(Nota: todas las fotos de este post son de pedacitos de India que encontré en el Sudeste Asiático)

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Me di cuenta de que estoy totalmente inmersa en la realidad del Sudeste Asiático hace unos días cuando miré el partido de fútbol Indonesia vs. Malasia como si estuviese mirando un Argentina – Brasil. Me pareció de lo más normal y hasta me aprendí el canto de guerra de Indonesia y lo murmuré varias veces sin darme cuenta: Ga-ru-daaa di-da-da-ku! (Garuda es el águila que simboliza a Indonesia y “di dadaku” significa en mi pecho o en mi corazón).

¿Qué sabía de Indonesia y Malasia hace nueve meses, antes de viajar? Lo típico: Sukarno, las Torres Petronas, musulmanes, Bali, playa. Punto. No tenía idea de la rivalidad que existe entre estos dos países (por temas históricos de quién le robó tierra a quién, quién copió la cultura de quién, quién habla el idioma de quién), no sabía que acá el fútbol también es “pasión de multitudes”, que el estadio lleno podría ser un Boca – River cualquiera, que los fans malayos tienen mala fama (entre los indonesios, claro) porque llevan punteros láser a la cancha para enceguecer al arquero y a los jugadores, o que el equipo indonesio tiene un jugador argentino y un uruguayo (Gastón Castaño y Cristian González, ¿alguien oyó hablar?). Supongo que si hace un año alguien me hubiese invitado a ver un partido así por televisión, para mí hubiese sido lo mismo que mirar el Congo Belga vs Suriname.

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Todavía me acuerdo cuando me tomé el avión de Buenos Aires a Bangkok sin pensarlo demasiado y sin saber qué me esperaba del otro lado. Llegué y sufrí el calor de abril en Tailandia (la peor época del año según dicen), me sentí bastante perdida en el caos asiático de Bangkok, en esa inmensa urbe que ni se dio cuenta de que llegué, sola y desde el otro lado del mundo. La primera vez que me enfrenté al tráfico pensé en no salir del hostel, en recorrer solamente mi manzana, todo con tal de no cruzar y arriesgar una muerte prematura. De a poco fui respirando la cultura callejera de Tailandia (algo que no es propio de ese país sino de todo el Sudeste Asiático), eso de comer en la vereda, de sentarse a mirar la gente pasar, de jugar  juegos de mesa en el asfalto, de vivir más afuera que adentro, de convertir el espacio público en algo tan sagrado como el espacio privado. Los primeros diez días no hablé demasiado con nadie. Lo juro. Estaba intimidada, extrañaba lo “conocido”, comparaba todo con mi primer viaje por América latina, me sentía fuera de lugar. Hasta que conocí a mi amiga Journey (china) en el sur de Tailandia y entré en contacto con la cultura asiática más como participante que como espectadora. El sur de Tailandia, con su estado de fiesta permanente, no me gustó demasiado. Mi pensamiento fue yo no viajo para esto.

El verdadero viaje empezó cuando crucé de Tailandia a Malasia y llegué a Penang de noche con lluvia e inundaciones, sin un ringgit (peso malayo) en el bolsillo, sin poder comunicarme con la mujer de Couchsurfing que iba a alojarme en su casa, sin poder sacar plata del cajero, pensando que iba a tener que dormir en la vereda. Y ahí aparecieron mis primeros ángeles: una familia indonesia que me vio sola y perdida, me llevó a comer, me acompañó a buscar un hotel y me dio plata para que me quedara ahí. Al día siguiente hice Couchsurfing por primera vez y me volví fan: nada mejor que conocer un lugar a través de la hospitalidad de la gente local. En Penang ya empecé a ver las diferencias entre Tailandia y Malasia y a derribar esos mito de que “todos los asiáticos son chinos” y “es todo lo mismo”. Conocí malayos musulmanes, indios-malayos, chinos-malayos, me enamoré de la comida y de la velocidad de Kuala Lumpur, capital enloquecida. Me di cuenta de que viajar consiste en tomar decisiones, una tras otra, sin parar: adónde voy mañana, qué como hoy, dónde duermo esta noche, qué quiero ver, qué quiero hacer. Viajar de manera independiente, digo. Viajar como estilo de vida y no como una vacación. Y a partir de ahí todo empezó a tomar velocidad, ciudad tras ciudad, país tras país, persona tras persona.

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En Singapur comprobé que las ciudades supersónicas no están exentas de cultura ni de hospitalidad, como a veces tendemos a pensar. En Indonesia me convertí en la bule (“gringa”) superstar, me resultó increíble que existiese un país donde la gente te ruega que les saques fotos y te trate como una estrella de cine sólo por ser extranjera. Descubrí que existen ciudades que llamo Best-Seller como Bali que son tan turísticas y tan promocionadas que cuesta mucho ver más allá de las máscaras y escenografías que se presentan a los turistas. Descubrí con tristeza también que en ese tipo de lugares no importa con qué objetivo se viaja, todos los extranjeros caen dentro de la misma bolsa y un contacto real (sin intereses monetarios o de ningún tipo) con la gente local es algo casi imposible. Bendita-maldita industria turística.

En las Filipinas me sentí de vuelta en América latina: paz, pizza, pasta, iglesias. Y como no podía ser de otra forma, viví con mis nuevos amigos curas en un convento por tres semanas y logré borrar varios preconceptos que tenía guardados. Los curas me llevaron de paseo en la camioneta de la iglesia, organizamos pic-nics en la playa con amigas de la Iglesia, fui espectadora de sesiones diarias de karaoke (el deporte nacional filipino), charlé en castellano y me reí mucho con dos curas que habían vivido en Chile y Argentina, fui llenada de regalos y de preguntas, asistí a la inauguración oficial del nuevo presidente. En Hong Kong y Macau tuve mi primer semi encuentro con China. HK me fascinó, me hizo sentir la nena del campo en la gran ciudad. Viví de prestado en la casa súper lujosa de una familia alemana expatriada (que estaba de vacaciones en Europa y por ende nunca conocí), me reencontré con mi amiga Journey y la adopté como traductora cultural entre Oriente y Occidente. En Macau viví todo esos momentos que uno sólo pasa con amigos y que tanto extraño de Buenos Aires.

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Viví el Rhamadán (el mes de ayuno de los musulmanes) en Indonesia, algo que jamás pensé que iba a experimentar en mi vida. Participé en La Gran Orgía Fotográfica de Angkor en Camboya (no sean malpensados) y entré más en contacto con el budismo y con la triste historia de ese país. Vietnam me descolocó. Al llegar me enamoró por su energía y hacia el final del mes me desenamoró por su energía. Sentí, más que nunca, que frente a los ojos de los vietnamitas yo no era más que una máquina expendedora de dólares. Me llené de bronca hacia lo injusto de este mundo, me llené de tristeza por la falta de contacto sincero con otro ser humano (hasta que aquella mujer me agarró la mano en medio de la lluvia y me regaló una pulsera que todavía llevo puesta). Decidí que era momento de experimentar algo REAL. Y cada vez que pienso en “lo real”, la primera palabra que se me aparece es INDIA. Decidí que era momento de ir a la India, algo que venía posponiendo por miedo y respeto (que aún siento).

Laos fue uno de mis países preferidos. Será porque fui sin esperar demasiado, será porque no le tenía tanta fe después de la experiencia en Vietnam, será porque mucha gente me dijo “ni vayas que no hay nada”. Su paz, la amabilidad de su gente, sus saludos y sonrisas sinceras me derritieron. Vietnam me estresó y Laos me tranquilizó. Descubrí ciudades casi sin turistas que quedaron entre los mejores lugares de todo mi viaje. Decidí volver a viajar en los transportes locales y recordé cuánto me gusta viajar en colectivo, la libertad y alegría que siento cada vez que avanzo por tierra.

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Esto fue, a grandes rasgos, mi 2010. Un año en el que aprendí muchísimo acerca de la cultura asiática, decidí que quiero seguir viajando toda mi vida (aunque eso ya lo sabía) y evolucioné en mi forma de mirar. Y en medio de todos estos hechos, detalles y matices hubo algo que siempre estuvo presente: India.

Conocí indios-malayos en Malasia, caminé por Little India en Kuala Lumpur y Singapur, me perdí en los bazares y me enamoré de la comida, fui a un festival de música Sikh y presencié los preparativos de Deepavali (uno de los mayores festejos hindúes), en Singapur descubrí templos, viví el hinduismo en Bali, probé por primera vez el chai masalah (té de especias) en Penang (Malasia), fui absorbiendo de a poco una introducción a la cultura india. Y creo que la pregunta que más le hice a los viajeros que me fui cruzando fue “¿Fuiste a la India? ¡contame todo!”. Vi fotos, escuché historias y recibí todo tipo de recomendaciones. Que ni se me ocurra ir sola, que siempre diga que estoy casada, que me prepare para que me toquen de más en cualquier multitud, que me acostumbre a ser observada constantemente y fotografiada cual estrella de Hollywood, que me cuide con las comidas, que me cuide con el agua, que me cuide con los robos, que me cuide a todo momento.

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Conocí a varias mujeres que viajaron solas a la India y me dijeron que no tuvieron ningún problema, que les pareció un país muy fácil de viajar, que la gente siempre intentó ayudarlas, que es uno de los mejores lugares del mundo. País polémico si los hay. Al parecer a India la amás o la odiás. Por las encuestas informales que estuve haciendo, todos los que fueron de forma independiente, sin tours de por medio, se enamoraron de la India y especialmente de la gente; en cambio quienes viajaron con paquete turístico, un poco más “aislados” de la gente local, tuvieron varios comentarios al estilo “es muy sucio, es muy pobre, es muy esto, es muy lo otro”.

Siempre tuve India “allá arriba”, como una especie de Meca que me llama y me aterra a la misma vez. Ahora, después de todos estos meses, creo que me llegó el momento. India 2011. Me muero de ganas y me muero de miedo.

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