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Viernes, 23 h. Situación en un bar cualquiera de Madrid. Estoy de tapas con amigos y llega gente nueva a la mesa. Dos besos por cabeza y el diálogo de siempre:

—Hola, un gusto: Aniko.
—¿Aniko has dicho?
—Sí.
—¿Es japonés?
—No, es húngaro.
—Bueno, como no lo recordaré, por hoy serás Haiku.

Haiku Villalba, no está mal. Hasta suena poético.

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Esto de tener un nombre raro es, para mí, lo más normal del mundo. Estoy acostumbrada, desde que tuve que empezar a presentarme, a que me pregunten: ¿cómo? ¿es el nombre o el apellido? ¿Nicole? ¿A-qué? ¿es tu pseudónimo? ¿es japonés, no? Me bautizaron Yoko, Ana, Anika, AniLko, Niko, Nikita, Nicole, Añiko (en casos extremos de problemas de vocalización) y cosas por el estilo. Mucha gente asume que Aniko es mi nombre artístico (pensarán que en realidad me llamo Marta), a otros les parece tan complicado que optan por decirme Anita (o Haiku). Nunca jamás un chico pudo adivinar mi nombre en un boliche (no sé si en otros países pasa ni si este chamuyo se sigue usando, pero en Argentina —o al menos en Buenos Aires, por donde yo salía— siempre había alguno que aparecía a las tres de la mañana en medio de la pista —o del bar—, me miraba y decía, haciendo de cuenta que me conocía: “¡Juanita!”. A lo que yo le respondía: “Te apuesto lo que quieras a que no adivinás mi nombre”. Y podía estar tres horas que no lo adivinaba). Cuando me fui a Asia me pasó al revés: para los asiáticos, mi nombre era normal y facilísimo, aunque después de un rato ellos también me preguntaban: “But it’s Japanese, right?”. No.

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Nuestro nombre es una de las tantas palabras que nos definen y, como muchas cosas en esta vida, algo esencial de nuestra persona que se nos da al nacer y que no elegimos (por lo menos no en ciertas culturas). Y los nombres, aunque no queramos, generan asociaciones mentales y expectativas en los demás. Un ejemplo: me contrataron en mi primer trabajo gracias a “mi nombre japonés”. Mi jefe sabía que yo no era japonesa (me había entrevistado y había comprobado que no tenía los ojos rasgados ni nada que se pareciera a una facción asiática), mis futuras compañeras de redacción le habían recordado que yo no era japonesa y que mi nombre era húngaro, pero él quiso que hubiera una japonesa en el staff, y ahí quedé yo. La haiku de la revista.

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Y esto de imaginarse cosas en torno a una palabra no pasa solo con los nombres de las personas, sino también (y quizá mucho más) con los nombres de los lugares. “Ay, qué lindo sería ir a Micronesia, tan exótico”, pienso. Y seguro que el día que llegue a Micronesia veré que sí, que es exótico (porque queda lejos y se habla otro idioma) pero que en realidad ahí la gente es bastante parecida a nosotros y también tiene su rutina; y en algún momento del viaje, un micronés me dirá: “Ay, qué lindo sería ir a Buenos Aires (pronunciado, quizá, Boenos Airuesh, o no), tan exótico” y ahí me daré cuenta de que lo que suena distinto, para el que nunca lo escuchó, siempre suena exótico. Y será como ver la situación frente a un espejo: yoqueríavenirparaacáporquemesonabaexótico-vosquerésirparaalláporquetesuenaexótico pero los dos sabemos que nuestros respectivos países son normalitos (dentro de lo que uno considera normal).

Cuando dije, en Madrid, que venía para Murcia, los españoles pusieron cara de nada. Muchos me dijeron: “¿A Murcia? No tengo idea de qué hay en Murcia, pero ya me contarás”. No es como decir “me voy a Barcelona” o “me voy a París”: no podés terminar de decir BarcelParís que ya todo el mundo te mira con cara de ay Paricelona y se acuerda de todas las cosas que vivió allá o sueña con todas las cosas que le gustaría vivir allá. Los que ya estuvieron llenan el nombre con sus historias, y los que nunca fueron lo llenan con sus expectativas, y así las ciudades se convierten en contenedores vacíos repletos de cosas que le pasaron a todas las personas que estuvieron o que desean haber estado por ahí. Y la misma ciudad se convierte en mil lugares distintos.

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La segunda foto es de Cartagena de Indias (Colombia). La primera es de Cartagena (España).

Toda mi vida soñé con viajar a Cartagena de Indias (la de Colombia, que en mi mente era la única) y hasta hace poco nunca se me había ocurrido pensar que había otra Cartagena que no era de Indias y que también existía desde hacía varios siglos. Para mí, Cartagena era una ciudad del caribe colombiano que me llamaba a gritos. De la española, ni noticias. Durante mi primer viaje por América Latina uno de mis grandes objetivos era llegar a Cartagena (la de Colombia), caminar por esas calles caribes, sentarme a leer Cien años de soledad y encontrarme de casualidad con Gabriel García Márquez (sí, claro). Llegué y festejé mis primeros cinco meses de viajera ahí, en la que se convirtió en una de mis ciudades preferidas e inolvidables (la recuerdo como si hubiese estado ayer, cosa que no me pasa con todos los lugares). Y ahora (de casualidad) hago el no-festejo de mis cuatro meses de este viaje largo en Cartagena (la de España) mientras leo Vivir para contarla (las memorias de García Márquez) y camino con él por sus calles (porque son suyas) de Cartagena de Indias, de Barranquilla, de Aracataca y de Bogotá. Y leyéndolo entiendo que una misma ciudad es distinta para cada persona que la habita, la visita o la imagina: la Cartagena de Indias de García Márquez nunca será mi Cartagena ni tampoco la de ninguna otra persona. Cada uno convierte los lugares donde vive esta vida en sus escenarios personales de dramas, comedias e historias. Por eso visitar “la Cartagena de García Márquez” o “la Praga de Kafka” es casi como buscar algo que ya no existe.

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Estas dos fotos son de la Cartagena colombiana.

Mientras leo acerca de Cartagena  me entero de que esta —la de España— fue fundada como Qart Hadasht en el 227 a.C. por el cartaginés (de Cartago, la actual Túnez) Asdrúbal el Bello (esa es otra cosa que me llama la atención: ¿por qué los personajes históricos tienen esos nombres como “el grande”, “el valiente” o “el bello”? ¿Quién se los puso? ¿Sus mamás? ¿Tan bello era? Yo quiero ser recordada como Aniko la Miope). Durante la época del imperio romano (abro paréntesis otra vez: en esta Cartagena al parecer cavás un pozo y sale algo romano), la llamaron Carthago Nova (la nueva Cartago), y durante el dominio bizantino Carthago Spartaria. Hoy le quedó Cartagena (el mismo nombre que luego le darían a una de las colonias más importantes de América), y me pregunto: si las ciudades cambian de nombre, ¿por qué nosotros no lo hacemos? Nuestros padres (o fundadores, si somos ciudades) nos bautizan pensando en lo que quieren que seamos, pero después resulta que somos otra cosa y nos sentimos más “Ciudad de la furia” que “Buenos Aires”, por ejemplo. Entonces estaría bueno ir rebautizándonos a medida que vivimos cambios importantes en nuestra vida (ya sé, no sería tan fácil localizarnos en Facebook, pero bueno, tal vez sea mejor incluso). “¿Aniko?”, “No, eso era antes, ahora díganme Matilde la Veleta”.

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Algunas imágenes de la Cartagena española

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El teatro romano, descubierto hace pocos años en el centro histórico de Cartagena.

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Edificio modernista

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La peluquería del barrio

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El puerto

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El bar donde el tiempo pasa al revés

Durante los tres días que pasé en Cartagena me quedé en casa de Ana, una lectora cartaginesa que me llevó a caminar y a conocer el centro histórico de la ciudad. Mientras visitábamos el antiguo teatro romano (descubierto hace pocos años), nos preguntamos cómo sería la ciudad en aquel entonces (hace miles de años). ¿Cómo serían las casas? ¿Qué asociaciones mentales generaría el nombre de la ciudad? ¿Se imaginarían que unos siglos después le pondrían el mismo nombre a otra? Y yo pensé: se llaman igual pero son dos mundos distintos, y me acordé del calor pesado del Caribe, de las palenqueras vendiendo frutas, de las chicas caminando descalzas, de las hordas de turistas amotinados entre las murallas de la ciudad vieja, de los autos fuera de lugar entre las calles adoquinadas y los balconcitos de colores de otra época. Esta Cartagena me pareció más silenciosa y tranquila que la otra (y con los lugares cerrados por horario de siesta, algo muy español que había olvidado), pero reconozco que sigo enamorada del ambiente caribeño de la de Indias.

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Esta foto no es muy buena, pero es de las imágenes que más recuerdo cuando pienso en Cartagena de Indias.

El día antes de irme, la hermana de Ana nos invitó a comer a su casa y me presentó a sus dos hijas de la India (de 7 y 9 años). Lo primero que me preguntaron fue si ya había ido a su país. No, pero lo tengo muy pendiente. La mamá me contó que la más grande también quiere ser viajera, y le preguntó a la más chica: “¿Y tú también serás viajera o te quedarás para siempre en Cartagena?”. Su respuesta (genial) fue: “¿Para qué quedarme aquí donde ya lo he visto todo?”. Fueron adoptadas con 4 y 6 años, son hermanas biológicas y las dos mantienen sus nombres indios. Y eso me da que pensar: cambiarles el nombre hubiese sido como sacarles parte de la identidad. Entonces tal vez habría que hacerlos acumulativos: ir sumando nombres (o palabras que nos definan) al que ya tenemos, como gente que se agrega a una fila pero sin echar al de adelante. Y así, quizá, uno podría empezar a entender por todo lo que pasó una persona (o un lugar) hasta ser lo que es hoy.

*

AnikoJaponesaLaMiopeHaikuMatildeVeletaHakunaMatata se despide por hoy con un haiku muy trucho (que seguro no respeta las reglas de los haikus serios, pero para que se den una idea de lo que es un haiku japonés):

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Autostop 2.0

Como estoy viajando sola y no me animo a hacer dedo sin compañía, empecé a usar una de las webs de Carpooling más conocidas de España: BlaBlaCar. Vine de Madrid a Cartagena (unas 4 hs) por 22 euros (en bus cuesta como 37 euros y en tren más aún). Cuando pregunté en facebook si alguien lo había usado recibí un montón de respuestas positivas, así que quería contarles que lo probé y me fue muy bien. Creo que es una muy buena opción para viajar barato y conocer gente.