Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.

Afuera hacía tanto calor que decidí volver al hostel sin culpa. No me gusta caminar a la una del mediodía bajo el sol asiático ecuatorial, la luz tampoco es buena para sacar fotos, así que me pareció el mejor momento para descansar sin remordimiento.

Me acosté en una de las diez camas del dormitorio compartido del hostel donde estaba alojándome en Melaka (4 dólares la cama, por si se lo estaban preguntando) y me puse a trabajar con la computadora como si el mundo exterior no existiera (tengo ese problema, cuando me pongo a escribir, todo a mi alrededor desaparece). Estaba sumergida en mi mundo cuando alguien rompió la burbuja con el clásico “Where are you from?” (“¿De dónde sos?”), la pregunta que, al viajar, es necesaria, inevitable y perfecta para iniciar cualquier tipo de conversación entre dos desconocidos que claramente son extranjeros.

Era una mochilera suiza que estaba viajando con su novio por Asia por primera vez. Le dije que era argentina y vi que miró la computadora y me miró a mí con cara de “¿qué hacés frente a la computadora en este lugar del mundo y a esta hora del día?”, pero no dijo nada y yo tampoco me justifiqué. Y arrancó el interrogatorio (simpático, obvio) de siempre, al que cada día me cuesta más responder (por un tema de tiempo, ya que todos los días me preguntan lo mismo y a veces me da pereza extenderme y explicar bien “qué es lo que hago en esta vida y en esta parte del mundo”): ¿Hace mucho que estás viajando? ¿A qué te dedicás “en Argentina”? (pareciera que todavía es difícil concebir que alguien pueda viajar y trabajar a la vez) ¿Viajás sola? ¿Y cuándo volvés a Argentina? ¿Y qué vas a hacer cuando vuelvas? ¡Ah! Sos escritora de viajes, ¡qué buen trabajo! Sí, es un buen trabajo pero no tan glamoroso como parece de afuera… pero, ¿para qué entrar en detalles?

Estas preguntas son tan fáciles que podría responderlas con monosílabos, pero en el fondo son armas de doble filo. La persona que pregunta se irá feliz con su colección de respuestas y con la versión simplificada que se lleva de la persona a la que acaba de conocer, pero la persona que “es preguntada” (en este caso, yo) puede sentirse un poco confundida durante el resto del día. Ese “¿y qué hacés de tu vida?”, una pregunta disfrazada de simpleza, es mucho más compleja de lo que parece, y si te la hacen en uno de esos días en los que te planteas el significado de la vida y tu objetivo en este mundo, chau. Cuestionamiento interno, dudas y miedos por una semana, mínimo.

Melaka, con iglesia de fondo

… templos…

La mezquita a pocos metros de mi hostel

La mezquita a pocos metros de mi hostel

Cuando el sol empezó a bajar salí a caminar por ahí. Los fines de semana Melaka se llena de gente: es una ciudad colonial que queda a menos de dos horas de Kuala Lumpur, es abarcable a pie y en menos de dos días, tiene un mercado nocturno interesante, la comida es riquísima y barata y los conductores de rickshaw esperan en cada esquina en sus bicicletas cubiertas de flores para llevarte a pasear entre iglesias y ríos. Un pueblito de esos que llaman “pintorescos”.

A la espera de pasajeros

Me alejé un poco de las calles principales (ni siquiera cambié de barrio, sino que caminé por callecitas paralelas) y no encontré a ningún turista. Encontré, en cambio, una ciudad vacía y adormecida, con detalles que le otorgaban personalidad. Me hice amiga de un gato callejero que se me colgó de las zapatillas suplicando que jugara con él, me crucé con un chino que iba en bicicleta y me preguntó de dónde era (cuando le respondí argentina me dijo, muy seguro de sí mismo, “No, you are American, you have American accent”), espié a un hombre que se quedó dormido frente a su negocio y a una mujer india que estaba cocinando en la entrada de su casa. Encontré altares silenciosos en las columnas y en las esquinas, observé rituales religiosos en los templos y mezquitas y presencié rituales gastronómicos en el mercado (como el simpático chino que apretaba los noodles con una mano). Caminé, anónima una vez más, entre gente a la que jamás volvería a ver.

Esta señora estaba asomada a la ventana de su casa, charlando con la gente que pasaba por ahí

El que se durmió

Lavando los platos en la puerta (a esto le llamo cultura callejera)

Fogata en la entrada

¿Qué esperará?

Un altar chino

Helados de colores!

Esa noche, mientras leía El Gran Bazar del Ferrocarril, de Paul Theroux, me encontré con el siguiente fragmento:

Rashid, el conductor del coche-cama, me ayudó a encontrar mi compartimento y tras dudar unos segundos, me pidió que revisara su diente. Le estaba causando mucho dolor, dijo. La solicitud no era impertinente. Yo le había dicho que era dentista. Me estaba cansando de la inquisición asiática: ¿De dónde vienes? ¿Qué haces? ¿Casado o soltero? ¿Hijos?”

Y sentí, como muchas veces nos pasa a los lectores, que Theroux había escrito esas palabras para que yo las leyera casi 40 años después, sentada sobre la cama en un hostel de Malasia, tras cuestionarme el tema de mi/nuestra identidad y mi/nuestra misión en este mundo.

Y pensé, Theroux estuvo bien. De ahora en más voy a decir que soy dentista y me estoy tomando un año sabático en Asia.

¿Alguien necesita que le revise la muela?