Lo primero que sentí fue angustia. Cómo que ya nos vamos de Buenos Aires, no me puedo ir ahora, no me quiero ir ahora, qué voy a hacer con todo esto, con mis sobrinos que ya me dicen “tía”, mi escritorio nuevo, la luz miel que entra por la ventana a las diez de la mañana, los tés de durazno que tomo parada en la cocina, mis noches aprendiendo a dibujar, los journals que apilo en la mesa de luz, los talleres que doy en Buenos Aires, las presentaciones de mi libro que van a quedar pendientes, los colectivos que me llevan a cualquier punto de la ciudad, la china que me regala caramelos de dulce de leche cuando me ve con tos, las meriendas con amigas, las ilustraciones de Flow que pego en la pared, todo este espacio vital que me contiene. Yo sabía que el plan era un año acá y después Japón y después no sé pero tenía la ilusión de estirarlo, de que de golpe fuese 2017 y oh, seguimos acá, y de que de golpe fuese 2020 y oh, seguimos en Buenos Aires y mirá, nunca más nos fuimos y la escritora le ganó a la viajera definitivamente. Viajé durante dos años —durante ocho— buscando un hogar, solo para darme cuenta de que ese hogar estaba acá, en el punto de partida, de que me fui a dar la vuelta al mundo para poder volver a casa. Y ahora me toca irme otra vez, justo cuando me estaba acomodando. Sentí que estaban por sacarme de mi hábitat, como si fuese un peluche dentro de una máquina y un gancho estuviese a punto de agarrarme para tirarme por un hueco hacia otra realidad.

Estuve tres días así.

Qué hacer con tanto Buenos Aires

Qué hacer con tanto Buenos Aires

Al tercer día, algo en mi cabeza me dijo: “Pará. ¿Qué te pasa? A vos te gusta viajar. Tampoco es una tortura irse a Japón”. Y me puse a buscar pasajes. Miré todas las opciones que aparecían en los buscadores, comparé, intenté comprar uno y me rebotó la tarjeta y justo apareció Buenos Aires – Tokio con escala en Nueva York a muy buen precio. Ni lo pensé. Llamé por teléfono: “¿Nos pueden estirar la escala en NY para quedarnos una semana? ¿Por el mismo precio? Listo. Dame dos. Solo ida”. Fecha de partida: 6 de septiembre. Faltaban tres meses y diez días. De golpe sentí que me quedaban tres meses y diez días de vida (en Buenos Aires) y algo adentro mío se activó. Como si me hubiesen dado cuerda, empecé a organizar más presentaciones del libro, me decidí a dar los talleres de escritura creativa que venía posponiendo —“total voy a estar bastante en Buenos Aires”—, le mandé mensajes a mis amigas, en tres meses nos vamos quiero verte, terminé trabajos pendientes, empecé proyectos editoriales nuevos, ordené la casa, regalé cosas por Facebook, vendí otras por Mercado Libre, me puse a leer como hace tiempo no leía, sabiendo que mi biblioteca no se va conmigo. La urgencia de aprovechar el tiempo al máximo. Pensé: no puedo creer que nos vamos a Japón, y empecé a llenar páginas de mi cuaderno con cosas que quiero hacer y ver y encontrar en Japón.

Tenemos una cita.

Tenemos una cita.

Cuando digo que me puse a leer...

Cuando digo que me puse a leer…

...quiero decir: me puse a leer.

…quiero decir: me puse a leer.

Y me fui a Mar del Plata a presentar el libro, de paso.

Y me fui a Mar del Plata a presentar el libro, de paso.

Estuve así —sigo así, hiperactivada— varios días. Pero la angustia no se iba del todo y yo no entendía bien por qué. Lo hablé con mis amigas del colegio.

—Siento que vivo en una dualidad, soy dos personas: la viajera que quiere dar la vuelta al mundo y…

—…y Ani —me dijo Sofi, que me conoce desde sexto grado.

Sí. Y la Aniko de toda la vida que ama leer, escribir en cuadernos, usar resaltadores, tomar apuntes, socializar lo necesario y estar en casa (“Es que tu eres doméstica como un gato”, me dijo una de mis amigas peruanas). La Aniko-escriviviente que se potencia cada vez que vuelve a Buenos Aires y que hace de cuenta que nunca en su vida viajó (esto creo que ya lo expliqué en “viajera duplicada”). La Aniko que a veces piensa que quizá un día deje de viajar y muera aplastada por su propia biblioteca.

Esta es mi biblioteca, hermosamente ilustrada por María Luque.

Esta es mi biblioteca, hermosamente ilustrada por María Luque.

Y como si esto fuese “En Ushuaia todo se conecta” —En Buenos Aires todo se conecta o En internet todo se conecta—, a los pocos días recibí el mail de una hongkonesa que decía así:

Hola Aniko, ¿qué tal? Soy estudiante de 18 años en Hong Kong y acabo de leer su libro ‘Días de Viaje’. Mi profesora de español lo me dio como un regalo de graduación y verdaderamente es uno de los mejores regalos que he recibido en toda mi vida. (…) No sé si ha leído el libro ‘The Art of Travel’ por Alain de Botton, pero eso es mi biblia de viaje y pienso que a usted le gustaría mucho. Se trata de muchos temas incluso cómo capturar los momentos (a través de pintar, escribir, etc), cómo confrontar la realidad de no poder separar las tristezas de la vida cotidiana con la vida de viaje, por qué viajamos y más. Tiene muchos pensamientos en común con ese autor entonces sería interesante leerlo. (…)

Que me recomienden un libro es uno de los mejores regalos que me pueden hacer, así que salí corriendo a comprarlo (es una manera de decir, porque compré el ebook por Amazon, pero fui corriendo a mi cama para empezar a leerlo). Y entre las reflexiones de Alain de Botton empecé a entender lo que me pasaba: lo que me pone mal de irme de viaje, hoy, es perder todo lo que forma mi hogar, todos estos rituales diarios que fui descubriendo y construyendo de a poco y que me dan una felicidad cotidiana. Los journals, marcadores, lápices, cuadernos, las lecturas, los tés, mi cuartito azul: todo lo que tengo que dejar en Buenos Aires para empezar un nuevo viaje largo (porque pesa, porque uno no se lleva lo cotidiano de viaje, porque a quién se le ocurre cargar la mochila de journals, porque uno se va de viaje para hacer lo que no hace en casa). Y ahí pensé: “Pará. ¿Y quién dice que no me puedo llevar todo esto encima?”.

Mi cuartito azul, mi espacio de trabajo, mi refugio, mi lugar en el mundo.

Mi cuartito azul, mi espacio de trabajo, mi refugio, mi lugar en el mundo. ¿Cuándo inventarán una empresa que haga mudanzas de cuartos a otros países?

Mis revistas Flow.

Mis revistas Flow.

Mis cuadernos.

Mis cuadernos.

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Los cafés con amigas (las manos y el dibujo son de María Luque. El dibujo de abajo es mi copia del menú del bar).

Uno de los amores de mi vida: la hija de mi mejor amiga.

Uno de los amores de mi vida: la hija de mi mejor amiga. (A ella sí que no me la puedo llevar en la mochila… aunque si mi amiga se distrae…)

Este cielo que cambia.

Este cielo que cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Una luz que entra así.

Una luz que entra así.

Edificios que se ponen de este color.

Edificios que se ponen de este color.

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Amigas talentosas que hacen proyectos increíbles. Este dibujo es de Vero Gatti y aparece en su serie web “Psicosomática”.

Esa noche o la siguiente revisé mi primer diario de viajes, el del 2008, buscando ideas para escribir un artículo que me habían encargado de Costa Rica. Al releerme me encontré con los textos de alguien que ya no soy yo y entendí que viajar con 30 no va a ser lo mismo que viajar con 20 porque ahora busco y me importan otras cosas. Entendí también que nada me obliga a viajar como antes, que no tengo por qué quedarme atada al fantasma de mi antigua yo, que es momento de soltar mis reglas pasadas y crearme nuevas, de cambiar mi paradigma, de aceptar la transición: ya no “viajar liviana en busca de un hogar” sino “viajar lento y con el hogar encima”, llevármelo en el equipaje, aunque pese un poco más. Y darme cuenta de esto, por más que ahora me suena obvio, me alivió y me sacó la angustia. Tener la certeza de que siempre podré seguir eligiendo cómo viajar, de que no hay una manera correcta o incorrecta, me dio tranquilidad. “Ya encontré mi hogar: L, los cuadernos, los marcadores, los journals, los libros, mi espacio de trabajo. Que irme de viaje no implique perder todo lo que gané y lo que me hace bien”, escribí en mi cuaderno, seguido de: “En realidad nos vamos a trasladar la vida a Japón por un rato”.

Y a veces la transformación viene antes.

Y a veces la transformación viene antes.

El de Japón será el viaje de los cambios:
voy a cambiar mi equipo fotográfico por uno mucho más portátil y liviano,
voy a volver a la fotografía callejera,
voy a reducir todos mis cuadernos a uno solo
(estoy en pleno casting, eligiendo cuál se va conmigo),
voy a llevarme mis rituales cotidianos encima y veré si los puedo adaptar a mi vida allá,
voy a llevarme varios journals y los materiales para dibujar y colorear,
aunque me pesen en la mochila,
momento: ¿voy a llevar mochila?,
empiezo a pensar en otras opciones, aunque la mochila cuesta dejarla.
Ya no quiero moverme tan rápido, L tampoco,
aunque eso implique conocer menos ciudades.
Ya no puedo ser huésped constante.
Me tienta la idea de cuidar casas,
no me tienta: me parece ideal para este próximo viaje
porque como dice Maga, es una manera de viajar y estar en casa a la misma vez.
Nos vamos con pasaje de ida y con el plan de vivir varios meses en cada lugar.
No sé cuándo volveremos
pero sé que siempre existe la posibilidad de volver.
Quiero que mis principales ocupaciones en Japón sean caminar, sacar fotos, escribir:
llenar cuadernos y blogs, pensar en un futuro libro.
Quiero dejar de ser mi propia secretaria,
dejar de posponer tardes de escritura porque tengo que responder mails,
dejar de salir porque tengo que resolver cosas.
Quiero que Japón me devuelva el tiempo libre que Buenos Aires me saca.
Porque el viaje, me doy cuenta, me da eso: tiempo.
Tiempo que en Buenos Aires se llena de cosas urgentes y compromisos y encuentros que no puedo no concretar porque quién sabe cuánto tiempo estaré acá y todo eso.
Quiero reconectarme con mi yo viajero.
Quiero construir mi mapa subjetivo de cada lugar que visite.

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Sepan que si todavía no le vieron la cara a L es porque quiere mantenerse en el anonimato. Pero bueno, lo iré mostrando por partes (no le digan nada). Aquí: sus rulos. <3

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Así que allá vamos, dentro de pocos meses empiezo mi quinto viaje largo y ya hay varias propuestas e ideas: un viaje de prensa a China, un respiro del invierno en el sudeste asiático o en Fiji, por ejemplo, y después, tratar de armar el viaje en función de las casas que aparezcan para cuidar. Ya les contaré qué nos depara la vida en esa región del mundo.