Esta es la quinta y última entrega de la serie “Recuerdos de Centroamérica”, fotorrelatos de mi paso por Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala en el 2008 y el 2009.

Pasajera en tránsito

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Cuando todavía me gustaba volar, ver estas nubes por la ventana del avión era lo mejor que me podía pasar. Nubes esponjosas, fluffy, como de algodón, nubes que parecían humo congelado en el cielo, nubes para tirarse encima y hacer vueltas carnero. Nota al margen: pronto escribiré un post acerca de mi miedo a los aviones, pero ese es un tema aparte.

Hoy me toca Guatemala, y en Guatemala pasaron tantas cosas que no sé por dónde empezar.

Si bien incluyo este país dentro de la serie “Recuerdos de Centroamérica”, el de Guatemala fue un viaje aparte, no formó parte de mi primer viaje largo por América Latina sino que fue posterior, un viaje paréntesis entre América Latina y Asia. El plan era recorrer Guatemala y El Salvador durante tres semanas y relatarlo todo en un blog que ya no existe —un blog muy under que fue el antecedente real de este y se llamó anikoviajandoporahi punto blogspot—, pero a los dos días de haber llegado a Guatemala me enfermé de dengue, a la semana me internaron y al final me volví antes. Les cuento más de eso en un rato.

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En alguno de los tres aviones que tomé para volar de Buenos Aires a Guatemala empecé a leer uno de mis libros preferidos: Ébano, los relatos de Ryszard Kapuściński, un periodista, corresponsal y escritor polaco, acerca de sus viajes por África. En mi cuaderno copié un párrafo que me gustó:

“Hace tiempo, cuando los hombres atravesaban el mundo a pie o a caballo, el viaje los iba acostumbrando a los cambios. El hombre tenía tiempo de familiarizarse con ambientes diferentes, con nuevos paisajes. El clima también cambiaba gradualmente, poco a poco. ¡Hoy no queda nada de aquellas gradaciones! El avión arrebata violentamente del frío glacial y de la nieve para lanzarnos, el mismo día, al abismo candente del trópico.”

Lo primero que pensé al ver Guatemala desde la ventana del avión fue que era muy verde. Un verde frondoso, un verde casi fluorescente. Después de tres aviones y diez horas aterricé en Ciudad de Guatemala y me fui directo a Antigua, un pueblo colonial que fue capital del país durante su historia. Ahí me picó el mosquito denguero (?), pero me enteré de eso después. Empezaba mi viaje.

Cosas que pasan en Antigua

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Escribo, ante todo, para no olvidarme de las cosas que me pasan. Si no tuviese tantos apuntes y cuadernos de viaje no sé si me acordaría de todo con tanta claridad. Durante mi primer día en Antigua, en el cuaderno de turno, anoté:

Antigua (o La Antigua Guatemala) es un pueblo chiquito, colonial, encantador. Los guatemaltecos están orgullosos de este lugar, y tienen razón, es mágico, en muchas maneras similar a otras ciudades coloniales de Centroamérica como Granada o León, en Nicaragua. Pero a pesar de las similitudes, Antigua tiene su personalidad. Si bien siempre hay gente en la calle, tanto locales como turistas, por momentos pareciera que no pasa nada… Es que lo importante está en los detalles.

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En Antigua la gente saluda. Si uno va caminando por la calle y se cruza con alguien, por más desconocido que sea, intercambia aunque sea un “buenos días/buenas tardes”. Algo que en una ciudad parecería raro, acá es normal e incluso sería descortés no hacerlo. La gente es amable, si hacés una pregunta intentan ayudarte de la mejor manera posible.

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En Antigua hay color. Las casas están pintadas de rojo, amarillo y azul. Algunas construcciones están mucho mejor conservadas que otras, y no debe haber una casa que tenga más de dos pisos. El color también está en la ropa de las mujeres indígenas, que se visten con sus polleras largas, camisas bordadas y telas coloridas. Y el color está en los mercados artesanales y productos que se ofrecen por todo el pueblo: ropa, gorros, muñecos, alfombras, almohadas, cubrecamas, collares, pulseras, carteras, máscaras, instrumentos, cuadros, billeteras.

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En Antigua hay sonidos. Este pueblo no es silencioso, hay música que sale de los bares, de los locales y de las camionetas que circulan haciendo publicidad. Hoy escuché desde Enrique Iglesias hasta Britney Spears, pero nada de Arjona (que no me gusta, pero es guatemalteco).

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En Antigua puede no haber mucho para hacer, pero una de las mejores actividades es sentarse en un banco del Parque Central y mirar. Lo más probable es que a los pocos minutos alguien se acerque a charlar. Hoy, mientras miraba a una mujer maya con sus hijas, la más chiquita vino hasta mi banco para ofrecerme collares. Le dije que eran muy lindos pero que no quería comprar ninguno. Me miró con los ojos muy abiertos y me preguntó por qué no hablaba inglés. Le dije que venía de Argentina, un país donde se habla castellano, y le pregunté si ella sabía hablar inglés. Me dijo que sí pero que no podía hablar mucho y se fue corriendo a donde estaba su mamá. Después de eso escribí un cuento que titulé Maya, en el que intenté imaginar cómo era el día a día de esa nena.

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Antigua fue una de las capitales coloniales de América entre los siglos 16 y 18. En 1773, un terremoto destruyó gran parte de la ciudad y la capital de Guatemala fue trasladada a Ciudad de Guatemala. En 1776, la ciudad quedó casi abandonada: pasó de ser una capital llena de gente a un pueblo tranquilo. En 1979 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco por su arquitectura colonial bien preservada y se convirtió en uno de los destinos más visitados del país.

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Después de tres días ahí me subí al chicken bus que me llevaría al siguiente destino: el lago de Atitlán.

Vueltas por el lago de Atitlán

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A Atitlán hay que ir con tiempo y dedicarse a estar.

El viaje de Antigua a Panajachel, uno de los pueblos principales del lago, duró dos horas y media. Unos veinte minutos antes de empezar el descenso a Pana —como le dicen los locales— aparecimos frente a esta vista panorámica. Desde ahí arriba se veían varios de los pueblos que rodean al lago volcánico: Panajachel, Santiago de Atitlán, San Marcos, San Pedro, Santa Cruz. Se puede ir de uno a otro en bus, pero lo lindo es trasladarse en bote.

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Lo mío fue casi un ta-te-tí —soy veleta desde siempre—: saqué pasaje en lancha desde Pana a San Pedro La Laguna (sin saber muy bien por qué), pero decidí bajarme antes, en San Marcos. Cambié de plan sobre la marcha porque, leyendo la guía, me enteré de que San Marcos era un pueblo más chiquito y tenía centros de meditación y reiki. Nunca practiqué ni meditación ni reiki —me gustaría—, pero el lugar me tentó.

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El paisaje que se veía desde la lancha era imponente: el lago rodeado de montañas con distintos tonos de verde, pueblos grandes y pueblos chiquitos en las laderas y tres volcanes a orillas del agua.

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San Marcos es un pueblo de 3000 habitantes y se llega a todos lados caminando. En el 2009, cuando estuve, era muy tranquilo, ahora no sé si habrá cambiado. Desde que puse un pie en tierra firme —escribí en mi cuaderno— empezaron a hacerme preguntas. En Guatemala, la mayor parte de la población indígena es maya. Además de hablar español e inglés, cada grupo habla su dialecto, muchas veces inentendible para el resto. Durante esos días pasé por el interrogatorio más que simpático de la gente del lugar.

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En el hostel, un grupo de chicos de no más de diez años quiso saber de dónde era, a dónde iba, de dónde venía, cuántos días me quedaba y si estaba casada. Al rato, cuando salí a comer, escuché que alguien me decía “That way not good!”, retrocedí y le di las gracias al señor que me había avisado. La pregunta recurrente era y cómo es que habla español, si parece gringa. Ja. Le expliqué que era argentina y él me contó que era chamán y que estaba haciendo una investigación de plantas medicinales. Le compré un frasquito de aceite de almendra, que me convenció por el olor —soy fanática de cualquier cosa hecha de almendras—.

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Esa tarde llovió, como casi todos los días durante aquel viaje en época de lluvia, y cuando paró recorrí el pueblo. Se estaba celebrando un acto religioso en una iglesia, y escuché los cantos de las mujeres hasta la noche.

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Este pueblito me regaló postales de momentos, como estos dos nenes deslizándose por la pendiente en cajas de bebidas.

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O mujeres caminando con canastos de fruta en la cabeza.

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A la mañana siguiente, antes de irme a San Pedro, nadé un rato en el lago. Era bastante transparente y, según me habían dicho, la temperatura variaba a lo largo del día. A lo lejos se veían las balsas y canoas de la gente local flotando cerca de la costa, pescando. Cuando salí del lago se me acercó una nena y me saludó. Me preguntó de dónde era y me dijo que ya me había visto por el pueblo. Se llamaba Sandra, tenía 14 años, se dedicaba a vender paltas (aguacates) y era de San Marcos, pueblo del que nunca había salido. En aquel momento no me gustaba la palta, hoy me encanta y me arrepiento de no haberle comprado una. Le pregunté algunas cosas acerca de su vida y después nos quedamos sentadas en silencio durante un rato, haciéndonos compañía frente al agua. Al ratito me dijo mucho gusto, me dio la mano y se fue caminando con la canasta de paltas sobre la cabeza.

El mercado indígena de Chichicastenango

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Si querés ver colores tenés que ir a Chichicastenango, pero tenés que ir un jueves o domingo, que es cuando las calles del pueblo se convierten en uno de los mercados mayas más importantes y concurridos del país.

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Llegué el día anterior y me pareció un lugar muy tranquilo. El jueves a la mañana, cuando me desperté, el paisaje había cambiado: las calles se habían llenado de color, olores, sonidos, conversaciones y personas.

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¿Qué se vende en Chichi? Qué no se vende.

Hay de todo un poco: bolsos,

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muñequitos,

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telas bordadas,

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ceviche,

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llamadas telefónicas,

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comida,

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madera,

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escobas,

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sombreros,

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alfombras,

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frutas (y más llamadas telefónicas),

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artesanías,

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máscaras,

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flores,

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remedios,

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Y un etcétera donde caben muchas cosas, desde zapatillas y cds hasta gallinas y remedios para el insomnio.

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Y vayas de compras o no, en el mercado se regalan muchas cosas: miradas, sonrisas, escenas cotidianas.

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Señores que no aguantan el cansancio (son días largos los del mercado).

mercado-indigena-chichicastenango-guatemala-15  Madres con sus hijas.

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Y gente practicando sus oficios.

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El mercado de Chichicastenango es color, es olor a tortilla, a frito, a pescado, a especias, a flores. Es música, es ruido, bullicio, barullo, charlas, risas, conversaciones, es un “¿qué va a llevar seño? Buen precio para usted…”, es un “cómpreme amiga, que no vendí nada hoy, se lo dejo a precio especial, lleve para usted, para regalo, para su mamá, su papá…”. Y más allá de los productos que se ofrezcan, lo que le da vida al mercado es la gente: las madres sentadas en los puestos de venta con sus bebés, las mujeres trabajando en sus artesanías, los hombres charlando con sus amigos de los puestos cercanos, las nenas que me persiguieron para que les comprara un helado a cada una, los vendedores intentando convencer a los extranjeros de que su precio era el mejor.

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Y al final del día, todo terminó tan de golpe como había empezado. Fue como ver una película para atrás: todos empaquetaron sus productos, los cargaron en la espalda o sobre la cabeza, se fueron a esperar el bus y desaparecieron rumbo a sus pueblos y ciudades. Hasta el próximo domingo, para volver a repetir el ritual.

Posdata: tengo dengue

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Como les dije al principio, mi viaje por Guatemala se terminó antes de tiempo. A los dos días de haber llegado me empecé a sentir muy mal, al tercer día perdí el hambre y dejé de comer, al séptimo día ya no podía levantarme de la cama así que fui al hospital y terminé internada por dengue y amebas intestinales. Adelanté la vuelta a Buenos Aires porque había quedado tan debilitada que no tenía ni fuerza para levantar la mochila, mucho menos para seguir viajando.

Estuve a un paso de Tikal, las ruinas mayas más importantes del país, y no pude conocerlas. Una de las enfermeras que me atendió me dijo que era “la maldición de Tikal”. A pesar de todo, haber tenido dengue terminó siendo una experiencia positiva porque me permitió experimentar la hospitalidad guatemalteca desde otro ángulo. Pasaron más de seis años de esto pero todavía me acuerdo de la doctora, de las enfermeras, de cómo me cuidaron como si fuese una hija, de cómo me gustó vivir el día a día dentro de esa pequeña clínica maya y enterarme, gracias a las enfermeras, de las historias de cada paciente. Toda esta parte la cuento en un capítulo de mi libro, así que si tienen ganas de ampliar la historia, la encuentran por ahí.

En la cama del hospital terminé de leer Ébano con lágrimas en los ojos y fui consciente de cómo nos necesitamos unos a otros para sobrevivir. Guatemala fue un país que me encantó y al que le debo un segundo viaje: tengo que ir a Tikal. Y tengo que pasar a saludar por la clínica, a ver si todavía se acuerdan de mí.

 

Acerca del dengue y algunos recaudos

El dengue es una enfermedad infecciosa causada por un virus y transmitida por mosquitos. Está presente en todas las regiones tropicales y subtropicales del mundo y en algunas zonas es un problema de salud pública. Dicen que más de la mitad de la población mundial está en riesgo de contraer la enfermedad, yo conozco a por lo menos diez personas que lo tuvieron y que hoy, como yo, están más que bien. Cuando la doctora me dijo que tenía dengue, lo primero que pensé fue me voy a morir, hasta acá llegué. Poco antes había habido una epidemia en Argentina y los medios la mostraban como una enfermedad mortal, así que supuse que lo mío también iba a ser grave. La doctora me tranquilizó, me dijo que no me iba a pasar nada, que me darían suero y vitaminas por unos días y que estaría bien.

El dengue, en el 80 por ciento de los casos, es asintomático. La enfermedad, si bien es una sola, puede presentarse de dos maneras: dengue y dengue grave. Los síntomas del dengue son: fiebre, dolores de cabeza, dolor intenso en las articulaciones y músculos y erupciones en la piel. El dengue grave es el dengue hemorrágico, y ese estado es el que puede provocar la muerte. Si piensan viajar a Centroamérica, lleven los recaudos normales que usarían para combatir a los mosquitos: repelente y ropa larga. Estos malditos suelen picar al amanecer y al atardecer, y crecen en cualquier lugar donde haya agua estancada. Si de golpe tienen fiebre sin razón, vayan al médico.

En la clínica donde me internaron también descubrieron que tenía amebas, y creo que eso fue peor que el dengue, ya que las amebas son capaces de ulcerar el intestino y derivar en disentería. Así que mi consejo —y esto fue algo que me enteré tarde— es que en Guatemala solo tomen agua embotellada.

Este fue el último capítulo de “Recuerdos de Centroamérica”. Los invito a leer acerca de mi paso por Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras. En unas semanas (o meses, no sé todavía) subiré los relatos de mi primer viaje por Sudamérica.