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Tengo un problema con Barcelona: me gusta demasiado. Y cuando algo me gusta demasiado, me cuesta escribir al respecto porque pierdo completamente la objetividad. Cuando un lugar me atrapa no soy capaz de distanciarme y mirarlo de lejos: me meto tan adentro que me cuesta hablar de él. Y así estoy ahora, hace una semana en Barcelona e incapaz de escribir sobre ella.

Podría contarles que volví a Barcelona (después de mi primera visita hace unas dos semanas) la noche de Año Nuevo. Vine con Dafne desde Calella (el pueblo donde nos estábamos quedando) sin plan, sin rumbo, con un objetivo: dejarnos llevar por la ciudad. Si bien acá es invierno, esa noche no hizo frío y toda la gente estaba en la calle. Llegamos a las 11 de la noche, nos bajamos del tren en Plaza de Catalunya y empezamos a caminar por las Ramblas hacia el mar. La marea de gente ocupaba todos los espacios vacíos, era difícil encontrar una calle donde no hubiera demasiadas personas. Rompimos la linea recta y nos metimos por el laberinto del Barrio Gótico (lugar al que siempre se me da por llamarle Ciudad Gótica), dimos vueltas y finalmente aparecimos en el mar.

Eran las once y cincuenta, faltaban diez minutos para que empezara el nuevo año. ¿Qué será lo que nos impulsa a festejar el fin de un año y el comienzo de otro? Si al fin y al cabo, el cambio de año es una medición humana que no cambia en nada nuestra vida. No es que si estamos tristes a las 11.59 del 31 de diciembre de 2011 pasaremos a ser felices a las 00.01 del 1 de enero de 2012. O tal vez sí. Yo no creo demasiado en las fechas ni en los calendarios, pero igualmente me gusta eso de festejar Año Nuevo y sentir que algo se cierra y empieza algo nuevo. Además pasé los últimos años nuevos en otros países —recibí el 2010 en un camping de Uruguay y el 2011 en una playa de Indonesia— así que me intrigaba saber cómo recibirían el 2012 en España.

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Podría contarles que las calles de Barcelona en Año Nuevo se me asemejaron a un circo repleto de personajes que nos distraían a cada paso. Nosotras solamente nos dedicamos a caminar —de Plaza de Catalunya al puerto, del puerto a Barceloneta, de Barceloneta al Barrio Gótico, del Barrio Gótico al Raval—, pero íbamos tan en sintonía con la buena onda de la ciudad que a cada paso se nos sumaba alguien y compartíamos parte del trayecto. Así fue como miramos los fuegos artificiales desde el puerto con un grupo de marroquíes que nos hablaban en árabe, caminamos sin rumbo con un italiano y un japonés-brasilero bordeando el mar, esquivamos a los pakistaníes que constantemente se nos acercaban para vendernos latas de cerveza, espontáneamente nos unimos a las canciones que cantaba la gente que nos pasaba por al lado, compartimos unas papas fritas y un kebab en uno de los tantos puestos de comida rápida, nos cruzamos con personas andando en bicicleta, llegamos a una fiesta en una casa okupa del Raval y bailamos entre paredes pintadas y gente con pelucas de colores.

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Podría contarles que los días siguientes caminé por el barrio de Gracia (que por momentos me recuerda a San Telmo), visité el Parque Guell (uno de los lugares más mágicos de la ciudad), subí a Montjuic y casi voy a ver un partido del Barca (pero después me dio fiaca y me acordé de que el fútbol me aburre bastante). Podría hablarles acerca de los precios de la ciudad —que los menúes no bajan de los 8 euros, que lo más barato es comerse un kebab o un bocadillo por 3 euros, que el metro cuesta 1.45 euros (pero que si sacás un billete de 10 viajes, pagás solamente 8 euros), que una cama en una habitación compartida de un hostel ronda los 10 euros, que entrar a los museos y a las obras de Gaudí puede destruir el presupuesto de cualquier viajero low cost—, podría hacer una reseña de la Fundación Miró, podría sugerirles que visiten el bar de Manu Chao, podría explicarles cómo llegar a la Plaza Real y dónde comprar ropa en oferta… ¿Pero les estaría diciendo algo acerca de la esencia de Barcelona? Es justamente la esencia de esta ciudad lo que me atrapa, pero cuando tengo que definirla o describirla, no me sale nada, quedo horas frente a la computadora sin poder escribir una palabra.

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Muchas veces me preguntaron si, al viajar, tengo días muertos, días en los que no me pasa nada interesante, días en los que no hago nada, días en los que me tomo todo con tranquilidad, días en los que no me inspiro. Días de inacción, por así decirlo. Sí, esos días son parte de los viajes largos. Cuando hacemos un viaje por un tiempo determinado nos enfrentamos a los lugares con la urgencia de saber que en poco tiempo la travesía se termina. Queremos ver todo, condensar las experiencias, aprovechar el poco tiempo que tenemos. Esa es una de las cosas que me gusta de los viajes con fecha de vencimiento: que, por unos días, vivimos en otra realidad con otras reglas y lo hacemos con intensidad, sabiendo que dentro de poco volveremos a la rutina de siempre. Cuando hacemos un viaje largo, sin un final previsto, el viajar se convierte en “vivir” y, por lo menos en mi caso, hay días en los que me bajoneo, hay días en los que me planteo muchas cosas y hay días en los que no hago nada productivo. Son días en los que, más que “viajar”, me dedico a vivir.

Es lo que me está pasando en Barcelona. Si me baso en los hechos, tal vez no hice demasiado durante esta semana, pero sin embargo siento que estoy viviendo la ciudad, que la estoy conociendo de a poco, que estoy tratando de descifrar qué es lo que me hace estar así de encantada con ella. Será su multiculturalidad, será que cada calle parece una obra de arte, serán sus laberintos, serán sus influencias africanas y árabes, será su música, será su vida callejera, será su mar, será su gente, será que siento que encajo bien. No lo sé, voy de a poco, viviendo el día a día con tranquilidad, y es por eso que me cuesta tanto escribir acerca de esta Ciudad Ideal.

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