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Y así, casi sin darme cuenta, estuve 25 días en Vietnam. Empecé en Saigón, deslumbrada y con la mirada idealizadora de quien se enamora a primera vista. Seguí hacia Mui Ne, pueblo costero en el que no hice mucho más que nadar, andar en bicicleta y morir de cansancio en las dunas. Decidí desviarme hacia Da Lat, en las montañas, y me encontré con una ciudad de lo más extraña, con montañas rusas en medio de la naturaleza, Mickey Mouse, flamencos rosas de plástico, el  muy kitsch valle de los enamorados y una casa más que bizarra. Pasé unas horas en Nha Trang mirando un partido de fútbol vietnamita en la playa y de ahí seguí hacia Hoi An, ciudad colonial, extremadamente fotogénica y más turística aún. Ahí tuve mi primer encuentro con la lluvia, esa lluvia finita que no para y que te atraviesa cualquier tipo de impermeable. En Hue, antigua capital de Vietnam, no solamente quedé pasada por agua, sino que caminé por la calle con la inundación hasta las rodillas (ríendome sola de la situación). Finalmente llegué a Hanoi, en la otra punta, donde sufrí el cáos de motos, los insultos de los vendedores y vi como mi amor incondicional por Vietnam comenzaba a desvanecerse. En Halong Bay perdí mi celular, me pelié con medio país y estuve cara a cara con la policía vietnamita, pero también gané amistades y momentos memorables con mis compañeros de excursión. Y finalmente llegué a Sapa, pueblo en las montañas, país aparte, donde volví a encontrarme con la lluvia y me sentí feliz porque una mujer me agarró de la mano cuando más lo necesitaba.

No puedo decir que Vietnam es así o asá, que es bueno o malo, que es lindo o feo. Vietnam es, y cada persona que viaje por acá lo vivirá de una manera distinta. Cada cual ve la realidad con sus filtros, cada cual viaja a su manera: uno viaja acorde con su forma de ser. En mi caso, Vietnam me deslumbró, me frustró, me hizo sonreir, me hizo llorar, me atrapó, me repelió de igual manera. Lo que puedo decir de este país, sin dudas, es que genera emociones fuertes a todo momento. En muchas situaciones pensé, con toda la bronca del mundo: “¡¿para qué vine?! ¿qué hago acá?”, pero ahora que me quedan pocas horas en el país me doy cuenta de que no estoy arrepentida de haber pasado por lo que pasé, de haber visitado este país que siempre estuvo entre los primeros de mi lista. Al menos puedo decir yo estuve y lo viví así, en vez de quedarme con las ganas de por vida.

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Me alegro de haber terminado el viaje en Sapa, a pesar de que el clima acá tampoco me ayudó demasiado. Sapa y las aldeas circundantes están habitadas por los Hmong, un grupo étnico asiático que vive en las áreas montañosas de China, Laos, Vietnam y Tailandia. Algunos Hmong estuvieron involucrados en la guerra civil de Laos (luchando contra el comunista-nacionalista Pathet Lao en esta “guerra secreta y olvidada” que fue parte de la Guerra Fría), otros fueron reclutados y entrenados por la CIA para luchar en la Guerra de Vietnam y por esto muchísimos debieron exiliarse a Estados Unidos, Francia, Canadá, Australia e incluso Argentina (¡sí! al parecer hay una pequeña comunidad de unos cuantos cientos en Argentina). Aunque a primera vista, es muy difícil imaginar que comparten este pasado.

Apenas llegué a Sapa (pueblo mínimo), a eso de las 7 de la mañana, un grupo de chicas Hmong vestidas con sus ropas típicas corrieron varios metros al lado de la combi y nos mostraron sus productos (carteritas, bolsitos, aros, pulseras) a través de la ventana. Era muy gracioso verlas diciendo (según inferí por sus gestos): “¡La rubia es mía!”, “¡Me canto a la pareja de ingleses!”, “¡A ese chico le vendo yo!”, mientras se dividían a sus potenciales clientes. Las mujeres Hmong están por todo el pueblo, cada mañana caminan entre una y dos horas desde sus aldeas, con sus canastos o bebés en la espalda, para ofrecer sus productos a los turistas que hacen base en Sapa. Está claro que su objetivo también es vender (como en el resto de Vietnam), pero en vez de saludarte directamente con un poco simpático “buy something”, lo primero que hacen es establecer una relación con su posible comprador. Todas repiten las mismas preguntas: Primera, Hello, where are you from? ; Segunda, And what is your name?; Tercera, How old are you?; Cuarta (caminarán al lado tuyo por todo el pueblo hasta hacerte una a una todas las preguntas de rigor), How many days you stay in Sapa?; Quinta, You go trekking today?; Sexta, Do you have many brothers and sisters? (a las parejas les preguntan si están casados y si tienen hijos); Séptima, You buy something from me later? A mí me resultaron extremadamente simpáticas y vivas: estas mujeres saben cómo conquistarte y su técnica, aunque obvia, debe ser mucho más eficaz que el “Hola comprame”. Además son tan lindas con sus ropas coloridas.

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Después de pasar un par de días descansando y sin hacer demasiado, decidí hacer un trekking “liviano” hasta las dos aldeas más cercanas. Tengo tanta suerte que me tocó un lindísimo día de lluvia. Oficialmente en el grupo éramos seis: nuestra guía (Hmong), una pareja alemana, una pareja española y yo. Extraoficialmente, éramos casi diez, ya que durante más de una hora, al lado nuestro caminaron varias mujeres Hmong que nos hicieron una a una el consabido cuestionario. Una de ellas me adoptó de hija. Me hizo todas las preguntas obligadas, pero no pudimos hablar mucho más ya que casi no entendía inglés. Me señaló a su marido (a quien nos cruzamos en el camino) y me contó que tenían cuatro hijos. Cuando nos quedamos sin tema, caminó al lado mío protegiéndome de la lluvia con su paraguas y no me abandonó jamás, si yo frenaba, ella frenaba, si yo caminaba más rápido, ella me seguía el paso. Al rato vio que tenía frío y me agarró la mano, helada, con su mano calentita y me llevó así durante varios metros de barro y charcos de agua. Yo sabía que esta simpatía me costaría un souvenir más tarde, pero la verdad es que me pareció un gesto tan cálido y maternal que no me negué, al contrario, me hizo sentir una conexión que hace tiempo no sentía con una persona local. Cuando frenamos para almorzar, se me acercó con sus productos y no pude decirle que no, ¿dónde se ha visto un vendedor que camine durante una hora con su futuro cliente y lo proteja de la lluvia? Así que le compré un bolsito. Al rato volvió con un regalito: una pulserita de hilo verde que me ató en la muñeca. Después me sonrío, me agarró el hombro y se fue.

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Mañana salgo hacia Laos. Las opciones eran Colectivo del Infierno vs. Ruta del Infierno: 20-30 horas en un colectivo repleto de gente, bolsas y animales a toda velocidad y sin baño, o tres días de hacer trasbordo constante de minibus a barco a colectivo a tuk-tuk a mula en medio de un paisaje que vale la pena (o la opción tres que descarté: 200 USD de avión). La opción uno implicaba volver a Hanoi (ciudad que preferiría no pisar más) y la opción dos la puedo hacer desde Sapa. Así que opción dos será entonces. Les escribiré en unos días para relatarles mi experiencia por la Ruta del Infierno. Ruego que no sea tan malo como suena. Igualmente, hoy pensé: el año pasado cuando estuve en Guatemala también me fui por una de estas “rutas de atrás” desde Cobán hasta Tikal (en vez de tomarme un colectivo hacia la capital y dar una vuelta enorme como hacían todos). Tardé dos días, tuve que atravesar varios kilómetros de derrumbe en las montañas (porque el colectivo obviamente no podía pasar) descalza (porque era imposible caminar con las ojotas y tenía un solo par de zapatillas), con el barro hasta las rodillas y las piedras que me cortaban los pies, cargando las dos mochilas y, como si fuera poco, con dengue (me enteré al llegar a Santa Elena, el pueblo cercano a Tikal, que tenía dengue). Así que peor que eso, no creo que sea.

Y en cuanto a Vietnam, un país no es blanco o negro, sino que está lleno de matices que lo hacen ser como es. Así que, en este caso, el blanco y negro lo dejo para las fotos.

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Información útil para visitar Sapa:

  • Cómo llegar: la mejor opción es tomar el tren nocturno a Lao Cai (pueblo anterior a Sapa) y de ahí un minibus de una hora y media a Sapa (que no cuesta más de 30.000 dong, aunque primero les pidan 100.000 dong). El viaje en tren dura alrededor de ocho horas; hay varias clases de cabinas, yo saqué el “2nd class hard sleeper” (una cabina con seis camas) y dormí como una reina. Pagué 275.000 dong o USD 13.50. También se puede venir en un tour organizado desde Hanoi: el precio de un “buen” tour de 2 días/1 noche cuesta unos USD 100 e incluye todo (tren, hotel, trekking), aunque también se consigue por menos.
  • Alojamiento: desde USD 5 por un cuarto privado con baño y wi-fi (Lotus Hotel, Royal Queen Hotel, Green Valley Hostel). De ahí para arriba, hay de todo. También se puede hacer “home-stay” en una de las villages cercanas con una familia Hmong (el grupo étnico que habita esta zona del país).
  • Comida: más cara que en el resto del país. Noodles con verduras desde 25.000-30.000 dong (de USD 1.5 para arriba), un té 15.000 dong (contra los 5000 dong o 25 centavos de dólar que se paga en el resto del país), un agua de litro y medio 10.000 dong (USD 0.50 contra los 5000 que se paga en otros lugares), pizza desde 65.000 dong (USD 3.50), pasta desde 50.000 dong (USD 2.50). Casi todos los restaurantes ofrecen el “set meal” por USD 5 y el “set breakfast” por USD 3.
  • Tours: Un day tour de trekking para visitar las aldeas cercanas cuesta entre USD 10 y 15. Hay tours de dos, tres, cuatro, cinco días con estadías en casas de familia. También se puede alquilar una moto por USD 5 el día o contratar un mototaxista por USD 10 al día para recorrer de manera independiente.