I.

Tengo que confesar que desde que llegué (o mejor dicho “me instalé”) en Yogyakarta, me entraron ciertas dudas sobre qué escribir en este blog. Si bien las palabras me fluyen como nunca, parecen fluir hacia otros rumbos: me la paso traduciendo mis textos a inglés, escribo pensamientos de todo tipo en mi cuaderno, escribo y memorizo palabras en indonesio, escribo cartas para mis amigos… Pero esto de no estar “viajando” (técnicamente) (en el próximo post debería hacer un Tratado sobre el Viajar para que se entienda qué significado le doy a este término) hace que, para mí, todo lo que me rodea pase a ser “normal”. La comida de todos los días es normal, el arroz  a toda hora es normal, tener un novio indonesio musulmán y acompañarlo en el ayuno durante el mes de Ramadán es normal, la falta de veredas y las calles de tierra atestadas de motos que pasan por entre medio de las casas es normal, las mezquitas recitando el Corán cinco veces por día es normal, que me señalen en la calle y me miren fijo porque soy extranjera… ya es normal. Y ahí es cuando me planteo: ¿entonces qué? ¿Será que les interesa que les cuente el día a día, la rutina del “no viajar” aún estando de viaje (porque, quiera o no, sigo del otro lado del mundo)?

Me parece que esta vez el desafío es mayor… y me gusta.

Es “fácil” llegar a una ciudad nueva, ver todo con ojos de infante, no perderse ni un detalle, absorber cada color y cada olor y volcar todo al papel (o a la pantalla) desesperadamente, para unos días o semanas después caer en una ciudad nueva y repetir el ciclo una vez más. Pero cuando un país, un escenario, un paisaje se convierte en parte del día a día, ahí las cosas cambian.

Lo primero que pasa (y esto me lo advirtió una amiga polaca que se instaló en Bali hace unos meses y también frenó el ritmo de  viaje) es que empezás a extrañar todo, aparece ese sentimiento tan bien definido en inglés como homesickness. El top tres: la familia, los amigos, LA COMIDA. Lo que daría por una chocotorta, por ALGO con dulce de leche (un concepto inexistente en este sector del universo), por una bandeja de quesos, por una picada un viernes a la noche en algún barcito al aire libre, por una pizza y una buena charla en castellano, por un asado en familia en el Tigre, por una sesión de Family Guy con mi hermana, por un café laaargo con mi mejor amiga, por una salida a ver bandas con mis amigas, por todas esas cosas que consideraba “normales” y que ahora me faltan. Si existiera la teletransportación, me iría por un fin de semana a Buenos Aires… y después volvería a Yogyakarta. Tampoco es que me quiero volver aún, queda mucho camino por recorrer y nada me detiene.

II.

Dicho esto, paso al próximo tema. Hace un tiempo prometí un post de comida y cumpliré.

La comida pasó a ser todo un tema en mi vida estos días, especialmente porque estoy viviendo el mes de Ramadán (en el que no se puede comer ni beber de 4.30 am a 6 pm) y existe ese síndrome llamado Uno Quiere Lo Que No Puede Tener. Me está costando menos de lo que pensé, ya que es algo que quiero cumplir por respeto a mi novio y para aprender y entender acerca de su religión. Durante Ramadán, el día empieza (o termina en mi caso, ya que siempre me voy a dormir tarde) con el sahur, la comida de las 3.30-4 de la mañana: como si nosotros nos despertáramos a esa hora y nos preparásemos un plato de fideos o un pollo con papas. Es la “preparación” para el día de ayuno que se viene. Algunas mujeres cocinan para toda la familia, la gente “joven” sale a comprar la comida en los puestitos callejeros, muchos se preparan el hípersimple Pop Mie (también conocido como Instant Noodles). Después de esa cena/desayuno (llámenlo como quieran), todos (en teoría) van a la mezquita más cercana para el primer rezo del día o, en su defecto, sacan su alfombrita y rezan dentro de su cuarto. Este rezo, a las 4.30 de la mañana, marca el comienzo de un nuevo día de puasa (ayuno). Desde el momento en que las mezquitas comienzan a recitar el Corán, todos los musulmanes dejan de comer, beber, fumar, enojarse (sic) o tener relaciones hasta el rezo de las 17.45 – 18 (cuando se pone el sol) que indica que es momento de buka puasa (romper el ayuno).

Durante el día las actividades se desarrollan con normalidad, solamente que el ritmo es un poco más lento y los horarios laborales se acortan. Ramadan es una manera de fortalecer la paciencia, la humildad, el autocontrol y la espiritualidad de las personas. Es uno de los cinco pilares del Islam y obligatorio para los adultos y gente sana (las mujeres que están en período de lactancia, quienes están viajando, los enfermos y las mujeres que están menstruando deben abstenerse del ayuno). ¿Cómo lo vivo yo? Depende del día. El primer día me resultó muy fácil y hasta me sentí orgullosa de mí misma (quienes me conocen saben que tengo el récord de saquear heladeras a toda hora). Hubo días que estuve a punto de adelantar todos los relojes, tomar la mezquita más cercana y recitar el Corán por altoparlantes yo misma para poder comer, hubo días que rompí el ayuno y comí, hubo días que no ayuné (por “temas femeninos”), hubo días en los que no me tentaba absolutamente nada pensar que después de las 6 de la tarde me esperaba un buen plato de arroz, hubo días en que no soporté la tentación de comerme la caja de brownies que me esperaba en la heladera (pero resistí), hubo días en que me invadió la melancolía de saber que mi premio consuelo no iba a ser un plato de ravioles o unas milanesas con puré. Pero descubrí que si quiero, puedo. Y que no hay mejor sensación que lograr lo que uno se propone.

El mejor momento del día, sin duda, es el de buka puasa, cuando el canto de las mezquitas anuncia a los gritos que es hora de comer. A partir de las 15 o 16, las mujeres salen a la calle y compran la comida que compratirán más tarde con toda la familia: gorengan (los “snacks” fritos como pisang goreng -banana frita-, lumpia -rolls rellenos de verdura-, tahu goreng -tofú frito-, tempe), es buah (fruta cortada con hielo y un jugo dulce), roti y kue (panes rellenos y tortas), jus (jugos de frutas). A las 18, momento de romper el ayuno, se opta más por lo dulce y la comida es más un aperitivo que un plato completo. Como una picada de snacks indonesios. A eso de las 19 o las 20, todos salen a cenar.

Me atrevo a decir que en Yogyakarta hay más puestitos/carritos/lugares de comida que otra cosa, es “El Negocio”: desde carpas improvisadas con lonas donde un grupo de hombres cocina en dos ollas enormes y sirve la comida en platos de plástico hasta restaurantes con menúes variadísimos, pasando por los famosos carritos callejeros que te preparan nasi goreng (arroz frito, el plato más tradicional de Java) en el acto. Y lo lindo es que el comer se convierte en una actividad social: la gente joven sale en grupo en sus motos y come sentada en la vereda y sin zapatos, al lado de los puestitos callejeros, sobre alfombras especialmente preparadas para la ocasión. Me imagino algo así en Buenos Aires: la gente te camina por encima del plato de arroz que te estás por comer, los autos te tocan bocina porque estiraste una pierna afuera de la alfombra y estás cuasi rozando el asfalto y cuando te querés ir te das cuenta de que te robaron los zapatos y te rompieron el o con la cuenta. Bendita seas Buenos Aires. Lo mejor de la cuestión; acá la comida es UN REGALO. Los precios van desde 5000 rupias (50 centavos de dólar) hasta 50.000 (como algo CARÍSIMO) (5 dólares), lo común es gastar entre 10.000 y 20.000 (de 1 a 2 dólares por plato, 50 centavos por las bebidas). Inseguridad, ¿qué es eso? La gente camina de noche por la calle, ya sea para comprar comida, para ir a la mezquita a las 4 am, para juntarse con amigos, o lo que sea (los indonesios son millones y siempre están en la calle) y no-pasa-nada.

Más detalles en el próximo capítulo.

Vendedor ambulante de tofú frito

Se venden cocos en camiones

Mujer cocinando en un puestito

Mesitas ratonas en la calle (en Bandung)

Es buah

Te preparan pollo en el acto

A la búsqueda de snacks para romper el ayuno

Mie ayam

Otro de los miles de puestitos callejeros al paso

Frutas frutas frutas

Arroz pero del bueno

Y las famosas carpas improvisadas

Elegí tu propia comida y te la fríen en 5