Un viaje de inmersión lingüística (o la semana que me sentí como una estudiante de intercambio en París)

* Ilustración: Luna Portnoi

Julie me llama por teléfono cuando el tren está pasando por Bruselas. Estoy viajando sola de Amsterdam a París, voy sentada al lado de una francesa con la que crucé algunas palabras en inglés, tengo abiertos mis cuadernos de apuntes de francés y los leo a toda velocidad como quien estudia a último momento para un final. El teléfono sigue sonando, ya no puedo evitar esta llamada. Julie es la directora de un centro de enseñanza de francés y, como me viene diciendo hace días por mail, quiere hablar por teléfono conmigo para evaluar mi nivel y asignarme una profesora para la semana que pasaré en París. Estoy volviendo a la capital francesa con un objetivo: hacer un viaje de inmersión lingüística para mejorar mi francés. Voy a tomar clases particulares todos los días y voy a vivir en la casa de Florence, una señora francesa con quien me conecté a través de Abroadwith y con quien tendré que practicar el idioma. No me va a quedar otra que animarme a hablar, pero ahora mismo la idea de tener esta evaluación de nivel —telefónica, encima— me aterroriza: seguro que, por haber aprendido el idioma de manera autodidacta, hay un montón de cosas básicas que no sé.

viaje de inmersión lingüística en París

Quién hubiese dicho que iba a volver tantas veces a París

viaje de inmersión lingüística en París

Atiendo y hablo bajito, con la cabeza pegada a la ventana y la mano sobre la boca para que mi vecina de asiento no escuche cómo destruyo su idioma con mis erres demasiado enruladas y mis es todas dichas iguales —se me viene a la mente el juego Fruit Ninja porque eso es lo que me imagino cuando hablo francés: que destrozo palabras como frutas—. Siempre me llamó la atención lo silenciosos que son los trenes franceses, no podría haber peor lugar para tener esta llamada. Julie me pregunta dónde estoy, de dónde vengo y adónde voy para evaluar mi uso de los tiempos verbales. Quiere saber cuál es mi objetivo con el idioma y no me animo a decirle que no quiero que la gente se ría de mí cuando hablo, así que le digo que quiero sentirme cómoda teniendo conversaciones, lo cual también es cierto. Ya le expliqué por mail —y ahora me da vergüenza el exceso de detalles personales e historia de vida, pero no me sale explicar las cosas de otra manera— que estoy casada con un francés, que aprendí el idioma por mi cuenta con libros y aplicaciones, que puedo leer, que entiendo casi todo pero que me falta mucho de gramática y me cuesta hablar sin ponerme nerviosa. Tras diez minutos de charla, su veredicto es el clásico pas mal” francés: “Tu pronunciación no es tan terrible, escuché peores”. Mis clases empiezan mañana, superé la primera prueba. Ahora se viene el desafío mayor: comunicarme con Florence, mi anfitriona, con quien solamente podré hablar en francés. Esta vez no hay inglés o español que me salve.

En mi imaginación, hablo francés como una nativa (?)

Cuando lo conocí a L, en el 2014, las únicas dos palabras que sabía decir en francés eran bonjour y merci. Como él no hablaba español, durante los primeros meses nos comunicamos solamente en inglés (ahora hablamos una mezcla medio deforme de los tres idiomas combinados con sonidos guturales franceses). Cuando nos quedamos a vivir en Francia me puse a estudiar francés por mi cuenta. Si bien el inglés nos permitía comunicarnos casi sin malentendidos, no dejaba de ser un idioma ajeno a ambos, así que me propuse aprender su idioma y, de paso, meterme más en su cultura. De a poco empecé a ser capaz de leer revistas, cómics y libros infantiles. Aprendí escuchando música y mirando películas con subtítulos en francés. El idioma escrito no me parecía tan difícil y había mucho que podía inferir por cercanía con el español, pero enseguida me di cuenta de que mi mayor desafío iba a ser hablarlo. El problema del francés es que no importa qué tan bien lo leas, lo escribas y lo entiendas, si al hablar no lo pronunciás correctamente —lo cual no es nada fácil— pueden pasar varias cosas: que no te entiendan, que no se esfuercen por entenderte, que te respondan en inglés o que se rían. Y ahí hay dos tipos de personas: las que lo siguen hablando como si nada —envidio ese carácter—, o las que, como yo, se inhiben, se ponen más nerviosas y terminan enmudeciendo.

La primera vez que me animé a decir una frase en francés enfrente de varias personas, L me burló tanto que me traumó y durante mucho tiempo no lo volví a intentar. Unos meses después, cuando por fin me animé a decirle algo a mis suegros por skype, la situación fue la misma: los vi conteniendo la risa del otro lado de la pantalla hasta que no pudieron disimular más y se empezaron a reír todos, en familia, desde Francia hasta Buenos Aires. Durante mucho tiempo me lo tomé como algo personal y me avergoncé de mi acento latino, hasta que tuve un quiebre la última vez que vine a París, cuando el tío de L se rió de mi manera de pronunciar cafe au lait y entendí que la burla es un rasgo francés, que no me queda otra que aceptar que siempre tendré acento extranjero y que si no me animo a hablar nunca voy a mejorar. Y entendí, también, que hay cosas que es mejor aprender con gente “de afuera” y no con la familia.

El tren llega a París en hora pico, me bajo en Gare du Nord y me sumo al apuro para no perder mi conexión. Esa es otra cosa que me impresiona de las estaciones parisinas: la velocidad de desplazamiento de la gente. Media hora después estoy en Maisons-Laffitte, la comuna en los suburbios de París donde viviré. Camino unas cuadras hasta la casa de Florence, mi anfitriona, siguiendo las indicaciones que me mandó por escrito. Nuestro primer contacto por mail fue muy formal, los franceses suelen tratarse de vous (“usted”) en una primera instancia, incluso entre personas de la misma edad. El problema es que yo solo sé hablar de tu así que no sé por cuánto tiempo voy a ser capaz de sostener el vous. Entro a la residencia con la clave —otra cosa que me sorprendió mucho la primera vez que vine a Francia: las puertas de los edificios se abren con clave— y camino hasta la casa del fondo. Florence me ve llegar, abre la puerta y lo primero que me pregunta es: “¿Nos tratamos de vous o de tu?”. Me siento aliviada. Nos salteamos las formalidades y empezamos a hablar como si ya nos conociéramos. Bah, ella habla más que yo, así que me aseguro de decirle que entiendo todo pero no hablo muy bien. “Bueno, para eso estás acá”, me dice con una sonrisa.

Florence me muestra la casa, me presenta a sus tres gatos —Zelda, Link y Vendetta— y me lleva a los cuartos para que elija en cuál me quiero quedar. Hay uno más grande, en el piso de abajo, y uno chiquito arriba, “la petite chambre”. Subimos la escalera y cuando abre la puerta me encuentro con un cuartito blanco, con el techo inclinado siguiendo la forma de la casa, una cama de una plaza, un escritorio con una máquina de escribir y una ventana con vista al jardín. Es el cuarto de una de sus hijas, que ya no vive ahí. Quiero este. Nunca tuve la experiencia de hacer una intercambio en otro país pero de repente me siento como la estudiante extranjera que acaba de llegar de su país de origen a la casa de su nueva familia. Me faltó la valijita vintage. “Ponete cómoda”, me dice Florence, “c’est chez toi” (“Es tu casa”). Esta es una de las expresiones francesas que más me gusta. Hace poco aprendí que también usan chez moi o chez nous (“mi casa”, “nuestra casa”) para referirse a Francia, al país como un hogar.

La petite chambre <3

Material de estudio

Más tarde bajo al living para cenar y charlar un rato. La estadía con un anfitrión local tiene un objetivo muy claro: practicar el idioma en situaciones cotidianas y, a la vez, sumergirte en la cultura del lugar. Lo que no me imaginé es que, durante los días siguientes, además de charlas cotidianas trataríamos temas metafísicos, astrológicos, religiosos y existenciales. Un curso avanzado de francecismo. Si L me viera ahora, asintiendo a todo como una experta. Florence me muestra fotos de sus hijas, me habla acerca de los hábitos de sus gatos, me cuenta de su trabajo. Dice que, para ella, los parisinos tienen un acento “puntiagudo” y que no le entiende nada a los quebequenses. Yo, que nunca los escuché hablar francés, busco un video y pienso que el francés-canadiense es un curso aparte. Al igual que me pasó cuando aprendí húngaro —que ya olvidé, por no practicarlo—, siento que estoy adquiriendo ojos nuevos.

Me acostumbro rápido a mi rutina de estudiante. Todas las mañanas me despierto temprano, tomo el tren a París, el metro a Tulerias y me encuentro con Marion, mi profesora, en el café de un hotel. También empezamos hablando de vous, aunque debemos tener la misma edad. Una de las primeras cosas que me pregunta es a qué me dedico. Cómo lo explico en francés. Cada vez que respondo construyo frases como quien va levantando cajas pesadas de a una: tengo que pensar bien cada palabra que voy a decir y siento que se me notan los engranajes del idioma y del cerebro. Es como si estuviese aprendiendo a hablar otra vez. Marion tiene mucha paciencia, me corrige y me incentiva. Me doy cuenta de que sé bastante argot (slang, lunfardo, jerga) pero no me sé bien los verbos ni las conjugaciones. Cada día nos enfocamos en un tema —el pasado, el futuro, la pronunciación— y en cada encuentro siento un progreso enorme. Nuestras clases están centradas más que nada en la conversación. Me pide que le cuente historias de mes voyages y le cuento, como puedo, de la vez que me perdí en China y terminé tomando el té en la casa de 4 mujeres de una minoría étnica y de la vez que robaron y me devolvieron todo en Indonesia.

Ella va tomando nota de las palabras nuevas en su computadora para mandármelas más tarde, me muestra videos que hablan de costumbres francesas y me pide que le diga qué fue lo que entendí o qué pienso al respecto, me enseña a pronunciar con algunos trucos mnemotécnicos, me da ejercicios escritos y una tarea final: escribir un petit texte acerca de Buenos Aires. Me gusta esta manera de aprender, basada en la vida real y no en situaciones hipotéticas. Me causa gracia ver que muchos de los ejercicios de compresión de texto son pequeñas historias de amor, del estilo Marc conoce a Claire en una fiesta y desde ese día no se separan, o “mi amor, todos los transportes están en huelga, pero no importa, esperame, voy a buscarte en caballo o en monopatín”. Todo muy francés, todo muy romántico. Me acuerdo de cuando L y yo nos conocimos en Biarritz, de que esa primera noche, cuando quedamos solos después de una cena en lo de sus amigos, él agarró una guitarra y me cantó “Les oiseaux de passage”. Yo no le dije nada, pero en ese momento me enamoré un poco, y él me confesó mucho tiempo después que era la primera vez que se animaba a cantar para alguien. Me acuerdo de que los días siguientes me mandó poemas por whatsapp y días después ya me estaba enseñando palabras en francés en su auto mientras nos refugiábamos de la lluvia. (Sí, todo muy lindo hasta que unos meses después me empezó a burlar y me traumó.) :D

Mi profe de francés

viaje de inmersión lingüística en París

Empieza la primavera en París

viaje de inmersión lingüística en París

viaje de inmersión lingüística en París

viaje de inmersión lingüística en París

“Hay que desconfiar de las palabras”

Cada día termino mis clases con une promenade (paseo) por París. Me gusta sentir que viajo sola por un rato. El viernes, para festejar el fin de mis clases, camino al borde del Sena hasta la Torre Eiffel. Tengo la cabeza cansada, nunca hablé tantas horas seguidas de francés, pero estoy contenta y con ganas de más. Ya me propuse, cuando volvamos a Francia en unos meses (el plan es instalarnos en julio de este año), seguir tomando clases. Todavía me cuesta creer que este país sea parte de mi vida, sobre todo cuando el francés como idioma no me gustaba para nada y Francia no me atraía. Lo llamo por teléfono a L, que está con su familia en Estrasburgo, para mostrarle mis avances. Está orgulloso aunque se sigue riendo, pero ya no me importa (tanto): haber sido capaz de arreglarme sola en francés durante toda esta semana me hace sentir poderosa. Un rato después le mando el texto que escribí en francés acerca de Buenos Aires y me dice que de repente le dieron ganas de estudiar español. Mi plan maestro funcionó.

Más tarde cuando voy en el metro escucho un oh la la épico (suena como jolalalalalalá). Lo dijo una señora que se puso de mal humor porque subieron músicos callejeros al vagón. Yo disfruto la música y canto bajito “perhaps, perhaps, perhaps”Vuelvo a lo de Florence y cenamos juntas por última vez. Le cuento de mis clases, de mis mini avances, de que ya no me da tanta vergüenza comunicarme en su idioma, aunque sé que me queda muchísimo por aprender y, sobre todo, por practicar. Hablamos de viajes, me cuenta de la vez que estuvo en Grecia, de las palabras que aprendió, de cuando durmió en casas de gente. Nos despedimos esa noche, mañana me voy muy temprano a Estrasburgo a reencontrarme con L. Hay un libro que se llama “Lost in translation” y es una recopilación de palabras intraducibles de distintos idiomas del mundo. No sé si esta palabra está ni si califica, pero en francés hay un verbo (“rentrer”) que tiene varias acepciones y una de las más usadas significa “volver a casa”. Me gusta pensar que existe un idioma en el que puedo decir eso en una sola palabra.

*

[box type=star] Esta experiencia fue posible gracias a Abroadwith.

Abroadwith es una plataforma de intercambio idiomático y cultural para aprender idiomas en el extranjero. Su filosofía es que una lengua y una cultura no se pueden experimentar detrás de una pantalla, por eso se enfocan en el elemento humano para aprender un idioma. La web te permite buscar anfitriones locales por ciudad (hay en varios países, para aprender distintos idiomas, no solo francés) y elegir con quién querés vivir y por cuánto tiempo. En general las estadías son semanales y hay tres tipos de programas de inmersión: estándar (hacé una estadía con anfitriones locales en otro país y aprendé su idioma y su cultura), tandem (viví con anfitriones locales, aprendé su idioma y su cultura y a la vez enseñales tu idioma) y con profesor (viví con un profesor certificado y tomá clases con él). Se define la cantidad de horas de conversación que tendrás que tus anfitriones y también existe la opción de complementar la estadía con un curso de idiomas cerca de tu nuevo hogar, como hice yo.

Por mi experiencia, mi recomendación es que si sabés algo del idioma pero nunca tomaste clases formales, hagas la estadía y el curso de idiomas (yo necesitaba las dos cosas: un poco de teoría y gramática y mucha práctica). Si ya tomaste clases con profesor y sabés bastante, quizá solo necesites la parte práctica y con la estadía sea suficiente. Más información en Abroadwith.[/box]

[box type=star] Links y descuentos e información para que disfrutes de tu viaje

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*La lindísima ilustración de portada, hecha especialmente para este post, es de LuNa Portnoi. Luna es una artista visual e ilustradora de Buenos Aires. Su trabajo se encuentra en conexión con la naturaleza, el color, la magia y las emociones y sus ilustraciones tienen un gran nivel de detalle. Tiene dos libros para colorear, “Los sueños de Luna” y “La magia de Luna”. Podés seguirla en su Instagram, Facebook y canal de You Tube, donde da tutoriales artísticos en video.[/box]

Nuestra primera experiencia de housesitting en Tokio

Vi el anuncio de Amanda la misma tarde en la que casi compro dos pasajes de Tokio a París. Un poco harta de los precios del alojamiento en Japón, se me ocurrió mirar cuánto costaba un pasaje de escape a Europa y cuando encontré un vuelo directo a Francia por menos de 300 dólares lo pensé. No es que Francia sea mucho más barata, pero nuestro plan con L es volver a Biarritz dentro de unos meses, buscar casa para hacer base —cómo necesito una casa— y quedarnos un largo rato allá, así que se me ocurrió que podíamos adelantar la partida. Vivir en Japón es caro, pero nuestro plan era estar tres meses y todavía nos quedaban dos, así que en vez de dar por terminado el viaje antes de tiempo decidimos buscar otras opciones que nos permitieran ahorrar.

Entré a la web de housesitting en la que nos habíamos hecho un perfil hacía unas semanas y vi que Amanda buscaba a alguien que cuidara su casa y a sus dos perras en Tokio durante cinco días mientras ella y su marido se iban de viaje al Monte Fuji. Le escribí enseguida, le dije que estábamos en Tokio, que nos encantan los animales, que trabajamos desde casa, que estábamos disponibles. Unas horas después teníamos una respuesta positiva: “Quiero conocerlos con las chicas, encontrémonos en la estación Yoyogi-Uehara a las 8 de la noche”. “Las chicas” eran Doris y Lucy, dos perras australianas de raza labradoodle, mezcla de labrador y poodle (caniche), de 3 y 5 años, que apenas nos vieron llegar se nos acercaron corriendo y nos llenaron de besos. Ellas ya nos habían aceptado como sus petsitters. Amanda y Andrew, su marido, nos llevaron a conocer la casa, nos explicaron cómo funcionaba todo, nos enseñaron a separar la basura, nos dieron las instrucciones para cuidar a las perras y nos dijeron que volviéramos en dos días para instalarnos durante las cinco noches siguientes.

Ellas son Lucy y Doris

Ellas son Lucy y Doris

Housesitting, que significa “cuidado de casas” en inglés, es un sistema de economía colaborativa: un dueño (houseowner) se va de viaje y, como no quiere dejar su casa y/o mascotas sola(s), busca a un cuidador (housesitter/petsitter) que pueda quedarse durante ese período de tiempo y hacerse cargo del mantenimiento de la casa y el cuidado del jardín y/o los animales. No hay plata de por medio pero ambos salen beneficiados: la casa y/o mascotas no quedan sola(s) y el cuidador no paga alquiler. Es un sistema que cada vez más viajeros eligen y hay varias webs que ponen en contacto a los dueños con potenciales cuidadores (al final del post les dejo algunas). No me acuerdo cómo descubrí housesitting, probablemente fue a través de Maga, que viajó durante dos años sin pagar una noche de alojamiento usando esta modalidad. Al igual que cuando descubrí Couchsurfing, me pareció demasiado bueno para ser cierto y durante mucho tiempo no me animé a abrirme un perfil. ¿Viajar y tener una casa y mascotas a la misma vez? Es mi sueño y se alinea mucho con lo que busco ahora: un hogar en distintas partes del mundo. 

El ventanal de nuestra nueva casa

El ventanal de nuestra nueva casa

Dos días después del encuentro con Amanda y las perras nos mudamos a la casa en nuestro nuevo rol de cuidadores. “No puedo creer que vamos a tener cocina y heladera propia, tampoco puedo creer la casa que nos tocó: deben caber seis o siete departamentos japoneses adentro”, pensé. Tokio es la ciudad más poblada del mundo —tiene casi la misma población que toda Argentina— y los espacios son muy reducidos. Hasta ese momento nos habíamos estado quedando en cuartitos o en dormitorios compartidos, así que tener tantos metros cuadrados solo para nosotros iba a ser un lujo. Amanda y Andrew son de Australia pero ella está trabajando en Tokio y la empresa les da esta mansión. La casa tiene un jardín que parece un bosque privado, tiene sillones enormes para acostarse a mirar películas, tiene música, tiene una mesa donde podemos trabajar, tiene una cocina gigante con más de una hornalla, tiene la cama más cómoda que probé. Lo único malo fue que la estadía haya sido tan corta.

Descansando en el sillón

Descansando en el sillón

El jardín

El jardín

Lucy a mis pies

Lucy a mis pies

Pasamos la primera noche en la casa con los dueños, que se fueron de viaje a la mañana siguiente. Apenas quedamos solos, las perras se mudaron a nuestro cuarto, se subieron a nuestra cama y no se nos despegaron más (sobre todo de L, que tiene un imán para los animales). Dormimos los cuatro juntos: Lucy se enroscó sobre mi cabeza, Doris se estiró en diagonal en el medio y nosotros nos acomodamos en los huecos. A las siete de la mañana del día siguiente sonó la alarma perruna: Lucy nos sacudió y Doris golpeó el piso con las patas como si estuviera bailando tap. Les di de comer, las dejé salir al jardín y me acordé de todo lo que nos había dicho Andrew: si Doris se baja de la cama en mitad de la noche y hace ruido decile que se vuelva a subir, si Lucy se para al lado de la ventana del living quiere decir que tiene que ir al baño, denles de comer dos veces al día, Doris come más porque es más grande pero Lucy va más veces al baño, sáquenles las lagañas a la mañana porque sino se endurecen y les pueden lastimar los ojos, acá cerca hay un parque donde las llevo todos los días a jugar, junten la caca en una bolsa y tírenla en este tacho, si salen al jardín y está embarrado límpienles las patas antes de volver a entrar, si salen de noche pónganles los collares luminosos, que no corran en esta parte de la casa porque patina. Nunca tuve mascotas —más allá de un pato durante unos días y algunos animales que cuidé en casas de amigos— así que hice todo con extremada cautela.

Doris

Doris

Lucy y su mirada humana

Lucy y su mirada humana

Durante los días siguientes nos fuimos turnando. A veces L y yo las sacamos a pasear juntos, a veces fuimos solos con las dos perras. Me gustó conocer la ciudad desde la cotidianidad y la óptica de dos animales. Cada vez que íbamos al parque olían todo lo que encontraban en el camino, casi siempre nos cruzábamos con otros perros e intercambiábamos saludos con sus dueños. Arriba (al parque se sube por una escalera) les podíamos sacar las correas y dejarlas correr alrededor de la cancha de baseball. Demostraron ser perras muy obedientes y de a poco fuimos conociendo su personalidad: a Lucy, la más chica, le encanta esconderse entre los arbustos, Doris es experta en desenterrar pelotas de baseball. Como son perros grandes, cuando los nenes japoneses las veían correr hacia ellos se ponían a gritar y se subían a los bancos. Después se daban cuenta de que eran muy amorosas y se les iba el miedo. Con Doris jugamos al interminable “tirame la pelota que la agarro y te la traigo para que la vuelvas a tirar” y Lucy aprovechó las distracciones para esconderse por ahí. Repetimos el ritual del paseo dos veces por día y me gustó tener esos cortes obligatorios durante mis horas de trabajo.

En realidad está prohibido que los perros entren a la cancha de baseball, pero ellas aprovecharon una distracción nuestra para entrar por la reja y correr en círculos.

En realidad está prohibido que los perros entren a la cancha de baseball, pero ellas aprovecharon una distracción nuestra para entrar por la reja y correr en círculos.

Jugando.

Jugando.

Los nenes del parque

Los nenes del parque

Todavía no empezó el otoño

Todavía no empezó el otoño

El último día las llevamos a Yoyogi Park, uno de los parques urbanos más grandes de Tokio, a un kilómetro de la casa. Dentro del parque, una mujer anunció por altoparlante, en varios idiomas, que no estaba permitido que los perros fueran sin correa, pero al rato encontramos un espacio off-leash (libre de correas) y las dejamos correr ahí adentro. Se hizo de noche rápido, a las cinco de la tarde ya estaba oscuro, así que les pusimos los collares luminosos para no perderlas de vista y seguimos jugando a la pelota hasta que otro perro nos la robó. Me agaché a buscar la linterna del teléfono en la mochila y un galgo me dio un cabezazo (?).

Volvimos a la casa un rato antes de que llegaran los dueños. Yo que soy bastante obsesiva del orden y la limpieza intenté dejar todo impecable: pasé la aspiradora, limpié la cocina, ordené el living y por poco lustré y perfumé a los perros. Me preocupaba haber separado bien la basura, que en Japón es muy importante porque el camión de basura junta una categoría distinta por día, y no haber dejado nada fuera de lugar. Todo salió bien. Amanda y Andrew llegaron y se encontraron con la casa en orden y dos mascotas felices, y para el dueño eso es lo importante.

La entrada a Yoyogi Park.

La entrada a Yoyogi Park.

Yoyogi Park visto de arriba

Yoyogi Park visto de arriba

Algunas reflexiones acerca de housesitting:

* Como primera experiencia me gustó pero quisiera hacer estadías más largas, cuidar una casa al menos un mes, tener más tiempo de acomodarnos, generar rutinas, disfrutar la casa y vivir el lugar.

* Hacer petsitting es mucho más demandante de lo que pensé, tal vez porque nunca tuve mascotas y no sabía el trabajo que implica cuidarlas. Además, como fue la primera vez que estuvimos a cargo de animales ajenos por tantos días, me preocupé más de la cuenta, pero supongo que es normal. Cuidar mascotas es una responsabilidad enorme.

* Me gusta que exista un intercambio así y que todo esté basado en la confianza: no debe ser fácil para un dueño dejar a su casa y a sus mascotas en manos de desconocidos, pero mientras haya confianza de parte de ellos y responsabilidad y honestidad de parte nuestra, todo funciona.

* Cuidar una casa (y mascotas, sobre todo) es un trabajo que demandará varias horas de tu día. Si bien tendrás un lugar gratis donde dormir, también tendrás tareas diarias que te obligarán a cambiar el ritmo del viaje, así que tené eso en cuenta si decidís usar esta modalidad. Me parece que es ideal para viajeros que quieren quedarse quietos por un tiempo.

* En mi opinión, housesitting es para vos si: querés practicar slow travel, no necesitás tener mucha vida social o salir mucho, te gusta estar en casa y hacerte cargo del mantenimiento (limpieza, jardín, correspondencia, etc), trabajás a distancia, querés pasar mucho tiempo en un mismo lugar, te gustan los animales, podés pasar períodos de tiempo largos en casas alejadas (muchas de las casas que se ofrecen para cuidar están en el campo)

* y housesitting NO es para vos si: estás en un lugar exclusivamente para hacer turismo (no podés irte todo el día si estás a cargo de cuidar mascotas), te vas de viaje y ya tenés un itinerario armado o poco tiempo, querés moverte rápido de un lugar a otro, no estás preparado para dedicar gran parte del día al cuidado de la casa y de sus mascotas.

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Info útil para hacer housesitting:

  • Hay varias webs que conectan owners con sitters. Las más conocidas y usadas son:
    • trustedhousesitters.com (cobran una membresía anual de 99 dólares, que se amortiza rápido cuando conseguís tu primera casa, y es una de las webs con mayor cantidad de ofertas.)
    • mindmyhouse.com (online desde el 2005, cobran una membresía anual de 20 dólares)
    • housecarers.com (online desde el 2000, cobran una membresía anual de 50 dólares y te dan un período de 30 días gratis de prueba)
  • Lamentablemente, housesitting no es una modalidad que esté expandida en todo el mundo. Las oportunidades están principalmente en Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y algunos países de Europa. Y como hay muchos más sitters que casas, la competencia es alta. Así que si estás pensando seriamente en convertirte en housesitter y viajar usando esta modalidad, te recomiendo que leas La guía de House Sitting – Descubre cómo viajar gratis alrededor del mundo cuidando casas, escrita por Magalí Vidoz. Ahí está todo explicado: qué es el housesitting, en qué países se puede hacer, qué webs usar, cómo ser un buen sitter, cómo armar tu perfil, cómo postularte para una casa, qué hacer si te aceptan, qué información pedirle a los dueños, qué hacer frente a una situación negativa y muchas cosas más. Yo la leí antes de viajar y me ayudó mucho. [/box]

Desafío Serbia Croacia #3: dejar que nos lleve el azar

[box type=”star”]Quizá pretender que el azar nos lleve es como pedirle a alguien que sea espontáneo o poner un cartel de prohibido prohibir. Este post es una reflexión acerca de cómo el concepto de azar cambia según el lugar del mundo, cómo cada región invita a ser viajada de manera distinta y cómo a veces hay que darle un empujón a las casualidades. Ah, y de cómo la letra S decidió todo lo que hicimos en un día en Serbia.[/box]

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Gira mágica y misteriosa por Liverpool

Antes que nada, esto:

Ahora sí.

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Liverpool is the centre of the consciousness of the human universe
(Liverpool es el centro de la conciencia del universo humano)
Allen Ginsberg (poeta estadounidense), 1965

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“¿Para qué vas a ir a Liverpool?”, me preguntó M. con cara de ¿hace falta dejar Londres para ir a una ciudad en la que no hay nada? Es que no puedo estar en Inglaterra y no ir a Liverpool. Ya sé: Los Beatles ya no están ahí, todo lo que voy a encontrar va a ser el post-marketing de una banda que ya no existe en la vida real, no me voy a cruzar ni con Paul ni con Ringo ni con sus familiares o ex novias, no va a ser más que una ciudad que alguna vez fue la cuna de mis artistas preferidos. Pero no puedo no ir. Uno de los mandamientos beatles es irás a Liverpool al menos una vez en tu vida. Para nosotros es como hacer la peregrinación a la Meca. Así que entendeme: Liverpool me espera desde que nací.

Mentiría si digo que no fui con expectativas. Fui con todas las expectativas del mundo: no tanto de ver o hacer o encontrar algo en particular, sino de estar en el mismo espacio físico que alguna vez estuvieron ellos. Porque si los Beatles surgieron en Liverpool fue por algo: no surgieron en Buenos Aires ni en Tokio, sino en esa ciudad industrial inglesa que fue el lugar justo en el momento indicado. Porque en realidad no es que Los Beatles nacieron en Liverpool: Liverpool (al menos para mí) nació en Los Beatles.

Réplica de The Cavern en el museo Beatle's Story de Liverpool

Réplica de The Cavern en el museo Beatle’s Story de Liverpool

Tomé un bus desde Londres y casi seis horas después me bajé en la terminal de Liverpool y me encontré con Greg y Emilie, los chicos que me recibirían en su casa. Nos subimos a un tren urbano y unos siete minutos después aparecimos en las afueras, en una zona de fábricas, espacios abiertos y casas puestas en fila como fichas de dominó. En el camino vi una bicicleta BMX rota, tirada en medio de una calle vacía. Volví a verla los tres días que pasé por ahí, inmóvil. Greg —entremedio de su humor tan inglés, muy ocurrente pero siempre dicho en tono serio— me dijo algo que me quedó grabado: “Liverpool is raw” (Liverpool es un lugar crudo). “Esta ciudad tuvo muchos problemas sociales y de desempleo, pero hace un tiempo que está mejorando. No tiene nada que ver con Londres, yo me vine a vivir acá porque me parece más real y tiene mucha movida cultural. La gente no quiere quedar bien con nadie, pero a la vez es amigable. Ya vas a ver”.

Calle típica de los suburbios de Liverpool

Calle típica de los suburbios de Liverpool

Primeras imágenes de Liverpool.

Primeras imágenes de Liverpool.

Liverpool es una ciudad más linda e importante de lo que esperaba: tiene más de 800 años, varias zonas son Patrimonio de la Humanidad, fue nombrada la capital del pop y al ser una ciudad portuaria recibe inmigrantes de todas partes del mundo.

Liverpool es una ciudad más linda e importante de lo que esperaba: tiene más de 800 años, varias zonas son Patrimonio de la Humanidad, fue nombrada la capital del pop y al ser una ciudad portuaria recibe inmigrantes de todas partes del mundo.

Después de dejar las cosas en la casa, pensé: “No voy a ir hoy mismo a ver The Cavern, tuve un viaje largo y quiero descansar…” (nota: The Cavern es el bar donde tocaron Los Beatles durante sus inicios y donde fueron descubiertos por Brian Epstein, quien luego sería su manager). PF, QUÉ NO. “Por favor no me pidas que vaya a ver las atracciones beatles con vos, ya fui muchas veces con otros huéspedes y no es algo que me interese”, me dijo Greg. Enterado y entendido. Miré los precios de los tours Beatles —hay, como se imaginarán, todo tipo de tours en todo tipo de vehículos— pero me parecieron muy caros (por un momento tuve una lucha entre pero si ya estás acá no seas rata y pagá vs. estaré en Liverpool pero no voy a pagar por algo que puedo hacer sola), así que decidí hacer un recorrido temático autogestionado: sí, la gira mágica y misteriosa por Liverpool tenía que ser por mi cuenta.

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[highlight]* Primera parada: Matthew Street. “Vendí todos mis álbumes: no los quiero escuchar más”.[/highlight]

Cuando llegué al centro me recibió una gaviota. Cierto que esta es una ciudad portuaria, pensé, y ya me cayó bien la gaviota. A primera vista, me pareció una ciudad muy poco pretenciosa, y eso me gustó.

Fui derecho a Matthew Street, lo que debe ser la calle más comercial de la ciudad pero por una buena razón: ahí está ubicado The Cavern. Y cuando me encontré cara a cara con la escalera que bajaba al club donde tantas veces tocaron los Beatles sentí una emoción que hacía tiempo no sentía por nada. Bajé saltando, sonriendo, temblando y me encontré con ese escenario de techo redondo tan reconocible, que vi tantas veces en fotos y en videos en blanco y negro. Había un hombre tocando temas de los Beatles (obvio): The Cavern tiene música en vivo todos los días casi a toda hora. Si son fans de los Beatles vayan a The Cavern (segundo mandamiento beatle: entrarás a The Cavern y te quedarás escuchando a la banda que esté tocando). Mi visita a Liverpool valió la pena solo por ese momento, pero todavía faltaban más cosas.

Matthew Street.

Matthew Street.

Emoción!

Emoción!

El señor que estaba tocando temas de los Beatles

El señor que estaba tocando temas de los Beatles

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Estatua de John Lennon

Estatua de John Lennon

Y la estatua de Eleanor Rigby

Y la estatua de Eleanor Rigby

Salí a la calle y entré al primer beatle shop que vi: Bueno, acá es donde pierdo todo tipo de razón y me vuelvo una potencial compradora compulsiva de cosas que no me van a servir pero sin las que no sé cómo viví todos estos años. El lugar era una sobredosis de estímulos: Ahhhh! Un vestido con dibujos de Yellow Submarine. Ahh! Cajitas de lata con las tapas de los discos. Ahhh! Fotos de la época. AAAHHH! Muñequitos delantales valijitas botas imanes libros remeras tasas cajas más muñequitos tantas cosaaaas. Agarré, toqué, sacudí, miré, fotografíe y me probé todo lo que pude, pero lo único que me compré (no sé cómo me contuve) fue una cajita de lata con la tapa de Yellow Submarine. De fondo, no sé si hace falta decirlo, sonaban los Beatles.

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Sí, estos lugares son lo más comercial que hay, pero yo no puedo resistirme.

Se vende de todo.

Se vende de todo.

Las botas!

Las botas!

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Me puse a charlar con el vendedor. Me contó que trabajaba ahí desde 1985 (toda mi vida), es decir que hace casi 30 años que escucha a los Beatles todos los días.

It’s just background noise now. A few months after working here I sold all my Beatles records, I don’t want to listen to them at home. I don’t have any Beatles stuff, they were never my favourite band. (Son sólo ruido de fondo para mí. Unos meses después de empezar a trabajar acá vendí todos mis discos, no quería escucharlos más en casa. No tengo nada de los Beatles, nunca fueron mi banda preferida.)

Y sí, cualquier cosa en exceso termina saturando, supongo. Yo no sé si soportaría 30 años escuchando la misma música en repeat (por más que sean Los Beatles). Aunque a la vez se me vino la frase de la película El secreto de sus ojos: “Podes cambiar de vida, de casa, de novia, de familia o religion. Pero hay una cosa de la que nadie puede cambiar: de pasión”. Habría que ver qué pasa después de 10 950 días escuchando las mismas canciones.

Tuve que contenerme para no comprarme este bolso.

Tuve que contenerme para no comprarme este bolso.

[highlight]* Segunda parada: Strawberry Field. “¡Rejas de mierda!”[/highlight]

Al día siguiente busqué Strawberry Field en el mapa y seguí las indicaciones: tomé el tren a West Allerton y caminé media hora hasta las rejas. ¿Qué es Strawberry Field? Además de una de las canciones más conocidas de los Beatles (“Strawberry Fields Forever”), Strawberry Field era un hogar de niños del Ejército de Salvación, ubicado en uno de los suburbios de Liverpool, muy cerca de la casa de John Lennon. Parece que de chico, John jugaba con sus amigos en el parque detrás del edificio, e iba todos los veranos a la fiesta que organizaba el Ejército de Salvación en el jardín del lugar. De esas memorias surgió la canción. Strawberry Field cerró en el 2005 y hoy quedan las réplicas de las rejas de entrada.

Por acá caminé media hora

Por acá caminé media hora

Vi cosas en las ventanas.

Vi cosas en las ventanas.

Pasé por parques

Pasé por parques

Y llegué a las rejas de Strawberry Field

Y llegué a las rejas de Strawberry Field

:)

:)

Cuando llegué a las rejas me encontré con el Magical Mystery Tour bus, un bus que replica al de la película y hace un tour por los atractivos beatles de Liverpool. Cuando el bus y sus pasajeros se fueron, las rejas quedaron solo para mí. La vándala que tengo adentro quiso treparse y pasar al otro lado, pero mientras lo pensaba pasó un auto a toda velocidad y alguien desde adentro me gritó: “Shit gates!” (que sonó como shit gueeeeeeeitsss), es decir: rejas de mierda. Puede ser, si no fuese por los Beatles no me interesarían en lo más mínimo. Me reí sola.

El bus

El bus

Y pasé por este lugar que no recuerdo cómo se llama.

Y pasé por este lugar que no recuerdo cómo se llama.

De ahí me fui caminando hasta Penny Lane (sí, esa, la de la canción). En alguna parte del trayecto pasé por al lado de una cancha de fútbol donde un montón de pibes jugaban un partido. Seguí de largo y escuché: “Hey, pretty!” (“Ey, linda!”), y pensé: no debe ser para mí. Aunque no había nadie más. Seguí caminando y otra vez, con más fuerza: “Hey, pretty!”. Yo nada. Y no se daba por vencido: “HEY, pretty!”. Si hay algo que me causa gracia (y me encanta) es el acento de los scouser (así se le dice a la gente de Liverpool). Si escucharon a cualquiera de los Beatles hablar, ya lo conocen, y sino tengan en cuenta esto: se escribe Liverpool pero se pronuncia algo así como “livapu”.

Mensaje scouser que encontré en el tren.

Mensaje scouser que encontré en el tren.

[highlight]* Tercera parada: Penny Lane. “No vas a encontrar a los Beatles acá”.[/highlight]

Y llegué, por fin, a Penny Lane.

https://www.youtube.com/watch?v=62s-Jier2yI

Debe ser, junto con Abbey Road, una de las calles más famosas del mundo, pero lo que me gustó es que no había nadie cruzando el paso de cebra ni haciendo fila para sacar una foto. Era una calle común y corriente. La caminé de punta a punta; en el medio encontré un centro comunitario y entré. La mujer que estaba detrás del escritorio me preguntó si podía ayudarla a rotar un PDF en la compu, le dije que sí y lo hice. “Por ayudarme, te voy a mostrar las fotos de un proyecto en el que estamos trabajando”. Y estuvimos como una hora mirando fotos de Penny Lane, esa misma calle, a lo largo del tiempo, antes y después de los Beatles.

Se robaron tantas veces este cartel que ya no lo ponen empotrado a la pared.

Se robaron tantas veces este cartel que ya no lo ponen empotrado a la pared sino así como lo ven.

Esta es Penny Lane

Esta es Penny Lane

En la entrada del centro comunitario Penny Lane.

En la entrada del centro comunitario Penny Lane.

En el patio del centro comunitario

En el patio del centro comunitario

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Salí, caminé hasta la esquina, y me encontré con un policía vestido de naranja que estaba cortando el (poco) tráfico para que los chicos que acababan de salir del colegio pudieran cruzar. Inferí (porque era obvio, por la ubicación) que ese debía ser el colegio al que había ido John Lennon, así que fui a mirar. No me generó nada (supongo que lo mismo que si hubiese ido a ver los hospitales donde nacieron), pero fue un detalle de color. Volví a la esquina donde estaba el policía y él solo me empezó a hablar. Me preguntó si estaba buscando algo en particular, le dije que estaba haciendo un walking tour independiente de los Beatles. Me hizo señas de que me pusiera al lado de él (en medio de la calle, mientras cortaba el tráfico), extendió el brazo y empezó a señalar:

—So you see there, that’s the shelter in the middle of a roundabout. Down the road there’s St Barnabas Church, where Paul McCartney sung as a choir boy and then stood as best man when his brother got married. And that way, you already saw, is where John Lennon went to school. (Ves allá, ese es el refugio en el medio de la rotonda —nota: en inglés, esas son las palabras exactas que aparecen en el tema Penny Lane. Más allá está la iglesia St Barnabas, donde Paul McCartney cantó en el coro juvenil y luego fue padrino en el casamiento de su hermano. Y allá, de donde venís, está el colegio al que fue John Lennon).

Y agregó:

—Paul and John used to meet at the bus stop here to go together to the center of the town. But you won’t find the Beatles here anymore! (Paul y John se encontraban en la parada del bus para ir al centro de la ciudad. ¡Pero ya no vas a encontrar a los Beatles acá!)

No. Pero puedo seguir escuchando sus letras, y esta vez en el lugar donde surgieron…

El policía simpático que me hizo un free standing tour.

El policía simpático que me hizo un free standing tour.

Más negocios de Penny Lane

Más negocios de Penny Lane

Y la iglesia

Y la iglesia

Penny Lane is in my ears and in my eyes

There beneath the blue suburban skies.

Así era el cartel anterior (este está adentro de un bar9

Así era el cartel anterior (este está adentro de un bar)

[highlight]* Cuarta parada: una caminata por el centro. En busca de los seres mitológicos.[/highlight]

Más allá de tour Beatle —que seguí al día siguiente con la visita al museo Beatle’s Story, donde hay réplicas a tamaño real de The Cavern, el estudio de grabación de Imagine, el submarino amarillo, la tapa de Sgt. Pepper, entre otras cosas—, Liverpool me gustó mucho. Me pareció una ciudad bien inglesa, real, con mucho arte y gente amable. Tal como me había dicho Greg. Mi anfitrión, además, me propuso un desafío: “Hay unas criaturas mitológicas en Liverpool, no se sabe si existen o no. Emilie dice que las vio una vez. Son las roller girls, chicas que salen de su casa muy bien vestidas y con los ruleros puestos. Si llegas a ver alguna por favor decímelo”.

Todo lo que vi caminando por el centro de Liverpool.

Todo lo que vi caminando por el centro de Liverpool.

La zona del puerto.

La zona del puerto.

Una princesa

Una princesa

Dentro del museo Beatle's Story

Dentro del museo Beatle’s Story

El submarino amarillo

El submarino amarillo

Imagine

Imagine

Una calle de Liverpool

Una calle de Liverpool

Y otra.

Y otra.

Y otra...

Y otra…

Y un mensaje.

Y un mensaje.

Dediqué mi último día a caminar por el centro y alrededores. Fui al puerto, al museo y en general deambulé por ahí. Me llamó la atención que había grupos de gente muy bien vestida (como si estuvieran yendo a una fiesta de casamiento), y después me enteré que estaban yendo a ver las carreras de caballos (un deporte, para ellos, tan importante como el fútbol). Cuando se hizo de noche fui a tomar el tren para volver a lo de Greg, y mientras esperaba en el andén los vi: ruleros que se asomaban, con orgullo —como diciendo sí, acá estamos, no queremos escondernos ni quedarnos en casa—, del pelo de una chica. Y de otra. Y de otra más. Avistamiento de tres figuras mitológicas en un mismo lugar y a la misma hora. Enseguida le mandé un mensaje a Greg: “Existen. Acabo de ver tres”.

Y, satisfecha, me subí al tren que me llevaría de vuelta a los suburbios de Liverpool.

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[box border=”full”]Algunas cosas al respecto de Liverpool:

  • Si son fans de los Beatles, vayan, por el amor de dios, vayan. 
  • Van a ver que hay un montón de tours y visitas guiadas por la ciudad y por los atractivos beatles (incluyendo las antiguas casas de algunos de ellos). Los buenos tours me parecieron muy caros, y los baratos no tenían buenas referencias. Así que investiguen. Hay guías especializados en los Beatles que pueden contarles y mostrarles un montón de cosas que de otra manera se perderían, pero son caros, sobre todo si están solos (para grupos es más barato). Lo bueno es que se puede hacer un tour independiente: usen google maps y caminen mucho.
  • Tienen que ver Magical Mystery Tour, por más que sea una de las películas más bizarras, de momentos mala y la menos popular de los Beatles, tienen que verla (déjense llevar, aunque no entiendan nada de lo que está pasando, y escuchen esa música). En realidad tienen que ver todas (a mí me encanta Help!).
  • Un buen libro para leer durante este viaje es [eafl id=”21083″ name=”El elemento” text=”‘El elemento'”], de Ken Robinson (uno de los educadores y oradores más importantes e influyentes de la actualidad, nacido también en Liverpool). Si bien no tiene nada que ver con los Beatles (o sí, porque pone de ejemplo a Paul McCartney, entre otros), el libro de Ken Robinson los hará pensar en ese talento que todos cargamos y que tenemos que escuchar (¿qué hubiese pasado si los Beatles le hubiesen hecho caso a algún profesor o pariente que les dijo que nunca iban a poder dedicarse a la música?). Léanlo. [/box]

Aprender surf en diez pasos

1. Enamorarte del mar 

No recordar cuándo lo conociste ni qué día era pero sí lo que sentiste la primera vez que nadaste en agua salada. Recordar que ese día te prometiste —aunque todavía no entendías mucho de la vida y no creías que fuera posible— que algún día vivirías frente al mar. Que tus mejores momentos de la infancia estén ligados al mar: la tabla de morey con la que barrenabas, la lata que llenabas de caracoles para llevarte a casa, el barquito inflable en el que te chocabas con las olas, el traje de baño que dejabas en la orilla para que no se mojara mientras vos nadabas, tu papá persiguiéndote por el agua para subirte sobre sus hombros y revolearte, los berberechos que se asomaban en la arena húmeda, los pececitos de colores que veías a través de tus antiparras, las huellas que dejaban los cangrejos en la arena, los baldes que llenabas de agua y las palitas con las que hacías castillos. Que desde muy chica, la arena (a veces blanca, a veces negra, a veces fina, a veces muy gruesa, suave, áspera, en todas sus presentaciones), el aire pegajoso (tan típico de costa), el pelo enredado (y lleno de sal), las gaviotas (en la orilla o en la ciudad) y las olas (el mar tranquilo también, pero sobre todo las olas) sean tu sinónimo de felicidad.

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2. Enamorarte del surf sin darte cuenta

Viajar en busca del mar y ver —al principio sin notarlo— que en todas las playas donde hay olas también hay personas subidas en sus tablas. Que te parezca algo tan natural que los tomes como parte del paisaje, como si el día que hubiese nacido el mar también hubiesen nacido los surfistas, como si las tablas hubiesen salido del fondo del agua y las olas hubiesen escupido surfistas al formarse. Verlos en todas partes del mundo, a donde sea que viajes, y decirte que a vos también te gustaría surfear pero que seguro ya es tarde. Mirarlos con admiración y envidia, soñar con hacer lo mismo y poner la excusa de que tendrías que haber empezado de chica, que ahora ya sos grande y no vas a poder pararte. Sacarles fotos. Fotografiar no a ellos sino al surf y a tus ganas de aprenderlo. Practicar otros deportes de agua (darte cuenta de que para los de tierra no servís), hacer natación, esquí acuático, navegar, remar en botes, canoas y kayaks, hacer snorkel, dar vueltas carnero en el agua, tirarte de cabeza. Decirte: algún día, en otra vida, me dedicaré al surf. Y seguir con lo de siempre.

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3. Dejar que el surf te encuentre

Olvidarte del surf. Empezar a viajar, abrir un blog, escribir, estar en redes sociales, conectarte con otros viajeros, que te inviten a un encuentro bloguero en España, que sea en Gijón (tierra de tu familia paterna), que el evento incluya actividades extra a elección, que una de ellas sea “bautismo de surf”, que te apuntes a esa sin pensarlo, que te digas por qué no, si no pruebo no voy a saber si puedo. Acordarte de que una vez, allá por el 2008, lo intentaste en Ecuador y no pudiste. Decirte que la tabla era muy chica y que el que te quiso enseñar tenía otras intenciones y no te sentiste cómoda ni segura. Olvidarte de eso y hacer de cuenta que empezás de cero. Que llegue el gran día, tener miedo y nervios. Ir con un grupo de blogueros, ponerte el neoprene, llevar la tabla más grande, escuchar las instrucciones, practicar las posiciones y saltos sobre la arena, sentirte segura y con confianza. Entrar al mar, posicionarte, acostarte sobre la tabla, remar con los brazos, sentir cómo la ola te lleva y pensar que ese momento es sublime, que sentir la energía del agua que te empuja debe ser una de las mejores sensaciones del surf. No pararte a la primera ni a la segunda pero sí a la tercera o cuarta. Con timidez, con euforia, con emoción, con ganas de saltar de alegría. Pensar que quizá es la suerte del principiante. O no. Saber que venís practicando mentalmente y deseando esto hace 28 años. Querer hacerlo toda la vida.

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4. Quedarte con ganas de más

Sentirte como si te hubieses enamorado a primera vista de alguien. No querer separarte nunca más. Entender que las pasiones se descubren a cualquier edad. Darte cuenta de que la vida es ahora y no algo que empieza cuando termines de estudiar, cuando cambies de trabajo, cuando te mudes de casa o cuando viajes a otro país. Sentir que dos horas de surf fueron muy pocas. Contar los días que tendrás que esperar para volver a hacerlo. Contar los países por los que tendrás que pasar antes de volver a hacerlo. Imaginarte una vida de surf: furgoneta más tabla más viajes en busca de olas igual felicidad. Encontrar un hilo conductor en tu movimiento por el mundo. No querer irte a Barcelona ni a Islandia ni a Francia ni a ningún lugar lejos del mar: querer quedarte en Gijón tomando más clases de surf. Pero seguir camino.

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5. Confiar en que se reencontrarán

Dejar Gijón como quien se separa de un gran amor. Prometerte volver y seguir aprendiendo en ese mar, encapricharte con las olas del Cantábrico. Mientras tanto presentar un libro en Barcelona, viajar a dedo a París, desafiar a Islandia, frenar en Vienne, bajar a la Provenza francesa, ir a la caza del macarron perfecto. Dejar pasar un mes sin surf. Empezar a dudar: y si lo intento otra vez y no puedo, y si no es lo mío, mejor lo dejo ahí. Terminar un mini viaje por Francia y no saber a dónde ir. Recordar que alguien (una compañera de la facultad que no veías hacia años y que apareció en la presentación de tu libro) te dijo que para surfear vayas a Biarritz. Hacerle caso a las señales. Viajar ocho horas a Biarritz y enterarte (tarde) de que llegaste en una temporada sin olas. Darte cuenta de que hacer surf no es solo ir al mar, sino informarte, chequear las mareas, corroborar que haya olas, ir en la época adecuada. No poder tomar clases pero conocer gente que se dedica a eso que querés, que vive viajando y siguiendo las olas, que tiene la misma vida que vos pero además de mochila carga una tabla. Que te demuestren que es posible. Irte de road trip a Mundaka, otro punto importante de surf en el País Vasco, y que tampoco haya olas. Encarar hacia Gijón, seguir encaprichada con esa ciudad asturiana, saber que ahí te espera una tabla, una escuela y un mar que te gusta.

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6. Disfrutar el ritual

Manejar varias horas entre bosques y bajo la lluvia, frenar en estaciones de servicio y escuchar música en el auto hasta que deje de caer agua, seguir manejando por el paisaje verde, volver a pisar Gijón después de un mes, mirar el mar y decirte: es acá. Ir a la misma escuela, ser la más grande del curso y que no te importe. Querer empezar ya. Amar el ritual de ponerte el neoprene, por más húmedo y pegajoso que esté, que te encante subirte el cierre, dejar todos los objetos guardados, liberarte del teléfono del wifi del whatsapp, ponerte la tabla bajo el brazo y salir a la calle descalza y sin anteojos. Que caminar por el asfalto sin nada en los pies sea otro de los momentos sublimes del surf: sentir que estás yendo en contra de la rutina de la ciudad, que no vas vestida como la ciudad espera, que no vas calzada como la ciudad espera, que no vas a hacer lo que la ciudad espera. Pisar la senda peatonal descalza, medir la temperatura con la planta de los pies, esperar a que los ojos se te acostumbren a la falta de anteojos, que la vista se te adapte. Bajar por una de las escaleras hacia la playa, sentir el cambio de cemento a arena, de rugoso a suave, de caliente a fresco. Entrar en calor, trotar, estirarte, practicar los movimientos en la arena, atarte el invento en el pie izquierdo, ponerte la tabla bajo el brazo otra vez y caminar hacia el mar.

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7. Entender que el equilibrio es todo

Cruzar las primeras olas de frente, encontrar un hueco y ponerte de espaldas a la rompiente, acostarte sobre la tabla, mirar por sobre el hombro. Saber esperar. Darte cuenta de que una vez que el mar empieza a empujarte, la tabla te responde a vos y a nadie más. Si te acostás muy adelante se hunde, si te acostás muy atrás se levanta, si ponés el peso demasiado para un lado se da vuelta. Hay que encontrar el punto justo y esa debe ser una de las cosas más difíciles de lograr (en la vida, digo). Agarrar la ola, sentir cómo barrenás, acordarte de cuando tu mamá te enseñó a hacerlo de chiquita, agradecerle mentalmente porque debe ser por ella que no le tenés miedo al mar. Una vez que estás en la ola, intentar pararte.

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8. Caerte y levantarte

Caerte. Darte cuenta de que por más que haya sido amor a primera vista, esta relación va a ser difícil, que al principio todo parece fácil pero si uno quiere seguir tiene que trabajar, esforzarse, tomar el control, ceder, entrar en clima, encontrar el punto justo, llegar al equilibrio adecuado. Levantarte. Estar parada en la tabla y no saber muy bien qué hacer, hacia dónde mirar, cómo poner el cuerpo, hacia dónde apuntar los brazos. Distribuir mal el peso y caerte. Volver a entrar al mar arrastrando la tabla, cruzar las olas, pensar que pasás más tiempo encontrando la posición adecuada que encima de la ola, pero que no te importe, que te guste todo ese proceso. Ver venir una ola, subirte a la tabla, empezar a hacer brazadas, que el agua te empuje, estar fuera de equilibrio, caerte. Repetir otra vez. Caerte diez veces más. Que después de varios intentos todo salga bien: ola, equilibrio, brazadas, pararte, avanzar, pero que alguna parte de tu cuerpo no esté apuntando a dónde debería y caerte otra vez. Y al rato pararte por unos segundos, que la ola te lleve hasta la orilla, bajarte de un salto y sentir que todo valió la pena. Y volver a entrar al mar.

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9. Dejarte llevar

Sentir cómo te empieza a dar adicción. No poder parar. No pensar en otra cosa que en la próxima ola. Desear que las dos horas no terminen nunca. Alinear cuerpo y mente, concentrarte, controlar cada parte de tu cuerpo, escuchar lo que te dicen los instructores: las manos así, el peso más así, la vista arriba, mirá los edificios y no tus pies, mirá la ola, mirá Gijón. Darte cuenta de que el surf también es un ejercicio de la mirada: aprender a mirar el mar, aprender a mirar las olas, aprender a mirar sin anteojos. Sentir que el agua es tu elemento, que este deporte es una terapia, que las olas también son buenas para meditar, que el agua te despeja la cabeza, que lo que más te gusta del mar es ser parte de su energía. Dejarte llevar por la ola y por tus pensamientos: quién habrá sido el primero en mirar el mar y decirse que estaría bueno tener una tabla y fabricársela, cómo será dedicarse a esto profesionalmente, claro los chicos que nacen en el mar hacen surf casi de manera instintiva, pensar que fui a tantas playas con olas y no me animé a probar, pero yo siempre dije que mis dos vocaciones  frustradas (o no desarrolladas) son de baterista y surfer, y si me compro una combi y una tabla, y si me las compro.

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10. No abandonar

Salir del agua. Tener el cuerpo cansado, los ojos rojos, el pelo hecho un desastre, el traje pesado, los brazos sin fuerza, los músculos comprimidos, pero sentirte más liviana, caminar como flotando, disfrutar el estar descalza sobre el asfalto otra vez. Sacarte el traje con mucho trabajo, ducharte, vestirte. Saber que sos una principiante, que el equilibrio te cuesta, que quizá no vas a poder pararte en una tabla más chica, que te llevará mucho tiempo pasar a olas más grandes, pero sentir que estás aprendiendo y disfrutar ese proceso más que nada. Porque a veces nos hacen creer que uno solo aprende de chico, que lo que no aprendiste en tus primeros años no lo vas a aprender nunca y es mentira, nos pasamos la vida aprendiendo. Y cuesta, empezar algo nuevo cuesta, pero cuando hay voluntad, nada es imposible. Por eso, ante todo: no abandonar, pase lo que pase. Aunque te frustres, aunque te caigas, aunque te golpees, aunque te lesiones, aunque un mal movimiento te obligue a pasar semanas sin poder usar la mano derecha, aunque te preguntes por qué justo ahora y justo acá, aunque te dé rabia, aunque te cueste tipear con una sola mano, aunque te cueste ser con una sola mano. El mar seguirá ahí y tus ganas también. Mientras haya olas habrá oportunidades. Así que todo a su debido tiempo: a veces la vida tiene otros planes para nosotros (o por lo menos otra agenda) y uno entiende el por qué mucho después. Pero eso sí: no hay excusas que valgan para abandonar lo que nos motiva.

*

Me encapriché con Gijón, con el Cantábrico y con Tablas Surf School. Gracias por las clases y la buena onda. Volveré.

Altea, el pueblo que todo lo cura

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No sé quién fue la primera persona que me dijo que vaya a Altea, pero Ana (mi anfitriona en Cartagena) me lo repitió: “Tienes que ir a Altea”. Hay lugares que ya suenan lindos por el nombre, y Altea  me gustó. “No sé si has estado en Cadaqués, pero es un estilo parecido, un pueblito blanco del Mediterráneo”. Sí, estuve en Cadaqués y me encantó. “Es un lugar para quedarte dos o tres días en un hostel a tu aire”, me sugirió. Busqué hostels y no encontré. Busqué hoteles y apartamentos en Altea y me parecieron muy caros. Me dije: todos los caminos conducen a Couchsurfing, ¿para qué evitar lo inevitable? Así que busqué anfitriones y mandé algunas solicitudes sin mucha fe. Una hora después ya tenía casa en Altea. Resultó ser que Michel (uno de los chicos que me alojaría junto a Sara y Miriam, los tres estudiantes de arte) había conocido mi blog hacía poco y no podía creer la casualidad. Yo no pensé (ni me imaginé) que podía tener lectores en Altea, pero sí.

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En su mensaje, Michel me recomendó llegar al pueblo en tranvía desde Alicante. Me dijo que si bien tardaría más que en coche, las vistas del tranvía eran parte de “la preparación psicológica” para visitar Altea, “el pueblo que todo lo cura”. La propuesta me gustó. Tanto, que a pesar de que el blablacar (esta palabra en España es sinónimo de coche compartido) al que me subí en Murcia iba directo a Altea, preferí bajarme en Alicante (a mitad de camino) y hacer el trayecto en tranvía sola. No le dije nada al conductor porque seguramente iba a pensar que estaba loca. Un poco sí. Pero ¿quién no necesita curarse de algo?

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Durante dos horas, el tranvía avanzó paralelo al mar Mediterráneo (cómo me gusta este mar, junto con el Caribe son mis preferidos) y atravesó pueblitos de esos en los que quiero vivir (¿y si dejo de viajar y me instalo en una de estas casitas? Uno deja muchas cosas de lado al no establecerse), plantaciones de naranjas (pero hay tanto mundo por conocer, no puedo frenar todavía), edificios de veraneo (qué lindo sol de invierno… ¿qué pensará esa chica en su balcón?), casas blancas (qué simpáticos los abuelitos esperando el tren) y túneles con graffitis (siempre hay arte cerca de las estaciones). Fui todo el trayecto escuchando canciones de John Lennon y dejando que mi mente fluyera. Quise leer pero no pude: me era imposible despegar la nariz de la ventana.

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Cada vez estoy más convencida de que los libros nos encuentran a nosotros, y no al revés. Unos días antes, estando en Madrid, revisé la biblioteca de mis amigos (se lo hago a todas las bibliotecas) y un título me llamó la atención: Lonely Planet’s Guide to Experimental Travel (lo cito en inglés porque estaba en ese idioma y no lo encontré en castellano ni en ebook). Lo abrí. El libro me proponía conocer lugares a través de distintos juegos o experimentos (por ejemplo: caminar —con ayuda de alguien— con los ojos vendados, tomar decisiones tirando los dados, explorar una ciudad a través de canciones que hablen de ella, dejar que un perro local te lleve a pasear, tomar un transporte hasta el final de su recorrido, trazar tu nombre en un mapa y seguir esa ruta, caminar siguiendo un patrón como izquierda-derecha-izquierda-derecha, ponerte una máscara de caballo y salir como si nada, entre muchos otros) y sentí que me llegaba en el momento justo. Si bien cada lugar que visito es nuevo y distinto, a veces la manera de conocerlo (llegar – salir a caminar – sacar fotos) se me vuelve repetitiva y un poco monótona. Así que tomé nota de los experimentos que más me gustaron y me propuse ir combinándolos, de vez en cuando, con ciudades nuevas.

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Cuando llegué a Altea me olvidé del libro e hice lo de siempre: salí a caminar sin un rumbo demasiado predeterminado. No sé si fue porque era la hora de la siesta, porque es temporada baja o porque llegué yo, pero las calles del casco histórico estaban casi desiertas. Y, como me pasó cuando estuve en Cadaqués (mi pueblo de los gatos), había tanto silencio que todos los sonidos me llegaban amplificados: mis pasos, las campanadas de la iglesia, alguien sacudiendo la ropa en la ventana, gaviotas charlando a lo lejos, un nene bajando escaleras a saltos, una hoja seca contra el empedrado, el clac de mi cámara de fotos. Como parte del pueblo está construido sobre una colina, las calles no son rectas sino laberínticas y las casas están ubicadas en distintos niveles y unidas por escaleras en caracol. Así que hice lo que casi siempre termino haciendo en lugares así: caminé sin pensar, dejando que me guiara la intuición. ¿Esa escalera a dónde llevará? ¿Se podrá pasar por ahí? Me gusta esa planta. Qué buen felpudo. ¿Y por allá qué habrá? Qué lindo detalle las flores en la ventana. ¿Se verá el mar desde todos lados?

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Y no sé bien cómo fue que pasó y me cuesta un poco explicarlo, pero en algún momento de la caminata me abstraje del tiempo y del espacio (es decir, me olvidé de que era miércoles y de que estaba en Altea, Provincia de Alicante, España, Europa, Planeta Tierra) y empecé a sentir que estaba dando un paseo por mi inconsciente. Fue como si mi mente se hubiese hecho pueblo y Altea se hubiese convertido en la representación a gran escala de mi cabeza (con todos sus recovecos) y de todo lo que tengo guardado ahí. Me sentí como dentro de Inception (“El origen”, la película con Di Caprio, donde los escenarios de los sueños los fabrica un “arquitecto” y los puebla “el soñador” con imágenes de toda la gente que alguna vez se cruzó en la vida) o, tal vez, como metida en un cuadro de Dalí o Magritte. Así que, con esa sensación de estar paseando por mí misma, me puse a jugar.

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Si el pueblo representa mi mente, toda la gente que me cruzo son personas que conozco (o que por lo menos vi alguna vez) o facetas mías. Los objetos representan mis etapas o experiencias. La arquitectura y el arte, mis gustos o deseos. Vamos a ver. Ahí van M y D, hablando de los temas que siempre conversamos; mirá la cabeza de Buda en la ventana, es de mi época asiática; le dije “buenas tardes” a la señora, ella me miró con mala cara y no me respondió; “me estoy meando”, dijo una chica que pasó al lado mío, y yo un poco también; qué buena escena ese señor fumando una pipa, asomado a la ventana entremedio de flores y macetas, está ahí listo para ser fotografiado y yo no me animo a hacerlo por no molestarlo, me odio; ohpordios creo que me acaban de sacar una foto, así se debe sentir la gente a la que intento fotografiar sin que se de cuenta; estos van hablando inglés y los de allá francés, idioma que quiero aprender; esas zapatillas colgando del cable me hacen pensar en Praga y en la señal de la droga/ex-virginidad (según el país), en Big Fish y en ese pueblo raro en el que todos andan descalzos… Me senté a tomar un café en un barcito (una de mis actividades preferidas) y vi, por la ventana que tenía al lado de mi silla, que una mujer frenaba con su labrador blanco impecable. Una de las mozas salió del bar, acarició al perro y le puso una galletita con forma de corazón en el marco de mi ventana, del lado de afuera. No llegué a agarrar la cámara porque quería ver qué pasaba. El perro miró la galletita, miró a la dueña y, cuando la moza le hizo un gesto, se la comió. Me pareció una escena demasiado idílica y sacada de alguna parte muy cursi de mi cabeza.

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Mientras bajaba hacia la costa, pensé: “Este es un pueblo para venir con Maru” (mi amiga de toda la vida, una de las pocas personas con las que hablo de inconsciente a inconsciente) y ahí quise cambiar las categorías tradicionales (“pueblo de veraneo”, “pueblo mediterráneo”, “medina árabe”, “ciudad asiática”, “bla”) por mis categorías subjetivas (“pueblo para venir con Maru”, “pueblo para curarse”, “pueblo para viajar en otoño”, “pueblo para jugar”) y empecé a imaginar enciclopedias subjetivas, con opiniones de su autor (siempre tan invisible), del estilo: “este ítem no se me da la gana explicarlo”, “la leche de chufa me suena a bebida de búfalo”, “la naranja no es solo una fruta, también es mi color preferido”, “sí, Buenos Aires tiene tal cantidad de habitantes, pero para mí es treinta ciudades en una”, y así: poco dato duro y mucha anécdota. Y ahí me dije: mejor le aviso a mis lectores que mis relatos del mundo son tan subjetivos como esa falsa enciclopedia en primera persona. Yo suelo enamorarme de lugares y tener experiencias que tal vez para otros nada que ver, por eso es un peligro que se guíen demasiado por lo que escribo.

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Cuando llegué a la costa escuché uno de los mejores ruidos de mi vida (las olas arrastrándose sobre cientos de piedritas), así que me senté en un banco y me quedé un largo rato haciendo terapia de mar. Y ahí me acordé: uno de los juegos que propone el libro de viajes experimentales es el de automatic travel (viajes automáticos, parecido al concepto de escritura automática que consiste en pasar el fluir de conciencia al papel sin pensar en lo que se escribe). Dice: “Escapá de las restricciones o límites de la razón viajando automáticamente (sin pensar qué hacés ni a qué lugares vas) y fijate a dónde te lleva tu subconsciente”. Convertir el fluir de conciencia en caminata y recorrer sin pensar. Algo que suelo hacer bastante (tal vez no llevado al extremo) y que esta vez, sin proponérmelo, me generó una sensación nueva e ideas raras.

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—¿Por qué decís que Altea es el pueblo que todo lo cura?

Le pregunte a Michel una tarde que salimos a caminar. Y cuando lo dije en voz alta, me escuché.

—Perá: ¿que todo lo cura o que todo locura?

—Ja, que cura. Es que mucha gente que conozco vino acá en momentos no muy buenos de su vida, se quedó a vivir y se sanó…

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Altea proviene del griego Althaia y significa “yo curo”. Sus calles tienen nombres como Remedios, Salud y Consuelo; su clima es moderado, tiene paredes blancas que tranquilizan y el mar de fondo. Bien podría ser un gran sanatorio (lugar donde se sana). Es un pueblo de artistas: la única carrera universitaria que se dicta es Bellas Artes y gran parte de su población son estudiantes o gente que se dedica al arte. Después de pasar tres días me fui a Valencia y, mientras esperaba a Dani (mi siguiente anfitriona) en la puerta de su trabajo, me di cuenta de que por fin empecé a sentir que estoy donde tenía que estar.

Todo se alineó.

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Fragmentos de Bolivia (2): Potosí sin fotos

Es muy fácil apoyarse en las fotos. Decir Potosí es así, tomá, y poner una foto. Decir En Potosí las mujeres se visten así: foto. En Potosí las construcciones tienen estos colores y estas formas: pum, foto. La imagen siempre dice mil y un palabras, le gana a todo. Sacar fotos me hace vaga, me hace mirar menos, me hace retener los detalles por menos tiempo. Por eso apenas llegamos a Potosí decidí hacer una visita libre de fotos.

(…)

En las calles de Potosí pasan tantas cosas a la vez que no podría capturarlas en fotos: son instantes muy efímeros. La mirada de los nenes desde sus aguayos, las manitos que se escapan de ese capullo de colores, la nena vestida de mini cholita de la mano de su mamá, el bebé jugando con su hermanito en la vereda, una señora que le rocía agua a sus porotos (con mucho amor), dos chicas que levantan la tapa de un tacho y se encuentran con un montón de papas cortadas, un ciego que le toca la cola a una cholita con su bastón —por error, asumo—, la mirada de ella que se da vuelta de golpe (indignada).

Casi todas las personas que están en las veredas venden algo, sobre todo las mujeres, cada una un rubro específico: jugo, flores, frutas, porotos, pan, roscas de Navidad, queso, marshmallows (me lo dice así, en inglés), helados.

La gente camina por el medio de la calle, hay un caos silencioso y fresco. Ordenado. Me siento en la vereda de una plaza y observo. Hay unas cincuenta mujeres sentadas en fila, una al lado de la otra, en medio de la calle. No sé si es normal o no. Mi mirada porteña me sugiere que es un piquete de cholas (horas después nos confirmarían que efectivamente era una protesta). El semáforo que está encima de ellas pasa de rojo a verde pero nadie lo mira. La barrera de mujeres corta el tráfico (que tampoco hay). Están tan para la foto que no resisto y saco algunas con el celular, de lejos, sin mostrar caras.

Lo que más me gusta es su ropa: no hay dos mujeres que estén vestidas iguales. Las observo como si fuese a dibujarlas: zona por zona, detalle por detalle. Primero hago un relevamiento de gorritos (el autocorrector me pone: “un relajamiento de gorditos”): sesenta por ciento son negros y abombinados, el treinta por ciento son de varios tonos de marrón, el diez por ciento está compuesto por “otros” (con flores, con moñito, de tela, de jean). Alguien nos dijo que una vez llegó un cargamento de estos gorros por error a Bolivia y fueron furor (y los adoptaron como parte de la vestimenta). Más adelante nos enteraríamos de que se usan a causa de la colonización española.

Observo a una señora (cholita también, porque acá en Bolivia más del 60 por ciento de la población es indígena) que se quedó dormida en un banco de plaza junto a sus tres amigas que también duermen. Todas tienen sus bolsitas rayadas de colores, parece la bolsa de los mandados. Las cuatro usan pollera campana (no se ve a una cholita con pantalón): una lisa, otra a lunares, otra cuadriculada, la otra con flores. Cada una con su delantal y sus medias largas o polainas de lana. Y todas con dos trenzas negras hasta la cintura, unidas con pompones al final. Dos están tapadas hasta los ojos con sus ponchos. Una se despertó y teje. ¿Cada cuánto se harán las trenzas?

Al lado mío se sienta una señora. La miro, me mira, le sonrío, me sonríe mucho. El arte de sonreír se practica en todo el mundo. Es uno de los lenguajes universales. La señora me ve escribiendo y saca su libreta. Estamos a la sombra, el sol está fuerte. Las mujeres del piquete se van moviendo hacia la sombra, una abre un paraguas rosa, otra se cubre la cabeza con un periódico. Tal vez esa calle sea el punto de encuentro de las cholitas: como nunca vine a esta ciudad, no sé qué es normal y qué no. Lo que más me llama la atención es el silencio: el altiplano boliviano tiene pocos ruidos. Se explota un globo y una nena sale corriendo. Me asusto.

Necesito aprender todas esas palabras que aparecen implícitas en las fotos: ¿cómo se llama lo que está dentro de las polleras y les da forma de campana? ¿Cómo se llaman esos cosos del piso por los que está corriendo la nena? Me doy cuenta de cuánto nos apoyamos en la imagen. A lo lejos veo a mi doble: a primera vista parezco yo. Es rubia, gringa-looking, está sentada en un banco escribiendo en su cuaderno. Es la Aniko que sigue viajando sola por ahí. Se levanta y se va. Es peligroso cruzarse con otra versión de uno mismo. Mejor que ninguno de los dos se de cuenta y todo siga su rumbo normal.

Seguimos caminando. La ciudad es colonial, está repleta de edificios con balconcitos, entradas en arco y colores pasteles descascarados. Edificios coloniales que olvidaré. Es imposible recordar todo lo que uno ve, es imposible quedarse con el detalle de cada uno de los ejemplares: siento que me quedo con una idea de “lo colonial”, así como me quedo con una idea general de “las cholitas”.

En las calles de Potosí abundan, a saber: los dentistas, los abogados, las peluquerías, las farmacias, los oculistas, los centros de internet fotocopias anillado. Me llama la atención lo de los abogados: ¿tanto trabajo tendrán? Colores más usados en las paredes: salmón del pacífico, verde navideño, blanco agrisado, turquesa desteñido, amarillo patito. Un señor restaura el frente de una casa y la hace quedar desconectada del resto: está demasiado blanca.

Nos paramos frente a un cartel de Prohibido tocar bocina y escucho un bocinazo: es para Damián que está sacando una foto en el medio de la calle. Se lo ganó.

Un borracho llora en una esquina y se abraza a un poste. Dos policías mujeres pasan al lado y nos miran con poca simpatía. Las calles son tan angostas que cuesta hacer las curvas, los autos y los buses se suben al cordón. Trato de recordar todas las fotos que podría estar sacando, de verlas, de previsualizarlas sin capturarlas. Son momentos que no volverán. Mejor así. El cordón de la vereda es tan angosto que no me entran los pies, es un cordón talle 37. En una puerta dice, cuatro veces, Cuidado con el perro: debe ser bravo, o quizá es un Beetlejuice hecho can. Sale música romántica de un local: nos asomamos y se ve la foto de una chica con poca ropa. Es un calendario y está puesto sobre una silla, para que ella esté cómoda.

Me digo que es imposible fotografiarlo todo. No se puede, es como querer conocer todo. Me cuesta resistir pero lo hago, casi no saco fotos. Estoy cansada de mis fotos. Odio ver fotos sin seleccionar, sin criterio, y siento que las mías están así, poco pensadas. Me digo: hacé de cuenta que tenés una Polaroid y que cada imagen vale plata. Me pierdo un montón de fotos, ¿y qué? ¿Qué pierdo en realidad? Si el momento lo vi igual.

Escribo este texto mientras caminamos. Literalmente. Voy frenando en mitad de las calles, apoyo el cuaderno sobre alguna ventana o banco y tomo nota. No quiero olvidarme de nada.

[box border=”full”]Este post forma parte de mi nuevo intento de mini-serie: “Fragmentos de Bolivia”.
Pedacitos de mi tercera visita a este país.

– Fragmentos de Bolivia (1): croniquita de un viaje en bus
– Fragmentos de Bolivia (2): Potosí sin fotos [/box]

Usted está aquí

Wherever you are, you are here
(John Lennon)

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A medida que avanzamos hacia el norte de Chile me empieza a pasar algo raro: me olvido de en qué parte del mundo estoy. Durante varios días mi cabeza mezcla muchas cosas: por un lado, voy leyendo “El interior” de Martín Caparrós (el relato de su viaje por el interior de Argentina) y cada vez que miro por la ventana pienso, por un segundo, que estoy en alguna ruta pampeana; por otro, me adelanto mentalmente a nuestro próximo destino: Bolivia; de a ratos me siento en Perú (ciertos lugares de Chile me recuerdan mucho a los pueblos costeros de Perú, país en el que pasaremos Navidad con mis amigas); y de repente me acuerdo: estamos en Chile. Para sumarle a esto, todos los días sueño con estar en Asia (una paradoja: cuando llegué a Tailandia, primer país asiático que visité, deseé poder teletransportarme a América Latina. Ahora quiero que sea al revés). Es la ansiedad, tan típica de mí, y ese no poder frenar los pensamientos de deseo de estar siempre en un lugar distinto al que estoy. Un viajero no piensa en el último viaje sino en el próximo, dicen. Y a veces me pasa que no pienso ni siquiera en el que estoy, sino en el que me gustaría estar.

Los chilenos que conocimos durante este viaje nos hablaron mucho acerca del valle de Elqui —un lugar, al parecer, bastante místico y energético— así que nos vamos para allá desde Coquimbo, ciudad de la en la que estamos haciendo Couchsurfing. Cuando llegamos a Pisco Elqui, uno de los pueblos del valle, mis tiempos (el mental, el real) se alinean. Aunque de esto me daría cuenta después. Los primeros días estoy bastante triste: no tengo ganas de hacer nada, no quiero estar en ningún lugar. Ni en Chile, ni en Argentina, ni en Asia, ni en el planeta Tierra. Si un ovni me ofreciera llevarme bien lejos le diría que sí. Todos tenemos heridas que sanar y yo estoy con las mías.

[singlepic id=7757 w=625 float=center]  Pisco Elqui

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[singlepic id=7766 w=625 float=center]  Oscuridad

Como no tenemos carpa nos quedamos en un hostal, el primero desde que empezamos a viajar. La primera noche nos sentamos a charlar con Santiago, el dueño, y con el resto de los viajeros. Santiago nos cuenta historias extraordinarias de sus viajes (viajó, y mucho), pero hay una que me queda grabada: una vez, las circunstancias hicieron que se quedara viviendo y trabajando de cocinero en Rurrenabaque (la selva de Bolivia), en una posada que recibía grupos de gente con problemas psiquiátricos. Una agencia organizaba viajes de un mes por Bolivia y Perú para grupos de 10 o 12 personas que habían sufrido situaciones de mucho estrés. Iban con médicos y viajaban en un ambiente muy controlado: los sometían a situaciones “extremas” (como caminar por la selva durante horas o enfrentarse con animales salvajes) para hacerlos reaccionar y devolverles un poco de vida. El objetivo era que se despejaran mentalmente, que se recuperaran gracias al viaje. Y mientras Santiago habla, pienso en voz alta: “Claro: viajoterapia”. Nunca había hecho esa unión de palabras, pero me resulta demasiado obvia y no sé cómo no me di cuenta antes: los viajes también curan. Son terapia para el alma.

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Pasamos dos días en Pisco Elqui sin hacer nada. Por “nada” me refiero a que no salimos a andar a caballo por las montañas ni vamos a conocer otros pueblos. A mí, por lo menos, no me sale otra cosa que hacer nada. A la vez me siento un poco culpable, como si estuviese perdiendo el tiempo: “Estoy acá, quién sabe cuándo volveré, y no estoy haciendo nada de lo que debería estar haciendo”.

Unos días después entiendo por qué. 

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La tarde que nos estamos por volver a Coquimbo me siento a comer un poco de pan en el jardín y aparece un personaje peculiar: un señor con unas rastas muy rubias, una barba muy larga y un aspecto muy hippie. Me habla como si ya hubiésemos charlado antes:

—Oh man, that San Pedro I took two days ago is still making me sick. I haven’t been able to eat for 48 hours.

Al parecer tomó San Pedro y hace dos días que se siente muy mal del estómago y no puede comer. Lo único que hace es dormir. Le respondo en inglés y en algún momento de la conversación me dice: “Your accent sounds different today” (“Tu acento suena distinto hoy”). No sé a qué se refiere, así que le respondo, como intentando explicarle por qué mi acento es raro: “I’m Argentinian” (“Soy argentina”). Y ahí se da cuenta de que me confundió con otra huésped del hostal, pero lo bueno es que la situación es una buena excusa para empezar a charlar. Damián se suma a la conversación y, sin darnos cuenta ni haberlo planeado, hablamos durante horas.

Se presenta como Bunny Man, es de Estados Unidos, tiene 54 años y empezó a viajar a los 38 (“empecé tarde”). Tiene un hijo y una hija y da la vuelta al mundo (solo) dos veces por año. ¿Cómo? Trabaja en la Marina de Estados Unidos (como civil) y cada año se embarca en Japón en una misión secreta (“no puedo contarles de qué se trata, pero estamos en busca de un submarino”). Tiene varios meses al año de vacaciones y los usa para viajar. Camina sin zapatos y es una de esas personas llena de enseñanzas y puro amor. Está viviendo en el hostal hace tres semanas: “Cuando estuve en Egipto pasé varias semanas yendo de un oasis a otro, está vez pensé ¿por qué no quedarme solamente en un oasis durante varias semanas?”. Y eso hace: él simplemente está acá.

[singlepic id=7760 h=625 float=center] El Hostal San Pedro, donde pasamos varios días haciendo viajoterapia sin darnos cuenta

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Hablamos acerca de los viajes, del miedo que tienen muchas personas a salir de su ciudad, de sus experiencias en Asia y África, del poder del amor, de la necesidad de generar un cambio de conciencia mundial, de todas esas cosas que vistas de lejos suenan hippies y new age pero que, en mi opinión, son las que salvarán al mundo. Nos enganchamos tanto en la conversación que decidimos posponer nuestra vuelta y quedarnos una noche más en Pisco Elqui para seguir charlando con él. Se generó una conexión tan linda que por primera vez en varios días siento que quiero estar ahí y en ningún otro lugar. Esa noche, Bunny Man recupera el apetito (ofrecimos cocinarle algo) y empieza a sentirse mejor. Nos dice, varias veces: “Wow, you two are healing me, I feel hungry again. Thank you! Make sure to write it down” (“Ustedes dos me están curando. Volví a tener hambre. ¡Gracias! Asegurate de escribirlo”). Yo le digo: “We are healing each other, so thank you too” (“Nos estamos curando mutuamente, así que gracias también”).

Al día siguiente, cuando nos despedimos, le pregunto:

—Después de 16 años de viajar, ¿crees que las despedidas se hacen más fáciles?
—No, siempre son difíciles.
—Por eso prefiero decir “nos vemos pronto” en vez de chau.
—Entonces nos vemos pronto.

Mientras volvemos a Coquimbo pienso que, en definitiva, no hicimos nada en el valle de Elqui, y esa fue la clave de la viajoterapia. Hay lugares donde lo que importa es estar. No “ver” ni “hacer”, sino estar. Situarse en ese tiempo y en ese espacio y vivir el presente. Ser consciente de que uno está ahí, en un momento irrepetible, y entregarse por completo. Ser capaz de decirse a uno mismo: you are here (me gusta más la versión en inglés de esta frase, porque “are” puede significar tanto “estar” como “ser”), estoy acá, soy acá. Y no querer estar en ningún otro lugar.

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[box border=”full”] Más información de Pisco Elqui: 

– Buses desde La Serena a Pisco Elqui: 4000 pesos chilenos. El bus de vuelta cuesta 3000.

– El valle de Elqui es ideal para mirar las estrellas. Se hacen tours astronómicos, yo me quedé con muchas ganas pero no pude porque estaba nublado. Cuestan entre 12.000 y 15.000 pesos chilenos por persona. Sino, simplemente siéntense a mirar el cielo de noche.

– En Pisco Elqui hay varias tienditas donde comprar comida y cocinarse. Los precios son los mismos que en el resto de Chile (nos habían dicho que era mucho más caro, pero nos pareció igual).

– Lo lindo del valle es recorrer sus pueblos. Lo lindo de Pisco Elqui es estar ahí y relajarse mentalmente.

– Muchas gracias Santiago, dueño del Eco Hostal San Pedro, por la amabilidad y las historias. Lugar muy recomendado para quedarse. Es de los hostales más económicos de Pisco Elqui y está muy bien cuidado. Tienen más info en su web. [/box]

Crónica de dos principiantes viajando a dedo

Desde que me junto con otros viajeros tengo con quien hablar de temas como los litros de la mochila, los plugins del blog, las mejores rutas para ir a tal lado, la necesidad de llevar carpa o no, la rutina de la no rutina, viajar sola, viajar acompañada, la fotografía de viajes y, recientemente, el autostop (lo que en Argentina se conoce como “hacer dedo” y en otros países de habla hispana como “pedir un aventón”, “pedir el chance”, “jalar dedo” y “pedir cola”). Entre los chicos de Magia en el Camino (que en este momento están viajando a dedo por África) y Los Acróbatas (que están dando la vuelta al mundo a dedo) me convencieron: a Viajando por ahí le llegó la hora de viajar a dedo.

 [singlepic id=6088 w=625 h= float=center] N de la A.: como bien dije, en este viaje no me traje la compu porque no pensaba postear, pero las ganas son más fuertes que yo, así que pedí una compu prestada para subir esto. Como no estoy trabajando con mi compu no sé qué tal quedarán las fotos, así que no esperen demasiado despliegue fotográfico. 

La decisión surgió hace unas semanas cuando Damián y yo empezamos a planear un viaje a la provincia de Córdoba (tengo familia en Nono y quiero visitarlos). En principio íbamos a ir en tren (hay un tren muy barato que sale los viernes desde Retiro y llega a ciudad de Córdoba unas 15 horas después), pero nos colgamos con los pasajes y cuando quisimos comprar estaban más que agotados. Yo creo que parte de ese cuelgue fue a propósito, así que ahí surgió la gran pregunta: “¿Y si nos vamos a dedo?”. Después del “¿y por qué no?” empezó la etapa de investigación, también conocida como El Bombardeo de Preguntas Principiantes a Los Acróbatas y a Todos los que Alguna Vez Hayan Viajado a Dedo, a saber:

¿Cómo se hace dedo? ¿En qué parte de la ruta te parás? ¿Y si no te frena nadie? ¿Hay que hacer un cartelito con el nombre del destino? ¿Cuánto es lo máximo que esperaron? ¿Cuál fue la vez más rápida? ¿Y si estás en medio de la nada y se hace de noche? A ver extendé el brazo y hacé de cuenta que hacés dedo y que yo te levanto, ¿qué me dirías? Ellos con toda la paciencia del mundo nos dieron todos los consejos (y fuerzas) que necesitábamos y nos aseguraron que nos iba a ir re bien. Algunas de las cosas que nos dijeron (y que todos sus fans queremos ver próximamente en un post en sus blogs) fueron: “Lleven un buen mapa” (nos recomendaron el Atlas de Ruta Firestone y con ese viajamos), “párense en los peajes, en las estaciones de servicio, en los cruces, en cualquier lugar donde los autos o camiones puedan frenar”, “Salir de Buenos Aires a dedo por autopista es muy difícil” (uf, sí que lo fue!), “vayan bien vestidos y bañados” y “sonrían mucho y hagan contacto visual, los autos no se frenan con el dedo sino con la sonrisa”.

Y entre una cosa y otra, casi sin darnos cuenta, llegó el Gran Día. Como mi último “compromiso formal” en Buenos Aires era la presentación de RedViajAR, habíamos decidido irnos al día siguiente, viernes. Armé la mochila medio a las apuradas y nos fuimos al Talar (provincia de Buenos Aires, partido de Tigre) para salir desde ahí la mañana siguiente. El viernes nos despertamos y estaba lloviznando. Genial. ¿Qué hacemos? ¿Vamos igual? Creo que ninguno de los dos estaba demasiado convencido (y yo estaba bastante nerviosa), así que dijimos: “Vamos a ver qué onda y si no podemos nos volvemos”. Salimos a eso de las 10 de la mañana y creo que debemos haber roto algún tipo de récord, porque en un mismo día nos tomamos 8 transportes distintos para hacer menos de 250 km. Yo sentí que estábamos en una misión de Fugitivos o algún programa por el estilo.

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Transporte 1: el 57 al peaje de Pacheco

Los Acróbatas nos recomendaron ir al peaje de Pacheco y salir a dedo desde ahí, así que nos subimos al colectivo y cuando le preguntamos al chofer si nos podía bajar en el peaje nos dijo que no (y no tuvo piedad). Una señora que estaba sentada en el primer asiento nos vio con las mochilas y nos preguntó, emocionada, a dónde íbamos. Le contamos que queríamos ir a dedo a Córdoba y nos dijo, efusiva (mientras me agarraba la mano): “¡Ay mi amor! ¡Qué lindo!” y, por lo bajo, ” Qué poco gaucho este chofer… Ojalá encuentren mucha solidaridad en el camino, que es lo que hace falta. ¡Buen viaje!”. El conductor nos bajó a varias cuadras del peaje y nos dejó cerca de una estación de servicio a la salida del Tortugas Shopping. Más perdidos que enano en manifestación (?) nos pusimos a la salida la estación de servicio y extendimos el pulgar sin demasiada convicción y sintiéndonos un poco ridículos (por lo menos yo). En menos de 5 minutos frenaron tres autos. “¿A dónde van chicos?”. “A Rosario”. Todos iban a Escobar. Nos subimos al tercer auto.

Transporte 2: Cristian, también conocido como “los levanté porque tienen cara de buena gente”

“Hago esta ruta todos los días y nunca levanto a nadie, pero ustedes tienen cara de buena gente”, nos dijo Cristian, el primer buen cristiano que nos levantó en esta travesía. Creo que más que cara de buena gente teníamos cara de perdidos en la autopista de la locura. “La veo difícil chicos, no creo que los levante nadie. Además para ir a Rosario tienen que irse a la Ruta 9 en Escobar, los voy a dejar en la parada de un colectivo que los lleva para allá”. Le agradecimos el corto viaje y nos quedamos parados en una esquina esperando el próximo transporte.

Transporte 3: colectivo a Ruta 9 (Escobar)

Sin saber muy bien qué hacer nos subimos a un colectivo que nos llevó a Escobar. Después de unos 20 minutos nos bajamos enfrente a una estación de servicio, entramos a comprar un jugo y nos pusimos a hacer dedo en la salida (nuevamente con poca convicción y sensación de estar haciendo el ridículo, por lo menos yo). “¿A dónde van chicos?”, nos preguntó alguien desde enfrente. Era el conductor de un camión; lo había dejado estacionado y estaba yendo a comprar algo a la estación de servicio. “Los llevo hasta Zárate, suban”.

[singlepic id=6089 w=625 h= float=center] Foto de San Nicolás, ciudad en la que finalmente pasamos la noche

Transporte 4: En un camión de los cartoneros

Nos acercamos tímidamente al camión y comenzó el trayecto más surrealista del viaje a dedo. La mujer del conductor se bajó y nos abrió la parte de atrás para que nos subiéramos a la caja: “Chicos, perdonen si está sucio, es que acá llevamos a los cartoneros. Cualquier cosa que necesiten golpeen, estamos adelante”. Cerró la puerta, trabó y nos dejó casi en la oscuridad total. Las únicas ventanas que teníamos eran dos agujeritos en el techo y la información nos llegaba desde afuera por medio de sonidos: las bocinas de los autos indicaban que seguíamos en la autopista, una rama que golpeó contra el techo era señal de que habíamos rozado un árbol, los golpes sobre la chapa nos decían que había empezado a llover. Bárbaro, con lluvia, a dedo, todavía sin casi haber podido salir de la ciudad… Un rato después frenamos, se abrió la puerta y el conductor nos dijo que él salía de la autopista, así que nos bajamos creyendo, como nos había dicho, que estábamos en Zarate.

Fuera Zarate o no, estábamos literalmente En Medio de la Autopista. Empezamos a caminar por la banquina y llegamos a un puesto de venta de lombriz (“El Toro siempre tiene lombriz”, aseguraba el cartel). No sabíamos muy bien dónde pararnos ya que no había ningún peaje, ninguna estación de servicio, ninguna intersección, ningún pueblo, ninguna parada de colectivo, ningún lugar donde los autos pudieran frenar. Yo, la verdad, la pasé mal durante un rato y tuve ganas de irme a mi casa y olvidarme de todo (lo confieso). Extendimos el pulgar, siempre con una sonrisa, y finalmente frenó una Ford roja (soy malísima con los modelos de autos así que no esperen especificaciones más que “auto, camioneta o camión”).

[singlepic id=6087 w=625 h= float=center] Dentro de transporte número 7

Transporte 5: Nacho, también conocido como “¡Tengo una resaca!”

Nacho frenó emocionadísimo: “¡Qué lindo chicos! ¡Qué ganas de irme con ustedes!”. Cuando nos subimos nos avivamos de que estábamos en Campana y no en Zárate, así que Nacho nos llevó para allá. En el viaje nos contó que recién se despertaba, que estaba yendo a buscar a su cuñada, que había ido al boliche la noche anterior y que tenía bastante resaca (incluso nos mostró la copa de plástico en la que había tomado champagne o algo similar). Nos dejó en una estación de servicio y nos dijo, otra vez, que si hubiese podido se venía con nosotros. Cuando le preguntamos su nombre nos pidió, con emoción, que lo mencionáramos como parte de nuestro viaje (¡claro que sí!).

Interludio en una estación de servicio.

Ya eran como las 2 de la tarde así que almorzamos, recargamos energías y charlamos con un camionero que estaba almorzando en la mesita de al lado. “¿De dónde son chicos? Ah, pensé que eran extranjeros, por ella…” (qué raro). Le contamos lo que estábamos haciendo y nos recomendó tomarnos un colectivo hasta el peaje Buenos Aires – Rosario y pararnos ahí. La gran constante del día fue esa: “Acá nadie los va a levantar, para hacer dedo tienen que ir a (fill in the blanks)”. Pero no le hicimos caso y nos pusimos a hacer dedo a la salida de la estación, en varios puntos distintos, durante una hora sin suerte. Buenos Aires no nos largaba… Qué difícil era encontrar el punto justo para hacer dedo en la autopista.

Transporte 6: el bendito colectivo hasta el peaje

Finalmente decidimos tomar el colectivo hasta el peaje y apenas nos bajamos se largó a llover. Los camiones pasaban pero ninguno frenaba… Tantas posibilidades de transporte acelerando frente a nuestras narices y nosotros sin paraguas… Unos minutos después frenó un camión, abrimos la puerta con un Aleluya de fondo y le preguntamos si iba para Rosario. “Voy a San Nicolás”. Listo, nos subimos nomás, no podíamos dejar pasar esa oportunidad.

[singlepic id=6094 w=625 h= float=center] En el hueco-cama

Transporte 7: El Camionero Salvador, también conocido como El Profesor de Autostop

No anoté su nombre y ahora no me lo puedo acordar, pero para mí siempre será El Camionero que nos Salvó de la Lluvia en Nuestro Primer Día de Viaje a Dedo y nos dio Una Clase Magistral de Autostop. Damián se sentó adelante al lado de él y yo me metí adentro de un “hueco” ambientado como cama. Algunos de sus comentarios y tips fueron: “Yo siempre levanto mochileros, el otro día llevé a una pareja que iba con sus hijos. A vos te van a subir porque vas con ella, porque sino hay muchos que tienen miedo si ven a un pibe solo. (…) Mejor que no hagan dedo de noche y si vas a dormir ponete de ese lado porque si te apoyás de ese lado y hay un accidente chau (…) Si te subís un camión ofrecé de cebarle mate al conductor (…)”. En algún momento del viaje me dormí y cuando me desperté estábamos en San Nicolás.

[singlepic id=6092 w=625 h= float=center] El río en San Nicolás de los Arroyos

Decidimos pasar la noche ahí, ya eran casi las 6 de la tarde y yo estaba muy cansada. El transporte número 8 y último del día fue un colectivo hasta el centro de San Nicolás. El veredicto de Juan Villarino, quien viajó en más de no sé cuántos miles de vehículos a dedo por países como Irak, Irán y Afganistán (además de Europa, América y Asia), fue: “Está bien, se curtieron”. Somos dos novatos y este fue nuestro bautismo.

[singlepic id=6091 w=625 h= float=center] Burbujas con la Basílica de San Nicolás de fondo

[singlepic id=6095 w=625 h= float=center] Feliz y cansada tras un largo día

 

Montevideo con Paula (parte 2 de 2)

[box border=”full”] El mundo

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso— reveló. —Un montón de gente, un mar de fueguitos.—
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

(De El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano)[/box] [singlepic id=5574 w=625 float=center] [singlepic id=5575 w=625 float=center]

***

Este post es la continuación de Montevideo sin Paula. Entre ambos conforman la crónica de mis diez días en la capital uruguaya.

[singlepic id=5659 w=625 float=center] Pau y yo

***

Parte 2: Montevideo con Paula
(o El maravilloso y fantástico mundo de Pau y Ani)

Día P: Sábado. Llega Pau. La marmota se despierta. Empiezan a pasar cosas insólitas.

Hoy es el día P (P de Pau, obvio). Estoy feliz, mi amiga llega a eso de las 6 de la tarde.

Paso la tarde en el jardín botánico y en el jardín japonés con gente de Couchsurfing: Andrea y Fer (una pareja uruguaya muy simpática que se está por ir de viaje a Guatemala y Belice), Gustavo (un chico de Tenerife que está viviendo en Uruguay), Andrés (el chico que “me reconoció” ayer en el colectivo y que resulta que también es couchsurfer), Emilia (mi amiga brasilera, esa que conocí hace dos años y medio en Montevideo y con la que me volví a encontrar acá), Alexandre (un amigo brasilero de Emilia) y Rebecca (su hija). La excusa de la reunión es hacer burbujas gigantes, pero hay tanto viento que salen medio malas. Así que vamos al súper, compramos comida y nos quedamos haciendo picnic al solcito.

[singlepic id=5619 w=625 float=center] Con Emilia, Andrea y Fer en el botánico

[singlepic id=5628 w=625 float=center] El jardín japonés

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A las 6 me voy a Tres Cruces (la terminal terrestre de Montevideo) para recibir a Pau. Vino con su valijita tamaño pocket. Ella es pocket y es genial. Se las presento. A Pau la conocí en uno de los mejores lugares del mundo: las escaleras del Wayna Picchu. ¿Vieron que en las fotos típicas de Machu Picchu se ve, de fondo, una montaña con forma de cara acostada? Bueno, ese es el Wayna Picchu. Si llegan temprano a Machu Picchu, como yo aquella vez que fui en el 2008, pueden ser uno de los pocos cientos de privilegiados que suben al Wayna Picchu para ver las ruinas desde arriba. Ahí mismo, en esa escalera, en esa montaña, en ese momento conocí a Pau, a su hermana Flor y a Vero, tres chicas argentinas que hoy son de mis más amigas. Pau es muy genia, aunque no me deja hablar mucho de ella (es humilde y no quiere aceptar que es una genia) (ya veo la cara que me estás poniendo mientras lees, Pau, ¡lo lamento! yo solamente digo la verdad), así que me acotaré a relatar los cuatro días ESPECTACULARES (término que le robé a ella) que vivimos juntas en Montevideo. Si los seis días que estuve sola en Montevideo fui una marmota en estado de hibernación, los cuatro días que pasé con Pau estuvieron cargados de realismo mágico…

[singlepic id=5678 h=625 float=center] Pau

La noche de la llegada de Pau nos encontramos con Eduardo, un chico uruguayo de Couchsurfing, en Isla de Flores y Santiago de Chile (Barrio Sur) para ver los tambores, una de las tradiciones montevideanas que más me gustan. En esta oportunidad nos toca ver a Cuareim, uno de los grupos de candombe de Montevideo. Si visitan Montevideo no pueden dejar de ver el candombe, esta expresión cultural de origen africano que surgió durante la época colonial y tomó forma en conventillos como Medio Mundo y Ansina.

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Hace frío, así que nos paramos cerca de las llamas. Antes de empezar a tocar, los instrumentos se calientan al lado del fuego. Espero, paciente e impaciente a la vez. La última vez que estuve en los tambores fue hace más de dos años; era verano, era la misma hora pero todavía era de día. Ahora hace frío, mucho. Empieza el toque. Van por el medio de la calle y nosotras caminamos al lado, los vamos acompañando desde la vereda. Al rato frenan a descansar. Tengo tanto frío en los pies que no puedo caminar más. Estamos por irnos cuando un amigo de Eduardo, músico de la banda La Tabaré, nos dice que tiene dos entradas gratis para la ópera: en este mismo momento están presentando Turandot (de Giacomo Puccini) a pocas cuadras de donde estamos, así que aceptamos el regalo y nos vamos los cuatro a ver la ópera. La ópera. O sea: pasamos de tambores a ópera en pocos minutos. Llegamos al teatro, tenemos solamente dos entradas pero nos dejan pasar a todos igual… esos milagros montevideanos.

[singlepic id=5636 w=625 float=center] De esto…

[singlepic id=5637 w=625 float=center] … a esto. Así de sorprendentes son los viajes.

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***

Día F (de feria, de fuego): Domingo. Feria callejera. Burbujas. Rock. Oda al fuego.

Nos despertamos. El frío no tiene piedad. Hago el esfuerzo por no re-marmotearme. Salimos a pasear con Fosse (mi amigo que nos está alojando) a la feria Tristán Narvaja, una feria callejera que se realiza todos los domingos en Montevideo desde hace más de cien años. Como en todo mercado de pulgas, acá se ve y se consigue de todo: libros, antiguedades, lámparas, pipas, cuadros, ropa, animales, tambores, frutas, verduras y un larguísimo etcétera. Nos perdemos un rato entre los puestitos. Me compro mi primera planta. Sí: nunca tuve una planta propia (cuya existencia dependa solamente de mí) en toda mi vida. Esto de viajar hace que no pueda tener plantas ni gatos. Espero que esta sobreviva.

[singlepic id=5638 w=625 float=center] Me compré una parecida a esta.

[singlepic id=5643 w=625 float=center] Imágenes de la feria Tristán Narvaja

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Pau está con que quiere comer mejillones, así que nos vamos a Punta Carretas, el punto más austral de la costa de Montevideo a comer pescado fresco. Mejillones no hay, pero pedimos rabas, papas fritas con cebolla, pedacitos de pescado rebozado y provoleta. Todo en la gama del amarillo. Una delicia. Salimos a caminar pero el frío es demasiado torturador.

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Esa misma tarde nos mudamos a lo de Andrea y Fer, los chicos de Couchsurfing que conocí ayer en el jardín botánico y que ofrecieron alojarnos. Cuando llegamos a su casa nos encontramos cara a cara con lo que parece el paraíso: un living divino con dos sillones enormes, una alfombra y una estufa a leña (¡prendida!). Nos la pasamos los siguientes diez o quince minutos gritando: “¡Nooo! ¡Qué buena estufa! ¡Espectacular! ¡Qué lindo que está acá!”. Casi casi hacemos una danza tribal de agradecimiento frente al fuego, pero no sabemos los pasos, así que desistimos. Después de haber pasado varias noches sin calefacción, el calor del fuego es una bendición.

[singlepic id=5667 w=625 float=center] Mi amigo Chucho y su banda Rockadictos

A la noche nos vamos a ver el recital de Rockadictos (banda de mis amigos) y Buenos Muchachos en un bar de Ciudad Vieja. Volvemos a la casa y nos vamos a dormir felices con el fuego y las estufas. Nos despertamos en medio de la noche con mucho calor y un ataque de risa incontrolable. Nos la pasamos quince minutos riéndonos irónicamente: “¡Ah no, pero acá no se puede estaaaar, hace demasiado calor! ¡Mañana nos mudamos eh!”. Qué lindo que es reírse estando de viaje. Qué lindo que es viajar con amigas con las que compartís tantos códigos y cosas en común. Qué buen invento que es el fuego.

***

Día C (de casino): Lunes. Tu pasaje no sirve. Le aposté al 30 y ganamos.

Desde que llegué a Uruguay estoy bastante desconectada de internet. Estoy, realmente, de vacaciones.

Antes de salir a pasear se me ocurre chequear los mails y me desayuno con una lindísima y grata noticia de Colonia Express (la empresa de barcos que hace el trayecto Buenos Aires – Colonia y con la que tengo planeado volver el jueves, en tres días). El mail dice lo siguiente:

“Por medio del presente, le informamos que por un error en el sistema se la ha permitido acceder a algunos pasajeros a la frecuencia del 19/7. Dicha salida no está programada ya que ese día no contamos con frecuencias a Buenos Aires. Le pedimos disculpas por los inconvenientes ocasionados, y le ofrecemos las siguientes alternativas para que Ud pueda elegir la más conveniente: reprogramar su salida para el viernes en cualquier de los horarios disponibles o devolverle el dinero abonado.”

Traducción: el pasaje que compraste con más de un mes y medio de anticipación NO TE SIRVE. Pero te lo decimos ahora, tres días antes de que salgas, para que ya no puedas conseguir nada a buen precio y tengas que pasar los últimos días de tu viaje preocupándote por comprar un pasaje nuevo para poder volver en la fecha en la que tenías planeado volver.

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[singlepic id=5669 w=625 float=center] Va una foto de un gato para que el momento sea menos tenso

Me indigno. Realmente me indigno ante la situación. Generalmente viajo sin planes y sin fechas, pero esta vez compré la vuelta para el jueves 19 por un solo motivo: para estar presente en el cumpleaños de mi hermana. Así que quiero volver el jueves sí o sí. No me sirve que me cambien la fecha. Nos vamos a Tres Cruces a reclamar. Lo que nos dicen en el mostrador de Colonia Express parece un chiste: “Tienen que reclamar por mail a Buenos Aires. Cuando reciban la respuesta —que generalmente tarda 48 horas— tienen que imprimir el mail y traerlo acá así se lo muestro a mi supervisora y vemos cómo hacemos con el cambio o la devolución”. Increíble. Finalmente decido comprar un pasaje en Seacat que me cuesta el doble de lo que me costó el de Colonia Express. Apenas tengo una computadora cerca mando un mail a Colonia Express para que me devuelvan la plata y me cubran la diferencia del pasaje que saqué con Seacat. (Al día siguiente, me llega un mail diciendo “que me devolvieron la plata + la diferencia”. AL DÍA DE HOY TODAVÍA NO ME DEVOLVIERON NADA.)

[singlepic id=5632 w=625 float=center] Después de tanta queja nos agarra hambre…

[singlepic id=5633 w=625 float=center] y vamos en busca de un bodegón como este.

Salimos de Tres Cruces y preguntamos cómo llegar a Parque Rodó. “Ah no chicas, ¡están muy lejos! ¡Como a 15 cuadras!”. Ya sabemos, pero queremos caminar. “¡Pero es muy lejos!”, nos repite una mujer muy simpática que se preocupa mucho por nuestra seguridad y nuestras piernas. Son casi las 3, quedamos en encontrarnos con chicos de Couchsurfing a eso de las 4 y todavía no almorzamos. Estamos antojadas de pastas. Yo le digo a Pau que seguro que en el camino vamos a encontrar algún barcito, pero caminamos y no vemos nada abierto. Entramos a un quiosco y le preguntamos al dueño si sabe de algún bodegón o lugarcito para comer. Nos dice que por esa zona no hay nada. De repente se ilumina: “Miren, acá cerca hay un restaurantito donde se come muy bien y es barato. Está adentro de una clínica, en la próxima cuadra”. Así que terminamos comiendo vermicceli al pesto en el café de una clínica de barrio. Después nos hacemos un par de electrocardiogramas, ya que estamos.

 [singlepic id=5649 h=625 float=center] Algunas fotos de niños uruguayos

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Vamos un rato al Parque Rodó a encontrarnos con los chicos de couch. Pasamos una linda, aunque breve, tarde (el sol baja muy rápido en invierno) y nos despedimos. Vamos hacia la Rambla. Hace mucho frío y tenemos ganas de ir al baño. Lo más cercano que vemos es el casino, así que entramos con el plan de usar el baño e irnos. Apenas cruzamos la puerta, el de seguridad nos mira y yo me río con un poco de nervios (“Seguro que se dio cuenta de que entramos solo para ir al baño”, pienso).

—Chicas, ¿cuántos años tienen?

—¿De verdad nos preguntás? ¡No lo puedo creer! ¡Qué halago! Yo tengo 27 (le digo)

—A ver, muéstrenme el documento…

—Bueno, pero en realidad te mentí. Tengo 26, cumplo 27 en diez días…

—Está bien, pasen chicas, pero tienen que dejar la mochila en el guardarropas.

—Venimos a usar el baño nada más, ¿igual tenemos que dejarla? Son cinco minutos.

—Sí. Si fuera una cartera podrían llevarla, pero como es una mochila…

Ahí me pongo medio tarada (ya venía muy tentada por lo de que nos pidieran documento), agarro mi mini mochila y le digo al guardia, con buena onda: “O sea que si uso la mochila de mochila no puedo entrar… pero… ¿y si la uso de cartera?” (y me pongo la dos tiras en un brazo y la acomodo como si fuera una canasta). Se ríe. No, igual hay que guardarla.

[singlepic id=5674 w=625 float=center] No tengo fotos en el casino, así que van algunas random.

Vamos al baño y cuando salimos Pau me dice, con total convicción: “Ani, juguemos. Siento que tenemos que jugar un número”.

Compramos el mínimo: una ficha de 200 uruguayos (10 usd) entre las dos y nos posicionamos al lado de la ruleta. ¿Alguna vez vieron a dos chicas inexpertas que no tienen ni idea de cómo comportarse en un casino? Se lo perdieron entonces. Esas somos nosotras. Yo jamás jugué a la ruleta y no sé ni cómo es que se hacen las apuestas. El tipo (no sé cómo se le dice al que te da las fichas) nos cambia la ficha de 200 por 10 fichas de 20. Agarramos cinco cada una y empezamos a apostarle a distintos números. Primero le juego al 27 (ya que le dije al guardia que yo tenía 27…) y Pau le juega a un número que no recuerdo. No sale ninguno. En la segunda o tercera vuelta decido jugarle al 30. Como entre que hacemos la apuesta y giran la ruleta pasan varios minutos, me olvido de que le jugué a ese número y me pongo a charlar con Pau de otras cosas. De repente escucho: “Neeegro el treinta”. Me quedo dura. La miro a Pau. Miro el tablero con las apuestas. “Pará Pau, ¡¡yo le jugué al 30!!”, grito. Pau me pone una de las mejores caras que le vi en mi vida y se empieza a reír tanto que llora. Yo no aguanto la risa y estallo. Somos dos locas riéndonos como dos gallinas en medio de la seriedad del casino. Lloramos de risa. Suerte que fui al baño recién porque sino me hacía encima. Nos ganamos 700 pesos uruguayos (de los cuales jugamos 200 más), recuperamos nuestra pequeña inversión y encima nos quedamos con algo. No lo podemos creer, es LA anécdota del viaje. Entramos al casino para ir al baño, le jugamos a la ruleta y ganamos.

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***

Día M (de momentos mágicos): Martes. Ahí va.

Hoy es nuestro último día en Montevideo. Mañana nos vamos a Colonia y el jueves ya nos volvemos a Buenos Aires. Pero la magia no cesa… Nos pasan cosas como estas:

* Salimos a caminar con Andrea y en la calle me encuentro una carta (un 3 de espadas), la primera desde que llegué a Uruguay.

* Vamos a almorzar chivitos y nos atiende la moza con más buena onda del mundo. Es muy simpática y pareciera que con nosotras dos, más. Incluso nos da un beso y nos desea buen viaje. ¿Será que emanamos algún tipo de energía positiva? Yo creo que sí.

* Queremos ir para Ciudad Vieja y, sin saberlo, nos tomamos el colectivo que más vueltas debe dar: el 191. Si el camino era recto, este bondi dibuja todo tipo de figuras geométricas para llegar de A a B. Nos encanta: es como un city tour gratuito.

* Nos agarra un ataque de uruguayensis y empezamos a repetir las palabras ta, ahí va, bo y seguro en todas las frases. :)

* Caminamos por Ciudad Vieja y nos encontramos, de casualidad total, con mi amigo Fosse (el que me alojó durante mi etapa marmota). Él está trabajando pero se toma un descanso y nos acompaña a pasear por ahí.

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Y en el medio de esto nos reímos, revivimos el momento del casino, sacamos fotos, charlamos, nos relajamos, nos olvidamos de todas las preocupaciones y respiramos ese aire montevideano tan cargado de tranquilidad, de buenas vibras y de magia.

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Lo de siempre: rutas, regateo, sandwiches y cabras en el baúl

Fue lo de siempre. Una mañana decidimos dejar el desierto y partir rumbo al Valle del Todra (en el Atlas Central, la zona montañosa de Marruecos), así que armamos las mochilas (un trámite que con el tiempo se aprende a hacer cada vez más rápido), salimos en busca de un taxi (algo casi imposible a esa hora del día en Hassi Labied), tuvimos que respirar profundo (yo especialmente) y salir a caminar por la ruta con la esperanza de que pasara algún taxi o alguien nos levantara. No sé cuánto caminamos (¿2 kilómetros? ¿media hora?), sólo sé que la temperatura iba subiendo, en promedio, un grado por minuto (¿no será mucho?). Finalmente llegamos a una intersección, hicimos dedo y nos levantaron enseguida (mejor dicho: Andi llegó mucho antes que yo a la intersección, hizo dedo y, cuando yo llegué, ya teníamos transporte). Nos metimos en el baúl de la 4×4 y nos fuimos rumbo a… Perdón chicos, ¿a dónde van? le preguntamos a la pareja de españoles/africanos de Melilla que nos había levantado hacía unos minutos. Vamos a Erfoud, así que los dejamos ahí. Buenísimo, nos queda de camino a Todra. Vamos a Erfoud nomás.

[singlepic id=4357 w=625 float=center] Para que se den una idea: eso que ven ahí a lejos, chiquitito, son las dunas de Erg Chebbi. Desde ahí caminamos (y un poco más) hasta que llegamos a la intersección.

Unos 50 kilómetros de viaje después llegamos a Erfoud, bajamos en una estación de servicio, preguntamos por los buses a Tinherhir (ya que teníamos que ir ahí sí o sí para llegar al Valle del Todra) y nos enteramos que el siguiente salía dentro de dos horas, así que nos acercamos a la zona de la estación y nos sentamos a comer lo de siempre: un sandwich marroquí con carne, verduras, papas fritas y mucho picante. Lo curioso del asunto fue que el mozo nos mostró el menú (en teoría de “su” restaurante), pedimos los sandwiches y, sin ningún tipo de disimulo, se fue a encargarlos a otro restaurante y nos los trajo a la mesa un rato después. Fue muy difícil comunicarnos con él ya que casi no hablaba español ni francés (ojo que yo tampoco hablo francés eh, pero estas semanas aprendí palabras y expresiones básicas como para poder sobrevivir, y cuando no las uso le hablo a todo el mundo en español con mucha entonación como para que entiendan lo que digo por inferencia) (muy mal lo mío), pero cuando le dijimos que nos íbamos a Tinherhir nos dijo (con tono de cuasi orden): “A la estación, ¡vámonos!” y nos escoltó hasta la parada de buses que estaba medio escondida a unas cuadras del restaurante.

[singlepic id=4358 w=625 float=center] Un sandwich como los de siempre. De esos que se van a cansar de comer si vienen a Marruecos. Cuando termine mi viaje: post gastronómico. (Esta foto no pertenece al sandwich que nos comimos aquel día en Erfoud, pero va a modo ilustrativo como para que se den una idea).

En la estación, otra vez: lo de siempre. Compramos el pasaje a Tinerhir (el bus salía dentro de unos 20 minutos) y se nos acercó un tal ¿Hamid? de turbante amarillo que nos ofreció albergue familiar en Todra, hash, artesanías y tazas de té, sólo para mirar amigos, buen precio. Y si queríamos, hasta nos hacía un combo por todo. Pero dijimos que no, como siempre en Marruecos sabemos que cuando hay intermediarios, los precios suben y el plus que pagamos se convierte en la comisión del hombre del medio. Entre tanta charla se hizo la hora, llegó el bus local, dejamos las mochilas en el portaequipaje y tuvimos que ponernos firmes para que no nos cobraran de más (en Marruecos los buses de larga distancia cobran por el equipaje: la tarifa local es 5 dirham por bulto, pero a los extranjeros siempre intentan cobrarnos 10). Bah, ¿eso fue esta vez? Cuando subir y bajar constantemente de los buses se convierte en una rutina, todo se me empieza a mezclar: precios, distancias, paisajes, kilometraje. ¿Fue en este viaje que cruzamos por las montañas? ¿Fue en este trayecto que un bebé no paró de llorar? ¿Fue en este bus que se subió uno a ofrecernos alojamiento y, cuando le dijimos que no, nos pidió que le devolviéramos la tarjetita del hotel? Ah, no, eso fue en… ¿Fue en este viaje que metieron una cabra en el portaequipaje? Sí. Eso sí que lo recuerdo porque me causó entre gracia e indignación. Y el diálogo fue algo así:

(Andi estaba semidormido y se estaba perdiendo la situación)

—Andi.

—¿Qué?

—Mirá por la ventana. Están metiendo una cabra en el baúl.

Forcejeo. Balidos. Cabra adentro. Baúl (portaequipajes) cerrado. Chillidos y golpes. Arrancamos. Pobre cabra.

[singlepic id=4355 w=625 float=center] Esta foto es de unas cabras que conocí en Asturias (España). Ellas probablemente no pasaron por la traumática situación de ser metidas en un baúl en un bus de larga distancia. ¿O tal vez sí?

[singlepic id=4356 h=625 float=center] Un niño que iba mirando todo por la ventana, concentradísimo.

Cuestión que después de ¿cuatro? ¿cinco? ¿tres? horas llegamos a Tinerhir y apenas bajamos del bus nos interceptó Un Tal Alí. Al parecer, el amigo de turbante amarillo que habíamos conocido en la estación de buses de Erfoud lo había llamado por teléfono para avisarle que dos extranjeros estarían arribando a la estación de Tinerhir en equis cantidad de horas, que iban con mochilas, que uno tenía rulos y la otra un pañuelo naranja, cambio y fuera. Enterado. Aunque a esa altura ya nada me sorprendía: los marroquíes están siempre al acecho para venderte un tour, llevarte al alojamiento de su amigo/hermana/abuelita/papá, y/o ofrecerte hash amigo, polen, chocolate, opio, LCD, cocaína, ¿qué quieres? o la droga que se te ocurra (si no existe aún, ellos te la inventan).

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Este Tal Alí (que es el de la foto de acá arriba), un hombre de bigote y contextura muy pequeña, nos dijo que tenía un hotel muy lindo con “vista panorámica” (otra frase que escucharán a lo largo y a lo ancho de este país), barato y “cerca” de la Garganta del Todra. ¿Qué tan cerca? Como a treinta minutos caminando… Ay Alí, Alí. Ya sabemos que con ustedes tenemos que multiplicar todo por dos o por diez. Pero como no teníamos ningún lugar reservado de antemano, no sabíamos muy bien a dónde ir y Este Tal Alí nos prometió un buen precio (5 euros cada uno en una habitación o 2.5 euros por dormir en el living) y un “ambiente familiar” decidimos ir a ver el lugar. Nos fuimos los siete en taxi colectivo, y por siete me refiero a Alí, Andi, el conductor del taxi, otro que iba adelante al lado de Alí (o a upa quizá), dos mujeres que iban atrás con nosotros ocupando dos tercios del asiento y yo, estrujada. Una experiencia común en un taxi cualquiera de Marruecos.

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Sube al taxi, nena, los hombres te miran…

Llegamos al albergue (llamado, cancheramente, Albergue Alí) y esta vez nos salió bien. El lugar tenía una terraza con una vista así:

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Como para despertarse todas las mañanas, respirar hondo y sentirse feliz desde temprano. Alí, además, resultó tener muy buena onda y ser muy hospitalario: por la módica suma de 80 dirham (menos de 8 euros) tuvimos habitación (del tamaño de un loft) con vista panorámica, desayuno, cena y hits musicales como Everything I do (I do it for you) de Bryan Adams, Desert Rose de Sting y Pump it de los Black Eyes Peas en función Repeat.

Al día siguiente decidimos hacer un trekking de siete horas por el Valle del Todra y eso sí que no fue lo de siempre.

[singlepic id=4347 w=625 float=center] Empezamos acá

Por primera vez estuve en un oasis de montaña. Y yo que creía que los oasis solamente existían en el desierto.

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Por primera vez caminé por los Atlas Centrales de Marruecos (y me cansé bastante).

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[singlepic id=4365 w=625 float=center] Y tuve algunas caídas, como esta (y a Andi registrando cada momento cual paparazzi que es)

[singlepic id=4320 w=625 float=center] ¿Ven eso chiquito ahí entre las montañas? Desde ahí veníamos caminando.

Por primera vez conocí a nómadas trogloditas (que viven en cuevas en la ladera de una montaña).

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[singlepic id=4323 w=625 float=center] Sí. Viven ahí.

[singlepic id=4328 h=625 float=center] Nuestro guía con uno de los niños trogloditas

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[singlepic id=4333 h=625 float=center]El padre troglodita

[singlepic id=4338 w=625 float=center]Una de sus mujeres

Por primera vez llegué a un pueblo construido en la base de un cañón (en la Gargante del Todra, para ser exacta).

[singlepic id=4343 h=625 float=center] ¿Lo ven, ahí abajo?

Por primera vez pude fotografiar a una mujer marroquí. Bah, no fue por primera vez, pero hace tanto que no fotografiaba a una que me pareció como si fuese la primera vez una vez más…

[singlepic id=4345 w=625 float=center] Esta simpática señora es la mamá de Alí

Cuando se hacía de noche hicimos dedo y volvimos los nueve en un taxi-colectivo, y por nueve me refiero a Andi, Nordim (nuestro guía), dos mujeres que iban sentadas atrás, un hombre que también iba sentado atrás (¿arriba de quién?), el conductor, una madre e hija que iban adelante, otro hombre que iba sentado adelante entremedio del resto, y yo, estrujada. Lo de siempre en un taxi marroquí, Versión Extrema. Adivinanza: ¿cómo se hace para meter a nueve personas en un auto? Te vas a Marruecos, te comprás un Mercedez Benz y te hacés taxista. Vas a ver cómo entran nueve y tal vez hasta diez sin problemas.

[singlepic id=4363 w=625 float=center] Y queda lugar para un par más en el baúl… (Foto: Andi)

Al día siguiente decidimos seguir camino. Antes de partir, Ese Tal Alí —que a esta altura ya se había convertido en Nuestro Nuevo y Queridísimo Amigo Alí— nos dijo que tenía un hotel para recomendarnos en Ait Benhaddou (nuestra próxima parada): “es un lugar así como el mío, familiar, con buen precio, buena gente”. Nos dio el teléfono del dueño, Un Tal Hassan, nos acompañó en taxi a Tinerhir (no nos dejó pagar), nos escoltó a la estación de buses, nos ayudó a comprar el pasaje y ahí otra vez lo de siempre. Primero nos dijeron que el bus barato salía dentro de una hora y el caro salía YA, pero como siempre estamos en plan ahorro compramos el pasaje para el bus barato (tiempo es lo que sobra) y resultó ser que ese también salía YA. Así que nos comimos otro sandwich de 10 dirham a las apuradas (esta vez preparado in situ en la calle, de pollo asado y salsa misteriosa), nos arrimamos al bus, nos peleamos para que no nos cobraran de más por el chamuyo ese del equipaje, subimos al bus local y nos fuimos rumbo a Ourzazate.

[singlepic id=4361 w=625 float=center] Yo con mochilas (la cara de mala onda fue momentánea, es que tenía el sol de frente)

Tres horas después llegamos a Ourzazate. Salimos de la estación. Momento de enfrentarnos a los taxistas: Queremos ir a “Uadlemala” (ni sé cómo se escribe ni tampoco cómo se pronuncia, sólo sé que suena similar a “Guatemala” y que es el pueblo que está antes de Ait Benhaddou). “Bueno, vienen conmigo, 150 dirham por los dos.” “JAAAA” (hace un tiempo optamos por reírnos cada vez que nos pasan un precio ridículo como ese), “no, no, queremos ir en taxi colectivo por 10 dirham cada uno como corresponde”.El taxista (como todos) se hizo el enojado, hizo de cuenta que estamos pidiendo algo imposible, nos analizó con la mirada y finalmente nos hizo el gesto de que subiéramos (como siempre). Este (como muchos) aventuró a pedir extra pour le bagagge; le dijimos que no, que ningún taxi nos cobró extra pour le bagagge y que no teníamos planeado empezar a pagarlo ahora. Resoplidos del taxista, mirada matadora y arriba que nos vamos.

Fuimos a toda velocidad por la ruta de montaña, árida, rumbo a ese pueblo que no sé escribir ni pronunciar. Cuando llegamos, ni rastros de Hassan (quien, en teoría, estaría ahí esperándonos para llevarnos a su hotel): lo único que teníamos enfrente nuestro era un pueblo polvoriento y con poco movimiento. Lo llamamos por teléfono nuevamente y nos dijo fuéramos a Ait Benhaddou en taxi, que él nos esperaba en el hotel. Ay Hassan, Hassan. Así que otra vez: taxi, precios ridículos, regateo, risas, no vamos a pagar pour le bagagge, déjenos en la Rose Du Sable. ¿Es acá? ¡Pero esto es un hotel de verdad! ¡Y a precio de amigos! Gracias Alí, gracias por cruzarte en nuestro camino en aquella estación de buses (o tenemos que agradecerle, tal vez, al de turbante amarillo de Erfoud…). Hassan nos recibió y nos repitió, nuevamente, una palabra que debe ser la más usada en todo Marruecos:

“Bienvenidos”.

[singlepic id=4295 w=625 float=center] En el próximo post: Ait Benhaddou

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Información útil para visitar el Valle del Todra:

  • Para llegar al Valle del Todra desde Merzouga (desierto) hay que ir primero a Rissani o Erfoud y de ahí tomar el bus a Tinerhir (cuesta unos 30 dirham + 5 por el equipaje y tarda tres horas).
  • Cambio (marzo 2012): 1 euro = 11 dirham
  • Para alojarse en el Valle del Todra hay varias opciones: quedarse directamente en la Garganta del Todra (también llamada Todra Gorge) o quedarse en alguno de los pueblos cercanos. Nosotros nos alojamos en el Auberge Alí y pagamos 160 dirham por la habitación (dos personas) con media pensión. El lugar tiene una vista muy pero muy inspiradora. Por si quieren ir, la dirección es “Douar Ait Chaib Sur la Route Des Gorges De Todra 45800 Tinghir”, y los teléfonos 0660308076 y 0653641597 (pregunten por Alí).
  • En el Valle del Todra hay varias opciones de trekking: el trekking de un día por la Garganta del Todra incluye el oasis, las cuevas nómadas y la garganta (cuesta alrededor de 20 € por persona con comida), el trekking de tres días a la Garganta del Dades cuesta 150 € por persona con comida y alojamiento.
  • Para ir del Valle del Todra a Ait Benhaddou hay que volver a Tinerhir y tomar el bus a Ourzazate (35 dirham, 3 horas de viaje), de ahí tomar un taxi compartido a Uadlemala (no sé cómo se escribe este lugar, pero se pronuncia así como lo leen) (10 dirham por persona) y de ahí otro taxi-colectivo a Ait Benhaddou (5 dirham). [/box]

Fez: Elige tu propia aventura
(El primer post interactivo de Viajando por ahí)

[box border=”full”]No sé si vale la pena que les cuenta que Fez es una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos junto con Rabat, Marrakech y Meknes. O que les diga que es, además, la capital del Islam del país. ¿Cambiará en algo que sepan que tiene un millón de habitantes y está dividida en tres sectores? Igual les comento: Fez está conformada por Fez el-Bali (la medina o zona antigua, rodeada de murallas), Fès el-Jdid (la zona nueva, donde está la Mellah o barrio judío) y la Ville Nouvelle (la zona francesa). Sin embargo, nada de esto importa. No cambia en nada que les diga que la medina de Fez es la mayor zona peatonal del mundo, que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que es una de las mayores ciudades medievales del planeta. No importa, porque Fez es una locura. Fez es uno de sus lugares para ver en primera persona, para experimentar con el cuerpo entero y los cinco, seis, o siete sentidos. Fez es confusión constante. Fez es perderse en cada esquina. Fez es conocer personas a cada paso. Fez es frustrarse y alegrarse a la misma vez. Fez es una aventura a todo momento, una decisión tras otra, un enorme conjunto de intersecciones por tomar. Por eso, he aquí el primer post interactivo de Viajando por ahí: un Elige tu Propia Aventura marroquí en Fez. Que lo disfruten.

(Una aclaración antes de empezar: este post está armado con Flash, así que si no podés ver lo que aparece abajo, tenés que descargar la última versión del Flash Player de Adobe. Si podés ver todo bien, dale click a “Que empiece la acción” y a jugar se ha dicho! Y si te gustó, compartilo!) [/box]

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“Bienvenidos a nuestro mundo”: Tres días en la medina de Tetouan

Hay algo que ocurre entre el viajero y cada ciudad a la que llega. Existe un momento —a veces efímero, a veces perdurable, a veces paradójicamente inexistente— en el que el ritmo vital de ambos —opuesto, distinto, desincronizado por naturaleza— se funde, se combina en un mismo fluir. El viajero —extraño— pasa a formar parte de esa nueva realidad —extraña—, se sumerge tanto en lo que sucede a su alrededor que se convierte en un elemento más del paisaje. Y, cuando eso ocurre, el viajero experimenta eso que tanto ansía cada vez que entra en contacto con una cultura nueva: la autenticidad.

[singlepic id=3842 h=800 float=center] Tomando el té con Nourdin, el dueño de la pensión donde nos alojamos

[singlepic id=3832 w=800 float=center] Me hice amiga de una nenita en la calle y, cuando me dio un beso en el cachete, me dieron ganas de secuestrarla y llevármela en la mochila por el mundo.

[singlepic id=3921 w=800 float=center] Una de las tantas fotos que le saqué.

[singlepic id=3847 w=800 float=center] Un grupo de chicos que se divirtió posando para nuestras cámaras.

Todo empezó cuando nos sentamos a descansar en un banquito a unas diez cuadras de la estación de buses de Tetouan y se nos acercó un tal Mohammed —aprovecho para comentarles que está estadísticamente comprobado que Mohammed es el nombre más común del mundo— para ofrecernos lo de siempre: alojamiento, comida, tours, kif o todo lo anterior combinado. Nos habíamos tomado el bus local de Tanger a Tetouan (a una hora de distancia) y habíamos llegado a una ciudad de la que sabíamos muy poco: que tenía una mezcla arquitectónica árabe y andaluza, que era poco turística y que tenía una de las medinas (cascos históricos o ciudades árabes antiguas) mejor preservadas de Marruecos.

Mohammed nos ofreció galletitas y nos hizo el cuestionamiento de siempre (De dónde son, De qué parte de Argentina, Hace cuánto están en Marruecos, Primera vez que vienen a Tetouan), seguido del clásico: “Mi abuela tiene una pensión en la medina. Muy limpia, muy barata. Los llevo. 100 dirham por los dos”. Le dijimos que si nos la dejaba por 40 dirham (€ 4) cada uno iríamos, pero no dio el brazo a torcer. Nos propuso que si nos quedábamos ahí, “en lo de su abuela” (a la cual jamás vimos ni en figuritas), él nos haría un pequeño tour por la medina más tarde completamente gratis (subrayo lo de “gratis” porque fue algo que repitió varias veces). Como no teníamos alojamiento reservado de antemano y no sabíamos muy bien cómo llegar caminando a la medina, decidimos seguirlo para ver “la pensión de su abuela”. Caminamos cuesta arriba hasta la Plaza Real, cruzamos uno de los arcos de entrada a la medina y llegamos a una típica casa árabe/andaluza del año 1600. Nos quedamos.

 [singlepic id=3812 w=800 float=center] Nuestro primer almuerzo “comunitario” en la pensión

Era hora de almorzar y Nourdin, el dueño de la casa (a quien luego apodaríamos “Bravo” por su efusividad y su repetición constante de la palabra “bravooo” cada vez que hacíamos o decíamos algo) nos invitó a sentarnos con ellos a comer couscous. En la mesa conocimos a Canario (un hombre de unos 70 años que dedicó su vida a preparar café y era conocido por su voz cantante), a Fátima (mujer de la casa) y a su hijo Jafar. Tomamos un té de bienvenida y salimos con Mohammed a recorrer el laberinto blanco: la medina, esa ciudad dentro de la ciudad.

[singlepic id=3834 h=800 float=center]  Algunas imágenes de la medina por dentro

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Para un recién llegado (en este caso, dos) sin experiencia en medinas (estas mini-ciudades árabes antiguas que existen en la mayoría de las ciudades marroquíes), orientarse en uno de estos lugares es casi imposible. Las calles forman todas esas letras curvas y sinuosas —eses, ces, jotas— que incentivan a cualquiera a perderse; dentro del laberinto hay escaleras, arcos, pasadizos, cuadrados centrales, rincones, recovecos, huequitos. Las calles, además de ser angostísimas, nunca están despejadas: hay puestos de venta, personas apoyadas, trabajadores sentados en el frente de sus locales, hombres cortando madera, hombres pintando cuero, mujeres vendiendo frutas, chicos jugando a la pelota, musulmanes caminando hacia alguna de las tantas mezquitas para el rezo, gatos buscando comida, gallos sueltos. Las fachadas de las casas están pintadas de colores pasteles y contrastan a la perfección con la ropa brillante de las mujeres. Hay movimiento a toda hora, un ir y venir constante de gente, ruidos, música, gritos de los niños, conversaciones entre vecinas, ofertas en los mercados, el llamado de las mezquitas. Donde no hay color, hay carteles. Donde no hay ruido, hay graffitis que gritan en árabe.

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Según nos explicó Mohammed, la medina está subdividida en “barrios” o sectores, cada cual con su propia mezquita, su escuela y sus mercados. Pero los mercados, además, están organizados por rubro: en un sector está el mercado de madera, en otro el de cuero, más allá el de productos de cocina, por ahí el de animales, más adentro el de frutas y verduras, bajo techo el de “snacks” y dulces, en otro rincón el de ropa y alfombras, en el centro el de especias y desparramados por ahí los puestos de hierbas medicinales y café. El ritmo de vida de las personas parece estar marcado por esta vida callejera de los mercados; en la medina de Tetouan cada cual tiene su oficio y lo realiza todos los días incansablemente en beneficio de su comunidad. Eso fue lo que sentí ahí adentro: un ambiente comunitario donde todos trabajan en pos de mantener a esa pequeña sociedad en pie.

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En invierno, cuando baja el sol, el aire de la medina se vuelve casi helado y los pies y las manos empiezan a congelarse. Así que antes de que oscureciera, Mohammed nos llevó a la salida de la medina y a caminar cuesta arriba para ver la ciudad desde otro ángulo. Ahí fue cuando se puso pesado: “Amigos, ya que perdí (sic) tres horas con ustedes, denme 10 euros para mis niños”. Como habíamos quedado en que el paseo por la medina era gratis, la actitud nos molestó (por lo menos a mí). Nos presionó de tal manera (con oferta de droga a cambio y todo) que finalmente le dimos 50 dirham (€ 5) entre los dos para que se fuera, porque no quería dejarnos solos hasta que no le pagáramos. No volvimos a ver a Mohammed durante nuestra estadía en Tetouan. Y si eso empañó un poco el día, todo lo que vino después lo “desempañó” de sobremanera.

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Durante nuestra estadía en la pensión, Nourdin (“Bravo”) nos invitó a tomar por lo menos veinte tés de hierbas. También nos dio clases de homeopatía, su especialidad, y nos enseñó las propiedades curativas de las ocho plantas con las que prepara su té. Nos invitó a comer tajine y cous cous (platos típicos de acá) con él, Fátima, Canario y Jafar del mismo plato “como hermanos”. Nos transmitió enseñanzas acerca de la vida (con frases como “Mi tierra es donde me siento bien”, “Sin esperanza la vida será corta” y “Si no tienes nada que dar al pobre, dale una sonrisa”). Nos mostró lo arraigado que están en su cultura la hospitalidad y el compartir (ya sea con la familia o con extraños). Nos mostró fotos de su país y nos pidió que le mostráramos fotos de nuestros viajes. Nos sorprendió con su conocimiento de varios idiomas (acá pareciera que todos hablan árabe, español, francés e inglés) y de varias culturas. Nos enseñó palabras y expresiones en árabe. Nos festejó todo lo que decíamos con una sonrisa y un “bravooo”. Me apodó “reina” (y, cada vez que tomamos té, brindamos con un “¡Larga vida a la reina! ¡Bravooo!”) y, antes de irme, me regaló un djellaba (la vestimenta típica de los marroquíes) para protegerme del frío.

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Durante nuestra breve estadía, nos dio la bienvenida a su mundo. Y ahora, mirando hacia atrás, entiendo que caímos “en paracaídas” en un lugar que tiene un ritmo que existe hace siglos, un lugar donde la vida incluye tés de hierba, platos de comida que se comen con la mano y entre todos, pipas que se fuman en cada esquina, mercados que se arman y se desarman todos los días y Mohammeds que buscan ganar algo de dinero como sea. Y si aquel Mohammed en particular me hizo preguntarme hasta qué punto confiar en los marroquíes, Nourdin nos demostró que para muchas personas el intercambio más ansiado con el viajero no es el monetario, sino el humano, el de la experiencia, el de la transmisión de conocimientos. Así como el viajero busca conectar con la cultura a la que llega, el local también busca conectar con el que viene de lejos. Cuando eso sucede, nace lo auténtico y, personalmente, no puedo pedir nada más.

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[box border=”full”] Datos útiles y consejos para visitar Tetouan:

  • La medina de Tetouan es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y una de esas joyitas inexploradas… Mi consejo: no se la pierdan.
  • Bus de Tanger a Tetouan: 13.50 dirham, una hora (€ 1.20)
  • Alojamiento en la medina de Tetuan: 100 dirham por habitación privada (€ 10) (si regatean más se consigue hasta por 60 dirham para dos personas). Por si quieren quedarse en lo de Nourdin, esta es la info: Hotel Afrika, Plaza Palacio Real, Calle Kaid Ahmed 17 (Novedad! Ahora tienen página web: hotelafrica.org)
  • Sandwich: entre 6 y 20 dirham (según el tamaño y los ingredientes)
  • Dulces: 2 dirham por unidad
  • Bus de Tetouan a Chefchaouen: 15 dirham (una hora y media de viaje)[/box]

Cuando te perdés en China nunca sabés quién te puede encontrar…

Breve introducción: Este es el post número 100 de Viajando por ahí. Tenía pensado hacer “algo especial” para celebrar (?), como escribir un capítulo remixado, un “post aniversario”, un backstage, algo distinto. Pero estos días me sentí tan perdida en China que no tenía mucho ánimo para hacer nada. Hasta que esta tarde, de la nada, pasó lo que pasó: una de las mejores experiencias de mi viaje, caída del cielo para compartir con ustedes en este post número cien.

***

Primera parte: Perdida entre caracteres

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Mis primeros días en China no fueron (ni son) nada fáciles. Cada vez que salgo a la calle o llego a un lugar desconocido me siento, a la misma vez, frustrada, emocionada, feliz, triste, enojada, impotente y completamente perdida. Me resulta imposible leer, por ejemplo, los horarios de los colectivos en la estación, ya que todos los nombres de las ciudades están en caracteres chinos. No puedo preguntar “qué me tomo para ir a tal lado”, porque nadie me entiende (o mejor dicho porque yo no entiendo a nadie). No puedo pedir indicaciones en la calle más que por señas o mostrando el mapa. Pierdo horas (literalmente) buscando el hostel que dice estar a 15 minutos de la estación o buscando ese templo o callecita que debería estar ahí.

Muchas veces durante este viaje me preguntaron si había tenido alguna dificultad para comunicarme con la gente local y mi respuesta siempre había sido “casi nunca”. Tuve pequeñas excepciones, sí, pero las resolví dirigiéndome a otra persona que hablara algo de inglés, apelando al dígalo con mímica o leyendo algunas frases o palabras en el idioma local. En el Sudeste Asiático se habla bastante inglés: en Malasia y Singapur es uno de los idiomas oficiales, Tailandia y Vietnam son tan turísticos que es muy fácil comunicarse o leer los carteles, en Indonesia no se habla tanto pero el indonesio es un idioma simple y entendible (y los indonesios se desviven por hablar aunque sea un poquito de inglés). Pero China es otra cosa. O por lo menos lo poco que conocí hasta ahora.

Por primera vez me siento completamente impotente frente a la barrera idiomática. Por un lado me encanta: tanto que buscaba “lo auténtico”, acá lo tengo. Estoy en un lugar del mundo que aún se mantiene “intacto” en ciertas regiones. Pero por otro lado, se me hace muy difícil viajar sola y siempre dependo de la ayuda de alguien (o por lo menos del diccionario inglés-chino que descubrí que tengo en mi celular). Sé que soy yo la que debería hablar el idioma y creanme que si pudiese hacer un curso aceleradísimo de mandarín lo haría ya mismo. Por el momento me manejo con el traductor, con papelitos escritos en chino y con mi instinto. Y estoy aprendiendo —o intentando al menos— algunas palabras y expresiones básicas.

Segunda parte: Las cartas no se equivocan

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Ayer domingo llegué (después de un viaje en colectivo de 7 horas por las montañas) a Kangding, la ciudad más grande de lo que se conoce como la Ruta Tibetana (Tibetan Highway) en la provincia de Sichuan. Mi plan era quedarme una noche ahí y viajar el día siguiente hacia Dao Cheng, un lugar con paisajes imponentes según dicen. Llegué a la estación, pedí un pasaje para Dao Cheng y lo único que me respondió la mujer del mostrador fue “no bus no bus!!” y me fletó. La llamé a Susie, la chica que me había alojado en Chengdu, para pedirle que hablara con esta mujer: al parecer estaba todo agotado hasta dentro de una semana. Así que decidí dejar lo del pasaje para más tarde e ir en busca del hostel.

Me perdí. Kanding es una ciudad que se puede recorrer de punta a punta a pie, pero yo me perdí. Obvio que iba enojadísima conmigo misma, hablando en voz alta, quién me manda a venir a este lugar, cómo puede ser que no sea capaz de leer un mapa y todo eso. Hasta que las vi. Llevaba mucho tiempo sin encontrarlas: cartas (naipes) tiradas en el piso. Un doce de trébol, un seis de diamantes, un siete de corazones, tirados en la vereda, al lado del puente. Empecé a juntar cartas abandonadas hace un tiempo, en Laos, y juro que en cada ciudad o pueblo donde encontré una tuve experiencias demasiado buenas. Las llamo las cartas del buen agüero: si aparece una es porque algo bueno me va a pasar.

Seguí caminando, igual de perdida, sin poder pedirle indicaciones a nadie. Decidí llamar al número de teléfono que había sacado de la página de internet del hostel, pero estaba fuera de servicio así que llamé a un celular que también figuraba ahí y me atendió una chica china que hablaba inglés. Le pedí indicaciones para llegar, pensando que ella trabajaba ahí, y seguí caminando por donde me dijo. A los cinco minutos, esta chica apareció enfrente mío: “you just called me” (“vos me acabás de llamar”) (no debo ser difícil de localizar: soy la única extranjera del pueblo, lo juro). Me indicó el camino otra vez, en persona, y desapareció. Y cuando le pregunté si ella trabajaba en ese hostel, me dijo que no… Qué cosa rara.

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[singlepic id=2018 w=800] Este es el “cuadrado” central de la ciudad donde, cada noche, la gente local se reúne a bailar…

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Seguí caminando, me perdí otra vez y me senté a descansar. Se me acercó una mujer muy vieja que caminaba con bastón y me empezó a hablar. Al no entender las palabras, lo que intento hacer es leer el lenguaje corporal de las personas e inferir qué me están diciendo (o por lo menos en qué tono). Esta mujer me sonrió cálidamente, me habló un poco más, me sonrió de nuevo y se fue, así que supuse que fue algo bueno. Como media hora más tarde (yo seguía buscando el hostel) me la volví a cruzar en otra parte de la ciudad. Me reconoció, se acercó y vio mi cara de estoy perdida y voy a llorar. Yo estaba sentada sobre una escalera, ella acercó su mano a mi rodilla y me hizo un gesto de “no te preocupes que todo va a estar bien”, al menos yo lo sentí así. Después me hizo señas de que durmiera y se fue.  Enseguida apareció un hombre que sabía dónde quedaba mi hostel y me indicó perfectamente. Estas personas me iluminan el día.

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Tercera parte: Encontrada por Eva y su familia

Anoche, con ayuda de un chico que hablaba inglés y el dueño del hostel, me armé una nueva ruta para llegar a donde quiero ir. El chico me escribió todas las indicaciones y detalles en chino y en inglés, así que esta mañana fui con ese papelito en mano a la estación, medio resignada a no conseguir nada. Mientras estaba haciendo la fila, apareció una chica china atrás mío que me miró y me preguntó, en inglés, a dónde quería ir. Le dije y me ayudó a sacar el pasaje. Salí sola de la estación y escuché una voz que me dijo, a lo lejos, “hello hello!”, era esta chica, Eva, que venía corriendo atrás mío junto con su mamá. Caminamos juntas toda la mañana, la mamá me cuestionó en chino y ella tradujo: de dónde sos, cuántos años tenés, estás casada, viajás sola, tenés que viajar con alguien, tené cuidado. Después Eva y yo nos fuimos a desayunar y me enseñó los nombres de algunos platos para poder pedirlos en el futuro (sí, otro detalle, todos los menúes en chino y sin fotos). Más tarde nos separamos y quedamos en encontrarnos a las 6.

A eso de las 3 de la tarde salí a caminar y sacar fotos. A las cuatro cuadras una mujer me hizo señas, emocionadísima: ni hao, ni hao! Era la mamá de Eva que estaba sentada en la plaza principal charlando con su mejor amiga. Me senté con ellas y tuvimos una no-conversación. La madre me hizo señas de que Eva se había ido a cortar el pelo y después entre ella y la amiga me hablaron como locas en chino, me hicieron preguntas, se rieron, me hablaron un poco más y yo, impotente, solamente podía repetirles wǒ bù míngbai (no entiendo). La llamé a Eva para contarle que estaba con su mamá en la plaza y apareció enseguida: estaba a pocos metros de distancia. Me dijo que la amiga de su mamá quería invitarme a su casa  a comer, así que nos fuimos las cuatro al departamento.

[singlepic id=2008 w=800] En la casa de la amiga

[singlepic id=2004 w=800] Dulces y té para empezar

[singlepic id=2019 w=800] Arroz con verduras y cerdo de plato principal

En la casa estaba la abuela de Eva, una mujer de 80 años que pertenece a la minoría Yi o Yizu. Los Yi viven en las areas rurales del sur de China, Vietnam y Tailandia. Hablan su propio dialecto, un idioma tibetano-birmano, y son, en su mayoría, pastores o cazadores nómades. Tiene su propia religión animista y muchos historiadores creen que son ancestros de los tibetanos, de los naxi y de los qiang. Y no sólo la abuela es de la minoría Yi, Eva y su mamá también lo son.

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Prepararon comida para mí y me siguieron charlando alegremente en chino, la abuela incluida. Me sirvieron una taza de té tras otras y me “obligaron” a comer mucho. La madre me repitió ochenta veces que viajara con alguien y no sola, me preguntó acerca de mi familia, de mi novio, de mi país. Creo que hace mucho no me sentía tan emocionada y feliz. Por más que no entendiera palabra, me hicieron sentir muy cómoda. Le pedí permiso a Eva para sacar fotos, con miedo de que me dijera que no (uno nunca sabe, en ciertas culturas las fotos “roban parte del alma”) y se armó la sesión de fotos. La abuela, cuando vio mi cámara, se fue disparando para el otro cuarto. Yo pensé que tal vez se había ofendido y no iba a salir más de ahí. Pero no, fue a ponerse linda. Buscó su saco, se arregló el gorro y posó para mí con su vestimenta tradicional. Y durante un rato, todas nos sacamos fotos con todas.

[singlepic id=2009 w=800] Eva y su mamá

[singlepic id=2005 w=800] La mamá y su amiga

[singlepic id=2006 w=800]

[singlepic id=2011 h=800] La abuela

Cuando me fui me saludaron emocionadísimas: que volviera cuando quisiera, que siempre era bienvenida, que las visitara en su pueblo (Eva y su mamá estaban de visita en Kangding), que me cuidara, que no viajara sola. Madre, amiga y abuela me saludaron desde la puerta y Eva y yo nos fuimos a caminar un rato más.

Ahora entiendo por qué fui a Kangding.

***

China es, para mí, un desafío. El desafío de buscar un lenguaje común, universal, para entenderme con personas que hablan otro idioma. Y lo mejor de todo es que cuesta, pero se puede. Estas cuatro mujeres que conocí hoy me demostraron que, a veces, las palabras no son necesarias.

就在中国旅游 (Viajando por ahí en China)

I. Los no-preparativos

Saqué el pasaje sin pensarlo. Estaba en Penang (Malasia) con mi amiga china Tippi al lado, mirando los precios de AirAsia en internet. Había decidido ir a China hacía pocos días y ella fue la que me dijo Andá a Chengdu así nos encontramos una semana después en Lijiang, que está cerca. Perfecto. Saqué el pasaje para Chengdu nomás, sin tener ni idea del lugar en el que iba a aterrizar.

Los días previos no planee demasiado. Voy a ser sincera: no planee nada. Leí un poco acerca de Chengdu y nada más. Estaba tan concentrada escribiendo artículos y disfrutando los días con Delfi, mi amiga argentina con la que pasé una semana en Malasia, que no tuve tiempo de nada y el día llegó demasiado rápido. Me dejaré sorprender, pensé confiada y canchera.

(Al margen: cuanto más viajo más me pasa lo siguiente: ¿cómo planear un viaje cuando ese viaje ya no es un paréntesis sino parte de mi vida cotidiana? Sería como querer planear con anticipación lo que quiero hacer durante dos meses en Buenos Aires, salvando las distancias.)

Pocos días antes de tomar el avión me fui enterando de algunos datos y empecé a caer en la magnitud que implica viajar a China. Primero, temperatura en Chengdu: 5 grados. Bárbaro, después de un año ininterrumpido de verano y humedad, un poco de frío no viene mal, aunque lo de 5 grados fue medio shock. Pero bien, Tippi me prestó ropa de invierno y me compré unas medias largas (?). Otro día, una mujer que acababa de volver de Chengdu me dijo así al pasar “…es una ciudad de más de 10 millones de habitantes…”. Y yo, QUÉ. Y mi amiga Delfi me dijo una gran certeza: acostumbrate, es China, todo va a venir en grandes cantidades. Ajá.

II. Volando por ahí

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Llegué al aeropuerto de Kuala Lumpur tranquila. Aunque en la sala de embarque empecé a caer. Entraron unos 400 chinos en malón (tantos, que pensé que Air Asia iba a poner dos o tres aviones para el vuelo), hablando fuertísimo, riéndose, peleándose (o no, a veces uno no sabe en qué tono se están tratando). 400 chinos y yo. Si había cinco extranjeros más era mucho.

El avión de Air Asia era un Xtra-Large (así lo llaman), con espacio para 400 chinos. Y yo. Nunca, juro que nunca, vi gente tan (perdón pero necesito el término argentino) quilombera como los chinos con los que compartí el avión. Hablaron a los gritos durante las 4 horas de vuelo, algunos incluso se levantaron del asiento mientras el avión despegaba (las azafatas se hartaron de rogarles educadamente y los hicieron sentar a la fuerza), el capitán tuvo que pedirles por los altoparlantes que se quedaran sentados porque había turbulencia. Tremendo. Agitaron como locos. Faltaba que se tiraran papelitos y tizas de un asiento al otro.

Apenas aterrizamos salieron todos abalanzados. Nunca vi semejante velocidad.

Hice la fila para tomar uno de los taxis oficiales del aeropuerto hacia la casa de Susie, la chica de Couchsurfing que me está alojando, y ahí empezó la historia.

Taxista: —我们去哪儿?(apelo a Google Translate para lograr más efecto, no tengo idea qué me dijo el hombre)
Le muestro mi ipod con la dirección de Susie escrita en chino.
—完美,让?
—Yes.
Y pienso: sí, supongo que sí. A rezar.

Susie me había dicho que fuese hasta la puerta principal de la Universidad Tecnológica de Chengdu y que la llamara para que me buscara ahí, ya que su casa está adentro del complejo universitario y es difícil de encontrar. Detalle: me subo al taxi, intento llamarla con mi número de Malasia y una voz en chino me dice:  对不起,没有这个通话信用. No tengo más crédito. Es la 1 de la mañana y no tengo manera de avisarle a Susie que ya llegué y que tiene que buscarme en la puerta. Esta noche duermo afuera.

El taxista me deja en la puerta de la Universidad, pero yo pienso: No me bajo de acá sin haber llamado a Susie. “Charla” entre el taxista y yo:

—English?
—不,不,我不明白
—I need to call my friend (podría haberlo dicho en castellano que daba igual)
—我们到达时,得到
—My friend, call.
Y le señalo mi celular desesperada.
—是的,大学就在这里
Se me ocurre hacerle escuchar la grabación que dice que no tengo más crédito.
—啊!但你有没有更多的功劳!
Le señalo su celular. Y me lo presta. VAMOS TODAVÍA. La llamo a Susie y le aviso que estoy.
—xie xie (gracias), le digo al taxista (lo único que sé decir en chino)
—欢迎你

Sospecho que me paseó pero lo perdono porque me prestó el celular y me salvó la vida.

Llega Susie y nos vamos a su casa. Me voy a dormir, por fin. Y la mañana siguiente me despierto… en China, en una ciudad donde nadie habla inglés, en el país con mayor cantidad de habitantes del mundo, en el corazón de Asia.

Todavía no termino de caer.

***

Primeras imágenes de Chengdu

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