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“Allahu akbaaaar”, se escucha en el cielo de Marruecos un viernes cualquiera a las 12 en punto del mediodía.

Como todos los viernes a las 12 del mediodía desde hace siglos, todas las mezquitas de Azrou (que no deben ser muchas, porque este pueblo marroquí es chiquito) cantan al unísono e inundan el pueblo con el adhan o llamado al rezo. Está bien, estrictamente hablando, las mezquitas no “cantan” sino que hay un señor (llamado muezzin) que se sube al minarete (torre) de la mezquita y anuncia con su voz melodiosa (a veces ayudado por un altoparlante) que Alá es grande, que no existe otro dios excepto Alá y que es momento de rezar. El muezzin se encarga de repetir este llamado cinco veces por día, todos los días del año, en concordancia con los preceptos del Islam.

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Por lo que observé hasta ahora, al igual que en Malasia e Indonesia (los otros dos países musulmanes o de mayoría musulmana que conocí), en Marruecos la vida no frena por completo tras el llamado al rezo. Algunos se toman unos minutos para ir a rezar (en la mezquita, en su casa, en su trabajo) y otros continúan con su rutina, inmutables, pero el país entero no se pone en pausa para rezar como ocurre, según leí, en Arabia Saudita. Los viernes, sin embargo, son días especiales. En el Islam, el viernes es considerado un día sagrado, de paz y de misericordia, (al igual que el domingo en el Cristianismo y el sábado en el Judaísmo) y los musulmanes deben ir a la mezquita a las 12 del mediodía para el Salat AlJumu’ah o rezo colectivo. En Marruecos, los niños empiezan a asistir al rezo de los viernes a los siete años de edad.

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Nosotros habíamos llegado a Azrou un jueves. Viajamos poco más de una hora en bus desde Meknes hasta este pueblito en el Atlas Central ya que un colombiano que vive en Marruecos y que habíamos conocido en el ferry de Tarifa a Tanger nos recomendó visitar este lugar en las montañas. Después de lo que nos pareció un viaje demasiado corto, el bus (repleto de gente local) atravesó una ciudad polvorienta (o tal vez lo que eran las afueras de una ciudad polvorienta), de colores apagados y no muy atractiva y frenó en la estación. “¿Será acá?”, le pregunté a Andi. “No creo”, coincidimos. Habíamos leído que Azrou era un pueblito de la etnia bereber, ideal para hacer base unos días, explorar la naturaleza y descansar de la locura de las ciudades como Fez. “Mirá, yo escuché al señor de acá adelante decir que iba a Azrou, así que cuando veamos que se baja, tendremos que bajar también”, le dije a Andi. Dicho eso, el señor de adelante agarró sus cosas y se bajó. Estábamos en Azrou.

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Encontramos un lugar donde quedarnos y salimos a caminar. Azrou está ubicado a 1250 msnm y es uno de los lugares más fríos de Marruecos (en Marruecos, al contrario de lo que pueda pensarse, hace frío y mucho). Mientras más caminábamos por el lugar (que es chiquito, por si todavía no lo mencioné) más me iba gustando. En el pueblo no hay nada para hacer más que caminar, sentarse en una mesita al sol a tomar café, subir alguno de los montes que rodean el lugar, hacer trekking por los alrededores (hay parque nacional) o perderse por la medina más tranquila que conocí hasta ahora.

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Nosotros decidimos salir a perdernos por la medina al día siguiente, el viernes, después de que el canto de las mezquitas inundara el cielo de Azrou. Las calles estaban vacías. ¿Sospechosamente vacías? No lo sabíamos y, en ese momento, ni nos lo preguntamos. La medina está asentada sobre la ladera de una montaña, así que nosotros seguimos espontáneamente una dirección casi obvia: siempre hacia arriba. De a poco, empezaron a aparecer: niños. Un grupo de tres jugando a la pelota, dos nenas sentadas charlando en la entrada de una casa, cinco escondidos detrás de un muro. Cada vez más niños y ningún adulto a la vista. Todos nos vieron. Era obvio: a ningún niño se le escapa la presencia de dos extranjeros caminando por su territorio. Un grupito nos miró de lejos y nos gritó algo en árabe. Lo único que entendí de sus palabras fue “cous cous” (que es una comida típica de acá), pero en aquel momento no hice ninguna conexión y no supe interpretar lo que, después descubrí, nos estaban ofreciendo (los viernes, después del rezo colectivo, todas las familias se reúnen a comer cous cous). Seguimos caminando y nos chocamos con un grupito de niños jugando a la pelota. Se nos acercaron y nos saludaron con un simpatiquísimo y sonriente “Bonjour madame, bonjour monsieur!”. En el norte de Marruecos hay muchos marroquíes que hablan español y/o inglés, pero a medida que avanzamos hacia el sur encontramos muchos que hablan francés y cada vez menos que entiendan español. Los niños, especialmente, siempre utilizan el francés para dirigirse a nosotros.

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Después de las preguntas de rigor (Ça va? Comment tu t’appelle?) uno de los diez chicos que teníamos alrededor se animó y nos pidió que le sacáramos una foto. Cuando lo apuntamos con las dos cámaras todos se alborotaron y empezaron a empujarse y amontonarse para aparecer también. Salieron más niños de las casas, de las calles aledañas y de lo que parecía ser debajo de las piedras. Todos querían salir en nuestras fotos, preguntarnos nuestros nombres y mirarse en las pantallitas de las cámaras. Me sentí, por un rato, en Indonesia, país que, en mi opinión, tiene a los niños más fotogénicos (o fanáticos de las fotos) del Sudeste Asiático. Me acordé de aquella vez que me pasé horas (literalmente) sacándole fotos a mis vecinitos en Jakarta y mostrándoles la cámara para que vieran cómo salían. Me imaginé, de repente, que estábamos en un pueblo donde solamente había niños (como el Pueblo de los Gatos de Murakami, pero poblado únicamente por niños). ¿Cómo sería eso? Probablemente, la vida sería un juego constante y viajar e interactuar sería muy muy fácil.

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Marruecos es un país muy fotografiable. Sus colores, sus paredes pintadas (y despintadas), su comida, sus medinas, sus mercados. Todo parece estar puesto para la foto. Sin embargo, cada vez que le pedimos permiso a un adulto para sacar una foto, la mitad dice que sí y la otra mitad se niega rotundamente (hay unos pocos, poquísimos, que incluso piden dinero a cambio). Con los niños pasa lo mismo: muchos aceptan y posan divertidos, pero hay otros que se ponen a gritar desaforadamente “no foto, no foto!!”, se tapan la cara y se van corriendo (¿en busca de sus padres?). Aquel viernes en Azrou, sin embargo, fueron los niños los que nos pidieron, nos rogaron, nos demandaron que los fotografiáramos. A eso de la una y media, después de una sesión de fotos de unos 45 minutos, comenzamos a descender de la medina y a volver al centro. Y ahí fue cuando los vimos: todos los adultos habían salido de las mezquitas y están subiendo por las escaleras de la medina. Claro: los viernes al mediodía, cuando los adultos se van a rezar, la medina de Azrou pasa a ser territorio de los más chicos, les pertenece. Y durante esa hora y media de poder, ellos son quienes ponen las reglas.

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 Info útil para visitar Azrou (Marruecos):

  • Cambio: 1 euro = 11 dirham (febrero 2012)
  • Bus de Fez a Meknes: 13 dirham + 5 dirham por el equipaje
  • Bus de Meknes a Azrou: 20 dirham
  • Alojamiento en Azrou: lo más barato que encontramos fue una habitación doble por 80 dirham (40 c/u) pero sin agua caliente en el hotel; el resto de los lugares baratos ronda los 120-150 dirham para dos personas con ducha.
  • Café, té o chocolatada en un bar: 5 dirham
  • Facturas: de 2 a 4 dirham por unidad (un croissant, por ejemplo, cuesta 2 dirham)
  • Sopita marroquí deliciosa: 3 dirham (pregunten en cualquier puesto o restaurante, todos hacen la misma)
  • Plato de couscous: 30 dirham
  • Plato de tajine: 40 dirham
  • Botella de agua de litro y medio: 6 dirham
  • Pan: según el tamaño, entre 1 y 2.50 dirham por unidad
  • Se puede ir a todos lados caminando. Exploren.
  • Desde Azrou se pueden hacer tours de trekking en el día o de dos días. Si necesitan un guía escribanme y les paso el contacto de un Couchsurfer local que se dedica a eso.