(Este no es un texto para leer en diagonal.)

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No es fácil describir una telaraña, sobre todo cuando tiene tantas uniones, así que voy a ponerme en el centro solo porque todas sus lineas me atraviesan. Soy Aniko, tengo 30 años, viajo, me dedico a escribir y estoy tan perdida como cualquiera. Tengo una vida y más o menos sé cómo quiero usarla, pero las dudas están siempre: sigo, me quedo, abro, cierro, pongo energías en esto o en lo otro, me dedico a mi carrera, a la pareja, a tener hijos, a escribir libros, a qué. Un día me llega una invitación para hacer un viaje de prensa a Ushuaia y digo que sí pero pido que me extiendan la vuelta así puedo quedarme unos días más por mi cuenta. El fin del mundo me parece el lugar ideal para desconectarme y terminar de escribir mi segundo libro, algo que vengo posponiendo desde que llegué a Buenos Aires porque siempre surgen cosas más urgentes. Cuando anuncio en mis redes sociales que voy a andar por Ushuaia, Claudia y Nicolás, viajeros y autores del blog Dale Viajá, me dicen que ellos están viviendo allá y que los contacte para lo que necesite. Les comento que estoy buscando una casa en el bosque donde poder encerrarme a escribir y me dicen que conocen el lugar perfecto. Me ponen en contacto con Mónica y Salvador, dueños de las Cabañas del Martial, que aceptan recibirme durante la parte dos de mi viaje. En la mochila guardo bastante abrigo. Lo que más me pesa son los libros y cuadernos que llevo aparte en una bolsita de tela: dos moleskine, el journal “Start where you are”, “Letters to my future self” y la revista Flow Mindfulness.

Ushuaia, "la ciudad del fin del mundo".

Ushuaia, “la ciudad del fin del mundo”.

Unos días después me encuentro en Aeroparque con el grupo de blogueros y periodistas con quienes haré el viaje de prensa organizado por Los Cauquenes. Cuando llegamos a Ushuaia me doy cuenta de que en el vuelo me abrieron la mochila que despaché y me robaron el cargador de la cámara. Me pongo mal, sin eso no voy a poder trabajar, no es un cargador que se consiga en cualquier lado. Esta es la señal número dos de una serie de actos fallidos tecnológicos que me empiezan a pasar en simultáneo: me olvidé el aparatito para transferir las fotos de la cámara a la compu, la batería del celular me dura solo tres horas, la pantalla de la compu está llena de rayas, el teléfono se me apaga y no responde. Durante esta parte del viaje la conozco a Dani Dini, una de mis compañeras. Me habían hablado de ella, es periodista de viajes y de lifestyle y enseguida pegamos buena onda. Son pocos los ratos que tenemos para charlar así que mantenemos una conversación fragmentada. Si bien no nos conocemos, siento que puedo contarle cosas importantes. Me dice que los treinta son un momento de cambios por el regreso de Saturno, que muchas cosas se definen y otras se dejan atrás, que es un proceso y ya voy a ver todo con más claridad. Me siento en el limbo total. Cuando dice Saturno pienso en Lily, mi astróloga, y en cómo ella me hablaba de los efectos de Saturno en mi signo.

El rincón que sería mi hogar durante los siguientes días.

El rincón que sería mi hogar durante los siguientes días.

Termina el viaje de prensa, el grupo vuelve a Buenos Aires y yo me voy a la casa de Claudia y Nicolás antes de mudarme a la cabaña en el bosque. Comemos milanesas y les cuento que me robaron el cargador de la mochila. Descubrimos que ellos tienen el mismo y ofrecen prestármelo mientras esté ahí. No es un cargador común así que la coincidencia me sorprende. Llamo a Nikon y me dicen que ese modelo no se importa, que quizá en treinta días. Trato de comprar uno afuera para que me lo traiga mi prima que está en Italia pero no me funciona la tarjeta. Me resigno, por el momento mi cámara tiene energía para sacar fotos, la que empieza a tener menos energía soy yo. Necesito descansar, me cuesta adaptarme a este cambio de ritmo, a la desaceleración. Me despido de los chicos y voy para las cabañas del Martial. La ruta está cubierta de nieve, acá todavía no hubo deshielo, así que camino despacio para no patinarme. Mientras entramos a la casa, Mónica me pregunta si me molesta que haya un gato. Al contrario. Me lo presenta: se llama Milo, tiene seis meses y enseguida se me cuelga de una pierna. Soy la primera huésped del Bed and Breakfast, Mónica y Salvador decidieron abrirlo, además de las tres cabañas que alquilan, porque sus hijos se fueron a estudiar a Buenos Aires y dejaron habitaciones vacías.

La entrada al B&B de Mónica y Salvador

La entrada al B&B de Mónica y Salvador

La cocina-comedor y, al fondo, un gatito que se acerca.

La cocina-comedor y, al fondo, un gatito que se acerca.

Milo.

Milo.

El camino de llegada

El camino de llegada

Esa noche cenamos y charlamos. El comedor está lleno de cuadros, pregunto quién los pintó. “Yo”, dice Mónica, y le comento que mi mamá también pinta. “¿Aniko Szabó? ¡Me encanta!”, me dice. “Cuando vi que te llamabas Aniko enseguida pensé en Aniko Szabó”, e incluso le dijo a su marido, por error, que Aniko Szabó iba a quedarse con ellos. Antes de viajar, mi mamá me habló de una pintora naif que vive en Ushuaia y que es muy conocida por acá. “Sí, Elsa Zaparart”, me dice Mónica, “pero ya no está más acá. Ella hizo el cartel de Ushuaia fin del mundo”. Le digo a Mónica que me avise cuando vaya a Buenos Aires así le regalo unas láminas de mi mamá, le pregunto en qué zona suele estar y resulta que fuimos vecinas toda la vida: su edificio queda enfrente del de mi mamá, tal vez ya nos cruzamos antes. Les cuento de mi viaje a Hungría y Mónica me comenta que conoce a un húngaro que vive en Perú. “Esperá, yo también, no me digas que se llama Viktor”, le digo. Lo buscamos en Facebook y sí. Hace unos años Viktor estaba de viaje por Ushuaia, pasó caminando por las cabañas, golpeó la puerta y se puso a charlar, y ahora les trae grupos de húngaros bastante seguido. Yo lo conocí en un cumpleaños en Lima porque es muy amigo del marido de una de mis mejores amigas peruanas. Cuando le cuento a Mónica que mi novio es francés, ella me habla de Manu, un francés que se quedó a vivir a pocos metros de las cabañas y puso un restaurante. “¿Sabías que en Francia hay un programa de televisión de viajes de aventura que se llama Ushuaia?”. Ya nada me sorprende.

Este es uno de los cuadros de mi mamá que más me gustan. Mucha gente, cuando escucha mi nombre, me relaciona enseguida con ella.

Este es uno de los cuadros de mi mamá que más me gustan. Mucha gente, cuando escucha mi nombre, me relaciona enseguida con ella.

Este es el cartel que pintó Elsa Zaparart, otra artista naif amiga de mi mamá.

Este es el cartel que pintó Elsa Zaparart, otra artista naif amiga de mi mamá.

Esa noche sueño que hay un terremoto y que veo caerse los edificios al lado mío. En el sueño estoy con mi amigo Pepe y él me va guiando para que no me lastime. Más tarde, Caro Chavate me manda un video desde Medellín en el que se ve su escritorio, una ventana, la lluvia y un papelito escrito por ella que dice “una cosa a la vez”. Con Caro estamos conectadas a la distancia sin conocernos. Vine a Ushuaia, más que nada, para volver a aprender a hacer una cosa a la vez, para estar presente en cada tarea y no dejar que mi cerebro se divida en veinte. No sé si alguna vez fui capaz de ir en contra de mis impulsos de multitasker. ¿Sin internet la vida era más simple? ¿O siempre fui dispersa y le echo la culpa a la tecnología? Milo el gato entra a mi cuarto, se sube a mi escritorio, pone las patas sobre el teclado y no sé cómo abre twitter. Apenas lo agarro ronronea y me deja apoyarlo sobre mi hombro mientras me lame el cachete. Es el gato más perro que conozco. Esa tarde viene Noelia, una lectora de Río Grande, a conocerme. Tomamos tés y hablamos de sus viajes y los míos. Le saco una foto a uno de sus tatuajes. Cuando se va me voy a dormir: estoy a punto de enfermarme, mi cuerpo no da más. Me despierto como a las siete de la tarde con fiebre y miro por la ventana cómo las montañas se ponen azules. Abajo, sobre la bahía, Ushuaia empieza a prender las luces. Siento que tengo todo el tiempo del mundo. Me quedo en la cama y empiezo a leer “Wild mind”, un libro de Natalie Goldberg acerca de la vida del escritor. Me quedo con esta idea: “Style in writing means becoming more and more present, settling deeper and deeper inside the layers of ourselves and then speaking, knowing what we write echoes all of us; all of who we are is backing our writing”. Nuestro estilo proviene de todo lo que somos, escribir tiene mucho que ver con vivir. Copio una frase de Hemingway en mi cuaderno violeta: “Write hard and clear about what hurts” (“Escribí fuerte y claro acerca de lo que te duele”).

Uno de los tatuajes de Noelia

Uno de los tatuajes de Noelia

Vista panorámica desde mi ventana.

Vista panorámica desde mi ventana.

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Mi escritorio en Ushuaia

El bosque a pocos pasos

El bosque a pocos pasos

La noción de mindfulness es algo que me persigue hace tiempo y que intento aplicar a mi vida, aunque a veces me olvido: quiero ser consciente de mis pensamientos y de lo que me pasa a cada momento. Salgo a caminar por la montaña. Me pongo toda la ropa que traje pero igual tengo frío: sweater de alpaca, polar, campera, bufanda, gorro, guantes, polainas. No duro más de veinte minutos afuera. Antes de entrar a la casa miro el bosque y se larga a nevar. Vuelvo a mi cuarto y me siento a escribir. Me falta un capítulo, el de Biarritz, para terminar mi libro y recién ahora tengo un poco más de distancia como para empezar a ordenar las ideas. Empiezo el borrador. Más tarde voy a la Casa de té, una cabaña roja en medio del bosque, a pocos metros de lo de Mónica, donde se sirven té y cosas ricas. Voy invitada por María, la dueña, que se enteró de que me estoy quedando en lo de Mónica y quiere conocerme porque es fan de mi mamá. Me pido “Nights in Paris”, un té blanco, con budín de limón y amapola y charlo con María. Es de Buenos Aires pero vive en Ushuaia hace 37 años y tiene la casa de té hace veinte. Recibe a gente de todo el mundo y a veces, cuando no hay espacio, los hace compartir mesa. Me muestra los anotadores, señaladores y pins que hace Cecilia, su diseñadora, y me ofrece de vender algunos de mis productos ahí. Mientras estamos charlando se nos acerca una de las chicas que trabaja ahí y nos muestra una servilleta con un dibujo que dejó un cliente en la mesa. Le saco una foto y la subo a mi Instagram. Lo van a enmarcar y a colgarlo junto con otro que dejó otra persona hace años. Sigo hablando con María, me cuenta que los carteles de la Casa de té los pintó Elsa Zaparart. Después voy a ver la tienda y me termino comprando un cactus tejido. Me acuerdo de mi cactus que murió, la única planta que tuve a mi cargo. Cuando me fui de viaje se lo dejé a cargo a otra persona y se secó. Este no se va a morir nunca.

La entrada a la Casa de té

La entrada a la Casa de té

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El dibujo que dejó un cliente.

El dibujo que dejó un cliente.

El dibujo que dejó otro cliente hace años (por unos segundos leí "Carcelona"...)

El dibujo que dejó otro cliente hace años (por unos segundos leí “Carcelona”…)

Mi cactus nuevo

Mi cactus nuevo

A la mañana siguiente bajo a la ciudad y la camino de una punta a la otra. Tardo más o menos cuarenta minutos. Me paro frente al cuadro de Elsa Zaparart, cerca del puerto, y ahí es cuando pienso que Ushuaia cambió, que ya no está como en mis recuerdos. Llueve y hace frío así que me voy a refugiar a lo de Claudia y Nicolas. Almorzamos y después Claudia y yo nos vamos a conocer a Laura, una arquitecta y encuadernadora fueguina que acaba de volver a Ushuaia después de quince años en Buenos Aires. A Laura la encontré por internet mientras buscaba información para mi post de cuadernos hechos en Argentina. Facebook me sugirió la página de la Tienda de cuadernos, en el muro vi que decía “mudamos el taller a Ushuaia” y me puse en contacto para ver si podía pasar a conocer. Además de ser fan de los cuadernos, la encuadernación es algo que cada vez me atrae más. Hace dos años hice un taller para aprender y me gustaría, algún día, fabricar los míos. Cuando llegamos a la casa, Laura nos recibe con té y me da un regalito: dos cuadernos hechos por ella, uno con el papel de conejitos que dije en mi otro blog que me gustaba y el otro con “escribir.me” recortado en la tapa. Le cuento que estuve en la Casa de té y me dice que su hermana trabaja con María. “¿Se llama Cecilia?”, le pregunto. Sí, es la diseñadora de la que me habló María. Cuando vuelvo a lo de Mónica le cuento que estuve con una chica que hace cuadernos y le comento que va a dar un taller de encuadernación. Quiere ir. Me pregunta cómo se llama la chica y cuando le doy la referencia de Cecilia, la hermana, me dice que conoce a los padres. En Ushuaia todos parecen conocerse. Si bien casi no salí a recorrer, me sorprende la cantidad de cosas que pasaron en estos días, todas las conexiones invisibles que se formaron a mi alrededor. “En Ushuaia todo pasa adentro de una casa”, me dice Mónica.

La ventana en lo de Claudia y Nicolás

La ventana en lo de Claudia y Nicolás

Los dos cuadernos que me regaló Laura

Los dos cuadernos que me regaló Laura

Un detalle de su espacio de trabajo

Un detalle de su espacio de trabajo

Esa noche cenamos y a la mañana siguiente nos despedimos. Quedamos en vernos en Buenos Aires. No terminé de escribir mi libro pero no me importa, no podría haber tenido un hogar mejor en Ushuaia. Vuelo de vuelta a Buenos Aires. En el avión miro el documental “Finding Vivian Maier” y no puedo creer las fotos que sacaba esa mujer. Vivian Maier fue una de las más grandes fotógrafas callejeras de la historia, sacó cientos de miles de fotos y nunca mostró ninguna. Las descubrieron tras su muerte, cuando un chico compró varios negativos en una subasta. También miro la serie de televisión “Brain games” acerca del funcionamiento del cerebro y me siento un poco más normal en mis déficits atencionales. Aterrizo en Buenos Aires y la telaraña se sigue expandiendo. Paso por el Patronato de la Infancia, donde mi mamá colabora hace más de treinta y cinco años en la producción y venta de tarjetas de navidad y calendarios de arte naif a beneficio de la institución. Me quedo un rato y ayudo a perforar calendarios. Como las quince páginas no entran juntas en la perforadora, separo el año en dos y me quedo con julio en la mano. Hago esta separación varias veces hasta que se me ocurre mirar el cuadro de ese mes: un paisaje de montañas que parece en Ushuaia, pintado por Elsa Zaparart.

Este.

Este.

Esa noche le mando un mensaje por Facebook a Marcos para avisarle que ya estoy en Buenos Aires. No nos conocemos, hace unos días pregunté en Facebook si alguien tenía un cargador Nikon en venta y él me dijo que tenía uno de más porque le habían robado la cámara. “Te lo regalo”. No lo puedo creer. Más tarde me llega el mensaje de Margarita, a quien tampoco conozco, que me cuenta que estuvo en Ushuaia con su novio en la misma fecha que yo. Nos cruzamos en la Casa de té sin saberlo. Esa tarde una amiga le pasó mi blog, Margarita me buscó en Instagram y vio que yo había posteado la foto de un dibujo en una servilleta. Ese dibujo lo había hecho su novio mientras tomaban el té. Margarita también es encuadernadora. Dos días después me reúno con Dan, creador del Club de viajeros La Boussole a quien conocí por otras casualidades antes de irme, para planear talleres y proyectos en conjunto. Le comento que estuve en Ushuaia, en el hotel Los Cauquenes, y me pregunta si la conozco a Dani Dini, que siempre suele ir a hacer prensa ahí. Son amigos. Reviso mis mails desde el teléfono y veo que el último post de Orsai habla acerca de esta incapacidad de mantener la atención que, al parecer, estamos sufriendo todos. Y no sigo porque esta telaraña no termina nunca.

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En una cena en lo de Mónica y Salvador, alguien dijo la palabra ecotono. Como nunca la había escuchado pregunté qué significaba. Es la zona de transición entre dos ecosistemas, una zona intermedia donde se mezclan y hacen un cambio gradual de uno a otro. “Desde el punto de vista sistémico, es en el ecotono donde se produce el mayor intercambio de energía”, dice Wikipedia. Por eso, estos limites suelen considerarse zonas de mayor riqueza e interés biológico. La energía fue un concepto muy presente durante mi paso por Ushuaia: las relaciones interpersonales como intercambios de energía. Hay algunas que demandan demasiado de un solo lado, otras que se retroalimentan, otras que se expanden juntas. Estoy aprendiendo a establecer relaciones circulares, a no permitir grandes gastos de energía. Y acá estoy, metida en un ecotono, luchando contra mis propios choques de fuerza, tratando de tenerme paciencia y transitando de a poco hacia un ecosistema distinto.

Si llegaste hasta acá, felicitaciones: tenés premios. Quiero compartir los enlaces a todas esas personas y libros que formaron parte de esta red y que me están acompañando, sin saberlo, en este cambio.

  • Mónica y Salvador son los dueños de las Cabañas del Martial y están por inaugurar el Bed&Breakfast en su casa. Más allá de que la casa es cómoda, lindísima y acogedora, ellos son excelentes anfitriones. Si van, mándenles saludos de mi parte. :)
  • Claudia y Nicolás son los creadores del blog Dale Viajá. Hicieron un viaje largo por Sudamérica y ahora están por irse a Asia.
  • Elsa Zaparart es de Buenos Aires, vivió en Ushuaia y dejó muchas de sus obras de arte naif por allá. La próxima hago la ruta Zaparart. ;)
  • En La Cabaña Casa de té aproveché para pensar y bocetar algunas de las ilustraciones de mi próximo libro (que las hará Vero Gatti). Gracias María por recibirme y convidarme cosas ricas.
  • Aniko Szabó es mi mamá y fue un eslabón importante en varios de estos eventos. Algunas de sus obras aparecen en las tarjetas de navidad y calendarios del Patronato de la Infancia, una de las instituciones de bien público más antiguas de Argentina.
  • Laura de la Tienda de Cuadernos me hizo los cuadernitos tan lindos que aparecen en la foto de este post.
  • Noelia es la lectora que me fue a visitar. Durante nuestra charla me contó que viajó bastante a dedo por Sudamérica, sola, y le dije que tiene que contar esas historias! Pueden seguirla en su blog.
  • Dani Dini es periodista especializada en viajes, gastronomía y lifestyle. Urban Hunter Project es su blog.
  • A Caro Chavate la conocí por internet cuando su artículo “Renuncié y no me he muerto de hambre” se hizo viral y alguien me lo pasó. Desde ese día charlamos a la distancia y hasta escribimos una serie juntas: #100ideas (yo en escribir.me, mi blog de escritura, y ella en su blog).
  • El mindfulness o la conciencia plena es algo que trato de practicar todos los días, aunque a veces me olvido o me cuesta. Una de mis maneras es escribiendo en journals. A Ushuaia me llevé “Start where you are”, “Letters to my future self” y la edición especial de mindfulness de Flow magazine.
  • Estoy leyendo el libro “Wild mind” de Natalie Goldberg, autora que recomiendo a quienes les guste leer acerca del oficio de escribir.
  • Vi el documental “Finding Vivian Maier” en el avión y fue el antídoto perfecto contra el miedo a volar porque estuve boquiabierta durante toda la película. Cuenta cómo un chico descubrió que una niñera fue una de las fotógrafas callejeras más prolíficas de la historia pero nunca mostró sus fotos. También miré un capítulo de “Brain games”, una serie que investiga el cerebro y la percepción.
  • “La rana hervida en la olla” es el texto de Casciari (Orsai) que habla acerca de nuestro déficit de atención generalizado.
  • Si les interesa la astrología: “Saturno y la crisis de los 30” y esta nota que acabo de encontrar y veo que publicó Pauli Queija, compañera mía de facultad.
  • Cuando me enteré que en Buenos Aires existía un club de viajeros no lo podía creer. Se llama La Boussole (brújula en francés), está en Palermo, y próximamente estaré haciendo cosas con ellos!
  • Y por último, los invito a seguirme en Instagram. Es la red social que más me gusta y en la que quiero poner, de a poco, toda mi energía en esta nueva etapa.
  • PD: pueden leer el primer post de mi viaje a Ushuaia acá: Escape al principio del mundo.

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