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Es muy fácil apoyarse en las fotos. Decir Potosí es así, tomá, y poner una foto. Decir En Potosí las mujeres se visten así: foto. En Potosí las construcciones tienen estos colores y estas formas: pum, foto. La imagen siempre dice mil y un palabras, le gana a todo. Sacar fotos me hace vaga, me hace mirar menos, me hace retener los detalles por menos tiempo. Por eso apenas llegamos a Potosí decidí hacer una visita libre de fotos.

(…)

En las calles de Potosí pasan tantas cosas a la vez que no podría capturarlas en fotos: son instantes muy efímeros. La mirada de los nenes desde sus aguayos, las manitos que se escapan de ese capullo de colores, la nena vestida de mini cholita de la mano de su mamá, el bebé jugando con su hermanito en la vereda, una señora que le rocía agua a sus porotos (con mucho amor), dos chicas que levantan la tapa de un tacho y se encuentran con un montón de papas cortadas, un ciego que le toca la cola a una cholita con su bastón —por error, asumo—, la mirada de ella que se da vuelta de golpe (indignada).

Casi todas las personas que están en las veredas venden algo, sobre todo las mujeres, cada una un rubro específico: jugo, flores, frutas, porotos, pan, roscas de Navidad, queso, marshmallows (me lo dice así, en inglés), helados.

La gente camina por el medio de la calle, hay un caos silencioso y fresco. Ordenado. Me siento en la vereda de una plaza y observo. Hay unas cincuenta mujeres sentadas en fila, una al lado de la otra, en medio de la calle. No sé si es normal o no. Mi mirada porteña me sugiere que es un piquete de cholas (horas después nos confirmarían que efectivamente era una protesta). El semáforo que está encima de ellas pasa de rojo a verde pero nadie lo mira. La barrera de mujeres corta el tráfico (que tampoco hay). Están tan para la foto que no resisto y saco algunas con el celular, de lejos, sin mostrar caras.

Lo que más me gusta es su ropa: no hay dos mujeres que estén vestidas iguales. Las observo como si fuese a dibujarlas: zona por zona, detalle por detalle. Primero hago un relevamiento de gorritos (el autocorrector me pone: “un relajamiento de gorditos”): sesenta por ciento son negros y abombinados, el treinta por ciento son de varios tonos de marrón, el diez por ciento está compuesto por “otros” (con flores, con moñito, de tela, de jean). Alguien nos dijo que una vez llegó un cargamento de estos gorros por error a Bolivia y fueron furor (y los adoptaron como parte de la vestimenta). Más adelante nos enteraríamos de que se usan a causa de la colonización española.

Observo a una señora (cholita también, porque acá en Bolivia más del 60 por ciento de la población es indígena) que se quedó dormida en un banco de plaza junto a sus tres amigas que también duermen. Todas tienen sus bolsitas rayadas de colores, parece la bolsa de los mandados. Las cuatro usan pollera campana (no se ve a una cholita con pantalón): una lisa, otra a lunares, otra cuadriculada, la otra con flores. Cada una con su delantal y sus medias largas o polainas de lana. Y todas con dos trenzas negras hasta la cintura, unidas con pompones al final. Dos están tapadas hasta los ojos con sus ponchos. Una se despertó y teje. ¿Cada cuánto se harán las trenzas?

Al lado mío se sienta una señora. La miro, me mira, le sonrío, me sonríe mucho. El arte de sonreír se practica en todo el mundo. Es uno de los lenguajes universales. La señora me ve escribiendo y saca su libreta. Estamos a la sombra, el sol está fuerte. Las mujeres del piquete se van moviendo hacia la sombra, una abre un paraguas rosa, otra se cubre la cabeza con un periódico. Tal vez esa calle sea el punto de encuentro de las cholitas: como nunca vine a esta ciudad, no sé qué es normal y qué no. Lo que más me llama la atención es el silencio: el altiplano boliviano tiene pocos ruidos. Se explota un globo y una nena sale corriendo. Me asusto.

Necesito aprender todas esas palabras que aparecen implícitas en las fotos: ¿cómo se llama lo que está dentro de las polleras y les da forma de campana? ¿Cómo se llaman esos cosos del piso por los que está corriendo la nena? Me doy cuenta de cuánto nos apoyamos en la imagen. A lo lejos veo a mi doble: a primera vista parezco yo. Es rubia, gringa-looking, está sentada en un banco escribiendo en su cuaderno. Es la Aniko que sigue viajando sola por ahí. Se levanta y se va. Es peligroso cruzarse con otra versión de uno mismo. Mejor que ninguno de los dos se de cuenta y todo siga su rumbo normal.

Seguimos caminando. La ciudad es colonial, está repleta de edificios con balconcitos, entradas en arco y colores pasteles descascarados. Edificios coloniales que olvidaré. Es imposible recordar todo lo que uno ve, es imposible quedarse con el detalle de cada uno de los ejemplares: siento que me quedo con una idea de “lo colonial”, así como me quedo con una idea general de “las cholitas”.

En las calles de Potosí abundan, a saber: los dentistas, los abogados, las peluquerías, las farmacias, los oculistas, los centros de internet fotocopias anillado. Me llama la atención lo de los abogados: ¿tanto trabajo tendrán? Colores más usados en las paredes: salmón del pacífico, verde navideño, blanco agrisado, turquesa desteñido, amarillo patito. Un señor restaura el frente de una casa y la hace quedar desconectada del resto: está demasiado blanca.

Nos paramos frente a un cartel de Prohibido tocar bocina y escucho un bocinazo: es para Damián que está sacando una foto en el medio de la calle. Se lo ganó.

Un borracho llora en una esquina y se abraza a un poste. Dos policías mujeres pasan al lado y nos miran con poca simpatía. Las calles son tan angostas que cuesta hacer las curvas, los autos y los buses se suben al cordón. Trato de recordar todas las fotos que podría estar sacando, de verlas, de previsualizarlas sin capturarlas. Son momentos que no volverán. Mejor así. El cordón de la vereda es tan angosto que no me entran los pies, es un cordón talle 37. En una puerta dice, cuatro veces, Cuidado con el perro: debe ser bravo, o quizá es un Beetlejuice hecho can. Sale música romántica de un local: nos asomamos y se ve la foto de una chica con poca ropa. Es un calendario y está puesto sobre una silla, para que ella esté cómoda.

Me digo que es imposible fotografiarlo todo. No se puede, es como querer conocer todo. Me cuesta resistir pero lo hago, casi no saco fotos. Estoy cansada de mis fotos. Odio ver fotos sin seleccionar, sin criterio, y siento que las mías están así, poco pensadas. Me digo: hacé de cuenta que tenés una Polaroid y que cada imagen vale plata. Me pierdo un montón de fotos, ¿y qué? ¿Qué pierdo en realidad? Si el momento lo vi igual.

Escribo este texto mientras caminamos. Literalmente. Voy frenando en mitad de las calles, apoyo el cuaderno sobre alguna ventana o banco y tomo nota. No quiero olvidarme de nada.

Este post forma parte de mi nuevo intento de mini-serie: “Fragmentos de Bolivia”.
Pedacitos de mi tercera visita a este país.

– Fragmentos de Bolivia (1): croniquita de un viaje en bus
– Fragmentos de Bolivia (2): Potosí sin fotos