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Existe un pueblito —llamémoslo MNN— a orillas de un río —llamémoslo RM— en un país de Asia —llamémoslo RDPL— que casi no figura en el mapa. Este pueblito de 800 habitantes es accesible solamente por barco, no tiene calles y por ende no tiene autos, motos ni bicicletas. Podría decirse que allí la rueda todavía no fue inventada. Tampoco hace falta demasiado transporte ya que la calle principal (de tierra) no tiene más de 200 metros de punta a punta. En este pueblo no hay electricidad (excepto de 6 a 10 pm mediante un generador), mucho menos ventiladores, heladeras, agua caliente, computadoras o internet. No hay bancos ni cajeros electrónicos. Hay una escuela, templos budistas, restaurantes, hotelitos y casitas de madera. Hay mujeres aplastando algas para luego freírlas y venderlas como snack. Hay chicos juntando frutos de los árboles o jugando en medio de la calle. Hay hombres trabajando en los cultivos o pescando. Hay chicas lavando ropa a orillas del río. Hay familias reunidas en una mesa a las 7 de la mañana desayunando su sopa de noodles. En este pueblito, la rutina queda enmarcada por la luz del sol y el despertador tiene sonido de gallo.

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No tenía planeado visitar este lugar (¿cómo planear una visita a un lugar casi desconocido?), pero llegué de casualidad. Estaba viajando en el barco (si se lo puede llamar así) desde Muang Khua (primera aldea de Laos donde pasé dos noches) hasta Nong Khiaw, a unas seis horas de distancia. El barco iba sobrecargado, unas 25 personas en una balsa a motor que a mitad de camino se llenó de agua. Ya está, acá pierdo todo, acá se me arruina la cámara y la computadora. Tras una parada emergencia en una isla (que también ofició de baño público) seguimos camino por los rápidos de este río enmarcado entre las montañas. Unas dos horas después, el barco hizo su primera parada oficial: un pueblito ínfimo del que se asomaban algunos bungalows y árboles con lámparas de colores. Esta no es nuestra parada pero… ¿si nos quedamos acá? Parece más lindo que el lugar al que vamos. Fue una decisión inmediata y unánime: nos bajamos todos ahí. Y por todos me refiero a mi grupo del Road Trip (ingleses, alemanes, suizo), una chica de Nueva Zelanda, una de Holanda, otra de Inglaterra, un estadounidense, una pareja francesa, una pareja suiza y algunos más. Los únicos que quedaron en la balsa fueron tres griegos que horas más tarde volvieron al pueblito ya que el lugar siguiente (a donde íbamos a ir originalmente) no les pareció nada especial en comparación con este lugar escondido.

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¿Qué se puede hacer en un pueblito así? Para los que buscan actividades turísticas, no hay mucha oferta más que hacer trekking por la montaña con un guía local, visitar otras aldeas, ir de pesca. Para quienes no quieren hacer nada, pueden hacer exactamente eso y pasar los días leyendo en una hamaca paraguaya frente al río (lo cual me recuerda muchísimo a mis fin de semanas en el Tigre, salvando las distancias). Yo elegí caminar, comer y sacar fotos.  Todos los días a partir de las 2 de la tarde, en tres puntos del pueblo se ofrece un buffet: “All you can eat” por 10.000 o 15.000 kip (USD 1.50 – 2). Comida vegetariana recién cocinada por una mujer del pueblo: curry de calabaza, bambu con brotes de soja, noodles con verduras, spring rolls recién hechos, arroz con salsas secretas, arvejas, frutas, postres de arroz con peanut butter. La carne se paga aparte, 10.000 kip por porción, y se puede elegir entre  pescado, pollo, pato o búfalo asado. Nunca comí tan rico y tan bien. Recorrí el pueblo de punta a punta en menos de 20 minutos. Todas las casas están abiertas, nadie usa trabas, toda la gente sonríe amablemente y saluda con un sabaydee seas local o extranjero. Nadie te acosa con el comprame comprame comprame. La mayoría casi no habla inglés pero se hace entender.

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Mientras caminaba por la (única) calle principal se me mezclaron los sentimientos: este pueblito no es virgen, recibe visitantes de otros países y eso es bueno, pero tengo la sensación de que en menos de diez años este lugar va a tener más turistas que locales y que esa autenticidad que lo hace tan mágico se va a perder entremedio de las ofertas, tours y descuentos. Un lugar tan puro no merece prostituirse por culpa del turismo, un pueblito así debería quedar suspendido en el tiempo y el espacio, una aldea como esta debería recibir solamente los visitantes necesarios para poder seguir subsistiendo cómodamente pero sin peligro de venderse o perder su esencia. Un pueblito como este —llamémoslo MNN, llamémoslo como sea— jamás debería aparecer en los mapas.

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