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Las tres semanas en Perú pasaron demasiado rápido, pienso mientras espero parada en una esquina a que pase la combi que me llevará al aeropuerto Jorge Chávez. Son las 7 de la mañana en Lima y todos se están yendo a trabajar; el tráfico, por ende, es más caótico que de costumbre. Las combis avanzan en fila, cada cual con su cobrador anunciando, con un cartelito y un megáfono “natural” (lo tienen incorporado en el tono de voz), cuál es el recorrido que hace el vehículo: “ArequipaaatodoArequipaaa”, “AngamosAngamosAngamos”, “LaMarinaFawcettLaMarinaaa”. Hablan así, sin espacios entre palabras. Cada vez que hago contacto visual con alguno, lo interpreta como un deseo de subirme a su combi, me abre la puerta y por poco me empuja adentro. Cuantos más vayan en una combi, mejor para ellos.

Pero no me subo a la primera que pase, estoy esperando una (en realidad es un bus) que se llama “JP” y que, según me dijo mi amiga Olga, va directo al aeropuerto por 2 soles (menos de un dólar). Las combis avanzan en fila india (cada una con los gritos de su cobrador correspondiente) y la vereda está repleta de gente que sube y baja constantemente. Aparece, por fin, “la JP” entre la marea y me subo; el colectivo está tan lleno que tengo que quedarme parada en la escalera de entrada frente al conductor. El cobrador (esa especie de copiloto que, como su nombre lo indica, es el encargado de cobrar los boletos y de vociferar con su megáfono natural cuál es el recorrido del vehículo) me dedica una de sus frases célebres: “Avance avance que en el fondo está vacío”. Me pide, además, que me saque la mochila así dejo espacio para el resto. ¿Qué espacio, si no hay aire ni para respirar? Le explico que no puedo hacer semejante maniobra ya que no hay lugar y además estoy toda enredada: tengo la mochila grande en la espalda, un bolso cruzado adelante y la campera cubriendo todo; por ende, para sacarme la mochila, primero tengo que deshacerme del resto de las cosas. “Entonces mejor se hubiera tomado un taxi”, me dice con poca simpatía. “Si estoy acá es porque no tengo plata para un taxi, señor”, le respondo (lo cual es cierto, porque me había gastado mis últimos soles en comida chifa —china-peruana la noche anterior). Le hace una seña al conductor, el colectivo frena, el cobrador abre la puerta y me echa. Bárbaro.

trafico-lima-peru-aniko-villalba-6 Esta foto es del 2008. Ahí, el tráfico parecía tranquilo y todo. Pero no lo es.

El bus había avanzando unas tres cuadras, así que estoy casi en el mismo lugar de antes. Espero durante 15 minutos pero la JP no aparece, así que me pongo a caminar y me pregunto cuántas horas me llevaría llegar al aeropuerto a pie. Probablemente demasiadas. Todos los taxis me tocan bocina y los cobradores de las combis que pasan al lado mío intentan convencerme de que me suba. De repente veo que en medio del atasco hay una gloriosa JP, así que hago zig-zag entre los autos frenados y le golpeo la puerta. ¿Va al aeropuerto? Sí. Me siento adelante, al lado del conductor, me abrocho el cinturón y a rezar. El tráfico de Lima es despiadado: si una combi, por ejemplo, está yendo por el carril del medio y ve que un potencial pasajero le hace señas desde la vereda, no tendrá ningún problema en atravesar los tres carriles que los separan sin ningún tipo de aviso previo. El cobrador de esta vez es más simpático que el anterior y me cobra 1.50 soles por el trayecto en vez de 2 (le caí bien). El colectivo va lleno pero con espacio, algunas personas me miran con curiosidad pero a los pocos minutos se olvidan de mi presencia. De fondo suena algún hit de cumbia peruana, tal vez de Grupo 5 o los Hermanos Yaipén (dos grupos que, en el 2008, eran la banda sonora de las combis).

Durante la hora de trayecto al aeropuerto, mientras viajo por última vez en una combi limeña, pienso que, en el fondo, las voy a extrañar. Las combis encierran muchos momentos y recuerdos de mis viajes por Perú. Fue en una combi donde tuve las charlas más interesantes con mis amigas Olga y Mirla, fue en una combi donde me reí porque los cobradores siempre me cobraban de menos (¡no sé por qué! Si Olga me decía que el pasaje costaba 1.50, le daba 2 soles al cobrador y me devolvía 80 céntimos), fue en una combi donde alguna persona me indicaba en qué parada debía bajarme para no perderme. Por más apretujado que uno vaya y por más caótico que sea el tráfico, las combis son uno de los elementos más auténticos de la ciudad. Y aunque por fuera todas parezcan iguales, les aseguro que cada combi es un mundo.

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Parte II: Volando por ahí y el húngaro de la aduana

Tras el periplo de la combi, llego a tiempo al aeropuerto. El avión sale a eso de las 10.30 de la mañana: Lima-Buenos Aires sin escalas. Va casi lleno, y desde algún asiento se escucha la voz de un nene que verbaliza, con inocencia, las preguntas que todos los pasajeros se hacen en silencio: Mamá, ¿y si se cae el avión?, Mamá, ¡el piloto no va a ver nada con tanta niebla! Se escuchan algunas risas nerviosas. El avión sube y atraviesa el techo de nubes grises que cubre la ciudad de Lima y el cielo celeste entra por la ventana. Me quedo dormida y las cuatro horas se me pasan… “volando”.

cordillera-de-los-andes-desde-el-cielo-aniko-villalba-1  Esta foto la saqué en el avión de Lima a Cusco. Lo que ven es la Cordillera de los Ándes desde el cielo. En el vuelo de Lima a BA me tocó el asiento de la salida de emergencia así que no tenía ventana para sacar fotos.

aeropuerto-ezeiza-aniko-villalba-1 Y cuatro horas después, Ezeiza otra vez…

Busco mi mochila, llego a la aduana y uno de los que trabaja ahí me escucha hablar en castellano y dice: “¡Ah! ¡Sos argentina! Ya te estaba por tirar un where are you from, con esa pinta de extranjera que tenés. La mujer de adelante estaba escuchando la conversación y dice, haciéndose la ofendida: “A mí no me preguntaste nada, ¡yo también parezco extranjera!”. Me río y le confirmo al de la aduana que soy argentina, aunque parece que no lo convenzo: “¿Pero originalmente sos de Argentina?”. “Sí, aunque mi mamá es húngara, tal vez por eso…”. Me interrumpe: “¡Mi mamá también es húngara!”. Momento Gente que Busca Gente. Y yo, incrédula: “¿De verdad?”. “Sí, somos pocos los húngaros acá”. Por un momento pensé que me estaba cargando, pero la verdad es que me pareció divertido encontrarme con otro hijo de húngaros en la aduana de Ezeiza.

Como dije, las tres semanas se pasaron demasiado rápido. Ya estoy de vuelta en Buenos Aires, mirando la ciudad desde la ventana de mi escritorio.

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¡Mirla y Olga: gracias por todo!

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Esto no tiene que ver con nada, pero en Cusco, los perros tienen prioridad al cruzar (?)

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Y, para que se entretengan, algunos titulares.

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