Música para viajar en auto a Barcelona

La semana pasada, L. y yo nos fuimos de road trip a Barcelona. Fue un viaje no planeado y en modo relámpago: cuando Lau y Juan, amigos viajeros, me dijeron que iban a estar de paso en la ciudad por dos días, dije vamos para allá. Y nos fuimos. El viaje en auto desde Biarritz duró casi ocho horas. Como no tenemos manera de conectar el teléfono a los parlantes del auto, hice zapping de radio y dejé que la lista de canciones se arme sola. Quedó algo así.

Música random para viajar en auto a Barcelona:

1. Maria – Blondie

—Me encanta esta canción. Fue uno de los primeros temas que me bajé en el Napster, en mis inicios de internet —le digo a L.

Todavía estamos del lado francés, viajando por una ruta nacional que pasa por St Jean de Luz, Hendaye y otros pueblos vascos lindísimos. Decidimos no ir por autopista para evitar los peajes, así que tenemos unas dos horas extra de viaje.

Lo de Napster me hace reflexionar acerca del inicio de las cosas (mientras escribo esto estoy teniendo un déjà-vu, no sé de qué):

—¿Te acordás de la página que me mostraste con esas webs armadas en Geocities? Hoy nos parecen horribles pero en su momento eran las primeras páginas de internet y la gente las leía. Creo que visto con tiempo y humor, el inicio de cualquier cosa termina siendo ridículo si se lo compara con lo actual. A veces siento que somos como monos con navajas: nos dan internet y nosotros hacemos lo que podemos.

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2. Don’t speak – No Doubt

Los temas retro van bien con los road trips, pienso. En esta radio también pasan Karma Chameleon y una de los Guns’n’Roses. Me acuerdo de cuando tenía dieciséis.

Le pido a L. que me diga un trabalenguas en francés. Me dice: un chasseur sachant chasser sans son chien est un bon chasseur. Yo le enseño tres tristes tigres comen trigo en un trigal y Pablito clavó un clavito qué clavito clavó Pablito.

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3. Trail of broken hearts – k.d. Lang

Cruzamos a España, pasamos Pamplona —pamplemousse, según yo, porque me suena parecido— y de golpe aparecen los Pirineos, con la nieve iluminada por el sol. No paro de decir: woooowww!

Cuando termina esta canción, el locutor dice: “…vamos por un camino difícil…” y justo al lado aparece el río y la ruta se vuelve sinuosa. Es un camino lindísimo.

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4. Blues for Hubert Sumlin – Ronnie Earl 

Esta canción va perfecto con el paisaje por el que estamos pasando. Siento que estamos adentro de Jurassic Park. Hay montañas, río, bosque y un pueblo en ruinas del mismo color que las montañas. Me hace acordar a la kasbah de Ait Benhaddou en Marruecos. Me dan ganas de bajarme ahí y ponerme a explorar ese pueblo abandonado.

Esta foto la saqué con el teléfono y en movimiento, pero para que se den una idea del pueblo en las rocas.

Esta foto la saqué con el teléfono y en movimiento, pero para que se den una idea del pueblo en las rocas.

Quiero saber cómo se llama este tema. Es largo, intento no distraerme para no perderme la voz del locutor. Después me entero que se llama “Blues for Hubert Sumlin”, pero yo al locutor le entiendo “Blues for humans only” y pienso qué buen título.

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5. One day / Reckoning song – Asaf Avidan

Cambio de radio porque la estación anterior se queda sin señal. Suena un hit. Me pregunto si los hits de acá son los mismos que están sonando en Sudamérica. No tengo ni idea. De a ratos me digo pf sí, obvio, la industria discográfica se vende en todo el mundo y de ratos digo mmm no sé, quizá por allá los hits radiales son otros. Estas canciones no son de viaje pero yo las escucho siempre en la ruta, así que para mí quedaron asociadas al movimiento.

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6. Addicted to you – Avicii

Otro hit muy pegadizo. Como el anterior, es un tema no rutero pero que puesto en un viaje en auto combina bien. En realidad todo combina con todo, la vida consiste en buscar la conexión invisible entre las cosas, leí en alguna parte.

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7. Stolen dance – Milky Chance

—Poné Milky Chance.

Apago la radio y escuchamos música, muy bajita, desde el teléfono.

—Tenemos que conseguir algún parlante portátil.

Esta es una banda que descubrí acá y me encanta, pero no tengo idea si por allá se escucha. Cuentenme.

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8. Instant Crush, Daft Punk ft. Julian Casablancas

—Me parece que nadie toma esta ruta para ir a Barcelona.

Está todo vacío, y eso que es viernes. Hacemos Pamplona – Huesca – Lleida – Barcelona. Hay zonas con paisajes que parecen de otro planeta: formaciones rocosas altísimas, pueblos muy chiquitos en la base.

 

Espectacular esa formación rocosa.

Espectacular esa formación rocosa.

Hay partes me hacen pensar en rutas de Estados Unidos por las que no estuve.

—Acá podría estar Twin Peaks*.

*Twin Peaks es el pueblo protagonista de la serie del mismo nombre, dirigida por David Lynch y muy recomendada.

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9. Tous les mêmes – Stromae

Se hace de noche. Pongo esta canción con el teléfono. Me intriga mucho: ¿se escucha Stromae del otro lado del charco? Acá es muy famoso, yo no lo conocía. Es belga, tiene 29 años y su música mezcla hip hop con electrónica con influencias africanas. Lo vi en el Festival Sziget en Budapest: tocó en una de las carpas cerradas y hubo tanta gente que muchos se quedaron afuera.

*

10. Malegría – Manu Chao

—Poné Manu Chao.
—¿Qué canción?
—Malegría.
—¿Cuál? No inventes.
—Sí, Malegría. Aunque puede que sea de Mano Negra.
—A ver, tarareala.
Tararea algo que ni idea y que no tiene nada que ver con el tema.
—No existe. Otro.
Y cuando miro la lista de temas, ahí está. Lo peor es que lo escuché mil veces pero nunca retuve el título. Según Manu Chao, la malegría es una tristeza que se combate con la risa.

Barcelona nos espera.

Barcelona nos espera.

El GPS dice que faltan veinte minutos para llegar a Barcelona. Me acuerdo de una de las pautas del libro “101 experiencias de filosofía cotidiana”: Hacé de cuenta que el mundo se termina en veinte minutos. Me imagino una situación post-apocalíptica: ¿Y si llegamos a Barcelona y hay un terreno baldío? Aquí estuvo Barcelona, población actual: 0. ¿Y si un día a las ciudades se les da por jugar y cambian de lugar? Bienvenido a Estambul. ¿Pero cómo? Si yo iba a BarceBienvenido a Estambul, no pregunte. ¿Y si los países cambiaran de lugar? Esto ya me lo pregunté cuando estaba por viajar a Islandia, y no me parece una mala idea.

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Llegamos a las diez de la noche. Esa noche duermo mal, tengo frío e insomnio. La segunda noche, lo mismo. El tercer día me agarra un dolor muy fuerte en la rodilla y casi no puedo caminar. Estoy como la antiviajera. Extraño Biarritz, mi cama, mis libros. ¿Está bien? ¿Está mal? No sé, me pasa eso. Tengo homesickness: dícese del síndrome de extrañar tu hogar.

¿Ya les dije que me cuesta mucho viajar cuando estoy en modo estático? Me cuesta mucho viajar cuando estoy en modo estático. Es como si me sacaran a la fuerza de la cueva cuando estoy hibernando y me pusieran en un espacio abierto contra mi voluntad. No es que la pase mal, es que si no estoy mentalizada para eso, todo me incomoda. Por eso creo que para viajar hay que alinear las ganas y el estado mental: hay que querer hacerlo con la cabeza y con todas las partes del cuerpo.

Algo de arte callejero visto en Barcelona

Algo de arte callejero visto en Barcelona

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Y mi libro a la venta en Altair, una librería de viajes :)

Y mi libro a la venta en Altair, una librería de viajes :)

Otra cosa que me pasa es que me cambió el ritmo interno. Siempre me jacté de ser una chica de gran ciudad, de padecer y a la vez disfrutar ese caos de los lugares llenos de gente, y ahora no me reconozco como tal. Vivir en una ciudad-pueblo donde la vida transcurre tan lenta me hace sentir que en otros lugares —en este caso, Barcelona— todo va demasiado rápido. Nunca había vivido varios meses en un lugar chiquito y creo que me gusta, sobre todo si estoy en etapa de escritura. También me gusta sentir que convertí a un lugar en mi hogar, aunque sea temporario.

Barcelona

Barcelona

El hospital de Sant Pau

El hospital de Sant Pau

Uno de mis lugares preferidos: el jardín de los cactus de Mossèn Costa i Llobera, en Montjuic

Uno de mis lugares preferidos: el jardín de los cactus de Mossèn Costa i Llobera, en Montjuic

La Sagrada Familia

La Sagrada Familia

Pero rápida o no, Barcelona tiene cosas que siempre me sorprenden. Como su olor. Hay un olor a Barcelona que no sabría describir del todo pero que es una mezcla de madera y perfume. Lo más lindo de este olor es que siempre me lo olvido, entonces cuando lo siento, donde sea, enseguida pienso en Barcelona. Es automático. Me pasó de sentirlo de manera muy fugaz en otras ciudades y supe que ese olor no era de esa ciudad sino de Barcelona, y llegó hasta ahí quién sabe cómo o gracias a quién. Esta vez lo siento la primera mañana, cuando me despierto sin recordar muy bien dónde estoy: ese olor a madera de casa antigua me hace reconocer el espacio.

El arco de triunfo

El arco de triunfo

Pasamos unos días ahí con los chicos y volvemos para Francia. La misma ruta a la inversa: Pirineos al costado, algo de autopista porque nos equivocamos de salida, música. El único tema de la vuelta que me queda pegado es este:

Suena justo cuando estamos a pocas cuadras de casa. En vez de subir por nuestra calle, L. da una vuelta completa a la rotonda y estaciona el auto frente al mar. Son las nueve de la noche, hay un viento que me vuelo y hace frío, pero nos quedamos un ratito mirando el mar desde un parking vacío. Después a la casa y a retomar el ritual de los últimos meses: mirar series, leer, escribir, dibujar, estar quieta. Estar.

We are all mad here.

We are all mad here.

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[box]Algunas recomendaciones sueltas:

* Hablando de viajar o no viajar por autopista, hay un libro muy interesante de Julio Cortázar y su mujer Carol Dunlop: [eafl id=”21096″ name=”Los autonautas de la cosmopista” text=”Los autonautas de la cosmopista”]. La pareja decide viajar de París a Marsella en su combi roja durante un mes sin salir nunca de la autopista. El libro relata los treinta y tres días que pasan ahí adentro, en ese universo de asfalto.

* [eafl id=”21154″ name=”101 experiencias de filosofía cotidiana” text=”101 experiencias de filosofía cotidiana”] (de Roger Pol Droit) es un libro que ahora mismo me gustaría tener encima, pero quedó en Buenos Aires. Propone juegos simples como viajar en tren sin fijar un destino, seguir el movimiento de las hormigas, decir tu nombre en voz alta en una habitación vacía, ducharte con los ojos cerrados y otras consignas para agudizar la percepción de la realidad.

* Les recomiendo mucho la serie Twin Peaks, de David Lynch. Empieza con el asesinato de Laura Palmer, una estudiante del pueblo de Twin Peaks y la investigación va derivando en cosas rarísimas. Todavía no la terminé pero cada vez se pone mejor. Son dos temporadas.

* Esta es mi lista de Música para caminar por Bruselas.

* Y estos son otros posts que le dediqué a Barcelona:
– Pasó (Razones por las que me enamoré de Barcelona)
– vivir/viajar (o Por qué me cuesta tanto escribir acerca de Barcelona)
– Carcelona
– Carcelona Reloaded
– Por las calles de Barcelona. [/box]

Gira mágica y misteriosa por Liverpool

Antes que nada, esto:

Ahora sí.

*

Liverpool is the centre of the consciousness of the human universe
(Liverpool es el centro de la conciencia del universo humano)
Allen Ginsberg (poeta estadounidense), 1965

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“¿Para qué vas a ir a Liverpool?”, me preguntó M. con cara de ¿hace falta dejar Londres para ir a una ciudad en la que no hay nada? Es que no puedo estar en Inglaterra y no ir a Liverpool. Ya sé: Los Beatles ya no están ahí, todo lo que voy a encontrar va a ser el post-marketing de una banda que ya no existe en la vida real, no me voy a cruzar ni con Paul ni con Ringo ni con sus familiares o ex novias, no va a ser más que una ciudad que alguna vez fue la cuna de mis artistas preferidos. Pero no puedo no ir. Uno de los mandamientos beatles es irás a Liverpool al menos una vez en tu vida. Para nosotros es como hacer la peregrinación a la Meca. Así que entendeme: Liverpool me espera desde que nací.

Mentiría si digo que no fui con expectativas. Fui con todas las expectativas del mundo: no tanto de ver o hacer o encontrar algo en particular, sino de estar en el mismo espacio físico que alguna vez estuvieron ellos. Porque si los Beatles surgieron en Liverpool fue por algo: no surgieron en Buenos Aires ni en Tokio, sino en esa ciudad industrial inglesa que fue el lugar justo en el momento indicado. Porque en realidad no es que Los Beatles nacieron en Liverpool: Liverpool (al menos para mí) nació en Los Beatles.

Réplica de The Cavern en el museo Beatle's Story de Liverpool

Réplica de The Cavern en el museo Beatle’s Story de Liverpool

Tomé un bus desde Londres y casi seis horas después me bajé en la terminal de Liverpool y me encontré con Greg y Emilie, los chicos que me recibirían en su casa. Nos subimos a un tren urbano y unos siete minutos después aparecimos en las afueras, en una zona de fábricas, espacios abiertos y casas puestas en fila como fichas de dominó. En el camino vi una bicicleta BMX rota, tirada en medio de una calle vacía. Volví a verla los tres días que pasé por ahí, inmóvil. Greg —entremedio de su humor tan inglés, muy ocurrente pero siempre dicho en tono serio— me dijo algo que me quedó grabado: “Liverpool is raw” (Liverpool es un lugar crudo). “Esta ciudad tuvo muchos problemas sociales y de desempleo, pero hace un tiempo que está mejorando. No tiene nada que ver con Londres, yo me vine a vivir acá porque me parece más real y tiene mucha movida cultural. La gente no quiere quedar bien con nadie, pero a la vez es amigable. Ya vas a ver”.

Calle típica de los suburbios de Liverpool

Calle típica de los suburbios de Liverpool

Primeras imágenes de Liverpool.

Primeras imágenes de Liverpool.

Liverpool es una ciudad más linda e importante de lo que esperaba: tiene más de 800 años, varias zonas son Patrimonio de la Humanidad, fue nombrada la capital del pop y al ser una ciudad portuaria recibe inmigrantes de todas partes del mundo.

Liverpool es una ciudad más linda e importante de lo que esperaba: tiene más de 800 años, varias zonas son Patrimonio de la Humanidad, fue nombrada la capital del pop y al ser una ciudad portuaria recibe inmigrantes de todas partes del mundo.

Después de dejar las cosas en la casa, pensé: “No voy a ir hoy mismo a ver The Cavern, tuve un viaje largo y quiero descansar…” (nota: The Cavern es el bar donde tocaron Los Beatles durante sus inicios y donde fueron descubiertos por Brian Epstein, quien luego sería su manager). PF, QUÉ NO. “Por favor no me pidas que vaya a ver las atracciones beatles con vos, ya fui muchas veces con otros huéspedes y no es algo que me interese”, me dijo Greg. Enterado y entendido. Miré los precios de los tours Beatles —hay, como se imaginarán, todo tipo de tours en todo tipo de vehículos— pero me parecieron muy caros (por un momento tuve una lucha entre pero si ya estás acá no seas rata y pagá vs. estaré en Liverpool pero no voy a pagar por algo que puedo hacer sola), así que decidí hacer un recorrido temático autogestionado: sí, la gira mágica y misteriosa por Liverpool tenía que ser por mi cuenta.

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[highlight]* Primera parada: Matthew Street. “Vendí todos mis álbumes: no los quiero escuchar más”.[/highlight]

Cuando llegué al centro me recibió una gaviota. Cierto que esta es una ciudad portuaria, pensé, y ya me cayó bien la gaviota. A primera vista, me pareció una ciudad muy poco pretenciosa, y eso me gustó.

Fui derecho a Matthew Street, lo que debe ser la calle más comercial de la ciudad pero por una buena razón: ahí está ubicado The Cavern. Y cuando me encontré cara a cara con la escalera que bajaba al club donde tantas veces tocaron los Beatles sentí una emoción que hacía tiempo no sentía por nada. Bajé saltando, sonriendo, temblando y me encontré con ese escenario de techo redondo tan reconocible, que vi tantas veces en fotos y en videos en blanco y negro. Había un hombre tocando temas de los Beatles (obvio): The Cavern tiene música en vivo todos los días casi a toda hora. Si son fans de los Beatles vayan a The Cavern (segundo mandamiento beatle: entrarás a The Cavern y te quedarás escuchando a la banda que esté tocando). Mi visita a Liverpool valió la pena solo por ese momento, pero todavía faltaban más cosas.

Matthew Street.

Matthew Street.

Emoción!

Emoción!

El señor que estaba tocando temas de los Beatles

El señor que estaba tocando temas de los Beatles

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Estatua de John Lennon

Estatua de John Lennon

Y la estatua de Eleanor Rigby

Y la estatua de Eleanor Rigby

Salí a la calle y entré al primer beatle shop que vi: Bueno, acá es donde pierdo todo tipo de razón y me vuelvo una potencial compradora compulsiva de cosas que no me van a servir pero sin las que no sé cómo viví todos estos años. El lugar era una sobredosis de estímulos: Ahhhh! Un vestido con dibujos de Yellow Submarine. Ahh! Cajitas de lata con las tapas de los discos. Ahhh! Fotos de la época. AAAHHH! Muñequitos delantales valijitas botas imanes libros remeras tasas cajas más muñequitos tantas cosaaaas. Agarré, toqué, sacudí, miré, fotografíe y me probé todo lo que pude, pero lo único que me compré (no sé cómo me contuve) fue una cajita de lata con la tapa de Yellow Submarine. De fondo, no sé si hace falta decirlo, sonaban los Beatles.

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Sí, estos lugares son lo más comercial que hay, pero yo no puedo resistirme.

Se vende de todo.

Se vende de todo.

Las botas!

Las botas!

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Me puse a charlar con el vendedor. Me contó que trabajaba ahí desde 1985 (toda mi vida), es decir que hace casi 30 años que escucha a los Beatles todos los días.

It’s just background noise now. A few months after working here I sold all my Beatles records, I don’t want to listen to them at home. I don’t have any Beatles stuff, they were never my favourite band. (Son sólo ruido de fondo para mí. Unos meses después de empezar a trabajar acá vendí todos mis discos, no quería escucharlos más en casa. No tengo nada de los Beatles, nunca fueron mi banda preferida.)

Y sí, cualquier cosa en exceso termina saturando, supongo. Yo no sé si soportaría 30 años escuchando la misma música en repeat (por más que sean Los Beatles). Aunque a la vez se me vino la frase de la película El secreto de sus ojos: “Podes cambiar de vida, de casa, de novia, de familia o religion. Pero hay una cosa de la que nadie puede cambiar: de pasión”. Habría que ver qué pasa después de 10 950 días escuchando las mismas canciones.

Tuve que contenerme para no comprarme este bolso.

Tuve que contenerme para no comprarme este bolso.

[highlight]* Segunda parada: Strawberry Field. “¡Rejas de mierda!”[/highlight]

Al día siguiente busqué Strawberry Field en el mapa y seguí las indicaciones: tomé el tren a West Allerton y caminé media hora hasta las rejas. ¿Qué es Strawberry Field? Además de una de las canciones más conocidas de los Beatles (“Strawberry Fields Forever”), Strawberry Field era un hogar de niños del Ejército de Salvación, ubicado en uno de los suburbios de Liverpool, muy cerca de la casa de John Lennon. Parece que de chico, John jugaba con sus amigos en el parque detrás del edificio, e iba todos los veranos a la fiesta que organizaba el Ejército de Salvación en el jardín del lugar. De esas memorias surgió la canción. Strawberry Field cerró en el 2005 y hoy quedan las réplicas de las rejas de entrada.

Por acá caminé media hora

Por acá caminé media hora

Vi cosas en las ventanas.

Vi cosas en las ventanas.

Pasé por parques

Pasé por parques

Y llegué a las rejas de Strawberry Field

Y llegué a las rejas de Strawberry Field

:)

:)

Cuando llegué a las rejas me encontré con el Magical Mystery Tour bus, un bus que replica al de la película y hace un tour por los atractivos beatles de Liverpool. Cuando el bus y sus pasajeros se fueron, las rejas quedaron solo para mí. La vándala que tengo adentro quiso treparse y pasar al otro lado, pero mientras lo pensaba pasó un auto a toda velocidad y alguien desde adentro me gritó: “Shit gates!” (que sonó como shit gueeeeeeeitsss), es decir: rejas de mierda. Puede ser, si no fuese por los Beatles no me interesarían en lo más mínimo. Me reí sola.

El bus

El bus

Y pasé por este lugar que no recuerdo cómo se llama.

Y pasé por este lugar que no recuerdo cómo se llama.

De ahí me fui caminando hasta Penny Lane (sí, esa, la de la canción). En alguna parte del trayecto pasé por al lado de una cancha de fútbol donde un montón de pibes jugaban un partido. Seguí de largo y escuché: “Hey, pretty!” (“Ey, linda!”), y pensé: no debe ser para mí. Aunque no había nadie más. Seguí caminando y otra vez, con más fuerza: “Hey, pretty!”. Yo nada. Y no se daba por vencido: “HEY, pretty!”. Si hay algo que me causa gracia (y me encanta) es el acento de los scouser (así se le dice a la gente de Liverpool). Si escucharon a cualquiera de los Beatles hablar, ya lo conocen, y sino tengan en cuenta esto: se escribe Liverpool pero se pronuncia algo así como “livapu”.

Mensaje scouser que encontré en el tren.

Mensaje scouser que encontré en el tren.

[highlight]* Tercera parada: Penny Lane. “No vas a encontrar a los Beatles acá”.[/highlight]

Y llegué, por fin, a Penny Lane.

https://www.youtube.com/watch?v=62s-Jier2yI

Debe ser, junto con Abbey Road, una de las calles más famosas del mundo, pero lo que me gustó es que no había nadie cruzando el paso de cebra ni haciendo fila para sacar una foto. Era una calle común y corriente. La caminé de punta a punta; en el medio encontré un centro comunitario y entré. La mujer que estaba detrás del escritorio me preguntó si podía ayudarla a rotar un PDF en la compu, le dije que sí y lo hice. “Por ayudarme, te voy a mostrar las fotos de un proyecto en el que estamos trabajando”. Y estuvimos como una hora mirando fotos de Penny Lane, esa misma calle, a lo largo del tiempo, antes y después de los Beatles.

Se robaron tantas veces este cartel que ya no lo ponen empotrado a la pared.

Se robaron tantas veces este cartel que ya no lo ponen empotrado a la pared sino así como lo ven.

Esta es Penny Lane

Esta es Penny Lane

En la entrada del centro comunitario Penny Lane.

En la entrada del centro comunitario Penny Lane.

En el patio del centro comunitario

En el patio del centro comunitario

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Salí, caminé hasta la esquina, y me encontré con un policía vestido de naranja que estaba cortando el (poco) tráfico para que los chicos que acababan de salir del colegio pudieran cruzar. Inferí (porque era obvio, por la ubicación) que ese debía ser el colegio al que había ido John Lennon, así que fui a mirar. No me generó nada (supongo que lo mismo que si hubiese ido a ver los hospitales donde nacieron), pero fue un detalle de color. Volví a la esquina donde estaba el policía y él solo me empezó a hablar. Me preguntó si estaba buscando algo en particular, le dije que estaba haciendo un walking tour independiente de los Beatles. Me hizo señas de que me pusiera al lado de él (en medio de la calle, mientras cortaba el tráfico), extendió el brazo y empezó a señalar:

—So you see there, that’s the shelter in the middle of a roundabout. Down the road there’s St Barnabas Church, where Paul McCartney sung as a choir boy and then stood as best man when his brother got married. And that way, you already saw, is where John Lennon went to school. (Ves allá, ese es el refugio en el medio de la rotonda —nota: en inglés, esas son las palabras exactas que aparecen en el tema Penny Lane. Más allá está la iglesia St Barnabas, donde Paul McCartney cantó en el coro juvenil y luego fue padrino en el casamiento de su hermano. Y allá, de donde venís, está el colegio al que fue John Lennon).

Y agregó:

—Paul and John used to meet at the bus stop here to go together to the center of the town. But you won’t find the Beatles here anymore! (Paul y John se encontraban en la parada del bus para ir al centro de la ciudad. ¡Pero ya no vas a encontrar a los Beatles acá!)

No. Pero puedo seguir escuchando sus letras, y esta vez en el lugar donde surgieron…

El policía simpático que me hizo un free standing tour.

El policía simpático que me hizo un free standing tour.

Más negocios de Penny Lane

Más negocios de Penny Lane

Y la iglesia

Y la iglesia

Penny Lane is in my ears and in my eyes

There beneath the blue suburban skies.

Así era el cartel anterior (este está adentro de un bar9

Así era el cartel anterior (este está adentro de un bar)

[highlight]* Cuarta parada: una caminata por el centro. En busca de los seres mitológicos.[/highlight]

Más allá de tour Beatle —que seguí al día siguiente con la visita al museo Beatle’s Story, donde hay réplicas a tamaño real de The Cavern, el estudio de grabación de Imagine, el submarino amarillo, la tapa de Sgt. Pepper, entre otras cosas—, Liverpool me gustó mucho. Me pareció una ciudad bien inglesa, real, con mucho arte y gente amable. Tal como me había dicho Greg. Mi anfitrión, además, me propuso un desafío: “Hay unas criaturas mitológicas en Liverpool, no se sabe si existen o no. Emilie dice que las vio una vez. Son las roller girls, chicas que salen de su casa muy bien vestidas y con los ruleros puestos. Si llegas a ver alguna por favor decímelo”.

Todo lo que vi caminando por el centro de Liverpool.

Todo lo que vi caminando por el centro de Liverpool.

La zona del puerto.

La zona del puerto.

Una princesa

Una princesa

Dentro del museo Beatle's Story

Dentro del museo Beatle’s Story

El submarino amarillo

El submarino amarillo

Imagine

Imagine

Una calle de Liverpool

Una calle de Liverpool

Y otra.

Y otra.

Y otra...

Y otra…

Y un mensaje.

Y un mensaje.

Dediqué mi último día a caminar por el centro y alrededores. Fui al puerto, al museo y en general deambulé por ahí. Me llamó la atención que había grupos de gente muy bien vestida (como si estuvieran yendo a una fiesta de casamiento), y después me enteré que estaban yendo a ver las carreras de caballos (un deporte, para ellos, tan importante como el fútbol). Cuando se hizo de noche fui a tomar el tren para volver a lo de Greg, y mientras esperaba en el andén los vi: ruleros que se asomaban, con orgullo —como diciendo sí, acá estamos, no queremos escondernos ni quedarnos en casa—, del pelo de una chica. Y de otra. Y de otra más. Avistamiento de tres figuras mitológicas en un mismo lugar y a la misma hora. Enseguida le mandé un mensaje a Greg: “Existen. Acabo de ver tres”.

Y, satisfecha, me subí al tren que me llevaría de vuelta a los suburbios de Liverpool.

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[box border=”full”]Algunas cosas al respecto de Liverpool:

  • Si son fans de los Beatles, vayan, por el amor de dios, vayan. 
  • Van a ver que hay un montón de tours y visitas guiadas por la ciudad y por los atractivos beatles (incluyendo las antiguas casas de algunos de ellos). Los buenos tours me parecieron muy caros, y los baratos no tenían buenas referencias. Así que investiguen. Hay guías especializados en los Beatles que pueden contarles y mostrarles un montón de cosas que de otra manera se perderían, pero son caros, sobre todo si están solos (para grupos es más barato). Lo bueno es que se puede hacer un tour independiente: usen google maps y caminen mucho.
  • Tienen que ver Magical Mystery Tour, por más que sea una de las películas más bizarras, de momentos mala y la menos popular de los Beatles, tienen que verla (déjense llevar, aunque no entiendan nada de lo que está pasando, y escuchen esa música). En realidad tienen que ver todas (a mí me encanta Help!).
  • Un buen libro para leer durante este viaje es [eafl id=”21083″ name=”El elemento” text=”‘El elemento'”], de Ken Robinson (uno de los educadores y oradores más importantes e influyentes de la actualidad, nacido también en Liverpool). Si bien no tiene nada que ver con los Beatles (o sí, porque pone de ejemplo a Paul McCartney, entre otros), el libro de Ken Robinson los hará pensar en ese talento que todos cargamos y que tenemos que escuchar (¿qué hubiese pasado si los Beatles le hubiesen hecho caso a algún profesor o pariente que les dijo que nunca iban a poder dedicarse a la música?). Léanlo. [/box]

Sziget Festival (días 6 y 7): y todo lo demás también

[box border=”full”]Este es el último post de la serie dedicada al festival Sziget de Budapest. No es un error que haya saltado del día 4 al 6: es que el 5 no fui. Mis conclusiones y el lado A (de arte) y B (de be) de este festival.[/box]

Si bien este es el video resumen del Sziget 2013, el ambiente, los escenarios y la decoración fue casi la misma que la de este año. Cambiaron las bandas y el público, pero la esencia del festival se mantuvo. El Sziget —que significa “isla” en húngaro— se hace en la isla Obudai de Budapest y durante siete días es un mini país (o isla-estado) con gente de todas partes del mundo (cuando entrás te dan un pasaporte y todo). Pero que se celebre en una isla no quiere decir que esté aislado de la ciudad/país/mundo que lo rodea. Este año, el Sziget coincidió con tres aniversarios: los 45 años de Woodstock, los 25 años de la caída del Muro de Berlín y del cambio de régimen en Hungría y los 40 años de la invención del cubo Rubik por el húngaro Ernő Rubik. Lo que me parece interesante, también, es que nació como consecuencia de la situación del país.

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Sziget nació en 1993 como un campamento con música, arte y teatro. Fue organizado por un grupo de amigos con el objetivo de reavivar los festivales de verano, eventos que habían quedado sin financiación oficial tras la caída del comunismo en 1989. Lo pensaron como algo para divertirse y lo planearon durante su tiempo libre. La primera edición se llamó Diáksziget (isla de los estudiantes) y reunió, durante siete días, a músicos y artistas húngaros y a 43.000 personas. Era la primera vez que se organizaba algo así en el país y las ganancias no alcanzaron para cubrir la inversión, pero aquel grupo de amigos decidió seguir organizando una edición por año del festival. Recién en 1997 lograron recuperar los costos con ayuda de sponsors. Hoy, veintiún años después, el festival se convirtió en uno de los más grandes de Europa. Pero la esencia, según nos explicaron sus organizadores actuales, sigue siendo la misma: un campamento de amigos con música, arte y teatro.

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En esta edición de Sziget, además de música, hubo juegos y espectáculos. Por ejemplo: una carpa de circo con shows en vivo, un dragón que todas las noches largaba fuego, una carpa de juegos lógicos (cubos rubik, ajedrez, campeonatos de poker), clases de yoga, tai chi y danza; una feria de juegos que imitaba a las ferias de Europa del Este de otra época, teatro callejero, proyecciones de películas, bunjee jumping, clases de húngaro, fogatas para sentarse alrededor, pintadas de arte en vivo, mesas de ping pong, la playa de río. Y además de eventos, hubo muchísima gente: alrededor de 415.000 personas en siete días.

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El Sziget está entre los 10 festivales de música más grandes del mundo (junto con, por ejemplo, el Rock in Río de Brasil, el Coachella de Estados Unidos, el Mawazine de Marruecos, el Exit de Serbia, Tomorrowland de Bélgica). Como puesta en escena me pareció impresionante: la isla estaba muy bien decorada y repleta de luces y colores; el escenario principal se adaptaba al show de cada artista (cambiaba la escenografía y las luces para cada banda); el sonido era impecable; había varios escenarios con distintos tipos de música (reggae, música del mundo, bandas europeas). Sziget se diferencia por su lado artístico y también porque no está encasillado en ningún género musical (otros festivales son solamente de música electrónica, de música indie, o de rock, en cambio Sziget es más de adaptarse al gusto actual de los espectadores).

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El último día no me quedé hasta el final: no me dio el cuerpo. Ahora me arrepiento un poco. Creo que si me hubiese quedado los siete días seguidos acampando ahí (con la mente puesta únicamente en el festival) hubiese sido distinto, pero ir todos los días y volver a la noche para tener que levantarme a la mañana siguiente e ir a clases de húngaro (y cambiar el chip a modo húngaro) fue algo que me agotó. Además tengo un problema: no me gustan los amontonamientos de gente, me lo banco un rato pero después ya no la paso bien. No sé si es algo de la edad, pero me irrita bastante que me empujen, o no poder ver el escenario, o justo al lado tener a un grupo de gente que se la pasa gritando y no me deja disfrutar la música (y no poder moverme de ahí por estar más encastrada en la masa que una pieza de tetris). Pero también sé que estos eventos no serían lo que son sin la gente: lo que es en vivo se disfruta colectivamente (sería ridículo pretender que toquen solo para mí). Así que durante el último día mi lado amante de la música y del arte se peleó un poco con esa señora malhumorada que llevo adentro y que se despierta cuando está atrapada en una masa muy grande de gente.

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Ahora que el festival terminó, mi foco está en Hungría. El curso de húngaro se termina en unos días y si bien no puedo tener más que una conversación muy básica (o ni siquiera eso), por lo menos empiezo a entender la lógica del idioma y soy capaz de leer algunos carteles o cazar palabras sueltas (pero me parece que es cierto eso de que el húngaro es un idioma al que hasta el diablo le tiene miedo). Mi familia llegó hace unos días y pronto empezaremos nuestro viaje por el interior de Hungría y por Alemania. Sé que van a ser tres semanas muy especiales. No sé cuánto publicaré en tiempo real al respecto, pero estoy tomando notas. Este viaje por Hungría es muy mío y creo que me va a costar un poco relatarlo.

[box border=”full”]Este fue el último post de la serie Sziget Festival. Podés leer los otros acá:

Día 1: la isla de la libertad
Día 2: efecto retardado
Día 3: lo que nos define
Día 4: la marea

Más información del festival: szigetfestival.com[/box]

Sziget Festival (día 4): la marea

[box border=”full”]Entre el 11 y el 17 de agosto fui al festival Sziget en Budapest, uno de los eventos musicales y artísticos más grandes de Europa. En estos posts (que ya no son en tiempo real sino en tiempo irreal) hablo acerca de algún artista o detalle que me haya gustado (o no). Y casi siempre termino filosofando acerca de la vida en general, no sé por qué.[/box]

 

Ya sé: estoy haciendo trampa. Me hice la loca y dije que iba a escribir un post por día de festival (es decir siete posts en siete días) y al cuarto día abandoné la misión y me fugué de internet. La verdad es que no me dio el cuerpo ni la cabeza para seguir el ritmo de Sziget y a la vez ir a las clases de húngaro todas las mañanas (seré nerd pero vine a Budapest a estudiar húngaro y no quería descuidar eso). Los textos anteriores los escribí con pocas horas de sueño encima y me da miedo releerlos porque no sé si tienen mucho sentido. Así que voy de nuevo. Toma 2, ¡acción!

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El día 4 no llevé la cámara, así que las pocas fotos que saqué fueron con el teléfono (el resto son de los fotógrafos oficiales de Sziget)

Siempre me gustó leer las biografías de mis artistas preferidos. Me interesa saber cómo se criaron, dónde crecieron, qué les pasó de chicos, qué querían ser, cómo llegaron a donde están, qué experiencias tuvieron, en qué creyeron fallar. Vivimos en un mundo de resultados y en general conocemos a los artistas cuando ya están arriba, cuando ya son John Lennon o Gabriel García Márquez o Stanley Kubrick o Soda Stereo y nos olvidamos de que todos transitaron un camino que los llevó hasta ahí, todos empezaron con una idea, un talento, un sueño, una vocación, un impulso y fueron paso a paso. Hace un tiempo leí un post en el blog Zen Habits y ahora no puedo encontrarlo para citarlo pero decía, en otras palabras, que si salimos a correr y vemos a otro que está corriendo más rápido o mejor que nosotros no tenemos que sentir bronca ni envidia ya que no tenemos ni idea de qué proceso transitó esa persona para correr así (quizá está entrenando para una maratón, quizá acaba de terminar su rehabilitación y está feliz de volver a correr, quizá está corriendo rápido para no pensar en cosas que le hacen mal). Todos estamos en proceso de algo.

El cuarto día de Sziget fue uno de mis preferidos pero también el más agotador. No fui con tantas expectativas como los días anteriores: el lunes fui por Blink 182, el martes por Ska-p, el miércoles por Placebo. El jueves fui más bien a ver qué onda. Y tuve tanta suerte que vi en vivo a un dúo que ahora me gusta mucho: Macklemore & Ryan Lewis. Confieso que unos días antes los googlé para ver si conocía algún tema y cuando me encontré con Thrift Shop (lo pongo acá abajo) dije ¡ah, son ellos! y fui contenta (sin saber lo que me esperaba).

Macklemore (Ben Haggerty, nacido en 1983) es un rapero estadounidense que produce su música de manera independiente desde el 2000. Ryan Lewis (nacido en 1988) es un productor, músico, fotógrafo y DJ estadounidense que también produce sus propios álbumes y que trabaja con Macklemore desde el 2006. En el 2012 grabaron, produjeron y distribuyeron el álbum The Heist de manera independiente, sin ningún tipo de promoción mainstream, y llegaron al primer puesto en iTunes horas después de haberlo publicado. Sus videos tienen millones de vistas y miles de personas van a sus recitales, y todo sin sello discográfico de por medio (otra prueba más de que el contacto entre artistas y fans cada vez es más directo).

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Hay algo del hip-hop (la cultura de la que forma parte el rap) que me gusta mucho: supongo que es la importancia que tienen las palabras, las letras, en las canciones. Si bien es un género que no tengo explorado a fondo para nada, siempre me atrajo. En el show de Macklemore y Ryan Lewis había 85.000 personas (fue el día con más gente del festival) y si bien no me gustan (ni me motivan) las masas de gente así toda junta tengo que reconocer que fue una noche cargada de energía. Macklemore no solo cantó sino que se conectó mucho con la audiencia. Una de las frases que dijo y que más me gustó fue: “We need differences, we are products of something bigger, if we were all the same there would be no creativity” (“Necesitamos diferencias, somos productos de algo más grande que nosotros mismos, si todos fuésemos iguales no habría creatividad”). Ahí empecé a ver por dónde venía la mano.

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Foto: szigetfestival.com / Szemerey Bence

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Foto: szigetfestival.com / Szemerey Bence

Creo que si bien existen las biografías y las autobiografías y las memorias, los artistas escriben su historia a través de sus obras. Las letras de Macklemore y Ryan Lewis hablan acerca de temas que nos tocan a todos, están cargados de franqueza y apuntan a los conflictos más básicos y humanos de cualquier persona. La canción Ten thousand hours (Diez mil horas) hace referencia a un concepto del autor Malcolm Gladwell: “Una de las claves para tener éxito es practicar una tarea durante 10.000 horas”. Y Macklemore dice, por ejemplo: “I stand here in front of you today all because of an idea / I could be who I wanted if I could see my potential” (“Hoy estoy acá parado frente a ustedes todo gracias a una idea / Podía ser quien quería si podía ver mi potencial”); “The greats weren’t great because at birth they could paint / The greats were great cause they paint a lot” (“Los grandes no fueron grandes porque pudieron pintar desde que nacieron / Los grandes fueron grandes porque pintaron mucho”); “A life lived for art is never a life wasted” (“Una vida vivida para el arte nunca es una vida desperdiciada”); “I make my living off of words / And I do what I love for work” (“Me gano la vida con mis palabras / Y trabajo de lo que amo”); “Generation of kids choosing love over a desk” (“Generaciones de chicos eligiendo el amor antes que un escritorio”).

En Victory Lap habla, justamente, acerca del camino que transitó para llegar a donde está: “I remember the days with nothing but a bus pass” (“Me acuerdo de los días en que no tenía más que un pase de bus”); y acerca de ser un artista independiente: “But I got creative control and my soul is mine / I wouldn’t trade it, maybe I’m crazy” (“Pero tengo control creativo y mi alma me pertenece / No lo cambiaría, quizá estoy loco”), “Now a days make good music, the people are your label” (“Hoy en día hacé buena música, la gente es tu discográfica”). Y, por sobre todo: “Music is the only medium that I could find myself through” (“La música es el único medio por el que me puedo encontrar”). Cada cual se expresa como mejor le sale, unos usan la música, otros usan las letras, otros los colores, otros el baile, pero todos hablan de lo mismo, de todo eso que tienen adentro.

Las letras de M&RL me hacen pensar mucho en las historias y conceptos del libro El Elemento de Ken Robinson (del cual hablaré en otro post, porque me parece un libro fundamental y que todos tienen que leer): ambos hablan acerca de hacer lo que uno ama, ambos redefinen el concepto de trabajo y de educación. Ahora, quizá uno se pregunta por qué tanta gente fue a ver a esta banda. ¿Es una moda? ¿Es el género cool del momento? No sé, no creo, me parece que la diferencia la marca la autenticidad de lo que hacen. Una de las canciones más reconocidas del dúo se llama Same love (Mismo amor) y se convirtió en el himno a favor de la legalización del matrimonio igualitario: “Whatever god you believe in / We come from the same one / Strip away the fear, underneath, it’s all the same love” (“Sea cual sea el dios en el que creas / Todos venimos del mismo / Sacate el miedo, en el fondo, es todo el mismo amor”). Es la primera vez que un grupo de hip-hop habla acerca de la necesidad de respetar estos derechos.

El jueves fuimos una marea de 85.000 personas cantando acerca de temas que nos importan, acerca de temas que definen a esta época y a esta generación. Y cada vez me convenzo más de cómo está cambiando todo, cómo se está redefiniendo la realidad, cómo los conceptos de trabajar/amar/educar/vivir/(y viajar, por qué no) van tomando nuevos significados y dejan de estar encasillados en un solo modelo. Todavía hay muchos que dicen (y condenan): “Eso no es música”, “eso no es trabajo”, “eso no es amor”, “eso no es educación”. No quieren mirar hacia adelante ni dejar atrás estructuras que cada vez se vuelven más obsoletas y se alejan más de la naturaleza humana. Pero por suerte hay miles de personas cantando, escribiendo, pintando, bailando, pensando y haciendo lo posible para generar otra manera de mirar.

Sziget Festival (día 3): lo que nos define

[box border=”full”]Estoy escribiendo, en tiempo casi real, acerca de Sziget, uno de los festivales de música y arte más grandes de Europa. Cada día elijo alguna banda, tema o detalle que me guste (hay tanto para ver que me sería imposible escribir de todo). Varios de estos textos los escribí de madrugada, después de volver del festival, y puede que no tengan mucho sentido.[/box]

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En la charla de literatura húngara que tuvimos hoy hablamos acerca de qué define a una nación. ¿El territorio? ¿La historia? ¿La comida? ¿La vestimenta? Hay muchos elementos palpables y otros que no se pueden tocar pero que también hablan acerca del modo de ser de un país: la literatura, la música, la danza, el arte. En el caso de Hungría, uno de sus artes más destacados es la poesía, y si bien un poema quizá no dé información concreta o práctica acerca del país, muestra lo que sienten y piensan sus artistas, los temas que les preocupan, las preguntas que se hacen, las luchas internas que tienen, y eso también dice mucho acerca de un lugar. Leímos el poema A Dunánál (“Junto al Danubio”) de József Attila, uno de los poetas más reconocidos de Hungría, y vimos cómo se reconcilió, de a poco, con su hungaridad. “Aceptarse húngaro implica aceptar muchas contradicciones de la historia y muchas paradojas de los sentimientos que compartimos”, nos dijo la profesora: “Como por ejemplo esa sensación muy húngara de sentirte solo en tu propia tierra”. Aceptar el lugar donde uno nació como parte de nuestra identidad puede llevarnos toda la vida.

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Todas las fotos son del festival

Me puse a pensar en qué define a una persona. Muchas cosas nos vienen por default: nacemos en cierto territorio del mundo (y automáticamente somos de tal nacionalidad, queramos o no), nacemos en una época del año y en un período histórico, nos ponen un nombre, tenemos cierto color de ojos pelo piel, somos altos bajos medianos, nos viene una familia y una cultura de regalo (a veces también una religión, una ideología, una educación). Todo eso forma parte de quiénes somos y muchas veces nos definimos así: ¿quién soy? soy la argentina, soy la hija de, soy la alta, soy la porteña, soy la de ojos marrones. Pero si nos despojamos de todo eso, de todo lo que nos viene adjuntado de nacimiento, ¿qué nos queda?, ¿qué nos define? Nuestras elecciones. Los amigos que elegimos, los libros que leemos, los lugares a los que vamos, las cosas que pensamos, los sueños que tenemos, las películas que vemos, las palabras que decimos, lo que decidimos aprender, los trabajos que hacemos. Todo lo que vamos construyendo arriba de eso que somos.

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La música es una de nuestras grandes elecciones y casi nunca es racional. Nos gustan determinados estilos, sonidos, instrumentos, melodías, letras, interpretaciones, ritmos porque nos hacen sentir algo cuando los escuchamos, porque nos tocan por alguna razón que no se puede explicar. Me pasó con Placebo la primera vez que los escuché, a los 16 o 17 años: sentí algo, me sentí parte de un sonido que me hacía bien, me pareció una banda muy relacionada con la identidad, con esa búsqueda de una definición personal. Sus canciones me hablaban de desamor, de tristeza, de sufrimiento, de finales, de equivocaciones, de apariencias, de amores dañinos, de vulnerabilidad, de soledad, de miedos, de ser distinto. Pero sin pesimismo ni depresión, era como si alguien me hubiese dicho al oído: mirá, la vida también tiene estas cosas, sabelo, no estás sola. Y me sentí reconfortada.

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Placebo en vivo en Sziget

La banda se formó en Londres en 1994 por el cantante y guitarrista Brian Molko y el guitarrista y bajista Stefan Olsdal. Habían ido juntos al colegio en Luxemburgo y se reencontraron de casualidad en 1994 en una estación del metro de Londres. Molko vio que Olsdal tenía una guitarra colgada al hombro y lo invitó a verlo tocar en un show local; cuando Olsdal vio la potencia musical de Molko le propuso formar una banda. Y así empezó todo. Molko se había criado en un marco familiar muy estricto: su papá quería que sea banquero y no aprobaba sus expresiones artísticas. Molko se rebeló adoptando una apariencia andrógina, pintándose las uñas, usando delineador, y escuchando punk. Supongo que para él hacer música empezó como una actividad personal, como una manera de definirse a sí mismo, de sentirse bien, de evadirse de un entorno que no lo dejaba expresarse con libertad. Todas las expresiones artísticas, pienso, surgen de una necesidad interna (yo no escribiría si no necesitara hablarme a mí misma). Y cuando eso que hacemos toca a otro, podemos sentirnos muy afortunados: quiere decir que estamos generando una conexión con el otro a través de sentimientos universales.

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En estos veinte años, Placebo grabó siete álbumes, vendió más de 11 millones de copias, tuvo tres bateristas y colaboró con muchísimos músicos. Es difícil definir su estilo: empezó siendo una banda de glam rock o de rock alternativo, pero con los años tomó caminos distintos y fue adoptando algo de cada género (se refieren a Placebo como goth-rock, Britpop, rock electrónico, rock experimental, rock progresivo, post punk, entre otros términos). Pero las definiciones suelen ser palabras estáticas y tanto las personas como las bandas están en cambio y evolución constante. Por eso me parece tan difícil ponerse una etiqueta. Hoy soy esto pero mañana seré otra cosa. Frente a vos soy esto pero frente a él soy otra. A veces me defino por mis acciones, a veces por mis gustos, a veces por mis ideas, a veces no sé. La palabra que usamos para definirnos también nos define, y nunca somos la misma persona para todos los que nos miran de afuera. Estamos en construcción toda la vida. (A todo esto, les recomiendo una película húngara muy buena que habla acerca de estos temas, aunque no sé qué tan fácil será conseguirla: Kaméleon).

En fin, todo esto para decir que vi a Placebo en vivo por segunda vez, esta vez en Sziget, en Budapest, en Hungría, en un país que me está generando demasiadas preguntas, y fue lindo sentirme abrazada por su música en medio de tanta hiperactividad mental. Baby, did you forget to take your meds? Parece que sí. Molko lo dijo: Placebo es una banda de outsiders para outsiders. Y es lindo que sean parte de este mosaico de cosas que me definen.

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Algunas canciones que me gustan:







Sziget Festival (día 2): efecto retardado

[box border=”full”]Intento de post acerca del segundo día del festival Sziget. Escrito muy de noche y con la cabeza a punto de explotar.[/box]

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Arte en vivo

Cualquier cosa nueva que empecemos lleva su período de adaptación: un viaje, un curso, un idioma, una relación. Un festival. El Sziget empezó ayer y si bien lo viví, lo salté, lo disfruté y lo escribí, recién hoy empiezo a caer. Sigo energizada por Blink 182, hoy me la pasé escuchando sus temas hasta en el baño y cantándolos en voz baja durante los recreos (soy estudiante otra vez, estoy combinando el festival con mis clases de húngaro). El festival dura siete días y, como pasa con los viajes (por ejemplo, sobre todo con los que tienen fecha de vuelta preestablecida), uno empieza a meterse de lleno y a disfrutar cuando ya se está por terminar. Al principio hay pasos en falso, cuesta dejarse llevar, hasta que de repente todo se acomoda, la realidad se acelera, uno sube por la curva y empieza a fluir con lo que sea que esté haciendo. Yo estoy en ascenso pero todavía no llegué al punto tobogán.

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Todas las fotos son de hoy

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Es la una de la mañana, estoy agotada y me pregunto para qué decidí escribir un post por día si todo lo que me sale son pensamientos trasnochados. Pero ya estoy en el baile. Igual que con el festival: estoy entrando en calor y no puedo cortar ahora. Lo bueno es que cada día me da la opción de resetearme y hablar de algo nuevo. Seguro que cuando me sienta cómoda ya se va a haber terminado, porque así me pasa con muchas cosas. Cómo quisiera volver a ver a Blink, cómo quisiera repetir tantos momentos, pero el tiempo va hacia adelante y hay que aprender a disfrutar el ahora, lo que está enfrente, y dejar de lamentarse por el resto. Before I die I want to: (complete aquí). La pared estaba repleta de sueños escritos con tiza: “Travel the world”, “kiss”, “find the dragon”, “be happy”. Mejor que empieces ahora entonces, porque eso de “lo haré más adelante, cuando tenga tal o tal cosa” es una excusa.

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Hoy había más que ayer: más gente, más carpas, más actividades, más de todo. Va in crescendo de a poco y algo me dice que el domingo va a explotar de gente. Hoy me dediqué a buscar personajes: vi a Spiderman, al Cookie Monster, a tres que parecían estar en piyama, gente con la cara pintada de colores, tiburones, Bob Esponja, Space Invaders, Pokemones. Hoy tocó Ska-p y fui especialmente para verlos: ya había ido a un recital en Buenos Aires y me pareció una de las bandas más divertidas para ver en vivo. Tocaron a las seis menos cuarto de la tarde, en el escenario principal, con luz de día de Budapest y banderas asiáticas, europeas y latinoamericanas. El pogo fue gigante desde el primer tema (nota mental divertida: en Francia también se dice pogo; en realidad en todas partes se dice pogo, pero yo no sabía. Al parecer el pogo lo inventó Sid Vicious, el bajista de los Sex Pistols, durante los años 70 en recitales de punk en Londres y hoy quedó ligado a la movida punk rock, aunque en Argentina se hace pogo en todos los recitales).

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Minutos antes de Ska-p

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En pleno recital

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Y después

Ska-p se formó en 1994 en Madrid y es conocida por sus letras anti sistema y anti todo: una de mis canciones preferidas dice, por ejemplo, desde filipinas a américa central, desde el polo norte hasta madagascar, este puto mundo no es de nadio y es de todos, cinco continentes en un mismo corazón, multirracial oh oh oh ohhh (y no sigo porque me cebo y me dan ganas de escuchar el tema y ponerme a bailar). Este grupo sí que sabe transmitir energía y hacer bailar a la gente, hablen el idioma que hablen. Yo soy bastante quieta pero con ellos no aguanto, los pies me saltan solos, los brazos se me mueven en el pasito ska sin que me de cuenta. Durante el show pasó una bandera argentina, pasó uno sosteniendo una rama de un árbol, pasaron varios fans de mano en mano. Estampida, Niño soldado, Ni fu ni fa, ETTs, Cannabis, Torero, Crimen Solicitationis, Derecho de admisión, Intifada, El vals del obrero, A la mierda y Gato López. Qué gracioso traducirle las letras de esta banda a alguien que no habla castellano.

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Algunos momentos de Sziget

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20.000 globos

Después de saltar me fui a dar una vuelta por la isla y me di cuenta de que me está pasando lo mismo con el húngaro: estoy con efecto retardado. Los primeros días no me acordaba ni una palabra, ahora puedo entender algunos carteles y ya sé que donde dice sült krumpli se venden papas fritas, bejarat es la entrada y kijarat es la salida. El húngaro me parecía imposible pero se ve que mi cabeza empieza a retener términos. Hoy pensé en que estaba cansada y se me vino a la menta la palabra faradt, que significa justamente eso: cansancio. Pero al idioma le dedicaré otro post y ahora estoy demasiado agotada como para pensar. Quién me manda a escribir un post por día a estas horas. Me quejo pero me gusta, es un desafío, aunque me parece que cuando termine esta semana voy a escribir los posts de verdad. Este festival (y Budapest y Hungría y el húngaro y todo lo que me está pasando acá) es una sobredosis de estímulos y necesito que pase un tiempo para poder procesarlos.

Sziget Festival (día 1): la isla de la libertad

[box border=”full”]Del 11 al 17 de agosto estaré cubriendo el Sziget Festival de Budapest, uno de los festivales de música y arte más grandes de Europa. Me propuse escribir un post por día así que todo esto es un borrador de medianoche.[/box]

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La entrada al Sziget Festival (algunas fotos son de Instagram pero todas son de hoy)

Cuando YouTube no existía y MTV era un canal de música yo me pasaba horas mirándolo para enganchar los videoclips de las bandas que me gustaban. Era perfecto para dejar de fondo y hacer cualquier otra cosa, y supongo que así fue como muchas canciones quedaron pegadas a momentos de mi vida sin que me diera cuenta. Unos años después, entre el fin del colegio y el principio de la facultad, me dediqué a ir a todos los festivales de música habidos y por haber: era habitué de los Pepsi Music, Personal Fest, Quilmes Rock y vi a decenas de bandas nacionales e internacionales. Tenía un truco del cual no sé si avergonzarme o no: compraba dos (a veces tres) entradas apenas salían, me quedaba con una y revendía la segunda al doble —o a lo que cotizara en el mercado— y con eso recuperaba la inversión y me pagaba la mía. Cuando empecé a viajar se me terminaron los recitales por dos motivos: uno, nunca estaba en Buenos Aires para ver a las bandas que me interesaban y dos, nunca me puse a investigar cómo funcionaba el tema de la reventa en otras partes del mundo. La cosa es que tuve unos años muy recitaleros y fui a más shows de los que me acuerdo. Durante esa época, además, soñaba ser periodista de rock.

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Empecé a viajar y la vida me llevó por otro lado. Mis ganas de hacer algo con la música se quedaron en Buenos Aires junto con la cajita donde guardaba las entradas de todos los recitales y el cuaderno en el que escribía mis crónicas subjetivas acerca de las bandas que veía en vivo. Creo que los shows me quedaron más marcados por detalles que por la lista de temas en sí: salté como loca bajo la lluvia en un show de Ska-p, fui a ver a Placebo sola porque no tenía ni un amigo que conociera la banda, tuve que caminar con el agua por las rodillas el día que el recital de Sabina se suspendió por lluvia, el primer tema de Cerati que escuché en vivo fue Artefacto (fue en un festival y salí corriendo hacia el escenario apenas escuché la introducción a lo lejos); de los Arctic Monkeys me acuerdo que se fueron del escenario y no volvieron para los bises, fue un show potente y conciso; Aerosmith no estuvo a la altura de mis expectativas (esperaba demasiado); Roger Waters fue el mejor espectáculo que vi en mi vida, esa noche la cancha de River levitó con El lado oscuro de la luna; vi por última vez a Spinetta desde lo que Vero y yo bautizamos “el palco cielo” (uno de los puntos más altos del estadio en el que tocaba).

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Decoración con paraguas

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El escenario principal

Cuando me dijeron que el Sziget era más que un conjunto de recitales me intrigó. Siete días en una isla en medio del Danubio, con cientos de bandas, djs, fiestas temáticas, espacios de arte, instalaciones, camping, eventos, clases, deportes. Yo voy. Aunque tenga que hacer malabares con los estudios de húngaro y mi poco tiempo libre, yo voy a Sziget. Me propuse, además, escribir un texto por día durante los siete días que dura el festival, y acá estoy, recién salida del día uno. Mientras volvía pensaba voy a hacer textos cortos, algunas impresiones y nada más, pero cómo me cuesta no extenderme. Es tarde y todavía estoy procesando. Hoy vi a Blink 182, una banda que me cansé de escuchar junto con Green Day durante mis dieciséis y que nunca pensé que iba a ver en vivo (no sé, los veía demasiado lejos, allá arriba, como una de esas bandas que uno ve por la tele pero que jamás tendrá cerca). Y de golpe, voilá. Tengo ese dolor de pies típico de recitales, las zapatillas sucias, el cuerpo cansado, pero no me importa nada. Nadie me saca el haber cantado singing it so I will not go turn the lights off carry me home NANANANANANA como si hubiese estado frente a la pantalla de mtv con trece años menos.

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De hoy me quedan flashes. Sziget significa isla en húngaro y el slogan del festival es La isla de la libertad. Está en medio de Budapest (la isla se llama Óbudaisziget y tiene 108 hectáreas) y es un espacio de árboles y pasto ambientado como una mini ciudad: tiene su espacio para acampar, negocios de tabaco y comida, bares, un correo, lugares donde cargar teléfonos… Dicen que es la versión europea alternativa de Burning Man: “Un parque de diversiones que no tiene nada que ver con la realidad”. Hoy no pude ir temprano así que no terminé de recorrer la isla, pero lo poco que vi me encantó: luces, decoraciones hechas con paraguas y lámparas de papel, instalaciones fabricadas con botellas, hongos y flores gigantes, varios escenarios, la palabra fuck prendida fuego en el escenario durante el bis de Blink 182, gente de todas partes de Europa. Y la puntualidad, oh la puntualidad. Si en Argentina un show se anuncia para las 9, seguro que tocan a las 10 o más tarde; pero acá Blink estaba anunciado para las 9.30 y empezó 9.34. Y estalló. No dejaron afuera ningún hit: Feeling this, What’s my age again?, Rock show, First date, I miss you, Stay together for the kids, Man overboard, All the small things. Travis rompiéndola en la batería, como siempre. Honest, let’s make, this night last forever, FOREVER AND EVER LET’S MAKE THIS LAST FOREVER. Tom haciendo todo tipo de comentarios sexuales y Mark hablando acerca de la energía que había debajo del escenario. Y es que yo me jacto de que los argentinos somos uno de los públicos más quilomberos y apasionados, pero hoy había mucha potencia. So sorry it’s over, there’s so much more than I wanted and I there’s so much more than I needed and time keep’s moving on and on and on soon we’ll all be gone nanananananana. Mi cabeza no para de cantar. Estoy en modo escritura desordenada. No paro de mirar la agenda del festival y quiero ir a todo: Ska-p, Placebo, Stromae, Kavinsky, The Kooks, Calvin Harris, las bandas, los tributos, el río, las clases, las fiestas temáticas (una con 20.000 globos, otra con 10.000 banderas, otra con seis toneladas de colores, otra con 100.000 serpentinas, otra con 10.000 palitos de esos que brillan). Una locura. Chau. Esta semana no duermo.

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Y un tema de Blink que me encanta:

Bruselas beatle

“I was alone, I took a ride / I didn’t know what I would find there…”
(Got to get you into my life – The Beatles)

No hablo mucho de ella, pero la música es una gran parte de mis viajes y de mi vida. Me pasa como con los libros y las películas: hay tanto para escuchar (leer) (ver) que me abrumo y siento que no me van a alcanzar los años ni las vidas para conocer todo. Si bien considero que me gusta “de todo un poco” (con una leve inclinación hacia el rock y pop) hay una banda que (sospecho) (sé) va a ser mi preferida siempre y de la que nunca me voy a aburrir: ya se imaginarán cuál. Los empecé a escuchar antes de nacer gracias a mi mamá, que tuvo la suerte de ser adolescente en una de mis décadas preferidas; según me cuentan, una de las primeras canciones que aprendí en inglés (y canté como una desenfrenada durante mis primeros ¿seis? años) fue She loves you yeah yeah YEAAAH!; me vi todas las películas, tengo todos sus discos, me sé todas sus canciones y no puedo resistirme ante cualquier tipo de souvenir o memorabilia beatle; y siento (como nos debe pasar a todos los beatlemaníacos) que sus letras definen mi vida, mis emociones, mis historias. Es como si cantaran para mí (y para cientos de millones más, ya sé, pero una de esas cientos de millones soy yo).

Esta foto la saqué en el museo del juguete de Malasia

Esta foto la saqué en el museo del juguete de Malasia

Más allá de mi amor por los Beatles, siempre viajo con música y tengo momentos (o continentes) para cada género. En América Latina me agarró la onda latina/rock nacional/“música del mundo” y me la pasé con Manu Chao, Amadou et Mariam, Orishas, Calle 13, Zebda, Soda Stereo, Calamaro, Cerati, Charly García, Spinetta, Kevin Johansen, Lisandro Aristimuño, No te va Gustar, Onda Vaga, Ska-p, Bersuit, Dancing Mood, Bob Marley… En Asia (creo que de tanto hablar y pensar en inglés) volví a Pink Floyd, David Bowie, Led Zeppelin, Audioslave, Arctic Monkeys, The Clash, Easy Stars All Stars, The Cure, Muse, The Strokes, Coldplay, Amy Winehouse, Madonna, Guns’n’Roses, Green Day, The Smiths… Cuando vine a España por primera vez empecé a escuchar Muchachito Bombo Inferno, Fito y Fitipaldis, Amparanoia, Macaco, Bebe, Extremoduro y a reescuchar a Sabina, a Serrat… Pero lo cierto es que los Beatles son el único grupo que atraviesa mi vida (y mis viajes) de manera diagonal: están presentes siempre, a veces más (todos los días), a veces menos (quizá no los escucho durante meses), pero cada vez que pongo un tema de ellos es como si lo escuchara por primera vez. Nunca pierden la magia: son como viajar a un lugar que ya conozco y siempre descubrir algo nuevo.

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Estas fotos las saqué en un bar de Rosario (Argentina) que también hace de museo beatle (y ahora no me acuerdo el nombre)

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En general reservo la música para dos momentos: los desplazamientos de un punto a otro (ya sea en bus, tren o avión) y algunas caminatas. Me gusta mucho hacer listas (como “Música para viajar a París en tren”, “Música para viajar por Mendoza en auto”, “Música para volar a Madrid”, “Música de ruta en Laos”) (nunca pude hacer una lista de temas de los Beatles: temo que si pongo los que más me gustan todos juntos voy a tener algún tipo de sobredosis, además me parece imposible elegir mis preferidos) y me encanta combinar lugares con música. A veces dejo que sea por azar y pongo el mp3 en shuffle, a veces pongo una banda con cierta intención (que David Bowie me perdone y sepa que lo amo, pero cada vez que voy en un transporte y no puedo dormir me pongo un disco de él y quedo frita) y a veces salgo a caminar y elijo una banda sonora por intuición. Eso me pasó el primer día que salí a pasear por Bruselas. Miré la lista de artistas, puse el dedo sobre Los Beatles (convencida, sin pensarlo), le di al Shuffle All y me fui a caminar con ellos.

Música para caminar por Bruselas

1.

(Esta fue la primera canción que salió cuando puse Play. Si bien me gustan más otras épocas de los Beatles, es imposible no ponerse de buen humor con estos temas.)

Bruselas me sorprendió. Creo que eso pasa con las ciudades a las que uno va sin expectativas y habiendo escuchado comentarios del tipo: “Bruselas es aburrida” o “la recorrés en un día” o “es una ciudad gubernamental sin nada para ver” o “tomate una cerveza y seguí de largo”. No es como París o Londres (dos ciudades en boca de todos, dos ciudades establecidas en el imaginario popular): yo no había escuchado casi nada de Bruselas y no sabía qué esperar, así que no esperaba nada. Además tampoco planeaba venir para acá (Bélgica era uno de los últimos países de Europa que pensaba visitar), pero estando en París me dije: Si estoy tan cerca, ¿por qué no? De paso puedo ir a Londres y a Amsterdam y quizá a Berlín… Y me vine, y me alegra la decisión. Lo primero que pensé al ver la arquitectura de Bruselas desde el tren fue: “Ah, ¡pero es linda Bruselas!”.

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2.

(El día de la caminata por Bruselas me escuché casi toda la discografía, así que los temas que pongo acá son algunos que me gustan mucho, aunque me resulta muy muy difícil elegir mis temas preferidos: tan difícil como decidir “qué país me gustó más”).

En Europa todo está cerca (por lo menos para mí, que soy de un país de distancias muy largas). Manejás una hora y ya estás en otro país (en Buenos Aires manejás una hora y si es hora pico no avanzaste más de 30 cuadras; imaginen que para llegar hasta la frontera con Bolivia es casi un día por tierra). Si América Latina es como un edificio (por eso de que para recorrerla hay que ir casi siempre hacia arriba o hacia abajo), Europa es un PH (de propiedad horizontal, ya que todo está extendido hacia los costados). Lo que me sorprende es que si bien las distancias son muy cortas, cada país es muy distinto a su vecino. Al menos por ahora no tuve la sensación de que un lugar sea “más de lo mismo” (ya sé que recién empiezo a conocer Europa, pero la variedad me asombra).

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La primera imagen que tuve de la Grand Place, la plaza central de la ciudad

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3.

Estoy empezando a pensar que es mentira eso de que Europa es para recorrer de grande (por eso de que todo lo que hay para ver son museos y arquitectura): puros prejuicios. Europa es una fiesta y vine en el momento ideal de mi vida. Acá pasa de todo. Lo malo es que hay tanto para ver (tantos pueblitos, tantas ciudades), que recorrer Europa es como entrar a uno de esos museos interminables y saber que nunca podrás ver todas las obras: hay que seleccionar. Por eso siento que estas semanas de viaje (porque a mediados/fines de abril tengo que volver a España a presentar mi libro) serán un pantallazo de una parte del continente: acabo de entrar al museo y elegí ver los salones urbanos (es decir, voy a hacer un recorrido de ciudades más que de naturaleza). Más adelante haré un recorrido más exhaustivo país por país.

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4. 

(Me gusta mucho Rubber Soul, no quería poner tantas canciones del mismo disco pero no puedo evitarlo. Puede que este tema esté muy escuchado, pero es uno de esos que nunca me cansa…)

Mi primer día en Bruselas salí de la casa de Barbi (la argentina que me está alojando junto con su novio), caminé una hora hasta el centro de la ciudad (podría haber ido en metro, pero ¿quién me apura?) y lo primero que sentí fue que la capital belga es un lugar muy amigable. París será una diosa, pero es abrumadora y a veces algo antipática: es mucho más grande y cosmopolita de lo que uno cree y tiene más avenidas anchas y construcciones enormes de las que uno espera (aunque me gustó mucho, cada día que estuve ahí un poco más). Bruselas es más tranquila, más abordable, más relajada. Esta es la capital de Europa (es la sede de las instituciones de la Unión Europea), pero el ritmo de vida (por lo menos visto de afuera) me parece tranquilo (si bien me aseguran que el peor tráfico de autos del mundo está en Bruselas. No en India, no en Lima: en Bruselas).

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¿Ven los globos? Son dos: uno amarillo y uno rojo.

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Me encontré un avioncito de papel

 

5.

Las ciudades europeas me encantan: son muy callejeables. En las veredas pasan un montón de cosas (tal vez no al estilo frenético de Asia sino de manera más ordenada, pero pasan). La gente hace picnics, la gente toma vino y cerveza en los parques, la gente se reúne en las escaleras de los edificios públicos y monumentos, la gente hace música en la calle, la gente frena a escuchar, la gente hace skate y anda en bici, la gente camina, la gente sale a correr, la gente pinta paredes, la gente se sienta en las terrazas de los barcitos y disfruta del sol, la gente hace cosas. Y Bruselas no es la excepción.

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6.

No sé mucho de Bruselas más que lo que me cuentan y lo que veo. Es una ciudad de extranjeros (más del 70 por ciento de la población son inmigrantes), casi nadie se queda a vivir definitivamente; la comida típica son las frites (papas fritas), los waffles, el chocolate y la cerveza; hay un bar que tiene el récord guiness por ofrecer 2004 cervezas; se hablan varios idiomas (los oficiales son el francés, el alemán y el holandés o flemish), en Bruselas predomina el francés, pero los nombres de las calles también están en holandés y escuché mucha gente hablando castellano e inglés; el tráfico, al parecer, es de lo peor (aunque el transporte público me pareció muy ordenado). En Bélgica nacieron los Pitufos, Tintín y un montón de cómics, por eso está lleno de murales y de tiendas de cómics. En casi todos lados cobran por usar los baños (unos 30 o 40 centavos de euro) y la cerveza es omnipresente.

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Un plato de fritas

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7.

René Magritte era belga (me declaro culpable de pensar, durante mucho tiempo, que era francés) y acá hay un museo con sus obras que les recomiendo mucho. Si bien cada artista es único y está conformado por toda una historia de vida, el lugar donde nació también influye en su cosmovisión. Mirar sus cuadros me hizo sentir varias cosas: que tengo la imaginación atrofiada (este hombre tenía ideas genialmente sencillas) y que unir cosas cotidianas (que no parecían estar relacionadas) es un don. Me encanta el surrealismo, me encantan las nubes metidas en copas, las montañas con cabeza de águila, los pájaros que crecen como plantas, los relojes con caras. Bruselas también une cosas que no parecen estar relacionadas: estilos arquitectónicos distintos, un estacionamiento con la mejor vista de la ciudad, un nene que hace pis y al que todos los días le cambian la ropa, un Space Invader con la estatua de un perro que hace pis (hay una obsesión con el pis me parece: demasiada cerveza).

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Construcciones antiguas y modernas

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Esta es la vista desde la terraza de un estacionamiento. Vieron a los de South Park, ¿no?

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Vista desde esa misma terraza (si vienen, busquen “Parking 58”)

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Space Invader + estatua de perro que hace pis

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Y con ustedes, el Mannekin Pis, el niño que mea, un emblema de la ciudad…

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Hay gente que compra vajilla para ocasiones especiales. Yo compro biromes (lapiceras).

8.

Camino y pienso en Londres. Tengo la sensación de que cuando llegue (el martes que viene) voy a decir: ya está, acá es donde quiero morir. O tal vez no. No quiero ilusionarme, pero cómo no ilusionarme con el país de mi banda preferida. Quiero ir a Liverpool pero no quiero caer en el cliché de escuchar a Los Beatles ahí (¿cómo no caer?). Sigo caminando por Bruselas y me doy cuenta de que voy tarareando un tema de The Rutles (si son fanáticos de los Beatles les recomiendo muchísimo la película The Rutles: All you need is cash, una parodia de los Monty Python a Los Beatles. No tiene desperdicio). ¿Qué tendrán que ver los Beatles con Bruselas?, me pregunto. Sigo caminando y me choco con la vidriera de Vans: Novedad: zapatillas de Yellow Submarine Edición Limitada. ¿Por qué? ¿Por qué me hacen esto? Ni quiero preguntar el precio. Sigo caminando y me encuentro con un dúo de músicos: The Streetles (mezcla de street y Beatles). O sea que algo tenían que ver los Beatles, o será que uno encuentra lo que está dentro de su radar.

Este es el tema de The Rutles que voy cantando:

Si quieren seguir investigando, les recomiendo los temas Get up and goAll you need is cash y Piggy in the middle. The Rutles es un camino de ida.

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9.

Empezó la primavera en Europa. Es la primera vez que vivo la primavera en otro país (el resto de las veces estaba viajando por lugares donde la primavera no existe). Me parece raro que sea en marzo y no en septiembre: para mí primavera es sinónimo de septiembre, de día del estudiante, de rateadas y picnics masivos en todos los parques de Buenos Aires, de anécdotas en Plaza Francia. Se terminó el invierno. Los días van a empezar a ser más largos, el sol más fuerte, el mar más tentador. Voy a conocer Europa con calor.

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10.

Camino por Bruselas y pienso que hay tanto para ver que no sé por dónde empezar. Eso mismo pienso del mundo en general. Pero nada mejor que caminarlo con John, George, Ringo y Paul cantándome al oído.

Y este señor no sé quién es.

Y este señor no sé quién es.

Un gato belga, para no perder la costumbre.

Un gato belga, para no perder la costumbre.

 

Bonus track:

[box border=”full”] Información útil para visitar Bruselas

– El centro de Bruselas es bastante compacto: todo está cerca y se puede caminar de un lugar a otro. Puede que ni haga falta tomar un transporte. Sino hay metro, tranvía y buses. El pase de 10 viajes cuesta €14 (como siempre, mucho menos que comprar los 10 viajes por separado, ya que de a uno están como a €2) y cada boleto tiene validez por una hora (permite hacer combinación entre distintos tipos de transporte sin tener que pagar dos veces).

– Les recomiendo pasar por la oficina de Use-it Maps (en el boulevard de la calle Steenkoolkaai y Vaartstraat) y pedir los mapas gratuitos de Bruselas, Brujas, Ghent y varias ciudades europeas más. Son excelentes: están hechos por la gente local y orientados a viajeros jóvenes; tienen tips y recomendaciones que no aparecen en ningún otro lado y que muy pocos turistas conocen. Como diríamos en Argentina: te tiran la posta.

– Bruselas es un poco más barata que París en cuanto a comida: si no querés gastar mucho, en los supermercados hay sandwiches por €2-3 y ensaladas por €4. Una buena porción de frites está unos €3; un vaso de cerveza (imperdible acá) entre €2 y €4 (depende mucho del bar y del tipo de cerveza). Sino los menúes rondan los €10.

– Hay varios tours gratuitos por la ciudad. Está el free walking tour de Sandeman (no lo hice pero es el más conocido, es gratis pero se suele dejar propina al final), están los Greeters (voluntarios de Bruselas que te llevan a conocer sus lugares preferidos de la ciudad) y está el tour Use-it.

– Bélgica es chiquito y todas las ciudades son accesibles por tren. Brujas está a una hora, Ghent a 35 minutos, Leuven a 25 minutos.

– Los temas de Los Beatles que aparecen en esta lista son algunos de mis preferidos, pero no los únicos. En realidad, me parece que elegir un solo tema de ellos es como tener que elegir “el lugar del mundo que más me gustó”: imposible. Tampoco sé si podría hacer un top 10. Me gustan casi todos. [/box]

Los sonidos del Sapo Amarillo

“Cuando dejás de usar la vista se te abren otros sentidos, empezás a sentir el mundo de otra manera”, nos dice mi tía Ana en alguna de las tantas charlas que compartimos durante nuestra visita de cuatro días en su casa de Traslasierra (provincia de Córdoba). Damián acaba de contarle acerca de uno de los momentos más felices y emotivos de su vida de burbujero: cuando le hizo burbujas a un nene ciego.

[singlepic id=6216 w=625 float=center] Damián haciendo burbujas frente a una escuelita rural de El Huaico

“Estaba haciendo burbujas en una feria callejera de San Fernando cuando Milagros, una nena de 7 años, se acercó con Gabriel, su hermanito de 5 años, ciego de nacimiento. Había otros nenes alrededor mío, saltando y reventando burbujas; Gabriel se me acercó, sin soltarle la mano a su hermana, y me dijo que quería hacer burbujas. Lo ayudé e hicimos burbujas juntos, con el burbujero, pero yo notaba que él no percibía las burbujas porque insistía en tocar la cadena. Entonces tuve una idea: como sus manos ya estaban un poco mojadas de tocar la cadena, se las mojé del todo con el líquido de las burbujas, le pedí que las pusiera juntas, con las palmas hacia arriba, y comencé a hacerle burbujas con mis manos sobre las suyas. Cada vez que él tenía una burbuja “agarrada” en sus manos, movía los dedos, acercaba y alejaba las palmas, las estiraba, jugaba, sentía las burbujas a través del tacto. Y cada vez que una se explotaba sonreía y me decía: ¡Ahí se reventó! En su rostro se notaba la concentración que ponía mientras percibía las burbujas en sus manos… Ese momento con Gabriel me hizo darme cuenta de que hay situaciones en nuestra vida que nos obligan a cambiar la perspectiva y percibir el mundo y lo cotidiano de nuevas formas… Fue un gran momento ya que pude acercarle un mundo mágico a alguien que tiene otra realidad totalmente diferente a la mía.”

[singlepic id=6192 w=625 float=center] Nena haciendo burbujas en la feria de Las Rosas

En ese momento, cuando Damián termina de contar la historia y hablamos acerca de la visión, me doy cuenta que desde que llegué al Sapo Amarillo (la casa de mis tíos en El Huaico) los sentidos se me abrieron otra vez, de golpe, como si hubiesen estado dormidos —o relegados a la “primacía” de la vista— durante mucho tiempo. En ese instante me pongo un pañuelo invisible sobre los ojos, dejo de depender de la visión y empiezo a escuchar todo lo que ocurre a mi alrededor. Escucho el canto constante de los pájaros, las ramas de los árboles que se bambolean por el viento, el maullido de los gatos cada vez que salgo de la casa y el ronroneo cuando los acaricio, el agua del arroyo que corre sin parar, los crujidos que hace la madera cuando subo la escalera, la música que hacen las campanas de viento cada vez que me las choco al entrar al pasillo, las gotitas de lluvia que chocan contra la ventana, el gato que golpea la puerta con la pata demandando que lo dejen entrar, el silencio ensordecedor de la noche interrumpido de vez en cuando por algún sapito. Y me doy cuenta de que estoy escuchando a la naturaleza otra vez. La ciudad no me permitía sentirla, allá los ruidos son otros: de colectivos, de manifestaciones, de gritos, de pasos acelerados, de subtes que llegan y se van, de bocinas, de murmullos, de conversaciones en cafés, de timbres, de ascensores que llegan a destino, de preguntas que nadie responde…

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[singlepic id=6198 w=625 float=center] Las campanas de viento

[singlepic id=6199 w=625 float=center] Un cuadro de mi abuelo (fue un gran artista) al lado de la escalera

[singlepic id=6203 h=625 float=center] Los gatos pidiendo entrar

[singlepic id=6220 w=625 float=center] El arroyito (y el sapito)

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Me siento inundada de sonidos, estoy siendo atravesada por ruidos que no escuchaba hacía mucho tiempo y ahora entiendo cuánta falta me hacían. De repente, también, empiezo a oler. Abro la ventana y el cuarto se me llena de flores. Camino a la cocina y ya siento el aroma del café preparándose, el olor inconfundible de las medialunas sobre el fuego, el intrigante dulce de zapallo que me espera dentro de su frasco. Me hago un té y siento cómo la manzanilla y la marcela flotan en el aire. Salgo al jardín y los jazmines me envuelven, me abrazan con su perfume. En la feria callejera huelo el jabón artesanal, los quesos, el chocolate. Huelo muchísimas plantas y flores que no logro reconocer: nunca me enseñaron de olores en el colegio. Y los olores son el sentido más poderoso: un olor es capaz de transportarnos inmediatamente al pasado, a un recuerdo, a un momento vivido, a una persona, a la infancia. ¿Por qué no nos enseñan a reconocer olores en el colegio?

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Aparece también el tacto: empiezo a sentir todo lo que me rodea con las manos, con los pies. Acaricio las hojas de los árboles, paso horas haciéndole mimos a los gatos (y descubro cuál es el más suave de los tres), meto los pies en el agua fría de los arroyos, corto la lechuga con las manos, lavo y seco los tomates, dejo que mis dedos se deslicen por la puerta de pinotea, recorro el globo terráqueo con las yemas de los dedos, abrazo y soy abrazada, agarro piedras y las tiro al agua haciendo sapito, camino descalza por el pasto, siento el hocico mojado de los gatos contra mis pies, acaricio el pelo del caballo, dejo que la birome patine sobre mi cuaderno (qué suaves que son las hojas de mi cuaderno…). Y el gusto se hace más presente que nunca: las ensaladas de verduras orgánicas tienen los sabores mucho más intensos, los alfajores artesanales se convierten en una adicción, las empanadas de calabaza y masala me transportan a Asia, el chapati de verduras con pasta de garbanzo me hace suspirar…

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Si bien sigo sacando fotos y usando mis ojos para observar lo que me rodea, durante mis días en Traslasierra también escucho, huelo, siento, saboreo… La naturaleza se expresa, me envuelve y me habla: no solamente me habla a través de sus sonidos, sino también a través de aquellos que la eligieron y viven en ella. Durante estos pocos días conozco a muchísimas personas que dejaron la ciudad (Buenos Aires, Córdoba, Barcelona, Roma) para irse a vivir a Traslasierra, y me pregunto: ¿qué hago yo en Buenos Aires? ¿Por qué no tengo una ventana que de al verde, en vez de una que da al gris? ¿Por qué tengo que seguir viviendo en un lugar que no me hace feliz? Quisiera que los días en El Huaico no se terminen, pero tenemos que volver, nos espera otro viaje a dedo y después, a mí, otro viaje a Europa. Vuelvo con otros puntos de vista, con otras perspectivas, con charlas y recuerdos, con sonidos, olores, sabores y texturas. Córdoba fue un bálsamo, un remanso, un oasis verde…

Y el Sapo Amarillo fue mi terapia.

[singlepic id=6187 w=625 float=center] Una de las casas del Sapo Amarillo

[singlepic id=6201 w=625 float=center] La otra casa, en la que nos quedamos con mis tíos

 [singlepic id=6207 w=625 float=center] Gran parte de la terapia fueron los gatos…

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[singlepic id=6218 h=625 float=center] los arroyos

[singlepic id=6219 w=625 float=center] … y las sierras

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[box border=”full”] El Sapo Amarillo está ubicado en El Huaico, Traslasierra (Provincia de Córdoba) y está disponible para alquilar durante todo el año. Se los recomiendo muchísimo. Pueden comunicarse con mi tíos a través de su blog: sapoamarillo.blogspot.com.ar [/box]

Hice un videíto, estoy empezando con esto así que tengan piedad (la próxima me llevo el trípode, lo prometo). Lo que me interesa de este video es que escuchen los sonidos… 

momento viajero sublime

I am not your rolling wheels
I am the highway
I am not your carpet ride
I am the sky

(Léase “I am the skaaaaaaa-aaaaa-i”)

Descripción del momento en el que mejor me siento cuando viajo:

Voy sentada en un asiento. Puede estar sucio, roto, destartalado, no me importa, lo único que me importa es que esté ubicado dentro de algún tipo de transporte en movimiento.

Voy apoyada contra la ventana. Puede estar sucia, empañada, llena de tierra, rota, no me importa, lo único que me importa, oh por favor, es que esté abierta.

Me da el viento en la cara. Puede ser viento frío, viento húmedo, viento pegajoso, aire fresco, aire nocturno, aire iluminado. No me importa. Que sea viento y que me dé en la cara, sólo pido eso.

Siento cómo la ruta avanza bajo mis pies. Puede ser una ruta de ripio, de alta montaña, asfaltada, llena de baches, de tierra, polvorienta, puede ser también una vía, incluso puede ser acuática. No me importa, lo que me importa es sentir cómo avanzo, cómo recorro kilómetros y kilómetros de esa ruta a la velocidad que sea.

Por la ventana veo un paisaje. Puede ser un paisaje urbano, un paisaje rural, un paisaje desierto, un paisaje nevado, un paisaje selvático, un paisaje marítimo, un paisaje pelado, un paisaje lleno de cosas. No me importa, no me importa mientras por mi ventana se cuele algún tipo de paisaje, el que sea.

Ese paisaje pertenece a algún país. Puede ser un país lejano y remoto, puede ser mi país. No me importa, no me importa el nombre del país, qué más da el nombre del país, los paisajes pertenecen a nuestro mundo más que a un país.

Esa ruta tiene un nombre. Puede ser la 40, la 66, la Panamericana. Pero no me importa. Qué más da el nombre de la ruta, para mí no existen los nombres ni las rutas, para mí existe La Ruta, esa que voy transitando de a poco cada vez que viajo por el lugar que sea, esa que cubre el mundo entero, que no tiene principio ni fin, que me lleva a cualquier lado, que nunca deja de avanzar, que siempre es una posibilidad, que siempre está ahí, esperándome.

Voy en silencio. Aprovecho para escuchar música, para leer, para tomar apuntes, para mirar a mi alrededor, para mirar a la gente, para hablar conmigo misma, para reflexionar y, sobre todo, para mirar por la ventana.

Y si justo en ese momento en el que voy sentada en un asiento, apoyada contra la ventana, con el viento que me pega en la cara, con la ruta que avanza bajo mis pies, con la velocidad del paisaje que entra por mi ventana y con la música puesta empieza a sonar “I am the highway” de Audioslave (canción rutera si las hay), ya está. Momento Viajero Sublime x 1000. Felicidad total. ¿Qué más puedo pedir?

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Y si, por el contrario, estoy como ahora sentada en mi escritorio, estática, mirando Buenos Aires por la ventana, inmóvil, con la ventana abierta pero sin el viento que me pega en la cara, frenada, y pongo esta canción y cierro los ojos… logro transportarme otra vez a esa Ruta por la que espero recorrer muchos viajes más….

(este tema, en su defecto, también genera el efecto Momento Viajero Sublime x 1000 de Felicidad Total)

Cusco + Calle 13

Algunos lo saben y otros no, pero mi primer gran viaje (y el que siempre recuerdo con nostalgia) fue en el 2008 cuando me fui nueve meses con mi mochila por América latina, “sin brújula, sin tiempo, sin agenda” (como diría Calle 13). Había rendido el último final de Comunicación Social en diciembre del 2007, y en enero de 2008 ya estaba en un bus rumbo a La Quiaca, la frontera entre Argentina y Bolivia. Decidí cumplir lo que siempre había soñado y me tiré de cabeza hacia lo desconocido. Como sabía que nunca jamás nadie me iba a decir “Queremos que viajes por el mundo, escribas y saques fotos, y nosotros te pagamos y además tu publicamos todo”, decidí arriesgarme y hacerlo igual, con el sueño de que algún día mis dos pasiones —viajar y escribir— serían también mi trabajo.

Durante ese viaje conocí Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras y escribí mi primer blog de viajes (pueden leer todas esas crónicas acá). Uno de los países en los que me sentí mejor fue en Perú (no hay explicación, solamente feeling) y la banda sonora que más recuerdo son las canciones de Calle 13 y Orishas. Cada vez que escucho esos grupos me transporto, siento que vuelvo a viajar por América…

Hace unos días, estando en Perú, viajé cuatro días a Cusco para encontrarme con mi amiga Mirla y John, su marido. Conocí a Mirla en el 2008, durante aquel viaje, y seguimos siendo muy buenas amigas hasta hoy. La mañana que llegué me fue a buscar al aeropuerto con una sorpresa: dos entradas para ver a Calle 13 la noche siguiente. Jamás me imaginé que Calle 13 tocaba en Cusco y, como me había perdido su último recital en Buenos Aires, creí que no iba a volver a verlos en vivo durante mucho tiempo. Cusco y Calle 13 me pareció la combinación perfecta (y encima con luna llena).

Esta vez no fui a Machu Picchu sino que me dediqué a caminar por una de las ciudades que más me gusta de América latina.

Cusco son las callecitas de piedra, las mujeres trabajando con sus artesanías en las esquinas, la grandeza intacta de la Plaza de Armas, la falta de oxígeno al subir una escalera, el aire frío de la noche, los extranjeros que se mezclan con la gente local, los hombres ofreciendo postcards miss y las mujeres vociferando massage lady; Cusco son los mercados de frutas y verduras, las paredes incas, el choclo con queso, los taxis que manejan haciendo zig-zag, las mujeres que cruzan la calle con sus alpacas, las paredes que se caen a pedazos pero siguen en pie, las iglesias antiguas, la sensación de cercanía a una de las mayores maravillas del mundo —Machu Picchu, obviamente—, las paisanas cargando productos e hijos en la espalda, los hombres con sus manos arrugadas, los policías que vigilan desde las esquinas más turísticas.

Pero como a veces me resulta difícil volver a escribir sobre una ciudad en la que ya estuve y que tanto me impactó, preferí hacerlo con imágenes y música. Así que denle click al video y disfruten de Cusco y Calle 13.

“Dame la mano y vamos a darle la vuelta al mundo”

http://www.youtube.com/watch?v=cKt3NzOuYSw

Historias minimalistas de Malasia (IV): Torero

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Voy en el asiento de atrás del auto de Tippi. Ella, su amigo y yo vamos rumbo a Georgetown, el barrio histórico de la isla de Penang (Malasia), para caminar un rato y comer en nuestro restaurante de comida india preferido.

Tippi prende su iPod y escucho, a todo volumen: Toreeeeeeeero, eres la violencia en televisión, toreeeero, eres asesino por vocación, toreeeeeeerooo… ¡¿Qué?! ¿¿¿Mi amiga china escuchando Ska-p en Malasia??? ¡Qué momento que jamás pensé que iba a existir! Me empiezo a reír y le pregunto si sabe lo que dicen las canciones, me responde que no tiene ni idea, pero que un alemán le copió algunos temas en su computadora y los escuchas porque le gusta cómo suena. Me pongo a traducir las letras y el resultado es cómico: “…esta habla acerca de los toreros; en esta critican al gobierno, a Estados Unidos, a todas las instituciones que se les ocurra; en esta comparan al Papa con una mosca (¿cómo traducir “cojonera”?); en esta dicen que McDonald’s es una…”

Me doy cuenta de que por más que les explique las letras, hay ciertos aspectos culturales que son muy difíciles de traducir. Supongo que es como cuando escucho las canciones de L’arc en Ciel, una banda de rock-pop japonesa: me gusta cómo suena pero no tengo idea de lo que dicen, y por más que traduzca el contenido, hay muchos significados culturales intrínsecos que jamás voy a captar.

Seguimos charlando en el auto y sale el tema de mi blog. Tippi, siempre tan pragmática ella, me dice que “lo mejor” es que de ahora en más empiece a escribir en chino mandarín o algún idioma indio, ya que más de un quinto de la población mundial proviene de esos países. Sí, como poder podría agarrar el Google translate, traducir todo y promocionarme en la blogósfera india (?) pero dudo que tenga éxito, ya que es como intentar traducir las canciones de Ska-p al inglés. Hay cosas que son intraducibles.

Esa tarde, mientras caminaba por Georgetown, me encontré con estas postales cotidianas esperando ser fotografiadas. Y me di cuenta de una de las expresiones verdaderamente universal es la imagen, por eso la fotografía es un arte que llega a tanta gente sin importar el idioma o el contexto cultural.

Así que pongo estas fotos acá en mi blog, con la esperanza de que algún chino o indio las vea y catapulte mi blog a la fama en sus países. Ni traductor voy a necesitar.

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