Puedo resumir mi semana en Nueva York en una sola sensación: dolor de pies. Cuando decidimos viajar a Japón (o trasladar la vida a Japón por un rato) y me puse a buscar pasajes encontré Buenos Aires – Tokio con escala en Nueva York y ni lo dudé: llamé a la aerolínea y pedí que nos extendieran la escala de unas horas a una semana. No nos cobraron extra y fue como ganarnos un viaje a Nueva York. La ciudad no estaba en nuestros planes así que sentí que esa semana era como un regalo y decidí tomármela de vacaciones. El año que pasé en Buenos Aires fue tan intenso (charlas, talleres, presentaciones, reuniones, proyectos, mini viajes, reencuentros, despedidas) que necesitaba desconectarme por unos días y solo dedicarme a caminar.

Iba a ser mi primera vez en NY

Iba a ser mi primera vez en NY

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Empecé a empacar mentalmente quince días antes de irnos. Elegir el equipaje para este viaje no fue fácil ¿mochila o carrito?—, elegir qué llevar adentro tampoco. Viajábamos sin fecha de vuelta, sin saber exactamente a qué países iríamos después de Japón ni a qué clima, con la única certeza de que queríamos viajar a ritmo lento y quedarnos varias semanas o meses en un solo lugar. Al final guardé un poco de ropa, un par de zapatillas, unas ojotas y el botiquín. Con la ropa no tengo tanto problema, llevé poca porque pienso comprar algo allá (el precio de la ropa en Buenos Aires está imposible), lo que más me costó reducir fue lo que llamo mi kit de exploración: cuadernos, lapiceras, cartucheras, journals. Mi obsesión por documentar mi vida en cuadernos se potenció estando en Buenos Aires. Antes llenaba una libreta en tres o cuatro meses, ahora tardo como mucho un mes y medio. Antes solo combinaba los viajes con la fotografía, ahora creo que también se pueden combinar con journals, stickers, acuarelas, lápices y marcadores. Y todo eso ocupa espacio y pesa, pero me lo llevé igual. No quería dejar esa parte de mí en casa. Si Dino tiene su valija de magia, yo también puedo tener la mía.

Parte de mi kit de exploración. Libreta Leuchtturm1917 (similar a las Moleskine pero un poquito más ancha) y cámara nueva (dejé la réflex, me pesaba demasiado).

Parte de mi kit de exploración. Libreta Leuchtturm1917 (similar a las Moleskine pero un poquito más ancha), cartuchera y cámara nueva (dejé la réflex, me pesaba demasiado, y me pasé a las Fujifilm).

Inauguré la que sería mi primera libreta de este viaje un mes antes de irnos. La fui usando en paralelo con otra, y en esta solo escribí cosas referidas a Nueva York y Japón. Empecé con una lista titulada “En Nueva York quiero:” y anoté los datos y lugares que me iban llamando la atención de charlas, investigaciones y lecturas. No sabía ni dónde íbamos a dormir, pero sabía a qué librerías y papelerías iba a ir sí o sí y por qué barrios tenía ganas de caminar. Unas horas antes de ir a Ezeiza terminé de armar la mochila. Al final siempre empaco bajo presión y tomo decisiones apuradas. Guardé, entre cuadernos y medias limpias, dos manzanas que nos habían quedado en la heladera. El avión salía a las 9 de la noche y ese martes me pasé el día entero con sueño. Saber que empezaban mis vacaciones me relajó. El avión tardó una hora en despegar porque el cinturón de seguridad del piloto no funcionaba y alguien se recorrió media bodega de Ezeiza buscando la pieza de reemplazo, que al parecer era muy específica. Al lado mío, un señor miraba la pantalla personal de entretenimiento con una lupa, unos asientos más allá una señora hablaba por teléfono y le decía te amo a alguien. “Si no quieren volar a Nueva York hoy, esta es su última oportunidad de desembarcar”, dijo el piloto por el altoparlante. No me bajo ni de casualidad. Intenté dormir pero no pude. Si bien el miedo a volar ya se me fue bastante, dormir sentada me cuesta cada vez más. Después de mucha turbulencia y de varios capítulos de The Big Bang Theory, llegamos a Nueva York a las 7 de la mañana del miércoles.

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En la fila de aduana se nos acercó un policía con un beagle. El perro olió nuestra mochila de mano y, en vez de pasar al siguiente en la fila, se quedó ahí parado.

—¿Tienen comida?

—Solo unos alfajores.

—¿Nada fresco?

Me quedé pensando, me costaba procesar con tan pocas horas de sueño encima.

—Ah, sí, una manzana.

—¿La declararon?

—No…

—Deberían haberla declarado.

Y con esa sentencia nos sacó de la fila y nos mandó a un sector aparte donde decía “control agrícola”, como si le hubiésemos dicho que estábamos cargando tres kilos de manzanas rellenas de cocaína. “¿Por qué no declararon esta manzana? No pueden entrar con comida fresca al país, saben que tendrían que pagar una multa de 300 dólares, ¿no?”, nos dijo el encargado de ese sector. Cómo revalorizar una manzana en tan solo un vuelo de avión. El viaje de la manzana. La manzana más cara de la historia. Nos hicieron pasar todo nuestro equipaje por un escáner y nos confiscaron la manzana. “Tienen suerte de que el perro la encontró”. Prohibido entrar con manzanas a la Gran Manzana. Salimos del aeropuerto y le dije a L: “Hay olor a Estados Unidos”. Hacía como nueve años que no venía y nunca estuve en el país en otra época que no sea verano, así que para mí este calor húmedo y este olor a orden son sinónimos de estar acá.

El puente de Brooklyn visto desde DUMBO.

El puente de Manhattan visto desde DUMBO.

Primeras imágenes de NY.

Primeras imágenes de NY.

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No sé si tenía imágenes previas de Nueva York en la cabeza. Lo que había visto en películas y series, quizá, pero suele pasarme que las ciudades tan retratadas por las pantallas me parecen solamente sets que no existen en la vida real. Fuimos hasta Brooklyn, donde nos quedaríamos toda la semana, en metro. Nuestra primera vista de la ciudad fue al salir de las escaleras de la estación: casas de ladrillo, calles ordenadas, parques y un montón de gente negra. Nueva York es una de las ciudades más multi étnicas del mundo y se nota en cualquier esquina. No pude con mi ansiedad: dejamos las cosas en la casa (nos quedamos en un Airbnb) y volvimos a tomar el metro, esta vez en dirección a Manhattan. La falta de sueño me mareaba y, mientras caminaba por calles que para mí solo existían en Sex and the City, el piso se me movía como si estuviese en un barco. Ese primer día pude sacar algunas pocas conclusiones:

el metro de Nueva York es un poco confuso,
la gente me parece muy amable,
todo viene en cantidad y variedad,
las calles de Manhattan son cortitas,
algunos rincones me hacen pensar en Londres,
se habla mucho español,
tengo miedo de que me pise un auto de tanto mirar para arriba,
los taxis efectivamente son amarillos,
ahí está el Empire State.

La placa en honor a John Lennon en el Central Park

La placa en honor a John Lennon en el Central Park

Detalles

Detalles

Mural

Mural

La ciudad vista desde el Highline

La ciudad vista desde el Highline

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A primera vista, Nueva York me pareció una ciudad reconocible y familiar. Sentí que era ella en todas partes, que no había un lugar en particular que fuese más Nueva York que otro. Su identidad es fuerte y homogénea en todos los barrios, aunque cada uno sea muy distinto. Los cinco días siguientes estuvieron como cosidos uno con otro: no hice otra cosa que caminar de un casillero del calendario al siguiente. Me cuesta diferenciar qué pasó el jueves, del viernes, del lunes. La frase que más me repitieron cuando dije que nos íbamos una semana a Nueva York fue: “Una semana no les va a alcanzar”. Es verdad, pero volví a comprobar que cuando uno viaja el tiempo se expande y en los días caben muchas más cosas. Es como si cada hora se extendiera hacia los costados y ocupara el triple de espacio. Una semana no alcanzó para ver “todo” (¿qué es todo? ¿los imperdibles que te marcan las guías de viaje? ¿Lo que en teoría hay que ver en un viaje a Nueva York? ¿Alcanza una vida para ver todo?) pero sí para ver lo que cada uno había ido a buscar.

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En mi mapa de emociones de Nueva York hay:
un hombre tocando el saxo en el Central Park,
una nena sacándose selfies con la estatua de Alicia en el País de las Maravillas,
una ardilla que nos miró desde uno de los jardines comunitarios del East Village,
una pareja china haciendo sus fotos de casamiento con el puente de Manhattan de fondo,
la placa de Imagine llena de gente,
insomnio en Brooklyn y gritos callejeros que entraban por la ventana,
L y yo cantándonos canciones de Rodrigo en el metro,
un carrito con los mejores tacos mexicanos,
los sellos de la tienda de Moleskine que estampé en mi cuaderno,
un brunch vegano en el East Village,
las galletitas de la fortuna triple X de Chinatown,
una deuda kármica de 10 dólares,
una caminata de domingo por el Highline,
Nueva York vista como desde un cuarto piso,
cuadros de Monet y Van Gogh en el MET,
peluches de Super Mario y museo de consolas en el Nintendo Store (soy fan),
el vértigo del teleférico a Roosevelt Island,
ver la estatua de la libertad desde un barco y pensar qué chiquita que es,
el calor y las esperas en las estaciones de metro,
las horas que pasé en librerías y papelerías de Manhattan.

Más de esto en escribir.me

Más de esto en escribir.me

Mi recorrido por Nueva York estuvo marcado por la ubicación de las papelerías y librerías en el mapa. Antes viajaba de museo a iglesia a ruinas a templo porque pensaba que eso era lo que tenía que ver en un viaje y que sino estaba perdiendo el tiempo, ahora viajo de papelería a librería a papelería porque es lo que quiero ver. Así que ese fue mi eje, el hilo invisible. Me la pasé yendo de una a otra y en el medio vi Manhattan. También aproveché para hacerme los anteojos porque hace unas semanas me cambió la graduación y cuando salí de la óptica con los vidrios nuevos me sentí como la primera vez que me puse lentes de contacto y me di cuenta de que antes no veía nada: PARÁ, las cosas tienen borde (!). Me había estado perdiendo 0,50 del mundo. Tuve que caminar despacio porque de golpe recibí una sobredosis de información visual (sumada a la que ya tiene la ciudad) y fue como ver Nueva York en HD. Ahora sí.

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La estatua de Alicia

La estatua de Alicia

Central Park

Central Park

La estatua de la libertad vista desde el ferry a Staten Island

La estatua de la libertad vista desde el ferry a Staten Island

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Jardines comunitarios del East Village

Jardines comunitarios del East Village

Durante esos días de caminatas meditativas, mi mente se fue por todos los rincones:

antes pensaba que NY era un secreto al que yo no tenía acceso,

me faltaba la contraseña para entrar,

*Haga click aquí si olvidó su contraseña*

ahora ya sé de qué hablan todos /

¿pero qué es viajar, en realidad?

quizá aceptar que no soy local y hacer lo mejor posible por conocer un lugar como si lo fuera, porque nunca me sentí menos local que acá, en el sentido de que sé que me estoy perdiendo un montón de cosas que ni sé que existen /

“No debo tener la sensación continua de que me estoy perdiendo de algo”, dice Hebe Uhart, como un mandamiento viajero moderno, “aunque a la vuelta la vecina me diga: lo que te perdiste, cómo no pudiste ir a tal lugar. No me perdí de nada. Vi y encontré lo que me sirve para escribir mi crónica” /

siento que los neoyorquinos disfrutan del espacio público, lo aprovechan, si bien no hacen todo en la calle como en Asia, lo usan como parte de su vida cotidiana, están en las veredas y en los parques,

la ciudad como patio de juegos compartido /

además de catadora de mares, me gustaría ser tester de ciudades /

¿qué empacar para un viaje así? Lo que se te dé la gana /

de a poco empiezo a entender el mapa,

tal vez en eso consista conocer una ciudad: empezar a entender algo /

como ciudad creo que la que más me impresionó hasta ahora fue Hong Kong, que es lo que pasa cuando los chinos construyen ciudades capitalistas /

NY de a ratos me parece híperconsumista, todo está preparado para que compres compres compres,

y a veces caigo en eso,

pero después camino por barrios como el East Village donde lo lindo es pasear y no entiendo cómo no hay tanta gente acá como en Times Square /

esto de tener tanto tiempo libre hace que a veces me aburra,

aunque al rato encuentro algo y se me pasa.

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En el teleférico

En el teleférico

Este es un negocio que me gustó mucho. Se llama "Story" y es casi un museo. Cada temporada eligen un tema y ambientan todo el negocio con eso. El tema de esta vez era "los 90".

Este es un negocio que me gustó mucho. Se llama “Story” y es casi un museo. Cada temporada eligen un tema y ambientan todo el negocio con eso. El tema de esta vez era “los 90”.

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Buena manera de pasar un domingo!

Buena manera de pasar un domingo en el Highline

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Además de ver librerías y papelerías, tenía el objetivo de cambiar la cámara (dejé la réflex, después de mucho pensarlo) y de conseguir algo más difícil que alojamiento barato: un pantalón que me gustara. Al final encontré uno en Uniqlo (una marca japonesa, viva Japón) y cuando lo fui a pagar me ofrecieron el servicio gratuito de tailor (modista) por si necesitaba hacerle alguna costura. Dije que no y al día siguiente volví y dije que sí porque me quedaba un poco largo. Menos de 12 horas después estaba listo, custom-made solo para mí. Como ese pantalón, Nueva York me pareció una ciudad que cualquiera puede hacer a su medida y adaptar a sus gustos: hay algo para todos, como si tuviera la capacidad de mutar y de mostrarse distinta —sin dejar de ser ella— a cada persona que la mira. Tailor-made New York. Si vas en busca de espectáculos, compras, bares en terrazas, los encontrás. Si vas en busca de edificios icónicos, sets de películas, recorridos temáticos, parques, los encontrás. Si vas en busca de librerías y papelerías, las encontrás. Y también podés ir sin buscar nada y seguro que la ciudad te va a dar algo que ni sabías que estabas buscando.

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En el metro

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Los fans de Super Mario no se pierdan el Nintendo Store

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Música en el metro

Manhattan a lo lejos

Manhattan a lo lejos

El día antes de volar a Japón soñé con Tokio. Veía la ciudad por primera vez desde un colectivo que iba por una autopista y quedaba deslumbrada por los edificios. Las luces de las casas eran verdes y se notaba que los departamentos eran muy angostos. En el asiento de al lado tenía sentada a una china que me hacía acordar a una de mis amigas chinas. Me mostraba un cupcake con dulce de leche, me decía que le había costado 15 dólares y me daba para probar, yo le daba un mordisco y ella extendía la mano y me decía “4 dollars”. Llegábamos al hostel y para ir al dormitorio compartido teníamos que bajar unas escaleras amarillas por unas puertas horizontales, abiertas sobre la vereda —como las de NY—. Por falta de espacio, los hostels estaban construidos en sótanos y las camas cuchetas tenían como cinco pisos. Supongo que algo así me imagino de Tokio y les confieso que me asusta un poco.

El miércoles siguiente, después de seis días de caminata y con dolor de pies de souvenir, nos subimos a un avión japonés y nos trasladamos al futuro cercano.

Si querés info útil de Nueva York, te recomiendo leer mi post de Datos y consejos para viajar a Nueva York. Y si sos fan de las librerías y papelerías como yo, tal vez este post te interese: “La ruta de las papelerías en Nueva York”.