Este post forma parte de la serie Amigate con Buenos Aires, un intento de reconciliarme con mi ciudad después de dieciséis meses sin verla. Podés leer la serie completa acá.

Falta poco para irme y Buenos Aires se pone cada vez más linda, cada vez más violeta, cada vez con un clima más agradable. Y yo me voy al frío. Uf, eso es lo único que me puede llegar a desanimar: no tolero mucho el frío y no quiero ir muy cargada de camperas, pero no queda otra. Mientras tanto, me sigo amigando con Buenos Aires, cada vez con más velocidad, sabiendo que dentro de poco me voy y que no nos veremos por un largo tiempo. Ella sabe. Buenos Aires sabe cómo hacer que la odie y cómo hacer que, en el fondo, la quiera. Sabe sacarme de quicio y sabe generarme ese sentimiento de “un poco la voy a extrañar”.

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Y mientras estoy en esta ciudad, me vuelven a surgir esas preguntas recurrentes que me hago cada vez que conozco un lugar nuevo. ¿Qué es lo que hace que una ciudad/pueblo sea como es? ¿Qué es lo que le da personalidad? ¿Es la gente que la habita? ¿o acaso es la misma ciudad/pueblo la que hace que la gente sea de determinada manera? ¿Quién moldea a quién? ¿Existe el determinismo geográfico? ¿La geografía tiene el poder de definir a los grupos humanos? 

Y en Buenos Aires, además de preguntarme cosas, aprendí que hay muchas formas de viajar sin viajar.

Una, es por medio de Couchsurfing. Hace un tiempo empecé a alojar viajeros en casa. Estoy devolviendo, de a poco, todo lo que la gente hizo por mí en Asia y en América latina; estoy trayendo un pedacito de otro país a mi sillón. Mis primeras huéspedes fueron Sam y Kayla, dos chicas de Estados Unidos. Con ellas descubrí que en mi casa abunda el color naranja y redescubrí la movida cultural porteña. Mi segundo huésped fue Richard, un londinense con el que me reí a más no poder por los malentendidos culturales que se pueden generar entre un ciclista excéntrico y un extranjero inocente en la inauguración de un libro (mejor ni pregunten…). Cosas que pasan. Mis nuevos huéspedes son Olivier y Libby, un peruano y una estadounidense con quienes descubrí que el mundo es muy chico: nos dimos cuenta de que ya nos conocíamos de antes, caminamos juntos por el cerro Pastoruri en Perú, en septiembre de este año. Y ahora están en mi casa.

Cada persona que se queda en mi sillón me hace conocer lugares a los que nunca viajé o me hace recordar rasgos de países que amo.

buenos-aires-1-2 Sam y Kayla en la Facultad de Derecho

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Y otra forma de viajar es subiéndose a un taxi (no estoy haciendo un chiste malo. Lean.) Si hay algo que intento no hacer en Buenos Aires es tomarme taxis. Me parece un gasto innecesario. Pero hoy (sábado a la noche) fue de fuerza mayor: tengo una tendinitis en el pie derecho (divertidísimo) y no puedo caminar mucho, así que me subí a uno para volver a casa. El diálogo entre el taxista y yo fue tan bueno que los 20 pesos valieron la pena. Creo que tendría que haberle pagado más por los derechos de autor de sus historias.

Empezamos hablando de que la hija de Cristina vivía por la zona (él me contó, yo no tenía ni idea). Estábamos por Recoleta. Después derivó en que durante el gobierno de “Mendez”, el señor taxista quebró, perdió todo y ya no puede tener propiedades a su nombre. Y la conversación siguió así:

—No me queda otra: o soy taxista o me hago travesti. Pero lo que más duele de ser travesti es caminar con taco aguja, yo soy muy gordo y pierdo el equilibrio, viste.

Risas.

Prosigue:

—Los taxistas están todos chapa. Yo me miro al espejo todos los días y pienso “qué locos que están los taxistas”. Mirá, nunca te cases ni con un taxista, ni con un colectivero, ni con un camionero. Son tres gremios de gente loca. ¿Vos qué estudiás?

—Ya terminé… Estudié Comunicación Social.

—Uhhh, otros que están re locos. El otro día llevé a cuatro chicas, todas estudiaban Comunicación, eran unas locas lindas, parece que era el cumpleaños de una… ¿Y si estudiás Comunicación de qué podés trabajar? ¿Con qué tiene que ver la comunicación?

—Y… podés dedicarte al periodismo, al marketing, a la publicidad… Yo me dedico a escribir.

—Uhh, entonces tenés que venir a pedirme historias a mí. Vos no sabés las cosas que yo escucho acá, a veces estoy tentado de grabar a la gente, de poner un micrófono y una cámara… Después sabés qué, llevo todo eso a un medio y me hago millonario. Vos no sabés las cosas que escucho… Cada pasajero que sube viene con su situación, con su vida y me trae todo eso al asiento de atrás. Vos no sabés qué se puede subir a tu auto. Y yo escucho todo, viste, y a veces no lo puedo creer.

—¿Qué cosas escucha, por ejemplo?

—Una vez estaba por Belgrano y se subió un tipo joven, muy bien vestido, de traje, y yo le pregunté a qué se dedicaba. Para qué. A veces tendría que cerrar la boca. ¿Sabés lo que me respondió? Que era asesino, que mataba gente por encargo. Al principio pensé que era un loco y le seguí la corriente. Parece que trabajaba para un médico. Le pregunté si había matado a muchos y me dijo que no, que solamente a ocho. Me contó que le pagan según la persona y que el trabajo más barato que hizo fue de 20 mil dólares. Me dijo que si algún día necesitaba algo lo llamara. ¿Y sabés cómo me convenció de que la historia era verdad? Antes de bajarse me mostró la pistola que llevaba escondida en el traje. Cosas así me pasan. ¿Te dejo por acá?

—Sí, atrás de este auto está bien.

—Bueno, te espero a que entres y me voy.

—Gracias, que tenga buenas noches y siga recolectando historias.

Les juro que casi le doy mi mail para que me mandara más relatos.

Entré a mi casa, me senté en la computadora y, a las 4 de la mañana, transcribí esta conversación y me di cuenta de que a veces no hace falta más que subirse a un taxi u ofrecer un espacio en un sillón para sumergirse, aunque sea por un rato, en otra realidad. Y cosas así pueden pasarme en todo el mundo. Pero esta vez me pasaron en Buenos Aires.

buenos-aires-2 En su bici pone “El linyera”

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buenos-aires-1 En la Reserva Ecológica

buenos-aires-3 ¿Alguien perdió una carita feliz?