Catadora de mares en un crucero por el Caribe

La primera vez que me subí a una lancha tenía pocos meses y mis papás dicen que no paré de llorar durante los cuarenta minutos de viaje. Suponían que me molestaba el ruido del motor, porque cuando lo apagaban me quedaba sonriendo tranquila mientras el agua nos mecía. Pasé los fines de semana de mi infancia y adolescencia en una casa frente al río, en el Delta del Paraná, a una hora de Buenos Aires. Ahí aprendí a remar en kayak y canoa, usé una tabla de bodyboard para barrenar las olas marrones de las lanchas colectivas, me animé a nadar sin poder ver lo que había debajo del agua, tomé algunas clases de esquí acuático, aprendí los nudos marineros más fáciles, practiqué saltos acrobáticos desde el muelle, sentí cómo un pescado se me prendía de la rodilla y hasta tuve de mascota a un pato. Pero nunca fui una chica de río. Cuando conocí el mar supe que, de todas las aguas que hay en el mundo, la del océano era mi preferida.

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Con mi papá nadando en el río, a pocos metros del Paraná

Crecí queriendo ser catadora de mares. Mientras durante el año escolar me conformaba con nadar en la pileta cerrada de mi barrio, esperaba ansiosa las siguientes vacaciones en la playa. No sé qué fue primero, si el huevo o la gallina de mar, pero mis papás siempre me llevaron de viaje al mar y yo nunca quise que me llevaran a otro lado. Conocí el mar frío y marrón de la costa argentina y el caliente y turquesa de las zonas tropicales, el mar tipo sopa de ciertas islas caribeñas y las olas energéticas de algunas playas uruguayas. Aún hoy, a mis 31, no sé qué mar gana la pulseada: el estático y transparente o el azul y oleado. Me cuentan que cada vez que íbamos a la playa yo agarraba mi botecito inflable, me sacaba la bikini y entraba al mar desnuda “para que no se me mojara la ropa”. No creo que haya sido un exhibicionismo temprano porque apenas entré en la adolescencia empecé a taparme con todo lo que encontraba, me parece que era un razonamiento típico de la infancia: la ropa de baño no me deja sentir el mar en todo el cuerpo, así que mejor me la saco. Siempre me sentí más en mi hábitat en el agua que sobre la tierra, y si me hubiesen dado la oportunidad de convertirme en sirenita y desaparecer para siempre en el fondo del océano hubiese aceptado. Supongo que fue en esta época cuando se me metió en la cabeza la idea de que algún día viviría frente al mar. Un Inception que empezó a plantarse hace más de 25 años.

Con mi prima Ceci y mi súper tabla en Punta del Diablo, Uruguay.

Con mi prima Ceci y mi tabla de chica mala en Punta del Diablo, Uruguay.

A los 15, cuando me preguntaron si quería fiesta o viaje, elegí viaje sin dudarlo. Fue una decisión muy fácil en una edad llena de decisiones difíciles. Empaqué mis cosas —ya ni recuerdo qué equipaje llevé— y viajé a Disney y a las Bahamas con un grupo de 500 —o mil, tampoco lo recuerdo ya— quinceañeras argentinas. Esa fue la primera vez que me subí a un crucero. Dieciséis años después, las imágenes que se me vienen a la mente son la alfombra mullida que tenía el barco, el ascensor —¡un ascensor que navega!—, el teléfono satelital por el que llamaba a mi casa, el fax que podíamos usar para mandar esa versión primitiva del email, los camarotes sin ventanas y un marinero de ojos celestes, del que todas estábamos enamoradas y que aparece más veces en las fotos que cualquier vista caribeña. Del resto casi no me acuerdo: sé que hubo una fiesta en la cubierta, ¿fuegos artificiales?, una parada en Bahamas, quemaduras de sol, peleas con desconocidas, una que dijo haber besado al marinero de ojos claros.

Las fotos del crucero de los 15 están en papel y en Buenos Aires, en mi compu solo encontré esta foto en el Caribe de cuando era chiquita

Las fotos del crucero de los 15 están en papel y en Buenos Aires, en mi compu solo encontré esta foto en el Caribe de cuando era chiquita

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Entre los 16 y los 31 seguí teniendo mis contactos esporádicos con el mar. A los 22 crucé de Colombia a Panamá en velero con tormenta eléctrica, tuve que agarrar el timón bajo la lluvia porque el polaco que había quedado a cargo no podía parar de vomitar, me quedé dormida mientras el velero subía y bajaba por olas que parecían montañas y pensé que no volvería a despertarme. Al otro día vimos delfines y entendí que si voy a morir en algún viaje, prefiero que sea sobre el agua y no en el aire. Me subí a otro velero en Rosario, tomé un ferry para ir a Uruguay, hice un recorrido fallido por la bahía de Halong en Vietnam, navegué a las islas Karimunjawa en Indonesia, crucé por agua a Marruecos. No volví a subirme a un crucero hasta Islandia, cuando Lau y yo intentamos irnos de polizonas hasta Groenlandia en un transatlántico que estaba amarrado en el pueblo. Una señora nos vio y nos invitó a bajarnos antes de poder cumplir nuestro plan delirante de hablar con el capitán y convencerlo de que nos lleve. Durante mis viajes metí los pies y nadé en mares y océanos de todas partes del mundo y finalmente me quedé a vivir frente al Atlántico, en Biarritz, con un francés que me explicó que él también necesita el mar para ser feliz. En esa época empecé a obsesionarme con la idea de volver a Argentina en un barco de carga y aprovechar esas tres semanas de desconexión para escribir el inicio de un libro en altamar.

En el cruce en velero de Colombia a Panamá vimos delfines nadando al lado del barco

En el cruce en velero de Colombia a Panamá vimos delfines nadando al lado del barco

En ese velero consideré la idea de quedarme a trabajar en un barco.

En ese velero consideré la idea de quedarme a trabajar en un barco.

En Japón, a menos de dos semanas de haber empezado el viaje con L, me llegó una invitación de Pullmatur, una empresa española de cruceros, para hacer un viaje de prensa de seis días por el Caribe en el Monarch, uno de sus buques insignia. Lo primero que pensé fue: es muy lejos, voy a tener doble jet-lag y no sé si podré superarlo. Mi cuerpo iba a quedarse rebotando entre husos horarios, confundido entre tanto vuelo de una parte del mundo a la otra, sobre todo porque hacía pocos días habíamos viajado de Nueva York a Tokio y todavía no me había terminado de recuperar de los mareos y el insomnio del cambio horario. Por otro lado en mi cabeza había un minion que ya se había puesto la bikini y el collar de flores y estaba haciendo el hula-hula con un cartel que decía free daikiris. Cuando Lau me dijo que a ella también la habían invitado acepté. El transatlántico groenlandés no sabe lo que se perdió.

El barco que sería nuestro hogar por seis días

El barco que sería nuestro hogar por seis días

Después de 24 horas de aviones y aeropuertos, un piloto que amagó con aterrizar y volvió a despegar porque la pista no estaba libre, un azafato que me contó chismes de avión, familias que lloraban frente a migraciones de México porque estaban por perder su conexión y un sábado vivido dos veces al estilo día de la marmota, llegué a Panamá City y me reencontré con Lau después de casi un año sin vernos. Mi cabeza ya no sabía dónde estaba pero el cuerpo me decía que el mar Caribe estaba ahí nomás. A las catadoras de mares se le erizan los pelos como a un gato cuando sienten la sal en el aire. Embarcamos la mañana siguiente en Colón y formamos clan con Maru Mutti y Adri Herrera, blogueras de viaje también. Así, en un barco-ciudad de 14 pisos, nacieron las #chicasdecrucero.

Lau, Maru, Adri y yo en el barco

Lau, Maru, Adri y yo en el barco

La vista desde la ventana de mi camarote

La vista desde la ventana de mi camarote

Mi camarote

Mi camarote

Si no escribiera en mi cuaderno todos los días no sé si podría diferenciar esos seis días de navegación en bloques de 24 horas. Subirme al crucero fue entrar a un micromundo flotante donde el tiempo se medía de otras maneras: las primeras horas en que el barco se movía y nos preguntábamos si era normal que el ascensor oscilara hacia los costados tipo péndulo, el simulacro del segundo día donde nos enseñaron qué hacer en caso de emergencia, las piñas coladas y caipiroskas de maracuyá peligrosamente disponibles a toda hora, la pileta vacía a la mañana y repleta al mediodía, el buffet en horario pico de desayuno y mis intentos veloces por servirme omelette antes de que se terminara la bandeja, una chica gritando como cacatúa en el pasillo, nosotras cuatro haciendo journaling con mi cartuchera llena de washi tapes contrabandeadas desde Japón, los pececitos voladores que se veían al atardecer, la ventana del camarote que me recordaba que siempre estábamos en movimiento, irme a dormir y despertarme en otra parte del mapa del mar.

El mapa del océano según Lewis Carroll (visto en el libro "Especies de espacios" de Georges Perec)

El mapa del océano según Lewis Carroll (visto en el libro “Especies de espacios” de Georges Perec)

 

La pileta

La pileta

La mesa donde nos sentábamos siempre a desayunar

La mesa donde nos sentábamos siempre a desayunar

Un búho misterioso

Un búho misterioso

Sillón con vista a Aruba

Sillón con vista a Aruba

Escribiendo en nuestros diarios con mucha concentración

Escribiendo en nuestros diarios con mucha concentración

Gané al Scrabble

Gané al Scrabble

Los quiebres en el fluir cotidiano del crucero lo marcaron las paradas que hizo el barco durante su recorrido. En este caso hubo dos: en Cartagena de Indias el día 2 y en Aruba el día 4. Volver a Cartagena me hizo acordar al 2008, cuando pasé diez días en Getsemaní, uno de sus barrios, esperando a que saliera algún velero hacia Panamá. Cartagena de Indias fue la ciudad donde festejé, sola, mis primeros cinco meses de viajera y fue, también, uno de los primeros lugares que me puse como meta (“llegar a Cartagena y llegar a México”). Aprovechamos el día libre para caminar por el centro histórico, Lau se comió una arepa con queso, caminamos por la muralla, nos sentamos en sillas en la vereda en Getsemaní y cruzamos pocas palabras con mochileros que estaban a mitad de su viaje por América Latina y que, en otro momento, podríamos haber sido nosotras. A la tarde volvimos a embarcar y junto con nosotras subieron 1500 personas —en su gran mayoría familias— que iniciaban su crucero en Colombia. A un barco así no se va en busca de soledad.

Cartagena de Indias y sus paredes de colores

Cartagena de Indias y sus paredes de colores

El Casco Histórico

El Casco Histórico

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Nosotras

Nosotras

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En la muralla

Qué lindo que está el barrio de Getsemaní, no dejen de ir si pasan por Cartagena

Qué lindo que está el barrio de Getsemaní, no dejen de ir si pasan por Cartagena

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En el puerto había flamencos

En el puerto había flamencos

Última vista de Cartagena antes de volver a embarcar

Última vista de Cartagena antes de volver a embarcar

El jet-lag hizo que me despertara todos los días a las 6 —y que cayera muerta a las 9 de la noche— y pude aprovechar esas mañanas vacías para escribir y mirar el mar. El día 4 me desperté y desde mi cama se veía el centro de Aruba, una construcción que parecía una calesita y un mar turquesa que debería tener su propio color Pantone. Recorrimos los pocos kilómetros de la isla en jeep y vimos sus paisajes volcánicos y de cactus. Aruba es parte del Reino de los Países Bajos junto con Curaçao, Sint Maarten y los Países Bajos y está a 25 kilómetros al noroeste de Venezuela. Se habla papiamento, una lengua creole que proviene del español, portugués, neerlandés, inglés, francés y lenguas africanas. Llegamos un día después de que hubiese pasado el huracán Matthew y, según los locales, ese mar turquesa cristalino que veíamos a la distancia estaba turbio y no tenía su belleza de siempre. Mis antiparras no sirvieron porque, en efecto, no se veía nada, pero las cuatro flotamos felices en el Caribe y volvimos a embarcar con el pelo lleno de sal. Esas horas en Aruba me dejaron con ganas de más.

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El centro de Aruba, mezcla de latino y holandés

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La playa en la que nos bañamos

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Es cierto: lunes en Cartagena y miércoles en Aruba no es mi idea de slow travel ni me da mucho tiempo para conocer un lugar, pero la gracia del crucero, para mí, estuvo en navegar y no en frenar. Seis días viviendo sobre el agua, desayunando con vista al mar, escribiendo con vista al mar, charlando con vista al mar, viendo atardeceres sobre el mar. Ahí está mi slow travel, en hacer este trayecto en barco en vez de solucionarlo en pocas horas de avión. El anteúltimo día nos llevaron a conocer la cabina de mando y fue como entrar al backstage del gigante. Botones, radares, un teléfono rojo, mapas, compases y la bitácora de navegación. Cómo contener ese otro sueño de ser capitana. Desembarcamos en Colón y nos fuimos en auto a Ciudad de Panamá, donde aprovechamos el día para caminar por el Casco Viejo —está muy distinto a como lo recordaba—, comimos ceviche, contamos edificios y fuimos al aeropuerto desde el que cada una volvió al lugar del mundo en el que estaba antes de este paréntesis caribeño. Me pregunto en qué puerto me espera el próximo barco (o en qué orilla el próximo mar).

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La cabina de mando

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Ciudad de Panamá

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Arte callejero en el centro histórico de Panamá

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Me pareció que está todo mucho más restaurado y cuidado que en el 2008.

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Yo sí, y pueden seguirme xD

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Estos chicos me pidieron que les sacara una foto

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Creo que es la misma persona que no tiene Instagram

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Super Mario!

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El viaje en crucero fue cortesía de Pullmantur España.

[box type=”star”]Info útil para irse de crucero:

* Qué incluye un crucero. Pullmantur tiene cruceros por Europa, África, el Caribe y transatlánticos. La duración y costo depende de cada paquete, pero en general al comprar tu pasaje tenés incluido el camarote, la comida y las excursiones de todo el viaje, así como el vuelo hasta el puerto de salida (desde España). Hay cosas que se pagan aparte, como algunos tragos, snacks y bebidas o el wifi (sí, hay wifi, es satelital, un poco lento y caro, pero si necesitás trabajar, responder mails o estar comunicado, sirve).

* Cómo elegir un crucero: yo me inclino por los que duran más días y tienen menos paradas, pero porque me gusta navegar y disfruto estando sobre el crucero en sí. Tené en cuenta que las paradas en las ciudades son cortas, en general de algunas horas o medio día, y no te va a dar el tiempo para recorrer mucho, sino más bien para tener un pantallazo del lugar.

* Para tener en cuenta: cruzar de Europa al Caribe (o al revés) en transatlántico puede ser más barato que hacer el mismo cruce en avión. Además, el viaje dura al menos dos semanas, hace varias paradas e incluye todas las comidas. Eso sí, esta ruta tiene fechas más específicas que el resto de los cruceros. Yo tengo muchas ganas de hacer uno.

* Qué llevar: la ropa que necesites según el clima, abrigo (aunque sea verano, hay mucho aire acondicionado), algún vestido más arreglado (por si hay fiesta en el barco), protector solar, gorro, libros… Dentro del crucero hay algunas tiendas para hacer compras pero suelen ser más free shop que otra cosa. También te conviene llevar dólares o euros en efectivo para usar en las ciudades en las que bajes. [/box]

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De mi infancia en el río salió un cuento, “El pato de la infancia”, que hoy forma parte de la colección “Ríos”, una serie de doce relatos ilustrados y deplegables publicados por la Editorial Furiosa de Rosario, Argentina. Además, tuve la suerte de que mi lo cuento lo ilustrara María Luque. La colección completa se consigue en la tienda de la editorial.

Recuerdos de Centroamérica:
Guna Yala, un paraíso en 365 islas

[box type=”star”]Este post forma parte de “Recuerdos de Centroamérica”, una serie de relatos fotográficos de mi viaje por Centroamérica.[/box]

En el 2008 hice mi primer viaje largo: nueve meses por Sudamérica y Centroamérica. Mi objetivo era terminar en México, pero me volví antes porque estaba cansada, no tenía plata y no sabía si podría seguir viajando. México quedó como uno de mis grandes destinos pendientes junto con la India —me fui de viaje a Asia con el objetivo de terminar en la India, y todavía no lo logré—.

Los relatos de ese primer viaje por América Latina los escribí en un blog que ya no existe y que se llamó Diario de una mochilera. Muchos de ustedes me pidieron que subiera esos relatos acá. Yo les propongo algo mejor —o que al menos me divierte más que copiar y pegar esos textos que ya no quiero releer—: voy a escribir posts nuevos. Voy a revisitar esos lugares a través de mis recuerdos. Y en fotos.

Así que hoy inauguro la primera parte de esta serie latinoamericana: Recuerdos de Centroamérica. Durante abril y mayo verán fotorrelatos de mi paso por Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala. Después, aunque no de manera inmediata, seguiré por Sudamérica. Espero que los disfruten, para mí era algo pendiente incluir estos destinos en mi blog, así que allá vamos.

(Pido disculpas: estas fotos las saqué con una cámara compacta que tenía el lente muy sucio, así que si ven algunas manchitas hagan de cuenta que son detalles retro.)

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Guna Yala, un paraíso en 365 islas (Panamá)

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La comarca de Guna Yala —antes llamada Kuna Yala o Archipiélago de San Blas— es uno de mis lugares en el mundo.

Es un conjunto de 365 islas y cayos ubicado en el Caribe panameño y habitado por los guna —también llamados kuna o cuna—, una comunidad indígena de Panamá y Colombia.

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Llegué a Guna Yala en velero, después de 48 horas de navegación desde Cartagena de Indias y con una tormenta eléctrica en el medio —pero eso lo cuento mejor en mi libro—. Un viajero hondureño que conocí en Colombia me lo había dicho: “San Blas es uno de los lugares más lindos del mundo, tenés que ir”. Lo que veía desde la cubierta del barco ya me gustaba. Si esto no es el paraíso, el paraíso dónde está.

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En el velero éramos diez: dos chicos belgas, un polaco, una pareja israelí, tres alemanes, el capitán y yo. Nuestra primera parada fue en El Porvenir, la isla-capital de la comarca, donde nos sellaron la entrada a Panamá en el pasaporte. Estaba nublado, pero el aire tenía la pesadez típica del Caribe. Habíamos llegado.

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Mientras los demás hacían el trámite de migraciones, salí a dar una vuelta por la isla. Estaba casi vacía. De lejos se veían otros veleros, algunas canoas de madera e islas dispersadas sobre un mar muy turquesa.

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El color del agua cambiaba según cómo le diera el sol. Cuando se nublaba, el mar parecía oscuro. Cuando salía el sol, se veía en el fondo y todos los peces que nadaban adentro. El archipiélago ocupa una franja de unos 300 kilómetros de largo por 10 de ancho. Solo unas 40 islas están habitadas por los guna.

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Se estima que la comunidad guna está conformada por 50 mil habitantes: los asentamientos más grandes están en Guna Yala (31 mil habitantes), en la franja costera frente al archipiélago y en Colombia (unos 2000). Están organizados en tres comarcas autónomas, una de ellas Guna Yala. Si bien pertenecen geográficamente a Panamá, los guna se autogobiernan. Los líderes de las comarcas se reúnen dos veces por año en el Onmaket Nega o Congreso General a discutir los temas que conciernen a la comunidad.

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Cada comarca, a su vez, está formada por comunidades o aldeas. En Guna Yala hay 49, y cada una tiene su saila, el líder político y espiritual que se encarga de proclamar las leyes internas, organizar el sistema de impuestos y mantener el orden civil dentro de su grupo. Además, los saila transmiten a través de canciones las leyendas, mitología e historia de los guna.

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El capitán dio algunas vueltas para que viéramos algo del paisaje antes de anclar. En Guna Yala vi islas-pueblo, islas con dos cabañas, islas con palmeras, islas vacías.

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Un rato después de llegar tuvimos el primer contacto con los guna: las mujeres se acercaron al velero en canoas de madera para saludar y ofrecer sus artesanías.

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Lo primero que me llamó la atención fue la ropa. Qué colores. Qué diseños. ¿Se vestirían así para los turistas?

Después supe que no: los guna son uno de los grupos indígenas más tradicionales e independientes de América Latina. A pesar de haber estado en contacto constante con culturas europeas y americanas, nunca perdieron sus costumbres, cultura, idioma y creencias. Esas telas coloridas son parte de su vestimenta diaria.

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La sociedad guna es matriarcal, y los roles están bien definidos. Las mujeres se encargan de las tareas domésticas —cocinan, lavan, cosen, limpian y juntan agua de los ríos— y de administrar el dinero de la familia. Son ellas quienes confeccionan y venden las molas, el tejido tradicional de la comunidad (el mismo que usan en su ropa).

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Las abuelas transmiten las tradiciones del pueblo a las nuevas generaciones a través de cantos, bailes, consejos y enseñanzas. Las hijas mujeres son valoradas ya que traen hombres nuevos a la familia: después del matrimonio, el marido se muda con la familia de su mujer y trabaja durante varios años como aprendiz de su suegro.

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Los hombres, a diferencia de las mujeres, ya no se visten de manera tradicional. Ellos son los encargados de pescar y recolectar cocos: la economía de las guna está basada en la pesca, la agricultura y la venta de molas. Los hombres suelen salir a recolectar cocos a las cinco de la mañana, luego se dedican a pescar, a trabajar en los cultivos, a reparar las viviendas y a tallar utensilios de madera. Muchos cargan sus cayucos (canoas) con langosta, pulpo, cangrejos y peces y van de barco en barco ofreciendo la pesca del día. Hay otros, aunque son los menos, que se dedican a confeccionar molas con las mujeres.

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En cada isla hay un sector reservado para estacionar los cayucos, las canoas que los guna construyen y usan para ir de una isla a otra. Están construidos de un solo tronco y tallados con un machete. Todos los cayucos tienen remos y timón, y algunos una vela o motor fuera de borda. Son indispensables para la vida diaria: las mujeres los usan para ir a tierra firme o acercarse a los barcos, los hombres los usan para ir a las plantaciones de maíz y yuca y para pescar sobre los arrecifes.

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En las aldeas más chicas existe una tradición: cuando el último habitante de una familia muere, se quema la casa y se mandan sus cenizas al mar en una balsa.

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Una de las cosas que más me gustó de Guna Yala es que todos los establecimientos y servicios turísticos están manejados por los guna: no se permite inversión extranjera en las islas. No hay resorts, no hay free shops, no hay nada que pueda arruinar el medio ambiente. Las construcciones, además, están hechas con elementos tomados del entorno. Las casas son de bambú, madera y palma. La cocina suele estar fuera de la casa, y la cama —una hamaca paraguaya— adentro.

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El baño suele ser un cuartito de madera ubicado en un muelle sobre el mar, y la ducha es un balde de agua dulce y medio coco que sirve de recipiente. La electricidad es limitada: muchas familias usan paneles solares para abastecerse de energía. En algunas aldeas hay televisión, en las más chiquitas no.

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Una vez que se llega a Guna Yala, cada capitán decide en qué zona quedarse durante las dos noches que dura la visita. Nosotros anclamos frente a Chichimé, una isla con dos casas.

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Podíamos elegir si dormir en la cubierta del barco o en hamacas paraguayas en la isla. Yo prefiero el barco, me gusta sentir el movimiento del agua.

Pasamos esos días nadando, haciendo snorkel entre los corales, yendo de una isla a otra y charlando con la familia guna de Chichimé. Ahí vi uno de los peces más lindos de mi vida: azul-violeta con puntitos fluorescentes.

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En Chichimé aprendí acerca de las molas, el tejido tradicional de los guna. En lengua kuna, mola significa ropa. Estas telas son, además de una de las mayores fuentes de ingreso de la comunidad, parte de la vestimenta tradicional de las mujeres. Las molas, además, cohesionan a los guna como comunidad y les dan reconocimiento internacional. Muchos ejemplares están en museos de Europa.

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La técnica de confección de las molas es compleja: se cosen de dos a siete telas de distintos colores, una encima de la otra, y luego se las va recortando por capas para formar figuras. Existen dos tipos de molas: las turísticas y las tradicionales. Las turísticas suelen tener dos capas de tela, una sola gama de colores y dibujos figurativos (animales, plantas, escenas de naturaleza). Llevan más o menos una semana de trabajo y no tienen un tamaño predeterminado.

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Las molas tradicionales son mucho más elaboradas: están compuestas por formas geométricas, lineas, puntos y algunas figuras reconocibles (animales o plantas, por ejemplo). Se hacen con hilos de por lo menos seis colores y con varias capas de tela. Estas molas tienen el tamaño indicado para caber en las blusas de las mujeres y pueden llevar entre dos y nueve meses de trabajo. Son las que se exponen en museos.

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Uno de los habitantes de Chichimé me mostró esta mola que estaba confeccionando para su sobrino. Le pregunté si la vendía y me dijo que no. Las molas también se usan para mantener viva la tradición guna, ya que los diseños representan su cosmovisión. No hay dos molas iguales, todas se hacen a mano y los dibujos quedan a elección del artista.

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El master mola maker de Chichimé —como se presentó él— me contó que nunca había salido de las islas ni tampoco había ido a la escuela. Aprendió varios idiomas gracias a la visita de turistas de todas partes del mundo: además de su lengua, hablaba español e inglés y algunas palabras de italiano, francés y japonés. Todo lo que necesitaba para trabajar, me contó, lo encargaba por teléfono —sí, hay celulares— a otra isla o a Ciudad de Panamá. Le compré uno de sus trabajos, tengo esa mola en mi casa y es uno de los mejores recuerdos que me llevé de mis viajes.

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Se cree que los guna llegaron a la región tras emigrar de los bosques del Darién oriental y del norte de Colombia durante la conquista española. La Comarca Tulenega —que incluía al actual territorio de Guna Yala y a comunidades asentadas en Colombia— se formó por ley en 1870 en Colombia, pero cuando Panamá se separó en 1903, la comarca quedó dividida en dos, con la mayoría de los habitantes del lado panameño y el gobierno desconoció la ley. Durante los primeros veinte años de independencia de Panamá, los guna tuvieron enfrentamientos con los gobiernos nacionales, que quisieron “hispanizarlos” y erradicar su cultura.

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Las autoridades panameñas intentaron despojarlos de sus tierras, prohibir su idioma, desconocer sus costumbres y cambiar su vestimenta. En 1921 obligaron a las mujeres a sacarse el aro de la nariz —que reciben tras un ritual cuando llegan a la pubertad— y a occidentalizar su ropa, y las tensiones y enfrentamientos derivaron en la Revolución kuna de 1925. Finalmente, tras un tratado de paz, el gobierno panameño aceptó que los guna se autogobernaran y se comprometió a proteger sus costumbres. Así se creó la comarca indígena de Guna Yala.

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En Chichimé pasé unas horas jugando con un nene guna. Fue, creo, la primera vez que jugué con un nene con quien no compartía el idioma. Pero nos entendimos muy bien: él se escondía detrás de una palmera y yo lo buscaba, y después cambiábamos los roles.

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También hicimos dibujos en la arena con palitos.

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Y, con permiso de su mamá, le saqué algunas fotos.

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Esos días en Guna Yala —cuando fuí, todavía se llamaba San Blas— fueron de los mejores de mi viaje. O de mis viajes. Amo la playa, amo el mar, me encanta nadar, me encanta navegar, me pone muy feliz entrar en contacto con gente de otras culturas. Estaba en mi elemento.

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A veces me pregunto por qué me fui. Y a veces me pregunto si volver o no. Puede que ya no sea lo mismo. Quizá sea mejor guardar estos lugares en el recuerdo.

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie fotográfica “Recuerdos de Centroamérica”. Mi destino final era México, pero no pude llegar en ese viaje. Si estás viajando por Centroamérica y tenés el plan de seguir hasta México y visitar la Riviera Maya, te dejo una web con algunas ideas de qué hacer en Cancún. Odigoo Viajes es una agencia de viajes enfocada en ecoturismo, turismo de naturaleza y tours culturales, y busca generar alianzas con proveedores locales para promover un turismo sustentable. Algo cada vez más necesario en esta época. [/box]