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Desafío Islandia (bonus): Hacer el Círculo Dorado sin hablar

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Chicas charlando en Reykjavík

Soy de hablar poco. No me sale hacer conversación forzada y el small talk es algo que prefiero evitar (me da pereza y no le veo el sentido). Si alguna vez nos cruzamos y no hablo mucho, sepan entender: no es antipatía, es introversión crónica. O quizá es que tardo un poquito más en entrar en confianza y sentirme cómoda para decir lo que pienso. No puedo evitarlo, desde chiquita fui así: me gusta más observar que expresar y prefiero guardarme las palabras para escribir.  Pero no es que sea así siempre ni con todos: hay personas que despiertan mi lado radio desde el día cero y cuando me encuentro con ellas no paramos de transmitir durante horas y horas como loros. Nunca se nos terminan los temas y si no hay los inventamos para poder seguir al aire. Es lo que me pasa, entre otras personas, con Maru (mi mejor amiga desde hace 25 años) y con Lau. Si alguien nos hubiese visto juntas en Islandia hubiese jurado que nos estaban pagando por hablar.

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Cuando uno decide no hablar, siente que todos a su alrededor dicen cosas.

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Después de completar varios desafíos (y fallar en otros, que mencionaremos en el próximo y último post de esta serie) nos dimos cuenta de que nos había faltado desafiarnos entre nosotras. ¿Qué era lo más difícil que nos podíamos pedir una a la otra? (además de levantarnos temprano —que fue imposible— o dejar de comer con tanta voracidad —que también fue imposible—). Nos pusimos a discutir ideas y otra vez lo mismo: parecíamos dos gallinas en pleno té de las cinco de la tarde. Bla bla bla bla cococorocó. ¡Ya sé Lau! Estemos en silencio por un día. La idea, por parecernos algo más difícil que todos los desafíos anteriores, nos gustó. Así que hicimos un trato: pasaríamos un día entero sin hablarnos. ¿Y si teníamos que decirnos algo? ¿Podíamos escribir? ¿Señas? Sí, pero lo más importante era anotar lo que estábamos pensando y compartirlo después entre nosotras. Desde ya les digo que este desafío fue un FAIL masivo. Pero no importa.

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Me encantó esta foto

El desafío, ya desde el principio, fue medio tramposo: unos días antes de irnos, Island Tours nos invitó a hacer una excursión por el Círculo Dorado (una zona cercana a Reykjavík, con varios atractivos naturales); como el paseo era en bus no tendríamos que hacer dedo ni tomar decisiones en conjunto (por ende: no tendríamos que hablar por necesidad práctica), así que elegimos ese día para no dirigirnos la palabra. Elegimos hacer el recorrido durante nuestro último día de viaje en Reykjavík (cualquiera pensaría que ya se nos habían agotado los temas de conversación, pero no, aunque era cierto que estábamos un poco cansadas de tanto trajín): nos parecía el momento ideal para tomarnos una pausa de tanto palabrerío y reflexionar a solas acerca de nuestro viaje. Decidimos ponerle un marco horario, porque era obvio que no íbamos a aguantar veinticuatro horas sin decirnos nada: cortaríamos el chorro de palabras apenas subiéramos al bus (a las 9 de la mañana) y lo reanudaríamos cuando bajáramos (a las 6 de la tarde).

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Una ventana en Vik

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Varias maneras de ponerse una corbata

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Imágenes de Reykjavík

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Vidrieras que me gustan

Ese día nos levantamos a las 7 de la mañana y fuimos a la estación casi sin hablar, pero del cansancio. ¿El desafío seguiría en pie? Entendí que sí cuando nos subimos al bus, cada cual se sentó en un asiento distinto y Lau se quedó dormida. Que Lau no se entere que leí mal el horario del tour y la hice despertarse antes… Pensé que había que estar a las ocho y media en la estación y no, era a las nueve. Ja, la hice saltar de la cama con mi estrés por llegar puntuales. Me mata… Menos mal que no podemos hablar así no me dice nada y yo no me quejo de que estoy cansada y tengo sueño. 

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Dormilona

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Me gustó esa nube gigante

Mientras íbamos hacia la primera parada (un invernadero donde cultivan tomates y otras verduras), pensaba: La gente habla mucho. Está bueno escuchar y no decir todo lo que a uno se le cruza por la cabeza. Aunque a la vez me imagino a nosotras dos en las piletas termales sin hablar y me siento como una isla, como dos pedazos de hielo flotando. No sé si podré, me gusta compartir. Cuando terminemos este viaje voy a sentirme medio sola… ¡Ajá! Lau está picando algo de la bolsita del Bonus (esa bolsa fue nuestra compañera de viajes, siempre estaba llena de comida), estas dos semanas estuvimos voraces, ¿será el aire puro? ¿El frío? ¿La ansiedad? No paramos de comer. Ahora miro los contenedores de los supermercados de otra manera.

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Debido al clima, en Islandia casi no hay árboles, así que muchos cultivos crecen en interiores.

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El pan aromático

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Y para seguir con la comida: una sopa asiática que nos tomamos esa noche en Reykjavík (demasiado rica)

Cuando entramos al invernadero lo primero que sentí fue el olor del pan, un olor envolvente, de esos que no te dejan pensar en otra cosa que no sea probar un bocado de ese manjar. ¿Lau lo sentirá también o soy yo que tengo hambre? ¿Dónde está Lau? Ah, ahí la vi, está escribiendo, ¡y se compró un pan! Quiero que me convide un poco… La voy a perseguir a ver si se da cuenta. ¡Laura: pan! ¡Dame pan! Creo que me entendió, pero me hace señas de comer y el número dos, no sé qué quiere decirmAH NO: ella es la que se está comiendo el pan y encima que me trata de gorda me lo quiere cobrar. Me quedé pensando en lo que me dijo hoy antes de subirnos al colectivo: “Vamos a comer en silencio, ¡qué aburrido!”. Qué importante es el ritual de la comida para el ser humano, qué lindo es compartir el alimento. Esta semana se nos pasó el tiempo haciendo sobremesas y creo que fueron los momentos que más disfrutamos (¿será que la sobremesa es algo muy argentino?). Cada cultura tiene una relación distinta con el acto de comer. En Olasfvik nos invitaron a cenar a lo de la tía de nuestro anfitrión: para ellos fue una cena normal y para nosotras fue de las mejores experiencias del viaje. Pienso en todas las mesas en las que me senté y en toda la gente que me dio de comer en estos seis años…

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Una especie de “fonda” islandesa en Reykjavík donde servían comida típica

Mientras el bus avanzaba rumbo a las cataratas de Gullfoss miré por la ventana. Cuántas casas vacías, en Islandia parece haber más casas que gente. ¿Será que alguien las okupa? Hubiese estado bueno encontrar una abierta y acampar una noche ahí… Qué fácil que es acostumbrarse a la seguridad de este país… Y esto de no hablar por un rato también está bueno. En Altea conocí a un chico que decidió pasar tres meses sin hablar, creo que lo hizo como experimento. Me acuerdo de la película Little Miss Sunshine, del adolescente que no hablaba porque no tenía nada que decir. En nuestra época de sobrecomunicación, el silencio se valora poco, el calladito siempre es raro. Me parece que se va a largar a llover en cualquier momento…

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Vista de las cataratas de Gullfoss (no me digan que no parece una porción de pizza con el queso que se derrite…)

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Cuando caminamos por las cataratas llovía (ya estábamos acostumbradas al clima). Cuántos asiáticos que hay en Islandia, todos con sus súper cámaras. Me acuerdo del primer japonés que me pidió sacarse una foto conmigo: fue en el Salar de Uyuni en el 2007. Me vio haciéndome una selfie y me ofreció (por gestos) sacarme la foto; después me hizo señas de que no me mueva (al principio no entendí muy bien por qué), se me puso al lado, me abrazó y otro japonés nos sacó una foto. En ese momento me pareció rarísimo: ¿para que quiere este una foto conmigo? Muchos se habrán preguntado lo mismo cuando, tiempo después, les pedí que se saquen fotos conmigo en la calle. Ahora, si alguien nos está observando a Laura y a mí va a pensar que somos dos locas: ella se acaba de acercar y me hizo señas de que nos saquemos una foto juntas, nos abrazamos para la selfie con la catarata de fondo, nos hicimos un gesto de agradecimiento con la cabeza y ella se fue, como si fuésemos desconocidas que no hablan el mismo idioma pero que por alguna razón quieren sacarse fotos juntas.

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A la hora del almuerzo flaqueamos. Lau me enfrentó y me hizo una señal de pausa (ya ni me acuerdo para decirme qué), así que en un segundo rompimos la nube de silencio que habíamos logrado instaurar por cuatro horas y retomamos el diálogo. Fallamos pero disfrutamos de la charla mientras comíamos. Creo que, gracias a nuestro paréntesis silencioso, las dos teníamos los oídos más atentos y le prestamos atención a detalles auditivos que en otro momento nos hubiesen pasado desapercibidos (caminar por un lugar con los ojos vendados es un muy buen ejercicio de percepción, se los recomiendo). Escuchamos los idiomas de las mesas cercanas (“¿y estos en qué hablan?”), escuchamos las erupciones del geiser (alcanzaba hasta 30 metros de altura) y el ruido del agua evaporándose sobre la tierra.

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Almorzamos en una zona de aguas termales

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Este geiser es la estrella: cada cinco minutos hace una pequeña erupción (de varios metros de altura)

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También hay un “geiser chiquito”

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Y, en Reykjavik, marketing.

A la tarde nos dejaron en la Fontana de Laugarvatn. Creímos que dos horas en las aguas termales iba a ser demasiado, pero cuando nos metimos en la primera pileta calentita nos dimos cuenta de cuánto necesitábamos relajarnos. Viajar con tanta libertad es muy divertido y barato, pero cansa un montón. Estás consciente de cada momento, el uso del piloto automático es casi nulo y eso hace que al final del día quedes agotada. Así que todo lo que no dijimos en cuatro horas, lo expresamos ahí: “Oooh sí, qué linda está el agua, qué relax… Ah nooo, ¡mirá este sauna! Ayyy qué frío que está el lago. Uuuy sí, no me sacan más de acá”. Fuimos pasando de piscina en piscina y de temperatura en temperatura (mientras hablábamos hablábamos y hablábamos). Cuando salimos nos mostraron cómo se cocina el pan de zenteno en las aguas termales (es una tradición islandesa: se pone la masa en una cacerola cerrada, se entierra la cacerola y se deja cocinando 24 horas) y mientras estábamos ahí tuvimos otro mano a mano con los pájaros más peculiares de Islandia: el sterna paradisaea o charrán del ártico. Estos pájaros amagan con atacar a quien pase cerca de sus nidos: si bien nunca llegan a tocar a la persona, hacen unos clavados que parece que van directo al cuerpo y asustan. No hay que reaccionar porque eso hace que los pájaros se pongan más agresivos: la solución es levantar un palo en vertical sobre la cabeza para que cambien el foco de atención. Eso hizo esta chica (y eso NO hicimos nosotras la vez anterior que nos atacaron en manada y nos ganamos varias cagadas en el pelo y cuerpo).

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Relax en las aguas termales

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Ahí ven cómo se acerca el pájaro

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La chica se pone a cavar el pozo para meter la cacerola con el pan

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Ve que se acerca el pájaro

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Y levanta la pala para alejarlo

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Y así queda el pan de zenteno (se come con manteca y es delicioso)

El castigo por fallar al desafío y hablar como loros vino casi al final, en el Parque Nacional Þingvellir, una de las zonas con mayor importancia histórica, geográfica y cultural del país, ya que ahí se estableció el primer Parlamento en el 930 y se fundó Islandia como nación. Estábamos sentadas mirando el paisaje y nos pusimos a hablar de cosas de chicas (y cuando digo cosas de chicas digo cosas muy de chicas). En lo mejor de la charla veo que Lau deja de hablar de golpe, mira al chico que estaba parado atrás mío y le pregunta:

—¿Hablás español, no?
—Sí…
—¿Cuánto escuchaste?
—Lo suficiente… jaja no se preocupen, no escuché todo…

Se reía. Era mexicano y había escuchado demasiado.

Moraleja: a veces es mejor callar. Por más que estés del otro lado del mundo y todos hablen otro idoma, no te confíes demasiado. En esta época de viajes y globalización, es muy probable que haya alguien que hable tu idioma, y la Ley de Murphy dice que va a estar presente justo cuando estés contando las intimidades más bochornosas en voz alta y creas que nadie te escucha.

Desafío bonus: FAIL.

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Frente a esa vista charlábamos (la construcción blanca es el antiguo Parlamento)

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Y hacia el otro lado, la vista era así.

Epílogo: pasamos nuestras últimas horas caminando por Reykjavík con nuestro anfitrión, un chico lituano con muchas historias graciosas. Ninguna de las dos quería irse. Prometimos volver. Me gustaría pasar un invierno en Reykjavík y sentarme a escribir otro libro sin distracciones. Ese día, el sol bajó a las doce de la noche, así que vimos la “hora dorada” (esa tan linda para sacar fotos) bien tarde. Este fue un viaje que me encantó hacer en compañía, creo que no hubiese sido lo mismo si no hubiese tenido a alguien con quien pasarme los kilómetros charlando de la vida. ¡Gracias Lau!

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Fotos finales de Reykjavík

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La vista de la ciudad desde la iglesia de la foto anterior

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Este es el anteúltimo post de la serie “Desafío Islandia”, un viaje/juego en conjunto con el blog Los viajes de Nena. Pueden seguirnos por Twitter con el hashtag #desafioislandia, a través de Instagram y Facebook. El post bonus de Lau ya está en su blog.

La excursión por el Círculo Dorado fue cortesía de Island Tours.

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