Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.

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No tengo muchos recuerdos de La Boca.

Bah, en realidad tengo uno, pero intenté olvidarlo con tanta fuerza que quedó oculto en algún rincón de mi cabeza, y apenas escribí la primera frase de este post, reapareció. Fue a fines del 2007, creo, no me acuerdo y no quiero chequear. Después de escucharlo incansablemente durante más de seis años, por fin iba a ver a Joaquín Sabina en vivo en Buenos Aires. Ustedes no saben cómo esperé ese recital. Acá en Argentina el cantautor español es muy querido y yo soy fanática desde los 15 años. La sede iba a ser la cancha de Boca —también conocida como La Bombonera— ubicada en el barrio del mismo nombre. Iba a dar dos funciones y yo tenía comprada mi entrada para la primera hacía meses.

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El gran día fui con mi amiga Belu. En el 64, todos los pasajeros nos hicimos amigos cantando canciones de Sabina. O tal vez no. Pero mi memoria nostálgica me dice que en aquel trayecto pasó algo así. Ese día hacía muchísimo calor. Tanto, que dentro del estadio los de primeros auxilios estaban con mangueras tirándole agua al público, para que nadie se deshidratara ni se desmayara. Después de varias horas de espera se hizo de noche y empezó el show. No sé cuántos temas pudo tocar antes de que empezara la lluvia. Solo sé que no fueron suficientes. El calor sofocante de la tarde había anunciado lo peor, y lo peor se cumplió: diluvió. Llovió tanto que las pantallas estuvieron a punto de salir volando y los reflectores cayeron en picada sobre el escenario. Cayó tanta agua que Sabina tuvo que suspender el show, ya que los músicos corrían peligro. Diluvió de tal manera que la cancha de Boca y los alrededores se inundaron. El agua nos llegaba por arriba de las rodillas, o tal vez más. Si quisiera exagerar, podría decir que no salimos del estadio caminando sino nadando. Durante horas fue imposible tomar un colectivo, imposible mover un auto. Nos quedamos ahí hasta que la zona se descongestionó y finalmente pudimos irnos.

Al día siguiente, Sabina hizo su segundo show. Según me contaron, tocó un montón de temas y hasta invitó a Fito Páez y se reconciliaron en el escenario. Sí, seguramente estuvo genial. Y yo no fui y no quiero ni ver un video de esa función. Les aviso.

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Hace pocos días, volví a La Boca. Esta vez, solamente a dar una vuelta. Y cuando vi que la mayoría de las casas que están sobre Almirante Brown están elevadas, entendí por qué y me acordé. Sabina, la lluvia, la inundación, no poder verlo con Fito Páez, la tristeza, la bronca. Y ahora, mientras escribo, los recuerdos reaparecen. No sólo los de aquella noche, sino posteriores.

En el 2009 mis amigas peruanas Olga y Mirla vinieron a visitarme a Buenos Aires y las llevé, entre otros lugares, a La Boca. Hicimos el típico recorrido turístico de Caminito. Vimos los conventillos —las viviendas compartidas donde se asentaron las primeras familias de inmigrantes europeos—, los colores dispares de las casas, las parejas tangueras, el icónico café Havanna de la esquina.

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Y, aquella vez, saqué una foto de un banco contra una pared, una foto que más adelante usé en mi post “Volver”, a pocos días de regresar a Buenos Aires tras 16 meses en Asia, para reflejar la tristeza que sentía a través de los colores de la foto.

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Hace unos días, pasé por delante de ese mismo banco y los colores habían cambiado. Ya no eran nostálgicos ni pasteles, ahora eran saturados y alegres… como si se hubiesen adaptado a mi estado de ánimo.

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Después de reencontrarme con el banco di unas vueltas por las afueras de Caminito —por el verdadero barrio de La Boca— y me di cuenta de cómo cambió mi mirada tras haber viajado por América latina y Asia. Vi, en la gente que trabajaba en las veredas, en las personas que tomaban mate con los vecinos, en las mujeres que caminaban con sus hijos por el medio de la calle, la cultura callejera asiática y el ambiente de los pueblos del Caribe o Centroamérica. Vi algo muy latino, un estar afuera, ocupar el espacio público, que me llamó la atención y me gustó mucho. No es algo que se vea en todos los barrios de la ciudad. O tal vez no es algo que yo hubiese podido ver antes… ¿será que tuve que viajar a Asia y América latina para poder mirar realmente a mi ciudad? Y les voy a contar algo: quedé tan anonadada por esa vida callejera de La Boca, que no saqué ni una foto. Solamente miré.

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Y al final era mentira eso de que no tengo ningún recuerdo de La Boca. Lo que tengo es mala memoria.