Creo que para darnos cuenta de cuáles son los lugares que, después de un viaje, quedan entre “nuestros preferidos” o “los más especiales” se necesitan dos cosas: tiempo y distancia. Mientras estamos viajando todo nos deslumbra (o por lo menos debería ser así, creo que ese es uno de los fines del viajar: deslumbrarse ante el mundo) y recién una vez que volvemos podemos ver todo “de lejos y desde afuera” y darnos cuenta de cuáles fueron esos lugares donde nos sentimos más felices.

Si bien sigo en Asia, considero que un año es un buen tiempo para tomar distancia de muchos de los lugares que conocí y armar un top 10 de mis preferidos. Tal vez también sería buena idea imprimirme tarjetitas con el link a este post y dárselas en mano a cada uno de los que me pregunte, cuando esté de vuelta en Buenos Aires: yyyyy…. ¿¿¿¿qué fue lo que más te gustó???…. Tarjetita. Es imposible resumir todo lo que me gusta del mundo en cinco minutos.

Mientras recordaba los pueblos y ciudades por los que estuve me di cuenta de algo: esos lugares por los que sentí amor a primera vista fueron los que hoy pasaron a formar parte indiscutible de esta lista. Mi intuición no se equivocó. Una vez escribí que llegar a una ciudad nueva es como asistir a una cita a ciegas: por más que te la describan, que te hablen re bien, que te hablen re mal, que te digan que es así o asá, jamás vas a saber qué sentimientos te genera hasta que la tengas en frente.

Así que con ustedes, mis amores a primera vista asiáticos.

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1. Savannakhet (Laos)

Este fue el caso de enamoramiento más fuerte que tuve en Asia: Savannakhet.

¿Savannaqué? ¿Dónde queda eso? ¿Por qué jamás escuché hablar de ese lugar? Porque es una de esas joyas ocultas que no se publicitan demasiado por ser lugares donde “no hay nada para hacer”. Es uno de esos pueblos que no tiene mercados turísticos, ni danzas típicas, ni shows, ni playa, ni turismo aventura, ni parapente, ni volcanes, ni nada. Es un pueblo colonial laosiano donde las paredes se están viniendo abajo, donde los nenes juegan al fútbol en la calle y las nenas remontan barriletes mientras andan en bicicleta, donde los templos están siempre abiertos y los monjes están felices de poder charlar con gente de otros países. Es un lugar desde donde podés ver cómo atardece sobre Tailandia y podés alquilarte una bici sin que te pidan más depósito que una sonrisa. Es, sin dudas, uno de mis lugares preferidos de Laos y de Asia.

[Este fue el post que escribí sobre este lugar mágico: I ♥ Savannakhet]

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2. Penang (Malasia)

En Penang empezó todo: mi viaje (considero que mi viaje empezó dos semanas después de haber llegado a Asia y no el día que aterricé en Bangkok), mi obsesión por la comida india, mi interés por la mezcla de culturas de Malasia, mi amistad con chinos-malayos, indios-malayos, malayos-malayos, mi primera vez haciendo Couchsurfing.

Volví a Penang dos veces, viví con mi amiga china durante un mes, me recorrí toda la isla en auto con un estadounidense expatriado y su suegra, celebré el Año Nuevo Chino en las calles del barrio histórico, comí el menú vegetariano de comida india por 5 ringgits tantas veces que ya perdí la cuenta, aprendí a tolerar (y a disfrutar) el curry picante, conocí la mezquita flotante, los templos chinos, los templos hindúes, recibí la visita de mi amiga argentina, fui al museo del juguete donde afloró mi fanatismo por Star Wars (a que esa no la tenían eh, fanática de Star Wars episodios 4, 5 y 6). En la isla de Penang encontré otro hogar asiático.

[y esto fue lo que escribí al respecto: Y de repente empieza el viaje, Lugares-cebolla, La mirada asiática]

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3. Kuala Lumpur (Malasia)

Kuala Lumpur me descontrola. Ya fui como cinco veces (es un lugar muy conveniente para renovar visas, tomar vuelos, visitar amigos) y siempre me pasa lo mismo. Llego y no sé por dónde empezar a comer: pretzels de queso parmesano, helado de maracuyá, roti canai y teh tarik (comida india), frutas tropicales, hotpot, dim sum (comida china), galletitas de chocochips, sushi, sopa de calabaza… ¡y todo tan barato!  Ya me acostumbré a los noodles y al arroz del Sudeste Asiático, pero cada vez que visito Kuala Lumpur no puedo evitar sentirme como una nena dentro de una juguetería inmensa donde todo está en oferta. Es como el Disney de la gastronomía.

En Kuala Lumpur siento que tengo más vida social que en Buenos Aires: cada vez que voy recibo mensajes de los couchsurfers invitándome a tomar un kopi (café), a comer, a recorrer; siempre me reencuentro con mis amigos y ¿qué hacemos? salimos a comer por ahí. Y eso no es todo. Según la época del año en la que llegue, me choco con nieve artificial y árboles gigantescos de Navidad (en este país de mayoría musulmana), con conejos y lámparas rojas por el Año Nuevo Chino, con música india en honor a algún dios. Kuala Lumpur es un lugar que nunca deja de sorprenderme y al que jamás me aburro de volver.

[y al respecto, dije: Kuala Lumpur en 10 palabras parte I y parte II]

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4. Coloane (Macau – Región administrativa especial de China)

Si alguno fue a Macau, sabrá que es famosa por ser “Las Vegas del Oriente”. Macau una pequeña isla de China que fue colonia portuguesa hasta 1999 y cuando pasó a manos de China se convirtió en una ciudad-casino que genera más ingresos anuales que Las Vegas. Para mucha gente, Macau es sinónimo de apuestas. Y seguro que si les menciono Coloane, muchos no tienen ni idea de que este lugarcito es parte de Macau. En Coloane no hay casinos, no hay hoteles cinco estrellas, no hay negocios de souvenirs, no hay turistas. Coloane es lo que ellos llaman “village”, una aldea al estilo chino (no se imaginen chozas de paja porque no es así), un sector que sigue manteniendo vestigios coloniales y es bien silencioso y tranquilo. Un lugar donde te podés cruzar con alguien arreglando un televisor en plena calle, un lugar donde podés caminar sin miedo a que te atropelle un colectivo o una moto, un lugar donde todavía hay una iglesia color amarillo pastel que, no sé por qué, me hace sentir en algún pueblito de Brasil.

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5. Tai-o (Hong Kong – Región administrativa especial de China)

Un lugar que me dejó totalmente anonadada fue Hong Kong. Nunca en mi vida vi tantos edificios juntos en un espacio tan reducido, nunca vi una ciudad tan glamorosa y a la moda en una isla tan chiquita, nunca estuve en un lugar tan “vertical” (en Hong Kong hay tan poco espacio que todo ocurre para arriba en vez de para los costados), nunca tuve esa sensación de estar metida en un shopping gigantesco disfrazado de ciudad. Pero creo que lo que más me sorprendió (y me gustó) de Hong Kong fue saber que la mayor parte de la región es pura naturaleza y está casi inhabitada: la metrópolis (el ruido, el acelere, la locura) está en la isla de Hong Kong y en la isla de Kowloon (aunque en menor medida), pero una vez fuera de esas dos islas principales, el resto de Hong Kong es naturaleza y aire puro. Como Tai-o, una aldea de pescadores a la que fui gracias a Polly, una chica de Hong Kong amiga de mi amiga china Journey. Pasamos el día caminando entre casitas bajas (tan bajas que en la isla de HK ya hubiesen sido demolidas para construir rascacielos nuevos), caminos de tierra, puestitos de comida… Qué lindo saber que si te cansás de la ciudad podés tomarte un “barco público” (como un colectivo, pero en versión barco) y llegar a un lugar así en menos de una hora.

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6. Vigan (Filipinas)

Vigan es un lugar que me dejó con ganas de más. Fui solamente por el día con Father Judy (uno de los curas filipinos que “me alojó” en la parroquia donde trabajaba en Dagupan) y un grupo de seis mujeres (“fieles” de la Iglesia). Si eso suena bizarro, imagínense irse de karaoke todas las noches con un grupo de curas que además de hablar inglés y filipino también hablaban español (“argentino” y “chileno”) porque habían vivido en Sudamérica y querían casarme con cuanto filipino se cruzara en mi camino.

Judy fue una de las mejores personas que conocí en este viaje, como bien lo describió mi amigo Nico (quien nos puso en contacto) “el hombre con el corazón más grande del mundo”. Durante mi estadía en Filipinas, varias veces agarró la combi de la parroquia, invitó a un grupo de gente y nos llevó de road trip por la península de Luzón (el norte del país). En uno de esos viajes llegamos a Vigan, una ciudad colonial que sigue tal cual la dejaron los españoles. Un lugar que me fascinó (no todos los días se ve una ciudad tan latina en Asia) pero en el que me hubiese gustado quedarme mucho tiempo más…

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7. MNN (Laos)

Íbamos en una balsa a motor que parecía estar a punto de hundirse. Yo estaba viajando con un grupo de alemanes e ingleses, nuestro destino final era un pueblito llamado Muang Khua, en Laos, pero cuando el barco paró en el pueblito anterior nos bajamos sin pensarlo. Imaginen que van navegando por el río en una embarcación de madera bien rústica, están envueltos por las montañas, si miran a su alrededor ven búfalos de agua, pescadores, monjes remando en sus canoas… De repente el barquito frena frente a un pueblito mínimo donde no hay más que una escalera que funciona de muelle. Se ven casitas de madera y lámparas de colores colgadas en los árboles. No se ven autos ni medios de transporte. No se escuchan ruidos más que el silencio. Hay una hamaca paraguaya colgando de dos árboles… ¿es cierto o lo soñé? En este pueblito no hay electricidad, no hay sistemas de transporte, no hay calles asfaltadas. Cada mañana, muchas mujeres se reúnen en medio de la única calle principal y desayunan en grupo, mientras tanto los nenes caminan solos hacia el colegio, los hombres salen a pescar… Este pueblito es uno de esos lugares que parecieran estar flotando en otra época, sin embargo, existe en pleno siglo xxi… Y todavía no sé si develar el nombre o no. Es mi pueblito sin nombre.

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8. Luguhu (China)

Pienso en Lugu y todavía me acuerdo del silencio, del viento frío, de las banderitas tibetanas de colores moviéndose rápidamente, de la nena que posó para mis fotos con el monje, del ritual de las mujeres alrededor del fuego, de los templos en las montañas. Pasé tres días en Luguhu (o Lugu Lake) (o lago Lugu) con tres chinas que conocí en el colectivo de ida. Detalle: no hablaban inglés y yo no hablo chino, pero a esa altura ya me daba lo mismo hablar o no hablar. Nos llevamos re bien sin necesidad de palabras.

La sociedad de Lugu es famosa por ser matrilineal (y no “matriarcal”): ahí los hombres jamás dejan la casa de su mamá ni tampoco se casan, los hijos (fruto de lo que se conoce como “matrimonio andante”) son criados solamente por la madre y por su familia, pero no existe el rol de padre ni de marido. En el recorrido que hice con estas tres chinas pude conocer varias casas de estilo tibetano por dentro, comí con las mujeres y hasta me hicieron probar el trago artesanal típico del pueblo.

[pueden leer la nota que escribí acerca de esta curiosa comunidad: El reino de las mujeres]

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9. Xichang (China)

Mi visita a Xichang no estuvo planeada: tenía que ir ahí sí o sí para tomar un transporte a otro pueblo (China es tan inmenso que para ir de un lado a otro casi siempre hay que hacer paradas en el medio), pero apenas llegué me gustó tanto que decidí dedicarle unos días. Era invierno, pero en Xichang no existe otra estación que la primavera. No tenía ni idea de dónde quedarme, pero de casualidad conocí a uno de los pocos expatriados estadounidenses que viven ahí y me ayudó a buscar un lugar “barato y decente”, me consiguió descuento y me dijo qué lugares visitar. Caminando por la ciudad llegué al sector histórico, un lugar sin un solo turista y tan auténtico que me dieron ganas de llorar, abrazar a todos los chinos y decirles GRACIAS, gracias por no haber abierto este lugar tan especial al turismo masivo. También me tomé un colectivo público que por 6 yuan (menos de un dólar) dio toda la vuelta a un lago que está a 15 minutos de la ciudad y fue haciendo las paradas de rigor en aldeas, terrazas de arroz y casitas de campo.

[pueden ver más fotos de Xichang acá]

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10. Karimunjawa (Indonesia)

Karimunjawa fue uno de los lugares más importantes e inolvidables de mi viaje. Fui también de casualidad, gracias a un couchsurfer de Jakarta que me invitó a formar parte del grupo de 30 indonesios mochileros que va cada semana. Fui sin expectativas, sólo con el plan de pasarla bien en la playa con mis nuevos amigos. Conocí a tanta gente especial, aprendí tantas cosas en esos escasos cuatro días en aquel paraíso…

Ahí sufrí por primera vez el shock cultural de “nadar en bikini” vs. “nadar con ropa”: algo que de un lado del mundo nos parece tan normal, del otro lado es completamente opuesto (y normal también). En Indonesia (con excepción de Bali, que es muy turístico) jamás se ve a las mujeres nadando en bikini ni a los hombres en el mar sin remera. Es parte de su cultura, al igual que en muchísimos países asiáticos. No muestran el cuerpo por pudor, por preservarse, por cuidarse, por no ser irrespetuosos. Y no es algo propio solamente de los países musulmanes. En Filipinas (país asiático católico) tampoco nadan “sin ropa” y cuando pregunté por qué me dijeron “porque somos muy tímidos para estar mostrándole nuestro cuerpo a todo el mundo”. Y sí, cuando estoy acá, inmersa en la realidad asiática, escucho eso y pienso: Tienen razón. Respeto plenamente esa decisión, esa normalidad que, para mí, marca una de las diferencias más grandes entre Oriente y Occidente: el mostrar vs el no-mostrar.

Viajando aprendí que la “normalidad” no es tan “estricta” ni “inamovible” como creemos. Lo que allá/acá es normal, acá/allá muchas veces no lo es. Y este tal vez sea uno de los desafíos más grandes del viajero: sacarse los anteojos de la “normalidad” que trae puestos de su país de origen y ver que otras maneras de vivir y de comportarse también son posibles y respetables.

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Viajeros asiáticos, ¡cuéntenme cuáles son sus lugares preferidos!

Y si quieren saber cuáles son los lugares de América latina a los que siempre querré volver,
pueden leer Mis 10 lugares en América latina.