Ilustración:
José Luis García 

En un portarretratos con forma de corazón, en la casa de una señora en los suburbios de París, hay una foto donde aparezco yo. Hasta hace unos días, esa señora y yo no nos conocíamos en persona y yo sabía menos de ella que ella de mí. Sin embargo, cuando entré a esa casa y la señora me llevó del brazo y me mostró que tenía enmarcada una foto del día que L y yo nos casamos por civil en Buenos Aires, se me hizo un nudo en la garganta. El portarretratos tenía varias fotos familiares y stickers navideños pegados en el marco, estaba apoyado sobre una estufa, al lado de un mueble con elefantitos de adorno, una lámpara de mesa y una estampita de la Virgen. En el living de la casa había alfombras, una cama de una plaza con almohadas de Marilyn Monroe y una biblioteca con cajas de lata con dibujos de la Belle Époque en los estantes. La tele estaba prendida sin sonido en un reality show, en la mesa donde estábamos sentados había una bandejita con tazas de té, vasos con borde dorado y una pecera con forma de bowl y, en la ventana, una bandera de Francia. La señora, abuela paterna de L, me agarró la mano y me preguntó en francés cuándo íbamos a tener hijos. Y yo sentí, de repente, que volvía a tener abuela.

Así nos recibía París.

L y yo habíamos volado hacía unos días desde Bali y estábamos viviendo en las afueras de París, a unos 50 minutos del centro, en la casa de uno de sus tíos. Durante los primeros días, el desajuste horario del jet-lag y el hambre atrasada de queso y baguette nos convirtió en dos salvajes que solo salían de la cueva en horarios raros y cuando no había nadie cerca para comer sandwiches de brie a oscuras en la cocina. Yo aproveché el cansancio como excusa para interactuar poco —la verdad es que me daba muchísima vergüenza hablar en francés con gente que no fuese L— hasta que la inmunidad de los primeros días se me terminó y no me quedó otra que intentar comunicarme en un idioma que entiendo bastante pero que me cuesta mucho hablar. Lo primero que me animé a decirle al tío de L fue que el café lo quería con leche (avec du lait), pero se ve que hablé con la boca demasiado abierta (no a la manera francesa) y mi pronunciación latina fue el hazmerreír de toda la semana.

Viva el queso!

Pasamos los días siguientes en familia L tiene 14 tíos y a muchos no los conocía— y nos fuimos acercando a París de a poco. El primer domingo fuimos a un cumpleaños familiar en un departamento del arrondissement (distrito) 13 y, cuando L y sus primos salieron al balcón a fumar yo salí detrás de ellos, aunque no fume, para no quedarme sola entre tanta gente nueva y terminar siendo “la mudita” que solo sonríe (o que se comporta como en este video). (En mi defensa: no estaba preparada para conocer a tantos franceses de golpe, L me vendió el plan como “vamos a tomar un petit café a lo de mi primo” y cuando llegamos vi que era un cumpleaños infantil, que había como 20 personas, que no teníamos regalo y que yo era la peor vestida del lugar, y “la nueva”, además.) El sol de invierno pegaba contra los edificios y la gente nos miraba desde la vereda: seis hombres en fila, fumando, y una chica en la punta, mirando para abajo. Vi hombres con la baguette bajo el brazo, vi pasar el camión de la basura, vi a una señora paseando al perro, vi un domingo parisino y por primera vez me sentí parte de la ciudad. De golpe empecé a sentirme en casa en un país que nunca me había interesado demasiado conocer. Es rara (y linda) la sensación de saber que ahora Francia es parte tan importante de mi vida como Argentina y que acá también tengo una familia.

El momento en la terraza

Cuando se me fue el jet-lag salí a dar paseos offline por el centro de París. Como no tengo 3G en el teléfono en Francia, pude caminar sin caer en la mala costumbre de preguntarle todo a google. París me pareció distinta a las otras veces que vine: más vacía, más amable, más colorida. Esta vez la recorrí siguiendo uno de mis mapas subjetivos —la ruta de las papelerías— y entre una parada y otra encontré arte callejero en casi todas las paredes y pequeños momentos cotidianos para guardar en mi cuaderno: una familia alimentando a los cisnes del Sena, un señor dándole de comer a las gaviotas en la fuente del Jardín de las Tulerías, un pato que le tiraba de la manga del pantalón para que le diera comida a él, un perrito ladrándole a los caballos de la policía, policías enojados y dos hombres cantando Hakuna Matata en francés en una plaza de Montmartre.

Esta fue la primera vez que estuve en París y entendí el 85 por ciento de lo que me decía la gente. Eso, para mí, es tener un superpoder. Cuando lo conocí a L yo no hablaba una palabra de francés, apenas sabía decir bonjour y merci y ahí se terminaba mi conocimiento del idioma. Esta vez, además, vine de mucho mejor humor, sin esa tristeza que no me dejaba ver, y los parisinos me parecieron muy simpáticos: los del correo me hablaron en español cuando compré estampillas para Argentina (“Prefiero el español que el inglés”, me dijo uno), en el metro me reí en complicidad con un francés cuando anunciaron por el altoparlante (y entendí) que se habían subido “tres pickpockets” al tren, una mujer me contó toda su vida y sus dramas en un negocio (y yo hice mi mejor fake French). No hubo una vez que no sintiera que estaba caminando por una ciudad de película. “Qué linda que está París”, me repetí cada pocas cuadras, y después me pregunté “¿que está o que es?”. Eso que a los extranjeros les cuesta tanto cuando aprenden español es para mí una de las cualidades más lindas de nuestro idioma: la sutil (y existencial) diferencia entre “ser” y “estar”. Si digo que linda que es París estoy hablando de algo aceptado universalmente, de algo definitivo e inmutable, pero si digo qué linda que está París estoy hablando del momento presente, del ahora, de mi mirada, y en esta visita lo que definió a la ciudad fue eso: mi manera de verla.

La primera vez que vine a París, la ciudad no me encantó. Y como estaba mundialmente aceptado que París es una ciudad que encanta, supuse que el problema lo tenía yo. Unos meses después, haciendo carpooling con un francés-vietnamita, me enteré de la existencia del síndrome de París —la desilusión que sufren algunos japoneses cuando visitan París por primera vez— y me pareció una metáfora aplicable a mi experiencia —tanto con la ciudad como con los viajes— y al momento por el que estaba pasando. Escribí un libro con ese título —“El síndrome de París”— y siempre hice énfasis en que no era un libro acerca de París, sino acerca de la desidealización, la maduración, el desenamoramiento y el yin-yang de los viajes y la vida. Y así como durante una época pensé que yo jamás dejaría de ser la de “Días de viaje”, durante otra pensé que nunca dejaría ser la de “El síndrome de París”, que esa era la nueva Aniko que había llegado para quedarse y que París nunca estaría entre mis ciudades preferidas. Tampoco pensé que el libro tuviera algo de París más que el título, hasta que volví a París después de haberlo publicado y entendí que la ciudad estaba mucho más ligada a mi proceso interno de lo que yo pensaba.

Vero, la ilustradora de ambos libros, lo expresó mejor que yo.

Esta vez París me encantó, pero tenía que volver para darme cuenta de que esa era una posibilidad y para dejar ir el pasado y las desilusiones. Esta vez vine acompañada, sin duelo, sin tristezas existenciales y con un rumbo claro. Y el círculo se cerró una tarde lluviosa en una papelería de París. Mientras miraba cuadernos hechos a mano escuché a tres japonesas diciendo “ohhh kawaiii” (“ay, ¡qué lindo!) y entendí que el síndrome no lo sufren todas, que hay muchos japoneses que vienen por primera vez a París y les encanta, que todo este tiempo me había sentido identificada con una japonesa que nunca conocí y que acá había tres que me demostraban lo opuesto. Entendí que todos tenemos una París personal que nos hace soñar y nos desilusiona, pero así es la vida. Salí de la papelería cuando dejó de llover. Me quedé parada en el boulevard, vi un rayo de luz cayendo sobre la vereda y saqué una foto. Una chica se dio vuelta, se quedó mirando lo que yo veía y sonrió. Esta París sin síndrome me parece doblemente bella.

El sol después de la lluvia

El síndrome de París en París. Foto: Brenda Espinola

 

Bonus track:

– La ilustración de portada es de José Luis García – Left Handed Graphic y fue hecha especialmente para este post. ¡Gracias José!

– Por si les interesa, esta es mi Ruta de las papelerías en París (encontré cosas muy pero muy lindas).

– Si están aprendiendo francés, les recomiendo la app Duolingo (con esa aprendí). También está bueno leer libros (me acabo de comprar Le petit prince en francés) y escuchar música: yo escucho Stromae, Manu Chao (el disco en francés), Carla Bruni y Georges Brassens.

– Y si visitan París, no se olviden de una de las reglas más importantes: siempre decir bonjour cuando entran a un negocio (más info interesante en este video). Van a ver cómo cambia la actitud de la gente con ese pequeño saludo.

– Por último, si todo falla: se ponen a cantar Foux dou fa fa.