Viaje a las raíces

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En la mesa del living de la casa de mi mamá, donde crecí, siempre hubo dos cajas de madera llenas de fotos en blanco y negro. Digo siempre porque estaban ahí desde que yo nací, y cuando nacemos y vemos que algo está ahí o es así, nos parece que fue así siempre. Yo me pasaba tardes enteras mirando esas fotos, clasificándolas, oliéndolas (las fotos viejas tienen un olor tan particular), tratando de imaginarme cómo había sido mi mamá a los tres años y cómo habían vivido mis abuelos en Europa. Las fotos son casi todas de Hungría y Alemania y las sacó mi abuelo, el papá de mi mamá, que murió cuando yo tenía 12 años. Si bien no pude conocerlo tanto como hubiese querido, con él me pasa algo raro: siento que charlé con él después de mis 12 años, como si lo hubiese conocido más de grande. Lo siento muy presente y cercano; debe ser porque admiro su arte (fue un gran retratista y paisajista) y su historia de vida, y porque varias veces soñé que charlaba con él.

Un retrato dibujado por mi abuelo

Un retrato de mi mamá dibujado por mi abuelo

Y así me retrató a mí cuando era bebé.

Y así me retrató a mí cuando era bebé.

Cuesta entender, creo yo, que nuestros padres y familiares vivieron tantas cosas antes de que nosotros naciéramos. Cuando yo llegué, mi mamá ya era pintora y estaba viviendo en Argentina hacía mucho tiempo —si bien seguía hablando húngaro—, y para mí eso era lo normal; yo empecé a ver la película desde esa escena. Todo lo que le había pasado antes estaba en fotos, en cartas y en sus relatos. Estamos tan enfocados en escribir nuestra propia historia que nos olvidamos de que todos los que nos rodean, especialmente nuestros familiares, cargan con varios tomos. Siempre me gustó que mi mamá me contara recuerdos de su infancia o historias de cuando tenía mi edad, y los relatos del exilio de Hungría y Alemania me parecían eventos ocurridos en otra dimensión. Nunca viví una guerra —y las guerras son algo que no me entra en la cabeza— así que siempre me costó entender que alguien tuviese que pasar por tantas cosas con tan poca edad.

Puente

Cuando mi mamá me confirmó que venía a verme a Europa con mi papá, le pedí que por favor me traiga una foto que tenía guardada en el primer cajón de mi escritorio. Es una foto en blanco y negro, sacada también por mi abuelo, en la que aparece mi mamá, muy chiquita, con su mamá y otra señora en un puente de Alemania. Ella me ganó de mano y no solo trajo esa, sino varias más de las que tenía guardadas en las cajas de madera. Ambas sabíamos que este iba a ser un viaje a sus raíces (y a las mías), y esas fotos eran la única evidencia tangible de sus primeros tres años de vida en un pueblito de la Baviera alemana. Queríamos encontrar esas imágenes y replicarlas, más de sesenta años después, pero no sabíamos si quedarían rastros de esos momentos y lugares que mi abuelo había capturado hacía tantos años con su cámara de fotos.

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El río Regen

*

En este relato y esta búsqueda participaron muchas personas. Todos desconocidos. Todos alemanes. Salimos por el pueblo con las fotos en la mano y empezamos a preguntar: “¿Sabe dónde queda esta iglesia?”, “¿desde dónde podemos ver este paisaje?”, “¿esta casa cuál es?”, y así. No pensamos que el idioma iba a ser una barrera tan grande, pero en esta parte de Alemania no muchos hablan inglés así que nos comunicamos como pudimos, mezclando alemanglish con espanglish con traducciones de google, con “creo que está diciendo tal cosa” y con señas. Muchas cosas no pudimos averiguarlas y otras sí, pero lo que encontramos, en todas las personas con las que hablamos, fue una muy buena predisposición y ganas de ayudar. Así que estos momentos que comparto son el resultado de varios días de búsquedas laberínticas, de preguntas a desconocidos y de idas y venidas por las rutas de la Baviera.

Un paisaje de la Baviera

Un paisaje de la Baviera

*

* La estación de tren de Blaibach

“En nuestra huida de Hungría, los tres últimos vagones del tren en que viajábamos fueron bombardeados a pesar de tener pintada la Cruz Roja en sus techos. Como mi papá y mi mamá –embarazada de mí– iban en el primer vagón, salvaron sus vidas y la mía milagrosamente. Una vez que mis padres llegaron, con pocas pertenencias, a la estación de tren de Blaibach fueron hospedados por un campesino alemán en su granja. No había dificultades de idioma ya que todos los húngaros hablaban alemán como segunda lengua.”

(Las citas en itálica son fragmentos de un texto que escribió mi mamá en el 2009 para el libro “Nos trajeron los barcos”, una recopilación de historias de argentinos hijos de inmigrantes)

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La foto que sacó mi abuelo desde la estación de tren

La foto que sacó mi abuelo desde la estación de tren

El tren sigue pasando por Blaibach, pero la estación está casi abandonada. “Acá llegaron mis papás con sus valijas, pobrecitos, pensá que habían dejado todo y no tenían a dónde ir”, me dice mi mamá. “Un alemán les dio una casa para que vivieran en Plarnhof, donde nací; en esa época era muy común alojar a refugiados de guerra en el campo”. Buscamos el arco desde donde mi abuelo sacó la foto de Blaibach. Lo encontramos. Se ve que antes formaba parte de la entrada de la estación y tenía una tranquera: “Mirá, todavía están las bisagras”. Intento pararme en el mismo lugar y sacar la misma foto, pero es muy difícil: en sesenta años los árboles crecieron mucho, además pusieron cables y postes, y el cuarto está lleno de cachivaches que no me dejan moverme mucho. Pero el lugar fue este. Hay algo que me gusta mucho de las fotos de mi abuelo: son muy positivas, me reconfortan, transmiten la esperanza de haber podido empezar de nuevo.

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Desde acá mismo sacó la foto mi abuelo. El lugar donde estaba la tranquera hoy está lleno de cachivaches y basura, por eso la corté tan abruptamente.

* El bosque con olor a almendras

“Plarnhof está ubicado en un valle de colinas verdes y arboladas, y está conformado por un conglomerado de casitas rurales con techos a dos aguas cerca del río Regen. Es un lugar tranquilo que no figura en los mapas turísticos ya que no hay puntos de interés que atraigan a los viajeros.”

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Plarnhof no tiene más de cuatro casas y aún así es el lugar más importante que visitamos en este viaje. Es el pueblo donde nació mi mamá y donde vivió sus primeros tres años de vida, antes de irse a Argentina. “La otra vez que vine a Europa, hace como treinta años, no lo pude conocer. Me acuerdo que llegamos en tren hasta Blaibach, pero era domingo y llovía muchísimo así que no conseguimos ningún transporte que nos lleve a mi pueblo”, me cuenta mi mamá mientras caminamos, por fin, por Plarnhof. El valle es verdísimo, el sol no puede más, casi no hay nubes: es un día espectacular. Mi mamá mira y empieza a recordar: “¡Ay sí! Acá fue donde me caí de la escalera. Mi papá la había puesto contra un manzano y yo me subí y me caí y quedé inconsciente. Mi mamá pensó que me había muerto”. No sabe si son sus recuerdos reales o si están basados en lo que le contó su papá, pero da igual.

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Frente al bosque

Frente al bosque

El valle verde

El valle verde

El pueblo está vacío, solamente hay dos vecinos trabajando en sus tractores. Ninguno habla inglés, pero les mostramos las fotos y nos llevan hasta los puntos desde donde fueron tomadas. Lo que más me llama la atención del lugar es el olor a almendras. Lo siento todo el tiempo, muy fuerte, como si hubiesen derramado esencia de almendras sobre el pasto. Es mi olor preferido y qué lástima que no lo puedo adjuntar a este texto, porque para mí define al lugar. Caminando encontramos la capilla donde mi mamá fue bautizada; hoy oficia de mini-cementerio y tiene la placa con el nombre del señor alemán que les dio refugio. Otra pieza del rompecabezas.

Todavía no sabemos en cuál de las casas del pueblo vivieron, sospechamos —no sabemos por qué, quizá porque alguien nos dijo que es la que está abandonada— que en el establo de la entrada. De lo que sí estamos seguras es del bosque. Es el bosque de mi mamá. Y tiene una magia que le vi a pocos bosques. “Mi papá me llevaba en sus hombros por el bosque nevado para ver a los ciervos. Él me decía que no hablara porque los iba a espantar, y obviamente yo gritaba de emoción y los ciervos se iban corriendo”, me cuenta mientras miramos cómo los rayos del sol se filtran entre los troncos e iluminan a una colonia de hongos. Es el bosque más lindo que vi en mi vida. “Mi papá siempre decía que los tres años que vivimos acá fueron de los más felices de sus vidas”.

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Si mirás hacia arriba ves esto.

Si mirás hacia arriba ves esto.

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* Sentada frente al río

Hay una foto de las que sacó mi abuelo que me encanta: está mi mamá de espaldas, con dos o tres años, sentada frente al río. Aunque no se le vea la cara se nota que está muy concentrada haciendo algo, quizá mirando algo o inventando un juego. En la foto se ve un puente, a lo lejos, y un conjunto de rocas en el agua. Y es la imagen que más nos cuesta encontrar.

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Bordeamos el río Regen y llegamos hasta el puente de la foto; sabemos que mi abuelo sacó la foto de lejos, pero no logramos encontrar desde dónde. Es un terreno plano y todo lo que bordea al río está en pendiente. No coincide. Por un rato decidimos no buscar y solo caminar y disfrutar el día.

—Si ustedes no se hubiesen ido a Argentina, yo no existiría, —le digo de repente a mi mamá.

—Existirías pero con otro nombre y nacionalidad, yo hubiese tenido hijos igual.

—Seríamos todos alemanes… Si esto fuese Family Guy ahora aparecería una escena con nosotros tres en versión alemana, rubios y de ojos celestes, vestidos con la ropa típica.

—Quizá vos te llamarías Inge.

—Inge Heinz o Strasse (?).

(…)

—Siento que mi papá está caminando por acá con nosotros, ¿no?

—Sí. Me hubiese encantado conocerlo más. Qué bueno que sacó todas estas fotos.

El puente en cuestión

El puente en cuestión

Paisaje bordeando el río

Paisaje bordeando el río

Nos subimos al auto y seguimos camino. Cuando pasamos por el camping, que está ubicado a orillas del río, me parece ver una zona baja, de pasto recto, parecida a la de la foto. “Es acá”, les digo. Entramos y le mostramos la foto a uno de los dueños y nos dice que sí, que la foto fue tomada desde el camping cuando todavía no era camping y los árboles no tapaban la vista. Nos guía hasta el lugar y pasamos un largo rato ahí, sacándonos fotos y mirando a los patos.

Fue desde por acá, aunque hoy hay tanta vegetación que la vista no es la misma.

Fue desde por acá, aunque hoy hay tanta vegetación que la vista no es la misma.

A lo lejos se ve el puente

A lo lejos se ve el puente

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* La casa de Plarnhof

“La granja estaba ubicada en medio de un frente de batalla entre las Potencias Aliadas y las del Eje. Era un sitio peligroso: se escuchaba el persistente ruido de las metrallas y las tropas beligerantes recorrían la zona constantemente. En una ocasión los norteamericanos entraron a la granja y abrieron la puerta a patadas en búsqueda de armas. Mi mamá, que era actriz de teatro, ordenó a los integrantes de la granja que se pusieran a jugar a las cartas y cuando los norteamericanos los apuntaron ella contestó en inglés, con voz estridente, que no distrajeran a la gente que estaba concentrada en ese juego. Tenían escondidas varias escopetas dentro del asiento del sillón de doble cuerpo donde ella estaba sentada –el granjero tenía siete hijas mujeres y temía por ellas, ya que eran frecuentes las violaciones por parte de los soldados–. Los norteamericanos se acercaron a ver a qué y cómo jugaban, cuando terminaron registraron la propiedad y no encontraron nada.”

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Volvemos varias veces a Plarnhof. Quizá para encontrar a alguien que pueda contarnos algo, quizá para volver a oler ese bosque, quizá para viajar un poco en el tiempo y hacer de cuenta que mis abuelos todavía están acá. Uno de los vecinos —el mismo de la otra vez— nos hace señas de que nos subamos a su auto y nos lleva de vuelta a Blaibach, a la casa de un señor de unos 80 años. El señor habla un poco de inglés y nos cuenta que conoció al hombre que había alojado a mis abuelos. Se acuerda también del tren que llegó de Hungría al final de la guerra, pero dice que no conoció a mis abuelos.

Nos invita a pasar a su casa. Quiere mostrarnos fotos de esa época. Tiene varias de las casas de Plarnhof, y así nos enteramos de cuál es la casa en la que nació y vivió mi mamá. No es el establo, es una que quedó abandonada cuando su último dueño murió. Así que volvemos al pueblo y la miramos de cerca, la rodeamos, buscamos alguna ventana abierta, espiamos. No encontramos rastros de aquellos tres años. Pero ahí entendemos por qué entre las fotos de mi abuelo aparece tantas veces esa casa. Teníamos la respuesta frente a nuestros ojos, era muy simple, pero en la emoción no la vimos.

La casa.

La casa.

Esta foto de la casa la sacó mi mamá.

Esta foto de la casa la sacó mi mamá.

* Mi mamá y mi abuela en el puente

“Todavía resuenan en mi memoria las alegres canciones húngaras que mis padres cantaban a dúo mientras recorríamos los caminos del pueblo o nos quedábamos a orillas del río bajo la sombra de los pinos y los abetos. En verano el aire estaba perfumado por el aroma intenso de los muguets –una flor típica de climas fríos– que crecían por las praderas. Mis padres eran entonados y afinados; en Europa era habitual que las familias cantaran en sus casas o en cualquier otro lugar y ocasión.”

Mi abuela era actriz. Ayer la vi por primera vez en una película húngara.

Mi abuela era actriz. Ayer la vi por primera vez en una película húngara.

No conocí a mi abuela materna. Murió cuando mi mamá era muy chiquita, poco tiempo después de que se fueran a vivir a Buenos Aires. La vi en fotos y en una película: era actriz de teatro y de cine.

La foto del puente me encanta: mi mamá está corriendo y su mamá la está mirando. Mi abuelo se paró a un costado y capturó esa escena cotidiana. El puente lo reconocí enseguida. Sigue teniendo las mismas barandas, pero cambió. Por todos los intentos (fallidos) que hago para sacar esa misma foto, puedo concluir que a este puente lo ensancharon, porque no me da el ángulo ni la perspectiva. Supongo que en estas décadas pasaron muchas cosas.

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No puedo replicar esta foto, y eso que es mi preferida. Quizá fue un momento tan único que mejor dejarlo ahí, en esa imagen.

* De espaldas en la estación

“Mi familia ya no se podía quedar en Alemania: estaba convencida de que la situación política desataría una Tercera Guerra Mundial. Mis padres solicitaron la visa para poder ingresar a EEUU, país donde vivía exiliado mi padrino, pero les fue denegada. Decidieron venir a la Argentina, tierra de paz que aceptaba a los refugiados de guerra sin discriminación.”

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“Quiero que volvamos a la estación de tren para ver si la foto donde está mi mamá de espaldas es ahí, porque ayer no nos fijamos”, nos pide mi mamá. Es tu viaje, vamos a donde quieras. Así que volvemos a la estación de Blaibach. Habíamos estado tan concentrados en buscar el arco que no miramos la parte de atrás. La foto coincide enseguida. “¡Sí, fue acá!”, le digo contenta. “Vamos a replicarla. Ponete ahí y caminá… a ver, más a la izquierda… pero no camines en diagonal ma… ¡caminá normal! ¿qué es eso?”, me agarra tal ataque de risa que me cuesta mucho sacar la foto. Mi mamá es un personaje cuando quiere.

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Después de eso volvemos a cruzar el puente, volvemos a pasar por su pueblo y volvemos a ver el bosque, esta vez de lejos. “Cuántas cosas pasaron antes de que yo naciera”, le digo. “Cada vez que me hablás de la guerra siento que me estás contando una película, parece mentira que haya sido real”. Pero todo eso pasó y por eso hoy estamos acá, tratando de reconstruir un pedacito del pasado.

Blaibach de lejos.

Blaibach de lejos.

*

Ni sé cómo terminar este texto. Todo lo que vivimos estos días también me parece irreal. Esta región de Alemania me sorprendió mucho. No pensé que iba a querer quedarme tanto, pero estamos acá hace cinco días y me quedaría muchos más. Me encanta ver el valle tan verde por la ventana. Me encanta la forma de las nubes, los bosques al costado de la ruta, el río Regen, el olor a almendras, los frentes de las casas llenas de flores, los vecinos que nos miran con curiosidad. Y me encantan las fotos que sacó mi abuelo, estas fotos viejas que pasaron de mano en mano, estas fotos que nos mostraron cómo fue la vida en algún momento y que nos ayudaron a ir armando el rompecabezas de nuestra historia. No sé si mi abuelo se habrá imaginado el destino que iban a tener sus imágenes cada vez que puso el ojo en el visor y capturó, con la cámara, un pedacito de su presente.

déjà vu (por las calles de Budapest)

déjà vu (del francés: ya visto) es esa sensación de que ya viviste en el pasado lo que estás viviendo en el presente (haya ocurrido o no). Algunos dicen que el déjà vu es la memoria de los sueños.

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En todas las ciudades del mundo, en general, se repite la misma historia: una persona nace, crece y pasa gran parte de su vida en ese escenario; quizá viaja por trabajo, por placer, por vocación, y después vuelve, sigue viviendo, trabaja, se enamora, tal vez se desenamora, crece más, tiene amigos, tiene hijos, tiene nietos y tiempo después muere en esa misma ciudad. Para algunos, viajar o mudarse a otra ciudad o país es normal, pero la mayoría de la gente suele quedarse en el lugar donde nació. A veces pasa, sin embargo, que una circunstancia extraordinaria irrumpe el fluir cotidiano de esa ciudad y quiebra la vida de las personas en dos: hay un desastre natural, una guerra o una dictadura, y miles (quizá millones) de personas se tienen que ir a otro lado, tienen que escaparse o exiliarse contra su voluntad, tienen que dejar una ciudad y una vida que quizá no tenían ganas de dejar y están obligados a empezar de nuevo en un lugar distinto. Esto pasa en todas partes del mundo, y esto le pasó a millones de familias húngaras durante las grandes guerras del siglo veinte.

Budapest y el Danubio

Budapest y el Danubio

Todas las fotos de este post  son de Budapest

Todas las fotos de este post son de Budapest

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La primera sensación que tuve al llegar a Budapest fue que había viajado en el tiempo, como si el trayecto en auto desde Francia también me hubiese llevado un par de siglos hacia atrás. “Esta ciudad debería estar en un museo”, me dijo L. cuando vimos el tranvía amarillo y las construcciones antiguas de Buda (porque Budapest es la unión de tres ciudades: Buda, Pest y Óbuda) por primera vez. Habíamos llegado un domingo. Unos días después salí a caminar y me sentí en una Europa muy distinta de la que había conocido hasta el momento. Estaba en una ciudad majestuosa y a la vez descascarada, antigua y melancólica, imponente y un poco descuidada (una dualidad que me fascina y que, para mí, define a las ciudades más lindas). Sentía que Budapest me transmitía una tristeza sutil en suspiros mientras yo la caminaba: “Hola, sí, soy yo, Budapest… ¡pero ay, qué vida la mía!”, como si levantara los hombros, respirara y se desinflara en recuerdos. No tuve mucho tiempo libre para conocerla: enseguida me metí en la vorágine de la rutina (mis estudios de húngaro y todas las actividades complementarias del instituto) y dejé que la ciudad se convirtiera en el telón de fondo de mis actividades durante cuatro semanas.

Hay construcciones así

Hay construcciones así

y así

y así

y puentes

y puentes

castillos

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y frentes descuidados (los que más me gustan)

y frentes descuidados (los que más me gustan)

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y este tipo de construcciones también

y este tipo de construcciones también

Una semana antes de terminar el curso conocí a mi familia húngara (de parte de mi abuelo materno) y nos fuimos al aeropuerto a buscar a mi mamá y a mi papá que estaban llegando de Buenos Aires después de diez meses sin vernos. La familia de mi mamá (tanto mi abuelo como mi abuela) era oriunda de Budapest: mi abuelo era arquitecto-ingeniero civil y pintor, y mi abuela cantante y actriz de teatro y de cine. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvieron que huir de Hungría por motivos políticos, así que se subieron al último tren de la Cruz Roja —mi abuela, embarazada de mi mamá— que partió de Budapest a Alemania poco antes de que el régimen comunista cerrara las fronteras del país. Hungría quedó del otro lado de la Cortina de Hierro, y mis abuelos dejaron ahí a sus padres, que no quisieron abandonar su tierra y murieron tiempo después sin haber podido conocer a sus nietas. Mis abuelos vivieron los tres años siguientes en distintos pueblitos de la Bavaria alemana, donde nació mi mamá y una de sus hermanas. Después cruzaron en barco a Argentina (país que los recibió como a otros millones de refugiados de guerra e inmigrantes europeos) y vivieron el resto de sus vidas en Buenos Aires. Aprendieron castellano y se adaptaron al modo de vida argentino, aunque mantuvieron las costumbres y el idioma húngaros. Si bien soñaban con volver a Hungría, nunca pudieron hacerlo.

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Cuando volvíamos del aeropuerto hacia el centro de la ciudad le dije a mi papá: “Budapest te va a encantar, no sabés qué linda que es, los puentes son impresionantes, las construcciones son muy antiguas, hay…”, y me interrumpí: “A vos ma no te digo nada porque ya conocés”. Y ahí me respondió algo que nunca jamás en mi vida me había planteado: “No Ani, yo nunca estuve en Budapest”. Al principio no le creí: “¿Cómo que no? Si viajaste a Europa en los 70, cuando viniste a conocer tu pueblito en Alemania, y también viniste a Budapest…¿no?”. Y me respondió algo que rompió todos mis esquemas: “Ani. Esta es la primera vez que vengo a Hungría”. QUÉEEEEE. Toda mi vida di por sentado que mi mamá (húngara, criada como húngara, con nombre húngaro, que habla húngaro perfecto) conocía su país, y resulta que la otra vez que vino a Europa, Hungría todavía estaba bajo el régimen comunista y ella prefirió no conocer. “O sea que estás pisando tu país por primera vez, no lo puedo creer”, le dije. Pero ella estaba en otra: leía todos los carteles en voz alta y me los traducía, y cada vez que veía algo que le gustaba decía “milyen szép!” (¡qué lindo!) con la nariz pegada a la ventana. Ahí, cuando la escuché explicando el significado de algún cartel, fue cuando tuve el primer déjà vu: pará, esto yo ya lo viví, o quizá lo soñé, pero me acuerdo. 

Mi mamá llegó el día de Szent István király y vio los fuegos artificiales y festejos en honor al primer rey de Hungría.

Mi mamá llegó el día de St. Stephen y vio los fuegos artificiales y festejos en honor al primer rey de Hungría.

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Baldazo de agua fría

Baldazo de agua fría

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Si bien durante las cuatro semanas que duró el curso me moví bastante por la ciudad, empecé a conocerla el día que me dieron el diploma de fin de curso, cuando la rutina ya no me tenía los ojos vendados. Volví a caminarla con la cabeza despejada y redescubrí lugares por los que había pasado todos los días sin mirar. Iba con mi mamá y le dije: “Fahh, mirá esa construcción qué linda, nunca caminé por acá”, y pocos metros después me di cuenta de que estaba a la vuelta de uno de los barcitos donde cené un montón de veces (fue como un déjà vu pero tardío). Cuando uno no mira, no ve. Saqué un montón de fotos de los edificios y las esquinas y decreté que Budapest es una de las ciudades más lindas y fotogénicas que conocí en mi vida, y no solo porque sea Budapest, sino porque no es perfecta ni pretende serlo, y eso es lo que más me gusta de ella. Durante nuestras caminatas descubrí que en ella (como pasa con tantas ciudades) se esconden y conviven otras: yo vi a Madrid, a París y a Buenos Aires.

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Memorial a Michael Jackson

Memorial a Michael Jackson

Una de las tantas casas de baño de la ciudad

Una de las tantas casas de baño de la ciudad

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Un día antes de irnos de Budapest me senté sola frente al Danubio, en el memorial de los zapatos (dedicado a los judíos que fueron asesinados frente al río y obligados a dejar sus zapatos en la orilla antes de ser fusilados), y me puse a pensar en mi abuelo. ¿Cómo habrá sido su vida en esta ciudad? ¿Por dónde habrá caminado? ¿Se habrá sentado acá alguna vez? ¿Qué hubiese sido de él si se quedaban durante el régimen comunista? ¿Quedará, acá, gente que lo conoció en persona? ¿Lo recordarán por sus obras? (Diseñó, entre otras cosas, el antiguo aeropuerto de la ciudad, varias iglesias y edificios, pero el régimen soviético sacó todas las placas con su nombre). Pensé en todas las cosas que pasaron en esta ciudad (las tomas, las guerras, los bombardeos, la destrucción, los enfrentamientos, la revolución) y entendí un poco el por qué de esa tristeza que me transmitió el primer día. También entendí, después de conocerla más, el por qué de la nostalgia de los húngaros exiliados por su tierra. Budapest es tan linda que duele.

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Y durante esas horas que pasé frente al Danubio pensé que la vida, al final, consiste en dónde pasás tu tiempo y cómo. Al final todo se reduce a eso. Nacemos, recibimos un cuerpo, aprendemos un idioma y con él una manera de entender y ordenar la realidad que nos rodea, tenemos una cultura y una nacionalidad que nos moldea. Hacemos cosas, tenemos historias, pasamos por situaciones difíciles y agradables. Y en este tablero algunos necesitamos el movimiento para ser felices y otros son obligados a moverse y no quieren. Hay quienes nacen en el lugar que sienten correcto y otros en el que consideran equivocado. Y hay miles, millones, que viven con nostalgia del lugar que tuvieron que abandonar: su ciudad, el lugar donde crecieron, su país. Y esa, sospecho, debe ser una de las tristezas más difíciles que nos toca soportar.

[box border=”full”]Les recomiendo el libro “La mujer justa” de Sándor Márai (escritor húngaro). Una misma historia contada por sus tres protagonistas, una reflexión profundísima y excelente acerca del amor, la soledad, la muerte y los mandatos sociales. Y está situada en Budapest.[/box]

Ojos nuevos

I can speak Hungarian, what’s your superpower? / Hablo húngaro, ¿cuál es tu superpoder?
(Mensaje visto en una remera* en Budapest) (*en Argentina, remera —y no ramera ni mujer que rema— es lo que en otros países llaman polo, camiseta, chomba… o en inglés: shirt)

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Por las calles de Budapest

Cuando dije que iba a aprender húngaro muchos me preguntaron para qué. Con el modo sarcasmo activado, me dijeron: “Ah, pero te va a ser muy útil”. Sí, tanto como el poco indonesio que hablo o el catalán que quiero aprender. Nos enseñan a ver los idiomas desde el lado práctico y no desde el humano. Aprender un idioma que se habla en un solo país o región y que no sirve para comunicarse internacionalmente parece una pérdida de tiempo, plata y esfuerzo. Es cierto que en este mundo los idiomas que hay que aprender son otros, pero los que salieron elegidos están en el podio solo por una cuestión de historia. Si las cosas se hubiesen dado distinto quizá todos estaríamos hablando latín, ruso o mandarín (dicen que es el idioma que se viene). Lo lindo de aprender otro idioma (sobre todo si es uno muy distinto al propio) es que a la vez aprendés a ver el mundo con ojos nuevos: a new language gives you a new mindset. Un lenguaje nuevo también te da una manera nueva de pensar y de entender la realidad. Y esa, para mí, es la mayor ganancia.

El tranvía en Budapest

El tranvía en Budapest

Vista de Budapest

Vista de Budapest

Pasé 29 años escuchando a mi mamá hablar húngaro. Como nunca entendí lo que decía, no le presté demasiada atención. A mí me sonaba a idioma inventado: seguro que ella y sus hermanas lo crearon cuando eran chiquitas, jugando, y lo mantuvieron de grandes para poder hablar en secreto delante de todos (como el jeringozo o ese idioma escrito de palitos y puntitos con el que me escribía cartas indescifrables con una amiga en el colegio). El húngaro me parecía un idioma tan imposible que ahora, después de haber hecho un curso de un mes, no puedo creer que ya tengo noción de la gramática, que puedo decir algunas cosas básicas y que puedo leer (y mitad inferir) los carteles más básicos de Budapest. Nada es imposible.

Ahora sé que "otthon" significa "en casa", pero el día que saqué la foto no tenía ni idea.

Ahora sé que “otthon” significa “en casa”, pero el día que saqué la foto no tenía ni idea.

Atardeceres desde mi ventana

Atardeceres desde mi ventana

Cuando dije que iba a estudiar húngaro, otra de las cosas que me preguntaron fue: “Y es parecido al alemán, ¿no?”. No. El húngaro no se parece a ningún otro idioma, es como una isla lingüística en medio de Europa. No pertenece a las lenguas indo-europeas (como el inglés, el español, el ruso, el alemán, el francés, entre otros), tampoco a las eslavas (como los idiomas de la gran mayoría de los países de Europa del este); es un idioma de origen urálico, como el finlandés y el estoniano, pero que tampoco se parece demasiado a los de su grupo. “El húngaro es un idioma al que hasta el diablo le tiene miedo”, dicen por ahí. Y entiendo por qué: la gramática es complicada, las palabras se forman por aglutinación (se agregan sufijos y prefijos, se pegan dos o tres palabras y se forman palabras nuevas larguísimas), hay 14 vocales, hay que tener bastante memoria para recordar el vocabulario y hay ciertas conjugaciones verbales que parecen raps mezclados con trabalenguas. Lean, por ejemplo, estas palabras en voz alta (y pónganle ritmo y movimiento de mano): tettem tettél tett tettünk tettetek tettek. Felicitaciones, acaban de conjugar el verbo tesz (hacer) en pasado indefinido. Ya pueden decir que saben rapear en húngaro.

Conjugaciones

Conjugaciones

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Este cartel no lo entiendo todo, por ejemplo.

Los idiomas me fascinan. Si pudiera elegir un superpoder creo que cambiaría el de la teletransportación por el de ser capaz de hablar todos los idiomas del mundo. Me pongo a pensar en cómo nacen los idiomas y en cómo es que nosotros nacemos con la capacidad de aprender cualquier idioma y no encuentro respuestas. ¿Cómo fue? ¿Un día un húngaro empezó a señalar cosas y a darle nombres al azar? ¿Y cómo se llegó al acuerdo de que ese elemento, de ahora en más, se iba a llamar así? ¿Y cómo se inventaron las letras? ¿Por qué se le pusieron puntitos y palitos y colitas? ¿Y quién decidió la pronunciación? ¿Y cómo es que un chico, a determinada edad, es capaz de empezar a hablar? ¿Cómo es que entendemos que eso que tenemos adelante se llama así y que eso otro se llama asá?

¿Por qué en un lugar del mundo "panqueque" se dice "palacsinta"?

¿Por qué en un lugar del mundo “panqueque” se dice “palacsinta”?

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o “cine” se dice “mozi”…

Intento imaginarme el origen de cualquier idioma y no puedo, es algo que me sobrepasa. Lo mismo que las jergas: ¿quién inventa el slang? Sí sí, ya sé que es el idioma que se habla en la calle, que es el lenguaje informal, pero alguno debe haber sido el primero que dijo la palabra chamuyar, por ejemplo. No sabés cómo me chamuyé a esa mina, le habrá dicho a un amigo, y el amigo no entendió. Y de repente en otra parte del país alguien usó la misma palabra para la misma acción, pero ¿por qué? ¿Cómo supo? ¿Cómo se dio esa casualidad? Me exprimo la cabeza pensando en estas cosas. Es que amo las palabras y todo lo relacionado (hoy, caminando por Budapest, llegué a una de esas revelaciones obvias: las palabras son mi materia prima, otros trabajan con colores, con sonidos, con papel, con arcilla, con números. Yo trabajo con veintisiete letras que puedo combinar como quiera).

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El cartelito blanco dice “rossz a zár” (cerradura rota)

Hay otras palabras, como "posta", que son más fáciles de inferir.

Hay otras palabras, como “post” o “posta” o “postas” —todas relativas al correo—, que son más fáciles de inferir. El húngaro también tiene varias palabras que provienen del latín.

Y acá encuentro mi nombre por todas partes! :)

Y acá encuentro mi nombre por todas partes! :)

Hasta en las lapiceras estandarizadas.

Hasta en las lapiceras estandarizadas.

Y también me pregunto: ¿el idioma moldea la manera de ver el mundo? ¿O la manera de ver el mundo moldea al idioma? Los húngaros tienen un lenguaje muy musical (algo que, como pasa con cualquier idioma, se pierde en la traducción). El húngaro es un idioma de armonía: cada sufijo, por ejemplo, tiene dos o tres variantes, ya que el elegido depende de las vocales que tenga la palabra raíz (no sea cosa de que desentone). Es un idioma sin un orden estricto de palabras, al contrario, el orden se decide según lo que se quiera enfatizar. Por eso, quizá, es un idioma de poetas, de inventores y de creativos. ¿Será que los húngaros son creativos a causa de su lenguaje? ¿O crearon un lenguaje así porque ya eran creativos? ¿Qué vino primero: el huevo o la gallina húngara?    

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También encuentro mensajes en inglés.

También encuentro mensajes en inglés (acá casi todos hablan inglés).

Mi mamá está feliz porque llegó a un país donde todos hablan su idioma. Se la pasa leyendo y traduciendo carteles y me ayuda a practicar lo que aprendí. Durante este mes de estudio en el Balassi (el instituto donde aprendí húngaro) mi cabeza fue un lío: doy fe de que cuando uno empieza a aprender un idioma nuevo se le vienen a la cabeza todos los idiomas que aprendió alguna vez. Pensé que mi indonesio había quedado sepultado, pero cada vez que buscaba una palabra en húngaro en mi memoria aparecía, sin que la llamara, la versión en indonesio. A veces pienso que guardamos las palabras en otros idiomas como en bolsitas y cuando las buscamos aparecen en todas sus versiones conocidas (—¿Qué buscás? Ah, “gracias”. Mirá, esa la tengo en indonesio, en francés, en italiano, en portugués, en catalán, en inglés… ¿cuál querés?). También estoy aprendiendo francés (aunque por mi cuenta y muy de a poco) y fueron muchas las veces que estuve a punto de decir merci en vez de köszönöm o oui en vez de igen.

El instituto donde estudié. Atención gente con familia húngara, si les interesa aprender el idioma investiguen la web del Balassi, hay becas y muchos cursos interesantes.

El instituto donde estudié. Atención gente con familia húngara, si les interesa aprender el idioma investiguen la web del Balassi, hay becas y muchos cursos interesantes.

Collage que hicimos el último día de clases. Tomate se dice "paradicsom" (que en húngaro también significa paraíso). "Alma" es manzana. Gato se dice "cica" (se pronuncia tsitsa), "sör" es cerveza y pálinka es un trago que seguro les van a hacer probar si vienen para acá.

Collage que hicimos el último día de clases. Tomate se dice “paradicsom” (que en húngaro también significa paraíso). “Alma” es manzana. Gato se dice “cica” (se pronuncia tsitsa), “sör” es cerveza y pálinka es un trago que seguro les van a hacer probar si vienen para acá.

Pero lo mejor de haber estudiando un idioma en su país de origen es que vi cómo las palabras cobraban vida. Porque una cosa es aprender el idioma con libros y en clases, saberse la gramática y acordarse algo de vocabulario, pero otra cosa es ver esas palabras convertidas en algo real, casi tangible. Como cuando me senté a la mesa de la cocina de mi familia húngara y les dije lo que era cada cosa en húngaro (vaso, plato, cuchillo, tenedor, ensalada, pollo), o como cuando una húngara se emocionó porque le dije que sabía decir los colores en su idioma y me empezó a mostrar cosas para que le dijera de qué color eran, o como cuando dicté el número de teléfono de mi mamá en húngaro, o cuando le dije a una de mis parientas viszlat! (Chau chau, nos vemos) y me dijo holnap? (¿Mañana?). Pero lo mejor fue lo que me pasó el último día de clases, después de la ceremonia final. Salí del instituto con la cabeza mucho más relajada y por fin me dediqué a mirar de verdad. Leí, como todos los días, el cartel que está frente a la parada del colectivo (que nunca había entendido, pero leía porque estaba ahí), y me dije: “Pará. Elsö significa primero, szénsavas significa con gas, vodkája significa el vodka de y Magyarország es Hungría: ¡El primer vodka gasificado de Hungría!”. Leí mi primer cartel completo el mismo día que terminé de estudiar. Y ahí fue, también, cuando empecé a conocer Budapest.

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Sziget Festival (días 6 y 7): y todo lo demás también

[box border=”full”]Este es el último post de la serie dedicada al festival Sziget de Budapest. No es un error que haya saltado del día 4 al 6: es que el 5 no fui. Mis conclusiones y el lado A (de arte) y B (de be) de este festival.[/box]

Si bien este es el video resumen del Sziget 2013, el ambiente, los escenarios y la decoración fue casi la misma que la de este año. Cambiaron las bandas y el público, pero la esencia del festival se mantuvo. El Sziget —que significa “isla” en húngaro— se hace en la isla Obudai de Budapest y durante siete días es un mini país (o isla-estado) con gente de todas partes del mundo (cuando entrás te dan un pasaporte y todo). Pero que se celebre en una isla no quiere decir que esté aislado de la ciudad/país/mundo que lo rodea. Este año, el Sziget coincidió con tres aniversarios: los 45 años de Woodstock, los 25 años de la caída del Muro de Berlín y del cambio de régimen en Hungría y los 40 años de la invención del cubo Rubik por el húngaro Ernő Rubik. Lo que me parece interesante, también, es que nació como consecuencia de la situación del país.

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Sziget nació en 1993 como un campamento con música, arte y teatro. Fue organizado por un grupo de amigos con el objetivo de reavivar los festivales de verano, eventos que habían quedado sin financiación oficial tras la caída del comunismo en 1989. Lo pensaron como algo para divertirse y lo planearon durante su tiempo libre. La primera edición se llamó Diáksziget (isla de los estudiantes) y reunió, durante siete días, a músicos y artistas húngaros y a 43.000 personas. Era la primera vez que se organizaba algo así en el país y las ganancias no alcanzaron para cubrir la inversión, pero aquel grupo de amigos decidió seguir organizando una edición por año del festival. Recién en 1997 lograron recuperar los costos con ayuda de sponsors. Hoy, veintiún años después, el festival se convirtió en uno de los más grandes de Europa. Pero la esencia, según nos explicaron sus organizadores actuales, sigue siendo la misma: un campamento de amigos con música, arte y teatro.

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En esta edición de Sziget, además de música, hubo juegos y espectáculos. Por ejemplo: una carpa de circo con shows en vivo, un dragón que todas las noches largaba fuego, una carpa de juegos lógicos (cubos rubik, ajedrez, campeonatos de poker), clases de yoga, tai chi y danza; una feria de juegos que imitaba a las ferias de Europa del Este de otra época, teatro callejero, proyecciones de películas, bunjee jumping, clases de húngaro, fogatas para sentarse alrededor, pintadas de arte en vivo, mesas de ping pong, la playa de río. Y además de eventos, hubo muchísima gente: alrededor de 415.000 personas en siete días.

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El Sziget está entre los 10 festivales de música más grandes del mundo (junto con, por ejemplo, el Rock in Río de Brasil, el Coachella de Estados Unidos, el Mawazine de Marruecos, el Exit de Serbia, Tomorrowland de Bélgica). Como puesta en escena me pareció impresionante: la isla estaba muy bien decorada y repleta de luces y colores; el escenario principal se adaptaba al show de cada artista (cambiaba la escenografía y las luces para cada banda); el sonido era impecable; había varios escenarios con distintos tipos de música (reggae, música del mundo, bandas europeas). Sziget se diferencia por su lado artístico y también porque no está encasillado en ningún género musical (otros festivales son solamente de música electrónica, de música indie, o de rock, en cambio Sziget es más de adaptarse al gusto actual de los espectadores).

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El último día no me quedé hasta el final: no me dio el cuerpo. Ahora me arrepiento un poco. Creo que si me hubiese quedado los siete días seguidos acampando ahí (con la mente puesta únicamente en el festival) hubiese sido distinto, pero ir todos los días y volver a la noche para tener que levantarme a la mañana siguiente e ir a clases de húngaro (y cambiar el chip a modo húngaro) fue algo que me agotó. Además tengo un problema: no me gustan los amontonamientos de gente, me lo banco un rato pero después ya no la paso bien. No sé si es algo de la edad, pero me irrita bastante que me empujen, o no poder ver el escenario, o justo al lado tener a un grupo de gente que se la pasa gritando y no me deja disfrutar la música (y no poder moverme de ahí por estar más encastrada en la masa que una pieza de tetris). Pero también sé que estos eventos no serían lo que son sin la gente: lo que es en vivo se disfruta colectivamente (sería ridículo pretender que toquen solo para mí). Así que durante el último día mi lado amante de la música y del arte se peleó un poco con esa señora malhumorada que llevo adentro y que se despierta cuando está atrapada en una masa muy grande de gente.

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Ahora que el festival terminó, mi foco está en Hungría. El curso de húngaro se termina en unos días y si bien no puedo tener más que una conversación muy básica (o ni siquiera eso), por lo menos empiezo a entender la lógica del idioma y soy capaz de leer algunos carteles o cazar palabras sueltas (pero me parece que es cierto eso de que el húngaro es un idioma al que hasta el diablo le tiene miedo). Mi familia llegó hace unos días y pronto empezaremos nuestro viaje por el interior de Hungría y por Alemania. Sé que van a ser tres semanas muy especiales. No sé cuánto publicaré en tiempo real al respecto, pero estoy tomando notas. Este viaje por Hungría es muy mío y creo que me va a costar un poco relatarlo.

[box border=”full”]Este fue el último post de la serie Sziget Festival. Podés leer los otros acá:

Día 1: la isla de la libertad
Día 2: efecto retardado
Día 3: lo que nos define
Día 4: la marea

Más información del festival: szigetfestival.com[/box]

Sziget Festival (día 4): la marea

[box border=”full”]Entre el 11 y el 17 de agosto fui al festival Sziget en Budapest, uno de los eventos musicales y artísticos más grandes de Europa. En estos posts (que ya no son en tiempo real sino en tiempo irreal) hablo acerca de algún artista o detalle que me haya gustado (o no). Y casi siempre termino filosofando acerca de la vida en general, no sé por qué.[/box]

 

Ya sé: estoy haciendo trampa. Me hice la loca y dije que iba a escribir un post por día de festival (es decir siete posts en siete días) y al cuarto día abandoné la misión y me fugué de internet. La verdad es que no me dio el cuerpo ni la cabeza para seguir el ritmo de Sziget y a la vez ir a las clases de húngaro todas las mañanas (seré nerd pero vine a Budapest a estudiar húngaro y no quería descuidar eso). Los textos anteriores los escribí con pocas horas de sueño encima y me da miedo releerlos porque no sé si tienen mucho sentido. Así que voy de nuevo. Toma 2, ¡acción!

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El día 4 no llevé la cámara, así que las pocas fotos que saqué fueron con el teléfono (el resto son de los fotógrafos oficiales de Sziget)

Siempre me gustó leer las biografías de mis artistas preferidos. Me interesa saber cómo se criaron, dónde crecieron, qué les pasó de chicos, qué querían ser, cómo llegaron a donde están, qué experiencias tuvieron, en qué creyeron fallar. Vivimos en un mundo de resultados y en general conocemos a los artistas cuando ya están arriba, cuando ya son John Lennon o Gabriel García Márquez o Stanley Kubrick o Soda Stereo y nos olvidamos de que todos transitaron un camino que los llevó hasta ahí, todos empezaron con una idea, un talento, un sueño, una vocación, un impulso y fueron paso a paso. Hace un tiempo leí un post en el blog Zen Habits y ahora no puedo encontrarlo para citarlo pero decía, en otras palabras, que si salimos a correr y vemos a otro que está corriendo más rápido o mejor que nosotros no tenemos que sentir bronca ni envidia ya que no tenemos ni idea de qué proceso transitó esa persona para correr así (quizá está entrenando para una maratón, quizá acaba de terminar su rehabilitación y está feliz de volver a correr, quizá está corriendo rápido para no pensar en cosas que le hacen mal). Todos estamos en proceso de algo.

El cuarto día de Sziget fue uno de mis preferidos pero también el más agotador. No fui con tantas expectativas como los días anteriores: el lunes fui por Blink 182, el martes por Ska-p, el miércoles por Placebo. El jueves fui más bien a ver qué onda. Y tuve tanta suerte que vi en vivo a un dúo que ahora me gusta mucho: Macklemore & Ryan Lewis. Confieso que unos días antes los googlé para ver si conocía algún tema y cuando me encontré con Thrift Shop (lo pongo acá abajo) dije ¡ah, son ellos! y fui contenta (sin saber lo que me esperaba).

Macklemore (Ben Haggerty, nacido en 1983) es un rapero estadounidense que produce su música de manera independiente desde el 2000. Ryan Lewis (nacido en 1988) es un productor, músico, fotógrafo y DJ estadounidense que también produce sus propios álbumes y que trabaja con Macklemore desde el 2006. En el 2012 grabaron, produjeron y distribuyeron el álbum The Heist de manera independiente, sin ningún tipo de promoción mainstream, y llegaron al primer puesto en iTunes horas después de haberlo publicado. Sus videos tienen millones de vistas y miles de personas van a sus recitales, y todo sin sello discográfico de por medio (otra prueba más de que el contacto entre artistas y fans cada vez es más directo).

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Hay algo del hip-hop (la cultura de la que forma parte el rap) que me gusta mucho: supongo que es la importancia que tienen las palabras, las letras, en las canciones. Si bien es un género que no tengo explorado a fondo para nada, siempre me atrajo. En el show de Macklemore y Ryan Lewis había 85.000 personas (fue el día con más gente del festival) y si bien no me gustan (ni me motivan) las masas de gente así toda junta tengo que reconocer que fue una noche cargada de energía. Macklemore no solo cantó sino que se conectó mucho con la audiencia. Una de las frases que dijo y que más me gustó fue: “We need differences, we are products of something bigger, if we were all the same there would be no creativity” (“Necesitamos diferencias, somos productos de algo más grande que nosotros mismos, si todos fuésemos iguales no habría creatividad”). Ahí empecé a ver por dónde venía la mano.

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Foto: szigetfestival.com / Szemerey Bence

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Foto: szigetfestival.com / Szemerey Bence

Creo que si bien existen las biografías y las autobiografías y las memorias, los artistas escriben su historia a través de sus obras. Las letras de Macklemore y Ryan Lewis hablan acerca de temas que nos tocan a todos, están cargados de franqueza y apuntan a los conflictos más básicos y humanos de cualquier persona. La canción Ten thousand hours (Diez mil horas) hace referencia a un concepto del autor Malcolm Gladwell: “Una de las claves para tener éxito es practicar una tarea durante 10.000 horas”. Y Macklemore dice, por ejemplo: “I stand here in front of you today all because of an idea / I could be who I wanted if I could see my potential” (“Hoy estoy acá parado frente a ustedes todo gracias a una idea / Podía ser quien quería si podía ver mi potencial”); “The greats weren’t great because at birth they could paint / The greats were great cause they paint a lot” (“Los grandes no fueron grandes porque pudieron pintar desde que nacieron / Los grandes fueron grandes porque pintaron mucho”); “A life lived for art is never a life wasted” (“Una vida vivida para el arte nunca es una vida desperdiciada”); “I make my living off of words / And I do what I love for work” (“Me gano la vida con mis palabras / Y trabajo de lo que amo”); “Generation of kids choosing love over a desk” (“Generaciones de chicos eligiendo el amor antes que un escritorio”).

En Victory Lap habla, justamente, acerca del camino que transitó para llegar a donde está: “I remember the days with nothing but a bus pass” (“Me acuerdo de los días en que no tenía más que un pase de bus”); y acerca de ser un artista independiente: “But I got creative control and my soul is mine / I wouldn’t trade it, maybe I’m crazy” (“Pero tengo control creativo y mi alma me pertenece / No lo cambiaría, quizá estoy loco”), “Now a days make good music, the people are your label” (“Hoy en día hacé buena música, la gente es tu discográfica”). Y, por sobre todo: “Music is the only medium that I could find myself through” (“La música es el único medio por el que me puedo encontrar”). Cada cual se expresa como mejor le sale, unos usan la música, otros usan las letras, otros los colores, otros el baile, pero todos hablan de lo mismo, de todo eso que tienen adentro.

Las letras de M&RL me hacen pensar mucho en las historias y conceptos del libro El Elemento de Ken Robinson (del cual hablaré en otro post, porque me parece un libro fundamental y que todos tienen que leer): ambos hablan acerca de hacer lo que uno ama, ambos redefinen el concepto de trabajo y de educación. Ahora, quizá uno se pregunta por qué tanta gente fue a ver a esta banda. ¿Es una moda? ¿Es el género cool del momento? No sé, no creo, me parece que la diferencia la marca la autenticidad de lo que hacen. Una de las canciones más reconocidas del dúo se llama Same love (Mismo amor) y se convirtió en el himno a favor de la legalización del matrimonio igualitario: “Whatever god you believe in / We come from the same one / Strip away the fear, underneath, it’s all the same love” (“Sea cual sea el dios en el que creas / Todos venimos del mismo / Sacate el miedo, en el fondo, es todo el mismo amor”). Es la primera vez que un grupo de hip-hop habla acerca de la necesidad de respetar estos derechos.

El jueves fuimos una marea de 85.000 personas cantando acerca de temas que nos importan, acerca de temas que definen a esta época y a esta generación. Y cada vez me convenzo más de cómo está cambiando todo, cómo se está redefiniendo la realidad, cómo los conceptos de trabajar/amar/educar/vivir/(y viajar, por qué no) van tomando nuevos significados y dejan de estar encasillados en un solo modelo. Todavía hay muchos que dicen (y condenan): “Eso no es música”, “eso no es trabajo”, “eso no es amor”, “eso no es educación”. No quieren mirar hacia adelante ni dejar atrás estructuras que cada vez se vuelven más obsoletas y se alejan más de la naturaleza humana. Pero por suerte hay miles de personas cantando, escribiendo, pintando, bailando, pensando y haciendo lo posible para generar otra manera de mirar.

Sziget Festival (día 3): lo que nos define

[box border=”full”]Estoy escribiendo, en tiempo casi real, acerca de Sziget, uno de los festivales de música y arte más grandes de Europa. Cada día elijo alguna banda, tema o detalle que me guste (hay tanto para ver que me sería imposible escribir de todo). Varios de estos textos los escribí de madrugada, después de volver del festival, y puede que no tengan mucho sentido.[/box]

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En la charla de literatura húngara que tuvimos hoy hablamos acerca de qué define a una nación. ¿El territorio? ¿La historia? ¿La comida? ¿La vestimenta? Hay muchos elementos palpables y otros que no se pueden tocar pero que también hablan acerca del modo de ser de un país: la literatura, la música, la danza, el arte. En el caso de Hungría, uno de sus artes más destacados es la poesía, y si bien un poema quizá no dé información concreta o práctica acerca del país, muestra lo que sienten y piensan sus artistas, los temas que les preocupan, las preguntas que se hacen, las luchas internas que tienen, y eso también dice mucho acerca de un lugar. Leímos el poema A Dunánál (“Junto al Danubio”) de József Attila, uno de los poetas más reconocidos de Hungría, y vimos cómo se reconcilió, de a poco, con su hungaridad. “Aceptarse húngaro implica aceptar muchas contradicciones de la historia y muchas paradojas de los sentimientos que compartimos”, nos dijo la profesora: “Como por ejemplo esa sensación muy húngara de sentirte solo en tu propia tierra”. Aceptar el lugar donde uno nació como parte de nuestra identidad puede llevarnos toda la vida.

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Todas las fotos son del festival

Me puse a pensar en qué define a una persona. Muchas cosas nos vienen por default: nacemos en cierto territorio del mundo (y automáticamente somos de tal nacionalidad, queramos o no), nacemos en una época del año y en un período histórico, nos ponen un nombre, tenemos cierto color de ojos pelo piel, somos altos bajos medianos, nos viene una familia y una cultura de regalo (a veces también una religión, una ideología, una educación). Todo eso forma parte de quiénes somos y muchas veces nos definimos así: ¿quién soy? soy la argentina, soy la hija de, soy la alta, soy la porteña, soy la de ojos marrones. Pero si nos despojamos de todo eso, de todo lo que nos viene adjuntado de nacimiento, ¿qué nos queda?, ¿qué nos define? Nuestras elecciones. Los amigos que elegimos, los libros que leemos, los lugares a los que vamos, las cosas que pensamos, los sueños que tenemos, las películas que vemos, las palabras que decimos, lo que decidimos aprender, los trabajos que hacemos. Todo lo que vamos construyendo arriba de eso que somos.

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La música es una de nuestras grandes elecciones y casi nunca es racional. Nos gustan determinados estilos, sonidos, instrumentos, melodías, letras, interpretaciones, ritmos porque nos hacen sentir algo cuando los escuchamos, porque nos tocan por alguna razón que no se puede explicar. Me pasó con Placebo la primera vez que los escuché, a los 16 o 17 años: sentí algo, me sentí parte de un sonido que me hacía bien, me pareció una banda muy relacionada con la identidad, con esa búsqueda de una definición personal. Sus canciones me hablaban de desamor, de tristeza, de sufrimiento, de finales, de equivocaciones, de apariencias, de amores dañinos, de vulnerabilidad, de soledad, de miedos, de ser distinto. Pero sin pesimismo ni depresión, era como si alguien me hubiese dicho al oído: mirá, la vida también tiene estas cosas, sabelo, no estás sola. Y me sentí reconfortada.

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Placebo en vivo en Sziget

La banda se formó en Londres en 1994 por el cantante y guitarrista Brian Molko y el guitarrista y bajista Stefan Olsdal. Habían ido juntos al colegio en Luxemburgo y se reencontraron de casualidad en 1994 en una estación del metro de Londres. Molko vio que Olsdal tenía una guitarra colgada al hombro y lo invitó a verlo tocar en un show local; cuando Olsdal vio la potencia musical de Molko le propuso formar una banda. Y así empezó todo. Molko se había criado en un marco familiar muy estricto: su papá quería que sea banquero y no aprobaba sus expresiones artísticas. Molko se rebeló adoptando una apariencia andrógina, pintándose las uñas, usando delineador, y escuchando punk. Supongo que para él hacer música empezó como una actividad personal, como una manera de definirse a sí mismo, de sentirse bien, de evadirse de un entorno que no lo dejaba expresarse con libertad. Todas las expresiones artísticas, pienso, surgen de una necesidad interna (yo no escribiría si no necesitara hablarme a mí misma). Y cuando eso que hacemos toca a otro, podemos sentirnos muy afortunados: quiere decir que estamos generando una conexión con el otro a través de sentimientos universales.

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En estos veinte años, Placebo grabó siete álbumes, vendió más de 11 millones de copias, tuvo tres bateristas y colaboró con muchísimos músicos. Es difícil definir su estilo: empezó siendo una banda de glam rock o de rock alternativo, pero con los años tomó caminos distintos y fue adoptando algo de cada género (se refieren a Placebo como goth-rock, Britpop, rock electrónico, rock experimental, rock progresivo, post punk, entre otros términos). Pero las definiciones suelen ser palabras estáticas y tanto las personas como las bandas están en cambio y evolución constante. Por eso me parece tan difícil ponerse una etiqueta. Hoy soy esto pero mañana seré otra cosa. Frente a vos soy esto pero frente a él soy otra. A veces me defino por mis acciones, a veces por mis gustos, a veces por mis ideas, a veces no sé. La palabra que usamos para definirnos también nos define, y nunca somos la misma persona para todos los que nos miran de afuera. Estamos en construcción toda la vida. (A todo esto, les recomiendo una película húngara muy buena que habla acerca de estos temas, aunque no sé qué tan fácil será conseguirla: Kaméleon).

En fin, todo esto para decir que vi a Placebo en vivo por segunda vez, esta vez en Sziget, en Budapest, en Hungría, en un país que me está generando demasiadas preguntas, y fue lindo sentirme abrazada por su música en medio de tanta hiperactividad mental. Baby, did you forget to take your meds? Parece que sí. Molko lo dijo: Placebo es una banda de outsiders para outsiders. Y es lindo que sean parte de este mosaico de cosas que me definen.

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Algunas canciones que me gustan:







Sziget Festival (día 2): efecto retardado

[box border=”full”]Intento de post acerca del segundo día del festival Sziget. Escrito muy de noche y con la cabeza a punto de explotar.[/box]

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Arte en vivo

Cualquier cosa nueva que empecemos lleva su período de adaptación: un viaje, un curso, un idioma, una relación. Un festival. El Sziget empezó ayer y si bien lo viví, lo salté, lo disfruté y lo escribí, recién hoy empiezo a caer. Sigo energizada por Blink 182, hoy me la pasé escuchando sus temas hasta en el baño y cantándolos en voz baja durante los recreos (soy estudiante otra vez, estoy combinando el festival con mis clases de húngaro). El festival dura siete días y, como pasa con los viajes (por ejemplo, sobre todo con los que tienen fecha de vuelta preestablecida), uno empieza a meterse de lleno y a disfrutar cuando ya se está por terminar. Al principio hay pasos en falso, cuesta dejarse llevar, hasta que de repente todo se acomoda, la realidad se acelera, uno sube por la curva y empieza a fluir con lo que sea que esté haciendo. Yo estoy en ascenso pero todavía no llegué al punto tobogán.

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Todas las fotos son de hoy

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Es la una de la mañana, estoy agotada y me pregunto para qué decidí escribir un post por día si todo lo que me sale son pensamientos trasnochados. Pero ya estoy en el baile. Igual que con el festival: estoy entrando en calor y no puedo cortar ahora. Lo bueno es que cada día me da la opción de resetearme y hablar de algo nuevo. Seguro que cuando me sienta cómoda ya se va a haber terminado, porque así me pasa con muchas cosas. Cómo quisiera volver a ver a Blink, cómo quisiera repetir tantos momentos, pero el tiempo va hacia adelante y hay que aprender a disfrutar el ahora, lo que está enfrente, y dejar de lamentarse por el resto. Before I die I want to: (complete aquí). La pared estaba repleta de sueños escritos con tiza: “Travel the world”, “kiss”, “find the dragon”, “be happy”. Mejor que empieces ahora entonces, porque eso de “lo haré más adelante, cuando tenga tal o tal cosa” es una excusa.

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Hoy había más que ayer: más gente, más carpas, más actividades, más de todo. Va in crescendo de a poco y algo me dice que el domingo va a explotar de gente. Hoy me dediqué a buscar personajes: vi a Spiderman, al Cookie Monster, a tres que parecían estar en piyama, gente con la cara pintada de colores, tiburones, Bob Esponja, Space Invaders, Pokemones. Hoy tocó Ska-p y fui especialmente para verlos: ya había ido a un recital en Buenos Aires y me pareció una de las bandas más divertidas para ver en vivo. Tocaron a las seis menos cuarto de la tarde, en el escenario principal, con luz de día de Budapest y banderas asiáticas, europeas y latinoamericanas. El pogo fue gigante desde el primer tema (nota mental divertida: en Francia también se dice pogo; en realidad en todas partes se dice pogo, pero yo no sabía. Al parecer el pogo lo inventó Sid Vicious, el bajista de los Sex Pistols, durante los años 70 en recitales de punk en Londres y hoy quedó ligado a la movida punk rock, aunque en Argentina se hace pogo en todos los recitales).

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Minutos antes de Ska-p

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En pleno recital

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Y después

Ska-p se formó en 1994 en Madrid y es conocida por sus letras anti sistema y anti todo: una de mis canciones preferidas dice, por ejemplo, desde filipinas a américa central, desde el polo norte hasta madagascar, este puto mundo no es de nadio y es de todos, cinco continentes en un mismo corazón, multirracial oh oh oh ohhh (y no sigo porque me cebo y me dan ganas de escuchar el tema y ponerme a bailar). Este grupo sí que sabe transmitir energía y hacer bailar a la gente, hablen el idioma que hablen. Yo soy bastante quieta pero con ellos no aguanto, los pies me saltan solos, los brazos se me mueven en el pasito ska sin que me de cuenta. Durante el show pasó una bandera argentina, pasó uno sosteniendo una rama de un árbol, pasaron varios fans de mano en mano. Estampida, Niño soldado, Ni fu ni fa, ETTs, Cannabis, Torero, Crimen Solicitationis, Derecho de admisión, Intifada, El vals del obrero, A la mierda y Gato López. Qué gracioso traducirle las letras de esta banda a alguien que no habla castellano.

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Algunos momentos de Sziget

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20.000 globos

Después de saltar me fui a dar una vuelta por la isla y me di cuenta de que me está pasando lo mismo con el húngaro: estoy con efecto retardado. Los primeros días no me acordaba ni una palabra, ahora puedo entender algunos carteles y ya sé que donde dice sült krumpli se venden papas fritas, bejarat es la entrada y kijarat es la salida. El húngaro me parecía imposible pero se ve que mi cabeza empieza a retener términos. Hoy pensé en que estaba cansada y se me vino a la menta la palabra faradt, que significa justamente eso: cansancio. Pero al idioma le dedicaré otro post y ahora estoy demasiado agotada como para pensar. Quién me manda a escribir un post por día a estas horas. Me quejo pero me gusta, es un desafío, aunque me parece que cuando termine esta semana voy a escribir los posts de verdad. Este festival (y Budapest y Hungría y el húngaro y todo lo que me está pasando acá) es una sobredosis de estímulos y necesito que pase un tiempo para poder procesarlos.

Sziget Festival (día 1): la isla de la libertad

[box border=”full”]Del 11 al 17 de agosto estaré cubriendo el Sziget Festival de Budapest, uno de los festivales de música y arte más grandes de Europa. Me propuse escribir un post por día así que todo esto es un borrador de medianoche.[/box]

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La entrada al Sziget Festival (algunas fotos son de Instagram pero todas son de hoy)

Cuando YouTube no existía y MTV era un canal de música yo me pasaba horas mirándolo para enganchar los videoclips de las bandas que me gustaban. Era perfecto para dejar de fondo y hacer cualquier otra cosa, y supongo que así fue como muchas canciones quedaron pegadas a momentos de mi vida sin que me diera cuenta. Unos años después, entre el fin del colegio y el principio de la facultad, me dediqué a ir a todos los festivales de música habidos y por haber: era habitué de los Pepsi Music, Personal Fest, Quilmes Rock y vi a decenas de bandas nacionales e internacionales. Tenía un truco del cual no sé si avergonzarme o no: compraba dos (a veces tres) entradas apenas salían, me quedaba con una y revendía la segunda al doble —o a lo que cotizara en el mercado— y con eso recuperaba la inversión y me pagaba la mía. Cuando empecé a viajar se me terminaron los recitales por dos motivos: uno, nunca estaba en Buenos Aires para ver a las bandas que me interesaban y dos, nunca me puse a investigar cómo funcionaba el tema de la reventa en otras partes del mundo. La cosa es que tuve unos años muy recitaleros y fui a más shows de los que me acuerdo. Durante esa época, además, soñaba ser periodista de rock.

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Empecé a viajar y la vida me llevó por otro lado. Mis ganas de hacer algo con la música se quedaron en Buenos Aires junto con la cajita donde guardaba las entradas de todos los recitales y el cuaderno en el que escribía mis crónicas subjetivas acerca de las bandas que veía en vivo. Creo que los shows me quedaron más marcados por detalles que por la lista de temas en sí: salté como loca bajo la lluvia en un show de Ska-p, fui a ver a Placebo sola porque no tenía ni un amigo que conociera la banda, tuve que caminar con el agua por las rodillas el día que el recital de Sabina se suspendió por lluvia, el primer tema de Cerati que escuché en vivo fue Artefacto (fue en un festival y salí corriendo hacia el escenario apenas escuché la introducción a lo lejos); de los Arctic Monkeys me acuerdo que se fueron del escenario y no volvieron para los bises, fue un show potente y conciso; Aerosmith no estuvo a la altura de mis expectativas (esperaba demasiado); Roger Waters fue el mejor espectáculo que vi en mi vida, esa noche la cancha de River levitó con El lado oscuro de la luna; vi por última vez a Spinetta desde lo que Vero y yo bautizamos “el palco cielo” (uno de los puntos más altos del estadio en el que tocaba).

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Decoración con paraguas

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El escenario principal

Cuando me dijeron que el Sziget era más que un conjunto de recitales me intrigó. Siete días en una isla en medio del Danubio, con cientos de bandas, djs, fiestas temáticas, espacios de arte, instalaciones, camping, eventos, clases, deportes. Yo voy. Aunque tenga que hacer malabares con los estudios de húngaro y mi poco tiempo libre, yo voy a Sziget. Me propuse, además, escribir un texto por día durante los siete días que dura el festival, y acá estoy, recién salida del día uno. Mientras volvía pensaba voy a hacer textos cortos, algunas impresiones y nada más, pero cómo me cuesta no extenderme. Es tarde y todavía estoy procesando. Hoy vi a Blink 182, una banda que me cansé de escuchar junto con Green Day durante mis dieciséis y que nunca pensé que iba a ver en vivo (no sé, los veía demasiado lejos, allá arriba, como una de esas bandas que uno ve por la tele pero que jamás tendrá cerca). Y de golpe, voilá. Tengo ese dolor de pies típico de recitales, las zapatillas sucias, el cuerpo cansado, pero no me importa nada. Nadie me saca el haber cantado singing it so I will not go turn the lights off carry me home NANANANANANA como si hubiese estado frente a la pantalla de mtv con trece años menos.

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De hoy me quedan flashes. Sziget significa isla en húngaro y el slogan del festival es La isla de la libertad. Está en medio de Budapest (la isla se llama Óbudaisziget y tiene 108 hectáreas) y es un espacio de árboles y pasto ambientado como una mini ciudad: tiene su espacio para acampar, negocios de tabaco y comida, bares, un correo, lugares donde cargar teléfonos… Dicen que es la versión europea alternativa de Burning Man: “Un parque de diversiones que no tiene nada que ver con la realidad”. Hoy no pude ir temprano así que no terminé de recorrer la isla, pero lo poco que vi me encantó: luces, decoraciones hechas con paraguas y lámparas de papel, instalaciones fabricadas con botellas, hongos y flores gigantes, varios escenarios, la palabra fuck prendida fuego en el escenario durante el bis de Blink 182, gente de todas partes de Europa. Y la puntualidad, oh la puntualidad. Si en Argentina un show se anuncia para las 9, seguro que tocan a las 10 o más tarde; pero acá Blink estaba anunciado para las 9.30 y empezó 9.34. Y estalló. No dejaron afuera ningún hit: Feeling this, What’s my age again?, Rock show, First date, I miss you, Stay together for the kids, Man overboard, All the small things. Travis rompiéndola en la batería, como siempre. Honest, let’s make, this night last forever, FOREVER AND EVER LET’S MAKE THIS LAST FOREVER. Tom haciendo todo tipo de comentarios sexuales y Mark hablando acerca de la energía que había debajo del escenario. Y es que yo me jacto de que los argentinos somos uno de los públicos más quilomberos y apasionados, pero hoy había mucha potencia. So sorry it’s over, there’s so much more than I wanted and I there’s so much more than I needed and time keep’s moving on and on and on soon we’ll all be gone nanananananana. Mi cabeza no para de cantar. Estoy en modo escritura desordenada. No paro de mirar la agenda del festival y quiero ir a todo: Ska-p, Placebo, Stromae, Kavinsky, The Kooks, Calvin Harris, las bandas, los tributos, el río, las clases, las fiestas temáticas (una con 20.000 globos, otra con 10.000 banderas, otra con seis toneladas de colores, otra con 100.000 serpentinas, otra con 10.000 palitos de esos que brillan). Una locura. Chau. Esta semana no duermo.

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Y un tema de Blink que me encanta:

El fluir de la ruta (a 27 horas de Budapest)

El auto avanza, abro la ventana para que entre aire. Es verano en Europa y en ciertas partes de la ruta hace mucho calor. No sé hace cuánto estamos manejando, cuatro horas quizá, sumadas a otras seis que hicimos antes de ayer y a otras cinco que hicimos hace unos días y a otras tantas que todavía nos faltan para llegar a Budapest. Vamos por rutas alternativas, le pedimos al GPS que evite los peajes así que nos lleva por entremedio de pueblos, a orillas de algún río, al borde del bosque. Tomamos el camino más largo. Estamos en algún lugar del centro de Francia: esta es como la pampa francesa, no hay nada, me dice L. La radio me habla en francés, entiendo menos de un quinto pero más que la primera vez que vine a Francia. Escucho la pronunciación, esa erre imposible (“practicala haciendo gárgaras”, me diría V. días después), esas letras que están pero no se pronuncian. Cuando llegamos a Alsace, la región fronteriza con Alemania, L. me dice: esto es un microclima, llueve un montón, y enseguida se larga a llover con desesperación, en diagonal, como si alguien hubiese apretado el botón de Activar lluvia desenfrenada para impresionar a los visitantes. Descansamos unos días ahí, festejamos mi cumple y seguimos camino.

Ahora estamos en Alemania y acá no hay límite de velocidad: si te pinta podés ir a 200, como algunos que nos pasan por al lado y desaparecen en pocos segundos. Nosotros vamos tranquilos. Yo miro por la ventana, cuento casitas alemanas, intento descifrar carteles, veo palabras que se repiten e intuyo sus significados. Como todavía estamos cerca de Francia, la radio mezcla estaciones en alemán con programas en francés. No tenemos manera de conectar el mp3 a los parlantes así que hago zapping de FMs. Mi dedo está automatizado para encontrar canciones, aunque los hits son los mismos desde España: well I met you in the summer as the leaves turned brown / wave after wave, slowly drifting / quiero estar contigo bailar contigo vivir contigo una noche loca / am I wrong for thinking we could be something for real / there’s an old voice in my head that’s holding me back, well tell her that I miss our little talks / this rain can last a thousand years / you and me we used to be together every day together always / I want you we can bring it on the floor you’ve never danced like this before… Las canciones del verano con algunos éxitos de los noventa. Ya me las sé todas. De a ratos charlamos, de a ratos vamos en silencio, a veces cantamos o bailamos en los asientos. La radio siempre de fondo mientras dejamos atrás kilómetros, horas y pueblos.

En algún lugar de Alemania, pasando Münich, se nos hace de noche. Frenamos en un espacio de parking con baños. ¿Acampamos acá? Dale. ¿Se podrá? Ni idea, pero no quiero dormir en el auto otra vez. Hay pasto, está oscuro y no hay nadie vigilando, así que armamos la carpa. Mi mente me tortura: sueño que nos despertamos y que el lugar está lleno de carpas y que hay un señor sentado en una mesa cobrando. Desarmemos rápido y vámonos por allá así no nos ve y no tenemos que pagar. Nos escapamos y veo un cartel que dice “Gracias por visitar El Patito”. Me despierto. Nadie viene a echarnos ni a decirnos nada (en España casi nos multan por acampar en una playa y quedé medio traumada).Seguimos camino. Hoy tenemos que estar en Budapest sí o sí porque mañana empiezo las clases de húngaro. El GPS nos sigue llevando por caminos alternativos de árboles y pueblitos, la radio nos habla en alemán.

Cruzamos a Austria sin darnos cuenta: estamos dentro del espacio Shengen y lo único que hay en las fronteras son cartelitos escondidos con el nombre del país al que acabás de entrar, pero si no lo ves ni te enterás. El de Austria nunca lo vimos, y si bien el paisaje es parecido, se nota que hay algo distinto. Una hora después prendo el GPS de mi teléfono y recién ahí me entero de que estamos en otro país (porque el del auto ni nos avisa, debería tener una función que toque una musiquita cada vez que cruzamos la frontera). Vemos el primer cartel de PRAHA – BRATISLAVA – BUDAPEST. Festejo, me emociono. Estamos cada vez más cerca. Decidí que no iba a volar a Hungría no solo porque no me gustan los aviones, sino porque ir por tierra me permite ver cómo cambian el paisaje y el idioma. Además soy de las que necesita el movimiento para meditar, mi cabeza fluye mejor cuando voy en auto, en tren o camino. En el avión no puedo, tengo un solo pensamiento que tapa al resto (secaesecaesecaenosmorimosnosmorimosnosmorimos) y que no me deja desconcentrarme. Pienso en la película A map for Saturday. Todavía no la terminé de ver, pero una de sus reflexiones me quedó muy grabada: cuando viajás mucho te das cuenta de que las diferencias entre las personas de distintas partes del mundo son cada vez más chicas, todos tenemos un día a día bastante parecido. También pienso en que un viaje no es nada sin la gente: para mí, pasar por un lugar y no conocer a quien lo habita es como mirar un documental, como ver de lejos. Es la gente la que hace nuestra experiencia.

Faltan pocos kilómetros para Hungría, estoy por pisar un país que es parte de mi identidad, estoy viajando muy de a poco a mis raíces. ¿Cuánto de lo que soy y siento tendrá que ver con mi parte húngara? Dicen que uno carga traumas, dramas y emociones de sus antepasados, trae adentro historias de familiares que quizá ni conoció, tiene el ADN marcado por experiencias de abuelos, bisabuelos, tatarabuelos. ¿Cuántos sentimientos húngaros estaré cargando sin saberlo? Pienso en la reflexión que me escribió mi primo Martín después de leer mi último post. Lo cito porque me encantó:

“A pesar de que la madre es el 50%, la sangre húngara termina pesando casi mas de tres cuartos, se manifiesta más acá o mas allá de que uno quiera o sepa o tenga digamos una hungaridad conciente. Te da sensibilidad, cierta bipolaridad, te carga de morriña (en la prehistoria lejana para mi era húngara hasta Galicia) te da una especie de alegría en sordina, una misteriosa capacidad proyectiva, una energía imbatible y cierto regusto sour como el de un par de gotas de angostura en un coctel. Y al mismo tiempo cierta dosis de mala suerte, donde el delantero del destino te mete el gol en el último segundo y te gana el partido. La hungaridad te hace parte de cierta condición de hipérbole, donde es posible amar toda la vida y luego odiar toda la vida y un segundo antes de estirar la pata volver a amar como si el odio nunca hubiese pasado, y al mismo tiempo lamentarse todo ese segundo postrero por todo el tiempo perdido odiando”.

¿Cuánto de mí será hungaridad pura y dura? ¿Cuántos de mis dramas mentales quedarán explicados por las cosas que pasaron en esta tierra antes de que yo naciera? A veces siento que las personas somos experimentos, somos envases repletos de tiempo y tenemos que decidir qué hacer con todos estos días que nos dan. Siempre estamos en el presente y sin embargo no podemos parar de planear, queremos controlar el futuro y eso es imposible, pero lo seguimos intentando. La incertidumbre es el mejor y el peor invento. ¿Cómo será Hungría? No sé, como ella quiera mostrarse, como yo quiera mirarla. ¿Qué me espera ahí? No sé, lo que sea que tenga que encontrar. ¿Y después de Hungría que voy a hacer? No sé, lo que sea que tenga que hacer.

En los kilómetros finales de Austria escucho que la radio cambia de idioma. Tenía miedo de no reconocer el húngaro, de que fuera distinto al de mi mamá y mis tías, pero no, tiene una musicalidad y una suavidad inconfundibles. De golpe estamos cruzando la frontera, veinticinco horas de manejo después llegamos a Hungría. Festejo otra vez. Hace mucho calor, bajo la ventana hasta el límite, miro los campos de flores, estoy en Hungría. Todavía no lo creo. Pienso: ¿Y si hay cosas de Hungría que no me gustan? ¿Las escribo? ¿Y si mi familia se ofende? No hay país perfecto, ningún lugar es la panacea (según la definición griega, “el remedio para todo”), ¿o sí? ¿Y si Hungría es un remedio para algo que necesitaba curar? O al menos diagnosticar. Hay un accidente en la ruta así que llegamos a Budapest más tarde, aunque todavía es de día. Estoy cansada pero no puedo evitar salir a dar una vuelta. Cruzo de Buda a Pest, me apoyo contra la baranda de uno de los puentes del Danubio y miro con la boca abierta. Budapest es antigua, encantadora, bella. Todavía no la conozco, pero intuyo que nos vamos a llevar muy bien.

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Paisaje típico de la ruta: los árboles a los costados

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Parada en la región de Alsace (Francia)

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Con un pie casi en Alemania

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Me encanta stalkear casas rodantes

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Ya no sé ni en qué país fue esto…

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En Austria, muy cerca de Hungría

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Hicimos varios kilómetros al lado de este río

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Primeros carteles

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Ya en Hungría

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Campo de girasoles

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Budapest

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Y yo.

Proyecto Hungría

Hace varios meses que me siento un poco a la deriva. Será que los seres humanos nunca estamos contentos, o quizá no estoy hecha para ser tan veleta. Mi pensamiento es el siguiente: ya comprobé que puedo vivir viajando, ya comprobé que puedo vivir de los libros, ya que comprobé que todo es posible (si uno se lo plantea con seriedad, todo se puede), estoy haciendo lo que me gusta, estoy viajando y escribiendo y viviendo, ¿entonces qué me falta? Me faltan proyectos nuevos. Publiqué mi libro hace más de un año y desde entonces no me dediqué a algo grande como fue el proceso de escritura, edición, maquetación y promoción de Días de viaje. Y hace tiempo que siento ese vacío.

Unas semanas después de publicar el libro me relajé, dejé que siga su curso y me tomé unas vacaciones mentales. Durante el último año (contando del 29 de julio del año pasado a hoy) participé en varios proyectos pero en nada cien por ciento propio, y si bien tuve y tengo varias ideas y borradores de cosas que quiero hacer, me cuesta mucho definirme por uno y poner toda mi energía en eso. Es lo mismo que me está pasando con el viaje en sí: como todos los caminos son posibles, no sé cuál elegir (por algo publiqué lo del lado oscuro de los viajes…). Pero hace unos días me llegó la respuesta de golpe: Hungría. Tu próximo proyecto es Hungría. Era una respuesta que ya estaba ahí, pero me faltaba verla.

Este pueblo de la Bavaria alemana también tiene mucho que ver conmigo.

Este pueblo de la Bavaria alemana también tiene mucho que ver conmigo.

Para explicar qué tiene que ver Hungría conmigo tengo que hablarles un poco de mi mamá, de mi familia materna y de mí. Mi mamá es hija de húngaros y nació en un pueblo de la Bavaria alemana después de la Segunda Guerra Mundial. Su papá era arquitecto, ingeniero y pintor (uno de los más talentosos que conocí), su mamá era actriz y cantante: una familia de artistas. Cuando mi mamá tenía tres años, ella, mi tía y mis abuelos tuvieron que huir de Europa así que se subieron a un barco en el puerto de Marsella, cruzaron el océano y empezaron de cero en una ciudad argentina que los recibió junto a miles de inmigrantes. Mi mamá creció, se naturalizó argentina, estudió arquitectura, hizo una carrera de artista plástica (es pintora naif), volvió una sola vez de visita a Hungría y tuvo una hija a la que le puso de nombre Aniko (igual que ella e igual que su abuela). Esa Aniko soy yo.

Crecí escuchando a mi mamá hablar húngaro con sus hermanas, con su prima y con algunas amigas húngaras, y para mí eso siempre fue normal. El sonido del húngaro (dulce, como un poema inentendible pero reconfortante) fue uno más de los que formó parte de mi casa y de mi realidad durante los 22 años que viví con ella. El húngaro siempre me pareció un idioma imposible y, a la vez, muy maternal. Cada vez que alguien me preguntaba de qué origen era mi nombre (seguido del clásico: es japonés, ¿no?) yo decía, casi en piloto automático: eshúngaromimamáesdeallá. Durante mucho tiempo, mi paradigma mental era: soy argentina y tengo una mamá húngara. Punto. Pero la primera vez que viajé a Europa lo entendí: no es sólo que mi mamá es húngara, es que yo soy mitad argentina y mitad húngara, lo que pasa es que viví toda mi vida en uno de esos países y todavía no conozco el otro y quizá por eso lo tengo medio olvidado. Sin embargo, durante ese primer viaje a Europa no fui a Hungría. ¿Por qué? No sentía que fuera el momento: esa vez, la que me llamó fue España (país que también es parte de mis raíces, ya que la familia de mi papá es asturiana).

Mi mamá en Europa

Mi mamá, de chiquita, en su pueblo

Este año, en cambio, Hungría me empezó a llamar de a poco. Todo empezó en febrero, cuando aterricé en Madrid y recibí un mail de mi tía Eva (hermana de mi mamá) con un enlace a una beca para estudiar húngaro en Budapest durante agosto. Los requisitos: ser hija de húngaros, no haber vivido en Hungría, mandar un CV escrito a mano y explicar por qué quería aprender el idioma y para qué lo usaría. Así que agarré dos hojas A4 blancas y me puse a armar mi hoja de vida. Hacía años que no actualizaba mi currículum (mucho menos a mano) y el invierno español hizo que la letra me saliera con frío, como medio tímida. Dije la verdad: mamá húngara yo viajo tengo blog y libro quiero viajar por Hungría conocer mis raíces ser capaz de hablar con la gente leer poesía en húngaro quizá algún día escribir en el idioma de mi mamá pero ante todo conocer el país. Para sumarle al desafío, mi mamá me dijo: “Si te dan la beca me voy a Hungría a verte y viajamos juntas”. En aquel momento todo el resto pasó a segundo plano: quiero que me la den solo para que mi mamá vuelva a pisar su tierra. Varias semanas después recibí la confirmación por mail: me habían otorgado una de las diez becas para estudiar húngaro en el Balassi Institute de Budapest.

Entre febrero y junio viajé por Europa sabiendo que en agosto estaría en Budapest, pero sin creérmelo demasiado. Era algo que estaba ahí, como anotado en una agenda inexistente: Agosto 2014, cosas para hacer: ir a Hungría. Todavía faltaba. Lo bueno fue que durante todos esos meses, tener esa cita inamovible con Hungría le dio un poco de orden a mi vida: haga lo que haga, sé dónde estaré en agosto, y eso me da cierta tranquilidad mental. Y quizá Hungría se enteró de mis planes, porque en los últimos meses me empezó a buscar.

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Mi mamá

En abril de este año viajé a Londres y conocí a un primo húngaro que vivía ahí (todavía tenemos familia húngara en Europa). Nos contactamos por Facebook y después por Whatsapp y quedamos en vernos en el café donde él estaba trabajando. Por un momento pensé: seremos primos y todo lo que quieras, pero somos desconocidos, ¿y si no tenemos tema? Llegué puntual y cuando lo vi del otro lado del mostrador me sorprendió su altura y su cantidad de tatuajes. Uno no sabe cómo imaginarse a un primo húngaro que nunca vio. Cuestión que charlamos durante horas, no sé cuántas, pero muchas: de la vida, del húngaro (“I’m going to study Hungarian”, “Why?! It’s so difficult!”), de la infancia, de mi/nuestro abuelo, de la vida en Budapest, de la vida en Buenos Aires, de todo y de nada.

Unas semanas después, en París, conocí a una pareja húngara que estaba haciendo Couchsurfing en lo de un amigo. Cuando les dije que mi mamá era húngara me preguntaron Beszelsz magyarul? (¿hablás húngaro?) a lo que sólo pude responder nem (no). Pero ojalá pronto. Unos días después en Barcelona conocí, de casualidad total (o quizá gracias a un lego amarillo), a un italiano de mamá húngara. Era claro: Hungría ya estaba jugando todas sus cartas y me estaba buscando cada vez más. El acercamiento se había convertido en una cacería. Y hace unos días, para coronar, recibí un mail que me hizo darme cuenta de todo esto y me impulsó a escribir este post.

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Unas semanas atrás, uno de los chicos que me llevó en blablacar por Francia me contó acerca de Sziget, un festival de música internacional que se hace en Budapest todos los años y que dura una semana: es uno de los eventos culturales más grandes y concurridos de Europa. Cuando investigué más vi que la fecha coincidía justo con la de mi visita a Budapest: no me lo puedo perder, pensé. Así que completé el formulario para acreditarme como prensa y decidí aplicar con mi blog: no con las revistas para las que suelo escribir, sino con mi blog, que al fin y al cabo es mi medio propio y en el que quiero escribir acerca de música, de cultura y de Hungría. Dije, otra vez, la verdad: viajo y escribo tengo un blog de relatos personales pero ante todo soy hija de húngaros y estaré escribiendo acerca de mi primer viaje a Hungría y quiero hacer crónicas del festival dentro de ese marco. “Debido a la gran demanda de acreditaciones, puede que su medio no quede seleccionado”, me advirtió la página una vez que hice click en enviar solicitud. La verdad: estaba más que preparada para que me digan no gracias, será el año que viene. Dos días después recibí el mail: “¡Felicitaciones! Viajando por ahí ha sido acreditado para el Sziget Festival”. No lo podía creer. En ese momento me di cuenta: Hungría me está dando el proyecto que tanto estuve buscando. Me lo está dando en bandeja. Ella ya sabía que esto iba a ser así, pero me lo fue anunciando de a poco.

Casa

En menos de una semana voy a pisar Budapest por primera vez, voy a conocer a otras Anikos, van a pronunciar mi nombre de otra manera (no a la latina como le digo yo, sino en húngaro, que suena “óniko”), voy a ser estudiante, voy a ser cronista de rock (otro de mis sueños semifrustrados), voy a aprender otro idioma, voy a viajar con mi mamá y con mi papá por Hungría, voy a conocer el pueblo en el que nació mi mamá (y, más importante aún, la voy a acompañar en ese reencuentro), voy a tener un plan y quizá de todo eso salga un conjunto de relatos o un libro. O no. Pero por lo menos sé que durante agosto y septiembre me la voy a pasar escribiendo de cosas que me importan y que tienen mucho que ver con quien soy.