– Miss, Miss! Cold beer for one dollar!

Escucho que me ofrece una vietnamita con desesperación mientras camino despacio por delante de su bar. ¿Creerá que con eso me va a convencer? PFF… Sigo de largo pero a ella no le importa, atrás mío se acerca un grupo de cinco chicos con toda la cara de estar buscando cerveza barata.

¿Para eso vienen a Vietnam?

Sigo caminando por Phan Ngu Lao, el famoso distrito de los mochileros de Saigón: un par de manzanas repletas de bares, restaurantes, hostels y guesthouses, lugares de internet, negocios de souvenirs, agencias de viaje, casas de masajes, tatuajes baratos, mototaxistas y gringos por doquier.

Un gran barrio turístico.

Parece que este distrito se repite en todas las grandes ciudades: la famosa Khao San Road en Bangkok, nuestra querida calle Florida en Buenos Aires, Chinatown en Kuala Lumpur y en el resto de los países asiáticos…

No sé, lo bueno de hacer Couchsurfing y quedarse en la casa de gente local en barrios no turísticos es que evitás pasar por estos lugares (no digo que sean zonas “desagradables”, pero sí algo artificiales y orientadas a una sola cosa: hacer que el turista consuma).

Saigón me deslumbró.

Literalmente, fui con la boca abierta durante cada viaje en el asiento de atrás de la moto de Kristine (la chica vietnamita que me alojó durante cuatro días en su casa).

No me esperaba una ciudad tan cosmopolita, tan llena de luz y energía, con tanto movimiento de día y de noche, tan… viva.

Saigón (o Ho Chi Minh City) desborda de vida.

Cada mañana, antes de levantarme de la cama, a eso de las 6 de la mañana, ya escuchaba los gallos cantando, la música que brotaba de las casas, el alboroto de la gente preparándose para salir.

A las 7 am Kristine y yo nos enfrentábamos al tráfico en su scooter y desde ahí podía ver a las mujeres vendiendo frutas y verduras en la vereda, a los empresarios desayunando su noodle soup en mesitas al aire libre, a la gente mayor sentada en reposeras mirando el tráfico pasar.

El tráfico en Vietnam es algo que jamás hubiera imaginado antes.

Primero, traten de imaginarse una ciudad donde hay más (muchas más) motos que autos (incluso puede ser que haya más motos que personas).

Todas las familias tienen por lo menos una; empresarios, vendedoras de frutas, chicas como Kristine, estudiantes, oficiales, todos se mezclan en el tráfico caótico de Saigón en sus scooters.

Acá no hay traffic-jam, acá todas las mañanas hay moto-jams: una pegada a la otra, esperan que cambie el semáforo para arrancar a toda velocidad.

Visto desde arriba, es un espectáculo. Visto desde adentro, da un poco de miedo: las motos avanzan como hormigas en todas las direcciones, algunas doblan cortando el tránsito que viene de frente, nadie respeta los carriles, otras giran en U mientras una tanda viene de la izquierda y otra más grande de la derecha y todos logran seguir su camino ilesos.

Siempre está el conductor que zigzaguea a toda velocidad, la chica que maneja mientras manda un mensaje de texto, la que va dormida abrazándose a la espalda del marido, los que llevan a los tres nenes (uno adelante del padre que va manejando, otro PARADO en el medio del asiento y otro atrás de todo colgado de la madre), los amigos que van charlando de moto a moto.

Y además están los miles de peatones que, al igual que yo, necesitan cruzar la calle (que en la mayoría de los casos no tienen semáforo, son doble mano y siempre tienen motos yendo y viniendo).

¿Cómo hacemos?

Seguramente estarán pensando “a correr lo más rápido posible”.

ERROR.

Acá hay una sola manera de cruzar y seguir vivo: caminar de una vereda a la otra muy muy MUY despacio.

– Vos cruzá y olvidate de las motos, ni las mires, me explica Kristine.

Si caminás despacio, pueden calcular si esquivarte por adelante o por atrás.

Así es…También sirve rezar.

Cada mañana, después de este desayuno motorizado de adrenalina, Kristine me dejaba en el centro de la ciudad, me prometía que a las seis me pasaba a buscar por ahí y seguía camino hacia su trabajo.

Yo me dedicaba a recorrer la ciudad a pie.

Así descubrí que Saigón es una gran ciudad con mucho ambiente de barrio y vida callejera.

Todos desayunan, almuerzan y cenan en mesitas sobre la vereda, hay reposeras puestas especialmente hacia la calle para mirar las motos pasar, está repleto de vendedores ambulantes de frutas y verduras, de lustrabotas, de mototaxistas.

La gente está siempre afuera, incluso los negocios no tienen puertas sino que directamente les falta la pared de adelante.

Caminando me deslumbré con la arquitectura colonial francesa de la ciudad, con los edificios altos e iluminados, con las tiendas y boutiques de grandes marcas internacionales, con los negocios chiquitos repletos de productos falsos (desde dvds y libros fotocopiados hasta todas las guías Lonely Planet a precios bajísimos), con los mercados… y con las banderas comunistas que flamean por toda la ciudad.

Porque no se olviden que el gobierno de Vietnam sigue siendo comunista.

Caminando me crucé con varios personajes.

Como un nene de unos 10 años que se me acercó corriendo en la entrada de una pagoda china (templo), me saludó, se presentó en perfecto inglés, me preguntó de dónde era, me presentó a los papás y después le agarró timidez y se fue.

Como otro nene de unos 5 años que en el mismo templo chino me persiguió gritando una frase en vietnamita, me sonrió, me saludó como loco con la mano y saltó para salir en mis fotos.

Como la mujer que me vio caminando con el mapa en la mano totalmente perdida, me frenó, me sacó el mapa, leyó el nombre del lugar que buscaba y sin decir palabra me señaló con la mano que caminara derecho y doblara a la izquierda en la primera esquina.

Como el taxista que me vio sentada en la vereda del mercado, comiendo un dragon fruit y esperando a Kristine, y me preguntó de dónde era, a dónde iba, etcétera, etcétera.

Jamás sufrí el acoso del que me habló mucha gente, excepto cuando me metí a caminar en el famoso distrito mochilero.

Pero me alejaba dos cuadras y ahí ya nadie me ofrecía productos o servicios, ahí solamente me miraban con curiosidad, me sonreían y me decían algún que otro hello.

El último día decidí hacer un tour por el río Mekong, algo así como el “Amazonas” del Sudeste Asiático, que nace en China y pasa por Burma, Tailandia, Vietnam, Laos y Camboya.

Si quieren conocer los pueblitos y ciudades del río, recomiendo no tomar ningún tour (por más barato que sea) e ir por su cuenta, porque lo que nos mostraron a nosotros no me pareció gran cosa.

Yo quería ver el mercado flotante  y cuando fuimos no había más que unos pocos barcos intercambiando frutas; quería ver las casas locales y conocer a la gente, pero nos llevaron a los negocios de souvenirs y a ver cómo se elaboraban los caramelos de coco.

El río en sí es muy lindo, transmite paz y tranquilidad, es como ir al Delta argentino pero con palmeras, frutos exóticos, más calor, barcos más coloridos y… vietnamitas.

Pero a mí, una argentina que pasó todos los fin de semanas de su infancia en el Tigre, no me sorprendió demasiado. Para quienes no están acostumbrados a la vida de río, debe ser emocionante.

Todo esto me hace pensar que cada cual ve una región, ciudad o país con ojos distintos, por eso cada experiencia de viaje siempre es diferente y totalmente personal.

Una vez leí una frase que dice que las cosas no las vemos como son, sino que las vemos como somos, y me parece que aplica perfectamente al viajar.

Y cuando observo a los turistas congregados en calles como Khao San o Phan Ngu Lao, donde lo más “local” que se consigue es la cerveza nacional, me pregunto qué experiencia se lleva cada uno a su casa, qué encontraron y qué fueron a buscar, cómo contarán la historia una vez que hayan vuelto a su país de origen.

Y ahí sí que no tengo una sola respuesta, lo único que puedo decir es que no hay que guiarse demasiado por las opiniones ajenas, ya que cada cual cuenta la experiencia desde su propia subjetividad.

Yo incluida.

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