Salir de Buenos Aires es más difícil que ganar una carrera de Supermatch. La ciudad nos pone muchos obstáculos: la calle de abajo cortada, la 9 de Julio con piquetes en ambos extremos, ningún colectivo nos deja bien, voy cargada de libros y de abrigo y me cuesta caminar, el taxista toma el peor camino y tiene que retomar para evitar otra manifestación, el frío polar se adelantó al invierno y me dan ganas de quedarme en casa. Antes de salir tuve que hacer veinte cosas mundanas pero indispensables como empacar, bañarme, comer, responder mails, imprimir los pasajes, sacar la basura. Pero llegamos a la terminal de Buquebus y apenas me subo al barco me cambia el humor. Es automático. Ir a Uruguay siempre me pone contenta.

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El viaje a Montevideo dura dos horas y pico y durante ese tiempo pongo el celular en modo avión y la cabeza en modo barco. Me gusta no tener internet por un rato, me encanta sentir cómo me desplazo por el río. Abro la mesita de mi asiento, saco tijera y plasticola y hago un collage en uno de los tres cuadernos que traje. Dónde quedó la viajera minimalista, creo que la perdí en alguna papelería francesa cuando acepté que lo mío son los cuadernos y empecé a documentar mi vida en varios a la vez. Ahora, además de la computadora, en la mochila llevo cuadernos, journals, una cartuchera, microfibras, lápices, regla, resaltadores, libros. Me resulta muy fácil escribir en mis cuadernos, lo hago todos los días, lleno varias páginas, pero me cuesta bastante escribir acá. Últimamente también me cuesta viajar, viajar en el sentido de movilizarme, de tener que tomar un colectivo que me dejará en una estación donde tomaré otro colectivo o barco o avión que me dejará en otra estación desde la que tomaré otro colectivo para por fin llegar a donde voy. Sigo pensando que el camino es lo más lindo del viaje, pero a veces la teletransportación me tienta.

Algunos objetos que se sumaron a mi mochila de viajes.

Algunos objetos que se sumaron a mi mochila de viajes.

No pasaron ni quince minutos desde que salimos del puerto y L ya se durmió. Qué facilidad que tiene. Capaz es momento de contar que nos casamos. Digo, que L y yo estamos casados, desde diciembre del año pasado, y ahora soy señora, o madame, y tengo marido. De a poco me voy acostumbrando a esa palabra. Cada viaje que hacemos decimos que es nuestra falsa luna de miel. Esta es la segunda, Perú fue la primera, aunque nunca nos propusimos irnos de luna de miel porque nuestra relación ya empezó de viaje. Lo dejo a L durmiendo, me voy a dar una vuelta por el barco y entro al Free Shop, solo para mirar. La gente compra como si fuese un supermercado: chocolate de tamaños descomunales, perfumes con nombres de famosos, mermelada francesa, sal marina. De repente el techo vibra, el barco aceleró y las botellas de Bailey’s, Absolut y Johnny Walker tiemblan y se golpean entre ellas. Creo que nunca estuve en un Free Shop que se moviera y diera saltitos. A una señora la están maquillando con una base blanca, en el área de tecnología un japonés inspecciona la caja de un drone, alguien convierte los precios a pesos en voz alta, paso por la zona de mochilas, las miro con ganas, sigo de largo, me acerco a la parte infantil y veo un set de 50 marcadores, todos de colores distintos. Me voy con el set de 50 marcadores. Otro elemento para mi mochila de escriviviente.

Miren cuántos colores!

Miren cuántos colores!

Vuelvo al asiento, L sigue durmiendo, me pongo a pintar algunos dibujitos que hice hace tiempo, estoy en un largo proceso de aprender a dibujar y colorear. Son las cuatro de la tarde pero siento que son las siete. El río está un poco picado, me cuesta escribir a mano. Miro por la ventana y pienso en todos mis viajes en barco, en los que hice de chica, en lancha, cada vez que íbamos al Tigre, en cómo el ruido del motor me hacía llorar, pienso en las lanchas colectivas del Delta, en el ferry que tomé con Belu en Costa Rica, en el barco de carga al que no pude subirme. Estando en Francia se me metió en la cabeza la idea de volver a Argentina en un carguero pero no lo conseguí y me quedaron las ganas.

Llegamos a Montevideo y mientras el ferry amarra se hace de noche y yo me pongo más contenta que antes. Le digo a L que la gente en Uruguay es muy amable, que ya va a ver, y cada vez que tenemos una situación de amabilidad lo miro con cara de loca, viste qué amables que son. Salimos del puerto y el cuidador del estacionamiento nos dice que cortemos camino entre los autos, una mujer nos abre el molinete para salir del puerto y hace chistes, le pido indicaciones a un hombre para ir a la peatonal a tomar el colectivo y me dice que es ahí nomás, a pocas cuadras, pero que esa zona, la del puerto, donde estamos, es muy peligrosa, que salgamos cuanto antes, y pienso que no debe ser tan terrible pero igual el miedo se instala. Qué fácil que es sentir miedo (siempre me sale escribir “mierdo”), basta con que alguien diga la palabra “peligro” para que todo el cuerpo se me ponga en alerta y la temperatura interna me baje unos grados. Mientras esperamos veo cómo todos los negocios van bajando las persianas, uno después de otro, como fichas de dominó, y la calle queda vacía. Cada dos o tres minutos suena la alarma medio ronca de un estacionamiento del que entra o sale un auto. Llega el colectivo.

Al día siguiente, una pared me dice esto.

Al día siguiente, una pared me dice esto.

En algunos colectivos de Montevideo hay cobrador, además del conductor, y justo nos toca uno con un cobrador risueño al que me dan ganas de abrazar. En realidad creo que quiero abrazar a Uruguay, en general, que siempre me desacelera la cabeza y me pone en modo relax. Llegamos a lo de Fede y Lau, la pareja que nos va a alojar por tres noches, y me enamoro de su casa. Es antigua, la restauraron ellos, tiene dos salas donde cada uno da clases, ella de pilates y él de guitarra y canto. Ahora mi nueva moda es enamorarme de las casas, sobre todo de las que tienen el espacio de trabajo integrado, como si viajara solo para hacer un relevamiento de casas por el mundo. Les cuento a nuestros anfitriones que vine a Uruguay a presentar mi segundo libro. Hablamos de viajes, Fede me dice que les gusta viajar pero poco, que después de un tiempo extraña su casa, “tenemos muchas rutinas que no podemos hacer en todas partes, como el estiramiento, la vocalización”. Me doy cuenta de que yo también tengo rutinas que solo puedo hacer en mi casa, como completar mis ochocientos journals diarios o quedarme leyendo en el sillón al lado de mi biblioteca.

Encontré este billete en una alcancía pero me parece que está para un museo. La moneda cambió en 1993.

Encontré este billete en una alcancía pero me parece que está para un museo. La moneda cambió en 1993.

A la mañana siguiente salgo a caminar. Voy de Pocitos a Ciudad Vieja y vuelvo a sentir que caminar es mi manera de meditar, que estoy en modo barco, dejándome llevar por la corriente, tratando de descubrir qué quiero en esta etapa de mi vida, qué busco en cada viaje y en cada ciudad, en modo barco barrilete. La ciudad está tranquila y otoñal, hace menos frío que en Buenos Aires y eso me alegra, no me convierto en marmota como la última vez que vine. Mientras camino grabo mi fluir de pensamientos en el teléfono, como si me mandara audios de whatsapp a mí misma. Digo, por ejemplo: “Veo cosas relacionadas con el agua, como un mural con dibujos de anclas y barcos, y me acuerdo de que ya estuve acá, en una llamada, la primera vez que vine a Montevideo, me acuerdo de esta escalera (…)”. En una pared encuentro a Wally. Está ahí, enorme, chocando manos con el mago. Lo miro. Grabo: “Cada cual busca a su Wally en cada ciudad a la que va o en la vida que vive. ¿Qué pasa cuando encontrás a Wally? Das vuelta la página y lo buscás otra vez, en la siguiente, y así hasta terminar el libro. Y cuando se termina el libro pasás a Buscando a Wally 2 hasta terminar la colección. Pero qué pasa si en vez de Wally querés buscar a Willy y no sabés cómo está vestido ni qué color de gorro o cara tiene. ¿Cómo sabés que lo encontraste?

Wally.

Wally.

Cómo me gustan estos fondos antiguos.

Cómo me gustan estos fondos antiguos.

Esquina otoñal.

Esquina otoñal.

Me gustó la remera hippie que se seca en la terraza.

Me gustó la remera hippie que se seca en la terraza.

Mural.

Mural.

Un frente del centro que me gustó. Esta vez no saqué muchas fotos, no llevé la cámara grande.

Un frente del centro que me gustó. Esta vez no saqué muchas fotos, no llevé la cámara grande.

Esa tarde presento “El síndrome de París” en La Madriguera, un café de Carrasco. Llega el momento de las preguntas y una chica me dice: “En tus viajes hablás mucho de los detalles, mostrás el día a día de los lugares, ¿siempre supiste que querías escribir acerca de los viajes cotidianos?“. No, y me encantó la definición. Cuando empecé solo sabía que quería escribir de viajes, después me fui dando cuenta de que dentro de eso hay subgéneros y muchas opciones y al final el tema, lo cotidiano, me encontró a mí.

Lau, nuestra anfitriona, se enganchó con mi libro. :)

Lau, nuestra anfitriona, se enganchó con mi libro. :)

Acá fue la presentación, en el café La Madriguera.

Acá fue la presentación, en el café La Madriguera.

Visto cerca del Mercado Agrícola. ¿Será que hay alguien que secretamente interviene autos con submarinos? Había dos así.

Visto cerca del Mercado Agrícola. ¿Será que hay alguien que secretamente interviene autos con submarinos? Había dos así.

Ropa colgada.

Ropa colgada.

El día antes de volver a Buenos Aires nos vamos a Colonia. Justo es 1 de mayo, el feriado más feriado, y hay poca frecuencia de colectivos. Llegamos cuando el sol ya está bajando.

—Quiero que veamos el atardecer frente al río, Colonia tiene uno de los mejores atardeceres que vi, no sabés —le digo a L.

Nos instalamos a orillas del río con comida y abrigo.

—Mirá, allá está Buenos Aires, entre el barco y la isla, ¿ves?

Muy a lo lejos veo las siluetas casi fantasmas de los edificios de Puerto Madero y me da un poco de impresión. Nunca vi Buenos Aires desde esta perspectiva.

—¿Cómo te imaginás nuestro futuro? —le pregunto a L.

—En Japón, en Hawai, en Francia, yendo a lugares con mar, sol, olas…

—Pero con una base. Necesito una casa. Estuve muchos años dando vueltas sin tener un espacio propio, no sé si lo puedo volver a hacer.

Muy muy en el fondo se ve Buenos Aires.

Muy muy en el fondo se ve Buenos Aires (en la foto me parece que no se distingue).

Las callecitas del casco antiguo de Colonia del Sacramento.

Las callecitas del casco antiguo de Colonia del Sacramento.

Oscurece.

Oscurece.

El cielo se nubla y nunca vemos el atardecer. Al día siguiente el barco nos deja en Buenos Aires a las 12 del mediodía. Me parece tan raro y a la vez tan lindo y distinto llegar a Buenos Aires en barco. Mientras caminamos hasta la parada del colectivo, L me dice que Uruguay le gustó mucho y que está contento de volver a Buenos Aires. Hace menos frío que hace unos días, el colectivo va casi vacío y nos lleva por San Telmo. Caminamos una cuadra, las bicisendas están llenas de hojas amarillas, el verdulero de la esquina está en su puesto, la librería está abierta, los alumnos entran a la facultad. Entramos a casa y el aire está calentito. Abro las ventanas, se nota que no hubo nadie por unos días.

Gracias a todos los que me ayudaron a presentar el libro en Montevideo:

  • A Buquebus por llevarnos directo a Montevideo en “Francisco” y hacer posible la idea de presentar mi libro en Uruguay.
  • A La Madriguera Café por darme un espacio lindísimo para presentar mi libro y encontrarme con los lectores. A Felipe, un lector, por haber sido el puente entre ellos y yo.
  • A Cari Fossati, periodista uruguaya y autora del blog Hills to Heels, por hacer de presentadora y ayudarme a contar mi libro a través de sus preguntas.
  • A Lore y Cari, por el paseíto del día siguiente. A Pablo, por los ñoquis y el reencuentro. A todos los lectores montevideanos que me ayudaron pasándome información por mail. Y a todos los que fueron a La Madriguera. ¡Gracias! Espero volver pronto.

BIS. Si trabajara en un noticiero daría noticias como estas: