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Otra vuelta al sol

Para mi amigo Javi, donde quiera que estés.
Gracias por haberte cruzado en mi camino.
Que sigas fluyendo a través de universos. 

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—Mira, ves cómo se apaga de un lado y se enciende del otro. El fuego siempre encuentra la manera de seguir quemando…

Tiro un último papel a nuestra fogata. Ya casi se está apagando, habrá durado una hora. Para prenderla hicimos un hueco no muy profundo en la arena, pusimos hojas de diario, maderas y ramas secas. Tardó unos minutos pero prendió bien.

—Cómo hipnotiza el fuego, ¿no? Es imposible dejar de mirarlo.
—Sí, como el mar. Yo creo que debe tener que ver con nuestros antepasados…
—Es que es un acto milenario. Desde que el hombre es hombre que se reúne alrededor del fuego.

Mirla y yo nos sentamos juntas y hacemos un ritual que suele hacerse acá en Perú en Año Nuevo: quemamos papelitos con cosas escritas. Cosas que queremos dejar atrás. Cosas del 2013 que no tienen por qué entrar al 2014. Miedos, sentimientos, inseguridades, tristezas, preocupaciones. Leemos algunos de los papelitos en voz alta y los vamos tirando a las llamas para que desaparezcan. Miramos cómo se doblan, se ponen negros y se desintegran. Quemo también algunas hojas de mi cuaderno. Me gusta la sensación, nunca lo había hecho. El fuego se pone muy amarillo y alto cuando le damos papel.

Estamos solas. Son más de las doce de la noche, ya es seis de enero y estamos a orillas del mar, frente a un Pacífico poco pacífico.

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—Este mar no es muy ruidoso. No lo escucho desde tu casa…
—Es que tiene sus épocas… Desde que estás tú está tranquilo, pero es un mar bien pendejo. Cuando está en rojo llega a tener olas de cinco metros y la gente ni se acerca, lo mira de lejos. Es que se ha llevado a muchas personas… A mí siempre me ha cuidado, pero una vez me quiso matar. Tenía 21 o 22 años, fue antes de conocerlo a John, un día que estaba borracha. Tal vez me estaba castigando… Eran como las seis de la tarde y me metí al agua con mi primo Moncho. El mar estaba en rojo, con unas olas enormes, no sabes. Me arrastró hacia atrás y no podía salir a la costa porque las olas me iban a pegar. Mi primo no sé con qué cara me habrá visto porque empezó a nadar bien rápido y me sacó. Él ha sacado a mucha gente, siempre ha sido como un guardavidas acá en Punta Negra. Desde ese día que no me animo a meterme muy adentro.

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Todas las calles de Punta Negra son de tierra. Lo único asfaltado es la Panamericana que atraviesa el pueblo de norte a sur. Una ruta que suele ser tranquila pero que los fines de semana y feriados se llena de autos, mototaxis, combis y buses que van y vienen de Lima. Claro, cómo no escaparse a un mar que espera a menos de una hora de la ciudad. Pero hoy ya es noche de domingo y toda la playa está sucia. Vacía y sucia, como una casa después de una fiesta que estuvo llena de desconocidos.

—Tú no sabes lo que me molesta ver mi playa así de sucia.

Me imagino. A mí me molesta mucho y ni siquiera soy de acá.

Cuando la gente se volvió a Lima se ve que se olvidó de llevarse sus periódicos, sus cajas de comida vacías y sus vasos de plástico. Pocas veces estuve de este lado de la situación: casi siempre soy yo la que va a un pueblo o ciudad, visita y sigue de largo (y como generalmente me voy antes de que termine la fiesta, no llego a ver el desorden). Esta vez sí. Y pienso cómo se debe sentir la gente local en esos pueblos y playas que pasaron a ser más de los turistas que de ellos. Pienso en las ganas de irse que deben tener, o en las ganas de sacar a la gente a patadas. Por eso siento que ciertos lugares nunca deberían hacerse conocidos. Se arruinarían. La gente que llega de paso no suele cuidar lo ajeno. Hay poca conciencia del planeta (todo el planeta) como hogar. Cada cual cuida su ranchito y nada más. A veces ni eso.

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—Cuando era chica veníamos de noche con mi papá a mirar el mar, y cuando las olas rompían se veían unas chispitas, como unas lucecitas blancas en la orilla, te lo juro. Yo estaba así, no lo podía creer. Era la energía del mar que se hacía visible. Por eso creo que todo tiene vida: el fuego, el mar… Qué haría yo sin mi mar…

Me bañé pocas veces en el Pacífico, pero la primera vez fue en una playa a cinco minutos de Punta Negra. Si me dan a elegir, no sé con qué me quedo: mar caribeño transparente quietito sopa deliciosa versus océano poco pacífico con su agua más fría oscura y esas olas que me sacuden y me revuelcan. Me encanta el efecto pileta del Caribe pero también me encantan los mares con olas fuertes. Y el mar de este pueblo es especial. Es verdad que es un ser viviente, y me llena de energía.

  punta-negra-peru-aniko-villalba-1-4  Cómo negar que este mar tiene vida…

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Podría estar horas mirando el mar. Me gusta ver cómo los delfines se acercan, muy de vez en cuando, a la costa. Me gusta ver cómo los pájaros sobrevuelan la cresta de una ola buscando peces, cambian de posición de repente y se zambullen al mar disparados como flechas: de cabeza y en un segundo. Me gusta ver cómo el mar alterna olas grandes con olas chiquitas y de repente se saca y le inunda las carpas a varias familias, arrastra ojotas y baldes y deja atrás una laguna donde los nenes se ponen a correr y saltar felices. Me gusta construir castillos y que el mar de vez en cuando los destruya. También me gusta que los cubra de agua y los deje tal cual estaban. Me gustan los pozos donde se forman piletitas artificiales. Me gustan más los mares con atardeceres que con amaneceres. Me gusta perseguir a los muymuys y ver cómo se esconden en la arena. Nico (el hijo de mi amiga) tiene tres años y les tiene miedo. Yo le digo: “Nico, ellos nos tienen miedo a nosotros. Esta es su casa y se la estamos invadiendo. Hay que tratarlos bien…”. Y ahí le agarra el falso coraje y me dice que sí le gustan los muymuys pero apenas se le acerca uno levanta los brazos para que lo saque lo más rápido posible de ahí.

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Seguimos sentadas. Hay un vientito y nos salpican las gotas de una ola.

—Qué lindo que es mi mar. Qué rica brisa nos mandó. No puedo creer cómo lo ensucian, por eso nunca vengo a la playa en Año Nuevo.

Nuestra fogata ya se apagó. La poca madera que trajimos sigue encendida, naranja, pero ya no hay llamas. Pienso: como seres humanos somos un reflejo del mundo, también tres cuartas partes de agua, cada uno un mini-mundo. Tal vez nuestra atracción por el fuego se deba al simple hecho de que nuestro planeta se la pasa paseando alrededor de una bola de fuego gigante todos los días.

Si bien no creo mucho en fechas, me gusta el concepto del año nuevo, me gusta festejar ese paso. Otra vez primero de enero, otra vez un año más. El planeta dio un giro completo y vuelve a empezar. Otra vez esa sensación de arrancar de cero. Otra vuelta al sol que nos llevamos de yapa.

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(*Nota: “de yapa”, en Argentina, es una expresión que se usa para decir “de regalo”.)

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