Momento. Acá pasa algo raro…

Me bajé del avión y no hacía tanto calor como en Jakarta, Bangkok o Kuala Lumpur.

Salí del aeropuerto y no se me abalanzaron veinte taxistas, diez mototaxistas, treinta oficiales para ofrecerme transporte.

Pisé la calle y nadie me señaló con entusiasmo, nadie me preguntó de dónde soy, nadie me rogó que le sacara fotos, nadie me trató como una estrella de cine ni me pidió autógrafos.

Mientras iba en el auto vi calles como “Juan Luna”, “José Abad Santos” y “Andalucía”.

También divisé infinidad de iglesias.

Me presentaron a Julios, Rogelios, Jaimes.

Tomé el desayuno y había PAN (un bien poco común en Asia).

Agarré el diario y estaba… en inglés.

Acá hay algo raro…

Ya sé. ¡Este lugar no tiene salida de emergencia! (perdón, no pude evitar el chiste simpsoniano).

No quiero decir nada, pero me parece que el avión se desvió y caí en América latina otra vez. Me pasa por extrañar tanto mi continente…

Llegué a las Filipinas, señores. Quinto país de mi recorrido, ex colonia española en medio de Asia, lugar que me desconcertó para bien.

Obviamente, me resulta imposible no comparar. Aunque en este caso creo que las comparaciones no son odiosas, ya que me permiten comprender y abarcar mejor el país que acabo de dejar atrás.

En Indonesia las calles están siempre repletas de gente (con 250 millones de habitantes, es de esperar). En Filipinas las calles son más tranquilas (90 millones de habitantes es un poroto).

En Indonesia el canto de las mezquitas inunda los pueblos y ciudades cinco veces al día. En Filipinas vi más iglesias que en toda América latina. (Estoy exagerando. Pero hay muchas).

En Indonesia las motos son las dueñas del asfalto. En Filipinas veo alguna que otra moto perdida de vez en cuando entre medio de los autos y colectivos.

En Indonesia muy poca gente habla inglés, la gran mayoría de los carteles, menúes, diarios, programas de tv están en bahasa indonesio. En Filipinas, curiosamente, todo está escrito en inglés (no en español como podría esperarse de una ex colonia española), lo que facilita un poco bastante el tema de la comunicación.

En Indonesia se vuelven locos por los extranjeros (bules), les piden fotos, los saludan, les dan la mano como si fuesen estrellas de cine. En Filipinas… ni pelota. Se terminó el movie-star treatment.

Pero en Filipinas tienen los mejores colectivos que vi en mi vida. Tuneados a todo color. Me hacen acordar mucho a los de Panamá. Y creo que debe ser imposible llegar al trabajo de mal humor después de viajar en un vehículo tan divertido.

En Filipinas comen empanadas, comen mucho pan, comen mucha pizza (¿les recuerda a algún lugar que conozcan?)…

Momo, el chico que conocí en el aeropuerto de Frankfurt (cuando hice escala para ir hacia Bangkok) tenía razón… En menos de tres meses de viaje ya soy capaz de distinguir a la cultura tailandesa, de la malaya, de la singapurense, de la indonesia y (próximamente) de la filipina. Dejan de ser “todos chinos” (como muchos creen) para pasar a ser países y personas totalmente diferentes.