Pensamientos en el tren de Barcelona a Lyon

“I have seldom heard a train go by and not wished I was on it.”
Paul Theroux

Foto: Renfe-SNCF

Cuando el tren sale de la estación Barcelona Sants todavía es de noche. No me hace falta mirar el reloj: sé que son las 7:20 AM en punto. Los trenes europeos —al igual que los japoneses— arrancan en el minuto exacto. Me acomodo en el asiento y miro por la ventana como quien llega al cine temprano: con ganas de que empiece la película. Por el altoparlante nos dan la bienvenida y nos desean buen viaje en español. En unos kilómetros la misma voz pasará al francés con una facilidad que envidio. Estos trenes internacionales son como las radios de frontera en los que los idiomas vecinos se encuentran, se superponen y se separan. Mientras el tren aumenta la velocidad, Barcelona queda atrás, se va haciendo chiquita y se convierte en un punto en el mapa, en la estación inicial de este “viaje en metro” de un país a otro.

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El mapa de los días
(o Todo lo que cabe en un mismo lugar)

“Methinks that the moment my legs begin to move, my thoughts begin to flow.”

(Thoreau)

Hace unos días salí a sacar la basura —esta es la frase menos viajera de todo el blog— y me quedé mirando el mar. La casa que estamos alquilando por unos meses en Biarritz está a pocos metros de la playa de Port Vieux y en diagonal a la esquina donde L y yo nos dimos la mano por primera vez —a veces creo que estaba predestinada a quedarme acá—. Como quería despejarme un rato, me fui por una calle perpendicular y terminé en un parque que sube por una colina y tiene vista abierta al mar. No pisaba ese parque desde la primera vez que vine a Biarritz y me pregunté por qué nunca más había vuelto a pasear por ahí. A lo lejos vi un banquito al sol con vista a la Grande Plage y supe que ese sería mi spot cuando quisiera desconectarme por un rato. Desde ahí veo el faro, la piscine municipel y las mareas.

Mi nuevo lugar preferido

Esos somos L y yo! En Biarritz! Ilustrados y convertidos en cuaderno por los chicos de Marilú Cuadernos Alegres

También veo esto desde mi “spot”, si giro la cabeza.

Empecé natación otra vez. Hace un mes que voy a nadar dos veces por semana y cada vez que entro a la pileta me pasa lo mismo: el primer impacto con el agua le compite a los abrazos con L por mejor momento del día, pero hago dos piletas y pienso ohdiosmío ya me aburrí, cómo voy a hacer para aguantar más de 45 minutos acá adentro. En el agua no tengo libros, ni videos de youtube, ni paisajes, ni conversaciones, ni Netflix, ni cuadernos, ni mapas, ni ventanas que aceleren el tiempo o me distraigan de las repeticiones. Somos mi cuerpo, mi mente y yo en un loop que, mientras dura, parece infinito. Nadar es puro presente y si bien me parece el deporte más aburrido del mundo, lo practico desde que soy muy chica y es el único que mi cuerpo me pide —y mi cuerpo no es muy fan del deporte, la verdad—. Las idas y vueltas de la pileta me ponen en un estado meditativo. Nado, luego pienso, luego existo. Es un estado al que solo llego cuando camino durante al menos media hora sin plan ni apuro o cuando voy en un transporte por la ruta —no me estaría pasando lo mismo en un avión—.

Soy de las que necesitan el movimiento para pensar y sin embargo elegí uno de los trabajos más estáticos, que es escribir. Por más que parezcan actividades opuestas, nadar y escribir me resultan cada vez más similares: me cuesta tanto ir a nadar como sentarme a escribir —siempre hay una excusa o algo más importante que hacer—, pero cuando voy en contra de mis trolls mentales, cuando obligo a mi cuerpo a ir a la pileta o a sentarse en la silla, cuando entro en calor y voy agarrando el ritmo, ya no quiero frenar, me acuerdo por qué es que me gusta tanto hacer eso y me doy cuenta de que tanto en la natación como en la escritura, lo que cuenta, lo que hay que disfrutar, es esa práctica diaria —publicar, competir, son cosas que pasan de vez en cuando, como culminación de un entrenamiento largo—.

Casitas de Biarritz

La bajada a la Cote de Basques

Una de las cosas que más me cuesta hacer desde que decidí frenar es tener rutinas. Supongo que es la consecuencia de haber vivido 10 años de días todos distintos, sin horarios, con cambios constantes de escenario y sin demasiados planes a largo plazo (también es la consecuencia de ser una de esas personas que nunca puede hacer las cosas en orden, como leer un solo libro a la vez, estudiar capítulos de manera cronológica o usar los cuadernos de a uno). Así que estoy trabajando en eso, en tener hábitos. Desde que dije que me había cansado de viajar sentí que todo cambió de lugar, hubo una inclinación de algún eje planetario interior y tuve que realinearme en un sistema distinto, pasar de ser la viajera a ser otra cosa, permitir que todo a mi alrededor se reacomode para volver a funcionar en armonía. Si por diez años mi desafío fue vivir viajando, ahora es vivir escribiendo.

“Con la escritura hay que comprometerse” y “hoy voy a escribir” son mis dos mantras actuales. Los tengo escritos en papeles y pegados en la pared de mi escritorio compartido. No quiero olvidarme de lo que anoté en uno de mis cuadernos durante los tres meses que pasé —offline— en Buenos Aires: “Biarritz va a ser mi cuartito de escritura”, y por cuartito de escritura me refiero a un lugar al que iré solo para dedicarme a escribir, porque en Buenos Aires vivo de urgente en más urgente y me olvido de lo importante, de lo que quiero hacer ahora que estoy quieta. Siento que entré en la década de si vos no hacés que las cosas pasen no van a pasar, ya no vale el “dentro de un tiempo” o “seguro que en el futuro lo voy a hacer” (¿será cierto? ¿qué diré de mis 30 a los 40?).

Mi escritorio actual, cuando todavía no le había pegado tantas cosas en la pared

Cuaderno actual :)

Y un recordatorio diario (llavero de Adam JK)

Hace unos días encontré esto escrito en otro cuaderno, al que bauticé El cuaderno de las pequeñas observaciones cotidianas: “Cuando empecé a soñar con viajar, lo que más me atraía de ese estilo de vida era que mis días fuesen distintos. Durante casi 10 años lo fueron. Ahora que decidí frenar, tengo otro proyecto que me resulta igual de atractivo: diseñar mis días, crear el mapa ideal de mi cotidianidad. Puedo tener días distintos aunque esté quieta y aunque repita las mismas actividades: leer, escribir, aprender, enseñar, compartir. Son verbos expansivos, donde caben mundos enteros”. Así que acá estoy, aprendiendo a convivir con la quietud y todo lo que cabe en ella. Por ejemplo:

Todas las mañanas, cuando me despierto, lo primero que hago es fijarme si pasó el cartero. Él ya sabe quién soy (la que se pide cosas de Japón) y a veces, cuando L está fumando, le pasa los paquetes por la ventana. Otras veces los deja encajados en el buzón, sobresalidos.

Una vez por semana entro a la papeterie y miro todo.

Hay días que el mar tiene olas de tres metros y días que parece un lago. Cuando sale el sol, la playa se llena. (El viernes pasado hice mi casual Friday’s en la arena, metí los pies en el mar pero no el cuerpo entero).

El casual Friday’s

La Cote des Basques

Acá decoran el jardín público por Halloween (jamás lo hubiese imaginado)

Otra tarde miré el atardecer en la Cote des Basques en compañía de una amiga, cada una con una taza de té en la mano.

A veces hacemos asados con amigos argentinos y franceses y tomamos Fernet.

Si hay un cumpleaños, se festeja.

Hago journaling todos los días, decoro mis cuadernos, escribo con lápices de colores y pego cosas con washi tape.

Nos fuimos unos días a Londres porque había pasajes en oferta y no pude resistir.

Hay días en los que siento muchísimas ganas de acampar, de irme sin computadora ni teléfono ni nada y acampar durante diez días. Casi no viajo pero pienso en viajar.

La primavera duró hasta principios de noviembre. Todavía casi no llovió.

Cada vez que saco la basura me quedo mirando el mar. Me parece un sueño tenerlo tan cerca. Cuando sale el sol me voy a sentar a mi banco y me olvido por un rato del mundo.

El resto del tiempo nado o pienso en que tengo que ir a nadar, y también trato de convivir con la incomodidad de estar sentada, y escribo, o pienso que debería estar escribiendo.

Así es Biarritz vista desde el cielo


Aprovecho para contarles algunas novedades, ya que hace mucho que no vengo por acá:

* Ya lo mencioné en algún newsletter y red social, pero hace unas semanas registré Viajando por ahí como sello editorial. Por el momento es para seguir publicando mis libros pero bajo un nombre. Su primer título oficial será “Mapa subjetivo de viaje”, un journal de viajes (diario con consignas para que ustedes completen, ilustrado por María Luque) que en este mismo momento está en imprenta y sale a la venta en diciembre (¡ya avisaré! Si se quieren enterar, suscríbanse al blog). (Si te estás preguntando qué es un journal y para qué sirve, te invito a leer este post: Lista de journals para disparar la creatividad).

* Entre el 1 y el 12 de diciembre estaré en Medellín, Colombia. La primera semana voy de blogtrip y la segunda me quedo por mi cuenta para dar el Laboratorio creativo con Caro Chavate (taller de escritura y creatividad) y presentar mis libros.

* Hay ejemplares de mis libros disponibles en México, Costa Rica, Colombia y Uruguay (sin costo de envío o con un costo muchísimo menor). Ya no tenemos distribuidor oficial en Perú (si quieren más info me escriben por privado). Acá pueden ver todos los puntos de venta actuales.

* El año que viene empiezo con los cursos online. Este año en Buenos Aires di varios talleres presenciales de escritura y creatividad y creo que encontré mi verdadera vocación.

* Firmé contrato con la Editorial Atlántida para publicar mi segundo journal de viajes (muy distinto al que está por salir ahora), que saldrá a mediados del año que viene, así que estoy trabajando en eso.

* La semana que viene me voy a testear el viaje en tren de Barcelona a Lyon (sí, a testear, porque me contrataron de una empresa para viajar en tren y escribir acerca de eso).

* Si les gusta escribir, les recomiendo mucho el libro “Still writing”, de Dani Shapiro, su serie “Office hours” y esta columna de Leila Guerriero. También los invito a seguir el Instagram de escribir.me, mi blog de escritura creativa (pero solo si les gustan las washi tapes y aman los cuadernos).

Me cansé de viajar

Chan. (Si te estás preguntando y ahora qué y te mata la intriga, andá a la segunda parte del post.)

Alguna tarde del 2007, cuando todavía me faltaban unos meses para terminar la universidad, decidí que apenas rindiera el último final me iba a ir de viaje sin fecha de vuelta. Estaba trabajando en una revista y usaba cada rato libre para escribir en mi blog (otro, en el que solía mencionar que tenía muchas ganas de viajar) y para googlear fotos de los lugares que quería conocer. Irme de viaje era mi obsesión y no imaginaba mi futuro en una oficina o viviendo días iguales. Necesitaba construir una vida en movimiento y no quería quedarme con la duda de qué hubiese pasado si, por más miedos que tuviera.

El 28 de enero de 2008, con 22 años, me tomé un colectivo de ida a Bolivia y di por iniciada mi vida de viajera (así empieza la contratapa de “Días de viaje”, donde cuento todo esto con mucho más detalle). Entre ese día y hoy hice y viví muchísimo más de lo que me hubiese imaginado:

viajé sola por más de 40 países,
me quedé más de 200 veces en casas de familia alrededor del mundo,
me animé a hablar con extraños y a fotografiarlos,
probé comidas de todos los continentes,
acampé en el desierto,
me invitaron a casamientos y cumpleaños,
viajé por China sin entender nada,
descubrí mis raíces en España y en Hungría (incluso intenté estudiar húngaro),
me enamoré,
me desenamoré (y me animé a compartir varias de esas historias en “El síndrome de París”, mi segundo libro),
atravesé Europa en auto con un chico que recién conocía y que terminó siendo mi marido,
vi la aurora boreal desde un bosque sueco,
viajé en barco, en crucero, en helicóptero, en avión, a dedo, en camiones, en tractores,
tuve dengue, sabañones, fiebre, me corté, me caí, me esguincé,
tuve un período de muchísima tristeza,
conocí a algunas de las personas más importantes de mi vida,
me despedí de algunas de las personas más importantes de mi vida,
logré llevar mi trabajo en la mochila y vivir de lo que más me gusta,
publiqué varios libros,
di una charla TEDx,
me invitaron a viajes de prensa,
llené 43 cuadernos (y contando),
di talleres,
conté todo en este blog,
recibí comentarios haters,
recibí comentarios inspiradores, llenos de amor y gratitud (gracias por eso),
volví varias veces a Buenos Aires,
tuve la vida que siempre soñé y entendí, a la vez, que no era ideal ni perfecta.

Mural visto en Madeira (Portugal)

Pero alguna tarde del 2017, en alguna parte del mundo, me cansé de vivir así. Me cansé de trasladarme, de mudarme, de empacar y desempacar, de llegar a tiempo a los trenes, de buscar dónde dormir y a la vez dónde trabajar, de no tener un espacio propio, de no tener mi biblioteca, de tener mis cosas dispersas en distintos lugares, de no ver a mis amigos y a mis sobrinos, de no poder encarar proyectos largos porque nunca me quedo varios meses en el mismo lugar. Sé que ya escribí sobre esto antes, pero durante este último viaje le dije demasiadas veces a L, llorando, no me quiero volver a mudar, quiero una casa, hasta acá llegué y algo adentro mío me dijo: “Esto así no va más”.

Me siento igual que en el 2007, cuando miraba fotos y soñaba con viajar, pero al revés: ahora miro casas y sueño con vivir ahí. Abro con más emoción un cuaderno en blanco que un mapa, entro con más ganas a un departamento en alquiler que a un hotel, me motiva más armar mi escritorio que hacer la mochila. Ya no quiero andar girando “como bola sin manija” (dirían), ya no quiero vivir sin rumbo fijo. Me cansé. Necesito una base, un ancla, un nido. Y si no escucho este llamado interno, tan fuerte como el “quiero viajar” de hace 10 años, no voy a ser feliz, voy a seguir viajando por inercia, por miedo a cerrar una etapa que empezó como el sueño más grande de mi vida pero que ya no me motiva como antes, y no voy a crear cosas que valgan la pena porque no voy a estar alineada con lo que quiero ser.

Y no saben lo difícil que es para mí escribir esto y el miedo que voy a tener cuando haga click en el botón de “Publicar”, pero siento que si no soy honesta (conmigo y con ustedes), si hago de cuenta que todo sigue como siempre, me voy a quedar trabada en algo que ya no soy y voy a terminar dejando este blog porque no me voy a sentir identificada con él (¿crisis de 7 años con el blog? No sos vos, soy yo, te lo juro), y no quiero que eso pase. Y como siempre escribí desde mis emociones y desde la sinceridad, no puedo hacer de cuenta que ahora no está pasando nada. Necesito dejar todo esto por escrito para cerrar una gran década y poder abrir otra. Así que eso: dejo los viajes para volver a la oficina (ese sería el título marketinero de este post). La diferencia es que esta oficina va a ser un espacio de trabajo diseñado por mí, en mi casa, en el lugar del mundo que elija, con las horarios que quiera, decorado a mi manera y para hacer cosas que no estaría haciendo si no me hubiese ido de viaje por casi 10 años.

¿Y ahora qué?

¿Y ahora? ¿Qué va a pasar con el blog? ¿Qué va a pasar con nosotros?, se estarán preguntando ustedes, si es que todavía queda alguien leyendo o ya dieron un portazo masivo y me dejaron sola para siempre. ¿Qué implica todo esto? (Spoiler: va a haber Viajando por ahí para rato.)

Primero, que voy a quedarme quieta y voy a armar mi espacio de trabajo para poder enfocar todas mis energías en crear y compartir. Quiero devolver todo lo que aprendí durante estos 10 años, quiero crear para mí y para ustedes, quiero escribir más que nunca, quiero responder a sus preguntas y sus miedos, quiero compartir todo lo que sé acerca de viajar, de escribir y de ser nómada digital. Mi objetivo es inspirarlos a que si quieren viajar, viajen (y de la manera más suya posible), y si no quieren viajar, no viajen y se queden quietos haciendo lo que aman. Como adelanto les cuento que en septiembre sale mi primer journal de viajes, hecho a dúo con María Luque, del que ya les iré mostrando cositas y que vamos a presentar en Buenos Aires (pronto preventa!), también que estoy por firmar contrato con una editorial argentina para hacer un lindísimo proyecto de libros para el año que viene y que estoy preparando, por fin, mis cursos y workshops online.

Segundo, esta decisión implica que me llegó el momento de elegir dónde vivir, al menos por unos años, y con L tenemos todas las fichas puestas en Biarritz (Francia). Nos gusta la idea de vivir frente al mar y de estar en Europa y a ambos nos gusta esta ciudad para, en un tiempo, tener familia. Ahora mismo estamos acá, buscando casa, aunque está difícil porque hay muchísima demanda y poca oferta. Hace unos días fuimos a ver el departamento de nuestros sueños: entramos y fue amor a primera vista, ya nos veíamos viviendo ahí… nosotros y 20 postulantes más. Al final no nos lo dieron (por eso anduve medio triste esta última semana), así que seguimos buscando. La idea es establecernos en Biarritz y pasar varios meses al año en Buenos Aires.  Ahora en julio nos vamos tres meses a Buenos Aires y en octubre volvemos a Francia con la idea de quedarnos acá de manera indefinida.

Nos quedaremos por acá…

Tercero: no voy a dejar de viajar (y lo subrayo porque sé que lo tengo configurado en el ADN). Lo que quiero y necesito es dejar de moverme de manera tan constante y pasar a ser una nómada part-time (u ocasional). Quiero seguir viajando pero de otra forma: quiero hacer viajes más cortos, con ida y vuelta (en lo posible sin tecnología), y durante esos días enfocar todas mis energías en explorar, en conocer, en documentar, en fotografiar, en interactuar con el lugar y no en estar pensando dónde voy a vivir después de ese viaje, si voy a tener internet o no, qué va a ser de mí y todo eso que me está pasando ahora. Quiero poder decir “me voy una semana a explorar Estambul” e irme con la emoción del 2008, a perderme en la ciudad y a disfrutar de ese viaje “en estado puro”. Y para eso necesito frenar y tener una base. Necesito volver a hacer de los viajes algo extraordinario y no parte de mi rutina, porque así como los estoy viviendo hoy, ya no los disfruto.

Y por último: no voy a dejar de escribir de viajes (tengo mucho material por subir todavía), aunque también escribiré acerca de otras cosas (en escribir.me, no se preocupen, que para eso está). Me quedan muchos libros por delante. Que empiece la década creativa.

Cierro con esta frase del libro “Nos vamos”, de Power Paola.

Y con una foto mía, que hace mucho que no doy la cara (estoy más arrugada que hace 10 años, eso seguro).

Si quieren enterarse de todo lo que se viene, los invito a suscribirse a mi newsletter. Pronto estaré anunciando preventa y talleres en Buenos Aires. :)

Ah! Y hay promo en la Tienda para celebrar a Biarritz: si compran dos o más libros les mando una postal escrita a mano desde acá, de regalo, para ustedes o para un amigo.

Un viaje de inmersión lingüística (o la semana que me sentí como una estudiante de intercambio en París)

* Ilustración: Luna Portnoi

Julie me llama por teléfono cuando el tren está pasando por Bruselas. Estoy viajando sola de Amsterdam a París, voy sentada al lado de una francesa con la que crucé algunas palabras en inglés, tengo abiertos mis cuadernos de apuntes de francés y los leo a toda velocidad como quien estudia a último momento para un final. El teléfono sigue sonando, ya no puedo evitar esta llamada. Julie es la directora de un centro de enseñanza de francés y, como me viene diciendo hace días por mail, quiere hablar por teléfono conmigo para evaluar mi nivel y asignarme una profesora para la semana que pasaré en París. Estoy volviendo a la capital francesa con un objetivo: hacer un viaje de inmersión lingüística para mejorar mi francés. Voy a tomar clases particulares todos los días y voy a vivir en la casa de Florence, una señora francesa con quien me conecté a través de Abroadwith y con quien tendré que practicar el idioma. No me va a quedar otra que animarme a hablar, pero ahora mismo la idea de tener esta evaluación de nivel —telefónica, encima— me aterroriza: seguro que, por haber aprendido el idioma de manera autodidacta, hay un montón de cosas básicas que no sé.

viaje de inmersión lingüística en París

Quién hubiese dicho que iba a volver tantas veces a París

viaje de inmersión lingüística en París

Atiendo y hablo bajito, con la cabeza pegada a la ventana y la mano sobre la boca para que mi vecina de asiento no escuche cómo destruyo su idioma con mis erres demasiado enruladas y mis es todas dichas iguales —se me viene a la mente el juego Fruit Ninja porque eso es lo que me imagino cuando hablo francés: que destrozo palabras como frutas—. Siempre me llamó la atención lo silenciosos que son los trenes franceses, no podría haber peor lugar para tener esta llamada. Julie me pregunta dónde estoy, de dónde vengo y adónde voy para evaluar mi uso de los tiempos verbales. Quiere saber cuál es mi objetivo con el idioma y no me animo a decirle que no quiero que la gente se ría de mí cuando hablo, así que le digo que quiero sentirme cómoda teniendo conversaciones, lo cual también es cierto. Ya le expliqué por mail —y ahora me da vergüenza el exceso de detalles personales e historia de vida, pero no me sale explicar las cosas de otra manera— que estoy casada con un francés, que aprendí el idioma por mi cuenta con libros y aplicaciones, que puedo leer, que entiendo casi todo pero que me falta mucho de gramática y me cuesta hablar sin ponerme nerviosa. Tras diez minutos de charla, su veredicto es el clásico pas mal” francés: “Tu pronunciación no es tan terrible, escuché peores”. Mis clases empiezan mañana, superé la primera prueba. Ahora se viene el desafío mayor: comunicarme con Florence, mi anfitriona, con quien solamente podré hablar en francés. Esta vez no hay inglés o español que me salve.

En mi imaginación, hablo francés como una nativa (?)

Cuando lo conocí a L, en el 2014, las únicas dos palabras que sabía decir en francés eran bonjour y merci. Como él no hablaba español, durante los primeros meses nos comunicamos solamente en inglés (ahora hablamos una mezcla medio deforme de los tres idiomas combinados con sonidos guturales franceses). Cuando nos quedamos a vivir en Francia me puse a estudiar francés por mi cuenta. Si bien el inglés nos permitía comunicarnos casi sin malentendidos, no dejaba de ser un idioma ajeno a ambos, así que me propuse aprender su idioma y, de paso, meterme más en su cultura. De a poco empecé a ser capaz de leer revistas, cómics y libros infantiles. Aprendí escuchando música y mirando películas con subtítulos en francés. El idioma escrito no me parecía tan difícil y había mucho que podía inferir por cercanía con el español, pero enseguida me di cuenta de que mi mayor desafío iba a ser hablarlo. El problema del francés es que no importa qué tan bien lo leas, lo escribas y lo entiendas, si al hablar no lo pronunciás correctamente —lo cual no es nada fácil— pueden pasar varias cosas: que no te entiendan, que no se esfuercen por entenderte, que te respondan en inglés o que se rían. Y ahí hay dos tipos de personas: las que lo siguen hablando como si nada —envidio ese carácter—, o las que, como yo, se inhiben, se ponen más nerviosas y terminan enmudeciendo.

La primera vez que me animé a decir una frase en francés enfrente de varias personas, L me burló tanto que me traumó y durante mucho tiempo no lo volví a intentar. Unos meses después, cuando por fin me animé a decirle algo a mis suegros por skype, la situación fue la misma: los vi conteniendo la risa del otro lado de la pantalla hasta que no pudieron disimular más y se empezaron a reír todos, en familia, desde Francia hasta Buenos Aires. Durante mucho tiempo me lo tomé como algo personal y me avergoncé de mi acento latino, hasta que tuve un quiebre la última vez que vine a París, cuando el tío de L se rió de mi manera de pronunciar cafe au lait y entendí que la burla es un rasgo francés, que no me queda otra que aceptar que siempre tendré acento extranjero y que si no me animo a hablar nunca voy a mejorar. Y entendí, también, que hay cosas que es mejor aprender con gente “de afuera” y no con la familia.

El tren llega a París en hora pico, me bajo en Gare du Nord y me sumo al apuro para no perder mi conexión. Esa es otra cosa que me impresiona de las estaciones parisinas: la velocidad de desplazamiento de la gente. Media hora después estoy en Maisons-Laffitte, la comuna en los suburbios de París donde viviré. Camino unas cuadras hasta la casa de Florence, mi anfitriona, siguiendo las indicaciones que me mandó por escrito. Nuestro primer contacto por mail fue muy formal, los franceses suelen tratarse de vous (“usted”) en una primera instancia, incluso entre personas de la misma edad. El problema es que yo solo sé hablar de tu así que no sé por cuánto tiempo voy a ser capaz de sostener el vous. Entro a la residencia con la clave —otra cosa que me sorprendió mucho la primera vez que vine a Francia: las puertas de los edificios se abren con clave— y camino hasta la casa del fondo. Florence me ve llegar, abre la puerta y lo primero que me pregunta es: “¿Nos tratamos de vous o de tu?”. Me siento aliviada. Nos salteamos las formalidades y empezamos a hablar como si ya nos conociéramos. Bah, ella habla más que yo, así que me aseguro de decirle que entiendo todo pero no hablo muy bien. “Bueno, para eso estás acá”, me dice con una sonrisa.

Florence me muestra la casa, me presenta a sus tres gatos —Zelda, Link y Vendetta— y me lleva a los cuartos para que elija en cuál me quiero quedar. Hay uno más grande, en el piso de abajo, y uno chiquito arriba, “la petite chambre”. Subimos la escalera y cuando abre la puerta me encuentro con un cuartito blanco, con el techo inclinado siguiendo la forma de la casa, una cama de una plaza, un escritorio con una máquina de escribir y una ventana con vista al jardín. Es el cuarto de una de sus hijas, que ya no vive ahí. Quiero este. Nunca tuve la experiencia de hacer una intercambio en otro país pero de repente me siento como la estudiante extranjera que acaba de llegar de su país de origen a la casa de su nueva familia. Me faltó la valijita vintage. “Ponete cómoda”, me dice Florence, “c’est chez toi” (“Es tu casa”). Esta es una de las expresiones francesas que más me gusta. Hace poco aprendí que también usan chez moi o chez nous (“mi casa”, “nuestra casa”) para referirse a Francia, al país como un hogar.

La petite chambre <3

Material de estudio

Más tarde bajo al living para cenar y charlar un rato. La estadía con un anfitrión local tiene un objetivo muy claro: practicar el idioma en situaciones cotidianas y, a la vez, sumergirte en la cultura del lugar. Lo que no me imaginé es que, durante los días siguientes, además de charlas cotidianas trataríamos temas metafísicos, astrológicos, religiosos y existenciales. Un curso avanzado de francecismo. Si L me viera ahora, asintiendo a todo como una experta. Florence me muestra fotos de sus hijas, me habla acerca de los hábitos de sus gatos, me cuenta de su trabajo. Dice que, para ella, los parisinos tienen un acento “puntiagudo” y que no le entiende nada a los quebequenses. Yo, que nunca los escuché hablar francés, busco un video y pienso que el francés-canadiense es un curso aparte. Al igual que me pasó cuando aprendí húngaro —que ya olvidé, por no practicarlo—, siento que estoy adquiriendo ojos nuevos.

Me acostumbro rápido a mi rutina de estudiante. Todas las mañanas me despierto temprano, tomo el tren a París, el metro a Tulerias y me encuentro con Marion, mi profesora, en el café de un hotel. También empezamos hablando de vous, aunque debemos tener la misma edad. Una de las primeras cosas que me pregunta es a qué me dedico. Cómo lo explico en francés. Cada vez que respondo construyo frases como quien va levantando cajas pesadas de a una: tengo que pensar bien cada palabra que voy a decir y siento que se me notan los engranajes del idioma y del cerebro. Es como si estuviese aprendiendo a hablar otra vez. Marion tiene mucha paciencia, me corrige y me incentiva. Me doy cuenta de que sé bastante argot (slang, lunfardo, jerga) pero no me sé bien los verbos ni las conjugaciones. Cada día nos enfocamos en un tema —el pasado, el futuro, la pronunciación— y en cada encuentro siento un progreso enorme. Nuestras clases están centradas más que nada en la conversación. Me pide que le cuente historias de mes voyages y le cuento, como puedo, de la vez que me perdí en China y terminé tomando el té en la casa de 4 mujeres de una minoría étnica y de la vez que robaron y me devolvieron todo en Indonesia.

Ella va tomando nota de las palabras nuevas en su computadora para mandármelas más tarde, me muestra videos que hablan de costumbres francesas y me pide que le diga qué fue lo que entendí o qué pienso al respecto, me enseña a pronunciar con algunos trucos mnemotécnicos, me da ejercicios escritos y una tarea final: escribir un petit texte acerca de Buenos Aires. Me gusta esta manera de aprender, basada en la vida real y no en situaciones hipotéticas. Me causa gracia ver que muchos de los ejercicios de compresión de texto son pequeñas historias de amor, del estilo Marc conoce a Claire en una fiesta y desde ese día no se separan, o “mi amor, todos los transportes están en huelga, pero no importa, esperame, voy a buscarte en caballo o en monopatín”. Todo muy francés, todo muy romántico. Me acuerdo de cuando L y yo nos conocimos en Biarritz, de que esa primera noche, cuando quedamos solos después de una cena en lo de sus amigos, él agarró una guitarra y me cantó “Les oiseaux de passage”. Yo no le dije nada, pero en ese momento me enamoré un poco, y él me confesó mucho tiempo después que era la primera vez que se animaba a cantar para alguien. Me acuerdo de que los días siguientes me mandó poemas por whatsapp y días después ya me estaba enseñando palabras en francés en su auto mientras nos refugiábamos de la lluvia. (Sí, todo muy lindo hasta que unos meses después me empezó a burlar y me traumó.) :D

Mi profe de francés

viaje de inmersión lingüística en París

Empieza la primavera en París

viaje de inmersión lingüística en París

viaje de inmersión lingüística en París

viaje de inmersión lingüística en París

“Hay que desconfiar de las palabras”

Cada día termino mis clases con une promenade (paseo) por París. Me gusta sentir que viajo sola por un rato. El viernes, para festejar el fin de mis clases, camino al borde del Sena hasta la Torre Eiffel. Tengo la cabeza cansada, nunca hablé tantas horas seguidas de francés, pero estoy contenta y con ganas de más. Ya me propuse, cuando volvamos a Francia en unos meses (el plan es instalarnos en julio de este año), seguir tomando clases. Todavía me cuesta creer que este país sea parte de mi vida, sobre todo cuando el francés como idioma no me gustaba para nada y Francia no me atraía. Lo llamo por teléfono a L, que está con su familia en Estrasburgo, para mostrarle mis avances. Está orgulloso aunque se sigue riendo, pero ya no me importa (tanto): haber sido capaz de arreglarme sola en francés durante toda esta semana me hace sentir poderosa. Un rato después le mando el texto que escribí en francés acerca de Buenos Aires y me dice que de repente le dieron ganas de estudiar español. Mi plan maestro funcionó.

Más tarde cuando voy en el metro escucho un oh la la épico (suena como jolalalalalalá). Lo dijo una señora que se puso de mal humor porque subieron músicos callejeros al vagón. Yo disfruto la música y canto bajito “perhaps, perhaps, perhaps”Vuelvo a lo de Florence y cenamos juntas por última vez. Le cuento de mis clases, de mis mini avances, de que ya no me da tanta vergüenza comunicarme en su idioma, aunque sé que me queda muchísimo por aprender y, sobre todo, por practicar. Hablamos de viajes, me cuenta de la vez que estuvo en Grecia, de las palabras que aprendió, de cuando durmió en casas de gente. Nos despedimos esa noche, mañana me voy muy temprano a Estrasburgo a reencontrarme con L. Hay un libro que se llama “Lost in translation” y es una recopilación de palabras intraducibles de distintos idiomas del mundo. No sé si esta palabra está ni si califica, pero en francés hay un verbo (“rentrer”) que tiene varias acepciones y una de las más usadas significa “volver a casa”. Me gusta pensar que existe un idioma en el que puedo decir eso en una sola palabra.

*

[box type=star] Esta experiencia fue posible gracias a Abroadwith.

Abroadwith es una plataforma de intercambio idiomático y cultural para aprender idiomas en el extranjero. Su filosofía es que una lengua y una cultura no se pueden experimentar detrás de una pantalla, por eso se enfocan en el elemento humano para aprender un idioma. La web te permite buscar anfitriones locales por ciudad (hay en varios países, para aprender distintos idiomas, no solo francés) y elegir con quién querés vivir y por cuánto tiempo. En general las estadías son semanales y hay tres tipos de programas de inmersión: estándar (hacé una estadía con anfitriones locales en otro país y aprendé su idioma y su cultura), tandem (viví con anfitriones locales, aprendé su idioma y su cultura y a la vez enseñales tu idioma) y con profesor (viví con un profesor certificado y tomá clases con él). Se define la cantidad de horas de conversación que tendrás que tus anfitriones y también existe la opción de complementar la estadía con un curso de idiomas cerca de tu nuevo hogar, como hice yo.

Por mi experiencia, mi recomendación es que si sabés algo del idioma pero nunca tomaste clases formales, hagas la estadía y el curso de idiomas (yo necesitaba las dos cosas: un poco de teoría y gramática y mucha práctica). Si ya tomaste clases con profesor y sabés bastante, quizá solo necesites la parte práctica y con la estadía sea suficiente. Más información en Abroadwith.[/box]

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*La lindísima ilustración de portada, hecha especialmente para este post, es de LuNa Portnoi. Luna es una artista visual e ilustradora de Buenos Aires. Su trabajo se encuentra en conexión con la naturaleza, el color, la magia y las emociones y sus ilustraciones tienen un gran nivel de detalle. Tiene dos libros para colorear, “Los sueños de Luna” y “La magia de Luna”. Podés seguirla en su Instagram, Facebook y canal de You Tube, donde da tutoriales artísticos en video.[/box]

París sin síndrome

Ilustración:
José Luis García 

En un portarretratos con forma de corazón, en la casa de una señora en los suburbios de París, hay una foto donde aparezco yo.

Hasta hace unos días, esa señora y yo no nos conocíamos en persona y yo sabía menos de ella que ella de mí.

Sin embargo, cuando entré a esa casa y la señora me llevó del brazo y me mostró que tenía enmarcada una foto del día que L y yo nos casamos por civil en Buenos Aires, se me hizo un nudo en la garganta.

El portarretratos tenía varias fotos familiares y stickers navideños pegados en el marco, estaba apoyado sobre una estufa, al lado de un mueble con elefantes de adorno, una lámpara de mesa y una estampita de la Virgen.

En el living de la casa había alfombras, una cama de una plaza con almohadas de Marilyn Monroe y una biblioteca con cajas de lata con dibujos de la Belle Époque en los estantes.

La tele estaba prendida sin sonido en un reality show, en la mesa donde estábamos sentados había una bandejita con tazas de té, vasos con borde dorado y una pecera con forma de bowl y, en la ventana, una bandera de Francia.

La señora, abuela paterna de L, me agarró la mano y me preguntó en francés cuándo íbamos a tener hijos.

Y yo sentí, de repente, que volvía a tener abuela.

Así nos recibía París.

L y yo habíamos volado hacía unos días desde Bali y estábamos viviendo en las afueras de París, a unos 50 minutos del centro, en la casa de uno de sus tíos.

Durante los primeros días, el desajuste horario del jet-lag y el hambre atrasada de queso y baguette nos convirtió en dos salvajes que solo salían de la cueva en horarios raros y cuando no había nadie cerca para comer sandwiches de brie a oscuras en la cocina.

Yo aproveché el cansancio como excusa para interactuar poco —la verdad es que me daba muchísima vergüenza hablar en francés con gente que no fuese L— hasta que la inmunidad de los primeros días se me terminó y no me quedó otra que intentar comunicarme en un idioma que entiendo bastante pero que me cuesta mucho hablar.

Lo primero que me animé a decirle al tío de L fue que el café lo quería con leche (avec du lait), pero se ve que hablé con la boca demasiado abierta (no a la manera francesa) y mi pronunciación latina fue el hazmerreír de toda la semana.

¡Viva el queso!

Pasamos los días siguientes en familia L tiene 14 tíos y a muchos no los conocía— y nos fuimos acercando a París de a poco.

El primer domingo fuimos a un cumpleaños familiar en un departamento del arrondissement (distrito) 13 y, cuando L y sus primos salieron al balcón a fumar yo salí detrás de ellos, aunque no fume, para no quedarme sola entre tanta gente nueva y terminar siendo “la mudita” que solo sonríe (o que se comporta como en este video). (En mi defensa: no estaba preparada para conocer a tantos franceses de golpe, L me vendió el plan como “vamos a tomar un petit café a lo de mi primo” y cuando llegamos vi que era un cumpleaños infantil, que había como 20 personas, que no teníamos regalo y que yo era la peor vestida del lugar, y “la nueva”, además.)

El sol de invierno pegaba contra los edificios y la gente nos miraba desde la vereda: seis hombres en fila, fumando, y una chica en la punta, mirando para abajo.

Vi hombres con la baguette bajo el brazo, vi pasar el camión de la basura, vi a una señora paseando al perro, vi un domingo parisino y por primera vez me sentí parte de la ciudad.

De golpe empecé a sentirme en casa en un país que nunca me había interesado demasiado conocer. Es rara (y linda) la sensación de saber que ahora Francia es parte tan importante de mi vida como Argentina y que acá también tengo una familia.

El momento en la terraza

Cuando se me fue el jet-lag salí a dar paseos offline por el centro de París.

Como no tengo 3G en el teléfono en Francia, pude caminar sin caer en la mala costumbre de preguntarle todo a google.

París me pareció distinta a las otras veces que vine: más vacía, más amable, más colorida. Esta vez la recorrí siguiendo uno de mis mapas subjetivos —la ruta de las papelerías— y entre una parada y otra encontré arte callejero en casi todas las paredes y pequeños momentos cotidianos para guardar en mi cuaderno: una familia alimentando a los cisnes del Sena, un señor dándole de comer a las gaviotas en la fuente del Jardín de las Tulerías, un pato que le tiraba de la manga del pantalón para que le diera comida a él, un perrito ladrándole a los caballos de la policía, policías enojados y dos hombres cantando Hakuna Matata en francés en una plaza de Montmartre.

Esta fue la primera vez que estuve en París y entendí el 85 por ciento de lo que me decía la gente. Eso, para mí, es tener un superpoder.

Cuando lo conocí a L yo no hablaba una palabra de francés, apenas sabía decir bonjour y merci y ahí se terminaba mi conocimiento del idioma.

Esta vez, además, vine de mucho mejor humor, sin esa tristeza que no me dejaba ver, y los parisinos me parecieron muy simpáticos: los del correo me hablaron en español cuando compré estampillas para Argentina (“Prefiero el español que el inglés”, me dijo uno), en el metro me reí en complicidad con un francés cuando anunciaron por el altoparlante (y entendí) que se habían subido “tres pickpockets” al tren, una mujer me contó toda su vida y sus dramas en un negocio (y yo hice mi mejor fake French).

No hubo una vez que no sintiera que estaba caminando por una ciudad de película.

—Qué linda que está París, me repetí cada pocas cuadras, y después me pregunté:

— ¿Está linda o es linda?

Eso que a los extranjeros les cuesta tanto cuando aprenden español es para mí una de las cualidades más lindas de nuestro idioma: la sutil (y existencial) diferencia entre “ser” y “estar”.

Si digo que linda que es París estoy hablando de algo aceptado universalmente, de algo definitivo e inmutable, pero si digo qué linda que está París estoy hablando del momento presente, del ahora, de mi mirada, y en esta visita lo que definió a la ciudad fue eso: mi manera de verla.

La primera vez que vine a París, la ciudad no me encantó.

Y como estaba mundialmente aceptado que París es una ciudad que encanta, supuse que el problema lo tenía yo.

Unos meses después, haciendo carpooling con un francés-vietnamita, me enteré de la existencia del síndrome de París —la desilusión que sufren algunos japoneses cuando visitan París por primera vez— y me pareció una metáfora aplicable a mi experiencia —tanto con la ciudad como con los viajes— y al momento por el que estaba pasando.

Escribí un libro con ese título —“El síndrome de París”— y siempre hice énfasis en que no era un libro acerca de París, sino acerca de la desidealización, la maduración, el desenamoramiento y el yin-yang de los viajes y la vida.

Y así como durante una época pensé que yo jamás dejaría de ser la de “Días de viaje”, durante otra pensé que nunca dejaría ser la de “El síndrome de París”, que esa era la nueva Aniko que había llegado para quedarse y que París nunca estaría entre mis ciudades preferidas.

Tampoco pensé que el libro tuviera algo de París más que el título, hasta que volví a París después de haberlo publicado y entendí que la ciudad estaba mucho más ligada a mi proceso interno de lo que yo pensaba.

Vero, la ilustradora de ambos libros, lo expresó mejor que yo.

Esta vez París me encantó, pero tenía que volver para darme cuenta de que esa era una posibilidad y para dejar ir el pasado y las desilusiones.

Esta vez vine acompañada, sin duelo, sin tristezas existenciales y con un rumbo claro.

Y el círculo se cerró una tarde lluviosa en una papelería de París.

Mientras miraba cuadernos hechos a mano escuché a tres japonesas diciendo “ohhh kawaiii” (“ay, ¡qué lindo!) y entendí que el síndrome no lo sufren todos, que hay muchos japoneses que vienen por primera vez a París y les encanta, que todo este tiempo me había sentido identificada con una japonesa que nunca conocí y que acá había tres que me demostraban lo opuesto.

Entendí que todos tenemos una París personal que nos hace soñar y nos desilusiona, pero así es la vida.

Salí de la papelería cuando dejó de llover.

Me quedé parada en el boulevard, vi un rayo de luz cayendo sobre la vereda y saqué una foto.

Una chica se dio vuelta, se quedó mirando lo que yo veía y sonrió.

Esta París sin síndrome me parece doblemente bella.

El sol después de la lluvia

El síndrome de París en París. Foto: Brenda Espinola

[box type=star] Bonus track:

– La ilustración de portada es de José Luis García – Left Handed Graphic y fue hecha especialmente para este post. ¡Gracias José!

– Por si les interesa, esta es mi Ruta de las papelerías en París (encontré cosas muy pero muy lindas).

– Si están aprendiendo francés, les recomiendo la app Duolingo (con esa aprendí). También está bueno leer libros (me acabo de comprar ‘Le petit prince’ en francés) y escuchar música: yo escucho Stromae, Manu Chao (el disco en francés), Carla Bruni, Zaz y Georges Brassens.

– Si visitan París, no se olviden de una de las reglas más importantes: siempre decir bonjour cuando entran a un negocio (más info interesante en este video). Van a ver cómo cambia la actitud de la gente con ese pequeño saludo.

– Por último, si todo falla: se ponen a cantar Foux dou fa fa.[/box]

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Carta de despedida a Biarritz

Me cuesta escribir esto sin ponerme triste. Llegué a Biarritz por primera vez hace poco más de un año, el verano pasado, sin saber que me quedaría a vivir por nueve meses, que caminaría tanto por estas calles, que vería el faro cubierto de niebla y cubierto de sol, que odiaría su lluvia y amaría su mar. Vine porque dos personas no conectadas entre sí me dijeron, casi con las mismas palabras, que si quería aprender surf tenía que ir a Biarritz, y a mí esa palabra se me quedó pegada. No sabía nada de Biarritz ni de surf y sin embargo vine, llegué un día en el que estaba a la deriva, en una época en la que me sentía sin rumbo y en la que todo me daba un poco igual. Y a primera vista la ciudad me pareció de las más lindas que vi, pero no me sentí cómoda y quise irme. Unas horas después conocí a alguien y las cosas cambiaron. Y me quedé. Nos quedamos. Nueve meses viviendo juntos acá.

Desde mi cuarto.

Desde mi cuarto.

La vista desde mi ventana

La vista desde mi ventana

Las postales frente a mi escritorio.

Las postales frente a mi escritorio.

Mis grullas.

Mis grullas.

Escribo esto todavía en Biarritz, sentada en mi escritorio de vidrio al lado de la ventana, con vista a un jardín que todavía es mi jardín, mirando la pared llena de postales que aún no despegué. Frené acá porque necesitaba esto: un espacio de trabajo, un hogar y un amor. Me sentía muy huésped y muy sola, y estaba cansada de moverme de un lado a otro sin parar. Mi límite de viaje en continuado es un año, después de eso ya me canso, pierdo la capacidad de asombro, no tengo ganas de ver lugares nuevos y me surge la necesidad de detenerme. Acá volví a tener la rutina que tanto necesitaba: empecé natación, fui al cine, llené las alacenas, jugué al Super Mario, miré películas, me abrí otro blog, recibí postales y escribí mucho, un montón. Escribí otro libro, aunque el capítulo de Biarritz todavía ni lo empecé, dicen que hay que escribir acerca de un lugar cuando uno ya se fue.

Además me compré libros.

Además me compré libros.

y zorritos.

y zorritos.

Amo mi jardín.

Amo mi jardín.

Recibí cartas.

Recibí cartas.

Y ahora me toca despedirme de prepo, porque no sé si nos iríamos si la situación fuese distinta. Acaba de empezar el verano, la mejor época del País Vasco, ya no llueve, el mar está calentito, la gente está contenta, hay luz hasta las diez de la noche y uno casi se olvida de que acá existió el invierno. Pasamos seis meses bajo lluvia, con caracoles trepando por las paredes, hongos expandiéndose por el techo, olor a humedad en el baño, las toallas siempre mojadas, sabañones en los pies, y ahora tenemos que irnos porque la dueña de la casa-cueva cuadruplica sus precios durante los meses de verano y si Biarritz ya era cara en invierno ahora es imposible. Mi casa-cueva ya no esta, será otra, será muchas. Se nos terminó el contrato, el primero que firmé con un chico, sin pensarlo, cuando me dijo quedate a vivir conmigo acá, estemos juntos, quiero estar con vos.

La playa

La playa

Una rotonda

Una rotonda

Cerca de casa

Cerca de casa

Durante estos meses en Biarritz me di cuenta de que el clima afecta mucho mi estado de ánimo. Tuve tristeza de invierno —autodiagnosticada—, lloré cada vez que llovía, me enojé cuando no salió el sol durante dos semanas, me dio rabia ver que el servicio meteorológico anunciaba lluvia con cien por ciento de probabilidades para los próximos diez días, dije un montón de veces que me iba para Argentina, que chau, que empaco todo y ya fue, que no quiero estar más acá, que estoy pasada por agua, que no me banco más el viento y esa garúa fina que me corroe. Me consolé con macarrons, con chocolate, con cafés con leche, con películas y series, con los abrazos de L. Me sentí mejor —y peor, por improductiva— quedándome en la cama hasta tarde, leyendo mis libros con dos frazadas encima. Aprendí que a veces eso también está bien, que no puedo estar todo el tiempo forzándome a hacer cosas, que los descansos son tan importantes como el trabajo.

Vidrieras

Vidrieras

Peluquería

Peluquería

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Cosas que veo en mis caminatas de todos los días

Cosas que veo en mis caminatas de todos los días

Aprendí a medir el paso del tiempo de otras maneras. En esta casa los relojes nunca estuvieron en hora y tampoco tuve calendarios, hasta hace poco, pero supe que los meses pasaban porque vi mi pared llenarse de postales, porque vi el ciclo de las mareas, porque a L. le crecían los rulos, porque el sol fue saliendo cada vez más temprano y escondiéndose más tarde. Supe que había empezado la primavera cuando escuché a dos pájaros cantar al lado de mi ventana a las tres de la mañana y recordé que ese sonido existía. Y ahí me di cuenta de que esta fue la primera vez que pasé un invierno, mejor dicho: que hiberné en una cueva. También me volví más friolenta, supongo que de tanto invierno, y un poco más miedosa, quizá por tanta lluvia.

Junto con la primavera llegó una inquilina nueva a la casa, y ahí empecé a practicar el arte de la paciencia y a decirme ya está, es hora de empacar, con nuestras cosas a otro lado, esta casa ya no es nuestro espacio. Así que me despido sin despedirme, porque todavía sigo acá, aunque en cuenta regresiva, tres, dos, uno. Caeré cuando estemos en la próxima ciudad, en algún lugar sin humedad y sin mar. Nunca, jamás, hubiese pensado que iba a quedarme a vivir en Francia. Ni aunque me lo hubiese dicho mi astróloga, que, si mal no recuerdo, alguna vez me lo mencionó. Tampoco pensé que iba a encontrar mi hogar en un chico francés, siempre dije que los franceses eran lindos pero que no los terminaba de entender, y mirá. Ahora nos toca ir a los dos a mi país, a construir otro hogar transitorio en Buenos Aires y después veremos dónde más. Y por primera vez lloro mientras escribo un post, no sé si de tristeza por la partida, de alegría por irme acompañada, de emoción por volver a Buenos Aires, de felicidad por todo lo que nos espera, de ansiedad por las ganas que tengo de hacer un viaje largo por Argentina, o de hipersensible porque me está por venir (debe ser eso). Pero nunca viví tanto tiempo en otro lugar que no fuese Buenos Aires y todo eso me genera una procesión. Además hace casi dos años que no vuelvo a Argentina, y me parece demasiado.

Arco iris de hortensias

Arco iris de hortensias

La Grande Plage

La Grande Plage

Balcones

Balcones

Chau Biarritz, siempre me despido de personas, ahora me toca despedirme de un lugar. Ni sé cómo hacer: ¿salgo a caminar? ¿Saco la basura por última vez? ¿Me meto al mar? ¿Cómo se le dice chau a un hogar? Te deseo que sigas con buen clima, que los turistas no te maltraten mucho, que alguien se enamore de vos, que cuiden tus hortensias, que sigas recibiendo surfers y que le des un buen susto al hombre que escupe. No sé si volveremos, tampoco sé si será lo mismo si volvemos, pero yo me llevo mi mapa subjetivo de tus calles y toda la inspiración que me diste, y eso para mí es lo más valioso. No te lo quería decir, pero si bien te nombré un montón de veces, hay mucha gente que sigue pensando que viví estos nueve meses en París, y qué tendré que ver yo con París, te estarás preguntando. Nada, estás mucho más cerca de España que de París, sos parte del País Vasco, tenés mar. Solo quiero que sepas que L. y yo siempre tendremos Biarritz. Gracias por eso.

À bientôt ! ¡Hasta pronto!

A.

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Publicado desde Estrasburgo, en la otra punta de Francia, con calor y nostalgia.

Geocaching: la búsqueda del tesoro más grande del mundo

Mañana, 2 de mayo, Geocaching cumple 15 años. Y lo único que me pregunto es cómo no lo descubrí antes. En realidad lo conocía, varias personas me habían hablado acerca de ese juego, pero nunca le di mucha importancia. Era como:

—¿Sabías que hay gente que esconde cosas en todas partes del mundo y da las coordenadas del GPS para que otros las encuentren?

Y yo:

—Ahhh, mirá.

Y nada. Aniko despertate.

Hace unos días estaba leyendo el libro “Turista lo serás tú”, de mis amigos de la Editorial Viajera, cuando la palabra geocaching volvió a aparecer en mi vida. Este libro propone más de setenta juegos para hacer mientras viajás. Uno de ellos, el 27, decía así:

“Tal vez no los hayas visto, pero tu ciudad está llena de tesoros. Tesoros reales aunque simbólicos: objetos ocultos en tarteras —tuppers— (protegidos así de las inclemencias climáticas) en coordenadas muy precisas. Han sido escondidos por personas, pero, paradójicamente, para que sean encontrados. Pero no por cualquiera: solo por aquellos que los busquen en páginas web creadas a tal efecto. Parece un juego, un acertijo, y es así: se trata del geocaching.”

Enseguida lo busqué en internet y me encontré con este video explicativo:

Para jugar, decía, se necesita un GPS o smartphone. Y claro, me dije, la última vez que escuché hablar acerca del geocaching no tenía smartphone, pero ahora sí, así que me bajé la aplicación enseguida para ver de qué se trataba. Se abrió un mapa de Biarritz —la app sabe dónde estás— y aparecieron como treinta puntos verdes. ¿Qué quería decir eso? Que en cada uno de esos puntos había un tesoro escondido. Empecé a saltar de emoción y le dije a L.: “¡Mirá esto, por favor! Biarritz está llena de cosas ocultas, hay tesoros, hay cajas que quizá tengan muñequitos de la infancia de alguien, dados, libros, cartas, secretos. Tengo que salir a buscarlos, esto es espectacular”. Él, que ya se acostumbró a verme levantar cosas del piso —naipes, piezas de rompecabezas, legos, papeles escritos, cintitas, bolsitas y etcétera— y de la basura —o de lo que otros consideran basura— se reía: “Es ideal para vos, era obvio que te iba a gustar”. Pero ese día llovía mucho, así que tuve que esperar.

Me fui hasta la Grande Plage

La Grande Plage de Biarritz, por acá cerca hay tesoros escondidos

Al día siguiente salí a caminar. Como cualquier cosa nueva, esto del geocaching me generaba algunas dudas. No voy a decir miedo, porque no era miedo, pero me daba no se qué estar buscando tesoros sola: ¿y si alguien me veía y pensaba que estaba loca? ¿y si me encontraba con otro geocacher en el mismo punto? ¿y si tenía que explicarle a alguien (¡en francés!) lo que estaba haciendo? Después leí que existe algo así como la ética del geocaching y que algunas de las reglas aceptadas son: no poner en peligro a otros, minimizar el impacto en la naturaleza, respetar la propiedad privada y evitar la sospecha pública.

Caminé hasta la playa diciéndome “no voy a hacer geocaching hoy, mejor empiezo otro día con alguien” pero no aguanté. Abrí la aplicación del teléfono y vi que muy cerca mío, a unos 100 metros, había un tesoro oculto. Miré la pista: “Está colgado”. Tendrían que haberme visto: empecé a caminar mirando para arriba, esperando encontrarme una caja colgada de algún árbol o de una pared. Al ser la primera vez, no me avivé de que la aplicación tenía un GPS incorporado que me iba indicando con una flecha hacia qué lado caminar. Yo solo veía mi punto moviéndose en el mapa y trataba de acercarlo lo más posible a ese punto verde. Cuando estuve a pocos metros, el teléfono empezó a vibrar: “¡Prestá atención! ¡Estas cerca!”. Busqué, busqué, busqué, pero no veía nada. Ni siquiera sabía qué estaba buscando.

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Pasé por un arbusto y vi un tubito verde muy chico, pero lo desestimé y seguí. Cuando estaba por darme por vencida, miré la foto de alguien que ya lo había encontrado. En la app de Geocaching hay un logbook o libro de visitas online: los que ya encontraron ese tesoro dejan algún comentario (sin spoilers) y a veces alguna foto de referencia. Cuando miré la foto me di cuenta de que el tubito verde era el tesoro. Volví, lo desenganché del arbusto —estaba agarrado con uno de esos alambres para cerrar el pan lactal—, lo abrí y adentro encontré un papel enrollado: era el libro de visitas (todos los caches tienen uno). Lo firmé con nombre y fecha y volví a engancharlo en la misma rama. No sé si alguien me vio ya que era una zona con mucha gente. Volví a casa contenta, pero quería más: quería cajas como las del video.

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Al día siguiente salí a caminar temprano, algo que no hacía hace tiempo. Había estado mirando el mapa y vi que en Biarritz hay una laguna (ni sabía) y que en el bosque alrededor de esa laguna hay como cinco tesoros, varios de ellos cajas (la aplicación suele decir qué tamaño tiene el tesoro que estás buscando). El lugar estaba a 45 minutos caminando de mi casa, así que puse música y fui para allá. Llegué a una zona natural lindísima y pensé que, más allá de que encontrara las cajas o no, uno de los premios del Geocaching era aparecer en lugares así. Seleccioné la primera caja en la aplicación y el GPS me empezó a guiar. Primero me mantuve por el sendero, pero después la flecha me dijo que subiera y me metiera en el bosque. Me empecé a reír sola porque me sentía una boy-scout caminando entre la maleza. La pista decía: “Está en un árbol hueco”, pero como el GPS no es cien por ciento exacto, una vez que estás a pocos metros tenés que explorar todo. Así que me puse a mirar los árboles uno por uno, a buscarles huecos, hasta que por fin apareció mi primera caja.

Por calles así me fui llevando el GPS

Por calles así me fui llevando el GPS

Después entré acá

Después entré acá

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Encontré el árbol susodicho

Y la caja

Y la caja

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La abrí y me desilusioné. Estaba llena de publicidad (?): tarjetas ofreciendo servicios de peluquería y cosas así. Yo quería encontrarme objetos personales y con valor sentimental. Guardé todo donde estaba y me fui a buscar el próximo punto verde. El GPS me llevó por un camino que desembocó directo en la laguna. La pista de esta caja era: “Está debajo de una piedra”, así que me puse a levantar todas las piedras que encontré. Este tupper me gustó más: tenía una ficha de dominó, una pulsera, una flor seca, un pasaje de tren y un cuaderno para firmar. Dejé mi nombre y aporté una pulsera a la caja. Después me fui a sentar un rato frente a la laguna.

Para llegar a la segunda caja seguí por acá

Para llegar a la segunda caja seguí por acá

Y aparecí frente a la laguna

Y aparecí frente a la laguna

Después de revisar piedras, la encontré

Después de revisar piedras, la encontré

Caja que encontré en el bosque

Caja que encontré en el bosque

Ya que estaba ahí, aproveché para seguir paseando por el lago, busqué una caja más y volví a casa. En total estuve dos horas y media caminando en busca de tesoros.

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Si no hubiese sido por el geocaching, ni me enteraba de que tenía un lugar así tan cerca.

Si no hubiese sido por el geocaching, ni me enteraba de que tenía un lugar así tan cerca.

con patos y todo

con patos y todo

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Y bosque

Y bosque

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La tercera caja estaba acá

La tercera caja estaba acá

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Adentro de la caja había un aviso: “Si descubrís esto sin querer, por favor dejalo donde estaba, sin vandalizarlo. Esta caja forma parte de un juego mundial con GPS que se llama “geocaching”. Podés encontrar toda la información en el sitio web”

Supongo que esto se hace vicio muy fácil. En el libro de visitas online vi que alguien había escrito: “Lo encontré, es mi cache número 200″. Y me dije que qué pena que no supe de esto antes, porque hubiese buscado cosas en todos los países que estuve. Geocaching es la búsqueda del tesoro más grande del mundo: hay más de 200 millones de cosas escondidas en 200 países y territorios, así que se puede jugar casi en todos lados. Yo creo que de ahora en más, cada vez que llegue a un lugar nuevo, no aguantaré la tentación de abrir el mapa y ver cuántos puntos verdes hay a mi alrededor.

[box type=”star”]Más información del Geocaching

* Si bien la aplicación de Geocaching está por cumplir 15 años, este no es un juego nuevo. El geocaching es parecido al letterboxing, un juego que existe hace más de 160 años y que consiste en dejar cajas con sellos y dar las pistas a través de catálogos impresos o sitios webs. Luego, quien encuentra la caja usa el sello para estampar su propio cuaderno y demostrar el hallazgo.

* Dave Ulmer, de Oregon, fue el primero en esconder un cache y dar las coordenadas de GPS el 3 de mayo del 2000. Posteó la ubicación en una web y tres días después ya había registros de que dos personas lo habían encontrado. Hoy, en ese sitio, hay una placa conmemorativa.

* Yo estoy usando la aplicación de geocaching.com, pero hay varias webs que muestran dónde están los tesoros, como  opencaching.com o Open Caching Network (tienen distintas webs para distintas regiones del mundo).

* Hay un montón de otros juegos parecidos, también al aire libre, con pistas y en todo el mundo: book crossing, bike crossing, benchmarking… Ya los probaré y después les cuento.

* Y si quieren ideas para viajar distinto, les recomiendo “Turista lo será tú. Setenta y tantas propuestas para viajar de otra manera”, publicado por La editorial viajera (la misma de “Viajeras”). [/box]

Cosas que me inspiran (7): el arte de la quietud

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Cosas que me inspiran: una dosis quincenal —ejem, mensual— de charlas, ilustraciones, películas, libros, series y todo eso que encuentro por ahí y que a) me inspira a crear cosas nuevas b) me ayuda a pensar distinto y c) me hace reír. Las cosas que me inspiran a escribir las pongo en mi otro blog: escribir.me[/box]

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Antes que nada: feliz primaotoño para todos. Se viene mi época preferida del año, aunque acá la primavera se está haciendo desear.

Me acabo de dar cuenta de que hace once días que no posteo y no entiendo cómo pasó tan rápido. Dicen que el tiempo vuela cuando uno se divierte, entonces si hiciéramos un silogismo diríamos:

1. El tiempo vuela cuando uno se divierte
2. Cuando uno viaja, se divierte
3. Cuando uno viaja el tiempo vuela

Falso. Cuando viajo el tiempo se me estira, los días tienen otra consistencia, las horas parecen más largas. Y no porque no me divierta, sino porque apago el piloto automático y le presto atención a cada momento de la realidad. Esa es una de las cosas que más me gusta de viajar: que potencia mi capacidad de atención.

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Estos días me estuve divirtiendo y el tiempo voló, pero fue una diversión distinta. Tengo el segundo borrador de mi libro casi listo, estoy a full con mi blog de escritura, también escribiendo artículos y preparando un proyecto fotográfico que tenía pendiente hace tiempo. En tres meses me voy de Biarritz y también tengo la sensación de que se me van a pasar volando. En julio haremos un viajecito por Francia y en agosto: Buenos Aires. Tengo ganas de estar allá, esta va a ser la vez que más tiempo pasé fuera de Argentina y la verdad que no ver a mis amigos y familia por tantos meses —van a ser casi dos años cuando vuelva— se me hace difícil. Después de mi regreso a Argentina seguirán los viajes: los dos planes son Patagonia y Japón. Cerquita.

Estoy disfrutando mucho esta pausa, como ya dije, porque me estoy nutriendo de un montón de cosas que me inspiran. Acá van algunas:

1. Saturday Night Live (tv)

Amo Saturday Night Live desde que tengo doce o trece años. Este programa de televisión se emite en vivo hace cuarenta años y cada show tiene un conductor distinto —en general un actor o músico— y una banda o solista invitado. Por SNL pasaron todos los grandes comediantes, algunos incluso empezaron ahí: Will Ferrel, Adam Sandler, Ben Stiller, Jimmy Fallon, Steve Martin, Dan Aykroyd, Mike Myers, Chevy Chase. Antes miraba el programa entero por televisión, ahora solo miro los sketchs por youtube. SNL tiene tantos años y tanto material que en youtube pueden encontrar de todo: parodias de películas y de programas de televisión, canciones, imitaciones de distintos formatos de shows, personajes que luego tuvieron sus propias películas. Va de lo bizarro a la genialidad. En esta lista puse más de treinta sketchs que me gustan y que miro cada vez que quiero reírme.

2. Mapa sonoro de una vuelta al mundo, por Lucía y Ruben de Algo que recordar

Se me pone la piel de gallina. Más allá de las imágenes, creo que son los sonidos los que nos transportan de verdad. O al menos los que nos hacen recordar los lugares en los que estuvimos. Escucho este video de los chicos de Algo que recordar y vuelvo a viajar. Si no conocen su blog, se los recomiendo mucho, sus fotografías son lindísimas y sus videos excelentes.

Más en: algoquerecordar.com

3. Things we forget

Esta web me encanta por su simpleza: es una colección de post-its con mensajes positivos. El autor los deja en espacios públicos, les saca una foto y los sube a la página. Ya tiene más de 1114 post-its, uno más sabio que el otro. Es para imprimirlos todos y empapelar un cuarto. En su tienda los vende en forma de posters, imanes y libro.

Más en: thingsweforget.blogspot.com

4. “El arte de la quietud”, por Pico Iyer

Pico Iyer, viajero y escritor, habla acerca de la importancia de quedarse quieto en un mundo que no para de moverse. Cito algunas de las partes que más me gustaron, pero les recomiendo que vean esta charla entera: “A los 29 años, decidí rehacer toda mi vida bajo la idea de ir a ninguna parte. (…) Y así, para mi gran sorpresa, descubrí que ir a ninguna parte era tan apasionante como ir al Tíbet o a Cuba. Y cuando digo ir a ninguna parte, hablo de nada más intimidante que tomarse unos minutos cada día, o unos días cada estación, o incluso, como hacen algunos, unos años en la vida, para estar quieto el tiempo suficiente para averiguar qué nos motiva más, para recordar qué nos hace realmente felices y para recordar que, a veces, ganarse la vida y honrar la existencia van en direcciones opuestas. (…) Por eso, en la era de la aceleración, nada puede ser más estimulante que ir lento. En la era de la distracción, nada es más lujoso que prestar atención. En la era del constante movimiento, nada es tan urgente como quedarse inmóvil.”

Visto en: TED.com

5. Use-it Maps: mapas hechos por la gente local

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Ya recomendé estos mapas en algún post pero los vuelvo a mencionar por si alguno no los vio. Los use-it maps están hechos por gente local, son gratuitos y te dan una mirada más real y menos turística de muchas ciudades europeas. Me los mostró una lectora en Bélgica y me parecieron excelentes ya que te dan datos que un típico mapa turístico no tiene: donde se come mejor y más barato, dónde están los rincones escondidos, dónde se reúne la gente joven, a dónde salir de noche. Hay Use-it Maps de más de cuarenta ciudades —por el momento solo de Europa—: pueden descargarlos en la web e imprimirlos.

Más en: use-it.travel 

6. Los videos de PES

Descubrí a PES hace varios años, cuando me empezó a interesar la técnica de stop-motion. Los videos de PES hacen magia con objetos cotidianos. Mejor que los vean. El que aparece acá, Fresh Guacamole, fue nominado a un Oscar por mejor corto animado. El primero que vi fue “Western spaghetti”, que también les recomiendo.

Más en: pesfilm.com

7. “Larung Gar, un viaje interior”, por Carmen Teira

Foto: trajinandoporelmundo.com

Foto: trajinandoporelmundo.com

Me encanta leer a Carmen: es española, tiene mi edad y también viaja y escribe. En este post cuenta su experiencia en Larung Gar, un pueblo de la zona tibetana de Sichuan, China. La vida, la muerte, el ritual de entierro tibetano y todo lo que hay entremedio, en primera persona.

Pueden leer el post completo en su blog: trajinandoporelmundo.com

8. Series: Red Dwarf (1988)

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Confieso que cuando vi el primer capítulo no le tuve mucha fe. La historia empieza así: hace tres millones de años, una fuga de materiales radiactivos mata a toda la tripulación de Red Dwarf, una nave espacial, y el único sobreviviente es Dave Lister, el chico que reparaba la máquina de sopa. Cuando vi eso pensé: ¿una serie de diez temporadas con un solo actor en una nave espacial? Pero en los capítulos siguientes, a Lister se le suma el holograma de Arnold Rimmer —el que era su compañero de habitación—, Cat —un ¿humano? que evolucionó de un gato—, Holly —la computadora de la nave— y Kryten —un robot de servicio—, y las situaciones que se generan son desopilantes, ridículas y muy originales. Red Dwarf es una serie de ciencia ficción y humor, y cada temporada tiene seis capítulos de media hora. Para mí, un descubrimiento.

Más en IMDB y en reddwarf.co.uk

9. La introducción de la película Medianeras

Creo que vi este clip tiempo antes de ver la película y por eso me quedó tan grabado. Me gusta la mirada original de Buenos Aires y la conexión que hace entre el desorden arquitectónico de la ciudad y el modo de ser de los porteños —me incluyo—. Y a pesar de su locura, estas cosas me hacen quererla.

10. “Nadie le dice esto a los que recién empiezan”, video basado en una cita de Ira Glass

Este video está basado en una cita de Ira Glass, un presentador de radio y televisión estadounidense. Dice, entre otras cosas, que es normal que nos lleve tiempo hacer el trabajo creativo que esté a la altura de nuestras ambiciones: por eso no hay que darse por vencido antes de tiempo. “Most people I know who do interesting, creative work went through years of this. We know our work doesn’t have this special thing that we want it to have. We all go through this. And if you are just starting out or you are still in this phase, you gotta know its normal and the most important thing you can do is do a lot of work.”

Así que a seguir trabajando.

[box type=”star”]Si te gustó, acá hay más Cosas que me inspiran.[/box]

Exploración #3: la búsqueda del tesoro

Cuando era chica, uno de mis juegos preferidos era la búsqueda del tesoro. Solíamos jugarlo en los cumpleaños, en las colonias de vacaciones y puede que en el colegio, aunque de eso no me acuerdo. El objetivo era ser los primeros en encontrar un tesoro oculto, y para descubrir dónde estaba escondido teníamos que ir siguiendo pistas. Nos dividíamos en equipos y nos daban un papelito con la primera pista a cada grupo: decía, por ejemplo, andá al tercer árbol de la esquina del colegio y mirá bien entre sus ramas, entonces íbamos corriendo al árbol para buscar la pista siguiente. Después de diez o quince pistas llegábamos al tesoro, que a veces era una bolsa de golosinas y a veces eran libros. Los domingos de Pascua de mi infancia también eran búsquedas del tesoro: mi mamá se levantaba temprano y escondía huevos de chocolate en el jardín y yo salía corriendo a buscarlos.

Cuando empecé a viajar y a mirar la realidad con otros ojos me di cuenta de que cualquier espacio público está lleno de tesoros. Es cuestión de prestarles atención. Así encontré un montón de naipes por el mundo —casi una baraja entera—, legos amarillos y piezas de rompecabezas en Barcelona y todo tipo de cosas en las calles de París. Objetos que algunos habían desechado por considerarlos basura, para mí eran hallazgos. Me llevó tiempo, sin embargo, animarle a levantarlos: sentía que la gente me miraba o que muchos me juzgarían por agarrar cosas que estaban tiradas en el piso. Pero un día me animé y desde que empecé no paré.

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Hace unos meses me compré el libro 'The pocket scavenger' (de Keri Smith) y empecé a recolectar y a pegar todos mis tesoros en un mismo lugar. Keri Smith da una lista de 75 elementos para buscar en la calle, entre ellos un dibujo, algo imaginario, un cupón, algo roto, una postal, un origami y cosas así. Al final del libro da ideas para jugar a la búsqueda del tesoro con amigos: encontrar diez cosas en diez minutos, elegir un objeto y encontrar varios ejemplares, hacer una lista de cosas e intercambiarla con una amiga. Y cuando pensaba en jugar a la búsqueda del tesoro, la primera persona en la que pensaba era Lau. Como no sabíamos cuándo íbamos a estar juntas en un mismo lugar, decidimos jugar a la distancia. Armamos una lista entre las dos y cada cual salió por su ciudad a buscar cosas.

La consigna: encontrar todos los elementos de la lista en espacios públicos. La interpretación de cada cosa era libre: podía ser un barco de verdad, uno de juguete, un dibujo de un barco, la silueta de un barco.

Lugar de mi búsqueda: Biarritz (Francia), con lluvia y en invierno. Aproveché los pocos momentos de sol para salir, y otras veces busqué objetos bajo la garúa. Lau buscó los suyos en Mar del Plata (Argentina), que es una especie de alter-ego de Biarritz, y en verano, así que fueron búsquedas cruzadas.

La lista:

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Después de sacar esta foto agregamos tres elementos más:

– algo que no sepas que es
– un dispenser
– algo que nos hubiese gustado que esté en la lista

Estos son mis resultados, en orden cronológico:

graffiti

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Lau: me hubiese divertido más que estés acá para hacer la búsqueda juntas. Pero esto de buscar los mismos elementos a la distancia también me generó intriga: ¿qué habrás encontrado vos por allá?

El graffiti fue fácil, fue el primero que encontré. Ya lo tenía visto: está a una cuadra de casa hace meses, así que empecé con ventaja.

un boleto

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Esta ciudad es bastante limpia y pensé que eso me iba a jugar en contra en la búsqueda, pero el boleto apareció al toque.

algo que parezca una cara

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A esta le digo “la casa que ríe”.

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Esta es “la moto bonachona”.

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Y esta, “la papa expresiva”. No sé si te conté, pero tengo una carpeta de fotos que se llama “cosas que parecen caras”. Debo haber encontrado unas treinta, y sigo sumando.

algo de otro tiempo

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Es un palito de helado, pero para mí es algo de mi infancia. Lo vi y pensé en los recreos, en los helados Torpedo que comía en verano, en que siempre me tocaba el vale otro, en las esculturas con palitos que hacíamos en la clase de arte, en el verano y en los juegos.

algo que no sepas qué es

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No tengo idea. ¿Un pedazo de auto? Si alguien reconoce este objeto, que por favor me ilumine.

algo escondido o camuflado

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¿No es espectacular? Las hojas están incrustadas en el asfalto. Digamos que se camuflaron sin proponérselo. Se ve que asfaltaron en otoño y las hojas quedaron ahí, embalsamadas para siempre.

un barco

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Tanto mar acá y yo poniendo un barco que no flota. Pero me gustó. Acá los frentes de las casas tienen detalles así.

algo rosa o violeta

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La foto salió muy movida porque llovía mucho. Al principio lo vi y seguí de largo, pero me arrepentí y di la vuelta.

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Y no podía no poner la casa rosa.

un buzón

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Cuando buscaba el buzón pensaba en los buzones rojos de Argentina. Acá el color oficial es el amarillo y este es uno de los buzones de La Poste, el correo francés.

algo que tenga que ver con la música

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Es mi gomita de pelo y no sé por qué se le dio por enroscarse formando la clave de sol. Me desperté y estaba así, en mi mesa de luz. No la encontré en un espacio público, pero me pareció muy buena como para dejarla pasar.

un papel escrito

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No sabés el viento que había este día. Salí de casa no me acuerdo para qué y encontré este papel cerca de la playa. Fue muy difícil lograr que se quedara quieto. Le saqué la foto y salió volando.

una bicicleta

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Había encontrado otra, una amarilla a la salida de la pileta, pero esta me gustó más. La vi camino al correo pero iba apurada porque el correo estaba por cerrar, así que la dejé pasar. A la vuelta pensé que esté que esté que esté, y sí, la bici me esperaba ahí.

algo redondo

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Puede que no sea un redondo perfecto, pero de lejos parecía una pelotita.

un gato

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A mí también me costó verlo, pero está ahí, asomado. Con los gatos fue la Ley de Murphy: cuando no los buscaba los veía todos los días, cuando pasaron a formar parte de mi lista se deben haber enterado porque se escondieron bien.

una pelota

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Dónde está la pelota, te estarás preguntando. En la foto no se ve, pero estuvo ahí, en ese pasto. Te cuento.

La pelota fue uno de los objetos que me costó mucho encontrar. Acá no se ven nenes jugando a la pelota en la calle, menos en los días de lluvia que hubo cuando salí a hacer la búsqueda.

Una tarde, L. y yo estábamos en casa y escuchamos que alguien golpeaba la puerta principal. Cuando fuimos a abrir vimos que el picaporte se movía: la persona que estaba del otro lado quería entrar, hubiese gente adentro o no. Abrimos y nos encontramos con un nene de unos nueve años. Sus amiguitos estaban cerca porque se escuchaban las risas. Dijo, con timidez: “Monsieur, excuse-moi, je perdu mon ballon dans votre jardin” (Señor, disculpe, perdí mi pelota en su jardín), y nos pidió permiso para pasar al jardín de atrás y recuperarla. La agarró y salió corriendo. Fue todo tan rápido que no tuve tiempo de sacar una foto. Pero la pelota estuvo ahí: cayó del cielo a mi jardín.

algo con forma de flor

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Varias veces me pregunté dónde iba a encontrar algo con forma de flor. Y mirá.

algo que vuele

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¿Vale? Esas rayas blancas son típicas del cielo de acá. Las hacen aviones que no sé bien qué función cumplen y casi siempre se ven así, en diagonal.

algo que haga (son)reír

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Sí, ya sé, no es que ves esta foto y decís JA JA JA QUÉ GRACIOSO POR DIOS, pero hace sonreír, ¿no? Como Biarritz está casi al lado de España, hay muchas casas que ponen sus nombres en castellano. Encontré una que se llama “Chalet Conchita” (y si me sale la argentina boluda de adentro, un poco me río). Pensé que le había sacado una foto pero no la encuentro.

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La casa argentina.

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Y el baño para perros elegantes.

un dispenser

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Bolsitas para el perro.

un teléfono público

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Esta fue una de las figuritas difíciles y como verás hice trampa. No encontré teléfonos públicos en Biarritz, no sé si hay o no, pero esto es lo que más se acerca.

algo con una imagen o dibujo

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Este sticker lo vi en varias paredes. Es una especie de estatua de la libertad musulmana, ¿no?

algo muy feo

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Yo no soy nadie para hablar de arquitectura, pero a mí este hotel me parece feo. Lo que se dice feo. Habiendo un estilo arquitectónico tan lindo en Biarritz —y en todo el país vasco—, no entiendo por qué hacen algo que parece una caja de zapatos y te cobran carísimo por dormir ahí. Feo!

una textura

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La textura de un tacho de basura. Me encantó.

algo con etiqueta de “Made in”

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Esta me costó un montón. Intenté encontrar alguna prenda de ropa tirada en el piso para poder sacarle una foto a la etiqueta, pero no apareció nada. Pasé por esta vidriera veinte veces y siempre me paré a mirar, pero me di cuenta del Made in Pays Basque cuando buscaba la bendita etiqueta.

un globo

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Otra foto con trampa: acá no hay ningún globo. Este fue el ítem imposible. Por un rato te envidié porque seguro que en Mar del Plata estaba lleno de vendedores de globos. Acá ni uno. ¿Por qué puse esta vidriera? Porque cada vez que pasaba por ahí y la veía, mi primera reacción era: ¡un globo! Y después: ah no, son esas lámparas. Así que eso: estos son mis falsos globos.

5 hojas de árbol

Este debería haber sido el más fácil. Estamos en invierno y las calles están llenas de hojas secas. Las vi por todas partes y les saqué fotos, pero esta mañana, cuando me senté a escribir este post, me di cuenta de que me había faltado una. A la tarde salí para ir al super y agarré la quinta hoja. Acá va la última foto.

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un objeto sorpresa

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Arturito (?). Visto en la vidriera de un vivero.

cosas que me hubiesen gustado que estén en la lista

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Una palabra

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Una tipografía

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Fósforos (porque ¿a quién se le ocurriría buscarlos?)

[box type=”star”]* Este post pertenece a la serie Viajes sincronizados, un conjunto de juegos a distancia con Lau, de Los Viajes de Nena. Pueden ver los resultados de la búsqueda del tesoro de Lau en su blog.

* Podés hacer esta búsqueda del tesoro en tu ciudad. Compartí los resultados usando el hashtag #viajessincronizados y enlazanos.

* Además de viajar juntas y jugar a la distancia, Lau y yo también escribimos libros, y como nuestros libros nacieron casi a la vez, decimos que son primos hermanos. Como les gusta mucho estar juntos, decidimos venderlos en combo para que no tengan que separarse: podés conseguir un ejemplar de “Caminos invisibles” (el libro de Lau y Juan) + un ejemplar de “Días de viaje” (mi primer libro) + un set de 7 señaladores en mi Tienda. [/box]

Una vuelta por la Provenza francesa

**Spoiler: este post no contiene fotos de los campos de lavanda. Me hubiese encantado verlos pero cuando fui todavía no habían florecido. Lo que sí incluye son muchas fotos de macarons. **

Cuando mi prima Flavia me dijo que venía a Europa y me preguntó si quería hacer un viaje relámpago por la Provenza francesa con ella y dos amigas le dije que sí enseguida. Era junio de 2014, estaba por empezar el verano, yo acababa de volver de Islandia y no tenía adónde ir. Mejor dicho, no tenía nada planeado, así que su propuesta me cayó en el momento justo. Viajé de Lyon hasta Antibes, la ciudad en la costa del Mediterráneo en la que hicimos base, y nos fuimos a recorrer pueblitos en el auto de una de sus amigas. Fueron seis días de playa, rutas, paisajes, charlas, risas y comidas. Y como hay ciertos recorridos que se relatan mejor en imágenes, acá van algunas de las fotos y momentos de ese paseo.

Hicimos base en Antibes, uno de los pueblos de la costa que más me gustó.

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Desde el balcón del departamento donde nos quedamos teníamos esta vista. Todas las noches nos sentábamos ahí a cenar, a picar algo o a charlar. No hay nada más lindo que disfrutar las noches con calor.

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Uno de los primeros lugares de la Provenza que visitamos fue Aix-en-Provence. No teníamos una ruta armada, así que fuimos improvisando según nuestras ganas. Algo que me encanta de Francia es la cantidad de cafés que hay en cada ciudad.

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Faltaba menos de una semana para que empezara el verano, y el calor ya se sentía. Iba a ser mi primer verano en Europa.

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Pasamos la tarde caminando por las callecitas.

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Y miramos vidrieras. Otra cosa que me gusta de Francia: las vidrieras de los negocios, la dedicación que ponen para armarlas.

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Todo me parecía lindo. A mí todos estos adornos y cositas me pueden.

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El olor del pan se sentía a lo lejos.

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Viva la baguette, otro punto para Francia.

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Y ahí, en Aix, cometimos el error de probar los macarons más ricos de nuestra vida. El resto del viaje fue un intento fallido de encontrar macarons mejores que esos. No aparecieron, y eso que probamos un montón.

Para quien no los conoce, los macarons son la versión refinada del alfajor. En realidad no tienen nada que ver, pero de aspecto son parecidos. Los macarons o macarrones son de origen italiano y se hicieron conocidos en el siglo XVI gracias al pastelero de la corte francesa. Se hacen con clara de huevo, almendra molida y azúcar, y se rellenan con lo que quieran: hay con chocolate, pistacho, rosa, caramel, coco, frambuesa, maracuyá, vainilla, café, menta. Lo que los diferencia, para mí, es eso: si el relleno es bueno, el macaron es bueno.

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Hay incluso con foie gras, aunque yo no lo elijo para comer todos los días.

En nuestra obsesión por encontrar el macaron perfecto —juro que hablábamos de eso durante horas— nos dimos cuenta de que había merchandising de macarons por todos lados.

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Al día siguiente fuimos a Grasse, pueblito famoso por ser la capital mundial del perfume y el escenario de la novela El perfume, de Patrick Suskind.

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Lo primero que me llamó la atención fueron las ventanas.
En todas las casas, ventanas como estas. Abiertas, cerradas, todas iguales, pintadas del mismo color.

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Algunas muy decoradas.

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También sus puertas.

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Los carteles antiguos.

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Y las calles que me hacían acordar a las medinas árabes.

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Grasse tiene una industria del perfume desde el siglo 18. Su microclima favorece el cultivo de flores: cada año se cultivan más de veintisiete toneladas de jazmines, por ejemplo, una flor que es la base de muchos perfumes. Muchas “narices” —expertos en distinguir olores— se entrenan en Grasse y son capaces de distinguir más de 2000 aromas.

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Al día siguiente nos fuimos a St. Tropez.

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La zona del puerto, que es la que casi todo el mundo visita, me abrumó. Demasiada gente, demasiados yates, demasiado show off.

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Hasta principios del siglo 20, St. Tropez era una aldea de pescadores y un fuerte militar. Después de la Segunda Guerra pasó a ser un punto reconocido internacionalmente por su afluencia de artistas franceses y estadounidenses. Músicos y actores elegían ese pueblo para pasar el verano o para vivir, y con ellos fueron llegando también los turistas curiosos.

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La zona cerca del puerto me gustó, pero no me encandiló como otros lugares.

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Seguimos caminando y, sin planearlo, llegamos a una zona que parecía ser más antigua y que estaba mucho más vacía.

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Era lindísima. Era la imagen de Provenza que tenía en la cabeza antes de viajar: calles muy angostas, casas pintadas de colores, flores en las ventanas, Vespa estacionadas en las puertas.

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Muchos detalles y colores.

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No conozco Italia, pero de a ratos sentía que estaba en ese país.
La imagen que tengo de Italia es parecida a la imagen que tenía de Provenza.

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Al día siguiente nos fuimos a St-Paul-de-Vence, otro pueblito que fue refugio de artistas, aunque de un estilo muy distinto a St. Tropez.

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Primero, St Paul no está a orillas del mar sino en una cima.
Segundo, casi todas las construcciones están hechas de piedra.

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Hay Space Invanders y todo.

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De todos los pueblitos que vimos, este me pareció el más encantador, mano a mano con Grasse.

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Creo que una de las cosas que más me gustaron fueron los detalles. Como este elefante que hace de manija de una puerta.

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Este buzón medio naif.

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La fuente y el pez.

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(Usada de asiento en los ratos libres)

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El caballo de herraduras.

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Las vidrieras.

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Las decoraciones en las ventanas.

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Incluso en los techos.

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Los ateliers por todas partes.

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Los cuadros en exposición en la calle.

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Los gatos pintados.

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La nena curiosa.

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Y las ventanas llenas de flores.

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No puedo terminar el recorrido sin mencionar Antibes.

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Como dije, fue la ciudad donde hicimos base.

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Y casi siempre suele pasar que uno deja lo que tiene cerca para después. O que lo desestima un poco por ser normalconocido. 

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Y cuando por fin caminamos por Antibes nos dimos cuenta de que fue uno de los lugares que más nos gustó.

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Así que aprovechamos que estábamos ahí y fuimos varias veces al mercado, a la playa y a los rincones que nos gustaron.

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Y también usamos el tiempo para perdernos por ahí.

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Cuando el viaje relámpago terminó y nos despedimos, me tocó elegir adónde seguir camino.

Una amiga de Flavia sugirió Biarritz y como no tenía otras opciones en mente, vine para acá. Así lo conocí a L. y me quedé a vivir acá y todo eso. Pero toda esa parte la cuento mejor en el próximo libro.

Cosas que me inspiran (6):
remedios para la tristeza de invierno

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Cosas que me inspiran: una dosis quincenal —a veces mensual— de charlas, ilustraciones, películas, libros, series y todo eso que encuentro por ahí y me inspira, a su manera, a crear cosas nuevas.[/box]

No sé si aguantaría un invierno entero en Islandia, por ejemplo, o en Laponia o en cualquiera de esos lugares donde no sale el sol por tres meses. Antes pensaba que sí, que sería bueno para escribir, pero viendo que acá en Biarritz: a) llueve sin parar y/o b) hace un frío que no podés asomar la nariz, sumarle a eso la falta de luz natural por noventa días sería demasiado. Siempre pienso que algún día voy a reconciliarme con el invierno, que me va a encantar el frío, que voy a estar feliz de pasear por una ciudad nueva a cero grados con los dedos de los pies duros como piedras, pero no pasa: le sigo diciendo BASTA a esta estación y ojalá que la primavera llegue rápido y que el invierno se extinga de una vez y para siempre.

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Esta foto es de Laponia (Suecia). Acá en Biarritz no es para tanto (no nieva, por ahora)

Hace poco me enteré de que existe algo que se llama el Winter Blues o tristeza de invierno. Es un desorden afectivo o depresión estacional: algunos lo sufren en invierno y otros en verano, aunque en cada época los síntomas son distintos. La tristeza de invierno genera dificultad para levantarse a la mañana (¿quién dijo mañana? me estoy despertando en horarios de adolescente), ganas de dormir mucho (doce horas y contando), falta de energía, dificultad para concentrarse, antojos exagerados de cosas dulces (el “exagerados” se lo agregué yo) y pensamientos pesimistas. Y me parece que la estoy sufriendo. Dicen que hay varias maneras de sobrellevarla: ir al gimnasio (fui a nadar una vez y tuve que salir antes del frío), mantenerse lejos de los azúcares (¿cómo?), hacer un deporte de invierno (no me veo haciendo surf ni con traje de plumas), vestirse para el frío (eso hago, pero AH, otra cosa: volvieron los sabañones a mi vida, ¡bienvenidos!), aceptar el invierno (no puedo).

Yo propongo combatirlo de otra manera: con inspiración. El lado positivo de todo esto es que al no salir de la cueva tengo mucho más tiempo para leer, mirar películas y escribir. Tomé mucho ritmo con el libro y además estoy con otros proyectos que ya contaré, y a la vez leyendo y nutriéndome del trabajo genial de otros. Y pienso: al final yo elegí estar acá a pesar del invierno, así que tengo que aprovechar la falta de distracciones externas y crearme distracciones internas. Así que para el frío: diez cosas que me inspiran.

1. La música de los noventa

 

Ya sé que empezar con este tema de los Guns ‘N Roses no es lo más alegre para poner en esta lista, pero a mí me genera un efecto inverso al de querer cortarme las venas: me hace revivir un montón de momentos de los noventa, cuando tenía catorce y estas canciones me hacían soñar. No sé cómo fue que volví a escuchar a los Guns —creo uno nunca deja de escucharlos— pero este tema me llevó a otros: pasé por Estranged, Yesterdays, Don’t cry, de ahí a Metallica y Whisky in the jar, Turn the page, Nothing else matters, de ahí a Alanis Morisette y todos sus hits, y de golpe apareció No Doubt, Natalie Imbruglia, Sixpence None the Richter, The Cardigans y esto se pone cada vez más pop. Puse algunos en la lista de reproducción que les comparto: todos estos temas me ponen de buen humor. Otra cosa que me pone de buen humor: ver las intros de los dibujitos animados que miraba cuando era chica, como Jem, los Snorks o los Pitufos (¿alguien más hace eso?).

2. El Manifiesto Viajero de Maptia

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Maptia es una web donde escritores, fotógrafos y viajeros comparten sus historias de viajes (por el momento solo está en inglés). También tienen un blog y ahí es donde aparece el Manifiesto Viajero que acaban de ver. Ya ni sé cómo lo encontré pero me gustó. Dice:

“Yo, (          ), quiero ver el mundo. Avanzar hasta el extremo del mapa y luego seguir. No hacer planes. Confiar en mi instinto. Dejar que me guíe la curiosidad. Quiero cambiar de hemisferio. Dormir con estrellas desconocidas y dejar que el viaje se despliegue ante mí.”

¿Lo firmo?

3. Blog: Magical Daydream

Alerta! Bananas intrusas. Foto: magicaldaydreams.com

Alerta! Bananas intrusas.
Foto: magicaldaydream.com

Cuando descubrí este blog me quedé leyéndolo como hasta las seis de la mañana. Bueno, en realidad ya estaba desvelada y era tarde, pero no importa: no podía salir de ese mundo de creatividad y buena onda. Su creadora es Mariëlle, una chica holandesa que tiene ideas geniales y las comparte. Propone juegos/intervenciones artísticas/experimentos como ilustrar tu historia de amor, hacer bombas de brillantina con maníes, convertir a las bananas en personajes, hacer una Torre Eiffel de galletitas, dejar sobres con mensajes positivos y mucho más. Me encantó y estuve a punto de hacer lo de los sobres pero no salí por el frío. Pronto, pronto.

Más en: magicaldaydream.com

4. Serie web: Eléctrica

Para cambiar de rubro, una serie que vi hace unos meses y me hizo reír mucho: Eléctrica, otro falso reality show como Tiempo libre (serie que recomendé en otra ocasión), un género que cada vez me gusta más. Puede que sea una serie muy argentina (y uruguaya, porque varios personajes son de ahí) y creo que suma mucho conocer a los actores de antemano ya que hace que las situaciones sean aún más ridículas. Eléctrica es una supuesta productora que está haciendo un programa de televisión conducido por Liniers (el ilustrador argentino) y cada capítulo aborda uno de los grandes temas de la vida como el amor, la muerte, la música, el poder, entre otros. No digo más: miren el trailer.

5. The Oatmeal: “Reflexiones acerca de crear cosas para la web”

Si son como yo y abren cualquier enlace que les aparece en el inicio de Facebook, lo más probable es que ya se hayan cruzado con The Oatmeal. Sus comics más populares son “How to suck at your religion”, “What’s it like to own an Apple product” y “How to pet a kitty”, entre otros. Hace unos días me encontré con este y me pareció que describe muy bien a quienes trabajamos creando contenido para internet. Acá pongo las primeras viñetas y pueden seguir leyéndolo en su página.

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Seguir leyendo en: theoatmeal.com (sigan que falta la mejor parte)

6. Película: PK (2014)

PK es una película india del mismo director de 3 idiotas (peli que recomendé en este post: películas para viajar). Cuando PK, un extraterrestre, aterriza en un pueblo de la India, un hombre le roba su collar. Ese es el único objeto que le permite ponerse en contacto con su planeta y volver a su casa, así que sale a buscarlo. PK no tiene idea de cómo funcionan las cosas en la Tierra: cuando le pregunta a la gente por su collar todos le responden que solo Dios sabrá, y ahí empieza su búsqueda de ese tal dios. La película da una visión distinta de la religión y desafía lo que es aceptado como normal en muchas sociedades (en India generó mucha controversia). Tiene una fotografía lindísima y da muchas ganas de viajar (al menos a mí).

Más info en IMDb

7. Serie: Por ahora

Otra serie argentina que no pude parar de mirar. Trabajan los mismos chicos que hicieron Cualca y son trece capítulos de 25 minutos cada uno. Trata de la vida de cinco amigos de Buenos Aires y sus historias, romances, trabajos, problemas y obsesiones.

8. Post: “The realities of traveling as an introvert”

Amé este momento (la foto aparece en el artículo que menciono)

Amé este momento (la foto aparece en el artículo que menciono)

Leo algunos blogs de viajes en inglés y suelo pasar seguido por el de Liz. Ella es de Estados Unidos y vive viajando como yo. No la conozco pero me gusta su sinceridad y me siento identificada con muchas cosas que cuenta. Hace unos días vi que publicó algo que me llamó la atención: “La realidad de ser una viajera introvertida”. Pensé: a ver qué tan parecidas somos. Y mientras leía iba moviendo la cabeza como esos perros de juguete que van en los taxis: sí, tal cual, esto también, yo soy así. En su artículo menciona, entre otras cosas: “mucha gente no entiende que sos introvertida y piensa que sos rara”, “no te molesta estar leyendo un libro mientras comés sola en un restaurante”, “te gusta viajar despacio” y “planeás tus viajes de acuerdo a tu humor”. Qué bueno saber que no soy la única.

El artículo está en inglés y pueden leerlo acá: youngadventuress.com

9. Humor: Les Luthiers

Decir solo humor es quedarme corta: Les Luthiers combina la música con los juegos de palabras, domina el idioma y lo usa a su antojo para hacernos reír con ocurrencias muy inteligentes. Muchos de ustedes los conocen, estoy segura, y los que no, se los presento: Les Luthiers es una agrupación cómica que se formó en 1967 en Buenos Aires. Tres de sus cuatro miembros fundadores (Daniel Rabinovich, Marcos Mundstock y Jorge Maronna) aún siguen siendo parte del grupo (Gerardo Masana, el cuarto, murió en 1973). Su género es la parodia musical y tienen uno de los humores más sanos y geniales que conozco. El tema del video lo vi en vivo hace seis años, en su show Lutherapia, y todavía me acuerdo de cómo me reí.

Acá pueden ver más videos.

10. Las ilustraciones de Gaping Void

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—No debemos dejar que la tecnología maneje nuestra vida… —¿Tenemos vida?

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Sé real y no tendrás nada que temer

Hugh Mac­Leod es caricaturista y ya recomendé alguno de sus libros en otros posts (sino, les recomiendo “Ignore everybody and 39 other keys to creativity”). Empezó haciendo dibujos en el dorso de las tarjetas personales que le daba la gente, y ahora, entre otras cosas, dirige Gaping Void, una organización que transforma a las empresas a través del arte.

Acá hay más ilustraciones: gapingvoidart.com

*

PD: publiqué este post anoche y hoy me desperté con un sol espectacular. Se ve que tanta queja tuvo sus frutos. Salí a caminar después de varias semanas de no poder hacerlo. :) Pueden ver más cosas que me inspiran acá.

Ayer fui al cine

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie La vida en Biarritz. Quedarme quieta en un solo lugar me permite hacer cosas que de viaje me resultan difíciles. Como ir a nadar dos veces por semana, guardar cosas en las alacenas, usar el buzón o ir al cine. Una oda a los placeres de la rutina estática y un intento de encontrar otras maneras de viajar aún estando quieta.[/box]

**Spoiler: este post no contiene spoilers.**

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Ayer fui al cine a ver Relatos salvajes, la película argentina de Damián Szifrón que quedó candidata al Óscar. No estaba en mis planes: pensé que ya no la daban acá en Francia. Cuando me enteré de la nominación la busqué en internet y cuando Google me dijo que la estaban pasando en un cineclub de Bayonne, la ciudad que está al lado de Biarritz, dije tengo que ir a verla. Me encanta el cine argentino y me había quedado con muchas ganas de ver esa peli: la habían pasado en el Festival de cine de Biarritz, a pocas cuadras de mi casa y con Damián Szifrón presente, y yo me había enterado tarde. Esta vez no me la iba a perder. Me aseguré de que la pasaran en idioma original —no tenía ganas de ver a Darín doblado al francés, además de que no iba a entender nada e iba a perder la mitad de la gracia— y decreté que ese sería nuestro plan de viernes a la noche.

Cuando salimos llovía un montón y había un viento de esos que te empujan a volver a tu casa. Llegamos a Bayonne en veinticinco minutos y mientras buscábamos dónde estacionar pasamos por la puerta del cine. No quise decirle nada a L., pero en la entrada vi dos afiches: uno que no alcancé a leer y otro que decía Les nouveaux sauvages (Los nuevos salvajes): “Un film de Pedro Almodóvar”. Pensé chau, Google se equivocó, asoció Relatos salvajes de Damián Szifrón con esta de Almodóvar porque se llaman parecido, era obvio que ya no la daban más en el cine, ahora cómo le explico a L. que vinimos a ver otra cosa, después de lo que le hinché para venir a ver esta. Almodóvar también me gusta mucho, pero yo iba mentalizada para ver una película argentina.

Todas las fotos son escenas de la película.

Cuando entramos al cine, un cineclub muy acogedor, por cierto, de esos que pasan pocas y buenas películas, miré el afiche de cerca y vi que aparecía la foto de Darín y el nombre de Szifrón. Estaba todo bien. Ahí me enteré de que Almodóvar la había producido. Mejor aún. Mi preocupación era, ahora, que Google se hubiese equivocado en lo del idioma y que la película estuviese doblada al francés y no subtitulada. El de la caja nos dijo que estaba subtitulada. Google siempre tiene razón, es como las madres. Y yo me adelanto demasiado con mis preocupaciones. Como a L. le gusta molestarme con las cosas argentinas, me dijo: “Seguro que la sala va a estar vacía, vamos a ser nosotros dos y el que pone la película”. La sala estaba llena. Tomá.

No voy muy seguido al cine cuando estoy de viaje: a veces por un tema de presupuesto, a veces porque me olvido de que es un plan posible, a veces porque estoy en países donde no entiendo ni el idioma original ni los subtítulos. En Buenos Aires voy de vez en cuando, pero tampoco tanto: está carísimo y muchas películas me da igual mirarlas en mi casa. Pero si pasan una de un director o temática que me gusta, no me la pierdo. Fui muchas veces sola y es una experiencia que disfruto un montón: si la película me engancha, me transporto a otro mundo y me olvido de dónde estoy. Es, además de leer, una de las mejores maneras de transportarse a otros mundos.

Creo que esta fue la primera vez que vi una película argentina —una película tan argentina— en el cine estando en otro país. No voy a contar casi nada de la película porque hay que verla con el factor sorpresa, lo único que voy a decir es que está dividida en seis relatos: cada historia tiene actores distintos y cuenta una situación diferente, pero todas están atravesadas por el humor negro, la ironía, el descontrol, la violencia y una argentinidad que me hizo volver a mi país desde la primera escena. Las historias están llevadas al extremo, pero todas parten de situaciones muy cotidianas y tienen desenlaces que no suelen pasar pero son posibles.

En el cine se reían muchísimo, pero yo me reía más. Cada vez que un personaje se mandaba alguna puteada bien argentina, yo moría. Ves, L., pensaba, ves que no soy la única loca que putea por cualquier cosa, en Argentina somos así, decimos boludo, pelotudo, hijo de puta, mierda, carajo y la puta madre en cualquier contexto y por cualquier cosa. Muchos matices se pierden en la traducción y hay cosas que supongo le causan el doble de gracia a un argentino porque son tal cual: la grúa que te lleva el auto, la burocracia, los intentos de coima, la pelea en la ruta, el casamiento.

Ver escenas cotidianas de Buenos Aires me generó nostalgia: Darín tomándose un café con medialunas —esas medialunas tan porteñas— en una esquina, la panadería y las facturas, el cumpleaños infantil en la casa, el avión sobrevolando la ciudad, el puesto de revistas, el tráfico, la vista desde la terraza de noche. Las imágenes de Argentina, los paisajes de Salta, el restaurante en la ruta y la fiesta con amigos me dieron ganas de estar allá, aunque estaba tan metida en la película que para mí estaba allá, nunca me había ido. Buenos Aires vista de lejos me hace extrañarla, más ahora que estoy quieta. Reniego de ella pero la quiero a pesar de su locura. Me aturde y me saca, pero es el lugar al que seguiré volviendo entre viaje y viaje. Supongo que muchos porteños tenemos una relación un poco bipolar con Buenos Aires.

Cuando apareció mi amiga Pau en escena —actúa en la historia del casamiento como amiga de la novia— le dije a L., desencajada: “¡Esa! ¡Esa es mi amiga! ¡La que acaba de abrazar a la novia!”. Se lo dije en castellano porque ya ni sabía en qué idioma hablar, y creo que él me entendió por lo emocionada que me vio. Quería frenar el tiempo, no quería que se terminara, o quería que se terminara para poder verla otra vez. Me había transportado, durante dos horas, a un lugar en el que no había estaba hacía mucho tiempo. Salí del cine con una sonrisa, ni me hacía falta decir lo bien que la había pasado, lo mucho que me gustaron las actuaciones, la fotografía, el guión, el humor, la musicalización de Santaolalla, los diálogos. Le conté a L. de Darín, de que en twitter se llama Bombita, de que Buenos Aires es así, de que en Argentina esas cosas son posibles.

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Cuando nos subimos al auto para volver y cruzamos uno de los puentes de Bayonne, vi las casas vascofrancesas a orillas del río y el impacto fue doble: de golpe me acordé de que estaba en Francia y no en Buenos Aires, y me sentí lejos. Me dieron ganas de volver, algo que tengo planeado para dentro de unos meses, pero a la vez me sentí contenta de haber visto esa película argentina en Francia. Fue como disfrutar de manera cruzada de cada país: estuve en Francia y me fui a Argentina por un rato. Me pasé el viaje de vuelta a Biarritz escribiendo todo esto. No sé para qué, pero necesitaba dejar por escrito todas las emociones que me había generado ir al cine.

Exploración #1: viaje sincronizado

Después de aquel viaje a Islandia, Lau y yo nos quedamos con ganas de hacer otros viajes de ese estilo juntas. A qué me refiero con de ese estilo: con juegos, pruebas, complicidad, azar y risas. El viaje a Islandia fue de desafíos: nos pusimos metas como subirnos a un barco de pescadores, no pagar ni una noche de alojamiento, dar la vuelta a la isla solo a dedo, no perder el avión, abrazar islandeses. Y logramos casi todas. Creo que para las dos, marcó un antes y un después. Después de eso, cada vez que chateábamos, ella en un país y yo en otro, decíamos cosas como qué ganas de volver a Islandia tenemos que hacer otro viaje así juntas. Mirando el calendario, nos dimos cuenta de que iban a pasar muchos meses hasta que volviéramos a coincidir en un mismo lugar. Así que nos dijimos, ¿y si viajamos juntas, pero separadas? Es decir, ¿si hacemos las mismas cosas en distintos lugares? Así surgió la idea de esta serie que hoy inauguramos, llamada “Viajes sincronizados”: seguiremos las mismas consignas en lugares distintos y subiremos los resultados a nuestros blogs.

Estas ideas no surgieron de la nada. Nos inspiraron varios libros, entre ellos: Cómo ser un explorador del mundo (de Keri Smith), Lonely Planet's Guide to Experimental Travel (de Rachael Antony y Joël Henry), 'The pocket scavenger' (también de Keri Smith), Turista lo serás tú (de Pablo Strubell e Itziar Marcotegui). Libros muy distintos con algo en común: invitan a mirar la realidad con más detenimiento, a jugar con lo que nos rodea, a ser exploradores de nuestro propio jardín. Son libros que permiten convertir cualquier viaje en un juego, o cualquier caminata cotidiana en un viaje.

Para esta primera exploración, elegimos el juego que le da el título a esta serie. Acá van los resultados.

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Exploración #1: viaje sincronizado

Materiales necesarios para un viaje sincronizado

Materiales necesarios para un viaje sincronizado

Objetivo: hacer un camino sincronizado con tus amigos.

Elementos necesarios: dos o más participantes, un cuaderno y una cámara.

Método: los participantes deben recorrer una locación elegida por ellos usando una lista de diez pasos o instrucciones comunes. Deben tomar notas y fotografías en cada etapa de la exploración. Si las indicaciones no coinciden con el lugar, improvisar.

Lugar elegido: Biarritz, Francia

Lo esencial: un amigo en otra parte del mundo.

Lo esencial: un amigo en otra parte del mundo.

Pasos o instrucciones comunes a seguir:

1) Este es tu punto de partida

Punto de partida: el número 14.

Mi punto de partida: el número 14.

Salgo. Eso ya es un gran primer paso. Hace varios días que no dejo la cueva, tengo todas las excusas: hoy hace frío, hoy llueve, el invierno es para quedarse adentro, mirá si voy a salir con estas nubes, tengo tendinitis y no puedo caminar mucho. Pero hoy hay sol, que es lo que estuve esperando para hacer esta exploración, así que ya no tengo excusas. Bah, las tengo, pero no me sirven.

Salgo del número 14, miro a mi alrededor y decido empezar en linea recta. Me encanta el sol que hay hoy, parece primavera.

*

2) Caminá en cualquier dirección por 50 o 100 pasos, después girá 180 grados

Todas las fotos de este post están sacadas con un celular. Esta es la calle por la que empiezo a caminar.

Todas las fotos de este post están sacadas con un celular. Esta es la calle por la que empiezo a caminar.

La versión en inglés de estas instrucciones dice walk for 50 to 100 paces. No sé qué es paces, supongo que es pasos, pero quizá es una de esas palabras super específicas para medir la distancia que significa cuarenta y cinco centímetros o tres pasos de pajarito. Decreto que significa pasos normales.

Voy por la calle perpendicular a mi casa. Es una vía privada, acá hay muchas de esas. No sé si eso quiere decir que no se puede caminar, que no pueden estacionar los autos o que no puede pasar nadie que no sea de ahí. Yo la camino igual y nadie me dice nada. Además no hay gente a la vista. Voy contando los pasos: veinte veintiuno veintidós veintitrAH MIRÁ. Ya empiezo a encontrar cosas: una puerta de madera que me gusta por lo distinta que es al resto, un ramo de flores casi secas enganchadas en otra puerta de entrada. Veo cosas azules.

La puerta interesante

La puerta interesante

Flores en la puerta

Flores en la puerta

Cosas azules o celestes

Cosas azules o celestes

No giro 180 grados. Es mi primera trampa: si giro 180 grados voy a volver por el mismo camino y no quiero, así que giro solo noventa grados y voy rumbo al mar.

*

3) Seguí caminando en esa dirección hasta que veas algo azul

Algo azul #1: auto combinando con la casa

Algo azul #1: auto combinando con la casa (esta foto, en realidad, la encontré unas calles después, pero la pongo acá porque me gusta)

Algo azul #2: una calle

Algo azul #2: una calle

Algo azul #3: señalización

Algo azul #3: señalización

Algo azul #4: el mar

Algo azul #4: el mar

Hay muchas más cosas azules de las que pensaba. Están las de siempre, como el cielo, y las que están ahí y uno nunca ve, como los carteles. Todos los nombres de las calles de Biarritz están puestos en carteles azules. Algunos, incluso, explican quién fue el señor en cuestión.

Hay un montón de autos azules estacionados frente a casas con puertas y ventanas pintadas de azul. Acá todo combina.

Voy hasta el mar y lo miro desde arriba. Para ir a la orilla de esta playa hay que bajar muchas escaleras, me duele la rodilla y no sé si quiero, así que me quedo arriba y escucho el sonido de las olas. Hoy está bravo. Hay marea alta, no veo ningún surfer.

*

4) Doblá a la izquierda y caminá 50-70 pasos

Camino paralelo al mar y a los 70+10 pasos quedo parada frente a una máquina para pagar el parking. Estoy estacionada frente al mar. Vi esta máquina muchas veces pero nunca la miré. Tampoco me di cuenta de que esta playa de estacionamiento tiene vista al mar. Bah, ya lo sabía, pero nunca lo pensé.

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Esta es una de esas fotos que nunca se me hubiese ocurrido sacar si no fuese por este juego.

*

5) Caminá en cualquier dirección hasta que veas algo que sea o parezca al número 7 u 11

Si voy a lo fácil, hay un montón de sietes y onces: este lugar está lleno de patentes. Así que busco alternativas. En realidad cualquier cosa que sean dos lineas rectas juntas puede ser un once. El siete es un poco más difícil.

Un 11.

Un 11.

Un 7. Con trampa.

Un 7. Con trampa.

*

6) Doblá en la primera izquierda y seguí caminando hasta que encuentres un lugar donde sentarte

Las instrucciones piden y la realidad otorga: acá debe haber unos quince bancos de plaza para sentarse. Las normas sociales indican que usemos bancos o sillas, pero a mí me encanta sentarme en cualquier lado: barandas, escalones, veredas, desniveles, canteros. Me gusta mucho, por ejemplo, comer sentada en la calle. Me parece algo muy de estar de viaje.

Hay mesas

Hay mesas

Y bancos con sol.

Y bancos con sol.

Me siento en un banco, ya que están, y me pongo a tomar apuntes. Estoy tan concentrada que no me doy cuenta de que se me acercó un señor y me está mirando. Con voz carrasposa y muy fuerte me pregunta, en francés, qué estoy escribiendo. Me asusto y a la vez me bloqueo. Le respondo, en castellano: “¡Ay, qué susto!”. Y después me sale, en automático, un “je ne parle pas français”, aunque algo hablo, o por lo menos entiendo. Me sigue hablando en francés, me pregunta en qué idioma escribo.

—En español.

—¡Pero hablás francés!

—No, no.

Y se va riéndose. Yo también me río sola.

Escucho un clac clac clac que me suena conocido. A pocos metros, detrás de esos árboles, están jugando a las bochas. Diría que es uno de los deportes o entretenimientos típicos de los días con sol en Biarritz. Me acerco.

*

7) Elegí cualquier dirección y caminá 25 o 50 pasos

Partido de bochas.

Partido de bochas.

Los cincuenta pasos me dejan justo frente a la cancha de bochas. Es una cancha improvisada, aunque siempre juegan acá, lo sé porque cada vez que salgo a caminar los veo reunidos: los señores jugando, las señoras sentadas al sol, charlando. Me acuerdo de la vez que jugamos a las bochas en Campodónico, detrás de una pulpería en medio del campo bonaerense. Fue un viaje en el tiempo.

Tengo un poco de hambre, van a ser las dos y no almorcé. Decido adaptar los pasos siguientes para que el camino me lleve en dirección a casa.

Me cruzo con una mamá canguro: su bebé me mira. Tiene un gorrito de Papá Noel.

*

8) Seguí caminando hasta que veas un forma, color o textura rara. Girá 180 grados.

¿Qué será raro? Acá todo es raro. En cada lugar del mundo, todo es raro. Camino y encuentro cosas como estas:

Flores secas tiradas al lado de un tacho de basura.

Flores secas tiradas al lado de un tacho de basura.

Una sonrisa.

Una sonrisa.

Hello Kitty adentro de un auto

Hello Kitty adentro de un auto

Los colores de esta casa.

Los colores de esta casa.

Esta planta

Esta planta

Esos árboles que parecen brazos

Esos árboles que parecen brazos

Esta no me acuerdo por qué la saqué, pero me gusta.

Esta no me acuerdo por qué la saqué, pero me gusta.

La textura de esta pared.

La textura de esta pared.

Más de cerca.

Más de cerca.

Puede que no sean raras, pero a mí me llamaron la atención.

*

9) Seguí caminando en cualquier dirección hasta que veas un arco o una característica arquitectónica inusual

Puerta con arco.

Puerta con arco.

¿Esta puerta vale como arco, no? Tengo hambre.

Me meto por una calle que nunca caminé y me encuentro con una pared que no tiene que ver con nada. Esas piedras me hacen pensar en Cusco.

Esta es la pared que parece salida de otro lugar.

Esta es la pared que parece salida de otro lugar.

Esa chimenea también me llama la atención.

Esa chimenea también me llama la atención.

Y estas dos viviendas, una al lado de la otra, que no tienen nada que ver.

Y estas dos viviendas, una al lado de la otra, que no tienen nada que ver.

*

10) Volvé a casa, pero en el camino seguí buscando algo que te llame la atención

Vuelvo caminando un poco más rápido, pero sigo atenta.

Hay una casa blanca con ventanas verdes, y asomado a una de ellas hay un hombre vestido de rojo, hablando por teléfono. Está para la foto. La realidad nos ofrece imágenes así todo el tiempo, lo único que tenemos que hacer es prestarles atención.

Veo un auto rojo combinando con casa roja.

Veo un auto rojo combinando con casa roja.

Este muñequito en un auto

Este muñequito en un auto

Me gustaron los colores (hay mucho rojo por acá)

Me gustaron los colores (hay mucho rojo por acá)

Una escultura

Una escultura

Y la casa rosa.

Y la casa rosa.

Al principio de este experimento estaba escéptica, pensaba que conocía el barrio y que no iba a encontrar nada fuera de lo normal, pero encontré cosas que nunca hubiese mirado con detenimiento de no ser por estas instrucciones.

*

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[box type=”star”] * Este post pertenece a la serie Viajes sincronizados, en conjunto con el blog “Los viajes de nena”. Podés leer los resultados de la exploración de Lau en su blog.

* El libro que usamos para esta exploración es The Lonely Planet Guide to Experimental TravelNo es muy fácil de conseguir, yo lo compré usado por Amazon y muy barato, pero la última vez que me fijé los estaban vendiendo como ejemplares de colección y bastante caros. Tampoco se consigue en ebook.

* Si quieren sumarse a este experimento, pueden hacer un viaje sincronizado por su barrio o por una ciudad nueva siguiendo las instrucciones de este post. Pueden compartir el experimento usando el hashtag de la serie, #viajessincronizados, y linkear los resultados de nuestro experimento. [/box]

Desbalance de año nuevo

The whole future lies in uncertainty: live immediately.
(El futuro está sumido en la incertidumbre: vive de inmediato)
Séneca, De la brevedad de la vida. Escrito en el 55 d.C.

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Acá pasé Navidad este año, en un pueblo de Alsacia, Francia.

Iba a escribir un balance de fin de año pero preferí convertirlo en una reflexión de año nuevo. Si bien cambiar de año no me parece más que algo simbólico —no es que nuestra vida vaya a dar un vuelco solo por pasar del 31 de diciembre al 1 de enero— creo que es bueno usar este ritual de excusa para mirar hacia atrás y reflexionar y para mirar hacia adelante y proyectar. Es como el cambio de estaciones o el paso del día a la noche y de la noche al día: un ciclo necesario para poder ordenar nuestro tiempo y relatarnos nuestra historia.

En estas últimas semanas recibí varios mails con el mismo mensaje: “Envidio tu vida, yo no tuve las mismas oportunidades que vos”, “te odio de manera sana”, “me da rabia conocer vidas como la tuya”, “quiero vivir viajando pero no tengo el coraje”, “tu mundo es bucólico, romántico, envidiable y lejos de mi alcance”. A veces siento que cuando nos ven de afuera creen que porque nos fuimos de viaje nos metimos en una burbuja de felicidad lejos de la tristeza, los duelos, el sufrimiento, la soledad, la frustración, el cansancio, la falta de motivación, el desamor, la desilusión y los problemas. Como si, de golpe, tuviésemos la vida resuelta y nada nos afectara.

Las fotos de este post van a modo de resumen de los lugares que conocí en el 2014

Las fotos de este post van a modo de resumen de los lugares que conocí y los detalles que encontré en el 2014

Entiendo esos mails porque yo también, cuando miraba de lejos, pensaba que esta era una vida ideal. Me veía yendo de un lado a otro, escribiendo frente al mar, inspirada todos los días y con un único sentimiento constante: la felicidad. Y no es que no haga esas cosas o que no me sienta feliz, es que entremedio de esas actividades que tanto me gustan pasan un montón de otras cosas —léase: la realidad— que me siguen afectando sin importar el lugar del mundo en el que esté. Y este año que se acaba de ir fue uno de los más difíciles que me tocó pasar desde que empecé a vivir viajando.

Un nene en Cusco

Un nene en Cusco

2014 fue el año de los duelos. En pocos meses se murieron cinco personas muy cercanas. Todas fueron muertes inesperadas, una atrás de otra, como un dominó. Dos eran amigos que me había hecho viajando: él murió de un paro cardíaco, ella de leucemia. No tenían ni treinta años. La primera muerte, anterior a esas dos, me desencadenó emociones negativas que me costó mucho superar: además de pasarme meses llorando y tratando de entender por qué esa persona se había ido tan de golpe, durante mucho tiempo sentí que la vida había perdido sentido. ¿Para qué esforzarse tanto si al final nos vamos a morir? O ni siquiera al final: puede que nos vayamos mañana, sin aviso, y chau todo. ¿Por qué perdemos tanto el tiempo en cosas que no importan? ¿Será que la vida es pasarse los días sufriendo la muerte de los que amamos?

Un corazón por las calles de Cusco

Un corazón por las calles de Cusco

Hace unos días me topé, por varias vías, con el texto de Séneca “De la brevedad de la vida”. Séneca fue un filósofo, político, orador y escritor nacido en la actual Córdoba (España) durante el Imperio Romano. Escribió este tratado acerca de la vida, la muerte y nuestro uso del tiempo en el siglo 1 d.C. Muchos pasajes siguen siendo tan actuales que da miedo. A lo largo de este texto lo cito varias veces.

[quote]Oirás a la mayoría decir: «A partir de los cincuenta me retiraré a descansar, los sesenta años me librarán de obligaciones». ¿Pero quién te garantiza una vida lo bastante larga? ¿Quién dará permiso para que eso salga como dispones? ¿No te da vergüenza reservar para ti los remanentes de tu vida y destinar para el bien espiritual solo ese tiempo que no se puede dedicar a ninguna cosa? ¡Qué tarde es empezar a vivir justamente cuando la vida termina! ¡Qué olvido de nuestra mortalidad tan estúpido aplazar los planteamientos sensatos para los cincuenta o los sesenta años y pretender empezar la vida en un momento al que pocos logran llegar![/quote]

De Sudamérica me fui a Europa. Sentía que mi viaje tenía que seguir ahí. Madrid me ofreció color, pero yo seguía viendo un mundo gris.

De Sudamérica me fui a Europa. Sentía que mi viaje tenía que seguir ahí. Madrid me ofreció color, pero yo seguía viendo un mundo gris.

Durante el 2014 estuve tan triste que me costó mucho viajar. Me fui de Buenos Aires porque sabía que si me quedaba me iba a sentir peor. Confié en que el viaje me iba a curar, pero costó mucho. Salir de mi zona de confort me fue muy difícil, me sentí incómoda como huésped, me costó comunicarme con la gente porque no tenía nada para dar ni para decir, perdí la motivación con mi trabajo, dejé de disfrutar los viajes como antes. Y entendí, a la fuerza, que cuando estás mal, estás mal donde sea y aunque estés haciendo lo que más te gusta.

Tuve algunos remansos de alegría, como Altea, en España.

Tuve algunos remansos de alegría, como Altea, en España. Tampoco es que estuve mal todo el tiempo, pero mi sentimiento de base era la tristeza.

Puertas y dibujos

Puertas y dibujos

Arte callejero en Barcelona

Arte callejero en Barcelona

Rayuela en París

Rayuela en París

Liverpool

Liverpool

2014 fue el año de la soledad y la desilusión. Volví a lugares que me habían encantado y me desilusioné. Fui a lugares que quería conocer y me desilusioné. Viajé en pareja y no fue como esperaba. Me separé y volví a ser yo contra el mundo. Yo, sola, solitaria, en soledad. Como me costó viajar, me desilusioné de mí misma como viajera. Como tuve un bloqueo de escritura durante meses, me desilusioné como escritora. Me pregunté si estas actividades eran de verdad mi vocación o cosas que me habían salido bien por un tiempo pero que ya no me motivaban. Y aunque sé, como me dijo un amigo, que la vida es una rueda y a veces estamos arriba y a veces abajo, me costó confiar en que el tiempo cambiaría las cosas.

Soledad

Soledad

Ilustración: vero gatti

Ilustración: vero gatti

Pero un día, casi sin darme cuenta, la tristeza se empezó a ir. Una tarde, cuando terminé de escribir “El lado oscuro de los viajes”, llamé a mi mamá llorando para decirle lo sola y perdida que me sentía. Esa misma noche lo conocí a L. Fue inesperado y pensé que no iba a durar. Nos fuimos de road-trip juntos, de Francia a Hungría, y después de unos meses me pidió que me quedara un tiempo en Francia con él. Le dije que no, que yo viajaba y que tenía que seguir viajando y bla bla bla. Un blablabla que no me convenció ni a mí. Así que acepté frenar en Biarritz, en principio por unas semanas, para probar, y al poco tiempo la tristeza se aburrió y me dijo chau: “Yo sigo viaje, que la pases lindo”. El bloqueo creativo también se fue con ella y empecé a sentirme mejor. Y me di cuenta de que lo que necesitaba no era viajar sino frenar, escuchar a ese lado no-viajero mío y aceptar que necesito ese ciclo de viajar-frenar-viajar-frenar para encontrar mi equilibrio. Y entendí que la vida siempre nos manda lo que necesitamos, nos pone una solución del mismo tamaño que nuestro problema, una solución que está ahí pero que hay que saber ver.

Juro que la primera vez que vine no pensé que terminaría viviendo acá.

Juro que la primera vez que vine no pensé que terminaría viviendo acá.

Y ahora amo este mar.

Y ahora amo este mar.

Ahora, mirando en perspectiva, puedo decir que 2014 fue el año de los golpes pero también fue el año de algo que para mí terminó siendo lo más positivo: la desidealización. Casi siete años después de haber empezado me di cuenta de que viajar no me hizo llegar al nirvana ni alcanzar un estado de iluminación ni me convirtió en mejor persona o en superhéroe. Entendí que mi felicidad no está basada solo en el viaje en sí, sino en tener la libertad de poder elegir cómo vivir, y cómo y con quién pasar mi tiempo. Y al final, más allá de mi amor por los viajes, eso es lo que quiero transmitirles: que se puede vivir de otro modo, que somos libres de inventar nuestras reglas, que estamos acá para algo y que tenemos que aprender a ser dueños de nuestro tiempo. La vida se hace corta si la vivimos para otros o si la desperdiciamos tratando de cumplir expectativas ajenas. “La vida, si sabes usarla, es larga”, dijo Séneca en el siglo 1 d.C. Cuesta más, porque implica salirse del camino señalizado, pero se puede.

El viaje a Islandia fue otro remanso de felicidad en un año difícil.

El viaje a Islandia fue otro remanso de felicidad en un año difícil.

"Sé el cambio que quieres ver en el mundo"

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”

[quote]“Suelo extrañarme cuando veo a los unos pedir tiempo y a los otros, los solicitados, dispuestos a dárselo. Unos y otros atienden a aquello por lo que se pide el tiempo, ninguno al tiempo en sí: se pide como si no fuera nada, como si no fuera nada se da. Se juega con el bien más valioso de todos, pero los engaña el que sea un bien incorpóreo, el que no esté a la vista, de manera que se considera muy barato, más todavía, que su precio es casi nada.”[/quote]

[quote]“Créeme, es propio de un personaje grande y levantado por encima de los extravíos humanos no consentir en que le sorban ni una pizca de su tiempo, y su vida se hace larguísima justamente porque toda su extensión queda disponible para él solo.”[/quote]

Otro momento alegre fue el viaje que hice con mi prima Flavia y sus amigas por la Provenza francesa.

Otro momento alegre fue el viaje que hice con mi prima Flavia y sus amigas por la Provenza francesa.

Tan llena de flores y colores.

Tan llena de flores y colores.

Y macarrons. Comer macarrons fue una de las mejores cosas que me pasó este año.

Y macarrons. Comer macarrons fue una de las mejores cosas que me pasó este año.

En el 2014 me di cuenta, también, de que cada vez me considero menos viajera y más freelancer / trabajadora independiente / nómada digital / location-independent worker o como quieran decirle. Me siento cada vez más alguien que ama escribir y que busca el movimiento, la adaptación, la variedad cultural y el cambio de paisaje para inspirarse. También entendí que a la frase “Do what you love and the rest will come” (Hacé lo que amás y el resto vendrá solo) hay que agregarle otra cláusula: Do what you love, work hard, and the rest will come (Hacé lo que amás, trabajá mucho, y el resto vendrá solo). Aunque visto de lejos no lo parezca, todos los que están viviendo de su pasión pusieron muchísimas horas de trabajo invisible por detrás. Trabajo que no se siente como trabajo, ya que cuando uno hace lo que ama lo disfruta, pero que sigue requiriendo esfuerzo, empuje, constancia, dedicación y confianza en uno mismo.

Mensajes en el Muro de John Lennon, Praga

Mensajes en el Muro de John Lennon, Praga

Quedarme quieta en un lugar desencadenó muchas cosas:

1. Volví a tener una biblioteca y un buzón, combinación peligrosa, así que pude comprarme libros en papel. Esos libros me fueron llevando a otros libros y me hicieron descubrir a un montón de autores. Empecé a rodearme de cosas que me inspiran y así me desbloqueé.

2. Volví a estudiar. Este año descubrí dos páginas espectaculares que quiero compartir con ustedes: Duolingo, una web y aplicación gratuita para aprender idiomas con la que estoy estudiando francés, y Skillshare, una web con cursos online de fotografía, diseño y escritura, entre otras cosas, en la que estoy estudiando hand lettering (se paga por mes, pero lo vale. Si se suscriben a través de mi enlace, tienen un mes gratis). Aguante el aprendizaje autodidacta.

3. Estas webs, a la vez, me abrieron mundos nuevos: el de gente que vive haciendo lo que le gusta y que se agrupa en comunidades, reales o virtuales, para compartir sus logros, sus errores, su aprendizaje y su vulnerabilidad.

4. Volví a sentirme bien, en equilibrio, y eso me hizo sentirme lista para escribir otro libro. Que, supongo, es como decir que estoy lista para tener otro hijo.

El viaje a las raíces fue otro punto fuerte del 2014.

El viaje a las raíces fue otro punto fuerte del 2014.

El roadtrip a Budapest, también.

El roadtrip a Budapest, también.

Se convirtió en otra de mis ciudades preferidas.

Se convirtió en otra de mis ciudades preferidas.

Pero el punto más fuerte de toda esta desidealización y golpes de realidad que me dio el 2014 fue darme cuenta de que la vida es ahora: no cuando me compre tal cosa ni cuando vaya a tal lugar ni cuando publique tal libro ni cuando mi blog sea de tal manera ni cuando me reconozcan por tal cosa ni cuando termine de estudiar ni cuando tenga hijos ni cuando nada. La vida no es eso que te va a empezar a pasar cuando termines el colegio o la facultad, cuando te vayas de viaje, cuando tengas lo que te falta. La vida es esto, es ya, y si no te das cuenta se va rápido, se te escapa de las manos. How we spend our days is, of course, how we spend our lives, dijo Annie Dillard, escritora.

Imagen vista en Biarritz

Imagen vista en Biarritz

Por eso si querés viajar viajá, si querés dibujar dibujá, si querés hacer música hacé música, si querés construir cosas construí cosas, si querés contar tu historia contá tu historia. Pero no regales tu tiempo y no lo pierdas mirando a otros y diciendo qué envidia, qué linda vida que tenés, yo no puedo hacer lo mismo que vos. Basta de excusas, basta de pensar que no se puede, basta de dejar que los días te pasen por encima, basta de estar esperando un cambio para empezar a vivir como soñás, basta de piloto automático, basta de no ser conscientes de lo que nos pasa minuto a minuto. A uno de los chicos que me escribió el mail de “yo no puedo” le dije: “No mires mi mundo como romántico y envidiable, porque eso lo hace parecer irreal e inalcanzable, solo para unos pocos, y no es así: mi mundo es fruto de mis elecciones y es tan imperfecto como el tuyo o el de cualquier persona, porque es real. No tengo una vida perfecta, trabajé mucho para poder vivir así, y sabé que se puede”.

Let it snow, let it be

Let it snow, let it be

Así que feliz año nuevo, feliz no-año nuevo, feliz vuelta al sol. Festejen, no festejen, pásenlo como quieran. Pero acuérdense que estamos todos en el mismo barco, vamos todos al mismo lugar y no hay nada mejor que sentirse acompañado en este viaje.

[quote]“Nadie te restituirá esos años, nadie te devolverá tu propia persona. La vida seguirá su camino sin volver hacia atrás ni detener su carrera. No armará alboroto, no te dará ningún aviso de su velocidad: se deslizará callada. No será más larga por mandato del rey ni por aprobación del pueblo. Así como empezó a correr desde el primer día, seguirá corriendo sin hacer pausas. ¿Qué pasará? Tú habrás estado ocupado mientras la vida se aceleraba. Mientras tanto llegará la muerte, para la cual, lo quieras o no, habrás de tener tiempo de sobra.” *[/quote]

gapingvoid

Fuente: gapingvoid.com

* Todas las citas de este texto, como mencioné arriba, pertenecen a De la brevedad de la vida, de Séneca, escrito en el siglo 1 d.C. Les recomiendo mucho ese texto.

Mapa subjetivo de Biarritz

The ordinary is extraordinary
(Lynda Barry)

 

I.

Escribí: esta va a ser la primera navidad que voy a pasar en invierno. Y enseguida me di cuenta de que no. Pero me gusta la frase y la voy a dejar. Esta va a ser la segunda navidad que voy a pasar en invierno: la primera fue hace tres años, cuando viajé a España y conocí a mi familia asturiana.

Juré que no iba a pasar otro invierno en Europa. Pero uno hace planes y ellos se deshacen solos. También juré que no iba a vivir en Francia y acá estoy.

L. y yo nos vamos a ir a Estrasburgo a pasar las fiestas con su familia. Otro road-trip juntos, esta vez sin cruzar fronteras.

—Las decoraciones de Navidad que hay allá son impresionantes, te va a encantar. Eso sí, va a hacer mucho frío.

—¿Va a nevar?

—No creo.

Sigue pendiente la Navidad con nieve, entonces.

Acá ya está todo decorado.

Acá ya está todo decorado.

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Hasta en mi pileta es navidad

Hasta en mi pileta es navidad

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II.

Mi hábitat: la casa-cueva.

Vivo en una casa que está a menos de dos cuadras del mar. No salgo mucho. Hace frío, llueve bastante y estoy en período de reclusión creativa. Lo de que soy cíclica lo descubrí hace un tiempo. Antes me parecía mal frenar en medio de un viaje, me daba vergüenza, me sentía menos viajera. Ahora sé que es necesario: para mí, al menos, es necesario.

Desde que frené recuperé la felicidad y la inspiración. Es casi una paradoja. Tuve que irme de viaje triste para poder frenar después de un año y volver a estar contenta. Pero si me hubiese quedado quieta en Buenos Aires no hubiese sido lo mismo: necesitaba el proceso.

Estoy rodeada de las cosas lindas que me están mandando por correo.

Estoy rodeada de las cosas lindas que me están mandando por correo.

Me mandaron flores con olor y todo!

Me mandaron flores con olor y todo!

Estoy abusando del buzón y comprando libros por internet. Que alguien me frene porque no sé cómo voy a hacer para volver a Argentina con tanto peso.

Estoy abusando del buzón y comprando libros por internet. Que alguien me frene porque no sé cómo voy a hacer para volver a Argentina con tanto peso.

Me rodeo de cosas que me inspiran. Como los libros de Keri Smith.

Me rodeo de cosas que me inspiran. Como los libros de Keri Smith.

Y los textos de Austin Kleon (fuente: austinkleon.com)

Y los textos de Austin Kleon (fuente: austinkleon.com)

Y miro series que me gustan. (Gracias Bea por recomendarme The Flight of the Conchords, estos chicos son mis nuevos ídolos)

Y miro series que me gustan. (Gracias Bea por recomendarme The Flight of the Conchords, estos chicos son mis nuevos ídolos. Pronto lo recomendaré en mi serie de cosas que me inspiran.)

III.

Cada vez que salgo a caminar por Biarritz tengo los mismos pensamientos:

1. No puedo creer lo lindo que es este lugar.

2. ¿De dónde salió esta arquitectura?

3. No me quiero ir. Sé que en algún momento me voy a ir, pero no me quiero ir.

4. Es la primera vez que me quedo tanto tiempo en un lugar.

5. No sé si voy a volver de visita cuando ya no viva acá, este lugar va a quedar tan lleno de recuerdos que me van a dar ganas de llorar.

Magia pura.

Magia pura.

Al menos, esto es magia para mí.

Al menos, esto es magia para mí.

Hay batiseñales.

Hay batiseñales.

Carteles que dicen la verdad.

Carteles con sentimientos.

Pisos psicodélicos.

Pisos psicodélicos.

Casas que me encantan.

Casas que me encantan.

Mi preferida es esta.

Mi preferida es esta.

Decidí empezar a sacar fotos de los lugares y situaciones normales. Este es un negocio que está frente al correo.

Decidí empezar a sacar fotos de los lugares y situaciones normales. Este es un negocio que está frente al correo.

Un espacio en reparación, frente al mercado.

Un espacio en reparación, frente al mercado.

La librería-papelería en la que compro cosas.

La librería-papelería en la que compro sobres, papel y cosas.

Esta casa está justo enfrente del correo.

Esta casa está justo enfrente del correo.

A veces hago la misma ruta y a veces me pierdo. Siempre encuentro cosas en la calle, como por ejemplo:

– Una llave de auto

– Un espejo retrovisor roto

– Un espejo entero, apoyado contra un auto

– Un auto antiguo

– Una casa que me encanta

– Gatos

– Una tarjeta con la dirección de un coiffeur

– Un guante azul

– Un zapato de bebé

– Paraguas

– Un oso de peluche

Una de mis partes preferidas de la ciudad está acá nomás: es un laberinto de calles angostas y casas de colores. Cuando camino por ahí siento que estoy en un lugar que no existe en la vida real.

Encontré un auto con hojitas de otoño.

Encontré un auto con hojitas de otoño.

Detalles del mismo auto.

Detalles del mismo auto.

Banderín.

Banderín.

Un oso encerrado

Un oso encerrado

Un viajero a pie

Un viajero a pie

Fachadas

Fachadas

Gente en el mar

Gente en el mar

Gatos.

Gatos.

Más gatos.

Más gatos.

Mensajes

Mensajes

Cielos

Cielos

Plantas.

Plantas.

Olas.

Olas.

Barcos.

Barcos.

Surfers que se animan con el frío.

Surfers que se animan con el frío.

Y un invierno inminente.

Y un invierno inminente.

Y más cosas que dibujé acá (este es un ejercicio del libro "Acaba este libro" de Keri Smith)

Y más cosas que dibujé acá (este es un ejercicio del libro “Acaba este libro” de Keri Smith)

IV.

La gente se pregunta (me pregunta) qué hago todos los días en Biarritz, cómo es mi rutina. Creo que se imaginan de todo. Muchos piensan que estoy en París, porque asocian Francia con la capital, y yo estoy casi a diez horas, en el límite con España.

Deberían preguntarme qué hago todos los días en mi casa-cueva, porque mi hábitat ahora es este. Mi rutina acá no es de viajes sino de escritura. Estoy escribiendo otro libro, les digo. Estoy intentando escribir otro libro. Estoy metida en la cueva. Estoy con L. Estoy bien.

Y si tuviese que describir un día cualquiera, o una mezcla de días cualquieras, diría que las cosas que me pasan acá son más o menos así:

Me despierto,
a veces con la alarma,
a veces con la luz del sol,
a veces con la luz del ipad de L.
Estaba soñando, le digo.
Soñaba que para hacer cambios en el php teníamos que bailar y actuar una escena,
soñaba que cruzaba a España para ir a una verdulería muy incómoda, con un montón de escaleras caracol,
soñaba que teníamos vacas en el jardín
y que yo estaba en la proa de una lancha y casi salgo volando.
Leo un rato en la cama,
miro videos,
hago una lista en mi cuaderno,
o me doy vuelta,
me acurruco y sigo durmiendo.
Pero en general no quiero que eso pase,
no me gusta dormir tanto,
después no funciono bien.
Me levanto,
abro la ventana,
si hay sol, digo: hay sol,
si llueve, digo: llueve.
Pongo el agua para el té
y lo tomo sin azúcar
y frío,
yo el té lo tomo siempre frío.
Me preparo tres tostadas,
con mermelada de durazno y queso,
y las como en la cocina.
Después llevo la taza al escritorio y me siento:
tengo que escribir.
Primero voy a responder mails,
tengo varios pendientes,
también chequeo si tengo mensajes en facebook,
retuits en twitter,
likes en Instagram.
Leo los diarios, a ver qué pasa en el mundo,
reviso el buzón,
me fijo si la ropa se secó,
miro por la ventana.
Tengo que escribir,
pero se hizo medio tarde, tengo hambre, ¿vos tenés hambre?
Voy a preparar una tarta.
Mientras se cocinan los puerros, limpio.
“Es día de escritura, por eso la casa está tan limpia”, me dijo G.
Ella también escribe, ella me entiende.
Así que paso la escoba,
saco la basura,
lavo los platos,
ordeno.
Abro la heladera:
qué sucios que están los estantes,
esos cajones están llenos de migas,
eso está vencido.
Limpio la heladera,
la limpio a fondo,
saco todo, paso el trapo, vuelvo a guardar las cosas.
Ahora sí:
tengo que escribir.
Pero primero hay que comer.
Estoy por meter la tarta en el horno y se me cae,
se me caen los puerros sobre la puerta del horno y quiero llorar.
Rescato lo que no tocó el piso,
vuelvo a armarla,
la meto en el horno con cuidado.
La tarta caída pasa a formar parte de mi lista de accidentes domésticos, junto con:
la tortilla que se me cayó sobre el fuego cuando la di vuelta,
el arroz del sushi que cociné mal y se desarmó,
el huevo poché que derribé sobre la mesa,
el papel vegetal que se me quemó con la hornalla,
el medio kilo de azúcar que se me cayó adentro del café.
Comemos.
Tengo que escribir.
Vuelvo a revisar el buzón, por si pasó el cartero.
No hay nada.
Salió el sol,
no puedo estar encerrada,
mudo mi escritorio al jardín.
Llevo mis cuadernos y mis libros de escritura creativa
y me siento con las piernas cruzadas sobre la silla.
Miro la casa de enfrente, sus líneas rectas y diagonales.
“Uno mira las cosas bien cuando las dibuja”.
Dibujo, entonces.
Copio las líneas de la casa en lápiz,
no tengo goma así que no puedo borrar.
Más tarde le muestro el dibujo por skype a mi mamá, que es arquitecta, y se pone orgullosa de ese dibujo tan malo.
Tengo que escribir,
pero me duele la espalda: mejor voy a la pileta.
Nadar y escribir son las dos actividades que mejor me hacen sentir y que más me cuesta empezar.
Nado una hora y me lleno de ideas.
No me las quiero olvidar, así que mientras vuelvo caminando a casa se las cuento al grabador del teléfono.
Paso por el supermercado,
entro,
siempre hace falta algo.
Compro chocolate.
Compro más pan.
Compro verduras.
Compro croissants, a veces.
La pileta me da hambre.
Cuando salgo, los dos hombres que están sentados en la vereda me saludan,
como todos los días:
bonjour mademoiselle !
Bonshur,
les digo,
con mi acento tan argentino.
Vuelvo a casa,
lo abrazo a L.,
nos tomamos un café.
Me llegan noticias por whatsapp:
nació S.,
murió S.,
V. volvió a Buenos Aires,
O. ya tiene celular,
A. se está por casar.
Tengo que escribir.
Pero estoy tan cansada,
la natación me agotó,
mejor me meto en la cama y sigo desde ahí.
Mudo mi escritorio al colchón,
respondo mails, reviso facebook, miro twitter, leo los diarios.
Se me ocurre una idea para el libro,
la anoto en mi cuaderno, prefiero desarrollarla a mano.
Pienso en que quiero volver a tener el pelo corto,
la pileta me lo está destruyendo.
Se me pega una canción,
tengo que mirar el videoclip.
Afuera llueve,
hay viento,
ya es de noche.
El cuarto es como una estufa,
el aire está pesado, calentito.
Tengo que escribir.
Se nos pasó la hora de cenar,
qué tarde que es.
Comamos una pizza.
¿Querés ver una peli?
Dale, a esta hora ya no me da la cabeza para escribir.
Y empieza la pelea por la película,
que al final ni importa porque yo me voy a quedar dormida igual,
a menos que sea Star Trek,
The Lost Room,
o alguna de esas que juegan con la temporalidad.
Antes de apagar la luz agarro unos de mis journals,
que tiene una pregunta por día,
como cuál sería tu trabajo ideal del día o qué comiste esta semana
y la respondo.
Y después me quedo dormida,
y tengo un sueño lúcido con un caballo que entiende lo que le digo
y con un cuarto lleno de heladeras.
Y sé que aunque hoy no escribí nada,
estuve escribiendo todo el día.

Mi vida en Biarritz.

Mi vida en Biarritz.

El lugar que me cura.

El lugar que me cura.

Y más palabras sabias de Austin Kleon.

Y más palabras sabias de Austin Kleon.

* Todas las fotos de este post las saqué con el teléfono. Hay más en mi Instagram.

Empecé natación

[box type=”star”]Quedarme quieta en un solo lugar me permite hacer cosas que de viaje me resultan difíciles o imposibles. Como anotarme en la pileta e ir a nadar dos veces por semana. O tener mi propia cocina y guardar cosas en las alacenas. O usar el buzón sin miedo. Frenar en medio de un viaje largo me parece cada vez más necesario: me permite disfrutar los placeres de la rutina estática. Mi vida en Biarritz es tranquila, y a veces tiene episodios como este. Viene con ilustración en marcadores de Anikó Szabó, mi mamá.[/box]

Ilustración: Anikó Szabó (mi mamá)

Ilustración: Anikó Szabó

 

Mi sueño siempre fue ser la Sirenita. El único objetivo de mis viajes era llegar al mar, así que ahora estoy esperando a hacer el proceso inverso al de Ariel. Quiero que las piernas se me conviertan en cola de pescado. Quiero irme a vivir al fondo del mar y pasarme la vida cantando y peinándome con un tenedor.

Hace unos meses, en el taller de narrativa, Pedro nos pidió que escribiéramos un texto acerca de las cosas que no nos gusta hacer. El mío hablaba de la natación. Me encanta nadar, es mi deporte preferido, el único que más o menos me sale bien y el que hago casi desde antes de caminar. El cloro es mi olor a infancia. Cada vez que me meto en el agua siento que es mi hábitat, y si pudiera recorrer el mundo nadando, lo haría. Lo que odio es el ritual de la natación, todos esos pasos previos y posteriores que implica ir a nadar a una pileta cerrada:
primero, encontrar una que te quede más o menos cerca porque si está a más de quince cuadras vas dos veces y nunca más,
inscribirte y tomar la decisión de empezar,
armar un bolso para desarmarlo diez minutos después,
vestirte de aquaman,
ir,
ducharte,
nadar,
salir,
ducharte otra vez,
vestirte,
peinarte,
volver,
llegar a casa,
desarmar el bolso,
enjuagar las cosas,
colgarlas.
Me canso hasta de enumerar todo esto.

En la mochila que armé cuando salí de Buenos Aires en octubre del año pasado agregué una bolsita nueva con las antiparras, la malla entera y la gorra. Por si acaso, para obligarme a ir a nadar en cada ciudad en la que encontrase una pileta pública. Después de tres o cuatro ciudades, la bolsita pasó a formar parte del agujero negro de la mochila donde se acumulan esas cosas que uno no ve ni necesita. Hasta que me instalé en Biarritz y descubrí que frente a la playa hay una piscine municipale, a trece minutos caminando de mi casa.

La natación tomó la decisión de que yo empiece, porque si bien amo este deporte tengo que sentir la necesidad física de practicarlo, es imposible que vaya dos o tres veces por semana solo por placer. Y como me la paso sentada en el escritorio en este período de retiro creativo, mi espalda me lo estaba pidiendo. Así que preparé el bolso, me puse la malla y me fui a la pileta.

Biarritz me parece una de las ciudades más lindas que conozco, y cada vez que salgo a caminarla me gusta más: tiene casas bajas con las ventanas y las puertas pintadas del mismo color, chimeneas que me recuerdan a París, la rue Gambetta que me hace pensar en Maradona, hoteles enormes que pasan desapercibidos gracias a las construcciones vascas, el olor a pan que sale de la pâtisserie, las hortensias ahora marchitas, las calles que suben y bajan, el mar.

Hice el camino ansiosa por llegar al agua, pero en la puerta de la pileta me recibió un cartel rojo: FERMÉ. Cerrado. Miré los horarios e intenté retenerlos pero eran imposibles, algo así como lunes de once y media a cinco y media, miércoles de once y media a tres, viernes de once y media a dos y media y después de tres y media a ocho y diez y así. Por culpa de la confusión, siempre fui en los momentos equivocados: “Cerrado al público por vacaciones escolares”, “Cerrado al público por prácticas del equipo nacional de natación”, “Cerrado al público porque se nos canta”. Será que esta pileta abre alguna vez.

Hasta que por fin un día le acerté al horario y pude entrar. No era el club más exclusivo de Biarritz, era un lugar como otros, con una pileta olímpica de agua salada, una pileta para chicos, un hammam y un jacuzzi con vista al mar. Cuando me acerqué a la caja para comprar el pase de diez le pregunté a la chica si hablaba español. Me dijo que un poquito. Todavía no me animo a hablar francés, me da vergüenza lo argentinizado que pronuncio. Como estamos al lado de España, mucha gente habla castellano. Me dijo que los lockers se cerraban con monedas y me preguntó si necesitaba cincuenta sentimientos para poder usarlo. Sí, por favor.

Antes de entrar a la pileta leí las instrucciones pegadas en la pared. Casi todos los horarios son de pileta libre y los andariveles se dividen en:
1) nadadores lentos,
2) nadadores rápidos,
3) nadadores intermedios o con patas de rana y
4-5) libre.

Entré al 4-5. Era viernes a última hora y la pileta estaba llena. En ese andarivel, que es el doble de grande, había nenes tirándose de bomba sincronizada, madres nadando con sus bebés y ninguna lógica en el desplazamiento de los demás. Una mujer le clavó la tabla en la cabeza a uno mientras le pateaba la cara a otro. Una señora flotaba y se movía por el agua haciendo el pasito de Thriller. Salí en menos de cinco minutos.

Me pasé al 2. Pensé que haber entrenado y competido durante cinco años me alcanzaba para integrarme al ritmo de los rápidos. Duré menos que en el otro. Decidí irme cuando uno que nadaba mariposa me pasó por encima.

Fui al andarivel 1 y al principio me sentí bien, pero después de unos minutos me empecé a chocar con las piernas de las señoras que iban adelante, que circulaban con tablas y sin apuro. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que el andarivel 3 no era solo para las patas de rana, sino también para nadadores intermedios como yo. Así que me pasé.

Nadar pileta libre es aburridísimo. No hay reloj más lento que el de las piletas. A veces, incluso, parece que va para el otro lado. Diez piletas y no pasaron más de cinco minutos, dieciocho idas y vueltas son diez minutos, otras veintidós sin mirar la hora, creyendo que así va a pasar más rápido, y diez minutos otra vez. Nadar una hora es imposible. Lo consigo cuando entro en ritmo y dejo de pensar en el tiempo, y en ese momento empiezo a preguntarme dónde habrá quedado la radio sumergible que tuve durante los noventa que tan bien me vendría para escuchar francés mientras nado. También podría ir con una amiga, pero nadar de a dos es una mentira: en natación siempre estás solo.

El ida y vuelta me genera pensamientos circulares. Voy para allá y pienso en un tema, doy la vuelta, me reseteo y pienso en otro, voy para allá otra vez y mi cabeza retoma el tema anterior, vuelvo y paso al otro, pienso, por ejemplo, en cosas que tendría que haber en las piletas para entretenerse:
una pantalla de cine en el fondo,
un kindle incorporado a las antiparras,
música ambiente que se escuche abajo y no solo cuando salgo a respirar,
cuadernos sumergibles,
google glass.
También hago un sondeo de gorras:
muchas negras,
algunas verdes,
una roja,
dos blancas, conmigo.

Esa tarde, en el andarivel 3 empezaron a pasar cosas raras. Iba por la pileta número cuarenta y dos cuando me crucé al sireno. Nadaba de costado, con el cuerpo recto, un hombro apuntando al fondo y el otro sobresaliendo del agua, tenía la cabeza afuera, un brazo estirado tipo Superman, llevaba una tabla, movía las patas de rana al unísono, avanzaba ondulándose. Cada vez que lo veía pasar me atragantaba de risa. En las piletas los personajes se repiten como si fuesen extras, en cada ida y vuelta te cruzás a los mismos: el de gorra verde, el que va en slip, la chica en bikini, la japonesa, el del tapón en la nariz y atrás, casi agarrado de su pie, el sireno con la mano estirada y la patada doble, flameando como si fuese una bandera. Nadan en loop.

Los andariveles se van llenando y vaciando sin mucha lógica, así que cuando el andarivel 3 se llenó de patas de rana me pasé al 1. Estando en el agua, los nadadores aparecen y desaparecen, nunca los ves en los bordes, nunca entran ni salen. Así llegó el señor de gorra roja. Avanzaba parado, corría dentro del agua en cámara lenta, dando patadas sin tocar el piso. Lo quise pasar y avancé para ponerme al lado, pero las antiparras empañadas y la miopía no me avisaron que venía otro de frente. Cuando apareció el segundo sireno concluí que ese debía ser el estilo francés. Y salí de la pileta porque ya estaba cansada.

Afuera el mar estaba violento. Había bandera roja. Volví caminando a casa con ingravidez y cansancio. Y me di cuenta de que acá, por ahora, disfruto el ritual de la pileta. Voy a ir a nadar todas las veces que pueda hasta que empiece a sirenizarme. Y cuando eso pase, al mar y chau, no me ven más la cara.

Volver sin volver

Querida Lau:

Acabo de volver de un viaje de tres semanas por Hungría, República Checa y Alemania. En realidad debería decirte: acabo de volver de un viaje de casi ocho meses por Europa. O podría decirte: acabo de volver de un viaje de un año por Sudamérica y Europa. Pero volver a dónde, te preguntarás, si como sabés estoy en Francia y no en Buenos Aires. Será que después de mucho viajar uno se da cuenta de que volver no implica ir a un lugar concreto, sino activar el modo sedentario y quedarse quieto en donde sea. O quizá me equivoco y la única manera de volver del todo es regresar al punto de partida, a nuestro lugar de origen, a la ciudad donde consideramos que está nuestro hogar. No lo sé. Y ya sabés que últimamente soy la campeona del no sé.

Acá estoy ahora.

Acá estoy ahora. La costa está llena de edificios, pero el resto del lugar son casitas.

Lindo, ¿no?

Lindo, ¿no?

Tiene mar...

Tiene mar…

Y playas enormes.

Y playas enormes.

Lo que sí sé es que estoy cansada. Muy. Ya hace un año (este 15 de octubre se cumple) que me fui de Buenos Aires. Hace un año que no paro de moverme: Argentina, Chile, Bolivia, Perú, España, Francia, Bélgica, Inglaterra, Francia otra vez, España otra vez, Islandia (nuestro viaje inolvidable y bizarro), Francia otra vez (nunca pensé que el destino me llevaría tantas veces a este país, si te soy sincera era uno de los que menos me llamaba conocer), Hungría, República Checa, Alemania y Francia una vez más. Viajé en avión, en tren, en auto, a dedo, en blablacar. Me quedé en hostels, en casas de lectores, en casas de amigos, en casas de familias, en campings, en hoteles. Salí de mi zona de confort (¡cómo me costó arrancar! ¿te acordás), me di cuenta de lo importante que es estar, pasé duelos y dolores, presenté mi libro en España, aprendí a hacer surf (y de paso me esguincé la muñeca derecha), viajé al pueblo donde nació mi mamá, fui a Liverpool en busca de algo beatle, encontré un comodín en Chileestudié húngaro, deliré con vos en Islandia, hice 2000 kilómetros en auto de Francia a Hungría, sufrí el síndrome de París, participé en Sant Jordi, cubrí el Sziget Festival en Budapestco-escribí otro libro. Muchas cosas en muchos meses. Pero hoy, recién hoy, puedo decirte que conseguí algo tan simple como un escritorio propio y privacidad para sentarme a escribir. Porque durante un año no paré de moverme y no paré de ser huésped. Y fue agotador. Vos lo sabrás.

¡Ah! Fui al museo del mazapán. Lejos: el mujer museo de mi vida. Tendrías que haber venido conmigo. Y como si fuera poco, está en Hungría.

¡Ah! Fui al museo del mazapán. Lejos: el mujer museo de mi vida. Tendrías que haber venido conmigo. Y como si fuera poco, está en Hungría.

Tenían un montóoon de figuras hechas en mazapán.

Tenían un montóoon de figuras hechas en mazapán.

A que ahora le tenés un poco más de cariño... (Ya sé lo que estás pensando: "Mientras no tenga que comérmelo...")

A que ahora le tenés un poco más de cariño… (Ya sé lo que estás pensando: “Mientras no tenga que comérmelo…”)

Este lugar se llama Sopron y fue uno de los que más me gustó en Hungría.

Este lugar se llama Sopron y fue uno de los que más me gustó en Hungría.

Tenía una "torre del fuego". llegamos justo el día de la fiesta del vino.

Tenía una “torre del fuego”. Llegamos justo el día de la fiesta del vino.

Te lo vengo diciendo hace un tiempo y sé que me entendés: me cansé de viajar. Bah, no de viajar en sí, sino de viajar tan rápido (si bien me considero del club de los slow travelers, creo que voy a tener que ir extra slow). ¿Sabés de qué me di cuenta? (Y hace tiempo que lo venía sospechando). Creo que necesito quedarme más tiempo en un mismo lugar (que me guste, obvio), vivir dos, tres, cuatro meses y después moverme a otro lado. Al menos por el momento. No sé cuánto durará este momento, pero así como antes deseaba estar avanzando por la ruta de algún país lejano, hoy sueño con tener un lugar tranquilo donde poder escribir, una cocina donde prepararme lo que me gusta, un grupo de amigos que no se desintegre cada dos semanas, una bici para dar vueltas por ahí, un mar que no cambie de lugar enseguida. Mi cuerpo me está pidiendo una sola cosa: quietud. Es la prueba de que nuestras necesidades van cambiando. Además tengo un ama de casa viviendo adentro mío y últimamente anda con ganas de salir a tomar aire. Hoy me desperté y fui caminando al super, después cociné, limpié y ordené todo tres veces (mi lado obse en todo su esplendor, diría Maru; yo creo que es mi procrastinación necesaria para después sentarme a escribir). Supongo que mi manera de vivir es ir alternando estados. Porque también sé que no podría quedarme para siempre acá (ni acá ni en otro lado).

Te mando algunas fotos de cosas lindas que me hicieron acordar a vos, como este elefantito en medio de una calle húngara.

Te mando algunas fotos de cosas lindas que me hicieron acordar a vos, como este elefantito en medio de una calle húngara.

O este gato que me observaba.

O este gato que me observaba.

El monumento a la soda (?)

El monumento a la soda (?)

Una señora en la ventana.

Una señora en la ventana.

Chicos mirando la ciudad (Praga)

Chicos mirando la ciudad (Praga)

Y una lámpara rara en una callecita de un pueblo austríaco en el que nos perdimos.

Y una lámpara rara en una callecita de un pueblo austríaco en el que nos perdimos.

El otro día me reencontré con una amiga de Budapest en Munich (¡es linda Munich! Fui al Oktoberfest, pero después te cuento) y nos fuimos a caminar y a charlar (cómo fluyen las palabras cuando uno camina, ¿no?). Le dije que para mí la vida es cambio constante, estamos en evolución permanente, el mundo no para de avanzar. Y entendí que algo importante para mi felicidad es escuchar mis necesidades y hacer lo posible para satisfacerlas. Hace tiempo que algo adentro mío no andaba del todo bien, y ayer, cuando el tren me dejó de vuelta en Francia, entendí lo que era. Necesitaba frenar, nada más. Necesitaba saber que durante un tiempo no estoy “obligada” a irme a ninguna parte (ya sé que nadie nos obliga, pero la inercia y esa adicción que generan los viajes hace que sea difícil frenar). Y ahora me siento feliz: feliz de poder poner mis cosas en estantes y en cajones, feliz de tener un mar que me espera todos los días a dos cuadras, feliz de tener una cocina propia, feliz (tan feliz) de tener un escritorio que es solamente mío y en el que puedo dejar todas mis cosas desparramadas. No sé cuánto tiempo me quedaré acá, quizá en unas semanas piro y me voy. Pero por ahora es lo que necesitaba.

Este fue mi escritorio en Zandt, un pueblito de la Baviera alemana. Un adelanto de mi escritorio actual, aunque con otra vista.

Este fue mi escritorio en Zandt, un pueblito de la Baviera alemana. Un adelanto de mi escritorio actual, aunque con otra vista.

Allá veía el valle bien verde. Acá si hago fuerza puedo ver el mar.

Allá veía el valle bien verde. Acá si hago fuerza puedo ver el mar.

Esta maceta me gustó (la encontré en Hungría)

Esta maceta me gustó (la encontré en Hungría)

Y esta chica escribía un mensaje en el muro de John Lennon, en Praga.

Y esta chica escribía un mensaje en el muro de John Lennon, en Praga.

Te cuento algo más. Hace unas semanas, mi alma (¿será el alma?) me está sugiriendo, así bajito, como quien no quiere la cosa: Ey… pst… Ani… ¿y si volvés un tiempito a Buenos Aires? ¿No tenés ganas? Allá tenés a tus amigas, a tu familia… Podés salir a andar en bici, ir a la Masa Crítica, encerrarte a escribir, salir a caminar. Ya sé que no hay mar y que la ciudad después de un tiempo te satura, pero sería por un ratito nomás. Capaz podés hacer cosas allá, presentar más libros, organizar alguna muestra de fotos. Podés pasar las fiestas allá y después ves. Sí, sí, Buenos Aires en verano es horrible, podés freír huevos sobre el asfalto, pero te ponés un buen ventilador y chau. ¿No te dan ganas? Y todos los días me lo repite, no sé si para convencerme de que todo fue idea mía o para ganarme por cansancio.

Y la verdad es que sí, quiero volver a Buenos Aires. Pero antes quiero hacer una prueba. Quiero ver qué pasa si me quedo quieta durante, ponele, dos o tres meses en un mismo lugar, con el modo viajero desactivado. Un viajar sin viajar, digamos. Mis candidatas son Biarritz (donde estoy ahora) y Barcelona. Porque al fin y al cabo lo que necesito es quietud, una rutina, un espacio donde trabajar. Entonces quiero ver si teniendo todo eso —fuera de Buenos Aires— todavía sigo con ganas de volver a Buenos Aires. Es que lo que necesito, también, es tener a mi familia y a mis amigos de siempre cerca, tenerlos a una caminata o un viaje en bondi de distancia, poder decirles “¿vamos a tomar algo?” y unas horas después hacerlo. En Europa también tengo amigos y familia, pero mientras yo me siga moviendo ellos también seguirán estando lejos. Aunque te confieso algo más (ya sé que soy una vueltera, pero ya me conocés): durante estas últimas semanas, mientras seguía en movimiento, pensé mucho en volver a Buenos Aires, pero ahora que estoy acá, instalada en mi casita temporaria, lo estoy pensando dos veces. Por un lado: sí, quiero. Quiero Buenos Aires amigos familia bici río cafecitos charlas. Por otro: me aterra la idea de subirme a un vuelo tan largo (¿te acordás cómo me puse durante el vuelo a Islandia? Pensé que se caía el avión) y tengo miedo de volver, de estar contenta un tiempito, de que Buenos Aires vuelva a enloquecerme (es tan linda pero tan neurótica) y de querer irme otra vez. ¡Además estoy viviendo frente al mar! El sueño de mi vida… Por eso, ya veré qué me dice esa vocecita durante estas semanas.

Por el momento pienso en tener una bici...

Por el momento pienso en tener una bici…

Y me acuerdo de todos los lugares que visité en este viaje. Como Munich.

Y me acuerdo de todos los lugares que visité en este viaje. Como Munich.

Munich otra vez.

Munich otra vez.

¡El Oktoberfest! Qué bueno que estuvo, era totalmente distinto a lo que esperaba.

¡El Oktoberfest! Qué bueno que estuvo, era totalmente distinto a lo que esperaba.

Regensburg también me pareció muy linda.

Regensburg también me pareció muy linda.

Y Hungría ni hablar. Esta foto me hace pensar en París, creo que por las chimeneas.

Y Hungría ni hablar. Esta foto me hace pensar en París, creo que por las chimeneas.

Test: ¿cuántos maniquíes hay en la foto?

Test: ¿cuántos maniquíes hay en la foto?

Me gustan los colores de esta foto.

Me gustan los colores de esta foto.

Y el frente de este negocio.

Y el frente de este negocio.

Y las dos mujeres de la mano.

Y las dos mujeres de la mano.

Te extraño. Me encantó tu carta. Me encanta ver que hay gente viajando de tantas formas. Porque con nosotros los viajeros pasa lo mismo que con personas de cualquier otra profesión (fah! profesión mandé!): cuando nos ven de lejos, piensan que todos viajamos igual, que todos somos mochileros o que todos somos escritores o que todos viajamos haciendo couchsurfing. Y no. Hay tantas maneras de desplazarse por el mundo, y lo lindo es que cada uno puede elegir (o inventar) la más acorde a su personalidad. No hay que ser mochilero como tampoco hay que ser escritor para poder viajar. Me llegan mails de gente con todo tipo de profesiones (¡hasta policías!) que quieren saber si es posible combinar su trabajo con los viajes. Yo les suelo responder que se puede, aunque no tengo la fórmula. El cómo ya depende de la creatividad de cada uno. Pero como poder, todo se puede. ¿No te parece?

Es cuestión de pensar positivamente.

Es cuestión de pensar positivamente.

¡Salud!

¡Salud!

Bueno Lau, te dejo. Me voy al barcito de la esquina a encontrarme con amigos. Ja. Ya soy una porteña cualquiera, aunque lejos de Buenos Aires. Hoy estoy feliz. Necesitaba volver a esto. Contame cómo sigue todo por Kosovo. Y cuando quieras huir de Juan por un rato, vení a visitarme. :)

Un abrazo,

Ani

En algún lugar entre Biarritz y Budapest

Nací un 29 de julio. En Argentina, eso significa que nací en vacaciones de invierno y que durante mi infancia casi nunca pude festejar mi cumple el día real: o no había nadie o yo tampoco estaba en Buenos Aires. Es bien sabido que uno no elige dónde nacer, pero a veces no nos percatamos de que tampoco elegimos la fecha (y ambas nos moldean de maneras profundas e imperceptibles). Nacer en vacaciones de invierno hizo que, ya desde muy chica, pase muchos cumpleaños fuera de mi casa, de viaje en lugares donde hacía calor y donde solo éramos tres para soplar las velitas. Y si bien al principio soñaba con pasarlo con mis compañeritos del colegio, me acostumbré bastante rápido a pasarlo en el mar o en lugares distintos a los que ya conocía. Mis cumpleaños, entonces, quedaron enmarcados por los viajes sin que yo lo eligiera.

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Como es costumbre ya, post con fotos random. Quisiera poner fotos de mis cumples pero las tengo todas en Buenos Aires. Este mazapán (delicioso, como todo el mazapán) y las roscas de almendra las hizo Marisa, la prima de mi mamá, la mejor cocinera del mundo, mi sponsor oficial de tortas de cumpleaños!

Nací un 29 de julio, día de los ñoquis, pero pasé muchos cumpleaños en lugares donde los ñoquis no eran parte de la gastronomía y donde no pude cumplir con el ritual de poner la plata debajo del plato. No recuerdo todos mis cumpleaños del primero al veintidós: sé que pasé varios afuera aunque no  sé con exactitud cuál fue dónde. Durante esos años todavía estaba medio dormida, empezando a vivir, y cumplir años significaba que de a poco llegaba a verme en el espejo del baño, o quería decir que había alcanzado los famosos quince, o que ya podía votar y sacar el registro, o que era mayor de edad y podía irme de viaje sin el permiso escrito de mis padres. Cumplir años, además, siempre significaba que estábamos de vacaciones. Ese hechizo se rompió cuando decidí vivir viajando y los nombres de los meses dejaron de tener demasiada importancia en mi calendario.

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Nací un 29 de julio y cumplir esa cantidad de años —veintinueve— siempre me pareció algo muy lejano: estaba casi última en la lista, antes de los que habían nacido un 30 o 31 y, como yo, querían jugar a superponer su fecha de nacimiento con su edad. Recuerdo todos mis cumpleaños a partir de los veintitrés: los anteriores se me mezclan. No sé si eso quiere decir que cada vez estoy un poco más despierta o si es que los viajes son el antídoto para mis problemas de memoria. Porque ahora los recuerdo así: el cumple que pasé en Costa Rica, el cumple que pasé en Buenos Aires entre viajes, el cumple que pasé en Indonesia, el cumple que.

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Cumplí veintitres en un hostel de Costa Rica. La fecha también coincidía (por un día de diferencia) con el aniversario de mis primeros seis meses de viajera. Estaba viajando con mi amiga Belu y decidimos pasar el 29 en La Fortuna, un pueblo al pie del volcán Arenal, y darnos el gusto de ir a las aguas termales. Esa noche salimos en busca de algún bar o fiesta y encontramos una especie de bailanta muy local donde nos compramos un trago que no me pude terminar, bailamos unos temas de reggaetón y nos fuimos. No había mucha onda. En el hostel estuvimos varias horas peleándonos con un yanqui, aunque ya ni me acuerdo por qué. Creo que Belu me regaló un alfajor (o algún pastelito) con una velita, me cantó el feliz cumpleaños y me dio 23 tirones de oreja.

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Cumplí veinticuatro en Buenos Aires e hice doble festejo: pasé la noche del 28 en un bar con mis mejores amigas, entre ellas Olga y Mirla, mis amigas peruanas (a quienes había conocido en mi primer viaje por Perú), y el 29 hice un festejo en la casa de mi mamá con mis amigos del colegio, de la facultad y de la vida y con mi familia. Después de tantos meses afuera, necesitaba reunirme con toda mi gente. Pusimos globos, compré chizitos y me cantaron el feliz cumple en argentino entre todos. Yo tenía el pelo muy largo, por la cintura, porque había prometido que no me lo cortaría hasta no volver de viaje, y después me emocioné y me negué a la tijera durante casi un año más.

Postales y fotitos de lectores, pegados en mi puerta.

Postales y fotitos de lectores, pegadas en mi puerta.

Mis veinticinco me encontraron en Asia, con blog recién estrenado y pelo corto. Lo pasé en Indonesia con mi novio de aquel entonces (yo había vuelto a Indonesia para pasarlo con él) y nuestro grupo de amigos. Éramos quince, estábamos en Yogyakarta, la ciudad de Java central que fue mi hogar durante meses, y hacía mucho calor (como de costumbre en Indonesia). Me llevaron a un puesto de comida muy lindo (porque en Asia cualquier excusa es buena para reunirse a comer), nos sentamos en ronda el piso, comimos nasi ayam sambal (pollo con arroz) con las manos, tomamos es te (té frío) y me cantaron el selamat ulang tahun en indonesio y en inglés.

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Mi cumple de veintiséis fue raro. Había decidido volver a Argentina después de casi un año y medio de viaje por Asia, y llegué a Buenos Aires uno o dos días antes de mi cumpleaños para pasarlo ahí con mis amigos y familia. Tenía tanto jet-lag, confusión y tristeza que atravesé el 29 de julio como una zombi. Me desperté muy temprano, no porque quisiera sino porque tenía trastornos de sueño. Al mediodía fui a almorzar a lo de mi mamá con ella, mi papá y mis tíos; salí con cara triste en todas las fotos: todavía no entendía por qué había vuelto. A la noche fui a comer empanadas con amigas y me pedí un té para acompañar. Alguien se rió de mí: ¿empanadas con té? En parte lo hice para sentirme un rato más en Asia y en parte porque era la bebida más barata y todo en Buenos Aires me parecía carísimo.

Así amanecía en Buenos Aires

Así amanecía en Buenos Aires

Y así atardeció muchas veces

Y así atardeció muchas veces

Los veintisiete y los veintiocho también los cumplí en Buenos Aires. Mi cumple de veintisiete cayó domingo, y como yo estaba en una etapa muy porteña de mi vida, decidí festejarlo con un picnic en el Rosedal. Invité amigos y lectores, llevamos comida, pusimos manteles en el pasto, colgamos globos de los árboles, hicimos burbujas gigantes, comimos brownies caseros y charlamos de los viajes y la vida. Era invierno pero había un sol calentito y mucha gente al aire libre. A eso de las siete u ocho oscureció y empezó a hacer frío, así que agarramos las bicis y volvimos. Fuimos por una bicisenda medio oscura, la de Retiro, y dos tipos nos persiguieron, nos golpearon y nos robaron una de las bicis. Feliz cumpleaños a mí. Mis veintiocho, en cambio, marcaron un día muy importante en mi vida: ese mismo 29 de julio llevé el archivo final de mi primer libro a imprenta y lo liberé para que nazca y siga su curso, así que ahora que lo pienso, mi libro y yo cumplimos años el mismo día.

Picnic porteño

Picnic porteño

Mi libro recién nacido

Mi libro recién nacido

Una bici

Una bici

Nací un 29 de julio y conozco por lo menos siete personas (amigos) (y un libro) que nacieron el mismo día que yo. Tendría que averiguar qué evento importante hubo a fines de diciembre del 84 para semejante baby boom, porque se ve que es una fecha popular. Nací un 29 de julio de 1985 y eso me hace leonina con ascendente en libra, búfalo de madera en el horóscopo chino, pop y mano solar azul en el horóscopo maya y muchas otras cosas en los horóscopos de otras culturas. Siempre digo que el día que frene va a ser para estudiar astrología, que es algo que me apasiona, y que si no me va bien con los libros me dedicaré a interpretar cartas natales.

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Nací un 29 de julio y, lo que podría haber sido un cumpleaños previsible por el resto de mi vida (en invierno, durante las vacaciones), hoy es una incógnita. Creo que nunca tuve tan poca idea de dónde voy a estar para mi próximo cumpleaños. Estos últimos meses la vida me cambió todos los planes: dije que iba a frenar junio y julio en un solo lugar y si pasé diez días en una misma ciudad es mucho; volví a España para tomar clases de surf y un esguince de muñeca me frustró ese plan (y muchos otros); dije que iba a recorrer todos los países de Europa y sigo atrapada en Francia. Siento, hace un tiempo, que decir la palabra “plan” es una burla hacia mí misma. Todo lo que planeo se desmorona antes de empezar, la vida me está llevando, más que nunca, por otros caminos. Y si lo que me dijo mi amigo español es cierto (“Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”), entonces en algún lugar, por allá arriba, dioses de todas las religiones ruedan por el piso a carcajadas cada vez que digo, con inocencia, “tengoelplande”. Así que estoy en etapa de aceptación: si no puedo hacer planes, por algo será.

Acá estoy. Biarritz.

Acá estoy. Biarritz.

Lo único que sé es que mis 29 me van a tener que buscar en algún punto del mapa entre Biarritz (Francia) y Budapest (Hungría), ya que a principios de agosto empiezo el curso de húngaro y ahí sí que no puedo faltar. Pero cómo será ese día y en qué idioma me cantarán el feliz cumpleaños (si es que me lo cantan): no tengo ni idea.

Aprender surf en diez pasos

1. Enamorarte del mar 

No recordar cuándo lo conociste ni qué día era pero sí lo que sentiste la primera vez que nadaste en agua salada. Recordar que ese día te prometiste —aunque todavía no entendías mucho de la vida y no creías que fuera posible— que algún día vivirías frente al mar. Que tus mejores momentos de la infancia estén ligados al mar: la tabla de morey con la que barrenabas, la lata que llenabas de caracoles para llevarte a casa, el barquito inflable en el que te chocabas con las olas, el traje de baño que dejabas en la orilla para que no se mojara mientras vos nadabas, tu papá persiguiéndote por el agua para subirte sobre sus hombros y revolearte, los berberechos que se asomaban en la arena húmeda, los pececitos de colores que veías a través de tus antiparras, las huellas que dejaban los cangrejos en la arena, los baldes que llenabas de agua y las palitas con las que hacías castillos. Que desde muy chica, la arena (a veces blanca, a veces negra, a veces fina, a veces muy gruesa, suave, áspera, en todas sus presentaciones), el aire pegajoso (tan típico de costa), el pelo enredado (y lleno de sal), las gaviotas (en la orilla o en la ciudad) y las olas (el mar tranquilo también, pero sobre todo las olas) sean tu sinónimo de felicidad.

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2. Enamorarte del surf sin darte cuenta

Viajar en busca del mar y ver —al principio sin notarlo— que en todas las playas donde hay olas también hay personas subidas en sus tablas. Que te parezca algo tan natural que los tomes como parte del paisaje, como si el día que hubiese nacido el mar también hubiesen nacido los surfistas, como si las tablas hubiesen salido del fondo del agua y las olas hubiesen escupido surfistas al formarse. Verlos en todas partes del mundo, a donde sea que viajes, y decirte que a vos también te gustaría surfear pero que seguro ya es tarde. Mirarlos con admiración y envidia, soñar con hacer lo mismo y poner la excusa de que tendrías que haber empezado de chica, que ahora ya sos grande y no vas a poder pararte. Sacarles fotos. Fotografiar no a ellos sino al surf y a tus ganas de aprenderlo. Practicar otros deportes de agua (darte cuenta de que para los de tierra no servís), hacer natación, esquí acuático, navegar, remar en botes, canoas y kayaks, hacer snorkel, dar vueltas carnero en el agua, tirarte de cabeza. Decirte: algún día, en otra vida, me dedicaré al surf. Y seguir con lo de siempre.

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3. Dejar que el surf te encuentre

Olvidarte del surf. Empezar a viajar, abrir un blog, escribir, estar en redes sociales, conectarte con otros viajeros, que te inviten a un encuentro bloguero en España, que sea en Gijón (tierra de tu familia paterna), que el evento incluya actividades extra a elección, que una de ellas sea “bautismo de surf”, que te apuntes a esa sin pensarlo, que te digas por qué no, si no pruebo no voy a saber si puedo. Acordarte de que una vez, allá por el 2008, lo intentaste en Ecuador y no pudiste. Decirte que la tabla era muy chica y que el que te quiso enseñar tenía otras intenciones y no te sentiste cómoda ni segura. Olvidarte de eso y hacer de cuenta que empezás de cero. Que llegue el gran día, tener miedo y nervios. Ir con un grupo de blogueros, ponerte el neoprene, llevar la tabla más grande, escuchar las instrucciones, practicar las posiciones y saltos sobre la arena, sentirte segura y con confianza. Entrar al mar, posicionarte, acostarte sobre la tabla, remar con los brazos, sentir cómo la ola te lleva y pensar que ese momento es sublime, que sentir la energía del agua que te empuja debe ser una de las mejores sensaciones del surf. No pararte a la primera ni a la segunda pero sí a la tercera o cuarta. Con timidez, con euforia, con emoción, con ganas de saltar de alegría. Pensar que quizá es la suerte del principiante. O no. Saber que venís practicando mentalmente y deseando esto hace 28 años. Querer hacerlo toda la vida.

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4. Quedarte con ganas de más

Sentirte como si te hubieses enamorado a primera vista de alguien. No querer separarte nunca más. Entender que las pasiones se descubren a cualquier edad. Darte cuenta de que la vida es ahora y no algo que empieza cuando termines de estudiar, cuando cambies de trabajo, cuando te mudes de casa o cuando viajes a otro país. Sentir que dos horas de surf fueron muy pocas. Contar los días que tendrás que esperar para volver a hacerlo. Contar los países por los que tendrás que pasar antes de volver a hacerlo. Imaginarte una vida de surf: furgoneta más tabla más viajes en busca de olas igual felicidad. Encontrar un hilo conductor en tu movimiento por el mundo. No querer irte a Barcelona ni a Islandia ni a Francia ni a ningún lugar lejos del mar: querer quedarte en Gijón tomando más clases de surf. Pero seguir camino.

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5. Confiar en que se reencontrarán

Dejar Gijón como quien se separa de un gran amor. Prometerte volver y seguir aprendiendo en ese mar, encapricharte con las olas del Cantábrico. Mientras tanto presentar un libro en Barcelona, viajar a dedo a París, desafiar a Islandia, frenar en Vienne, bajar a la Provenza francesa, ir a la caza del macarron perfecto. Dejar pasar un mes sin surf. Empezar a dudar: y si lo intento otra vez y no puedo, y si no es lo mío, mejor lo dejo ahí. Terminar un mini viaje por Francia y no saber a dónde ir. Recordar que alguien (una compañera de la facultad que no veías hacia años y que apareció en la presentación de tu libro) te dijo que para surfear vayas a Biarritz. Hacerle caso a las señales. Viajar ocho horas a Biarritz y enterarte (tarde) de que llegaste en una temporada sin olas. Darte cuenta de que hacer surf no es solo ir al mar, sino informarte, chequear las mareas, corroborar que haya olas, ir en la época adecuada. No poder tomar clases pero conocer gente que se dedica a eso que querés, que vive viajando y siguiendo las olas, que tiene la misma vida que vos pero además de mochila carga una tabla. Que te demuestren que es posible. Irte de road trip a Mundaka, otro punto importante de surf en el País Vasco, y que tampoco haya olas. Encarar hacia Gijón, seguir encaprichada con esa ciudad asturiana, saber que ahí te espera una tabla, una escuela y un mar que te gusta.

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6. Disfrutar el ritual

Manejar varias horas entre bosques y bajo la lluvia, frenar en estaciones de servicio y escuchar música en el auto hasta que deje de caer agua, seguir manejando por el paisaje verde, volver a pisar Gijón después de un mes, mirar el mar y decirte: es acá. Ir a la misma escuela, ser la más grande del curso y que no te importe. Querer empezar ya. Amar el ritual de ponerte el neoprene, por más húmedo y pegajoso que esté, que te encante subirte el cierre, dejar todos los objetos guardados, liberarte del teléfono del wifi del whatsapp, ponerte la tabla bajo el brazo y salir a la calle descalza y sin anteojos. Que caminar por el asfalto sin nada en los pies sea otro de los momentos sublimes del surf: sentir que estás yendo en contra de la rutina de la ciudad, que no vas vestida como la ciudad espera, que no vas calzada como la ciudad espera, que no vas a hacer lo que la ciudad espera. Pisar la senda peatonal descalza, medir la temperatura con la planta de los pies, esperar a que los ojos se te acostumbren a la falta de anteojos, que la vista se te adapte. Bajar por una de las escaleras hacia la playa, sentir el cambio de cemento a arena, de rugoso a suave, de caliente a fresco. Entrar en calor, trotar, estirarte, practicar los movimientos en la arena, atarte el invento en el pie izquierdo, ponerte la tabla bajo el brazo otra vez y caminar hacia el mar.

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7. Entender que el equilibrio es todo

Cruzar las primeras olas de frente, encontrar un hueco y ponerte de espaldas a la rompiente, acostarte sobre la tabla, mirar por sobre el hombro. Saber esperar. Darte cuenta de que una vez que el mar empieza a empujarte, la tabla te responde a vos y a nadie más. Si te acostás muy adelante se hunde, si te acostás muy atrás se levanta, si ponés el peso demasiado para un lado se da vuelta. Hay que encontrar el punto justo y esa debe ser una de las cosas más difíciles de lograr (en la vida, digo). Agarrar la ola, sentir cómo barrenás, acordarte de cuando tu mamá te enseñó a hacerlo de chiquita, agradecerle mentalmente porque debe ser por ella que no le tenés miedo al mar. Una vez que estás en la ola, intentar pararte.

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8. Caerte y levantarte

Caerte. Darte cuenta de que por más que haya sido amor a primera vista, esta relación va a ser difícil, que al principio todo parece fácil pero si uno quiere seguir tiene que trabajar, esforzarse, tomar el control, ceder, entrar en clima, encontrar el punto justo, llegar al equilibrio adecuado. Levantarte. Estar parada en la tabla y no saber muy bien qué hacer, hacia dónde mirar, cómo poner el cuerpo, hacia dónde apuntar los brazos. Distribuir mal el peso y caerte. Volver a entrar al mar arrastrando la tabla, cruzar las olas, pensar que pasás más tiempo encontrando la posición adecuada que encima de la ola, pero que no te importe, que te guste todo ese proceso. Ver venir una ola, subirte a la tabla, empezar a hacer brazadas, que el agua te empuje, estar fuera de equilibrio, caerte. Repetir otra vez. Caerte diez veces más. Que después de varios intentos todo salga bien: ola, equilibrio, brazadas, pararte, avanzar, pero que alguna parte de tu cuerpo no esté apuntando a dónde debería y caerte otra vez. Y al rato pararte por unos segundos, que la ola te lleve hasta la orilla, bajarte de un salto y sentir que todo valió la pena. Y volver a entrar al mar.

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9. Dejarte llevar

Sentir cómo te empieza a dar adicción. No poder parar. No pensar en otra cosa que en la próxima ola. Desear que las dos horas no terminen nunca. Alinear cuerpo y mente, concentrarte, controlar cada parte de tu cuerpo, escuchar lo que te dicen los instructores: las manos así, el peso más así, la vista arriba, mirá los edificios y no tus pies, mirá la ola, mirá Gijón. Darte cuenta de que el surf también es un ejercicio de la mirada: aprender a mirar el mar, aprender a mirar las olas, aprender a mirar sin anteojos. Sentir que el agua es tu elemento, que este deporte es una terapia, que las olas también son buenas para meditar, que el agua te despeja la cabeza, que lo que más te gusta del mar es ser parte de su energía. Dejarte llevar por la ola y por tus pensamientos: quién habrá sido el primero en mirar el mar y decirse que estaría bueno tener una tabla y fabricársela, cómo será dedicarse a esto profesionalmente, claro los chicos que nacen en el mar hacen surf casi de manera instintiva, pensar que fui a tantas playas con olas y no me animé a probar, pero yo siempre dije que mis dos vocaciones  frustradas (o no desarrolladas) son de baterista y surfer, y si me compro una combi y una tabla, y si me las compro.

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10. No abandonar

Salir del agua. Tener el cuerpo cansado, los ojos rojos, el pelo hecho un desastre, el traje pesado, los brazos sin fuerza, los músculos comprimidos, pero sentirte más liviana, caminar como flotando, disfrutar el estar descalza sobre el asfalto otra vez. Sacarte el traje con mucho trabajo, ducharte, vestirte. Saber que sos una principiante, que el equilibrio te cuesta, que quizá no vas a poder pararte en una tabla más chica, que te llevará mucho tiempo pasar a olas más grandes, pero sentir que estás aprendiendo y disfrutar ese proceso más que nada. Porque a veces nos hacen creer que uno solo aprende de chico, que lo que no aprendiste en tus primeros años no lo vas a aprender nunca y es mentira, nos pasamos la vida aprendiendo. Y cuesta, empezar algo nuevo cuesta, pero cuando hay voluntad, nada es imposible. Por eso, ante todo: no abandonar, pase lo que pase. Aunque te frustres, aunque te caigas, aunque te golpees, aunque te lesiones, aunque un mal movimiento te obligue a pasar semanas sin poder usar la mano derecha, aunque te preguntes por qué justo ahora y justo acá, aunque te dé rabia, aunque te cueste tipear con una sola mano, aunque te cueste ser con una sola mano. El mar seguirá ahí y tus ganas también. Mientras haya olas habrá oportunidades. Así que todo a su debido tiempo: a veces la vida tiene otros planes para nosotros (o por lo menos otra agenda) y uno entiende el por qué mucho después. Pero eso sí: no hay excusas que valgan para abandonar lo que nos motiva.

*

Me encapriché con Gijón, con el Cantábrico y con Tablas Surf School. Gracias por las clases y la buena onda. Volveré.

Un lego amarillo

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A veces sospecho que el mundo es el escenario de una gran búsqueda del tesoro en la que participamos todos. Las ciudades son patios de juegos donde la gente deja, tira o pierde cosas que para otros las encuentren, las miren, las levanten y se pregunten de dónde salieron, cómo llegaron hasta ahí, qué camino transitaron para haber quedado justo ahí, en medio de dos baldosas medio rotas, o justo ahí, en uno de los escalones de una iglesia, o justo ahí, en el acantilado de alguna alcantarilla. Las cosas abandonadas van pasando de mano en mano, se resetean cuando cambian de dueño, van reescribiendo su historia, se presentan anónimas, puro presente, con un pasado que sólo se puede intuir, imaginar o inventar.

Desde chica tengo la costumbre de caminar mirando hacia abajo, no sé si por timidez, por mala postura, porque en Buenos Aires hay muchas veredas rotas o para no pisar caca de perro. También puede que camine así para encontrar cosas. Antes no me animaba a levantarlas: lo que está en la calle es basura, está sucio, no se toca, no se levantan cosas de la calle, Ani. No sé cuándo crucé la barrera, tal vez cuando levanté el primer naipe abandonado en Laos, quizá cuando me animé a rescatar un paraguas de la basura en Portugal, tal vez cuando vi que mi vecino había tirado un montón de láminas con dibujos y le toqué timbre para preguntarle si no había sido un error, porque la acción de tirar arte a la basura puede ser bien metafórica pero a mí me genera algo raro: ¿lo dejaron ahí para que otro se lo apropie y lo disfrute? ¿O lo abandonaron porque ya no les transmite la emoción que en algún momento sintieron?

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En Barcelona siempre me encuentro cosas (esta es la vista desde una de las terrazas de Sant Jordi Rock Palace Hostel, lugar que fue mi refugio durante casi dos semanas en Barcelona)

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En París también.

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Hay relojes.

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Chimeneas que parecen instrumentos musicales.

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Y gente que interactúa con las estatuas.

En las calles del mundo, además de gente, hay muchas cosas. En Europa, por ejemplo, es costumbre dejar muebles que ya no se usan en las veredas. Mucha gente que conozco se armó la casa con mesas, sillas y cajoneras que encontró, impecables, en la puerta de algún edificio. Yo en París encontré todo menos muebles. Es que tampoco los buscaba, los muebles no forman parte de mi radar, no puedo amoblar mi mochila. Iba con la mirada abierta, sin buscar nada en particular, y encontré cosas como una bailarina con un brazo roto, un esqueleto sacando la lengua desde adentro de una furgoneta, conejitos de peluche que decidieron ahorcarse, un inodoro con la tapa levantada, una campera de cuero, un vómito en la escalera de Medianoche en París, una pelea callejera frente al Sacre Cour, una trenza cortada y tirada en el asfalto. Cada vez que salgo a caminar por París con vos me encuentro algo, le dije a J. No sé si será casualidad o qué.

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El conejito no pudo soportarlo

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Estas cosas aparecen sobre todo de noche.

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Por mirar el piso también encuentro caras en las cosas.

En Barcelona, hace unas semanas, encontré una pieza de rompecabezas. Estaba sola y era una pieza del medio, no un borde, una pieza que necesita a otras cuatro a su alrededor, una pieza con un dibujo como de flores, una pieza que quizá en ese momento sentía que me faltaba y que encajaba bien con mi vacío, una pieza que tengo guardada en la mochila pero que todavía no sé para qué me servirá. Y hace dos días encontré una pieza pero de Lego, un bloquecito de lego amarillo, rectangular y alargado, con cuatro circulitos arriba y cuatro huequitos abajo, una pieza de ingeniería. Lo levanté del piso sin pensarlo. Cuando tengo que pensarlo es porque ese objeto no está ahí para que yo lo levante. Me lo guardé en el bolsillo para analizarlo después.

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Alguien no va a poder terminar su rompecabezas.

Unos días después, a la una de la mañana, me senté en un escalón de la plaza del tripi y me puse a escribir en mi libreta acerca del lego amarillo. Barcelona tiene eso: podés salir a cualquier hora, sola, acompañada, a un bar, a un escalón, y sentarte a escribir, a cantar, a tocar la guitarra, a lo que quieras. Cada cual a su rollo y la ciudad como patio de juegos a la potencia. Dibujé el lego amarillo en una hoja y le empecé a sacar flechas y a escribir cosas que se me ocurrían, a intentar exprimirlo y vaciarlo de sentido, como a la naranja que Pedro nos puso aquella vez en medio de la mesa y nos hizo mirar de todas las maneras posibles para luego escribir acerca de ella.

Flecha: cuando era chica jugaba con un balde de legos, no sabía construir pero me gustaba encastrar las piezas. Flecha: ¿este de dónde salió? ¿Se le cayó de la mano/mochila/monopatín a un nene? Lo tiró a propósito, lo perdió. Flecha: nos educan para ser legos, piezas del sistema. Flecha: somos piezas distintas y nos necesitamos unos a otros para construir relaciones y armar redes y crear sinergias. Flecha: somos piezas indispensables en la vida del otro y de golpe dejamos de serlo. Flecha: los dos objetos que encontré en Barcelona sirven para construir, aunque ninguno sirve del todo por sí solo, ambos son parte de algo más grande. Flecha: ¿cómo se construye un lego? ¿Cuántos moldes hay? ¿Cómo se piensan las uniones? Determinado número de piezas sólo permite determinado número de uniones. Flecha: el lego no puede cambiar de forma, está condenado a ser la misma pieza por siempre. Nosotros vamos mutando y cambiando de rol. (…)

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La plaza del tripi

—¿Eres artista?

Levanté la cabeza y vi que un chico me miraba mientras escribía.

—Escribo.

—¿Qué escribes?

—Cosas que pienso.

—¿Sobre qué?

—Es que encontré objetos en la calle y estaba tratando de ver qué ideas me disparaban.

—¿Me lees algo?

—Es un borrador, no tiene mucha importancia…

Y me puse a leer: flecha flecha piezas sistema flecha niños flecha balde encastrar construir flecha mutando flecha.

—¿De dónde sos?

—De Italia, pero mi mamá es húngara.

—¡No! ¡Mi mamá también! Nunca me pasó esto, qué genial.

Y nos pusimos a hablar: Budapest húngaro agosto Roma no quiero volver todo es igual allá mamá húngara yo no hablo ella sí yo hablo un poco me gusta dibujar hago tatuajes yo escribo el lunes me voy a París un gusto conocerte que sigas bien.

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El mundo está lleno de gente que se encuentra y se desencuentra.

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Y cuando dos personas se enfrentan por primera vez pasa algo así. Es tanto lo que no vemos… (La ilustración es de Vero Gatti)

En la calle también se encuentran personas y, como los objetos, a primera vista venimos como reseteados, con una historia previa que el otro desconoce, con un montón de flechas invisibles que explican por qué nos comportamos como lo hacemos, por qué pensamos como pensamos, por qué buscamos lo que buscamos, por qué estamos justo en ese lugar de la vereda a esa hora y en esas coordenadas, pero las flechas y todos los globos de texto que salen de cada flecha están con la opacidad al cero por ciento, no se ven a simple vista, casi que ni se intuyen. Lo bueno es que, a diferencia de los objetos, entre personas podemos preguntarnos, escucharnos y dejar las suposiciones —casi siempre erróneas, porque es imposible adivinar con qué mochila carga el otro— de lado. Con los objetos no queda más que usar la imaginación.