El ceviche y los recuerdos

Cuando nos trajeron el plato de ceviche a la mesa quedé hipnotizada, no me animaba a empezarlo por miedo a que se terminara demasiado rápido. Apenas probé el primer bocado de lenguado con camote recordé cuánto me gustaba esta comida; y, en menos de un segundo, me transporté al 2008.

Me acordé de la vez que Vicky, mi amiga y compañera de viajes argentina, me quiso hacer probar el ceviche en Arequipa (Perú) y no me animé (me daba un poco de nosequé que fuera pescado crudo). En aquella época (principios de mi viaje, 2008), todavía no me animaba a probar tantas comidas nuevas.

Me acordé, también, de la vez que Fabricio, un amigo peruano, me llevó a comer ceviche por primera vez. Fuimos a uno de los lugares más emblemáticos de Lima (“El verídico de Fidel”), cerca del estadio de Alianza Lima. Fidel, el dueño de aquel restaurante, había empezado su “carrera” de cevichero vendiendo ceviche a los futbolistas en un carrito a la salida del estadio; con el tiempo su puestito se hizo tan popular que terminó poniendo un restaurante (considerado uno de los mejores de Lima). Ahí, el plato de ceviche cuesta alrededor de 30 soles (11 dólares).

Me acordé, además, de la vez que Mirla, la hermana de Fabricio, me compró una bandejita de ceviche en el Puente Atocongo por 2 soles (menos de un dólar) y lo comimos en la combi camino a Punta Negra. Según mi amiga Olga, comer un ceviche en ese puente es como comprarse un choripán de dudosa procedencia por 2 pesos debajo de alguna autopista. Estaba buenísimo.

También me transporté a Singapur: hace unos meses me alojé en la casa de Kuni, un couchsurfer japonés, junto con un boliviano, un peruano, un colombiano y dos mexicanos. Kuni preparó, en nuestro honor, una cena latinoamericana: había empanadas, lomo saltado y… ceviche. Fue lo más cerca de Perú (y de América latina) que estuve en Asia.

Y me acordé de la última vez que lo comí, en el 2009, en un restaurante peruano en Buenos Aires.

Cebiche en Singapur preparado por Jennifer, una couchsurfer de Singapur

La cena latina en Singapur

La primera vez que viajé a Perú no sabía muy bien qué era el ceviche (aunque después de probarlo, juro que jamás lo olvidé). Como algunos restaurantes ofrecían ceviche, otros cebiche y algunos hasta “seviche”, pensé que cada nombre correspondía a una forma diferente de preparar el plato. Después descubrí que así como no existe una única receta, tampoco hay diferencia entre escribirlo con B y con V.

¿Por qué se llama “ceviche”? Algunos creen que el término “ceviche” proviene de Sea Beach, que era la expresión utilizada por los marineros ingleses para pedir este plato en los puertos peruanos; hay quienes aseguran que esta palabra tiene su origen en el término árabe sibesh y otros dicen que proviene de la palabra quechua siwichi, que significa pescado fresco o tierno. Tal vez alguno de mis amigos/lectores peruanos pueda orientarme al respecto. :)

¿Cuáles son sus ingredientes? Pescado fresco crudo (generalmente se hace con lenguado), limón, cebolla roja, ají, ajo y sal. Para prepararlo, los ingredientes se mezclan y se dejan marinar en el limón; luego a eso se le puede agregar mariscos, choclo, papa, camote, pulpo o cualquier acompañamiento a gusto. Es el plato nacional de Perú; un orgullo tan grande que fue nombrado Patrimonio Cultural de la Nación.

Y, confieso, es uno de mis platos preferidos en el mundo…  

Con canchita serrana (un tipo de choclo seco y frito) para acompañar

“Ani, ¡estás como en limbo!”, me dijo Olga mientras comía el ceviche en estado de éxtasis.

 Y sí, es increíble cómo un sabor puede traerme tantos recuerdos.

Dos días en la vida (nunca vienen nada mal y mucho menos en Singapur)

Transmitiendo en vivo desde Changi International Airport (Singapur)
01:27 AM del martes 19 de octubre
– esperando mi vuelo a Siem Reap (Cambodia) que sale a las 6 AM.

¿Alguna vez te tocó dormir en un aeropuerto?

¿O hacer una conexión con largas horas de espera?

¿O quizá tuviste la mala suerte de sufrir una huelga o cancelación de un vuelo por condiciones meteorológicas? Y te preguntaste, ¡¿por qué a mí?! ¿Y ahora qué [insertar adjetivo correspondiente según el grado de enojo] hago en este lugar de [insertar adjetivo otra vez]?

Les voy a presentar una página que les va a solucionar la vida, donde sea en el mundo que se hayan quedado varados.

 The Budget Traveler Guide to Sleeping in Airports: algo así como la guía para dormir en aeropuertos para aquellos que viajan con poco presupuesto, porque si tenés presupuesto, ni loco dormís en el piso, ¿no?

A mí me parece una experiencia por la que hay que pasar, al menos una vez en la vida.

Esta guía ofrece “reseñas” aeropuerto por aeropuerto, con opiniones de los usuarios acerca de “qué piso es más cómodo”, “de dónde NO te echan los de seguridad”, “donde da menos/más el aire acondicionado”, “objetos necesarios para pasar la noche en un aeropuerto”, “tips para que no te roben mientras dormís”, “mejores/peores aeropuertos del mundo” y mucho más.

Les aseguro que si no logran encontrar el lugar óptimo para dormir, se les va a pasar el tiempo leyendo esta página adictiva, divertida y muy útil.

dormido

Y el premio a mejor aeropuerto (invicto desde 2006 y por K.O.) es para…

Chan chan chan…

¡CHANGI INTERNATIONAL AIRPORT SINGAPORE! ¡Vamos todavía! ¡Changi acá estoy!

El aeropuerto de Singapur es mejor que cualquier casa de familia: tiene wi-fi gratis, pileta de natación, hotel, duchas, locker, internet gratis (con computadoras y todo), películas gratis, videojuegos gratis, jardines, tren propio para ir de un lugar a otro, bandas y música en vivo, karaoke, sillas muuuy cómodas y reclinables, música ambiente, tours gratis por la ciudad (en caso de que la espera sea más de 5 horas entre vuelo y vuelo), comida las 24 horas y pisos alfombrados y acolchonaditos.

Lástima que todavía no puedo entrar a este paraíso porque el check-in para mi vuelo abre en dos horas.

Antes de pasar migraciones, este aeropuerto no tiene nada demasiado especial más que la limpieza y tranquilidad.

Pero una vez adentro… hay gente que le dedica un día entero al aeropuerto-tour (¡de verdad!).

Qué demonios hago en Singapur se preguntarán.

Saqué el pasaje hace un tiempo para la fecha en que se me vencía la visa de Indonesia, pero sin saber adónde iría después.

Finalmente el público votó Camboya-Vietnam así que decidí pasar dos días de mi vida en Singapur antes de volar a Siem Reap.

¿Por qué?

Porque es un respiro. Porque es un placer. Porque es un descanso. Pasar dos días en Singapur te renueva. Es un lugar ordenado, limpio, eficiente, correcto en todo sentido y encima con onda.

No sé por qué mucha gente cree que es un lugar aburrido y lo saltea en su itinerario por el Sudeste Asiático.

Yo caminé por los mismos lugares donde estuve la vez anterior (en mayo de este año) y encontré cosas nuevas y distintas, aunque también me choqué con fotos que ya había sacado.

Me quedé en el departamento de Kuni (otra vez), un Couchsurfer japonés que ya alojó a más de… ¡540 personas!

Un monoambiente en un condominio con una pileta de natación que es un sueño y puertas que no se abren con llave sino con clave.

Kuni confía en sus huéspedes, los deja en su casa mientras él se va a trabajar, les da la clave de la puerta y del wi-fi y jamás, JAMÁS, tuvo una mala experiencia ni tampoco le faltó nada.

Al contrario, tiene un cuaderno (“guestbook”) cada vez más lleno de mensajes de agradecimiento, fotos, cartas y souvenirs, una heladera llena de imanes y una biblioteca llena de postales.

La hospitalidad EXISTE.

Hay más gente buena que mala en este mundo…

Así que después de dos días en los que me la pasé nadando, comiendo, caminando, comiendo, viajando en subte, comiendo, caminando, transpirando, comiendo, pensando mecortoelpelo-nomelocorto-mecortoelpelo-nomelocorto (me incliné por el no), acá estoy, en “El Mejor Aeropuerto del Mundo”, escribiendo y pasando el tiempo hasta que me toque la hora de hacer el check-in.

Singapur es una ciudad muy internacional que da para hacer un ¿Adivine qué nacionalidad? (Guess which nationality?), y eso hice desde que llegué.

Me pareció ver muchos argentinos, algo que no me pasaba hace tiempo (con excepción de Hong Kong).

El primero fue uno que se quejaba frente a la máquina expendedora de boletos de subte de última generación con un acento sospechosamente latino y una actitud sospechosamente porteña: Bat nou! Jau is dis posibel! Ai put de coin and nou tiket!

Hasta que llegó un guardia y amablemente le explicó que la máquina no acepta un billete tan grande para una compra tan chica.

El tipo murmuró y quiso hacerme cómplice de la situación, me miró y puso cara de “es de no creer”, a lo que yo ni abrí la boca.

Después vi (o me pareció ver) varios más caminando por la calle. No hablaron cerca mío así que no pude corroborar, pero entre nosotros nos reconocemos…

Lo que me hace sentir orgullosa, más allá de mi habilidad (?) para reconocer argentinos a la distancia, es que ya soy capaz de diferenciar nacionalidades asiáticas. Cosa que antes jamás.

Ese, por la forma de los ojos y la manera de caminar, es japonés, te lo firmo. Esas dos que se ríen así son malayas. Esos con esa actitud tan despreocupada y alegre… ¡filipinos!

Y también logro diferenciar idiomas asiáticos.

Qué lindo, qué felicidad. Mi viaje progresa.

Lo que no progresa es el tiempo.

Todavía una hora y media más para poder hacer el check-in…

Y después, vuelo directo a Siem Reap (Angkor Wat, ¿les suena?).

País nuevo, expectativas y un poco de nervios.

Especialmente por Vietnam… 9 de cada 10 viajeros me hablaron “mal” de Vietnam. Ya les contaré mi experiencia cuando esté allá.

Cambio y fuera.

templo

Templo en Chinatown

naughty copy

Todos miraban en esa dirección

noodle

Pero los mejores, eh.

peluqueria-express

Casi casi me animo. Peluquería “express” de Tokio que abunda en las estaciones de subte de Singapur. Un corte, diez dólares y diez minutos.

Ventanitas en Chinatown

littleindia

Templo en Little India

calle

Callecita que me gustó

deepavali

La comunidad hindú se prepara para los festejos de Deepavali

cocacola

Auspicia este momento…

Buda sonriente

Buda sonriente

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[Colores por el mundo]
VERDE

Verde

Como las terrazas de arroz de Banaue.
Como el licuado de palta que preparan en Indonesia.
Como las rodajas de pepino que le meten al arroz en todas las comidas.
Como la pared donde pinté mi primer submarino.
Como el botón de automático de mi cámara.
Como la remera que le uso a mi novio.
Como una remera que dejé en Buenos Aires que me gusta bastante pero que no podría usar acá porque es medio gruesa y me hace transpirar.
Como la sangre de un alien (no sé, digo).
Como las lagartijas que se meten en mi cuarto donde sea que esté.
Como Nepal después de la época de lluvia (eso leí, ya lo comprobaré).
Como el dólar (que a mi nunca me pareció verde pero se lo asocia con ese color).
Como la L de Google (fijate).
Como los ojos del gato de mi vecino de Buenos Aires.
Como las Heineken que ahora solamente puedo compartir con Belu vía skype.
Como el anillo que cambia de color según el estado de ánimo.
Como los ojos de la Niña Afgana.
Como el 59.
Como la lechuga que siempre le saco al sandwich porque mi mamá dice que puede estar mal lavada.
Como la cáscara del mango maduro en Yogyakarta (yo siempre juré que el mango maduro tenía cáscara amarilla).
Como el té que me sirvieron con todas las comidas en Hong Kong.
Como esa verdura extraña que le agregan a los noodles y jamás sabré qué es.
Como una laguna que una vez vi en Bolivia.
Como el relleno de un pan que me compré en Malasia sin saber lo que me esperaba.
Como el pasto después del rocío.
Como el color de la plantita que Wall-E le regala a Eve.
Como el ají que no pica tanto.
Como el mar en Karimunjawa.
Como un “snack” a base de arroz que probé en Penang.
Como los dibujitos-vueltitas de Vero.
Como la cabeza de un gusano rarísimo que encontré investigando mi mochila en un parque nacional de Malasia.
Como la selva que no visité por miedo a las sanguijuelas.
Como el durién por fuera.
Como la hoja de banana sobre la que sirven la comida en los restaurantes indios.
Como el color que no me puse para ir a la fiesta del semáforo en Kuala Lumpur.
Como el color que sí se puso un 90 por ciento de los hombres que fue a esa fiesta.
Como un pantalón que me compré en Malasia porque estaba muy barato y yo no tenía demasiada ropa.
Como las incontables hojas de las incontables frutillas que vi en Cameron Highlands.
Como una remera que vi en algún lado que decía que los hombres son como las cuentas bancarias y que sin mucha plata no generan demasiado interés (y no me gustó pero le saqué una foto igual).
Como Singapur.
Como el wasabi que jamás en mi vida probé ni pienso probar.
Como un tanque de guerra que quedó abandonado en una playa de Filipinas.
Como la toalla que usa sobre el cuello un japonés que conozco cuando hace calor.
Como la misma toalla que usa el mismo japonés sobre la cabeza cuando llueve.
Como el uniforme de colegio de un grupo de nenes que me crucé en Jakarta.
Como un amigo indonesio que se viste en composé al estilo rana cada vez que hace snorkel.
Como las hojitas-canastitas donde los balineses ponen las ofrendas de flores y comida todas las mañanas.
Como el vidrio de un mototaxi al que me subí en Filipinas.
Como la bandera de Macau.
Como el cubrecamas de mi casa en Buenos Aires.
Como la lucecita que me indica que tengo internet.
Como todas estas verduras que encontré en un mercado de Singapur.

Viajando en una foto: Una espía en Singapur

Me gusta espiar a la gente.

Me intriga ver cómo se comportan cuando creen que nadie los mira, cuando actúan con normalidad, cuando sus movimientos son naturales, cuando no posan porque no saben que hay una cámara que los vigila.

No soy muy fan de las fotos armadas, no me gusta hacer posar a la gente, prefiero pasar desapercibida y capturar momentos, guardar los que más me llaman la atención.

Por eso me gusta tanto recorrer las ciudades a pie: al ir más despacio es mucho más probable que vea situaciones que se me escaparían si voy en auto, moto o colectivo.

Y Singapur es la ciudad ideal para caminar: veredas anchas y limpias (no hay que estar mirando hacia abajo para evitar pisar sorpresas), semáforos que se respetan, muchos parques en medio de la ciudad para descansar, nada de caos vehicular, construcciones coloridas y prolijas, gente amable y simpática…

Cuando iba caminando por Little India (uno de mis barrios preferidos de Singapur, el Little India más limpio que vi en mi vida) vi a este hombre asomado por una de esas ventanas amarillas.

Enseguida me transporté a Cartagena de Indias (Colombia), donde muchas de las construcciones son así (de estilo colonial y con colores fuertes) y donde muchos de los hombres practican el mismo deporte: pararse frente a la ventana —sin remera— y mirar hacia la calle.

Al principio no iba a sacarle una foto, creo que me intrigaba más poder ver el interior de esa casa blanca y amarilla, descubrir qué objetos había adentro, con cuántas personas vivía.

Pero bueno, tampoco soy espía profesional, respeto la intimidad de las viviendas y no tenía ningún tipo de largavistas o algo parecido para poder mirar.

Así que seguí caminando.

Obviamente me arrepentí, volví hacia atrás y le saqué la foto lo más rápido y disimuladamente que pude.

Ahora que la veo otra vez, me pregunto a qué o a quién habrá estado mirando este hombre.

Tal vez es medio espía como yo o, mejor dicho, le gusta observar el comportamiento humano, despojado de poses, desde la baranda de su ventana amarilla.

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Vuelvo a Indonesia desde Macau

Hong Kong: 10.30 am, principios de julio de 2010

Esta vez no me ganan, esta vez me quedo sesenta días (y tal vez más).

Voy en el tranvía rumbo al Consulado de Indonesia en Hong Kong, con una carta de invitación en la mano, mi pasaporte, dos foto carnet, pasaje de entrada y de salida y algo de ansiedad.

El tema de las visas en Indonesia puede ser una complicación.

Lo más fácil es obtener lo que se conoce como Visa on Arrival: llegás al aeropuerto de Jakarta (por ejemplo), pagás 25 dólares, mostrás tu pasaje de salida y te dan un permiso para quedarte 30 días en el país, ni un día más (no hay posibilidad de extenderlo).

Para los que viajan como yo, sin planes, sin rutinas, sin fechas, ese límite se convierte en un obstáculo para conocer el país (por cada día “extra” que te quedes, te cobran unos cuantos dólares, y si te quedás más de 60 días con un permiso de 30, te pueden meter preso y prohibirte volver a entrar al país por varios años).

Pero Indonesia es gigantesco, ¿cómo pretenden que lo recorramos en treinta días?

Y no es solamente Indonesia: en Filipinas te dan un permiso de estadía por 21 días a cambio de 35 dólares, en Vietnam la visa de un mes con doble entrada cuesta 60 USD, la de Cambodia 25 USD, un mes en Laos 30 dólares, en China 45…

Podría decir que las dos cosas más caras del viaje son los pasajes aéreos de un país a otro (que, con aerolíneas baratas como Air Asia, Tiger Airways, JetStar, Lion Air, casi nunca superan los 100 USD ida y vuelta) y las visas.

Así que decidí que si vuelvo a Indonesia, vuelvo con tiempo.

Investigando descubrí la Visa Social, un permiso de 60 días para aquellos que van al país a visitar familiares o amigos.

Cuesta 50 dólares y puede ser extendida dos veces para quedarse un total de seis meses en el país.

Para aplicar se necesita un sponsor indonesio quien, en teoría, se hará cargo de todos los costos del viaje, y una carta de invitación al país.

Mi amiga Melati, a quien conocí la primera vez que estuve en Indonesia, me escribió la carta para que presentara en el Consulado.

Una vez ahí, una hongkonesa con cara poco alegre me pidió todos los papeles, fotocopias, fotos correspondientes, mis datos, qué hago, a qué me dedico, por qué viajo a Indonesia, dónde voy a vivir, etc.

Y por último me dio un glorioso papelito amarillo.

– Retire su pasaporte y su visa en cinco días hábiles entre las 14 y las 15 horas. Ni un minuto más ni un minuto menos.

Consulado de Indonesia en Hong Kong

Macau: 00.00, 19 de julio de 2010

Estoy sentada a orillas del lago de Macau, tomando algo con mis amigos Journey, Dan, Clancy, un chico polaco y más chicas de Macau.

Mi vuelo a Jakarta sale a las 2.35 am, pero no pasa nada, lo bueno de la isla de Macau es que todo queda tan cerca que podemos llegar al aeropuerto en colectivo en menos de 15 minutos y sin una gota de tráfico.

Nada de Ezeizas a dos horas.

Y si algo falla, lo tengo a Dan, mi amigo filipino que trabaja en la parte de seguridad del aeropuerto (o mini aeropuerto, porque es muy chiquito), conoce a todos y es capaz de frenar la partida de cualquier avión.

Journey (mi amiga china), Clancy (el macaense que nos alojó) y Dan me acompañan al aeropuerto a las 1 de la mañana.

Saben que estoy nerviosa por volver a Indonesia, por todo lo que implica (lo contaré en la siguiente historia…)

Saben que tengo miedo y ansiedad, por eso me acompañan y me despiden y me prometen que todo va a salir bien.

Muchas fotos, abrazos, planes de volver a encontrarnos en algún lugar de Asia o del mundo después, me voy hacia el mostrador de JetStar para hacer check-in.

Las aerolíneas de bajo costo tienen una gran ventaja (el precio), pero también tienen muchas reglas a seguir.

Una de las reglas de JetStar es que no realiza conexiones, me explico: si, por ejemplo, tenés que tomar dos vuelos de JetStar (como era mi caso), uno de Macau a Singapur y de ahí, tras unas horas de espera, otro vuelo a Jakarta, hay que hacer el check-in dos veces ya que JetStar no se encarga de realizar la conexión ni de enviar el equipaje directo al destino final.

Hay que despacharlo, buscarlo en Singapur (o en el destino intermedio que sea)  y volver a despacharlo.

OK, perfecto.

Pero cuando llegué al mostrador, el chico que me atendió me prometió y recontrareprometió que iba a mandar mi mochila directamente a Jakarta, sin necesidad de que yo volviera a despacharla en Singapur.

– Bueno, if you say so… But, are you REALLY sure? (Bueno, si vos lo decís… Pero… ¿Estás realmente seguro?)

– Yes, yes, straight to Jakarta (¡Sí sí, directo a Jakarta!)

– Ok…

Así que me subí al avión, escribí un ratito en mi cuaderno y me dormí.

Cuatro horas después, estaba de vuelta en Singapur.

A esperar unas cinco horas y otra vez a volar.

Esperando el colectivo para ir al aeropuerto de Macau

Jakarta: 12.15 pm – 19 de julio de 2010

Lo gracioso de Indonesia es que hay embotellamientos hasta adentro del aeropuerto.

El aeropuerto de Singapur por ejemplo, es enorme, está perfectamente bien señalizado, tiene colectivos que van de una terminal a otra, tiene hoteles, pileta de natación, negocios, restaurantes y mucha paz.

En el aeropuerto de Jakarta nadie te dice que primero tenés que ir a ese rincón a pagar la visa, que después tenés que hacer la cola eteeerna para migraciones en ese otro rincón, que tenés que buscar tu equipaje en alguna de esas ocho cintas, que tenés que tomarte el colectivo al centro en la salida E o F.

Hay que ingeniárselas.

Más aún con gente que casi no habla inglés.

Y lo del embotellamiento lo digo por la cantidad de gente que había para sellar el pasaporte cuando llegué.

Después de una hora de espera, pasaporte sellado, welcome miss y todas las formalidades aeroportuarias, voy en busca de mi mochila.

Y obvio: no está.

Me recorro todas las cintas, la espero hasta el final, pero jamás aparece.

¿Alguien se la habrá llevado? Lo dudo, no hay más que ropa sucia.

Me dejó nomás, prefirió quedarse en Singapur o tomarse un avión a Vietnam, quién sabe, tener una mejor vida sin mí.

Lo único que lamento es la remera que me regaló él, eso es irrecuperable, todo el resto se puede volver a conseguir.

Hago “la denuncia” en el sector de equipaje perdido, la mujer me asegura que mi mochila quedó en Singapur y que la mandarán en el próximo vuelo y de ahí directo a la casa de mi amiga.

No me amargo demasiado, al menos no tengo que cargarla hasta lo de mi amiga.

Salgo del aeropuerto y voy en busca del colectivo que me llevará a la casa de Melati.

Llueve a cántaros, se me abalanzan los indonesios para ofrecerme “taxi mister”, compro un juguito y me cobran tres veces más de lo que vale, no consigo comprar crédito para mi celular, el colectivo tarda más de 40 minutos en llegar y da vueltas una hora y media alrededor del aeropuerto para levantar más pasajeros, después tarda unas dos horas más en llegar hasta lo de mi amiga.

Definitivamente volví a Indonesia.

Cómo amo este país.

Epílogo: La mochila apareció con vida al día siguiente, aunque por unas horas deseé que nunca volviera… Está bueno perder todo, desprenderse del peso de lo viejo, encontrar una mochila nueva y llenarla de cosas distintas. Dejar el equipaje emocional atrás. Empezar de cero.

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Singapur: prohibido prohibir

Prohibido fumar. Prohibido tirar basura en la calle. Prohibido entrar con durian (fruta olorosa) al subte. Prohibido ingresar con ratas y pájaros al banco. Prohibido usar patinetas de Bob Esponja. Prohibido bailar sin licencia. Prohibido prohibir señores, que Big Brother todo lo ve y las multas serán jugosas.

Y que alguien me explique dónde está la Policía para controlar estos actos impúdicos, porque por ahora solamente vi oficiales en los carteles. Hay quienes dicen que los policías se disfrazan de civiles e inundan las esquinas, vigilan, pero pasan desapercibidos y solamente develan su identidad si enganchan alguna ofensa. Otros aseguran que la Policía ni existe, con la amenaza de las leyes y la manipulación psicológica es suficiente.

Lo cierto es que Singapur es el país de las prohibiciones.

Mejor aún: es una ciudad, que a su vez es una isla, que a su vez es un país, donde hay escaleras mecánicas entre los árboles, donde incluso Little India es limpia, donde se puede comer postres color arco iris y donde casi todo está prohibido.

“Rules create victims”, grita la remera de un chino-singapurense que camina por Orchard Road, la calle más fashion de Singapur.

Puede ser, pero tan mal no les va: este es uno de los países más avanzados de Asia, el famoso Tigre Asiático del cual nos habló Gerardo (australinos, you know), un lugar muy limpio, seguro y con excelente calidad de vida.

Esto es Singapur.

Una de esas ciudades por las que es muy fácil viajar, un respiro agradable en medio del Sudeste Asiático (sacando el pequeño detalle del calor y la humedad, siempre presentes), un mapa posible de seguir.

Un lugar donde los astrólogos leen la fortuna, los chinos leen el diario y los hindúes se amontonan frente a un televisor en medio de la calle para mirar el último hit de Bollywood.

Un barrio donde los hombres de Bangladesh se reúnen en los restaurantes a mirar luchas de catch y a jugar a su propia versión del billar.

Una esquina donde hay que apretar un botón para que aparezca el “Green Man” y nos ayude a cruzar de vereda.

Un bosque lleno de edificios, una ciudad fabricada dentro de un parque, con escaleras mecánicas al aire libre y todo.

Una ciudad supersónica, donde las puertas no se abren con llaves sino con tarjetas, claves númericas y botones.

Un subte donde los boletos se obtienen solamente a través de una máquina y donde las estaciones son impecablemente limpias.

Un mercado donde los locales invitan a los extranjeros a probar los platos y bocados típicos (y cuando digo “invitan” me refiero a que realmente compran varios sabores y los regalan al foráneo).

Una ciudad donde casi no se ven personas durmiendo en la calle (pero que las hay, las hay).

Una sucesión de barrios donde se escuchan distintos estilos de música según la ocasión: chill out en el área de shopping, música india en Little India, hits de karaoke en el barrio chino.

Un lugar donde la gente vive, trabaja y se divierte.

Vale la pena pasar por esta isla.

Olvídense de los mitos: Singapur es tan caro como uno quiere que sea.

Mi presupuesto diario es de 12 dólares de Singapur (algo así como 8 dólares).

Estoy haciendo couchsurfing en lo de Kuni, un japonés famoso en el Sudeste Asiático por la cantidad de gente que hospedó, así como por su amabilidad y buen corazón.

Todos los días almuerzo en los mercados locales: un plato de comida india, 3.5 dólares de Singapur, un plato de comida china, 3 dólares de Singapur, un postre típico, 2 dólares de Singapur… recorrer esta ciudad a pie, no tiene precio (?).

Singapur tiene mayoría china, así que el tema de la vestimenta ya no es tan estricto, por lo menos no vi ningún “prohibido usar vestido por arriba de la rodilla”. Las chinas son muy chic, las mujeres hindúes mantienen sus vestimentas tradicionales y no se ven muchas musulmanas.

Un cartel de “prohibido transpirar” vendría bien.

El miércoles vuelo a Jakarta, capital de Indonesia.

Cambio de país, y esta vez el cambio será notable.

Para los curiosos (especialmente mi madre que se estará preguntando en qué pájaro vuelo a Indonesia), los asiáticos tiene la gran suerte de contar con aerolíneas triple be: buenas, bonitas, baratas, como bondis “boladores” (para seguir con las bes), según me contaron.

La más conocida es Air Asia, que une ciudades asiáticas por (mucho) menos de 100 dólares. También existe Tiger Airways, Lion Air, Cebú Pacific, entre otras, todas aerolíneas que nacieron con la premisa de ser empresas de bajo costo y alta reputación. Ojalá tuviésemos algo así para movernos por todo el mundo.

Así que mis días en Singapur ya se terminan, voy a tener la ¿suerte? de conocer uno de los aeropuertos más avanzados del mundo.

Según dicen, acá el aeropuerto tiene pileta y todo.

Prohibido irse de Singapur sin hablar con los locales, sin probar la excelente comida y sin caminar por ahí.

Prohibido perderse Singapur.

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De Melaka a Singapur, del pueblito colonial a la ciudad supersónica

Menos mal que no le hago caso a las opiniones de la gente y sigo mi instinto, si hubiese creído a quien me aseguró que “en Melaka no hay nada para ver” me hubiese perdido de conocer una de las ciudades más interesantes de Malasia.

Si alguien me dijera que en realidad Melaka es el set de filmación de una película colonial-romántica, lo creo sin dudarlo.

Tiene un aura similar al de Colonia del Sacramento (Uruguay), de casitas bajas y antiguas, colores y luces suaves, ruinas y pedazos de historia desparramados por toda la ciudad.

De día los visitantes caminan por las placitas, iglesias, ruinas y templos; los locales cruzan los puentes en bicicleta y comen en los mercados; las mujeres chinas caminan bajo el sol protegidas bajo sus sombrillas; niños musulmanes salen del colegio y corren a comprar comida a un vendedor callejero mientras esperan el colectivo que los llevará de vuelta a su casa; los conductores de los rickshaws (transporte típico de esta ciudad: carritos-bicicleta decorados con flores) dan vueltas en busca de turistas y hacen sonar música en sus radios.

La religión está muy presente, como en toda Malasia: los católicos se reúnen en las iglesias para escuchar el sermón y cantan canciones, los musulmanes esperan el canto de la mezquita para arrodillarse a rezar mirando hacia La Meca, los taoístas prenden incienso en sus templos y dejan ofrendas de frutas y flores, los hindúes ofrecen comida y veneran a alguno de sus dioses en uno de sus tantos templos.

Mientras tanto, los extranjeros se reúnen en la fuente de la plaza principal y se sacan fotos grupales.

De noche, cuando los autos dejan de circular, las callecitas de tierra se vuelven desiertas, muchas casas cierran sus puertas y apagan todas las luces, las mesas ocupan las veredas, los restaurantes y templos prenden luces y faroles, las flores de los rickshaws se iluminan.

En algún restaurante chino, un hombre canta a karaoke un tema de Bryan Adams; al lado del río, una banda de música portuguesa-malaya ensaya su show y toca para quienes quieran sentarse a escucharlos; cerca del shopping, un festival de música metal atrae a los más jóvenes.

Y de día todo vuelve a empezar, aunque con un detalle que derrite todo tipo de clima poético: el terrible calor que aumenta a medida que me acerco al Ecuador.

No me imaginé que podía existir más humedad que en Kuala Lumpur.

Pero si uno intenta olvidarse de la transpiración y meterse en la Historia, con sólo caminar (porque Melaka es una ciudad para caminar), se pueden descubrir todas las influencias que fueron dando personalidad a este pequeño lugar al sur de Malasia.

Melaka (o Malacca) fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y en su territorio se resumen siglos: fue la capital del Sultanato de Melaka y el centro más importante de los malays durante los siglos 15 y 16, luego fue colonizada por los portugueses, los holandeses y los británicos y recibió gran influencia china también.

Y lo más interesante es que esta historia es totalmente palpable: aún quedan fortificaciones portuguesas, cementerios holandeses, construcciones musulmanas, templos chinos.

Y también se ve perfectamente la mezcla de culturas que caracteriza tanto a Malasia: hay mezquitas con arquitectura china, comida portuguesa-malaya, restaurantes hindú-malayos, iglesias católicas (primera vez que veo en Malasia), iglesia metodista-tamil, templos chinos taoístas.

Melaka es mi última ciudad de Malasia, país en el que estuve unas tres semanas y al que volveré algún día.

Me da nostalgia irme y dejar atrás a todos los amigos que conocí, pero tengo que seguir viaje. 

Tan sólo cuatro horas después, llego a Singapur.

WOW.

Por si no sabían, Singapur es una ciudad-estado independiente de Malasia (a pesar de que están separados únicamente por un puente) y uno de los países más pequeños y avanzados de Asia.

El cambio es rotundo: siento que entré al país de los Supersónicos.

El edificio de inmigración parece un aeropuerto europeo, todo el equipaje pasa por rayos equis, la policía me dice que no puedo estar parada al lado de la oficina de inmigración, tengo que seguir caminando, tampoco se puede escupir ni sacar fotos o filmar. Las calles son limpias, bien iluminadas, es viernes a la noche y todos están afuera. La mayoría de los habitantes que conforman Singapur son chinos, aunque sigue existiendo la minoría de malays e hindúes al igual que en Malasia.

Tengo que tomar el MRT (subte) hasta la casa de Kuni, el japonés que me alojará en esta ciudad.

Kuni es couchsurfer, viajó a más de cien países y esta es su manera de retribuir a todas las personas que lo recibieron cuando viajaba. Ya alojó a más de 450 personas en su departamento, a veces hasta cuatro o cinco por noche (!). Tomar el subte es toda una hazaña, por lo organizado, digo.

Finalmente llego, después de hacer varias combinaciones y de pelearme con la máquina que emite los “subtepass”.

Esta es la Asia avanzada que todos imaginamos.

Más detalles, próximamente.

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