Este post pertenece a la serie “La mirada asiática”. Porque mi viaje por Asia tuvo mucho que ver con la mirada: ojos que me inspeccionaban con curiosidad, etiquetas que me adjudicaban por ser argentina, lugares que miré dos veces, y esa mirada fija que recibí tantas veces mientras viajaba en los transportes locales.

Charla de taxi en Kuala Lumpur (traducida al español):

—¿Así que querés ir a la India? (me pregunta el taxista indio-malayo mientras me lleva de la Alta Comisión de la India hasta el Indian Visa Centre en Kuala Lumpur)
— Sí, me muero por ir pero acá en Malasia es muy difícil conseguir la visa, así que no sé si podré…
—Es verdad, cambiaron las reglas porque no quieren que entren terroristas al país. ¿De qué país venís?
—Argentina.
—¡Ah! ¡Argentina! ¡Pero entonces no vas a tener ningún problema! Argentina es un país pacífico, democrático. Seguro que te la dan.

Tus dioses te oigan.

Pienso. ¿Qué tendrá que ver que sea argentina? ¿Acaso para ser “terrorista” hay que ser de cierta nacionalidad? ¿Acaso en Argentina no hay gente mala y en los países que ellos consideran “terroristas” no hay gente buena? Es como cuando te preguntan, para entrar a Estados Unidos, “si tenés planeado poner una bomba en territorio estadounidense o tal vez asesinar al presidente de la nación”. Sí, poné que sí.

Me resulta increíble que la respuesta por sí o por no de una visa se defina por la nacionalidad. ¿Qué concepto tendrán de “Argentina” acá? Tal vez como estamos tan lejos crean que somos una islita perdida y con eso baste para otorgarnos el permiso para viajar.

También me doy cuenta de la cantidad de asociaciones que carga cada nacionalidad. Aunque las asociaciones cambian según la nacionalidad de mi interlocutor.

Ejemplo. Cuando digo que soy argentina, todos me responden algo distinto, según la idea o imagen mental que tienen de Argentina (si es que tienen alguna).

(Soy muy mala con los dibujos de personas… no me analicen por favor!)

Un alemán me dijo: “¿De verdad? ¡Pero sos blanca!”
Un estadounidense me dijo: “Nunca lo hubiese adivinado…”
Una española me dijo: “¿Y ese es tu color de pelo natural?”
Una filipina me dijo: “Pero… ¡sos flaca!”.
Una vietnamita me dijo: “No parecés sudamericana”.
Un indonesio me dijo: “Argentina!!! Maradona!!!”
Un laosiano me dijo: “¿Argentina?” ¿Dónde queda?”
Una china me dijo: “¡Ah! ¡Hola!” (en español)
Y muchos se quedaron mirándome con asombro… “Pero… ¡¡es muy lejos!!”

Siento que cada persona que viaja fuera de su país se presenta ante el mundo como un muñequito rodeado de etiquetas invisibles que flotan alrededor del cuerpo. Y esas etiquetas son miles, pero cada persona ve solamente algunas, las que conoce de antes, las que utiliza para definir a un país lejano de su realidad.

Sí, soy argentina, pero ¿qué diferencia hace? ¿Cómo me verían si dijese que soy de Irán? ¿o de Francia? Seguramente las etiquetas flotantes serían otras. Tal vez esta sea nuestra forma de simplificar la (compleja) realidad.

Posdata de último momento: no me dieron la visa para ir a la India. Me habrán visto la barba de terrorista. Mejor ni lo pienso y me voy a China.

Dos indonesios fans de la Selección en Bali…