No pensé que volvería tan pronto a Bolivia, pero me emociona estar de vuelta acá. Este es el país que me inspiró a viajar por ahí, así que le debo mucho.

Mientras caminamos por Uyuni no puedo parar de pensar en mi versión viajera 2007, en aquella vez que conseguí, de casualidad, un pasaje de tren para volver a la frontera con Argentina y poder llegar a tiempo al bus que me llevaba a Buenos Aires. No puedo parar de pensar en la suerte que tuve de que me tocara viajar en la clase más económica. Pienso en aquella chica que, durante la noche, me tapó con la frazada de su bebé para que no tuviera frío. La recuerdo, le agradezco mentalmente, y me siento feliz de estar otra vez en su país.

Mientras esperamos el bus que nos llevará a Potosí, una mujer nos habla.

—¿De dónde son?
—De Argentina, de Buenos Aires.
—Ahhh, yo tengo un hermano en Zárate…
—Es cerca de la Capital. ¿Y conocés?
—No, no me animo a ir sola para allá, no conozco, tengo miedo de perderme…
—No pasa nada, animáte.
—Algún día…

Mientras tanto, su bebé descansa contra su espalda, calentito en su aguayo.

Miro a nuestro alrededor. En las calles de Uyuni hay mucha vida. La primera vez que vine no me di cuenta, pero ya sé por qué me gusta tanto este país: por su cultura callejera, tan similar a la de Asia. Todo pasa en las veredas: las mujeres venden y cocinan, los chicos juegan, los hombres se reúnen. El estar constantemente afuera, además, hace que la gente esté mucho más predispuesta a charlar con extraños que en otras partes del mundo.

El bus que nos llevará a Potosí (a tres horas de acá) llega puntual. Subimos y me sorprendo: recordaba los buses de Bolivia más desvencijados. Este parece bastante nuevo. La ruta también mejoró mucho. Estoy contenta de volver a viajar en el transporte local: creo que Bolivia es un país para recorrer en sus buses donde, al igual que en sus calles, también pasa de todo.

Arrancamos y empieza el viaje: el conductor pone la cumbia. Ningún viaje en bus está completo sin su banda sonora. En esta caso, cumbia altiplánica. Enseguida me vienen los recuerdos de mis otros dos viajes por este país: las rutas de ripio (muchas veces inaccesibles por la lluvia), las mujeres que se subían a vender comida, los chicos que se subían con sus pollitos en una caja, las películas de Rambo a todo volumen, el frío de los caminos del Altiplano. la cumbia en repeat durante horas, los tapones que se hizo uno de mis amigos con bolitas de pan para poder dormir.

El bus comienza a ascender por las montañas. Vamos hacia Potosí, una de las ciudades más altas del mundo. Un nene juega en el pasillo e interpreta distintos personajes. Ahora está en modo Spiderman. Quiero reclinar mi asiento pero donde debería haber una palanquita o botón hay un agujero. El de adelante tiene el mismo problema, así que le pide al conductor que le preste algún tipo de fierro para meter en el agujerito y poder apretar el botón (que está ahí, oculto, pero muy duro para presionar con el dedo). Le pasan un tornillo muy grueso y lo logra. Se lo pido, lo intento, no puedo. El señor de adelante agarra el tornillo, gira, se arrodilla sobre su asiento, se estira por sobre el respaldo, lo pone en el huequito, hace fuerza y desde ahí me ayuda a reclinar mi asiento. Ahora sí.

Vuelvo a sentirme de viaje. Tengo los labios agrietados, la piel seca, las zapatillas cubiertas de tierra, toda la ropa sucia, tres tipos de monedas en la billetera, mapas por marcar y ganas de escribir. Vuelvo a sentirme liviana.

Avanzamos por una ruta de postal. Montañas, laguitos, casitas perdidas, las nubes bajas bien blancas y esponjosas. Busco formas y siempre encuentro animales, ¿será que la naturaleza se replica a sí misma? El conductor le toca bocina a las llamas que se cruzan en el camino, que salen corriendo y levantando polvo.

El co-conductor sale de la cabina (separada por una puerta del resto del bus), prende la tele y pone una película. Terminator. A los dos minutos se corta. Se empieza a escuchar un coro que va de tímido a desenvuelto: “¡No hay video!”, “pelíiiiiculaaa”. Uno dice: “¡Qué corta la película! Ponga una de Supermán”. “Ponga una para adultos”, le retruca otro. “Esa no la había visto”, se lamenta alguien. El televisor no vuelve a funcionar. La mejor película aparece en la ventana: el atardecer. El cielo altiplánico se pone naranja rojo intenso, los charcos de agua reflejan el color y hacen que la tierra también parezca naranja. Las casitas de adobe se pintan de dorado. El verde del pasto se hace más luminoso. Lo que más me gusta del viaje es que todos los pasajeros (somos los únicos extranjeros) miran el paisaje como si lo estuviesen viendo por primera vez: con asombro y concentración. Muchos sacan fotos. Familias enteras giran sus miradas. Uno saca la cabeza por la ventana. Cuando se hace de noche, casi todos se duermen.

Por estas cosas, para mí, vale la pena seguir viajando en los buses locales.

Este post forma parte de mi nuevo intento de mini-serie: “Fragmentos de Bolivia”.
Pedacitos de mi tercera visita a este país.

– Fragmentos de Bolivia (1): croniquita de un viaje en bus
– Fragmentos de Bolivia (2): Potosí sin fotos