Recibí la pregunta tantas veces a lo largo de mi vida que ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que repetí la misma frase. ¡¿Cómo que no conocés Rosario?!, me dijeron una y otra vez amigos, conocidos y familiares. Y ante su mirada incrédula siempre respondí lo mismo: No, nunca fui… Fito tiene razón: Rosario siempre estuvo cerca (de Buenos Aires, a poco más de 300 km) pero yo, quién sabe por qué, nunca me digné a visitarla. La culpa inicial (si es que existe algo así) claramente la tiene mi mamá, que nunca me llevó cuando era chica. Ella, encima, fue a Rosario después de tenerme a mí (no sé si una o varias veces, tampoco sé si quiero saber), pero por alguna razón no me llevó. Qué atrevida. Ya se lo reproché el otro día: ¡¿por qué nunca me llevaste a Rosario?! Probablemente no era el momento.

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A lo largo de mi vida Rosario estuvo ahí, donde siempre, viviendo su propia existencia (al igual que cualquier otra ciudad del mundo, ya sea Delhi, ya sea París, ya sea Atenas, que no haya sido la mía). Eso es algo que me impresiona: lo de saber que en este mismo momento hay miles de ciudades viviendo su propia vida, alejadas de mi mirada (la película Baraka representa muy bien este sentimiento). Mientras yo estoy acá en Buenos Aires, en otro lugar llamado Kabul o Madrid o Santo Domingo pasan cosas, la gente camina, cocina, trabaja, se enamora, llora, ríe, muere, mata. Y todo ese movimiento y vida previa es lo que me hace sentir que viajar a una ciudad nueva es como llegar al cine cuando la película ya empezó. Durante esos primeros minutos en los que me enfrento a la historia por la mitad tengo que inferir (o preguntar en voz baja) qué fue lo que pasó antes de que yo apareciera por ahí. Mientras yo estoy quieta las ciudades se mueven, y eso es lo que hizo Rosario durante los 27 años en que no la visité. Se movió en todas las direcciones.

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Que no nos hayamos conocido en persona hasta hace poco no quiere decir que no me hayan hablado de ella a lo largo de los años. Rosario siempre estuvo presente en mis conversaciones. Tengo varios amigos y conocidos de Rosario. Tengo amigas que se fueron allá a estudiar o a festejar despedidas de soltera. Tengo lectores rosarinos. Creo que todos los argentinos que conozco se fueron a pasar aunque sea un fin de semana a Rosario alguna vez en su vida. Rosario es la ciudad natal de Messi, de Olmedo, de Antonio Berni, de Fontanarrosa, del Che Guevara, de Fito Páez y de tantos otros. Cuántas veces me dijeron: “Tenés que ir a Rosario, está tan linda, hay tanto para hacer…”. Y yo siempre pensaba: “Sí, ya iré, cuando sea el momento”. Pero el momento no llegaba y yo tampoco quería forzarlo. Sabía que Rosario me iba a avisar, ella iba a dejarme un mensaje en el contestador diciéndome: Che… ¿por qué no te venís? Y yo iría.

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rosario-aniko-villalba-110  Todas las fotos de este post son de Rosario. Esta es de un sector del Monumento a la Bandera

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Ese mensaje finalmente apareció una tarde de enero, en forma de email. La que me escribió en nombre de Rosario fue Yamile, la asesora turística de la Cooperativa Encuentro, una comunidad conformada por 22 mujeres artesanas de Rosario y de Villa Constitución. Yamile me invitaba a conocer, junto a otros viajeros, el trabajo de la Cooperativa y uno de sus últimos proyectos: la Posada Los Soles, una casa antigua restaurada, manejada por la Cooperativa bajo los preceptos del turismo comunitario y responsable. Me pareció interesante entrar en contacto con un grupo de gente que justamente buscara crear una movida de turismo alternativo en la ciudad así que acepté. El momento por fin había llegado, Rosario y yo cara a cara ya era un hecho inminente.

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rosario-aniko-villalba-3  Nidia y Marta son dos de las mujeres que forman parte de la Cooperativa Encuentro.

rosario-aniko-villalba-2  Nos recibieron en Villa Constitución con el desayuno y muchas historias.

Lo primero que sentí al llegar fue, como dije antes, que había entrado a la sala de cine con la película empezada. En Rosario pasaron muchas cosas de las que no estoy enterada. Es una ciudad que cambió mucho, aunque de qué formas aún no lo sé. Yo la conocí de cara al río, sin embargo varios me aseguraron que durante mucho tiempo le dio la espalda. Conocí el después de Pichincha, aquel barrio que fue famoso por sus prostíbulos y su ambiente. Llegué al bar El Cairo cuando Fontanarrosa ya no estaba. Encontré muchísimos mensajes escritos en las paredes, mensajes que hacían referencia a eventos pasados que todos conocían menos yo. Al igual que en Barcelona, en Rosario encontré un cadáver exquisito plasmado en todas las paredes de la ciudad: “Mi corazón sangra utopías… por vos”, “¡Basta!”, “Si te cela no te quiere”, “Movimiento anti mala onda”, “8N yo voy al Monumento”, “El capitalismo es inhumano”, “Ni botas ni votos”, “Todos flotan”… Encontré stencils y graffitis de bicicletas y hormigas en las paredes, haciendo referencia (me enteré después) a los 350 estudiantes rosarinos desaparecidos durante la Dictadura y a Pocho Lepratti, un militante social asesinado por la Policía de Santa Fé en el 2001 (pueden leer su historia y conocer el “trabajo de hormiga” que realizaba en los barrios humildes de Rosario acá).

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Mi sensación fue que había llegado tarde a muchas cosas y temprano a otras. Sentía que Rosario había vivido, se había movido mucho, y que aún le quedaba mucho camino por recorrer. Y a la que aún le faltaba moverse mucho por Rosario era a mí.

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Durante los primeros días, más que conocerla por tierra la conocí por agua. Gracias a las mujeres de la Cooperativa tuvimos la oportunidad de navegar por el Paraná en velero. Mientras agarraba el timón —porque me dejaron timonear un rato— recordé aquel cruce en barco de Colombia a Panamá, uno de los mejores viajes en barco de mi vida, y sentí esa libertad que solamente puede darme la brisa de mar o de río sobre la cubierta de un barco. Sentí ganas, otra vez, de salir a dar la vuelta al mundo en barco. Cuando me zambullí en el Paraná me acordé de todos los fines de semana que pasé en el Tigre, nadando en ese mismo río. Si de chica se me hubiese dado por construir una balsa y escapar, tal vez hubiese llegado a Rosario por río. Pero nunca se me ocurrió. Me sorprendía, ahora, ver ese mismo río que yo siempre relacioné con el Tigre, con mi infancia, con mis salidas en canoa y en barquito inflable, con toda una ciudad de fondo. El Paraná, para mí, siempre había sido el Paraná de las Palmas y había estado a pocos metros de mi casita del Delta, con muchos árboles y mucha nada a su alrededor. Verlo anexado a una ciudad era algo totalmente nuevo y me hacía pensar en lo lindo debía ser tener la naturaleza a tan pocos pasos de la cama, todos los días y no solamente los fines de semana…

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Los cuatro días en Rosario fueron una sobredosis de estímulos. Nadé en el río. Caminé por algunos de sus barrios. Vi sus cúpulas. Admiré su arquitectura. Aunque si bien vi e hice bastante, no puedo decir que ahora sí la conozca. Me falta mucho para eso. Digamos que en este primer viaje la miré de cerca, recorrí sus contornos —el río, algunas avenidas— pero todavía no me sumergí demasiado en ella. Siento que es una ciudad en la que hay que vivir para poder decir que se la conoce. Este viaje fue el principio de una conversación que, espero, durará años. Yo, por mi parte, le hablé bastante de mí. Durante uno de los días del viaje, junto con los chicos de Magia en el Camino y los Acróbatas en el Camino (y gracias a la enorme ayuda de las mujeres de la Cooperativa Encuentro) hicimos un evento multiartístico titulado Rosario Nómada: seis viajeros, un mundo. Presentamos una exposición conjunta de fotos, hicimos burbujas y magia y dimos tres charlas, una por pareja, contando nuestra historia. Al menos en mi caso, siento que esa fue mi manera de contarle a Rosario todo lo que estuve haciendo, todo lo que me moví, antes de conocerla.

rosario-aniko-villalba-31 Burbujas

rosario-aniko-villalba-34 Fotos

rosario-aniko-villalba-35 Puestito

Foto: Demian

El evento. 

rosario-aniko-villalba-60 El frente de la Posada Los Soles, donde dormimos y realizamos el evento viajero

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Incluso salimos en el Diario La Capital de Rosario (¡y fuimos la noticia más leída!)

Uno de los mejores momentos que me llevo de Rosario, sin embargo, ocurrió hace unos días, cuando Damián y yo volvíamos en colectivo a Buenos Aires desde la provincia de Córdoba. Habíamos tomado el bus nocturno desde Villa Carlos Paz y, si todo salía bien, teníamos que estar en Buenos Aires a eso de las 8 de la mañana del día siguiente (el trayecto habitual es de unas 4 horas hasta Rosario y otras 4 horas hasta Buenos Aires). Pero algo pasó. En algún momento de la mañana el conductor nos despertó a todos para avisarnos que teníamos que cambiar de colectivo. Estábamos estacionados en un lugar que parecía ser un taller de reparación de ómnibus de larga distancia, así que nos bajamos obedientemente y cambiamos de vehículo. Escuché que alguien preguntaba “¿dónde estamos?”, pero la respuesta me la tapó un bocinazo inoportuno. Me senté contra la ventana y, mientras el colectivo se movía, miré hacia afuera y empecé a sacar conclusiones. No tenía idea ni dónde estábamos ni qué hora era. Sólo sabía que estábamos atravesando una ciudad para, seguramente, salir a la ruta. Desde mi ventana vi que la gente del lugar estaba empezando el día: algunos barrían la veredas, otros esperaban el colectivo, otros caminaban con sus maletines y carteras rumbo al trabajo. Bien, eso quería decir que serían aproximadamente las 7 u 8 de la mañana, horario en el que en teoría debíamos estar en Buenos Aires. Pero aquella ciudad que veía por la ventana no era Buenos Aires. ¿Dónde estábamos?

rosario-aniko-villalba-61 Pongo estas fotos a modo ilustrativo, ya que estaba tan dormida y sorprendida que ni siquiera se me ocurrió sacar una foto desde la ventana del colectivo…

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Al principio pensé que estábamos atravesando alguna gran ciudad de la Provincia de Buenos Aires, ¿pero cuál? El lugar me llamaba mucho la atención: las calles eran anchas, había ciclovías, casas muy lindas, mucha vida urbana. El juego de adivinar en qué lugar de Argentina estábamos me empezó a divertir. Busqué pistas en los carteles de los negocios, en los nombres de las calles: tal vez en algún cartel diría de qué localidad se trataba. Pero nada. La sensación era rarísima: realmente no tenía ni idea en qué lugar del mapa estábamos. Leí el nombre de una calle —Bv. Avellaneda— y decidí recordarlo para googlearlo más tarde. Todavía no me avivaba. Tampoco me avivé cuando vi el cartel verde que decía: “Buenos Aires 304 km, Santa Fé 173 km, San Lorenzo 29 km”. Nada. Ya hacía por lo menos 25 minutos que estábamos atravesando la ciudad desconocida y yo estaba disfrutando del city tour misterioso sin tener idea de dónde estaba. Seguía muy dormida. Al rato vi una bandera que decía “… por primera veS en Rosario…” y caí. Cuando agarramos Bv. Oroño todo me cerró. El colectivo se había atrasado cuatro horas y había tenido que hacer una parada técnica en el taller. El por qué no me importaba demasiado, lo que me importaba era la casualidad de lo que había sucedido: habíamos atravesado un camino que estaba fuera de nuestros planes y, gracias a eso, una ciudad desconocida había entrado por mi ventana y me había intrigado muchísimo. Y resultó ser que esa ciudad por la que me moví aquella mañana, medio dormida medio despierta, fue la mismísima Rosario.

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Gracias a las mujeres de la Cooperativa Encuentro por invitarnos a Rosario y por permitirnos conocer y ser parte de sus proyectos. Gracias también a todos los que fueron al evento “Rosario Nómada”. Esperamos repetir en algún momento en Buenos Aires.

La Posada Los Soles está ubicada en Corrientes 474, a tres cuadras del río, y es una buena opción de alojamiento en el centro de Rosario. Tiene cinco habitaciones, una sala de estar y una cocina-comedor. Pueden encontrarla en Facebook.

Para saber más acerca de la historia de la Cooperativa Encuentro, les recomiendo el post de Magia en el Camino: “Sacarte el delantal y ponerte los tacos”

En la segunda parte de esta entrega, burbujas y fotocharcos en Rosario.