baratos a viajar por un lugar muy caro, de buscar ventanas con paisajes distintos a querer mirar lo mismo durante mucho tiempo, de querer seguir en la modalidad slow travel a controlar mis impulsos de querer ver y hacer todo. No es fácil encontrar el equilibrio como nómada digital, cuando los viajes y el trabajo se mezclan tanto, cuando no hay bordes entre una cosa y otra, cuando es uno el que tiene que manejarse los tiempos y cumplir con todo (estoy preparando un post al respecto). Japón fue fácil y difícil a la vez, y es uno de los países de los que más aprendizajes me llevo.

La belleza de lo cotidiano

Último otoño en Tokio

Unos días antes de que saliera nuestro vuelo a Kuala Lumpur (que me tuvo aterrorizada durante toda la semana previa) volvimos a Tokio en colectivo. El Monte Fuji nos siguió durante un rato y volvió a desaparecer para no mostrarse más, como si quisiera dejarme una última enseñanza: todo aparece y desaparece en el momento justo. Pasamos los últimos días en Tokio en un cuarto sin ventanas, disfrutando de cada detalle cotidiano como si fuese la última vez, con nostalgia y ganas de frenar el tiempo. Nos fuimos de Japón sin querer irnos y ambos prometimos que vamos a volver. Japón fue el lugar que me terminó de demostrar que sí, quiero seguir viajando, me encanta este estilo de vida y me gusta cambiar de entorno cada tanto, pero cada vez tengo más necesidad de hacer estadías más largas, de mudarme la menor cantidad de veces posible y de tener la misma vista en mi ventana, al menos durante tres o seis meses.

El último día en Tokio fuimos a caminar por Akihabara

Y yo miraba todo con nostalgia y pensaba en que iba a extrañar cada detalle.

Hasta la hora pico en el transporte público

Los carteles-comics.

La ropita para perros.

Los minions

Y la alegría que me dio una alcantarilla cubierta de hojas de otoño

Información útil para viajar al Monte Fuji:

  • El Monte Fuji es un volcán (entró en erupción por última vez en 1708) y es el pico más alto de Japón. Está ubicado a cien kilómetros de Tokio, desde donde se lo puede ver en un día despejado, y más de 300 000 personas lo suben cada año.
  • Cuándo subirlo: la época oficial de escalada es en verano, entre julio y agosto. Si bien durante el día hace calor, el clima de noche es muy frío, por lo que hay que llevar ropa adecuada. Está muy desaconsejado subir el Monte fuera de la temporada oficial, sobre todo sin experiencia previa.
  • Dónde dormir: lo más cómodo para explorar la región (escales el Monte o no), es hacer base en Kawaguchiko. Desde ahí salen los transportes para ir hasta la 5ta estación, el punto desde donde empezar a escalar, y para recorrer el resto de los lagos. Nosotros nos alojamos en Guesthouse Orange Cabin, un lugar recién abierto y a tres minutos caminando de la estación Kawaguchi. Tiene un living-comedor muy cómodo para usar como espacio de trabajo, pero la contra es que no hay cuartos compartidos.
  • Cómo llegar desde Tokio: lo más fácil y barato es ir en colectivo desde Shinjuku a Kawaguchiko Station (sale varias veces al día, tarda 1 hora 45 minutos y cuesta ¥1750).
  • Cómo moverse: nosotros compramos el “Sightseeing pass” del Fujikyuko Bus, válido por 2 días (¥1500 que se amortizan rapidísimo). Hay tres líneas (la roja, la verde y la azul) que hacen tres recorridos distintos. La roja es la que tiene más frecuencia y a la que se suben todos, bordea el lago Kawaguchi y es el recorrido más corto. Les recomiendo que no dejen de subirse a la línea azul e ir hasta el lago Shojiko, desde donde hay muy lindas vista del Monte Fuji. Pueden ver el mapa en la web de Fujikyuko.
  • Dónde comer: Kawaguchiko es un pueblo muy turístico y tiene muchas opciones de lugares para comer. Confieso que nosotros terminamos siempre en el 7-Eleven y Lawson, los minimercados, comiendo las bandejitas preparadas en el día (es lo más barato, entre ¥300 y 600).
  • Por si les divierte el dato, en Kawaguchiko hay un parque de diversiones con montañas rusas que rompen récords: la más larga, la más alta, la más rápida, la más empinada y cosas así, todas con vista al Monte Fuji. Se llama Fuji Q Highland.