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Mirá cuando digamos, ¿te acordás de aquella vez que agarramos la camioneta y nos fuimos a pasar la tarde a Ranchos? Fue el primer viaje que hicimos con Rami, él tenía seis meses, y nosotras festejábamos nuestros 25 años de amistad (las bodas de plata). Yo había ido a Brandsen a visitarte, poco antes de irme de viaje largo, y se nos dio por hacer esa escapada los tres. Salir a la ruta fue como volver a respirar: hacía tiempo que no me movía de mi casa, había estado demasiados meses quieta, escribiendo mi primer libro, ¿te acordás? Tan quieta que sentía que no iba a volver a viajar, que no me iba a acordar de cómo hacerlo, tenía miedo de que los viajes hubiesen dejado de gustarme, miedo de no poder volver a escribir. Pero ese día todavía no pensaba en eso: el día de Ranchos pensaba en que tu bebé se había convertido en uno de los amores de mi vida (con solamente seis meses, ¿cómo fue capaz de lograr algo así?), pensaba en ese viaje que hicimos a Colonia (cuando alquilamos la moto y la ciudad estuvo vacía para nosotras), pensaba en que quería volver a viajar (pero como todavía tenía cosas que hacer en Buenos Aires, no lo pensaba tan seriamente).

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Ese día manejaste vos (yo tenía registro pero todavía no me animaba). Nos subimos a la camioneta, lo acomodamos a Rami atrás y salimos. De golpe aparecieron las nubes, esas nubes de ruta: gigantes, esponjosas, esperándonos sobre el horizonte. Al costado: las vacas, el verde, los camiones, el aire fresco, el silencio. La felicidad de la ruta fue inmediata, todavía me acuerdo. De vez en cuando me pedías que me fijara si Rami estaba bien, y como él iba mirando hacia atrás y yo no podía estirarme tanto, le sacaba una foto con mi teléfono y te decía que sí, que iba bien, que estaba sonriendo y se lo notaba feliz. De chiquito ya le gustaba viajar.

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En Ranchos no había nadie. Otra vez nos pasaba lo mismo: un pueblo vacío para nosotras. Un lugar repleto de paredes descascaradas, de bicis sin atar y de casas con las puertas abiertas (en Buenos Aires, mientras tanto, todos los noticieros hablaban de inseguridad). Almorzamos en el club del fondo. Yo me comí una tortilla de papas un poco chamuscada, y vos una suprema de pollo. Rami comió su banana pisada y me tentó: le copié el postre (ese postre tan de infancia). Después caminamos por el pueblo mientras él dormía la siesta.

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No sé cuánto habremos caminado: dos, tres horas. Era difícil saberlo en un lugar tan tranquilo. Nos sentamos en la plaza y pensamos en algo que nos dio un poco de vértigo: “En este mismo momento, el microcentro porteño es un caos, hay una marea de gente que va y viene, que se desarma y se desvanece entre bares y oficinas”. Pero nosotras estábamos en Ranchos, viviendo el tiempo a nuestro modo, disfrutando de la lentitud y de la calma típica de ciertos lugares donde el reloj no es el dueño de la vida. Yo tenía que tomar la combi de las cinco y media a Buenos Aires, pero decidimos no apurarnos para volver a Brandsen: era nuestro día, nuestro lugar, y si perdía la combi qué más daba, me iría con ustedes hasta Adrogué y tomaría algo desde ahí. Transporte siempre hay, los días cada vez son menos.

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En el camino de vuelta frenamos en la ruta. ¿O fue antes? Le cambiaste el pañal a Rami, le diste de comer, no dejamos que los horarios nos aceleraran el momento. Nos olvidamos del reloj. Cuando llegamos a Brandsen vimos que la combi estaba frenada en la parada del videoclub: todavía no se había ido. Habíamos llegado justo. Me subí y me fui para Buenos Aires. Nadie nunca llegó ni llegará tarde a ningún sitio, dijo una vez un sabio.

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Mirá cuando te diga: pensar que unas semanas después me fui de viaje. Fue el cuarto viaje largo, ¿sabés de cuál te hablo, no? Yo estaba muerta de miedo, muy insegura, llena de dudas: ¿y si no me gusta viajar? ¿Y si no me sale escribir? ¿Y si viajar ya no es lo mío? Seguramente te diré: no te lo conté, pero el primer día de viaje quise volver a mi casa e irme directo a Brandsen a verte, a abrazar a Rami, a quedarme ahí con ustedes y con mis inseguridades. Hasta que mi mamá, que siempre se da cuenta de todo, me dijo algo por teléfono y ahí aflojé: “Ani, en todos los viajes te pasa lo mismo: antes de irte te ponés mal y después te va bárbaro y no querés volver. Pero pensá que no te vas para siempre, te vas el tiempo que sea necesario. Además uno no puede pasar de negro a blanco sin grises, para alcanzar el verano hay que atravesar la primavera”. Esa tarde me fui un rato al río, me senté contra un árbol en la orilla y volví a escribir después de varias semanas de bloqueo.

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Gracias a esa catarsis escrita me di cuenta de que una de las cosas que más miedo me daba era perder los vínculos que había ido construyendo (o fortaleciendo) en Buenos Aires durante ese año y medio de sedentarismo. ¿Y si todo eso se perdía? ¿Y si, cuando volvía, Rami no se acordaba de mí? Las despedidas iban a matarme. Pero el día que te diga todo esto, seguramente habré entendido que en algunas cuestiones la mejor perspectiva la dan los años, no los kilómetros. Me habré dado cuenta de cómo me preocupaba por las cosas, cómo sufría innecesariamente, cómo suponía un futuro que no podía predecir. Y para ese entonces también habré comprobado que en cada una de mis vueltas a casa sentí lo mismo: que, entre las personas que quería y yo, el tiempo no había pasado, que la amistad no se había ido de viaje para siempre, sino que seguía ahí, intacta.

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Mirá cuando te pregunte, ¿te acordás de aquel día en Ranchos? Rami ni hablaba. Me la pasé sacándole fotos, y en una aparecimos reflejadas en sus ojos. “Así nos ve”, dijimos, y nos causó entre gracia e impresión. Y él todavía no podía respondernos con palabras, pero nos acompañaba, sentía nuestra amistad. ¿No te encanta saber que, por un rato, Ranchos fue nuestro lugar? El lugar donde volvimos a ponernos en contacto con lo que cada una necesitaba recuperar.

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