Mientras iba en el tren de Kunming (capital de la provincia de Yunnan) a Kaili (en la provincia vecina de Guizhou) pensaba: En pocas horas voy a estar en un pueblito en medio de las montañas, en uno de esos lugares ocultos que pocos conocen, donde voy a caminar sin turistas a la vista por medio de las terrazas de arroz, donde la gente local me va a mirar sorprendida (¿qué hace una extranjera por acá? ¿cómo nos encontró?) y las mujeres me van a invitar a tomar el té.

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Qué ingenua.

El tren llegó a Kaili antes de lo prometido. Trece horas que se me pasaron demasiado rápido. Debo haber dormido por lo menos once horas seguidas, iba tan cómoda y calentita que, después de la nevada sorpresiva de Kunming, casi no me quise bajar. Kaili no me pareció especial así que me fui derecho a la estación de colectivos de larga distancia (en el transporte público, ya aprendí todas las mímicas necesarias para preguntar si este colectivo me lleva a donde quiero ir, soy una genia) (?) y me tomé el minibus a Xijiang, dicho pueblito escondido a dos horas de distancia.

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En este viaje a China decidí prescindir de la Lonely Planet en versión papel. Primero, porque es demasiado pesada y grandota para estar cargando de un lado a otro (por no decir que es un bodoque y yo ya no tengo espacio en la mochila); segundo, porque la tengo en pdf y la leo en la computadora, aunque no es lo mismo que tenerla en la mano en las situaciones complicadas. Pero sobrevivo. El tema es que la que tengo en pdf es del 2007, así que mucha información está bastante desactualizada. SIN EMBARGO (para no sentirme tan mal), en el hostel de Kunming encontré una copia de la última versión y la consulté también, para ver si seguía diciendo lo mismo acerca de este pueblito. Sí, algo así como “vas a ser el único extranjero en este pueblo divino, bla bla”. Así que decidí ir.

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La provincia de Guizhou es una de las más pobres del país y una de las menos visitadas por los turistas extranjeros; sin embargo, tiene una riqueza cultural enorme, ya que en este territorio conviven más de treinta grupos minoritarios, cada cual con sus vestimentas típicas, festivales, mercados, comidas, costumbres. Alrededor de Kaili hay muchísimas aldeas minoritarias que se pueden visitar, pero como yo tengo poco tiempo, decidí elegir Xi Jiang por esto de que es “una joya oculta”.

Pero apenas llegué me encontré con otra cosa.

Prueba #1 de que a Xi Jiang ya lo conocen todos: en el acceso principal a la aldea hay un puestito con una barrera donde cobran 60 yuan (casi 10 dólares) de entrada a los visitantes.

Prueba #2 de que a Xi Jiang llegan decenas (o tal vez cientos) de turistas todos los días: apenas te bajás del colectivo tenés que, obligatoriamente, cruzar un puente. Y ahí te espera la fiesta: hombres y mujeres Miao (la minoría que habita esta aldea) vestidos con sus ropas tradicionales te reciben con música y cantos y no te dejan pasar a menos que te tomes dos shot del alcohol que producen en la aldea: el primero te lo ofrece un hombre en un cuenco y el segundo te lo da una mujer servido en un cuerno de búfalo. Igualmente con el frío que hace no viene mal.

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Prueba #3 de que Xi Jiang ya no es lo que era: todos los días en el centro de la aldea, hombres y mujeres locales hacen un show de tambores, cantos, bailes y entretenimiento para los turistas que se congregan a mirar. Incluso invitan a dos hombres de la audiencia a que se disfracen y se sumen al show.

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Prueba #4 de que Xi Jiang crece cada vez más como destino turístico alternativo: vi varios hoteles y guesthouses pero lo que más me llamó la atención fue que la calle principal tiene SOLAMENTE negocios de souvenirs. Cuadras y cuadras de souvenirs y nada más. Y además hay un transporte especial para llevar grupos de turistas de un lado a otro (como un carrito de golf pero para 10-15 personas).

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Según lo que leí, este desarrollo turístico es muy positivo para la aldea. En años anteriores, muchos Miao emigraron a las grandes ciudades chinas y se terminaron acoplando a la mayoría Han (a la que pertenece más del 90 por ciento de la población) y por ende perdieron sus tradiciones y su cultura. La llegada de los turistas a Xi Jiang no sólo los ayuda a sobrevivir, sino que los incentiva a cuidar sus tradiciones y a utilizarlas como atractivo turístico. Por un lado me parece muy bien, pero por otro me pregunto: ¿el turismo les hace perder autenticidad? o, al contrario ¿el turismo “potencia” su autenticidad? Todavía no me decido.

En mi caso, ver tanto turista en este pueblito que alguna vez fue tan genuino me reforzó una certeza: viajo en busca de lo auténtico, de lo que se esconde detrás de escena, de los momentos naturales y espontáneos. No viajo para ver máscaras, sino para ver las caras que se ocultan debajo. Y a veces las encuentro y otras veces no.

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Cosas que me gustaron de Xi Jiang:

– caminar entre medio de las terrazas de arroz

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– ver a esta nena sirviéndole pepsi al papá en una tapita

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– cruzarme con búfalos y caballos en medio del pueblo

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– ver a los hombres concentradísimos jugando a las cartas (y descuidando sus negocios)

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– ver trabajar al peluquero barbudo en la vereda (parecía sacado de una película)

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– ver todo el pueblo iluminado de noche

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– ver a los hombres con sus gorros de piel y sus pipas sentados en la calle

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– sentarme en un puesto de comida local, pedir noodles con algo que, a simple vista, pensé que era queso, para darme cuenta de que era todo menos queso (todavía no descifro exactamente de qué se trataba: visto de afuera parece queso cremoso, pero la consistencia es muy blanda para ser queso y el sabor… no es sabor a queso).

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– ver el nene con el pantalón abierto (así lo usan todos los nenes acá, para hacer sus necesidades en la calle más fácilmente)

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– y encontrar un ejemplar del “pato-cartera”: cuando estaba en el mercado local escuché varias veces un CUAC CUAC CUAC desesperado cerca mío. Primero pensé que era un sonido de mentira, un juguete (como el sonido a gato que hacen en la calle Florida en Buenos Aires), pero cuando miré hacia abajo lo vi: el pobre pato iba colgado cual cartera de la mano de esta mujer que hacía las compras con la compañía de su mascota patuna.

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Xijiang puede estar turistizado… pero no fue tan terrible después de todo. Por suerte, incluso en el lugar más turístico, siempre existirán estos momentos espontáneos.

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