—There’s a tiny door in my office, Maxine. It’s a portal and it takes you inside John Malkovich.
You see the world through John Malkovich’s eyes… and then after about 15 minutes, you’re spit out…
into a ditch on the side of the New Jersey Turnpike.
—Sounds great! Who the fuck is John Malkovich?

(Cita de la película “¿Quieres ser John Malkovich?”)

(* Ilustración: Magu Villar)

Veo a John Malkovich sentado al sol, tomando un café. Le digo a L que mire con disimulo y me dice que John Malkovich se dio cuenta de que nos dimos cuenta y nos está mirando. Me da vergüenza, no lo quiero molestar y tampoco sabría qué decirle. Ver a un actor en la vida real siempre me parece algo rarísimo, como si se hubiese abierto un wormhole en medio de la calle y estuviese espiando algo que pasa en una realidad paralela. L y yo seguimos caminando sin rumbo por las calles del centro, ese es el plan desde que llegamos. Nos sentamos al borde de un canal, sobre el cemento y con los pies colgando por encima de un barco, y miramos a los patos que aterrizan sobre el agua. Del lado de enfrente las casas en fila, apretadas y sin espacio privado ni íntimo, me hacen pensar en una ciudad dominó que fluye a través de su arquitectura homogénea y sus formas redondas —si se cae una pieza, se caen todas, pienso mientras veo un frente medio chueco—. Si no tuviese noción de las fechas no adivinaría que hoy en Amsterdam es día hábil.

Llegamos a los Países Bajos hace unas horas desde Alemania. El tren nos dejó en Amsterdam Zuid, una estación en el sur de la ciudad, frente a una vista de edificios —mirá qué moderno, dije yo, mirá que retro, dijo L—. Cinco minutos de metro después llegamos a Amstelveen, en los suburbios, y caminamos por una extensión de cemento que no sé si es bicisenda o vereda o las dos cosas hasta la zona residencial donde viven nuestros anfitriones. Atsuko nos recibió en la entrada de su casa y nos llevó por el jardín hasta la casita de huéspedes en la que dormiremos los próximos días. Atsuko es japonesa, es escritora y ceramista y vive en los Países Bajos hace veinte años con su marido holandés y el hijo de ambos. Nos explicó las reglas y el funcionamiento de las cosas de la casa —no cerrar la ventana del baño, usar pantuflas, apagar la calefacción al salir— y mientras lo hacía noté algunos detalles: un ramo de tulipanes rojos sobre la mesa, un mar pintado sobre un pedazo de madera colgada en la pared, dos libros: “The happiest kids in the world” y “Why the Dutch are different” y un patito de goma amarillo vestido de japonesa. “Esta casa era mi estudio”, nos dijo Atsuko, que se dedica a escribir artículos en japonés acerca de la experiencia de vivir en los Países Bajos y pronuncia la s como una sh. Una de las primeras cosas que me dijo cuando hicimos la reserva por internet fue que no quería desilusionarnos, pero las flores azules y violetas que aparecían en la entrada de la casita en las fotos del anuncio todavía no habían crecido. Faltan cuatro días para que empiece la primavera en Europa.

Casi primavera

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Esto es en Amstelveen, por donde vivimos

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Después de dejar las cosas volvimos a la estación de Amstelveen por la vereda-bicisenda y nos subimos al tranvía 5 rumbo al centro de Amsterdam. Hace mucho que una ciudad no me generaba tanta ansiedad. Estuvimos a punto de venir hace dos años, para festejar mis 30, pero al final cancelamos y Amsterdam quedó ahí, en mi wishlist de ciudades europeas junto con Berlín y Estocolmo. Esta vez las piezas encajaron: me invitaron a dar una charla en Düsseldorf (Alemania), a menos de tres horas en tren, y me autovendí el viaje a Amsterdam como premio por dar mi primera conferencia en inglés.

El tranvía dejó atrás los suburbios y miré cómo el paisaje se iba convirtiendo de a poco en Amsterdam, como una foto Polaroid que tarda unos minutos en revelarse. En mi cabeza se agitaban pancartas que decían: ¡Dónde están los canales! – ¡Queremos ver los canales! (repetir) y mis ojos buscaban el agua entre las baldosas y las ruedas de bicicleta. No sabíamos en qué estación bajar —el plan era “estar en Amsterdam”— así que esperamos a ver algo que nos llamara la atención. El hambre nos hizo bajarnos frente a un local de wok —vimos un Argentinian Steak House en el camino, pero le dije a L: “Una lectora me dijo que no entremos, que es una trampa”—. Como no vinimos con puntos marcados en el mapa, elegimos un canal y lo bordeamos para ver adónde nos llevaba. Así fue como cruzamos miradas con John Malkovich.

Por cada calle llena de gente hay cuatro perpendiculares vacías. Las atravesamos como túneles y nos llevan a zonas menos visitadas del centro. Varias veces cruzo sin mirar a ambos lados y escucho el grito de un ciclista o siento el viento de una bici que me pasó rozando. Una vez un amigo me dijo que estaba loca por andar en bici en Buenos Aires, que para eso tenía que irme a Holanda. Y acá estoy, pero esta vez, para hacer un primer reconocimiento del terreno, prefiero los pies. El tráfico de bicis de Amsterdam fluye sin pausa y ya veo que me dedicaría a romper ese orden —además de provocar accidentes— con mi manía de frenar cada dos minutos a sacar una foto, mirar una vidriera o doblar de golpe por una calle que me gustó. Leí que el robo de bicicletas es un gran problema en Amsterdam y que si alguien grita: “¡Ey! ¡Esa es mi bicicleta!”, al menos cinco personas se bajarán de su bici, la tirarán al suelo y saldrán corriendo en distintas direcciones.

Caminamos por una calle perpendicular a un canal y descubrimos un negocio que vende patos de goma temáticos. Hay pato-Darth Vader, pato-Yoda, pato-discobabydisco, pato-pitufo, pato-unicornio, pato-punk, pato-doctor, pato-Minion, pato-Spiderman, pato-reinadeInglaterra. Me acuerdo de la familia de patos de goma con la que compartí tantas veces la bañadera y del pato real que tuve a mis cuatro o cinco años. Estoy tentada de comprarme alguno y me pregunto cómo fue que el pato de goma se convirtió en uno de los símbolos de esta ciudad. Unos metros más allá veo por primera vez un coffeeshop. Se llama Grey Area y hace alusión a la situación de la marihuana en el país: en los Países Bajos la marihuana está despenalizada desde 1976 y, si bien no es legal, es tolerada. Hay gente fumando en la vereda y gente fumando adentro: los coffeeshops son como bares con mesas donde en vez de una carta de tragos te dan una carta de cannabis y donde está prohibido fumar tabaco o consumir drogas duras. Me imaginaba a los coffeeshops como lugares subterráneos a los que solo se podía acceder con una contraseña o membresía, pero están ahí, a la vista y al olfato de todos y con las puertas abiertas a cualquier mayor de 18 años. Son tan parte de la ciudad como los canales y las miles de bicicletas.

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Souvenirs de Amsterdam

Empieza a bajar el sol, seguimos caminando. Un rato después entramos, sin saberlo, a De Wallen, la zona roja. “¿Viste?”, me dice L, y me hace señas con los ojos. Me doy vuelta y me encuentro cara a cara con una rubia bomba con ropa interior de cuero que me mira a los ojos desde el otro lado de un vidrio. Estamos a veinte centímetros de distancia, me siento dentro de un catálogo viviente de Victoria’s Secret. Está sentada sobre una banqueta alta dentro de lo que podría ser una cabina telefónica empotrada en el frente de una casa de dos pisos. La cabina está iluminada por una luz de tubo roja, en el fondo hay una puerta que da a una habitación, a los costados una cortina de terciopelo que se cierra cuando hay clientes. Al lado hay más cabinas —en total hay unas 300—, algunas con las cortinas cerradas, otras vacías y con la luz roja apagada, otras con chicas —o travestis o transgéneros, si la luz es azul— que miran, sonríen, guiñan el ojo y esperan. Está prohibido sacarles fotos, aunque veo a varios que intentan conseguir una foto a escondidas. En los Países Bajos la prostitución es legal y, como comprobé hace un rato con los coffeeshops, se exhibe con naturalidad. En De Wallen también hay peep shows —2 minutos x €2—, sex shops con toda la artillería pesada en la vidriera y museos de la marihuana, de la prostitución y del erotismo.

La zona roja

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Primer atardecer en Amsterdam

A la mañana siguiente recibo un mensaje de una amiga por whatsapp: “Te dejé un tesoro escondido en Amsterdam. Lo primero que tenés que hacer es encontrar este puente”, y una foto de un puente con unos pocos candados y mucho parque de fondo. Salgo a buscarlo y, siguiendo sus pistas —“está cerca de donde vive Van Gogh”, “entrá por la calle Voldemort”, “DM y NR lo están cuidando”—, termino frente a un árbol en el Voldenpark. Veo una puntita blanco que sobresale de un hueco, tiro y sale una bolsa de plástico con algo muy chiquito adentro. Encontré mi tesoro. Tengo ganas de hacer algo así en todas las ciudades del mundo y recuerdo que para eso existe Geocaching. Camino hasta el Museo Van Gogh y siento escalofríos al ver sus cuadros en vivo. Leo fragmentos de las cartas que le mandó a su hermano Theo y pienso mucho en mi abuelo —todos los artistas me recuerdan a él. Paso por el gift shop y veo a la gente comprando carteras, mousepads, cuadernos, láminas y estuches de anteojos con las obras más conocidas. Van Gogh no vendió un cuadro en su vida.

El tesoro oculto en el árbol

Me encuentro con L y vamos juntos hasta Amsterdam Centraal, por consejo del marido de Atsuko: “Crucen toda la estación por dentro y salgan del otro lado. Ahí se van a dar cuenta de que Amsterdam está rodeada de agua”. Es fácil ir a Amsterdam y no darse cuenta de algo que define tanto al país. Un tercio de los Países Bajos está por debajo del nivel del mar y gran parte de su territorio está formado por tierras ganadas al mar. El país, además, tiene una de las densidades de población más altas del mundo (412 habitantes / km2), por debajo de Bangladesh, Corea del Sur y Taiwán. “We are all crowded together, so we have to either be tolerant or go crazy”, leo en el libro que me llevé prestado de la biblioteca de Atsuko. El libro cuenta que en los Países Bajos se trabaja 27 horas por semana, casi no hay crímenes violentos, es tan fácil comprar marihuana como café, la eutanasia es legal, hay playas nudistas, nadie usa casco en la bici y la corrección política no existe. Este es el país donde se legalizó por primera vez el matrimonio igualitario, donde se inventó Gran Hermano y donde nadie tiene buenos modales por compromiso. El segundo libro que me llevé prestado asegura que los chicos holandeses son los más felices del mundo: “Padres felices crían hijos felices”.

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Y en este libro que me compré leo: “There are cat cities and dog cities. In dog cities, you throw a stick and it comes back with its tail wagging. Cat cities are reticent and harder to judge. Amsterdam seems to be a dog city at first, until you discover that it’s really a cat city pretending to be a dog”.

L y yo seguimos deambulando por la ciudad. Vemos los primeros tulipanes en el mercado de flores —está por empezar la época colorida pero no vamos a llegar a verla. Tienen una forma tan perfecta y unos pétalos tan lisos que los tocamos para asegurarnos de que no son falsos. En un puesto que vende bulbos de tulipanes y latas con semillas de cannabis, la reina Máxima saluda desde un afiche de fondo naranja. Pasamos por una tienda de quesos y hacemos una degustación de gouda con pimiento. Decido que necesito un cuaderno que me quepa en la palma de la mano para escribir mientras camino, esta ciudad me inspira y no quiero olvidarme de nada. Compro un set de dos cuadernitos, los abro y empiezo a llenar uno. Diez minutos después entro a otro negocio y veo los mismos cuadernos mucho más baratos. La escena se repite varias veces durante este viaje: cada vez que compro algo lo veo más barato en el negocio de al lado.

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Tulipanes en el mercado de flores

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Tiendas de queso

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Mi revista preferida es holandesa

De golpe aparecemos en una calle peatonal llena de negocios de ropa y mucha gente que camina con racimos de bolsas en los brazos. Un guardia de seguridad le pide a una chica que le muestre el interior de su cartera y ella saca ropa de adentro y se la devuelve. Una mujer me da una muestra gratis de jabón y creo que caigo en una trampa porque cuando me ofrece envolverla me hace entrar a su negocio y me empieza a limar las uñas de prepo para después intentar venderme un producto. Veo policías a caballo, máquinas expendedoras de milanesas, una bicicleta cubierta con patos de goma, una familia comiendo conos de papas fritas y tres chicas con chupetines de cannabis. Nos metemos por una calle angosta y vemos una sucesión de coffeeshops, tiendas que venden magic mushrooms y cervecerías. Salimos del otro lado y se repiten los negocios de ropa, arquitectura típica y cafeterías.

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De a ratos tenemos la sensación de que hay dos Amsterdam paralelas que conviven en el mismo espacio geográfico y que se van alternando sin mucha lógica ni sentido. Como si fuese una de las ciudades invisibles de Calvino, Amsterdam tiene derecho y revés, cara y seca, arriba y abajo, y ambos mundos se mezclan: la zona roja con sus peep shows y la peatonal con sus tiendas internacionales, los coffeeshops con el menú de porros y los cafés con la carta de muffins, los negocios de queso y los sex shops con luces de neón, los espacios repletos de gente y las callecitas vacías, las familias comiendo sandwiches y los grupos de amigos comiendo space cakes, los urinarios en las esquinas y los museos modernos y los frentes inclinadas y las casas en los barcos. Amsterdam es dos en uno, es el supermercado que pasa Bob Marley de fondo, es el adolescente que habla de plantaciones indoors mientras toma el té con sus papás, es la pareja extranjera que se ríe de todo en el tranvía mientras la gente va al trabajo y la controladora dice por altoparlante que por favor no se olviden sus paraguas en el asiento, es un hombre con 15 globos verdes atados a la cintura que se sienta a comer una hamburguesa en un local de comida rápida.

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Acá lo under y lo mainstream conviven en un mismo espacio pero al final no se sabe qué es under y qué es mainstream porque a cada rato la realidad se invierte y un mundo reemplaza al otro. Me parece una ciudad ideal para ponerse en modo slow travel y dejarse llevar: acá la experiencia no consiste en hacer o ver una sumatoria de cosas, la experiencia es Amsterdam en sí misma. Es caminar y perderte y buscar y mirar y preguntar y oler y sentarte y seguir caminando y no saber si viste a John Malkovich o si cuando doblaste por alguna callecita atravesaste el portal y terminaste dentro de su cabeza mientras él se tomaba vacaciones en Amsterdam.

Info útil para visitar Amsterdam:

  • Alojamiento: dormir en Amsterdam es caro, creo que esta es una de las ciudades europeas más caras para dormir. Los hoteles del centro, por lo que estuve viendo, no bajan de €100 la noche, pero sé que hay hostels con habitaciones compartidas que son más económicos (ojo que los precios suben los fines de semana). Nosotros hicimos Airbnb en Amstelveen y fuimos todos los días a Amsterdam en tranvía. (Les dejo un cupón de descuento para su primera reserva en Airbnb).
  • Transporte: Amsterdam está muy bien conectada con otras ciudades europeas y se puede llegar en tren en pocas horas. Hace poco descubrí un buscador de trenes que me gusta mucho y lo estoy usando bastante para consultar precios y hacer reservas: Trainline. Si se quedan en el centro de Amsterdam pueden moverse a pie por todos lados ya que las distancias son cortas. Si, como nosotros, se quedan en las afueras, tal vez les convenga comprar un pase ilimitado de transporte por los días que estén ahí (nosotros compramos el GBV multi day ticket, válido en tranvías, trenes y buses, por recomendación de nuestra anfitriona y fue muy útil, pagamos unos €6 por día). Sino, un viaje en tranvía o metro cuesta €2.90 y es válido por una hora.
  • Comida: lo más barato es ir al súper y cocinar, que fue lo que hicimos casi siempre.
  • Si van al Museo Van Gogh, saquen las entradas por adelantado a través de la web del museo así no tienen que hacer fila (el precio es el mismo: €17). Fue el único museo que visité y me gustó mucho.
  • Libros: durante este viaje me crucé con varios libros interesantes, como “Why the Dutch are different”, “The happiest kids in the world” y “The Soft Atlas of Amsterdam”.

* El lindísimo dibujo de portada de este post lo hizo Magu Villar – Una comunicadora y artista en proceso, que colecciona journals, entradas de cine, y flores secas. Pinta en Meraki Cuadernos y escribe en su blog.