“El número siete, por sus virtudes ocultas, tiende a realizar todas las cosas. Es el dispensador de la vida y fuente de todos los cambios, pues incluso la Luna cambia de fase cada siete días. Este número influye en todos los seres sublimes.” (Hipócrates)

El siete y el dos siempre fueron mis números preferidos. No soy muy original: las estadísticas —que en este caso no tengo idea cómo se calculan— dicen que el siete es el número preferido de la mayoría de la población mundial. El siete me sirve para expresar cosas que otros números no me permiten: me gusta decir “llego en siete” o “dame siete minutos” cuando el cinco me parece muy corto y el diez demasiado completo. El siete indica algo que no se hace enseguida pero que tampoco lleva dos cifras de tiempo, aunque a veces eso de ser un número intermedio me pone en un limbo: tener 27 años, por ejemplo, me pareció una edad rara. Sentía que todavía estaba cerca de los 25 y a la vez acercándome a los 30, o sea que no estaba en un lugar muy definido. Tener 29 me gusta más: al menos sé que en un año cambio de década y que me acerco a una etapa distinta.

Cuadro by vero gatti y Luna

Cuadro by vero gatti y Luna

Muchos dicen que el siete es el número perfecto y que tiene poderes especiales. El siete está en todo. Los siete días de la semana, los siete planetas clásicos en la astrología, los siete pecados capitales, los siete colores del arco iris, los siete cielos del Islam, los siete sacramentos del Catolicismo, las siete edades del hombre según Shakespeare, las siete notas musicales, los siete mares, las siete vidas de los gatos, las siete diferencias, los siete chakras, los siete enanitos, siete años en el Tíbet, siete monos, el séptimo hijo varón, el mundo creado en siete días. La suma de las caras opuestas de los dados siempre da siete. Le dicen el número mágico porque está formado por la suma del tres —sagrado— y el cuatro —terrenal— y forma, entonces, un puente entre el cielo y la tierra.

Siete años en la ruta (en esta foto: Islandia)

Siete años en la ruta (en esta foto: Islandia)

En mi caso, ayer cumplí siete años de vivir viajando. El 28 de enero de 2008 me puse la mochila, tomé un bus de ida de Buenos Aires a La Quiaca —la frontera entre Argentina y Bolivia— y, sin tener mucha idea de lo que estaba haciendo, decidí que ese sería el primer día del resto de mi vida. Desde ese 28 de enero hasta hoy viajé por más de treinta países en cuatro continentes, viví en varias ciudades, escribí dos blogs de viajes con más de cuatrocientos posts, publiqué nosécuántos artículos de viajes en revistas, expuse fotos de viajes, fui columnista de viajes en programas de radio, di charlas de viajes y autopubliqué mi primer libro de relatos de viajes. Durante siete años puse todas mis energías en construir esa realidad que había elegido: ser viajera.

Candado budista en los puentes de París.

Candado budista en los puentes de París.

Pero dicen que algo pasa a los siete años. Hay una teoría psicológica que asegura que después de despertarte 2555 días junto a la persona que elegiste de pareja para toda la vida aparecen las dudas, preguntas y desilusiones: la famosa crisis o comezón del séptimo año de matrimonio. ¿Esto es lo que quiero para siempre? Nunca tuve una relación de siete años así que en ese aspecto no sé, pero sí sé que hace 2555 días me despierto con la misma etiqueta y con el mismo estilo de vida, ese que elegí hasta que la muerte nos separe solo por intuición, sin siquiera haberlo testeado antes. A veces pienso en lo fácil que usamos las palabras “para siempre”. A los veintidós años decreté, así de fresca, que viajaría para siempre, pero nunca pensé en todas las cosas que pasarían entre mis veintidós y el para siempre. Yo solo veía la meta: cumplir ese sueño.

Mensaje visto en Praga.

Mensaje visto en Praga.

Ondas luminosas. Esta foto la saqué en la exposición de Kusama en el Malba, Buenos Aires.

Ondas luminosas. Esta foto la saqué en la exposición de Kusama en el Malba, Buenos Aires.

En siete años, ese sueño dejó de ser una ilusión y se convirtió en algo corpóreo, y mi vida de viajes tuvo subidas y bajadas. Como vivir en movimiento me hace perder la noción del calendario, me gusta pensar en años-viaje y poder, así, diferenciar cada bloque de tiempo y recordar por qué cada año fue distinto.

El año uno empezó con la euforia del primer paso: esto es lo que siempre soñé ahora sí que seré feliz toda la vida. El año dos fue el del primer regreso y la depresión post-viaje: para qué volví, no sé si voy a poder seguir viajando, qué va a ser de mí. El año tres me fui a Asia y otra vez la euforia: esto es lo que siempre soñé ahora sí que seré feliz toda la vida bis. El año cuatro apareció la calma y logré cierta estabilidad: bueno, creo que ya puedo decir que me dedico a escribir desde cualquier lugar del mundo. El año cinco estuvo desbordado por la emoción y el agotamiento de escribir un libro: este es el resultado de hacer las dos cosas que más me gustan, pero cómo cansa. El año seis volví a viajar y tuve una sensación que intenté tapar durante mucho tiempo: esto no es lo que esperaba. Había empezado el proceso de desidealización de la vida soñada, una de las mejores cosas que me pasaron desde que me fui de Buenos Aires, ya que me permitió ver todo de manera más real. Y el año siete, este que se acaba de cumplir, es el de las preguntas: bueno, ya sé más o menos cómo son las cosas, ¿y ahora qué?

Por las calles de Salamanca, España.

Por las calles de Salamanca, España.

Cumplí siete años de viajera en un estado intermedio —típico del siete, diría—: viviendo en otro país. Es decir: ni del todo en mi casa, ni del todo de viaje, ni tan quieta, ni tan en movimiento. Ni sí ni no, ni blanco ni negro. ¿Qué estoy haciendo entonces? ¿Estoy viajando? ¿Estoy frenada? ¿Debería estar viajando? ¿Debería estar con ganas de viajar? ¿Debería volver? Siempre dije que iba a viajar toda la vida, pero ¿y si me canso? ¿Y si me aburro? ¿Y si ya no me motiva? ¿Y si de golpe aparecen otros intereses? De acá a “toda la vida” falta mucho, y hay un montón de otras cosas que me gusta hacer además de viajar. ¿Qué pasaría si les dedico más tiempo? ¿Si cambio de profesión? ¿Si cierro el blog, dejo de escribir y desaparezco de internet? ¿Podría ganarme la vida? ¿Lo mío es escribir sí o sí? ¿Y si cambio de rubro y pongo un negocio de algo? ¿Y si refloto ese sueño de irme a cosechar lechuga a una granja en Canadá? Pero a mí viajar me gusta, aunque tambiénETC. Esto de tener monólogos internos constantes es agotador.

Músico callejero en Praga, frente al muro de John Lennon.

Músico callejero en Praga, frente al muro de John Lennon.

Ojo de Magritte en Bélgica.

Ojo de Magritte en Bélgica.

Para mí, el superpoder del siete es que, cuando lo usás para contar años, marca un quiebre. Siete años es un tiempo considerable para estar en algo, aunque no llega a ser una década: si quiero arrepentirme, todavía estoy a tiempo. Obvio que a los diez años también puedo arrepentirme, pero el siete es más liviano, no es un número cerrado. Entonces me siento así, como si estuviese terminando un período de prueba, el test-drive: ya sé cuáles son las cosas que más me gustan de vivir viajando y cuáles son las que más me cuestan, ya sé en qué consiste y en qué no consiste este estilo de vida. Ahora puedo decidir si seguir o cambiar. O si seguir pero de otra manera. Si acelerar o desacelerar. Si dedicarle más tiempo a esto o a otras cosas. Las opciones son muchas. Y lo bueno es eso: que tengo opciones, que nadie me obliga a estar encadenada a nada.

Frente al reloj en París.

Frente al reloj en París.

Infinito (foto: Islandia)

Infinito (foto: Islandia)

Pero entre tantas preguntas, también tengo algunas certezas. Me demostré —a mí, no a otros— que puedo vivir con mis reglas, aunque esto de no tener manual de instrucciones hace que tenga que estar reescribiéndolas todos los días. También entendí que no tengo que impresionar a nadie ni cumplir expectativas ajenas. Antes sentía que tenía que hacer ciertas cosas —viajar / escribir de determinada manera— porque eso era lo que se esperaba de mí —”la viajera”—. Ahora siento que si mañana decido dejar de viajar no va a ser un fracaso sino un aprendizaje: quizá viajar no era lo mío, quizá necesitaba viajar para darme cuenta de cuánto necesitaba tener un hogar, o quizá necesitaba frenar para darme cuenta de cuánto me gusta viajar.

Visto en Cusco.

Visto en Cusco.

También sé que aunque esté de cumple viajero y tenga estas preguntas no voy a tomar decisiones porque no hay decisiones para tomar. Estoy acá, estoy escribiendo un libro. Después volveré a Buenos Aires, haré cosas allá, volveré a tener a mis amigos y a mi familia, estaré quieta un rato más. Y ahí la intuición, otra vez, me dirá qué hacer. Pero aunque entre en crisis o tenga dudas, cuando me proyecto me doy cuenta de que en mi futuro siempre veo viajes. Quiero hacer un viaje en auto por la Patagonia, quiero hacer un road trip por Estados Unidos y Canadá, quiero hacer dedo en Japón, quiero recorrer las islas de Oceanía en barco, quiero atravesar Asia Central. Quiero ir a muchos lugares. No sé a qué ritmo ni cuándo. No sé si escribiendo un blog o no. Pero todos esos planes de viajes están ahí y no los veo con intenciones de desaparecer.

En siete años les cuento.

cumple-viajes-13

Pizarrón en la casa de vero!

*

Epílogo:

El 28 a la noche le dije a L:

—Hoy cumplo siete años de vivir viajando.
—¿Por qué no me dijiste antes?
—Es que me acabo de dar cuenta.
—Me hubieses avisado y comprábamos una torta y brindábamos.

Y eso hicimos, aunque con un día de delay. Torta de chocolate y vino blanco para festejar una fecha que me parece más representativa que mi cumpleaños. Así que propongo que cada uno elija su fecha de cumpleaños —o de no-cumpleaños— en honor a algún acontecimiento importante. A mí me encantaría festejar cada 28 de enero como si fuese 29 de julio.

Buenos Aires.

Buenos Aires.